Mitología griega             

 

Acrópolis: Partenón Mitología griega:
Hay un encanto en el nombre de la antigua Grecia; hay una gloria en cada página de su historia; hay una fascinación en los restos de su literatura y un sentido de belleza inalcanzable en sus obras de arte; hay un hechizo en su clima quieto y una extraña atracción en sus ruinas. Estamos familiarizados con las alabanzas a sus bellas islas; nuestros poetas cantan a su adorable y genial cielo. No hay en toda la Tierra una montaña, llanura o río, ni una fuente, cueva o bosque que no esté encantada por alguna leyenda o cuento poético. Los nombres de sus artistas, Fidias, Praxíteles, Apeles y Zeuxis; de sus poetas, Hornero, Píndaro, Esquilo, Sófocles y Eurípides; de sus filósofos, Sócrates, Platón y Epicuro; los nombres de sus hombres de Estado y oradores, Pericles y Demóstenes; de sus historiadores, Herodoto, Tucídides y Jenofonte; de sus matemáticos, Arquímedes y Euclides, nos son familiares como palabras de andar por casa. Miramos atrás a un periodo de hace más de dos mil años con sentimientos de admiración por sus logros en el campo de batalla y en las artes de la paz. Los emulamos de muchas formas, pero siempre confesamos que fallamos, y cuando no tenemos deseos de emulación, en la mayoría de los casos estamos todavía dispuestos a admirarlos. Aún hemos de ver cuánto más podremos encontrar que sea causa de admiración, o lo contrario, con respecto a su religión. Pero sea lo que sea, encontraremos de cualquier forma abundante evidencia de la intensa influencia que tuvo sobre la gran masa de gente y de la importante influencia que se calculaba que ejerció en su civilización. Porque era por la firme creencia de que sus intereses estaban bajo el firme cuidado de una deidad por lo que los campesinos sembraban sus semillas y vigilaban las alteraciones de su crecimiento; por lo que el marinero y el comerciante confiaban la vida y las propiedades a los caprichos del mar, y por lo que el mecánico perseguía el arte y la artesanía que crecía dentro de él inconscientemente. Los artistas adscribían la misteriosa evolución de sus ideas, y los poetas, la inspiración de sus canciones a la misma causa superior. Se reconocía que el pan y la vida diarios, la alegría y el contento que circulaban en las reuniones festivas provenían de alguna fuente suprema. En todas partes de la naturaleza se dejaba sentir la presencia de los seres invisibles de agosto: en el cielo, con sus luminarias y nubes; en el mar, con sus movimientos caprichosos, cambiantes; en la tierra, con sus altos picos, sus llanuras y ríos. Parecía que el hombre mismo, y todo a su alrededor, era manejado por poderes divinos; que su carrera estaba marcada por un destino rígido que ni siquiera los dioses podían alterar, aunque lo desearan en ciertas ocasiones. En realidad era libre para actuar, pero las consecuencias de todos sus actos eran fijadas de antemano.

Características de los dioses:
Estas deidades a las que estaban confiados los asuntos del mundo, se creía que eran inmortales, aunque no eternas en su existencia, como veremos cuando leamos los mitos relacionados con su nacimiento. En Creta había incluso una historia de la muerte de Zeus, y se decía dónde estaba su tumba; además, el hecho de que se creía que los dioses se alimentaban por medio de néctar y ambrosía, es suficiente prueba de que normalmente se juzgaba que su ser estaba sujeto a las enfermedades de la edad. Siendo inmortales, se suponía que eran luego, como consecuencia, omnipotentes y omniscientes. Su fuerza física era extraordinaria y la tierra temblaba alguna vez bajo sus pies. Lo que hacían lo hacían siempre con rapidez. Se movían por el espacio casi sin la pérdida de un momento de tiempo. Sabían todas las cosas, veían y oían todas las cosas con raras excepciones. Eran sabios y comunicaban su sabiduría a los hombres. Tenían un sentido de la justicia estricto, castigaban el crimen con rigor y recompensaban las acciones nobles, aunque es verdad que eran menos notables por lo último. Sus castigos, por lo general, venían rápidamente; pero aunque llegaran tarde, incluso en la segunda generación, siempre llegaban. El pecador que escapaba del justo castigo en esta vida estaba seguro de obtenerlo en el mundo inferior; mientras que el bueno que moría sin recibir recompensa disfrutaba del fruto de sus buenas acciones en la vida posterior. A muchos esto no les parecía una forma satisfactoria de manejar los asuntos humanos, y de aquí surgían con frecuencia dudas sobre la justicia absoluta de los dioses, e incluso de la santidad de sus vidas. Estas dudas se reflejaban en sus historias, que, para indignación de hombres como el poeta Píndaro, representaban a este o a aquel dios como el culpable de una ofensa u otra, tal como se creía que castigaban. Los filósofos se dedicaron a explicar estas historias: algunas como meras ficciones de la mente, otras como alegorías bajo las cuales había un profundo significado. Pero