Edad de Oro             

 

Grecia: Lucha entre soldados

La Edad de Oro:
Las dificultades de Esparta:
La guerra con Persia convirtió a Esparta y Atenas en las dos ciudades más poderosas de Grecia. Cabía esperar que Esparta mirase con recelo el aumento del poder de Atenas e hiciese todo lo posible por frenarlo. Esparta estaba recelosa, en efecto, pero hubo dos factores que le impidieron oponerse eficazmente a Atenas. Al principio, Atenas aplicó su reciente potencia a conquistas marinas, más que en la misma Grecia. Esparta, que siempre prefería la inacción a la acción y no se hallaba a sus anchas en el mar, estaba dispuesta a admitir esto y a limitarse a mantener su supremacía terrestre. En segundo término, en los años que siguieron inmediatamente a la guerra persa, Esparta sufrió varios desastres. Para empezar, Pausanias se comportó impropiamente. Fue el héroe de Grecia después de la batalla de Platea, y marchó luego a la conquista de Bizancio, en 477 a. C. Pero el triunfo se le subió a la cabeza. Ocurría a menudo que un espartano, cuando estaba lejos de la virtud y la disciplina rígidas de Esparta, caía en el otro extremo. En el exterior, Pausanias se deleitó en el lujo y se hizo ávido de dinero. Así, se aficionó al uso de lujosas vestimentas persas y trató a sus compatriotas griegos con altanería, como si él mismo fuese un monarca oriental. Pronto comenzó a negociar con Jerjes, en un intento de lograr mayor poder con ayuda persa (o al menos se hizo sospechoso de esto). Los éforos, celosos de su éxito de todos modos, le llamaron a Esparta y fue juzgado por traición, pero absuelto por falta de pruebas. Pero ya no se le permitió conducir ejércitos espartanos, de modo que organizó expediciones privadas al Helesponto, donde fue derrotado por los atenienses y donde siguió tratando con los persas. Fue llamado a Esparta por segunda vez y allí cometió un pecado que, para los espartanos, era el peor de todos: trató de organizar una revuelta de los ilotas. La conspiración fue descubierta y Pausanias buscó refugio en un templo. No podía ser sacado del templo por la fuerza, de modo que se le dejó allí hasta que estuvo a punto de morir de hambre; entonces, se le sacó de allí, pues hubiera sido un sacrilegio permitir que muriera en terreno sagrado. Murió fuera del templo. Esto ocurrió el 471 a. C. Mientras tanto, Leotíquidas, jefe de la flota griega en la batalla de Micala, había sido hallado culpable, en 476 a. C., de aceptar sobornos y había sido desterrado. Todo esto hizo perder a Esparta mucho prestigio. Las otras ciudades-Estado griegas no pudieron por menos de pensar que si los héroes espartanos de Platea y Micala eran traidores y corruptos, no se podía confiar en ningún espartano. Atenas, en cambio, audaz y resuelta, sin vacilar jamás como los lentos espartanos y siempre en la vanguardia de la lucha contra Persia, era tanto más admirable en comparación. Como resultado de esto, Argos, finalmente recuperada de sus derrotas a manos de Cleómenes, se vio estimulada a intentar una vez más oponerse a la supremacía espartana en el Peloponeso. Logró algunos éxitos iniciales, apoderándose de Micenas y Tirinto (hoy miserables aldeas, donde no queda nada de sus antiguas glorias) y se le unieron otras ciudades. Hasta Tegea, por lo habitual firmemente proespartana, entró en alianza con Argos. Lejos de estar en condiciones de frenar el creciente poder de Atenas en todo el mundo griego, Esparta se vio repentinamente obligada a luchar por la soberanía en el Peloponeso, donde había considerado segura su supremacía durante un siglo. Afortunadamente para Esparta, estaba en el trono un joven rey, digno sucesor de Cleómenes. Era Arquidamo II, que subió al trono cuando fue desterrado su abuelo Leotíquidas. Arquidamo derrotó a Argos y sus aliados en Tegea, en 473 a. C. Argos, que ya tenía suficiente, se retiró de la guerra, pero los aliados arcadios, con Tegea a la cabeza, siguieron la resistencia. En 469 a. C., una segunda batalla puso fin a ésta, y Esparta se aseguró nuevamente el dominio del Peloponeso. Pero le