Antiguo Egipto             

 

Tutankamon

Antiguo Egipto: Historia
Tradicionalmente, la historiografía ha dividido la historia del antiguo Egipto en Imperio Antiguo, primer periodo intermedio, Imperio Medio, segundo periodo intermedio, Imperio Nuevo, tercer periodo intermedio, Baja Época, época helenística, y épocas romana y bizantina. Nota: el contenido entre paréntesis que sigue al nombre de cada soberano corresponde siempre al periodo aproximado de su reinado, según la cronología utilizada como referencia. 5.1 El nacimiento de una civilización La presencia del hombre en Egipto se remonta a 500.000 años. Sin embargo, las primeras culturas neolíticas bien identificadas aparecieron en los milenios VI y V a.C. Cada una de ellas es conocida por el nombre del yacimiento arqueológico que las definió y fueron, por orden cronológico, la badariense (por El-Badari); la amratiense (por El-Amrah) o Nagada I, y la geerziense (Nagada II y III). En el transcurso de las dos primeras, se desarrollaron sociedades más complejas, vinculadas a comunidades y pueblos, como consecuencia de la aparición de la agricultura (cebada y trigo), y emergieron nuevos ritos funerarios relacionados con la inhumación. El paso del periodo amratiense al geerziense estuvo marcado por la llegada (c. 3500 a.C.) de pueblos camito-semíticos que se incorporaron a las poblaciones del Nilo en la región de Fayum. Las ciudades que habían ido surgiendo en el valle del Nilo se agruparon progresivamente en dos reinos: el del delta del Nilo, en el Bajo Egipto, en la zona de Buto; y el del Alto Egipto, en torno a Hiérakonpolis, en la zona de Ombo. En fechas algo anteriores al 3100 a.C., Narmer, soberano originario de Hierakónpolis al que tradicionalmente se ha identificado con el legendario Menes, unificó las regiones del Alto y del Bajo Egipto, con lo que nació el país 'de las dos tierras', con capital en la ciudad de Tinis (o Tis), cerca de Abidos. Inauguró de este modo la I Dinastía Tinita (a veces denominada Dinastía 0). Las investigaciones arqueológicas efectuadas en las necrópolis de Abidos y Saqqara permiten pensar que las dinastías tinitas sentaron las bases de la monarquía de derecho divino y de una administración centralizada. Además, comenzaron a desarrollar los sistemas de irrigación, dando un nuevo valor a las tierras.