la mayoría de la gente las aceptaba como venían, y de todas formas creían en la perfecta santidad de los dioses, estando satisfechos de que la maldad humana fuera detestada y castigada por ellos. No se sabe si los dioses amaban a toda la humanidad o sólo a los que tenían buenas vidas. Parecería, sin embargo, por la práctica universal de ofrecer sacrificios y expiación con ocasión de algún mal, que se creía que estaban provistos de algún sentimiento profundo de amor general, que incluso los pecadores podían tocar por medio de la expiación. En todos los acontecimientos eran bondadosos. Odiaban la excesiva prosperidad entre los hombres, y en tales casos ejercían un poder satánico y conducían a los hombres al pecado. Implantaron leyes no escritas de lo que está bien y lo que está mal en los hechos humanos. Bajo su especial cuidado estaban los deberes sociales y los compromisos, como también lo estaban las medidas legislativas de los estados. Había historias de visitas personales y aventuras de los dioses entre los hombres, que tomaban parte en batallas y que se aparecían en sueños. Se les concebía con forma humana, y se creía que estaban, como los hombres, sujetos al amor y el dolor, pero siempre caracterizados por las más altas cualidades y la más grande forma que podría imaginarse. La principal ambición de los artistas fue reproducir estatuas suyas que igualaran a su alto ideal; en presencia de estatuas en las que se había conseguido tal éxito, la mente popular sentía un temor como si de alguna forma la deidad estuviera cerca. Pero mientras éste era el caso con respecto a los renombrados ejemplos de arte, tales como la estatua de Zeus en Olimpia, obra de Fidias, era igualmente verdad con respecto a figuras muy toscas de esas deidades que se creía habían caído del cielo, y eran por ello conservadas en los templos; el traslado o pérdida de tal figura era considerada equivalente a la pérdida del favor de la deidad a la que representaba. Esto era idolatría. Al mismo tiempo, debido al gran número de hermosas y grandes estatuas de dioses, gradualmente fue surgiendo un sentimiento de la deificación del hombre y una lucha por llegar a ser cada vez más semejante a estos seres de forma humana más noble y presencia divina. Porque una de las ventajas de que los dioses tuvieran formas humanas es que la humanidad podía considerarlos con el sentimiento de tener algo en común con ellos, y la seguridad de obtener misericordia y favor. Éste era un elemento poderoso en la religión griega, que condujo más que ningún otro a la pureza de la raza griega, a pesar de todas las extrañas historias que estamos acostumbrados a ridiculizar.

Parecería que los dioses no fueran considerados, en ninguna medida populares, como creadores del mundo. Quizá la gran masa de gente no se preocupaba por la especulación sobre lo que realmente existía, concentrando sus principales pensamientos en los cambios que tenían lugar en lo que existía y que afectaba directamente a sus intereses. Con este espíritu consideraban a los dioses como mantenedores y conservadores del orden existente y del sistema de cosas según su sabiduría divina. De ahí que los griegos nunca llegaran a la idea de un dios eterno absoluto, aunque se acercaron mucho a esa idea en el caso de Zeus, que ocasionalmente ejerció control o soberanía sobre los otros dioses que presidían departamentos particulares en el manejo del mundo. Su natural tendencia al politeísmo puede haberse visto agravada posteriormente por las peculiares circunstancias de su temprana historia como raza. Se ha sugerido con mucha credibilidad que un número de sus deidades, como Dione, Hera, Gea y Deméter, se parecen tanto que garantizan la razonable conclusión de que su existencia separada en mitología se debía a la fusión en algún temprano y remoto periodo de distintas tribus de la raza griega, que poseía cada una de antemano un dios o dioses propios, con nombres separados y atributos ligeramente diferentes, aunque en lo esencial capaces de ser comúnmente identificados y adorados. Es probable que, a consecuencia de tal amalgama, algunos de los dioses más primitivos hayan desaparecido por completo; mientras que otros, que en tiempos posteriores, como en el caso de Dione, ocuparon posiciones subordinadas, pueden haber sido originalmente deidades del primer orden. En el momento del que nos ocupamos, la nación griega habitaba el país aún conocido con el nombre de Grecia, aunque su población actual puede reclamar poco el derecho de ser descendientes de la raza antigua. Se extendió también por las colonias de las islas del archipiélago y del Mediterráneo, por las costas de Asia Menor y el mar Negro, por las de Crimea, el norte de la costa de África y la costa sur de Francia. En muchas de sus características la principal tierra de Grecia puede compararse con Inglaterra, teniendo ambas comparativamente la misma extensión de costa, con muy pocas partes del país alejadas de la costa. Las dos