esperaban momentos peores aún. El golpe más severo de todos se lo descargó un enemigo contra el que ni siquiera Esparta podía luchar. En 464 a. C., un terremoto destruyó la ciudad de Esparta, y por un tiempo los espartanos quedaron aturdidos y azorados. En ese momento, los ilotas aprovecharon la oportunidad. Ocho años antes, Pausanías les había proporcionado motivos para esperar poner fin a dos siglos de martirio, pero el complot había fracasado en el último momento. Ahora los amos espartanos se hallaban inermes; había llegado el momento. Los ilotas se organizaron apresuradamente y trataron de batir a los espartanos. Pero tan pronto como los espartanos recuperaron el aliento, los ilotas perdieron toda posibilidad. Como habían hecho sus antepasados dos siglos antes, los ilotas se retiraron al monte Itome y se fortificaron allí. Su resistencia duró cinco años y fue llamada la «Tercera Guerra Mesenia». El hecho de que los espartanos tardasen tanto en someter a sus esclavos perjudicó aún más su prestigio. En 459 a. C. los ilotas finalmente fueron obligados a rendirse, pero sólo a condición de que no se les matase ni se les redujese nuevamente a la esclavitud. Los espartanos les permitieron marcharse, y barcos atenienses los llevaron a Naupacta, estación naval recientemente fundada por Atenas sobre la costa septentrional del golfo de Corinto.

La Confederación de Delos (477 a.C.):
Formada para hacer frente al empuje del imperio persa. Las dificultades internas por las que pasaba Esparta se prolongaban en el tiempo. La asistencia de la flota de Atenas se volvió indispensable para la seguridad de las ciudades de Asia Menor. La suma de dinero aportada se custodiaba en la pequeña isla de Delos. Temístocles mandó a fortificar Atenas y El Pireo ante las protestas de Esparta. Cayó en el ostracismo y fue sustituido por el imperialista Cimón, comandante de la flota y triunfador en numerosas batallas. Cimón negó a los miembros de la Liga la salida voluntaria de ésta y el cese de contribuciones.

Auge de Atenas:
Pero en el interior, la oposición a Cimón estaba creciendo. A los demócratas les disgustaban las tendencias aristocráticas y proespartanas de Cimón, y hallaron un líder en Efialtes. El blanco principal de éste fue el Areópago, la última fortaleza de los conservadores. Pero mientras Cimón fuera victorioso, Efialtes no podía hacer nada. Acusó a Cimón de haber sido sobornado por Alejandro I de Macedonia, pero Cimón fue absuelto triunfalmente. Era obvio que los demócratas debían esperar a que Cimón sufriese una derrota para poder enfrentarse con él. Llegó el año 464 a. C. y el terrible desastre del terremoto y la revuelta de los ilotas, que puso temporariamente en aprietos a Esparta. Esto brindó ocasión para una nueva disputa. A Efialtes le pareció una buena oportunidad para Atenas. ¿Por qué no ayudar a los ilotas y paralizar a Esparta permanentemente? Cimón luchó firmemente contra esto. Recordó a los atenienses los muertos espartanos en las Termópilas y sus hazañas en Platea. Grecia, decía Cimón, estaba conducida por Esparta y por Atenas, que eran como dos bueyes que arrastran una carga común. Si uno era destruido, toda Grecia quedaría disminuida. Predominaron los argumentos de Cimón y su popularidad. En 462 a. C. fue enviado un ejército ateniense a ayudar a los espartanos a batir a los pobres ilotas, que luchaban contra la más brutal esclavitud que había en Grecia. Quizá los soldados atenienses no se sintieran a gusto en esta tarea. Pero fueron los mismos espartanos quienes destruyeron a Cimón, su mejor amigo en Atenas, pues se sintieron ciega y hoscamente heridos en su amor propio. No pudieron soportar que los atenienses llegasen con aire protector a ayudarles contra sus propios esclavos. «No os necesitamos», refunfuñaron coléricamente, y ordenaron a los atenienses que se volviesen. Fue un insulto terrible, mayor que el que podían soportar los atenienses, Cimón había sido el causante de esta humillación, y por tanto se volvieron contra él. Se hizo una votación de ostracismo y, en 461 a. C., Cimón fue