5.2 Imperio Antiguo (c. 2755-2255 a.C.):
El denominado Imperio Antiguo comprendió desde la III hasta la VI dinastías. La III Dinastía fue la primera que gobernó desde una nueva capital, Menfis, ciudad situada en el punto de unión entre el Alto y el Bajo Egipto. Este periodo estuvo marcado por la aparición de una arquitectura de carácter colosal, circunstancia que no es sino testimonio de una nueva situación. El sistema político evolucionó hacia una forma teocrática de gobierno, en el que los soberanos ejercían el poder de modo absoluto sobre un territorio sólidamente unificado. En este sentido, la religión desempeñó un papel fundamental, otorgando al faraón la consideración de dios en la Tierra. El primer faraón de la III Dinastía y, por tanto, del Imperio Antiguo fue Sanajt (Nebka), cuyo padre, Jasejemui, había sido, a su vez, el último de la II. Sanajt fue sucedido por su hermano Zoser o Djoser (c. 2737-2717 a.C.), uno de los personajes más conocidos del periodo. Se piensa que fue con Zoser cuando Menfis se convirtió en la capital. Asimismo, durante su reinado, la arquitectura vivió su primer gran momento de esplendor. Vinculado a todo ello estuvo la figura de un personaje llamado Imhotep, arquitecto, jefe espiritual y ‘ministro’ de Zoser, que diseñó para su señor la pirámide escalonada de Saqqara, así como el complejo funerario de 15 hectáreas que la circunda. Fue la primera tumba regia de carácter monumental, cuya función sería preservar la inmortalidad del monarca. Emblemáticos continuadores de la tradición iniciada por Zoser serían los titulares de la IV Dinastía, durante la cual se reafirmó el poder del soberano, encarnación de Horus y Osiris sobre la tierra, donde era el señor absoluto. El monarca ejercía su control sobre el país gracias a una creciente administración. El primer faraón de la IV Dinastía fue Snefru (c. 2680-2640 a.C.), paradigma del rey guerrero, pues dirigió campañas militares en Nubia, Libia y el Sinaí, y al que se atribuye la construcción, en Dahsur, de la primera pirámide egipcia no escalonada. El importante desarrollo del comercio y de la minería fue determinante para que Egipto viviera tiempos de prosperidad. A partir de Snefru, el monarca estuvo secundado en las tareas de gobierno por un visir. A Snefru le sucedió su hijo Keops (c. 2638-2613 a.C.), quien erigió la Gran Pirámide de Gizeh, monumento que, amén de dar fe del gran poder adquirido por los faraones, prueba de modo fehaciente el grado de complejidad que habrían alcanzado la administración y burocracia estatales. Los dos siguientes monarcas fueron sendos hijos de Keops: Redjedef (c. 2613-2603 a.C.), quien introdujo una divinidad asociada al elemento solar (Ra o Re) en el título real y en el panteón religioso; y Kefrén (c. 2603-2578 a.C.), quien dispuso la edificación de su complejo funerario en Gizeh, legando al futuro la segunda de las grandes pirámides de este lugar. La tercera, la menor, la levantaría su sucesor, también miembro de la IV Dinastía: Mikerinos (c. 2578-2553 a.C.). Durante la IV Dinastía, la civilización egipcia alcanzó la cúspide de su desarrollo, que se mantendría durante la V y VI dinastías. Un esplendor que no solo se manifestaba en la arquitectura monumental, sino también en la escultura, la pintura, la navegación o la astronomía; así, por ejemplo, los astrónomos de Menfis establecieron un calendario de 365 días. Los médicos del Imperio Antiguo también mostraron un extraordinario conocimiento de fisiología, cirugía, del sistema circulatorio humano y del uso de antisépticos. Mientras, los navegantes egipcios exploraban el continente africano hasta la actual Somalia. La prosperidad del Imperio Antiguo se sostuvo en la explotación de las minas de Sinaí; en los intercambios comerciales con Fenicia, de donde provenía la madera del Líbano empleada en los sarcófagos; en las relaciones con Chipre y Creta; y en la dominación de Nubia, que abastecía de marfil y ébano. Si bien es cierto que los faraones de la V Dinastía mantuvieron la prosperidad del reino gracias a la ampliación del comercio exterior y a las incursiones militares en Asia, también comenzaron a aparecer síntomas del declive de la autoridad real, como consecuencia de la mayor burocracia y del incremento del poder de administradores no pertenecientes a la realeza. El último titular de la V Dinastía, Unas (c. 2428-2407 a.C.), fue enterrado en una cámara funeraria de la pirámide de Saqqara en cuyas paredes se encuentran los denominados ‘Textos de las Pirámides’, inscripciones que aparecen también en las tumbas regias de la VI Dinastía y en las autobiográficas de funcionarios de la misma. Todas ellas atestiguan un evidente proceso de debilitamiento del poder faraónico. Alguna de estas fuentes refiere acerca de una conspiración contra el faraón Pepi I (c. 2395-2360 a.C.) en la que pudo estar implicada la propia esposa del soberano. Asimismo, se cree que durante los últimos años de reinado de Pepi II (c. 2350-2260 a.C.), el poder pudo ser ejercido de facto por su visir. Factores determinantes del proceso de decadencia y hundimiento del Imperio Antiguo fueron la propia expansión territorial y el crecimiento económico, elementos que propiciaron la progresiva aparición de una oligarquía de altos funcionarios centrales pero también locales, cuya fuerza terminó por convertirse en una amenaza para los soberanos. En este sentido, los nomarcas reafirmaron su autonomía. Por otra parte, la preponderancia del dios solar, Ra, se impuso probablemente a finales de la V Dinastía, gracias a la influencia del clero de la ciudad de Heliópolis; en algún momento a partir de entonces, el faraón pasó a ser considerado hijo de Ra.