tienen abundantes montañas que dan vigor al clima y excitan el espíritu de aventura. En ambos casos puede que esta proximidad de la mayor parte de la población al mar, con sus horizontes tentando las mentes para penetrar más allá de su línea siempre retrocediendo, fuera la principal causa del deseo general de comercio y colonización de lejanas tierras. De cualquier forma, las características naturales de Grecia, sus bellas bahías, las vivas líneas de los picos de sus montañas, sus encantadores bosques y valles, causaron una profunda impresión en la gente, y los colonos, por dondequiera que se extendieron, conservaron los más cálidos recuerdos de ellas: del Olimpo vestido de nieve, donde vivían los dioses; del adorable valle de Tempe; de los sonrientes bancales de los Péneos; del sagrado bosque de Delfos; de la pacífica Arcadia, con su vida pastoril; de la amplia llanura de Olimpia, con sus innumerables templos, estatuas y casas de tesoros llenos de caros regalos para los dioses; de Corinto, con su bandera que gobernaba el mar; de Atenas; de Tebas, con su antigua ciudadela fundada por Cadmio; de Eleusis, y muchos otros lugares. Proponemos ahora examinar más en particular la creencia religiosa de los griegos y romanos, con el objeto de preparar el camino para las descripciones que siguen de dioses individualmente. Pero antes de nada déjenme explicar el significado de la palabra «mitología». Según su derivación del griego mythos, un cuento, y logos, un recuento, podría significar «un recuento de cuentos», siendo en este caso los cuentos sobre el origen, carácter y funciones de los antiguos dioses, desde el origen de la humanidad, y la condición primitiva del mundo visible. Para entender estas historias debemos intentar entender las circunstancias bajo las que fueron inventadas, y debemos intentar comprender la condición y circunstancias de una nación en los primitivos estadios de su existencia. Para este propósito podemos comparar los primeros cuentos relacionados con los dioses de otras naciones, de la India por una parte y de Alemania por la otra; o podemos también comparar la condición de las razas en el presente en un estado incivilizado. De estas fuentes parece que la juventud de una nación, como la de un individuo, es el periodo en el que la actividad de la imaginación y la fantasía es mayor en la proporción en que el conocimiento es menor. El misterio de la naturaleza que actúa alrededor por fuerza sorprende la mente, sus fenómenos en los sentidos. Hay un sentimiento de alarma cuando el trueno golpea los oídos, de alegría en la cálida luz del día, de terror en la oscuridad de la noche y de un temor extraño en la oscuridad de la muerte. Los accidentes de la vida diaria unen a los hombres y repelen al resto de la creación animal, sobre los que la superioridad humana pronto se hace conocida. Los hombres aprenden a conocerse unos a otros cuando todavía no conocían nada más. Conocen sus propias pasiones e instintos. Miden todo por sí mismos, pies, pasos, palmos y anas, y cuando intentan comprender o medir la causa de los fenómenos de la naturaleza no tienen un estándar de uso disponible, excepto ellos mismos. Podrían, es verdad, imaginar la causa del trueno bajo la forma de un gran león invisible; pero en ese caso no conversarían con él e implorarían al tronador piedad, como están movidos a hacer. Debe pues ser concebido como un hombre, dotado de las máximas cualidades imaginables de un hombre. A medida que avanza el conocimiento y la civilización, esas cualidades se hacen más y más grandes. Parece probable que los primeros fenómenos que apelaron a la mente eran los del cambio del tiempo, de las estaciones, el día que avanza y el año que avanza. En cualquier caso, las más primitivos deidades parecen ser las que presidían los movimientos de la esfera celestial. Parece que reconocemos la influencia de tales fenómenos en las principales características de la humanidad en una primitiva etapa de existencia —el sentido del orden y la regularidad, el sentimiento de fatalidad, la convicción de que cualquier molestia temporal podría surgir, el curso de la vida humana, todo obedecía a alguna orden fija, que venía con brillante luz y partía en la oscuridad, pero sólo para comenzar otro día de feliz luz en otra parte—. Sabemos que el nombre del dios supremo de los antiguos significaba «la luz del mundo» en sentido literal. Con el tiempo, a medida que se expandieron las cualidades perceptivas y las necesidades del hombre se multiplicaron, los otros fenómenos del mundo se convirtieron en tema de pregunta y fueron, como es normal, adscritos a la influencia de las deidades. La parte singular, sin embargo, de este proceso de inventar deidades es que, teniendo al principio un gran dios poderoso, no simplemente extendieron sus funciones a todos los departamentos de la naturaleza, sino que encontraron un nuevo dios para presidir cada uno. Puede que el conflicto aparente frecuentemente observado entre los