Surgimiento de Atenas             

 

Acrópolis

El surgimiento de Atenas:
Los comienzos:
En tiempos muy antiguos, Atenas o el Ática -la península triangular en la que se hallaba emplazada la ciudad- no tenía nada particularmente distinto. Se la menciona en La Iliada, pero no era una ciudad destacada entre las fuerzas griegas. Su líder, Menesteo, era de secundaria importancia. En los siglos posteriores a la Guerra de Troya, el Ática logró sobrevivir a la invasión dórica y a los desórdenes que siguieron. Fue la única parte de la Grecia continental que siguió siendo jónica. Lentamente, a lo largo de esos remotos siglos, toda el Ática se unió. Esto no se debió a que Atenas lograse la dominación absoluta sobre la otra ciudad del Ática, como la había alcanzado Esparta sobre las otras ciudades de Laconia. Tampoco encabezó una Confederación Ática, como Tebas encabezó la Confederación Beocia. En cambio, Atenas ensayó algo único, que puso los cimientos de su futura grandeza. Se expandió hasta convertirse en una gran ciudad que abarcaba toda la Ática. Una persona nacida en cualquier parte del Ática era considerada tan ateniense como si hubiera nacido en la ciudad misma. Según las leyendas atenienses, ése había sido el logro del héroe micénico Teseo, padre del Menesteo de la Guerra Troyana. Sin embargo, es muy improbable que la unión del Ática fuese obra de un solo hombre en un momento determinado. Es mucho más verosímil que se produjera gradualmente, a lo largo de generaciones. Sea como fuere, en el 700 a. C. el Ática estaba unificada. La última parte del Ática que se incorporó a la unión fue Eleusis, situada en la parte noroeste de la península, a unos 22 kilómetros de la ciudad de Atenas. En Eleusis se practicaban ciertos ritos religiosos que luego pasaron al Ática y al mundo griego. Este tipo de ritual fue realmente más importante para los griegos que la religión olímpica de Homero y Hesíodo. Los dioses olímpicos representaban la religión oficial, pero era la descrita por los poetas y literatos. En realidad, no ofrecía un ritual emotivo ni ninguna promesa de futuro. En La Odisea, cuando Ulises visita el Hades, la sombra de Aquiles dice lúgubremente que es mucho mejor ser un esclavo en la tierra que un príncipe en el reino de los muertos. Esto no era un consuelo para los individuos cuya vida en la tierra era como la de los esclavos. Querían la promesa de algo mejor, al menos después de la muerte. Los ritos eleusinos (y otros del mismo género) tenían por fin acercar al creyente a ciertos dioses agrícolas, como Deméter o Dioniso, o a héroes legendarios, como Orfeo. Los ritos se basaban en los cambios estacionales, en la manera en que el grano moría en otoño, pero, dejaba una simiente que crecía de nuevo en la primavera. Era un drama de la muerte y la resurrección; como el grano, Dioniso y Orfeo morían y renacían, mientras la hija de Deméter, Perséfone, descendía al Hades en el otoño y retornaba en la primavera. Originalmente, tales ritos quizá fueran una «magia simpática» destinada a asegurar que el suelo fuera fértil y la cosecha abundante. Más tarde se los aplicó a los seres humanos, quienes, al participar en tales ritos, se aseguraban de que pasarían por el mismo ciclo, de que renacerían en el otro mundo después de la muerte. Los detalles de los ritos debían ser mantenidos en secreto, so pena de muerte. La palabra griega que significa secreto es mystes. Por consiguiente, esos ritos fueron llamados «misterios» o «religiones de misterios». Los «misterios eleusinos» fueron los más famosos del mundo griego y los más secretos. Aunque perduraron durante más de mil años, los no iniciados nunca descubrieron los detalles de los ritos. Las religiones de misterios dejaron su huella en el mundo moderno. Siglos más tarde, el cristianismo, cuando llegó a dominar el mundo occidental, contenía muchos. caracteres de las