desterrado y Efialtes subió al poder. Inmediatamente, debilitó al Areópago, limitando sus poderes al juicio de casos de asesinato y nada más. Correspondientemente aumentó el poder de la asamblea popular. Efialtes no estuvo en el poder por mucho tiempo, pues poco después del ostracismo de Cimón el líder democrático fue asesinado. Pero esto no favoreció en nada a los conservadores, pues en lugar de Efialtes ascendió un demócrata más capaz, Pericles. Pericles nació el 490 a. C., el año de Maratón. Su padre había conducido un escuadrón ateniense en la batalla de Micala; su madre era sobrina de Clístenes (véase pág. 81), de modo que, por el lado materno, Pericles era miembro de la familia de los Alcmeónidas. Recibió una buena educación, y entre sus maestros se contó Zenón de Elea. Pericles iba a permanecer en el poder hasta el día de su muerte, ocurrida treinta años más tarde, pese a todo lo que hicieran sus enemigos. Durante su gobierno, Atenas llegó a la cúspide de su civilización y conoció una «edad de oro». Pericles siguió extendiendo la democracia internamente. Estableció la costumbre de pagar a los funcionarios, para que hasta los más pobres pudieran servir a la ciudad. También trabajó para fortalecer la ciudad. Aunque Atenas y El Pireo estaban fortificados, quedaba entre las ciudades un hueco de unos ocho kilómetros. El Pireo podía ser alimentado y aprovisionado desde el mar, pero ¿cómo iban a llegar los suministros a una Atenas sitiada a ocho kilómetros de distancia? La solución era construir murallas desde El Pireo hasta Atenas, los «Largos Muros», para que formasen un pasillo protector por el cual los suministros y los hombres pudieran desplazarse con seguridad. De este modo, Atenas y El Pireo podían convertirse en una especie de isla en medio de la tierra. Los Largos Muros fueron terminados en 458 a. C. Pericles hizo uso del tesoro común de la Confederación de Delos no sólo para fortalecer a Atenas, sino también para embellecerla. Esto parece una incorrecta apropiación de fondos y es difícil de justificar. Sin embargo, algunos han argüido que la Confederación brindaba seguridad contra Persia, de manera que Atenas cumplía su parte del acuerdo. También la nueva belleza de Atenas no sólo fue la gloria de la misma Atenas, sino de toda Grecia, y al hacer a Atenas más gloriosa ante los ojos de los hombres, crecía su reputación, que podía usar para proteger la Confederación.

Arte:
En particular, Pericles encargó al arquitecto Iotino que coronase la Acrópolis con un templo dedicado a Athene Polias («Atenea de la ciudad»). El escultor fue Fidias. Se llamó al templo el Partenón. Fue comenzado en 447 a. C. y no se lo terminó hasta 432 a. C. Fidias, nacido por el 500 a. C., es considerado por lo general como el más grande de los escultores griegos, y el Partenón como su obra maestra. Es, quizá, la estructura más perfecta que se haya construido nunca y la más famosa. Está en ruinas desde hace muchos años (véase página 271), pero el rectángulo de pilares del orden dórico que se eleva en la Acrópolis aún simboliza todo lo que hubo de glorioso y bello en la antigua Grecia. En 436 a. C., Fidias hizo para el Partenón una gran estatua de madera de Atenea, cubierta de marfil como piel y de oro para los vestidos. Fidias también esculpió la estatua de Zeus de Olimpia, donde se erguía sobre el estadio en el que se realizaban los juegos Olímpicos, y esa estatua fue incluida, por los griegos de épocas posteriores, en la lista de las Siete Maravillas del Mundo. Como tantos de los grandes hombres de la Grecia antigua, Fidias tuvo un final desdichado. Los aristócratas de Atenas, eternos enemigos de Pericles pero que nunca lograron desalojarlo del afecto del pueblo ateniense, atacaron a cuantos amigos de Pericles podían. En dos ocasiones acusaron a Fidias de realizar un acto delictivo, al apropiarse indebidamente de algunos de los fondos que se le confiaron, y de sacrilegio, porque entre las figuras que esculpió sobre el escudo de Atenea incluyó (decían) retratos de sí mismo y de Pericles. Fidias murió en la prisión