elementos de la naturaleza fuera hostil a tal idea, mientras que por el contrarío nada era más fácil de imaginar que una pelea entre diferentes dioses como la causa de tales fenómenos. Por un proceso similar la combinación de diferentes elementos, como, por ejemplo, calor y humedad, fue correctamente descrita desde el punto de vista humano como una unión prolífica o matrimonio de dos deidades. El Sol y la Luna eran llamados hermano y hermana. Otra opinión, algo diferente de ésta, es que el estado primitivo de todas las religiones es una creencia general en un gran dios —tal creencia, se dice, es natural para el hombre como el uso de sus brazos y piernas—. Pero esta forma más primitiva y pura de creencia se convirtió, dicen, en el transcurso del tiempo degradado, en una creencia en la existencia de muchos dioses, originada en tal método de explicar los fenómenos de la naturaleza como hemos descrito. Por otra parte, los más antiguos documentos religiosos que conocemos —los Vedas— hablan de huestes de seres divinos, mientras que en la primitiva religión de los indios americanos el Gran Espíritu está rodeado de un ejército de espíritus menores, que representan los diversos fenómenos de la naturaleza. Parece como si cuando surgió la noción de un dios, fue la de un Verdadero Dios como opuesta a los otros y falsos dioses, y esto no tuvo lugar hasta que se alcanzó un alto estado de civilización. En los mejores tiempos de Grecia, sin duda, los hombre que pensaban reconocieron sólo un ser supremo y miraban al grupo de otros dioses como meramente sus sirvientes, en ningún sentido realmente diferentes de nuestra idea de ángeles. A su debido tiempo la religión de los antiguos se convirtió en un politeísmo a escala extensiva; cada fase de la naturaleza, cielo, mar y tierra, cada fase de la vida humana, sus hábitos, accidentes, e impulsos, estaban provistos de un guardián especial y deidad controladora. En todas las distintas circunstancias de vida, los hombres se volvían a una u otra de estas personas divinas en gratitud o en busca de ayuda. Los templos, santuarios, altares, fueron erigidos a ellos por todas partes, siendo uno alabado con favor especial aquí, y otro allí; uno con favor especial en una estación del año, otro en otra estación. Muchos de ellos sólo fueron conocidos y alabados en localidades particulares; como, por ejemplo, las deidades marinas entre los pueblos conectados con el mar. Otros pertenecían a periodos particulares de la historia nacional. Esta limitación, sin embargo, con respecto a diferencias locales se aplica sólo al vasto número de deidades menores cuyos nombres y atributos han llegado hasta nuestros días; porque una creencia en la orden superior de dioses era la propiedad común de toda la nación, culta o inculta, o de cualquier ocupación. Los misterios de Eleusis unían a los pueblos en honor de Deméter; los festivales nacionales los unían en honor de otros dioses, como el de Zeus en Olimpia. Todo el mundo creía en los poderes oraculares de Apolo, en la fuerza de Posidón, en el carácter severo de Hades, que Hera era la esposa de Zeus, que Atenea era su hija, que Afrodita era la diosa del amor, Artemisa de la Luna, y Ares el dios de la guerra. Se creía que estas deidades superiores habitaban en el Olimpo, viviendo juntas en un estado social que no era sino una reflexión magnificada del sistema social de la Tierra; las peleas, los pasajes amorosos, la ayuda mutua, se les atribuían a ellos. Sin embargo, se debe tener en cuenta que estos atributos humanos, y las historias conectadas con ellos, ya representen cualidades admirables o lo contrario, no fueron en primer lugar atribuidas a los dioses por un deseo de hacer más completo su parecido con el hombre, sino que fue el resultado natural de identificar a los dioses con los elementos de la naturaleza sobre la que se suponía que presidían, de concebir y representar la combinación o conflicto de elementos visibles en la naturaleza como el resultado de la combinación de un conflicto de seres de forma humana. En tiempos posteriores de mayor civilización y mayor refinamiento, cuando el origen de los dioses como personificaciones de los fenómenos naturales se perdió de vista, muchas de estas historias vinieron a ser consideradas como una desgracia y, por ser el tema del ridículo público en obras de teatro, ayudó en gran parte a arraigar la fe general en los dioses. Los filósofos intentaron explicarlas como alegorías. Otros, que no veían la forma de creer en ellos, sin embargo aconsejaban que no se molestara la fe popular que había en ellos. Pero nosotros que vivimos en otros tiempos, que no tenemos necesidad de una religión que ha muerto hace mucho tiempo, y deseando sólo rastrear sus orígenes y la fuente de su larga y profunda influencia en una gran nación, podemos considerarlo de una forma más relajada. Es nuestro cometido admirar lo más que podamos y no condenar sin primero tener en cuenta cada circunstancia extenuante.