5.3 Primer periodo intermedio (c. 2255-2134 a.C.):
La VII Dinastía marcó el inicio del primer periodo intermedio de la historia del antiguo Egipto. Sometido a incursiones bélicas procedentes del exterior, la unidad territorial se desgajó, la autoridad se atomizó, apareció el hambre y las rebeliones se multiplicaron, de forma simultánea a la difusión del culto a Osiris, que parecía colmar las aspiraciones populares de inmortalidad. A partir de la IX, varias dinastías cohabitaron e intentaron recuperar en torno a ellas la unidad del país. La IX y X dinastías controlaron dos terceras partes del territorio desde Heracleópolis, extendiendo su poder hacia el norte hasta Menfis (incluso hasta el delta) y hacia el sur, hasta Licópolis (actual Asiut). Por su parte, la XI Dinastía, a la postre triunfante, radicó en Tebas, en el Alto Egipto, y dominó el espacio desde Abidos hasta Elefantina, cerca de Siene (hoy Asuán).

5.4 Imperio Medio (c. 2134-1784 a.C.):
El inicio del periodo de la historia del antiguo Egipto conocido como Imperio Medio se data en torno al año 2134 a.C., el de la entronización de la XI Dinastía, que convivió con la X. Los primeros faraones de la XI Dinastía afrontaron la reunificación territorial, intentando hacer efectiva en el norte y en el sur la autoridad que ejercían en su enclave tebano. Por este motivo, lo cierto es que el Imperio Medio comenzó cuando aquel proceso resultó completado, aproximadamente en el 2047 a.C. La reunificación se produjo durante el reinado de Mentuhotep II (c. 2061-2010 a.C.), quinto representante de aquella XI Dinastía, el cual derrotó a los faraones de Heracleópolis, conquistó Licópolis y avanzó hasta ocupar todo el Medio y Bajo Egipto. En su proclamación como faraón, Mentuhotep II recibió el nuevo título de Nebhepetre (‘de todo el país’), aunque todavía tuvieron que transcurrir algunos años para que se alcanzara la completa pacificación. Mentuhotep II trasladó la capital a Tebas y el dios local de esta ciudad, Amón, comenzó a ver afirmada su primacía. Envió expediciones a Libia y a la península del Sinaí para combatir a pueblos nómadas invasores, y promovió las actividades comerciales y mineras en Nubia. Mentuhotep II ordenó erigir su complejo funerario en Dayr al-Bahari, en las afueras de Tebas. Con la XII Dinastía, la capital se desplazó simbólicamente hacia el norte, cerca de Menfis. La pretensión de reforzar la unidad nacional se manifestó en el compromiso religioso entre los cleros tebano y heliopolitano por el que Amón fue asociado a Ra, naciendo así 'el padre de los dioses, el hacedor del género humano, el creador del ganado, el señor de todo lo que es'. Intercesor entre Amón-Ra y los hombres, el faraón reforzó su poder reduciendo el de los gobernadores locales y asegurándose, en vida, la designación de su sucesor. Al mismo tiempo, la inmortalidad dejó de ser una condición privativa del soberano. El fundador de la XII Dinastía fue Amenemes I (c. 1991-1962 a.C.), el cual reorganizó la burocracia (formando un cuerpo de escribas y administradores), exigió la lealtad de los nomarcas y estableció la citada nueva capital. Durante los últimos diez años de su reinado, actuó como corregente su hijo y sucesor, Sesostris I (c. 1962-1928 a.C.), quien edificaría fortalezas por toda Nubia, establecería relaciones comerciales con el exterior, enviaría gobernadores a Palestina y Siria, y lucharía contra los libios en el oeste. Durante los reinados de Amenemes I y Sesostris I, Egipto vivió un periodo de intenso renacimiento intelectual y cultural, patente tanto en el desarrollo de variados géneros literarios y tratados científicos escritos sobre papiro, como en las manifestaciones artísticas, que revelan una extraordinaria delicadeza en su concepción. Sus sucesores fueron Amenemes II y Sesostris II. Durante el reinado de este último (c. 1895-1878 a.C.), se afrontó el proceso de saneamiento y acondicionamiento de la región de Fayum. Sesostris III (c. 1878-1843 a.C.) construyó un canal en la primera catarata del Nilo; constituyó un ejército permanente, que utilizó en su campaña contra los nubios; erigió nuevas fortalezas en la frontera meridional; y dividió administrativamente el país en tres unidades geográficas, cada una de ellas controlada por un alto funcionario supervisado por un visir. Amenemes III (c. 1842-1797 a.C.) concentró sus esfuerzos en la expansión económica: realizó grandes proyectos de irrigación y de recuperación de tierras, principalmente en el lago Moeris, en Fayum; impulsó la producción minera, y sus flotas comerciales navegaron por el mar Rojo y atravesaron el Mediterráneo hasta Chipre y Creta. Además, al final de su reinado, logró suprimir la amenaza que suponían los nobles locales.