mientras se llevaba a efecto el segundo juicio. El siglo posterior a la guerra con Persia fue la época en que vivieron tres grandes autores trágicos, tal vez las más importantes figuras literarias que existieron entre la época de Homero y la de Shakespeare. El primero fue Esquilo. Nacido en 525 a. C., combatió en Maratón y estuvo presente también en las batallas de Salamina y Platea. Hizo avanzar el arte del drama más allá de los pasos iniciales dados por Tespis (véase página 80). Esquilo redujo el coro de cincuenta a quince miembros e introdujo un segundo actor. Esto hizo por primera vez posible el diálogo. También fue el primero en usar vestimentas, coturnos, máscaras y otros recursos para hacer más visibles al público a los actores y su mensaje. Entre 499 a. C. y 458 a. C., Esquilo escribió más de noventa obras de teatro. En las competiciones anuales que se realizaban en Atenas durante las fiestas en honor de Dioniso, ganó el primer premio trece veces. Sin embargo, hoy sólo sobreviven siete de sus obras. Visitó Sicilia varias veces, y allí terminaron sus días, pues murió en Gela, ciudad de la costa meridional de Sicilia, en 456 a. C., poco después de que Pericles ascendiese al poder. Según una leyenda, fue muerto por un águila que trataba de romper el caparazón de una tortuga que había atrapado; dejó caer la tortuga sobre la cabeza calva de Esquilo, pensando que era una roca. Se trata de una famosa historia, pero sin duda no es más que pura ficción. Sófocles, el segundo de los tres grandes dramaturgos, nació en 495 a. C. y vivió hasta los noventa años. Agregó un tercer actor a la tragedia y, en 468 a. C., logró derrotar a Esquilo y ganar la competición dramática anual. Ganó otras dieciocho o veinte veces en total. Escribió más de cien obras, pero sólo subsisten siete. Permaneció activo hasta el fin de su vida, pues al acercarse a los noventa años, su hijo trató de que los tribunales lo declarasen incompetente para manejar sus propios asuntos. En su defensa, Sófocles leyó, en audiencia pública, pasajes de Edipo en Colona, la obra en la que se hallaba trabajando en ese momento. Ganó fácilmente el juicio. El tercero de los grandes trágicos fue Eurípides, nacido por el 384 a. C. Fue el más humano de los tres. Mientras los personajes de Esquilo y Sófocles hablaban de manera solemne y elevada, y sólo manifestaban las más nobles pasiones y motivos, Eurípides llevó el teatro al pueblo. Se interesó por todos los aspectos de la psicología humana; sus personajes tenían debilidades humanas y hablaban en un lenguaje cotidiano. Esto le hizo impopular entre los críticos principales, por lo que sólo ganó la competición dramática anual cuatro veces (más una quinta después de su muerte). Se supone que la falta de aprecio que experimentó en vida le amargó. Se aficionó a vivir en el aislamiento y a huir de la sociedad, y se cree que era un misógino. A edad ya avanzada, dejó Atenas para responder a una invitación de Macedonia y murió en el exterior. Pero su popularidad aumentó después de su muerte. De las noventa y dos obras que escribió, dieciocho han llegado completas basta nosotros. Una de ellas, Medea, fue representada en Broadway en años recientes y luego apareció en la televisión. Fue un gran éxito, pues el genio no envejece. Hubo un cuarto dramaturgo que no fue un trágico, sino el mayor autor cómico de la edad dorada: Aristófanes, nacido alrededor del 448 a. C. Sus comedias, aunque llenas de bufonadas, no eran obras meramente hilarantes. Esgrimió su mordaz ingenio y acre sátira contra las debilidades de la época y contra los individuos a los que desaprobaba, por ejemplo, Eurípides. Provenía de una familia terrateniente y sus inclinaciones eran conservadoras. No ahorró ningún esfuerzo para burlarse de los demócratas. Pudo hacerlo porque la misma democracia a la que atacaba era tan total que podía decir lo que quisiese, incluso observaciones que hoy serían excluidas hasta de nuestros escenarios, por ser demasiado groseras para ser toleradas. De sus cuarenta a cincuenta comedias, aún sobreviven once.