Ritos y ceremonias:
Volviendo ahora a los ritos y ceremonias por las que los griegos y romanos expresaron su creencia y entera dependencia de los dioses, llamaríamos primero la atención sobre las ofrendas de sacrificios. Éstas eran de dos clases: una que consistía en frutas, pasteles y vino; la otra en animales, que eran conducidos al altar adornado con guirnaldas y lazos, tras varias ceremonias, muertos, y parte de su carne era consumida sobre el fuego del altar, suponiendo que su olor hacía favorables a los dioses. Era necesario que los animales seleccionados para este propósito no tuvieran manchas y estuvieran sanos, que las personas que participaban en la ceremonia deberían ser limpias física y mentalmente, porque a ningún precio se podía hacer que la ofrenda de un pecador fuera aceptable para los dioses. El color, edad y sexo del animal eran determinados por el sentimiento de conveniencia a la deidad para la que era sacrificado. El tiempo elegido para la ceremonia era la mañana en el caso de dioses del cielo, la tarde en el caso de dioses del mundo inferior. A estas últimas deidades la víctima siempre se ofrecía entera, porque no se juzgaba posible que pudieran compartir un festín en compañía de los hombres. El fuego del altar era considerado sagrado, y se ponía especial cuidado en que fuera alimentado con madera que daba una llama pura. En los tiempos primitivos parece que incluso se ofrecieron seres humanos en sacrificio para ciertos dioses; las víctimas en tales casos estaban ocasionalmente, a juzgar por el ejemplo de Ingenia, cercanamente relacionadas por lazos de sangre y afecto con la persona requerida para hacer el sacrificio. Pero éstos eran, quizá, casos en los que el deseo de los dioses era especialmente comunicado a través de un profeta; mientras que el sacrificio era generalmente un regalo espontáneo para los dioses, bien por el propósito de expresar gratitud por las bendiciones otorgadas por ellos, o de expiar algún pecado del que la persona sacrificada era consciente. Los sacrificios no eran presentados de forma intermitente y como un mero placer, sino que se hacían regularmente cuando lo requería la ocasión, como en el tiempo de la cosecha, cuando se recogían los frutos de los campos y jardines. El pastor sacrificaba las primeras crías de su rebaño, el mercader daba parte de su ganancia y el soldado una parte de su botín en la guerra. Los dioses a los que se debía toda la prosperidad y bendiciones del mundo esperaban tales ofrendas, se pensaba, y castigaban cualquier indicio de descuido.

Había, sin embargo, otra clase de sacrificios, que surgían de un motivo diferente, y con un objeto diferente a la vista; por ejemplo, para obtener por medio de un examen de las entrañas de un animal un augurio como el caso de algún proyecto —una forma de sacrificio que se consideraba de gran importancia al comienzo de una batalla—; o para santificar la ratificación de un tratado, o algún acuerdo importante entre un hombre y otro; o para obtener la purificación de un crimen. En este último caso se suponía que la víctima tomaba el pecado sobre su cabeza, y que ambos perecían juntos. Por tanto ninguna parte de tales víctimas se comía. No siempre está clara la forma en la que se suponía que los dioses participaban de la parte de los sacrificios ofrecidos a ellos, aunque en el caso de ofrendas asadas nos podemos imaginar que quedaban satisfechos con el olor que subía en el aire, y en el caso de libaciones, con el aroma del vino. Con respecto a los sacrificios ofrecidos en honor de las deidades del mundo inferior, parece haber sido la creencia que la sangre de las víctimas, si era vertida por un agujero en el suelo, caería hasta ellos y sería aceptablemente recibida. En el mismo agujero, o cerca, se enterraban las cenizas que permanecían en el altar en el que se consumía la víctima. Las porciones asignadas a las deidades marinas o del río se hundían en aguas profundas. Era deber de los sacerdotes llevar a cabo la ceremonia de ofrecer sacrificios traídos a los dioses a cuyo servicio estaban. La primera parte de la ceremonia consistía en coger un cesto con el cuchillo del sacrificio, algo de grano, y quizá también flores, y pasarlo, junto con una vasija que contenía agua, alrededor del altar de izquierda a derecha. El agua era luego purificada introduciendo una tea del altar en ella. Luego la gente que había celebrado el sacrificio se rociaba a sí misma y al altar, y cogiendo un puñado de grano de la cesta lo esparcían sobre la cabeza de la víctima cuando ésta se iba aproximando. El sacerdote, entonces, tras arrancar un mechón de pelo del animal, lo distribuía entre los asistentes para que lo arrojaran al fuego del altar, ordenaba silencio, oraba para que la ofrenda fuera aceptable para los dioses y mataba a la víctima. La sangre, excepto en el caso de las deidades del submundo, como ya hemos observado, y las entrañas eran mezcladas con el trigo, vino e incienso, y eran colocadas sobre el fuego.