religiones de misterios. Durante los siglos oscuros que siguieron a la invasión doria, Atenas, como la mayor parte de las otras ciudades de Grecia, cambió sus reyes por una oligarquía. Según la tradición ateniense, fue en 1068 a. C. cuando la realeza llegó a su fin. El último rey, Codro, luchó desesperadamente contra una invasión doria procedente del Peloponeso. Un oráculo había declarado que vencería aquel ejército cuyo rey muriese primero. Codro se hizo matar deliberadamente para que Atenas siguiera siendo jónica. Un rey tan bueno, decidieron los atenienses, no debía tener sucesor, pues ninguno estaría a su altura. (Casi con seguridad, esta historia no es más que una novela.) Los atenienses también decían que, en tiempos posteriores a Codro, tenía el poder un arconte, voz que significa «gobernante», en vez de un rey. Al principio, el arconte era vitalicio y el cargo pasaba de padre a hijo entre los descendientes de Codro, de modo que difería sólo en el nombre del cargo de rey. Más tarde, el período del arcontado se fijó en un lapso de diez años, y no pasaba necesariamente de padre a hijo, aunque estaba limitado a los miembros de la familia real. Luego, fue accesible a las restantes familias nobles. Finalmente, en 683 a. C., Atenas se convirtió en una oligarquía total. Fue gobernada por un cuerpo de nueve hombres, elegidos cada año entre los nobles. Uno de ellos era el arconte, pero no recibía honras especiales, aparte de dar su nombre al año. Otro era el polemarca, que tenía el mando supremo del ejército. Los nobles también poseían el dominio completo del Areópago, nombre que significaba «la colina de Ares» (el dios de la guerra), por el lugar donde se reunía. Era el concejo que actuaba como tribunal supremo en cuestiones políticas, religiosas y legales.

Dracón y Solón:
Pero después del 700 a. C. Atenas tomó parte en el renacimiento comercial y la oligarquía fue cada vez más impopular. Los ejemplos de los tiranos de otras ciudades estaban ante los ojos de los atenienses. Megara, vecina de Atenas, en el sudoeste de ella, prosperó bajo la dominación de Teágenes (véase pág. 68). Un noble ateniense llamado Cilón estaba casado con la hija de Teágenes. Pensó que, si se movía con suficiente audacia, podía hacerse tirano de Atenas, particularmente contando con la ayuda de su suegro, el tirano megarense. Cierto día festivo del 632 a. C., mientras los atenienses estaban atareados en sus celebraciones, Cilón, con algunos otros nobles y una banda de soldados megarenses, se apoderó de la Acrópolis. La Acrópolis (la colina de la ciudad) era la fortaleza central de Atenas. Como indica su nombre, estaba en un cerro y, en tiempos primitivos, había sido el primer asentamiento de Atenas, pues podía ser fácilmente defendída por hombres decididos contra cualquier enemigo, que debía trepar penosamente por sus laderas. De ordinario, quien poseyera la Acrópolis estaba en fuerte posición, pero Cilón se halló sin partidarios. Los soldados megarenses le enajenaron el apoyo del pueblo. La oligarquía era impopular, pero el pueblo no estaba muy dispuesto a liberarse de ella al precio de someterse a la dominación extranjera. Las fuerzas atenienses rodearon la Acrópolis. No hicieron ningún intento de tomarla por asalto; sencillamente esperaron que el grupo de hombres que la ocupaba se rindiera por hambre. Cilón logró escapar, pero los restantes finalmente se vieron obligados a rendirse, con la promesa de que se respetarían sus vidas. Ese año el arconte de Atenas era Megacles, miembro de una de las más poderosas familias de la ciudad, los Alcmeónidas. Megacles pensó que era más prudente matar a los cautivos y desembarazarse de los traidores, pese a la promesa, y persuadió a los ateníenses a que lo hicieran. Una vez ejecutada la acción, los atenienses fueron presa de creciente preocupación: habían roto una promesa solemnemente formulada