Ciencia:
La ciencia jónica estaba agonizante por aquellos días, pero unos pocos chispazos finales aún brillaron en el cielo griego, tanto dentro como fuera de Atenas. Anaxágoras nació por el 500 a. C. en Clazómenes, una de las doce ciudades jónicas. Hacia la mitad de su vida, emigró a Atenas, llevando consigo las tradiciones científicas de Jonia. Fue gran amigo de hombres como Pericles y Eurípides. Anaxágoras creía que los cuerpos celestes no eran más divinos que la Tierra, que estaban formados por los mismos materiales y obedecían a las mismas causas. Las estrellas y los planetas, decía, eran rocas en llamas, y el Sol, en particular, según creía, era una roca caliente al rojo blanco más o menos del tamaño del Peloponeso. Anaxágoras enseñó en Atenas durante treinta años, pero no pudo terminar sus días en paz. Como era amigo de Pericles, constituía un blanco adecuado para los enemigos conservadores del líder ateniense. Fue fácil demostrar que las opiniones de Anaxágoras estaban en contra de la religión olímpica. (Si el Sol era una roca llameante, ¿qué pasaba con Helios, el dios del Sol?) Pericles logró, con dificultad, que Anaxágoras fuese absuelto, pero el filósofo ya no se sintió seguro en Atenas. En 434 a. C., se retiró a Lampsaco, en el Helesponto, y allí murió en 428 a. C. El último destello de la ciencia jónica provino de Leucipo de Mileto, quien vivió por el 450 a. C. y de quien se supone que fue el primero en afirmar que la materia no está compuesta de substancias que pueden ser divididas y subdivididas infinitamente, sino de diminutas partículas que no pueden ser divididas en componentes más simples. Esa opinión fue defendida por uno de sus discípulos, Demócrito, nacido en la ciudad de Abdera alrededor del 470 a. C. Abdera había sido fundada setenta años antes por refugiados jonios que huían de Ciro, de Persia (véase pág. 92), de manera que Demócrito puede ser considerado un jonio. Llamó «átomos» a las partículas últimas de Leucipo. Sus ideas sobre los átomos eran bastante similares, en muchos respectos, a las creencias modernas sobre el tema, pero no obtuvieron general aceptación entre los filósofos griegos. La isla de Cos, situada frente a la costa de Asia Menor, cerca de la ciudad de Halicarnaso, era dórica y, por ende, no puede ser considerada como parte de Jonia. Sin embargo, algo del espíritu jónico llegó a ella. Por el 460 a. C. nació en ella Hipócrates; fundó la primera teoría racional de la medicina, no basada en dioses y demonios. Por esta razón se lo llama a menudo el «padre de la medicina». Se le han atribuido numerosos escritos (llamados la «colección hipocrática»), pero es más que dudoso que muchos sean suyos. Más bien son las obras recopiladas de varias generaciones de miembros de su escuela, y los médicos posteriores las atribuyeron a él para que se les prestara más atención.

La ética hipocrática se refleja en el «juramento hipocrático», establecido por miembros posteriores de la escuela y que todavía lo prestan hoy los estudiantes de medicina al terminar sus estudios. Un nuevo tipo de hombres sabios surgió en Atenas durante la época de Pericles, hombres que pretendían enseñar las cualidades más adecuadas a la vida pública. Eran los «sofistas», nombre proveniente de una palabra griega que significa «enseñar». Una función importante de todo hombre que actuase en la vida pública por aquellos días era la de presentar argumentos en pro o en contra de alguna ley propuesta o de alguna persona sometida a juicio. Muchos sofistas sostenían abiertamente que podían (por una remuneración) enseñar a la gente a argüir en defensa de cualquier opinión sobre cualquier tema y hacer que la parte más débil apareciese mejorada mediante una hábil argumentación. Esto era exactamente lo opuesto de la dialéctica creada por Zenón, y no es precisamente un modo honorable de utilizar el propio saber. El más grande y popular de los sofistas fue Protágoras, quien, como Demócrito, había nacido en Abdera. Fue el primero en analizar cuidadosamente la lengua griega y en elaborar las reglas de la gramática. Como fue amigo de Pericles, se atrajo la enemistad de los conservadores. En 411 a.C., mucho después de la muerte de Pericles y cuando tenía alrededor de setenta años de edad, Protágoras fue acusado de ateísmo, por poner en duda públicamente la existencia de los dioses. Fue desterrado de Atenas y, mientras se hallaba en camino a Sicilia, se perdió en el mar.