Grecia entre Delfos y Atenas Los fuertes sentimientos de piedad, gratitud, dependencia o conciencia de culpabilidad, que dio lugar a tales ofrendas, dio lugar también a un hábito de oración universal y a un deseo de frecuentar en todas las ocasiones posibles los templos y altares de los dioses. Por la mañana y por la tarde, al principio de las comidas, a la apertura de los negocios en las cortes de justicia y las asambleas públicas, se ofrecía una plegaria, a un dios o a otro, o, si ninguna deidad en particular parecía ser especialmente apropiada para el tiempo y la ocasión, la plegaria se ofrecía a los dioses en general. Existía una peculiaridad en las oraciones griegas, que no debemos omitir mencionar, y era que, tras llamar a una deidad por su nombre usual, se añadía una cláusula para ahorrar al suplicante que la deidad se contrariara por el nombre empleado, y decía: ¿Cómo podría saber el hombre el verdadero nombre de un dios? Tenemos un ejemplo de tal plegaria en Esquilo: «Zeus, quienquiera que seas, y por el nombre con el que te complazca que te llamemos, te llamo y te rezo.» Al rezar a los dioses existía la costumbre entre los griegos de levantar las manos y volver las caras hacia el Este; los romanos se volvían hacia el Norte. El que oraba a los dioses del mar estiraba sus manos hacia el mar, y el que oraba a los dioses del submundo golpeaba la tierra con sus manos. Cuando se ofrecía una plegaria en un templo la regla era volverse hacia la imagen sagrada. En casos de gran necesidad el suplicante llevaría una rama de olivo, o una caña con lana enrollada alrededor, se arrojaría sobre el suelo delante de la imagen sagrada y abrazaría sus pies. Pitágoras, el filósofo, enseñó a sus seguidores a rezar en alta voz; pero las plegarias en alta voz no parecen haber sido comunes. Por el contrario, sucedía con cierta frecuencia que las oraciones se escribían en tablillas y eran selladas y depositadas junto a la imagen del dios, para que ningún ser humano supiera la súplica contenida en ellas. Aquí hay un ejemplo de lo que parece haber sido la forma usual: «Zeus, nuestro señor, danos lo que sea bueno, ya te lo pidamos o no; lo que sea malo mantenlo alejado de nosotros, incluso si te lo pedimos.» Además del sacrificio y la oración hay aún otra forma de ceremonias, en la que reconocemos la profunda piedad de los griegos: primero, la costumbre de consultar oráculos, especialmente el de Apolo en Delfos, en tiempos de gran confusión, y en segundo lugar, la práctica universal, en casos de mayor o menor emergencia, de intentar interpretar el deseo de los dioses por medio de augurios o adivinación en una vasta variedad de formas. Algunas veces el augurio se decidía por la dirección en la que volaban los pájaros por el cielo. Si volaban a la derecha y el augur se colocaba con la cara hacia el Norte, la empresa en cuestión tendría buena suerte; si volaban a la izquierda, lo contrario. Otras veces se sacrificaba a un animal y se examinaban cuidadosamente sus entrañas: se suponía que los dioses eran propicios dependiendo de la salud y la condición normal de estas partes. Pero también se creía que los dioses comunicaban sus deseos a los hombres a través de los sueños, enviando truenos y rayos, cometas, meteoros, eclipses, terremotos, prodigios de la naturaleza y miles de incidentes inesperados que ocurrían a los hombres. Como pocas personas eran capaces de interpretar el significado de estas señales y prodigios, esto se convirtió en un empleo para una gran masa de gente que hacía de ello su negocio particular. Finalmente, no debemos olvidar mencionar como prueba de los extendidos sentimientos religiosos los festivales nacionales griegos, o juegos, como se les llamaba, establecidos y mantenidos en honor de ciertos dioses. Mientras se celebraban estos festivales era necesario suspender cualquier guerra que pudiera estar en curso entre estados separados y permitir a los visitantes pasar sin ser molestados incluso por territorio enemigo. Estos festivales eran cuatro en total: los Olímpicos, los Pitios, los Nemeos y los Ístmicos. Los mencionados en primer lugar se celebraban en honor de Zeus, en la llanura de Olimpia, en Elis. Tenían lugar cada cinco años y el método usual de reconocer el tiempo era de acuerdo con la celebración de las Olimpiadas, como decimos. Los