Virus:
[en latín, veneno] Entidades orgánicas compuestas tan sólo de material genético, rodeado por una envuelta o envoltura protectora. El término virus se utilizó en la última década del siglo XIX para describir a los agentes causantes de enfermedades más pequeños que las bacterias. Carecen de vida independiente, pero se pueden replicar en el interior de las células vivas, perjudicando en muchos casos a su huésped en este proceso. Los cientos de virus conocidos son causa de muchas enfermedades distintas en los seres humanos, animales, bacterias y plantas. Véase Enfermedades de los animales; Enfermedades de las plantas. La existencia de los virus se estableció en 1892, cuando el científico ruso Dmitri I. Ivanovsky descubrió unas partículas microscópicas, conocidas más tarde como el virus del mosaico del tabaco. En 1898 el botánico holandés Martinus W. Beijerinck denominó virus a estas partículas infecciosas. Pocos años más tarde, se descubrieron virus que crecían en bacterias, a los que se denominó bacteriófagos. En 1935, el bioquímico estadounidense Wendell Meredith Stanley cristalizó el virus del mosaico del tabaco, demostrando que estaba compuesto sólo del material genético llamado ácido ribonucleico (ARN) y de una envoltura proteica. En la década de 1940 el desarrollo del microscopio electrónico posibilitó la visualización de los virus por primera vez. Años después, el desarrollo de centrífugas de alta velocidad permitió concentrarlos y purificarlos. El estudio de los virus animales alcanzó su culminación en la década de 1950, con el desarrollo de los métodos del cultivo de células, soporte de la replicación viral en el laboratorio. Después, se descubrieron numerosos virus, la mayoría de los cuales fueron analizados en las décadas de 1960 y 1970, con el fin de determinar sus características físicas y químicas.

CARACTERÍSTICAS:
Los virus son parásitos intracelulares submicroscópicos, compuestos por ARN o por ácido desoxirribonucleico (ADN) —nunca ambos— y una capa protectora de proteína o de proteína combinada con componentes lipídicos o glúcidos. En general, el ácido nucleico es una molécula única de hélice simple o doble; sin embargo, ciertos virus tienen el material genético segmentado en dos o más partes. La cubierta externa de proteína se llama cápsida, y las subunidades que la componen, capsómeros. Se denomina nucleocápsida al conjunto de todos los elementos anteriores. Algunos virus poseen una envuelta adicional que suelen adquirir cuando la nucleocápsida sale de la célula huésped. La partícula viral completa se llama virión. Los virus son parásitos intracelulares obligados, es decir: sólo se replican en células con metabolismo activo, y fuera de ellas se reducen a macromoléculas inertes. El tamaño y forma de los virus son muy variables. Hay dos grupos estructurales básicos: isométricos, con forma de varilla o alargados, y virus complejos, con cabeza y cola (como algunos bacteriófagos). Los virus más pequeños son icosaédricos (polígonos de 20 lados) que miden entre 18 y 20 nanómetros de ancho (1 nanómetro = 1 millonésima parte de 1 milímetro). Los de mayor tamaño son los alargados; algunos miden varios micrómetros de longitud, pero no suelen medir más de 100 nanómetros de ancho. Así, los virus más largos tienen una anchura que está por debajo de los límites de resolución del microscopio óptico, utilizado para estudiar bacterias y otros microorganismos. Muchos virus con estructura helicoidal interna presentan envueltas externas (también llamadas envolturas o cubiertas) compuestas de lipoproteínas, glicoproteínas, o ambas. Estos virus se asemejan a esferas, aunque pueden presentar formas variadas, y su tamaño oscila entre 60 y más de 300 nanómetros de diámetro. Los virus complejos, como algunos bacteriófagos, tienen cabeza y una cola tubular que se une a la bacteria huésped. Los poxvirus tienen forma de ladrillo y una composición compleja de proteínas. Sin embargo, estos últimos tipos de virus son excepciones y la mayoría tienen una forma simple.