5.5 Segundo periodo intermedio (c. 1784-1570 a.C.):
La unidad egipcia se vio de nuevo quebrantada como consecuencia de la invasión de su territorio por los hicsos, pueblo semita procedente, muy posiblemente, de Palestina y Siria, que tomaron Menfis y el Bajo Egipto y se establecieron en Avaris (probablemente, la antigua Tanis), en la frontera noreste del delta del Nilo. Los hicsos, sin duda, debieron aprovecharse del debilitamiento del poder faraónico durante la XIII y XIV dinastías, circunstancia a la que se sumaban sus mayores conocimientos bélicos (introdujeron en Egipto el caballo y el carro de guerra). Los soberanos hicsos de la que pasó a ser XV Dinastía adoptaron, sin embargo, las costumbres egipcias, adoraron a los dioses Set y Ra, y tomaron epónimos y protocolos de los faraones de Egipto. Coetáneas de la XV Dinastía hicsa fueron la XVI Dinastía (que reinó en la zona central de Egipto) y la XVII Dinastía (que de forma más independiente ejerció desde Tebas su autoridad en la parte sur del país, dominando el territorio entre Elefantina y Abidos). Un soberano de esta última, el tebano Kames o Kamosis (c. 1576-1570 a.C.) luchó con éxito contra los hicsos, aunque fue su hermano Amosis I quien los derrotó finalmente, reunificando de nuevo Egipto.

5.6 Imperio Nuevo (c. 1570-1070 a.C.):
Amosis I (c. 1570-1546 a.C.) fue, por tanto, el fundador de la XVIII Dinastía, primera del Imperio Nuevo, cuya capital sería Tebas. Durante los cinco siglos de esta nueva etapa, Egipto conoció los momentos de mayor apogeo y fortaleza de su historia antigua.

5.6.1 Periodo Tutmosida:
El sucesor de Amosis I, Amenofis I (o Amenhotep I, c. 1546-1524 a.C.; corregente desde 1551 a.C.), extendió los límites de Egipto hacia Nubia y Palestina. Por iniciativa suya, Karnak, en la orilla oriental del Nilo, comenzó a ser una de las ciudades paradigmáticas de la arquitectura monumental. Este faraón separó su tumba del templo funerario e instauró la costumbre de que el lugar de su último descanso permaneciera secreto. El siguiente faraón de la XVIII Dinastía fue Tutmosis I (c. 1524-1518 a.C.), quien destacó tanto por sus acciones militares (extendió sus dominios en Nubia y avanzó hasta el río Éufrates) como por sus realizaciones arquitectónicas (mandó construir en Karnak dos pilones, una sala hipóstila y dos obeliscos). Tutmosis I fue el primer faraón que se hizo enterrar en el Valle de los Reyes. Su línea de gobierno fue seguida por su hijo, Tutmosis II (c. 1518-1504 a.C.), el cual luchó contra tribus nubias rebeldes y contra los beduinos, y dispuso que se efectuaran mejoras en el Gran templo de Amón en Karnak. Al morir Tutmosis II, el trono fue ocupado por su hermana (era hija de Tutmosis I) y esposa, Hatshepsut, la cual privó del ejercicio real del poder a Tutmosis III, hijo de Tutmosis II y una concubina. Aunque el reinado de Tutmosis III comenzó nominalmente cerca del año 1504 a.C., su inicio efectivo no tuvo lugar hasta la muerte de Hatshepsut,(c. 1483 a.C); se prolongó hasta c. 1450 a.C. y supuso un periodo de gran apogeo exterior, marcado por 17 victoriosas campañas militares que afirmaron la supremacía egipcia en Oriente Próximo. Tutmosis III infligió severas derrotas a Siria (cuyas fuerzas fueron aniquiladas en la llanura de Jezrael, perseguidas y nuevamente vencidas, en el 1479 a.C., en Meguido); al reino hurrita de Mitanni (al alentar este Estado mesopotámico revueltas en determinadas ciudades sirias y fenicias dominadas por Egipto, los ejércitos faraónicos invadieron su territorio, conquistaron varias de sus ciudades y extendieron el poder de Egipto en el norte de Palestina y Fenicia); sometió a Nubia y Sudán; y consiguió que le rindieran tributo Creta, Chipre, el poderoso reino anatolio de los hititas, Asiria y Babilonia, además de Mitanni. Los inmediatos sucesores de Tutmosis III, Amenofis II (c. 1450-1419 a.C.) y Tutmosis IV (c. 1419-1386 a.C.), intentaron mantener las conquistas asiáticas frente a los intentos expansionistas de los reinos de Mitanni y de los hititas. El largo reinado de Amenofis III (c. 1386-1350 a.C.) fue un periodo de paz (posibilitado por el mantenimiento del equilibrio con los estados limítrofes gracias al hábil empleo de la diplomacia) y de florecimiento de la arquitectura (edificó el gran templo de Amón en Luxor).