juegos que se celebraban consistían en carreras, luchas, boxeo, una combinación de estas dos últimas, carreras de caballos, con carros o sólo con jinetes. El premio para el vencedor era simplemente una corona de olivo, y sin embargo los atletas se entrenaban laboriosamente y recorrían grandes distancias para competir en ellos. Los reyes enviaban a sus caballos para que participaran en las carreras y contaban una victoria como uno de los mayores éxitos de su vida. Los conciudadanos de un atleta victorioso levantaban una estatua en su honor. Ocasionalmente los escritores, como se nos dice de Herodoto, aprovechaban esta ocasión de masiva reunión de compatriotas para leer parte de sus escritos. Los juegos Pitios se celebraban en honor de Apolo, en las vecindades de Delfos, y sucedían cada cinco años, donde había concursos de música y de atletismo. El premio era una corona de laurel. En los juegos Nemeos, que se celebraban en honor de Zeus, el premio era una corona de hiedra. Los juegos ístmicos se celebraban en honor de Poseidón, en el istmo de Corinto, y tenían lugar cada tres años; el premio consistía en una corona de pino. Es notable y sorprendente que, con toda la devoción y ceremonias religiosas de los antiguos, no existiera entre ellos ningún medio establecido de instrucción para explicar a la masa de gente el carácter y funciones de los dioses a los que alababan. Había, en verdad, un orden sacerdotal regular, cuyo deber era conducir las ceremonias públicas, ofrecer sacrificios y llevar a cabo otros oficios peculiares para el dios a cuyo servicio estaban. Pero ahí se detenían sus deberes. Estas ceremonias se habían ido traspasando desde tiempos inmemoriales, y era quizá suficiente garantía de su importancia el hacer al griego normal asiduo de su observancia. En cualquier caso, esta asiduidad no se puede extender a un conocimiento claro y explícito del carácter de los dioses derivado de la instrucción pública. Con respecto a eso, la unanimidad que existía era incuestionable, debido en primer lugar a la influencia de poetas como Hornero y Hesíodo, y en segundo, al esfuerzo de personas conectadas con el oráculo de Delfos. El efecto de este estado de cosas era una gran cantidad de confusión en la mente popular, y no sólo en la mente popular, sino en la mente de hombres como Sócrates, que confesó que él no sabía si había una Afrodita o dos, y se preguntaba por qué Zeus, que se creía que era un solo dios, tenía tantos nombres. Las observaciones anteriores, deberíamos decir, son aplicables en su mayoría sólo a la mitología griega, y no son extensibles a las de los romanos, excepto cuando se refieren a la clase de mitos más primitiva, tales como los que conciernen al origen del mundo. Intentar identificar las mitologías de esas dos naciones no tiene, de hecho, ningún fundamento. Ambas razas, es verdad, pertenecieron a una misma rama de la humanidad, y de esa fuente derivó un núcleo común de creencia religiosa. Pero antes de que ese núcleo se hubiera desarrollado más las dos naciones se separaron y formaron distintos y aislados asentamientos en Europa. En el largo periodo de aislamiento que siguió, la semilla común de creencia religiosa de ambos comenzó a crecer, se propagó bajo diferentes circunstancias y asumió un aspecto muy diferente. Los romanos —en el primer periodo de su historia, un pueblo pastoril, agrícola, simple y más o menos unido— no tenían necesidad de una variada multitud de deidades, como sí sucedió a los griegos, diseminados y separados como lo estaban en una variedad de tribus con variedad de ocupaciones. Por ésta, entre otras causas, sucede que muchos mitos, incluso los más primitivos, eran bastante extraños a los romanos. A esta clase pertenecen, por ejemplo, los mitos que describen el conflicto entre Urano y sus hijos: Cronos devorando a sus hijos para escapar, como pensaba, siendo destronado por ellos, y Zeus colocando a su padre, Cronos, en prisión en Tártaro. No menos estrictamente peculiares para los griegos eran las historias de peleas entre los dioses en un periodo en que estuvieron de servicio en la Tierra. A éstas podemos añadir el secuestro de Perséfone por Plutón y varias otras historias. Con respecto a las ceremonias que acompañaban a la adoración de ciertos dioses, observamos la misma diferencia entre las dos