REPLICACIÓN:
Los virus, al carecer de las enzimas y precursores metabólicos necesarios para su propia replicación, tienen que obtenerlos de la célula huésped que infectan. La replicación viral es un proceso que incluye varias síntesis separadas y el ensamblaje posterior de todos los componentes, para dar origen a nuevas partículas infecciosas. La replicación se inicia cuando el virus entra en la célula: las enzimas celulares eliminan la cubierta y el ADN o ARN viral se pone en contacto con los ribosomas, dirigiendo la síntesis de proteínas. El ácido nucleico del virus se autoduplica y, una vez que se sintetizan las subunidades proteicas que constituyen la cápsida, los componentes se ensamblan dando lugar a nuevos virus. Una única partícula viral puede originar una progenie de miles. Determinados virus se liberan destruyendo la célula infectada, y otros, sin embargo, salen de la célula sin destruirla por un proceso de exocitosis que aprovecha las propias membranas celulares. En algunos casos las infecciones son “silenciosas”, es decir, los virus se replican en el interior de la célula sin causar daño evidente. Los virus que contienen ARN son sistemas replicativos únicos, ya que el ARN se autoduplica sin la intervención del ADN. En algunos casos, el ARN viral funciona como ARN mensajero (véase Genética), y se replica de forma indirecta utilizando el sistema ribosomal y los precursores metabólicos de la célula huésped. En otros, los virus llevan en la cubierta una enzima dependiente de ARN que dirige el proceso de síntesis. Otros virus de ARN, los retrovirus, pueden producir una enzima que sintetiza ADN a partir de ARN. El ADN formado actúa entonces como material genético viral. Durante la infección, los bacteriófagos y los virus animales difieren en su interacción con la superficie de la célula huésped. Por ejemplo, en el ciclo del bacteriófago T7, que infecta a la bacteria Escherichia coli, no se producen las fases de adsorción ni de descapsidación. El virus se fija primero a la célula y, después, inyecta su ADN dentro de ella. Sin embargo, una vez que el ácido nucleico entra en la célula, los eventos básicos de la replicación viral son los mismos.

LOS VIRUS EN LA MEDICINA:
Los virus representan un reto importante para la ciencia médica en su combate contra las enfermedades infecciosas. Muchos virus causan enfermedades humanas de gran importancia y diversidad. Entre las enfermedades virales se incluye el resfriado común, que afecta a millones de personas cada año. Otras enfermedades tienen graves consecuencias. Entre éstas se encuentra la rabia, las fiebres hemorrágicas, la encefalitis, la poliomielitis y la fiebre amarilla. Sin embargo, la mayoría de los virus causan enfermedades que sólo producen un intenso malestar, siempre que al paciente no se le presenten complicaciones serias. Algunas de éstas son la gripe, el sarampión, las paperas, la fiebre con calenturas (herpes simple), la varicela, los herpes (como el herpes zóster), las enfermedades respiratorias, las diarreas agudas, las verrugas y la hepatitis. Otros agentes virales, como los causantes de la rubéola (el sarampión alemán) y los citomegalovirus, pueden provocar anomalías serias o abortos. El síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA) está causado por un retrovirus. Se conocen dos retrovirus ligados con ciertos cánceres humanos (véase HTLV), y se sospecha de algunas formas de papovavirus. Hay evidencias, cada vez mayores, de virus que podrían estar implicados en algunos tipos de cáncer, en enfermedades crónicas, como la esclerosis múltiple, y en otras enfermedades degenerativas. En la actualidad, se continúan descubriendo virus responsables de enfermedades humanas importantes. La mayoría pueden aislarse e identificarse con los actuales métodos de laboratorio, aunque el proceso suele tardar varios días. Uno de ellos es el rotavirus que causa la gastroenteritis infantil (véase Reovirus).

PROPAGACIÓN:
Los virus se propagan pasando de una persona a otra, causando así nuevos casos de la enfermedad. Muchos de ellos, como los responsables de la gripe y el sarampión, se transmiten por vía respiratoria, debido a su difusión en las gotículas que las personas infectadas emiten al toser y estornudar. Otros, como los que causan diarrea, se propagan por la vía oral-fecal. En otros casos, la propagación se realiza a través de la picadura de insectos, como en el caso de la fiebre amarilla y de los arbovirus. Las enfermedades virales pueden ser endémicas (propias de una zona), que afectan a las personas susceptibles, o epidémicas, que aparecen en grandes oleadas y atacan a gran parte de la población. Un ejemplo de epidemia es la aparición de la gripe en todo el mundo, casi siempre, una vez al año.