Revolución religiosa de Ajnatón:
En el siglo XIV a.C., Egipto proporcionó a la edad antigua uno de sus episodios más peculiares. Lo protagonizó Amenofis IV (c. 1350-1334 a.C.), hijo de Amenofis III. El nuevo faraón adoptó el culto a Atón, dios o disco solar con el que eventualmente se identificó y al que consideraba único creador del Universo (por ello, algunos autores le sitúan como precursor del monoteísmo). Una vez instituida la nueva religión, así como su clero, cambió su nombre regio por el de Ajnatón (‘Atón está satisfecho’) y trasladó la capital de Tebas a Ajtatón, una nueva ciudad dedicada a Atón en el actual emplazamiento de Tell el-Amarna (de ahí que esta etapa también sea conocida por el nombre de periodo amarniense o de Amarna). Ajnatón (que estuvo acompañado en su devoción a Atón por su esposa, Nefertiti) ordenó suprimir todos los signos y costumbres religiosas de sus predecesores y se enfrentó duramente a los sacerdotes que pretendieron mantener el culto a Amón. No obstante, esta revolución religiosa fue efímera, ya que desapareció con su creador; de hecho, su yerno y sucesor, Tut Anj Amón (c. 1334-1325 a.C.), restauró el culto a Amón y reintegró la capitalidad a Tebas. Pese a que poco más se sabe de Tut Anj Amón, es sin duda uno de los faraones más famosos; ello se deriva del descubrimiento en el Valle de los Reyes de su tumba, incólume y plena de tesoros, y de su propia momia. Fue este un hito de la egiptología protagonizado en 1922 por el arqueólogo británico Howard Carter y su mecenas, George Herbert, quinto conde de Carnarvon, que la supuesta maldición del faraón alimentó pronto de misterio.