ante los dioses. Para evitar que cayera una maldición sobre la ciudad entera, Megacles y otros miembros de su familia fueron juzgados por sacrilegio y expulsados de la ciudad. Suele llamarse a esto la «maldición de los Alcmónidas», e iba a tener importantes consecuencias en la posterior historia ateniense. La destrucción de la banda de Cilón tampoco fue una victoria definitiva. Arrastró a Atenas a una guerra con Megara; ésta, bajo la firme conducción de Teágenes, prosperó mientras Atenas hallaba crecientes dificultades. La insatisfacción fue en aumento. Un gobierno que fracasa en la guerra no puede ser popular. Además, el pueblo común estaba convencido de que los nobles, los únicos que dominaban el Areópago, eran injustos en su administración de las leyes tradicionales. Esas leyes no estaban escritas y, mientras no lo estuvieran, era difícil demostrar que una decisión determinada era contraría a la tradición. Por ello, se levantó el clamor en pro de un código legal escrito, que ofreciera un fundamento definido sobre el cual basarse. El primer código legal de Atenas fue elaborado por un noble, Dracón, en 621 a. C. Su nombre significa «dragón» y su poseedor hizo honor a él, pues, en efecto, el código que redactó era muy severo y unilateralmente favorable a los oligarcas. El acreedor podía apoderarse del deudor y esclavizarlo, si éste no pagaba su deuda. Se estableció la pena de muerte para una serie de delitos contra la propiedad, aun pequeños. Por ejemplo, robar una col acarreaba la muerte, y cuando alguien, horrorizado, preguntó por qué, se dice que Dracón respondió: «Porque no puedo concebir un castigo más severo.» Se afirmaba que las leyes de Dracón estaban escritas con sangre, no con tinta. Esta es la razón de que la palabra «draconiano» haya llegado a significar «inhumanamente duro y severo». Con todo, el mero hecho de que las leyes fueran escritas constituyó un avance, pues una vez hecho eso, podían ser estudiadas y hacer manifiesta su severidad e injusticia. Así, surgió una tendencia a modificarlas y mejorarlas. A medida que la nueva economía comercial perturbaba cada vez más la vida ateniense y aumentaba en forma creciente la cantidad de agricultores esclavizados, la situación se hizo cada vez más peligrosa. Estaba presente el ejemplo de Corinto, donde Periandro acababa de heredar la tiranía de su padre, gobernaba con mano de hierro y estaba destruyendo a las casas nobiliarias. Los nobles atenienses tenían suficiente inteligencia para comprender que era mejor perder algunos privilegios pacíficamente que perderlo todo por la violencia. Entre ellos estaba Solón, un noble de la vieja familia real que se había enriquecido con el comercio y, por añadidura, era un hábil poeta. Bien nacido, rico y talentoso, era también un hombre sabio, bondadoso y honesto, a quien disgustaba la injusticia. En 594 a. C. fue nombrado arconte y recibió la tarea de revisar las leyes. Y lo hizo con tan buen resultado que se ganó el derecho a ser incluido en la posterior lista griega de los Siete Sabios. (Más aún, la palabra «solón» llegó a ser usada como sinónimo de «legislador», y en Estados Unidos frecuentemente se la usa para designar a un miembro del Congreso.) Solón comenzó aboliendo todas las deudas, para que el pueblo pudiera empezar de nuevo. Acabó con la práctica de esclavizar a la gente por deudas, y liberó a los que ya habían sido esclavizados. Los que habían sido vendidos fuera del Ática fueron trasladados de nuevo a su tierra a expensas del tesoro público. Después acabó con las penas de muerte establecidas por Dracón, salvo en caso de asesinato. Además, creó nuevos tribunales, formados por ciudadanos ordinarios. Las personas que, al comparecer ante el Areópago dominado por los nobles, se sentían tratadas injustamente, podían entonces apelar a los tribunales populares, en los que podían esperar mayor simpatía