TRATAMIENTO:
Los tratamientos que existen contra las infecciones virales no suelen ser del todo satisfactorios, ya que la mayoría de las drogas que destruyen los virus también afectan a las células en las que se reproducen. La alfa-adamantanamina se utiliza en algunos países para tratar las infecciones respiratorias causadas por la gripe de tipo A, y la isatin-beta-tiosemicarbazona es efectiva contra la viruela. Ciertas sustancias análogas a los precursores de los ácidos nucleicos pueden ser útiles contra las infecciones graves por herpes. Un agente antiviral prometedor es el interferón, que es una proteína no tóxica producida por algunas células animales infectadas con virus y que puede proteger a otros tipos de células contra tales infecciones. En la actualidad se está estudiando la eficacia de esta sustancia para combatir el cáncer. Hasta hace poco, estos estudios estaban limitados por su escasa disponibilidad, pero las nuevas técnicas de clonación del material genético (véase Ingeniería genética) permiten obtener grandes cantidades de esta proteína. En unos años se podrá saber si el interferón es realmente eficaz como agente antiviral. El único medio efectivo para prevenir las infecciones virales es la utilización de vacunas. La vacunación contra la viruela a escala mundial en la década de 1970 erradicó esta enfermedad. Se han desarrollado muchas vacunas contra virus humanos y de otros animales. Entre las infecciones que padecen las personas se incluyen la del sarampión, rubéola, poliomielitis y gripe. La inmunización con una vacuna antiviral estimula el mecanismo autoinmune del organismo, el cual produce los anticuerpos que lo protegerán cuando vuelva a ponerse en contacto con el mismo virus. Las vacunas contienen siempre virus alterados para que no puedan causar la enfermedad.

INFECCIONES EN PLANTAS:
Los virus originan gran variedad de enfermedades en las plantas y daños serios en los cultivos. Las más comunes se producen por el virus del mosaico amarillo del nabo, el virus X de la patata (papa) y el virus del mosaico del tabaco. Los vegetales tienen paredes celulares rígidas que los virus no pueden atravesar, de modo que la vía más importante para su propagación la proporcionan los animales que se alimentan de ellos. A menudo, los insectos inoculan en las plantas sanas los virus que llevan en su aparato bucal, procedentes de otras plantas infectadas. También los nematodos (véase Gusano cilíndrico) pueden transmitir la infección cuando se alimentan de las raíces. Los virus vegetales pueden acumularse en cantidades enormes en el interior de la célula infectada. Por ejemplo, el virus del mosaico del tabaco puede representar hasta el 10% del peso en seco de la planta. Los estudios de la interacción entre estos virus y las células huéspedes son limitados, ya que la infección se realiza a través de un insecto vector. Además, no se suele disponer en el laboratorio de los cultivos celulares susceptibles de ser infectados por virus vegetales.

PAPEL EN LA INVESTIGACIÓN:
El principal objetivo de los biólogos ha sido el estudio molecular de los virus y su interacción con la célula huésped. El estudio de la replicación de los bacteriófagos en bacterias descubrió la existencia de ARN mensajero, que llevaba el código genético del ADN necesario para la síntesis de proteínas. Los estudios con estos virus han sido también el instrumento para definir los factores bioquímicos que inician y finalizan la utilización de la información genética. El conocimiento de los mecanismos de control de la replicación viral es fundamental para entender los eventos bioquímicos en organismos superiores. Los virus son útiles como sistemas modelo para estudiar los mecanismos que controlan la información genética, ya que en esencia son pequeñas piezas de esta información. Esto permite a los científicos estudiar sistemas de replicación más simples y manejables, pero que funcionan con los mismos principios que los de la célula huésped. Gran parte de la investigación sobre los virus pretende conocer su mecanismo replicativo, para encontrar así el modo de controlar su crecimiento y eliminar las enfermedades virales. Los estudios sobre las enfermedades víricas han contribuido enormemente para comprender la respuesta inmune del organismo frente a los agentes infecciosos. Estudiando esta respuesta, se han descrito a fondo los anticuerpos séricos y las secreciones de las membranas mucosas, que ayudan al organismo a eliminar elementos extraños como los virus. Ahora, el interés científico se centra en la investigación destinada a aislar ciertos genes virales. Éstos podrían clonarse para producir grandes cantidades de determinadas proteínas, que serían utilizadas como vacunas. Para más información sobre los tipos de virus véase Adenovirus; Arenavirus; Coronavirus; Enterovirus; Filovirus; Hantavirus; Hepadnavirus; Herpesvirus; Ortomixovirus; Paramixovirus; Picornavirus.