5.6.3 Periodo Ramesida:
Para contrarrestar la influencia de Tebas, los Ramesidas (once faraones de la XIX y XX dinastías) fundaron una segunda capital en el delta, cerca de Tanis. El fundador de la XIX dinastía, Ramsés I, reinó solo dos años (c. 1314-1312 a.C.). Le sucedió su hijo Seti I (1312-1298 a.C.; corregente junto a su padre desde el 1313 a.C.), quien intentó recuperar algunas de las posesiones sirias perdidas durante el final de la XVIII Dinastía, conquistó Palestina, defendió su frontera occidental frente a los libios y luchó contra los hititas. Egipto conoció luego un largo periodo de prosperidad con el hijo y sucesor de Seti I, Ramsés II (c. 1298-1235 a.C.), cuyo reinado supuso una de las cúspides del antiguo Egipto. Durante los primeros años en que estuvo al frente del reino, Ramsés II luchó para recuperar las tierras de África y del oeste de Asia Menor que Egipto había poseído durante los siglos XVI y XV a.C. Estas aspiraciones le hicieron enfrentarse a los hititas, contra los que mantuvo una larga guerra, cuyo principal combate fue la batalla de Qades (c. 1296 a.C.), librada en Siria y que Ramsés II consideró como un gran triunfo de las tropas egipcias sobre las del soberano hitita, Muwatalli. Sin embargo, todo parece indicar que el resultado de aquella contienda no fue determinante, pues solo el tratado firmado en torno al año 1283 a.C. fijó las fronteras de las tierras sirias en disputa, al tiempo que disponía el matrimonio entre Ramsés II y la hija del nuevo monarca hitita, Hatusili III. La segunda parte del reinado de Ramsés II estuvo caracterizada por la construcción de impresionantes monumentos, tales como el templo excavado en piedra de Abu Simbel, el llamado Ramesseum (su templo funerario, en Tebas) y la conclusión del gran vestíbulo hipóstilo del templo de Amón de Karnak. Pese a solventarse el peligro hitita, Egipto no tardó en tener que defender su integridad territorial frente a nuevos invasores: los denominados por la historiografía pueblos del mar, provenientes de las costas de Asia Menor y de Grecia, de donde llegaban desplazados, a su vez, por otras invasiones de pueblos indoeuropeos y por la irrupción de los dorios en el mar Egeo. Meneptah, hijo de Ramsés II, rechazó a los pueblos del mar, como también lo haría Ramsés III (c. 1198-1176 a.C.), soberano perteneciente ya a la XX Dinastía, quien derrotó igualmente a los libios y cuyas victorias fueron representadas en su templo funerario de Madinat Habu, cerca de Luxor. El final del reinado de Ramsés III marcó el inicio de la decadencia del Imperio Nuevo; Egipto se vio a partir de entonces afectado por revueltas internas (propiciadas por el creciente poder de los sacerdotes de Amón y del ejército) y por el acoso exterior de Asiria y de los libios.

5.7 Tercer periodo intermedio y Baja Época (c. 1070-332 a.C.):
Hacia el 1070 a.C., la unidad egipcia se vio nuevamente vulnerada, dando lugar al inicio de una etapa que, en virtud de ello, es denominada ‘tercer periodo intermedio’. Esta fase comprendió desde la XXI hasta la XXIV dinastías. Los faraones que gobernaron desde Tanis, en el norte, rivalizaron con los sumos sacerdotes de Tebas, con los que parecían estar relacionados. Los soberanos de la XXI Dinastía puede que tuvieran antepasados libios, porque fueron jefes libios quienes dieron origen a la XXII Dinastía. Cuando los gobernadores libios entraron en un periodo de decadencia, varios rivales se alzaron en armas para conquistar el poder. De hecho, las XXIII y XXIV dinastías fueron coetáneas a la XXII, al igual que la XXV (cusita), la cual controló de forma efectiva la mayor parte de Egipto cuando aún gobernaban la XX y XXIV Dinastías, al final de su mandato. Los faraones incluidos desde la XXV hasta la XXXI dinastías gobernaron Egipto durante lo que se conoce como Baja Época. Los cusitas gobernaron desde el 767 a.C. hasta ser derrotados por Asiria en el 671 a.C. Los soberanos egipcios se restablecieron con la XXVI Dinastía (o dinastía saíta), fundada por Samético I (664-610 a.C.). El resurgir de nuevos logros culturales, reminiscencia de épocas anteriores, alcanzó su plenitud con la XXVI Dinastía. Cuando el último faraón egipcio fue derrotado por Cambises II, en el 525 a.C., el país cayó bajo dominio de Persia durante la XXVII Dinastía (Aqueménida). Egipto reafirmó su independencia con las XXVIII y XXIX dinastías, pero la XXX Dinastía fue la última de soberanos egipcios. La XXXI Dinastía, que no se menciona en la cronología de Manetón, representó el periodo de la segunda dominación persa.