hacia su caso. Solón también intentó algunas reformas económicas. Trató de establecer precios más bajos mediante una variedad de métodos. Desalentó la exportación de alimentos y estimuló la inmigración a Atenas de trabajadores cualificados de otras ciudades griegas. Además, reorganizó el gobierno ateniense y dio mayor participación en él al pueblo común. En lugar de unos pocos oligarcas que elegían a todos los funcionarios y decidían todas las cuestiones, creó una Asamblea que elaboraría las leyes y cuyos miembros provendrían de todos los sectores del pueblo. Al permitir que el pueblo común participase en las reuniones de la Asamblea, Solón dio un paso importante hacia el «gobierno por el pueblo», es decir, la «democracia». Sin duda, sólo parcialmente avanzó Solón hacia la democracia. El pueblo ateniense aún estaba dividido en cuatro clases sobre la base de la riqueza, y los arcontes sólo podían ser elegidos en las dos clases superiores. Las clases inferiores todavía no tenían derechos, excepto el de sentarse en la Asamblea. Más aún, el único tipo de riqueza reconocido era el territorial. Los artesanos hábiles, por prósperos que fuesen, no eran admitidos en el grupo gobernante. Pero esos primeros pasos hacia la democracia fueron infinitamente valiosos. Las leyes de Solón fueron un enorme progreso, con respecto a la situación anterior. El peligro de rebeliones violentas desapareció por un tiempo, pues Solón había demostrado que había una alternativa a la oligarquía diferente de la tiranía. Atenas ofreció la democracia como alternativa, y por eso solo merece la eterna gratitud del mundo moderno.

Pisístrato:
Pero seguía la guerra con Megara, que ya duraba medio siglo. Se había atenuado su intensidad, sobre todo después de la muerte de Teágenes, pero no había una paz completa. En particular, era una fuente de encono la cuestión de Salamina. Se trataba de una pequeña isla del golfo Sarónico, situada justamente en el punto en que las costas occidentales del Ática se curvaban y fundían con las de Megara. Estaba a sólo un kilómetro y medio de la costa y podía ser vista desde Eleusis o desde Megara. En tiempos de Dracón y Solón pertenecía a Megara. Pero los atenienses pensaban que tenían derecho a ella, y citaban La Ilíada en apoyo de su pretensión. En esa obra, Salamina estaba representada por el héroe Áyax, sólo inferior a Aquiles como guerrero. De algunos versos del poema (que Megara consideraba espurios), Atenas deducía que había una especial relación entre Áyax y los atenienses y que, por tanto, Salamina formaba parte del Ática. Pero los intentos atenienses de apoderarse de la isla habían fracasado y parecían haber renunciado a ella. Indignado, el anciano Solón los acicateó. Afortunadamente, era polemarca el primo segundo de Solón, Písístrato. Hombre encantador y capaz, condujo las fuerzas atenienses a la conquista de Salamina en 570 a. C. y la anexó permanentemente al Ática. Se dio fin triunfalmente a la guerra con Megara, y ésta fue en lo sucesivo una potencia secundaria que nunca más volvió a ser una amenaza para Atenas. Pero había amenazas internas. Las reformas de Solón no fueron en absoluto aceptadas corno definitivas por todos los atenienses: aún se oponían a ellas las familias nobles. Bajo la conducción de Milcíades, esperaban reconquistar su viejo poder. A ellas se oponían las clases medias, que aceptaban las reformas de Solón. Este grupo estaba dirigido por uno de los Alcmeónidas. Solón había permitido que la familia retornase pese a la maldición, pero seguían siendo unos proscriptos entre los oligarcas. A causa de esto, y en agradecimiento a Solón, en lo sucesivo se adhirieron a la democracia. También había atenienses para quienes Solón había ido demasiado lejos. Pisístrato, el triunfante conquistador de Salamina, se puso al frente de ellos, y también otros se mostraron dispuestos a seguir