Gripe
Enfermedad infecto-contagiosa aguda del tracto respiratorio que afecta de manera especial a la tráquea. Un episodio de gripe no complicada cursa con un cuadro que incluye tos seca, dolor de garganta, taponamiento y secreción nasal abundante e irritación ocular. En los casos más complejos se añaden escalofríos, fiebre de rápida instauración, cefalea, dolores musculares y articulares y, en ocasiones, síntomas digestivos. En el primer caso los síntomas y la fiebre remiten paulatinamente en el transcurso de pocos días. Sin embargo, cuando el proceso se acompaña o va seguido de una neumonía viral o bacteriana, la mortalidad aumenta. Desde el siglo XVI se han descrito más de 31 pandemias (epidemias de amplísima extensión). La epidemia más devastadora de la era moderna tuvo lugar en 1918, y se calcula que provocó la muerte de unos 20 millones de personas. Hay tres virus causales denominados A, B y C, que fueron identificados en 1933, 1940 y 1950 respectivamente; los dos primeros son los causantes de las epidemias. En 1941 se demostró que es posible controlar esta enfermedad a través de la administración de vacunas virales. Debido a las diferencias antigénicas entre los 3 virus de la gripe, la vacunación no es del todo eficaz porque no se desarrolla inmunidad cruzada; a este problema se añade otro, consecuencia de la propiedad excepcional de los virus de la gripe de mutar sus características antigénicas con cierta periodicidad para eliminar cualquier respuesta inmune por parte del organismo infectado; por ello la eficacia de la vacunación es sólo transitoria. La solución a este problema ha sido el desarrollo de vacunas polivalentes: se combinan las vacunas contra los diferentes tipos y subtipos de virus, que se modifican en función de las transformaciones de éstos. Para cumplir estos propósitos tuvo que establecerse un sistema de vigilancia a escala mundial capaz de identificar las nuevas formas virales con rapidez para permitir la preparación de las vacunas adecuadas. Puesto que vacunar al conjunto de la población mundial cada vez que los virus de la gripe sufren una mutación supondría un coste difícil de asumir, la vacunación se reserva a la población susceptible de padecer otras enfermedades de manera simultánea (ancianos, personas con problemas respiratorios). Las variantes antigénicas del virus de la gripe aparecen en ciclos: por ejemplo la variante que apareció en 1978-1979 era idéntica al virus más extendido a principios de las décadas de 1950 y 1960. Ciertas evidencias que hacen pensar que una misma forma de virus puede provocar epidemias que reaparecen cada 60 o 70 años. Esta teoría permite frenar mediante campañas masivas de vacunación, determinadas epidemias en el momento en que aparecen los primeros casos. El fármaco hidrocloruro de amantadina, que se administra por vía oral, es eficaz en la prevención, e incluso en el tratamiento de la gripe producida por el tipo A de virus. Se utiliza como tratamiento coadyuvante en los pacientes de riesgo. Sin embargo la vacunación es considerada como el método más eficaz para combatir la enfermedad. (Encarta)