Las dificultades de Atenas:
Mientras a Esparta le perjudicaba a veces su tendencia a no hacer nada cuando era menester hacer algo, Atenas se creaba dificultades por tratar de hacerlo todo al mismo tiempo. En los primeros años del gobierno de Pericles, Atenas parecía impulsada por los demonios, al atacar en todas partes. Aplastó a Egina, tomó parte en una querella entre Corinto y Megara en 458 a. C., derrotó a Corinto (convirtiéndola, así, en su mortal enemiga) y tomó a Megara bajo su protección. Se alió con Argos, como gesto abierto de enemistad hacia Esparta y, por añadidura, construyó febrilmente los Largos Muros. Esparta tuvo que soportarlo todo porque la mantenía ocupada la revuelta de los ilotas. Pero en 457 a. C., superadas las peores consecuencias de ésta, Esparta se recuperó y pudo una vez más afirmar su acostumbrada supremacía. Atenas decidió que no estaba en condiciones de luchar con Esparta en tierra y llamó a Cimón (viejo amigo de Esparta) con la esperanza de que pudiese concertar una tregua. La tregua era tanto más importante cuanto que Atenas recibió un golpe aún más duro allende los mares. En 460 a. C. se lanzó a una aventura aún más loca que la de correr en ayuda de Jonia una generación antes (véase pág. 102). Esta segunda aventura comenzó con la muerte de Jerjes, quien fue asesinado en 464 a. C. En la confusión que siguió a su muerte, pasó algún tiempo antes de que el hijo de Jerjes, Artajerjes I, se afirmase en el trono. Durante ese período de intranquilidad, Egipto se rebeló una vez más, como lo había hecho después de la muerte de Darío. Egipto llamó en su ayuda a Atenas, como había hecho Jonia, y nuevamente Atenas respondió al llamado. Pero en 460 a. C. Atenas era una ciudad mucho más poderosa que en 500 a. C. y, por consiguiente, envió una flota mucho mayor. En vez de una flota de veinte barcos, envió doscientos, según algunos relatos (posiblemente exagerados). Como en la ocasión anterior los atenienses habían empezado apoderándose de Sardes, en ésta comenzaron por tomar la ciudad egipcia de Memfis. Pero los persas resistieron vigorosamente, y los atenienses, en una tierra extraña y distante, rodeados por una población bárbara y no por su propio pueblo, retrocedieron. Su situación empeoró poco a poco y en 454 a. C. se perdió todo el ejército ateniense, junto con los refuerzos que habían sido enviados de tanto en tanto. La derrota fue desastrosa. Atenas perdió más hombres y barcos de los que podía permitirse perder, considerando su intento de combatir en todas partes al mismo tiempo. Además, quedó seriamente afectada la confianza de Atenas en sí misma. Al parecer, no sólo Esparta y Persia podían sufrir desastres, sino también Atenas. Tan grande fue la conmoción de Atenas por la derrota en Egipto que ya no confió a la isla de Delos el tesoro de la Confederación. Trasladó el dinero a la misma Atenas, con lo cual proclamó su dominación abierta sobre las ciudades de la Confederación. De hecho, a partir de este momento podemos hablar de un «Imperio Ateniense». El Imperio Ateniense tenía un aspecto muy satisfactorio en el mapa. Beocia y Megara se hallaban bajo el control de Atenas; Fócída y Argos eran aliadas de ella. Hasta algunas ciudades de Acaya, en el Peloponeso, se habían aliado con ella. Esto, junto con su control de Naupacta, sobre la costa septentrional del golfo de Corinto, hacía del golfo casi un lago ateniense, como lo era el mar Egeo. Pero en el ínterin, las fuerzas persas, después de pacificar Egipto, se desplazaron a la isla de Chipre, que también se había rebelado. Nuevamente se envió una flota ateniense a ayudar a los rebeldes contra Persia, esta vez bajo el mando de Cimón. Los persas fueron derrotados, pero Cimón murió en medio de la campaña y los atenienses hicieron la paz. Establecida la paz en todas