al atractivo general. Pisístrato reunió a su alrededor una guardia de corps con el pretexto de que se intentaba asesinarle y luego, en 561 a. C., se apoderó de la Acrópolis. Más afortunado que Cilón, Pisístrato pudo afirmarse como tirano de Atenas, al menos durante un tiempo. Solón vivió lo suficiente para contemplar esos sucesos, pues murió en 560 a. C., a la edad de unos setenta años. Seguramente pensó que la obra de su vida estaba arruinada. En realidad, no fue así. La dominación de Pisístrato no era suficientemente firme como para que intentase imponer un gobierno despótico, aunque ésta hubiera sido su tendencia. De hecho, en dos ocasiones fue temporariamente despojado del poder. Por lo tanto, debía actuar muy cuidadosamente. En el interior, mantuvo las leyes de Solón y hasta las liberalizó. En el exterior, mantuvo la paz con sus vecinos. Sin embargo, intentó un golpe militar en el Norte. Atenas se había convertido en una tierra de agricultura especializada; cultivaba vides y olivos (que eran más provechosos) e importaba cereales del mar Negro. Era importante para Atenas proteger los caminos de navegación entre ella y el mar Negro, pues era su «cordón umbilical», En particular, necesitaba controlar (en la medida de lo posible) los estrechos entre el Egeo y el mar Negro. Algunos decenios antes había logrado establecer un puesto en Sigeo, cerca del sitio de la antigua Troya, en la parte asiática del Helesponto. Ese territorio era lesbio, y el tirano Pítaco de Lesbos derrotó a las fuerzas atenienses y las expulsó del lugar, Ahora, bajo Písístrato, Sigeo fue reconquistada. Luego también envió un contingente ateniense al Quersoneso Tracio para ayudar a los nativos en una guerra que estaban librando. El Quersoneso Tracio (que significa península Tracia) es una estrecha lengua de tierra, de unos cien kilómetros de largo, en el lado europeo del Helesponto. (En tiempos modernos se le llama la península de Gallípoli.) Como jefe del contingente eligió a Milcíades, su viejo enemigo político. Sin duda, Pisístrato pensaba de este modo librarse de él. Los atenienses obtuvieron la victoria y en 556 a. C. Milcíades se erigió en tirano de toda la península. Así, Atenas llegó a dominar ambos lados del Helesponto y su cordón umbilical estaba mucho más seguro. Pisístrato, como era típico de los tiranos, protegía la cultura. Hizo editar cuidadosamente los libros de Homero en la forma en que ahora los conocemos. Construyó templos en la Acrópolis y dio comienzo al proceso que, en un siglo más, iba a convertirla en una de las maravillas del mundo. También introdujo nuevas fiestas y dio un carácter más elaborado a las antiguas. En particular, estableció una nueva fiesta en honor de Dioniso. Estas incluían procesiones de sátiros, que representaban a seres míticos mitad hombres y mitad machos cabríos. Estos cantaban trago idea («canciones de machos cabríos») en alabanza a Dioniso. Esas «canciones de machos cabríos» eran cantos alegres y bulliciosos, pero más tarde los poetas comenzaron a escribir versos serios para la fiesta, y hasta grandiosos y conmovedores. En una poesía solemne, relataban los viejos mitos y los usaban para indagar los misterios del Universo. Y aún los llamamos «canciones de machos cabríos», pues son lo que en castellano llamamos «tragedias». Originalmente, las tragedias consistían en coros que cantaban al unísono o por partes. Pero en tiempo de Pisístrato, un poeta ateniense llamado Tesis tuvo la osadía de escribir piezas para las fiestas dionisíacas en las que, de tanto en tanto, el coro callaba mientras un único personaje cantaba solo, relatando y representando una historia tomada de los viejos mitos. Este hombre fue el primer actor, y aún hoy nos referimos [en inglés] a veces a un actor, medio en broma, como a un «espían». Pisístrato murió en 527 a. C. Fue hasta el fin un tirano amable y bondadoso.