Anticuerpo
Moléculas proteicas que producen más células denominadas linfocitos, y cuyo papel principal es actuar como defensas contra la invasión de sustancias extrañas. Ascienden a un número cercano al millón de distintas moléculas. Los anticuerpos, que son un componente importante del sistema inmunológico, están en todos los vertebrados, en la fracción de la sangre llamada gammaglobulina. La síntesis, o elaboración, de los anticuerpos se inicia cuando una sustancia extraña, denominada antígeno, penetra en el organismo. Los linfocitos responden a ella produciendo un anticuerpo con una disposición molecular que encaja con la forma de las moléculas superficiales de la sustancia, lo que permite que el anticuerpo se combine con ella. Los antígenos habituales son los componentes proteicos de bacterias y virus. Estos antígenos pueden penetrar en el organismo en el curso de una infección o introduciéndose de forma deliberada mediante vacunas para estimular la producción de anticuerpos. La unión de los anticuerpos con la superficie de bacterias, virus o toxinas neutraliza y elimina estas sustancias dañinas de cualquiera de estas tres formas (o por combinación de las tres): 1) por inactivación directa, 2) permitiendo que otras células sanguíneas las engloben y destruyan (véase Fagocitosis), y/o 3) debilitando su superficie y haciéndolas vulnerables a la destrucción por otras proteínas sanguíneas (grupo denominado complemento). Los animales carecen de anticuerpos específicos para sustancias a las que no han sido expuestos, pero son capaces de producir suficientes tipos distintos de anticuerpos como para adaptarse a la disposición molecular de cualquier sustancia extraña con la que podrían enfrentarse. En enfermedades como la esclerosis múltiple y el lupus eritematoso sistémico, el organismo produce anticuerpos contra los componentes normales de los tejidos (véase Enfermedades autoinmunes ). En ocasiones los virus pueden alterar los mecanismos inmunitarios. Las cinco clases conocidas de anticuerpos se distinguen por las letras M, G, E, A, y D, precedidas todas por la abreviatura Ig de inmunoglobulina, otra forma de denominar los anticuerpos. La IgM es el primer anticuerpo elaborado por los recién nacidos y el primero que aparece durante una infección. La IgG es el anticuerpo que predomina en el suero, y se produce principalmente cuando hay una segunda exposición a un antígeno. La IgE se asocia con alergias. La IgA se encuentra en la saliva y la leche materna. El papel que desempeña la IgD es desconocido. En la sangre de quienes sufren una forma de tumor maligno denominado mieloma múltiple se encuentra una concentración elevada de un tipo de anticuerpo. En la década de 1970 los científicos descubrieron cómo fusionar estas células del mieloma con linfocitos procedentes de tejidos que habían sido expuestos a un antígeno. Las células híbridas resultantes (hibridomas) producían grandes cantidades de anticuerpos de un tipo específico (clones), que se denominaron anticuerpos monoclonales. Mediante la selección del hibridoma apropiado, los científicos obtienen anticuerpos puros que se combinan con cualquier sustancia extraña elegida. El empleo de anticuerpos monoclonales se ha convertido en una herramienta de gran valor en biología y medicina, ya que es posible combinar líneas puras de anticuerpo, y por lo tanto marcar o identificar, con las sustancias que componen las células y los tejidos. En la actualidad se investiga el uso de anticuerpos monoclonales para inmunización, para tipificar tejidos utilizados en trasplantes (al igual que hoy se tipifica la sangre en las trasfusiones), y para dirigir fármacos a zonas específicas del organismo. Véase también Sistema linfático. (Encarta)


Alergia
Enfermedad debida a una reacción exagerada del sistema inmunológico (hipersensibilidad) frente a determinadas sustancias que son inocuas para la mayoría de las personas. En una reacción alérgica el sistema inmunológico responde ante una sustancia inofensiva como si fuera una sustancia dañina y produce anticuerpos, con el fin de neutralizarla y proteger al organismo ante futuras exposiciones. La urticaria, la dermatitis atópica, la rinoconjuntivitis estacional o fiebre del heno, el asma y la anafilaxia son algunos cuadros alérgicos conocidos. En algunas personas existe una predisposición genética a las alergias. Si uno de los padres es alérgico aumenta el riesgo de que alguno de los hijos también lo sea, aunque puede no ser sensible a los mismos alergenos que el padre. Si ambos padres son alérgicos, el riesgo para sus descendientes es todavía mayor. Sin embargo, cualquier persona es susceptible de sufrir una reacción de tipo alérgico y de desarrollar alergias frente a sustancias que antes no producían en ella ninguna reacción anómala. A veces, la respuesta de hipersensibilidad frente a algún alergeno puede desaparecer de forma espontánea. Por lo general, la alergia se manifiesta por primera vez durante la infancia y los primeros años de la adolescencia, pero también puede hacerlo más tarde. En alguna ocasión, determinados factores psicológicos, como los conflictos emocionales, juegan un papel importante en los fenómenos alérgicos, llegando a clasificarse algunas alergias como alteraciones producidas por el estrés.