partes, el Imperio Ateniense se hallaba en la cúspide de su poder, pero los problemas se presentaron casi enseguida. En cierto modo, fue nuevamente culpa de Atenas. Era una potencia marítima y sus intentos de establecer también su dominación en tierra sólo sirvieron para debilitarla. En 447 a. C., por ejemplo, Beocia se levantó contra la dominación ateniense. De haber sido Beocia una isla, la flota ateniense habría dominado la situación. Pero Beocia era una potencia terrestre y los beocios eran buenos combatientes, cuando luchaban por sí mismos. Atenas envió un ejército al que los beocios hicieron frente en Coronea, a unos 32 kilómetros al oeste de Tebas. Los atenienses fueron derrotados completamente y Tebas recuperó el control de toda la Beocia, como resultado de ello. Derrocó todas las democracias que Atenas había establecido y puso en su lugar oligarquías. Esa derrota originó una serie de reveses. Sólo dos años antes, los focenses se habían apoderado de Delfos y Esparta envió una expedición para derrotarlos (la «Segunda Guerra Sacra»). Los focenses fueron derrotados, por supuesto, pero después de la partida de las fuerzas espartanas, Atenas se puso de parte de Fócida y la ayudó a recuperarse. Pero estando Beocia fuera del control ateniense, Fócida, situada inmediatamente al oeste de Beocia, analizó sus propios intereses y pronto abandonó su alianza con Atenas. Luego, Eubea y Megara se rebelaron. Pericles condujo un contingente ateniense a Eubea, que a fin de cuentas era una isla, y la obligó a mantenerse dentro de la alianza ateniense. Pero Megara, que no era una isla, recibió ayuda del Peloponeso y Atenas la perdió para siempre. Así, el breve intento ateniense de establecer su poder sobre Grecia continental tanto como en el mar tuvo un final sin gloria en 446 a. C. Sobre esta base, Atenas firmó una tregua de treinta años con Esparta. Pericles trató de compensar estos numerosos golpes sobre la influencia ateniense expandiendo su poder por los mares. Envió colonos atenienses a diversas islas del Egeo septentrional y al Quersoneso Tracio (donde Milcíades había gobernado antaño). Barcos atenienses penetraron en el mar Negro (el mismo Pericles fue en una de esas expediciones) y estableció relaciones con las ciudades griegas de las regiones costeras. Atenas hasta fundó nuevas ciudades, lo que los griegos no habían hecho desde hacía más de un siglo; entre ellas, Anfípolis, sobre la costa norte del Egeo, inmediatamente al este de la península Calcídica, y Turios, en Italia, en el sitio donde había estado Síbaris un siglo antes. Sin embargo, Atenas, y toda Grecia, estaba sentada al borde de un volcán. No sólo las diversas ciudades-Estado guerreaban unas con otras, sino que también dentro de cada ciudad-Estado había una constante lucha entre oligarcas y demócratas. Cuando uno de los partidos ganaba, el otro era exiliado y esperaba en las ciudades vecinas un cambio de la fortuna para retornar. Este conflicto iba a verse aún dentro del mismo Imperio Ateniense. La isla de Samos y la ciudad de Mileto iniciaron una disputa en 440 a. C. por el dominio de la ciudad de Priene. La disputa fue planteada a Atenas, que se puso de parte de Mileto. Para prevenir problemas con los perdedores descontentos, Atenas, entonces, expulsó a los oligarcas de Samos e instaló a los demócratas. Samos inmediatamente se rebeló y restauró a sus oligarcas. Los atenienses (al mando personal de Pericles) necesitaron un año para restaurar el orden. Otras revueltas también fueron sofocadas, pero crearon intranquilidad en Atenas. Toda querella que estallaba en Grecia, por pequeña que fuese, hacía que Esparta se pusiese de una de las partes y Atenas de la contraria. Tarde o temprano, iba a haber una explosión. (Asimov)


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