Clístenes:
Después de la muerte de Pisístrato, sus dos hijos, Hipáis e Hiparco, le sucedieron en la tiranía y gobernaron juntos fraternalmente. Durante algunos años continuaron la política de su padre y Atenas siguió siendo una ciudad que alentaba las artes. Poetas y dramaturgos de todo el mundo griego acudían a Atenas, donde tenían asegurado el apoyo y la ayuda de los tiranos cultos. Por ejemplo, el poeta Anacreonte, de Teos, fue invitado a Atenas por Hiparco después de la muerte del anterior mecenas del poeta, Polícrates, de Samos. Pero los años de la tiranía moderada en Atenas estaban llegando a su fin. Dos jóvenes atenienses, Harmodio y Aristogitón, tuvieron una disputa privada con Hiparco que, en verdad, no tenía nada que ver con la tiranía, y en 514 a. C. decidieron asesinarlo. Hubiera sido insensato asesinar a un tirano y dejar vivo al otro para que vengara esa muerte, de modo que planearon asesinar a ambos. Las cosas no sucedieron como las habían planeado. Los conspiradores creyeron que habían sido traicionados y, presas de pánico, dieron el golpe prematuramente. Lograron matar a Hiparco, pero Hipias escapó y, desde luego, se tomó la venganza. Harmodio y Aristogitón fueron ejecutados. Ese asesinato amargó a Hipias. Después de trece años de gobierno apacible, aprendió los hechos desagradables de la vida: que los tiranos viven en un peligro cotidiano. Se hizo cada vez más receloso de todos e inició un reinado del terror. El espíritu de rebelión de los atenienses creció bajo la tiranía, lo cual brindó una oportunidad a los Alcmeónidas, a quienes Pisístrato había desterrado nuevamente en los últimos tiempos de su gobierno. El jefe de la casa era ahora Clístenes, nieto de Megacles. Clístenes empezó por congraciarse con las autoridades de Delfos construyendo un hermoso templo para ellos a expensas de su familia. Esto indujo al oráculo a aconsejar a los espartanos que ayudasen a los atenienses a conquistar su libertad, y los espartanos se hallaban totalmente dispuestos a hacerlo. Ahora que constituían la potencia militar suprema, habían dado fin a todas las tiranías del Peloponeso y restaurado las oligarquías. Estaba en su interés hacer lo mismo en el Ática. En el 510 a. C., el rey espartano Cleómenes I marchó sobre el Ática, derrotó a Hipias y lo envió al exilio. Por supuesto, los espartanos no hicieron esto por nada. Antes de marcharse, exigieron que Atenas se incorporase oficialmente a la lista de los aliados de Esparta. Indudablemente, Cleómenes esperaba que se restablecería la oligarquía en Atenas. Pero Clístenes y los Alcmeónidas, gracias a la antigua maldición, eran demócratas, y no sólo defendieron la constitución de Solón, sino que dieron nuevos pasos el camino hacia la democracia. Los oligarcas, al ver que el pueblo estaba en su mayoría de parte de Clístenes, llamaron nuevamente a los espartanos en su ayuda, afirmando que el Alcmeónida, por hallarse bajo una maldición, debía ser expulsado. Cleómenes volvió en 507 a. C. y los Alcmeónidas se marcharon. Pero esta vez Cleómenes había juzgado erróneamente la situación. Estaba demasiado orgulloso de sus espartanos, quizá, y despreciaba demasiado lo que debe de haber considerado el populacho ateniense. Su contingente era realmente demasiado pequeño para la tarea; hubo un levantamiento general de la población y fue sitiado en la Acrópolis. Frustrado, Cleómenes convino en marcharse y volver a Esparta. Clístenes volvió en triunfo y logró establecer un nuevo sistema político. Dividió el Ática en un complicado conjunto de grupos que, en general, ignoraba las anteriores divisiones en tribus y clases. Su propósito era impedir que la gente se considerase como miembros de esas viejas divisiones. Los nuevos grupos artificiales no tenían asidero en sus afectos, de modo que no les quedaba más que sentirse sencillamente atenienses. También incrementó la intervención de las clases más pobres en