Épocas helenística, romana y bizantina (332 a.C.-642 d.C.):
Alejandro III el Magno, cuyas tropas ocuparon Egipto en el 332 a.C., liberó de la tutela persa al país, que quedó integrado en el mundo helenístico hasta el año 30 a.C. El soberano macedonio, que dejó Egipto en la primavera del 331 a.C., fundó Alejandría y supo ganarse el favor de la población al mantener las leyes y las tradiciones nacionales. Se aseguró sobre todo el apoyo de la clase sacerdotal, al acudir al templo de Amón y hacer reconocer su filiación divina. Al fallecer Alejandro Magno, en el 323 a.C., sus territorios pasaron a ser gobernados por sus generales. Uno de ellos, Tolomeo, quedó al mando de la satrapía de Egipto y Libia, en calidad de sátrapa (gobernador) del territorio. Sin embargo, en el 305 a.C., Tolomeo se proclamó rey, dando inicio a la dinastía Tolemaica o Lágida (así llamada por ser Tolomeo hijo de un macedonio llamado Lagos). A Tolomeo I Sóter (305-285 a.C.), le sucedieron en el trono egipcio Tolomeo II Filadelfo (285-246 a.C.) y Tolomeo III Evergetes (246-221 a.C.). Egipto pasó a ser una provincia romana, situación que se prolongaría durante casi siete siglos (salvo un pequeño lapso, en el siglo III d.C., en que fue gobernado por la reina Septimia Zenobia de Palmira). Durante ese largo periodo, Egipto fue un territorio de vital importancia económica para el Imperio de Roma, especialmente por su función como suministrador de cereales, pero también por sus vidrios, metales y otros productos manufacturados; además, se convirtió en un punto clave del comercio de especias, perfumes, piedras preciosas y metales procedentes de los puertos del mar Rojo. La administración del Egipto romano dependía de un prefecto; con el tiempo, esta figura acumuló un gran poder, por lo que, en el siglo VI, el emperador bizantino Justiniano I le privó de sus prerrogativas militares y dispuso que fuera un comandante el que ejerciera la autoridad sobre el ejército. Durante el periodo de dominación romana, Egipto vivió tiempos de relativa paz. Alejandría conservó la capitalidad que alcanzara en época de los Tolomeos y fue una de las grandes metrópolis del Imperio romano, centro de un próspero comercio con India, la península de Arabia y los territorios mediterráneos. La romanización no tuvo gran incidencia, al ser ya la egipcia una sociedad muy helenizada desde tiempos tolemaicos. Para entonces, la población incluía importantes minorías de judíos, griegos y de otras comunidades de Asia Menor. La lengua copta comenzó a desarrollarse de forma independiente de la egipcia, por la influencia griega y de otras lenguas semíticas. Al igual que los habitantes de otros pueblos dominados por Roma, los egipcios no alcanzaron la ciudadanía romana hasta el año 212, gracias al Edicto de Caracalla. Los emperadores romanos protegieron las tradiciones religiosas egipcias; culminaron y embellecieron templos comenzados bajo los Tolomeos y, al igual que los faraones, hicieron inscribir en ellos sus propios nombres. Por otra parte, los cultos egipcios de Isis y de Serapis se extendieron por todo el ámbito grecorromano. Sin embargo, Egipto tuvo una notable importancia, a través del monacato, en la difusión del primer cristianismo. Tras la división del Imperio romano, en el 395 d.C., Egipto pasó a formar parte del Imperio bizantino. El patriarca de Alejandría adquirió una gran fuerza en el seno de la Iglesia cristiana y gozó del apoyo papal frente a su rival de Constantinopla. San Cirilo, patriarca de Alejandría entre el 412 y el 444, obtuvo la condena, por herético, del nestorianismo, defendido por el patriarca de Constantinopla, Nestorio. Sin embargo, el poder del patriarcado alejandrino llegó a ser incluso amenazador para el propio Papado. El sucesor de Cirilo, Dióscoro, que defendió el monofisismo, fue depuesto tras el Concilio de Calcedonia (451). Al ser condenadas por Constantinopla, las tesis monofisitas fueron desde entonces adoptadas de forma masiva por los cristianos de Egipto. Durante los dos siglos siguientes, la Iglesia copta fue víctima de persecuciones impulsadas por el poder bizantino. Durante el siglo VII, el Imperio bizantino sufrió el desafío de la Persia de los Sasánidas, que invadió Egipto en el 616. Pese a que fueron rechazados y expulsados en el 628, poco después, en el 642, Egipto cayó bajo el dominio del califato musulmán de Umar I. El proceso de expansión del islam supuso la llegada de una nueva religión y dio paso a una nueva etapa de la historia egipcia.


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