Forma de desarrollo:
En condiciones normales, el organismo reacciona ante una sustancia extraña (microorganismo patógeno o sus toxinas) fabricando anticuerpos. Toda persona produce anticuerpos, pero el sistema inmunológico de las personas alérgicas no es capaz de diferenciar las sustancias nocivas de las inocuas y genera anticuerpos contra una o varias sustancias inofensivas. La sustancia que el organismo reconoce como extraña o alérgeno es, usualmente, una proteína o glucoproteína que puede ser inhalada, como el polvo o el polen; ingerida, como las proteínas de la clara del huevo o el marisco; inyectada, como la penicilina; o actuar por contacto, como la lana, el esparadrapo o los metales pesados. El mecanismo generador de las reacciones alérgicas no se conoce en su totalidad. Parece que el antígeno alcanza su órgano “diana”, por ejemplo las células de la mucosa nasal o bronquial, reaccionando con su anticuerpo específico; esto origina la liberación de transmisores o mediadores químicos como la histamina que ponen en marcha todo el mecanismo humoral y celular de la hipersensibilidad. Las manifestaciones de la reacción alérgica dependen de dónde tenga lugar la misma. Si el alergeno, por ejemplo el polen, es inhalado, la liberación de histamina en las fosas nasales produce estornudos repetidos y violentos, picor y secreción acuosa nasal. Si, además, el alergeno entra en contacto con los ojos, aparece picor, enrojecimiento y lagrimeo. En las vías respiratorias el alergeno produce aumento de la secreción de moco, inflamación y broncoespasmo (cierre parcial de los bronquios), que se manifiesta por sibilancias (“silbidos” en el pecho al respirar). En la piel aparecen picores, manchas, eccema o urticaria. La reacción alérgica puede afectar también a todo el organismo. Este tipo de respuesta (shock anafiláctico o alérgico) se produce cuando muchas células del organismo reaccionan de forma simultánea a un alergeno, por ejemplo al veneno de la picadura de una abeja. Se produce una urticaria, picores por todo el cuerpo, broncoespasmo y caída repentina de la tensión arterial. En algunos casos, puede originarse una inflamación en la garganta, la lengua y la laringe, cerrando la vía respiratoria y provocando asfixia.

DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO:
El alergólogo es el médico especialista que se ocupa del diagnóstico y el tratamiento de una alergia. El número de sustancias a las que una persona puede ser alérgica es casi infinito. El diagnóstico pasa por descubrir a qué sustancia o sustancias es hipersensible el paciente; es decir, ante cuál o cuáles sustancias su sistema inmunológico produce una respuesta anómala. Es muy importante averiguar las circunstancias de la reacción alérgica, si se trata de una alergia estacional, si se desarrolla con la exposición a una sustancia concreta o si sólo se produce en un determinado lugar. En muchos casos, se realizan pruebas cutáneas intradérmicas. Éstas consisten en inyectar en la piel una pequeña cantidad de un alergeno específico, como pólenes o ácaros del polvo. La inyección produce un habón no más grande que la cabeza de un alfiler. Cuando hay una respuesta positiva se produce una reacción local en la piel, unos 15 o 30 minutos después de la inyección. El habón se hace algo más grande y aparece un ligero picor y enrojecimiento de la zona. Esta reacción indica que las células de la piel contienen anticuerpos específicos contra el alergeno aplicado. Las pruebas cutáneas permiten diagnosticar con rapidez determinadas alergias. Otras veces, se utilizan muestras de sangre para determinar los niveles sanguíneos de anticuerpos IgE específicos frente a determinados alergenos. Sin embargo, se ha demostrado que para establecer el diagnóstico de alergia, las pruebas cutáneas son más rápidas, precisas y menos costosas. El tratamiento más eficaz es evitar el contacto con el alergeno, aunque esto es particularmente difícil en las alergias al polvo o al polen. Cuando esto no es posible, bien porque el alergeno es desconocido, afecta a múltiples zonas del organismo o porque existen muchos alergenos, el objetivo del tratamiento consiste en aliviar los síntomas provocados por el cuadro alérgico. En este sentido, se emplean antihistamínicos, broncodilatadores o glucocorticoides inhalados. El shock anafiláctico es una urgencia médica y requiere, entre otras medidas, la inyección de adrenalina subcutánea y corticoides intravenosos. En otras situaciones puede estar indicada la inmunoterapia o hiposensibilización, cuyo objetivo es conseguir que el paciente tolere el antígeno, de manera que éste no desencadene una reacción. Para ello, hay que administrar inyecciones repetidas del alergeno empezando con dosis muy pequeñas, parecidas a las utilizadas en las pruebas cutáneas. Después, y según la tolerancia de cada persona, se van incrementando las dosis de forma gradual, durante varias semanas, hasta que se alcanzan dosis elevadas. El objetivo de la inmunoterapia es bloquear o neutralizar los anticuerpos que producen la reacción, evitando que los alergenos puedan unirse a ellos. Es obligatorio realizar pruebas cutáneas antes de utilizar este tipo de tratamiento. (Encarta)

 

 

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