el gobierno. (Con todo, y pese a la creciente libertad que reinó en Atenas, siguió habiendo esclavos en el Ática, como en todas las regiones del mundo antiguo. Los esclavos no tenían ningún derecho y a veces eran tratados con cruda brutalidad aun en las más ilustradas ciudades griegas. Esta es una mancha de la civilización griega que es imposible borrar: no que existiera la esclavitud, sino que fueran siempre tan pocos los griegos que veían algo malo en ella.) En años posteriores, los atenienses convirtieron el derrocamiento de la tiranía en un gran drama. Restaban importancia (con embarazo) al papel de los espartanos y, en cambio, hacían grandes héroes de los asesinos atenienses Harmio y Aristogitón, aunque su conspiración había fracasado y la habían emprendido por indignas razones personales. Los atenienses también exageraban la crueldad de Hipias y contribuyeron a hacer odioso el nombre de «tirano». Y en verdad, parecería que la caída de la tiranía y el establecimiento de la democracia hubiese llenado a los atenienses de una enorme energía y autoconfianza que arrollaba con todo. Durante el siglo siguiente, la fortuna pareció sonreírles en casi todo lo que hacían. Por ejemplo, fueron en ayuda de la pequeña ciudad beocia de Platea, situada inmediatamente al norte de la frontera del Ática. Platea se consideraba habitada por hombres que descendían de los que habían vivido allí antes de la ocupación de Beocia de seis siglos antes. Por ello, se negaban a incorporarse a la Confederación beocia y a reconocer el liderazgo tebano. Atenas los ayudó a fortalecer este rechazo. Los tebanos estaban listos para la guerra y la oportunidad se les presentó en 506 a. C. Cleómenes, enconado por el triste papel que había hecho en el Ática el año anterior, decidió aplastar totalmente a los atenienses. Reunió a sus aliados del Peloponeso y marchó sobre el Ática desde el Sur, mientras Tebas atacó desde el Norte. Calcis, deseosa de destruir a un rival comercial, se unió a los tebanos. Atenas parecía condenada a la destrucción, pero Corinto se detuvo a pensar en esta posibilidad. Su rival comercial desde los días de Periandro, un siglo antes, era Egina. Sin duda, destruir Atenas era sencillamente hacerle el juego a Egina, pues Atenas era una vieja enemiga de ésta. Por consiguiente, Corinto de pronto se negó a marchar con Esparta. Para no romper la alianza del Peloponeso, Cleómenes, otra vez frustrado, se volvió a su patria sin descargar un solo golpe. Los atenienses se volvieron entonces contra los tebanos, que habían sido dejados en la estacada por sus aliados espartanos. Los primeros derrotaron a los tebanos y confirmaron la independencia de Platea. Los hoscos tebanos no iban a olvidar esto y mantendrían una enconada enemistad con Platea y con Atenas durante todo el siglo siguiente. Los atenienses derrotaron a los calcidios aún más rotundamente y obligaron a Calcis a cederle una franja de tierra en la isla de Eubea, del otro lado del estrecho del norte del Ática. Esas tierras fueron ocupadas por atenienses y convertidas en parte del Ática; los colonos tenían todos los derechos de los ciudadanos atenienses. Pero los peligros que había superado Atenas bajo Clístenes eran pequeños en comparación con los que la amenazarían luego, desde fuera del mundo griego. Durante 500 años -desde la invasión doria- los griegos habían tenido la fortuna de no tener que enfrentarse con ningún imperio importante. Los egipcios, debilitados, y los asirios, extendidos por un territorio demasiado grande, no eran ninguna amenaza, mientras que los fenicios y los cartagineses sólo rondaban por las afueras. Pero durante toda la época de los tiranos, grandes sucesos conmovieron el Este, y en tiempos de Clístenes un reino gigantesco observaba fijamente a Grecia desde el horizonte oriental; toda Grecia parecía estar a su merced. (Asimov)


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