naciones, y podríamos citar como ejemplo la salvaje y desenfrenada conducta de los que tuvieron parte en los festivales de Dionisio, señalando que cuando en tiempos posteriores fue introducido en Italia un festival de lujo de este tipo en honor a Baco, el equivalente romano del Dionisio griego, el nuevo festival fue prohibido, y los que tomaron parte en él fueran considerados como personas de deseos incontrolables. Tampoco Mercurio obtuvo la extendida adoración y honor que se pagó a Hermes en Grecia, e incluso Saturno, a pesar de los poetas romanos, fue un dios muy diferente del griego Cronos. En el tiempo en el que los poetas romanos empezaron a escribir: «Grecia capturada estaba guiando a su cautivo captor.» La literatura griega era el modo usual de educación; la filosofía griega, el arte griego —todo perteneciente a los griegos—, constituían el principal fin de los hombres educados. Muchos preferían emplear la lengua griega más que la suya propia para la escritura. Los poetas, construyendo sus poemas en imitación de los modelos griegos, reemplazaban los nombres de los dioses que aparecían en los originales griegos por los nombres de deidades nativas que poseían alguna similitud de carácter y contaban una historia griega de un dios nativo italiano; o, si fallaba esto, empleaban el nombre griego con una forma latina. Al mismo tiempo nunca tenía lugar la adaptación real o la fusión de los dos sistemas religiosos. Las ceremonias y formas de adoración romanas permanecieron en la mayor parte distintas de las griegas, y peculiares a su raza. En los tiempos modernos, sin embargo, la literatura (especialmente la poesía) de los antiguos romanos es más familiarmente conocida que los hechos relacionados con sus ceremonias y formas de adoración. Fue conocida antes y con más familiaridad que la literatura de Grecia, y las nociones modernas de la mitología griega se fundaron en las afirmaciones de los poetas romanos, en vez de aquéllas de los griegos. De aquí surgió una confusión con nuestros propios poetas, especialmente los del último siglo. Para descubrir esta confusión daremos los nombres romanos acreditados junto a los de los dioses griegos, a lo largo de nuestras descripciones, y apuntaremos lo más posible las diferencias entre ellos.

Hasta ahora nuestras observaciones se han limitado a la mitología y ceremonias religiosas de los griegos y romanos, especialmente de los primeros. Hemos tenido poco que decir de los romanos, porque, aunque quizá iguales a los griegos en piedad y confianza en los dioses, parecen ser muy deficientes en esa cualidad de imaginación que podía inventar alguna personificación divina para cada fenómeno de la naturaleza que sorprendía la mente. Como, sin embargo, es nuestra intención incluir una descripción, incluso aunque sea muy breve, de la mitología de las razas indias y teutonas o germanas, se puede llamar la atención al hecho, ahora claramente confirmado, de que estas razas surgen de la misma familia común humana que los griegos y romanos empezaron, y que al menos ciertas ideas sobre el origen y condición primitiva del mundo son comunes a las mitologías de todos ellos. De esto es razonable concluir que estas ideas llegaron antes de la separación de esta gran familia indo-germánica, como se le llama, y su desarrollo en naciones separadas y distintas, como lo encontramos en el ocaso de los tiempos históricos. Del Ganges a Islandia encontramos restos de una primitiva creencia común de que las características salvajes de la Tierra se han producido por algunos conflictos pasados convulsivos de los seres titánicos, a los que, aunque invisibles, aún obedecían los elementos de la naturaleza. Encontramos que por todas partes, dentro de estos límites de espacio y tiempo, existía entre los hombres la misma sensibilidad al fenómeno de la naturaleza —a la luz y oscuridad, al frío y calor, a la lluvia y a la sequía, a las tormentas y a la calma—, y la misma disponibilidad y poder de imaginar seres invisibles de forma humana, pero con atributos más pesados, como la causa de estos fenómenos. A estos eres se atribuían acciones y hábitos de la vida, como los sugeridos por los fenómenos que se supone controlaban, y en ningún caso, deberíamos tener esto presente, se intentaba transmitir ningún sentimiento de moralidad o inmoralidad. Por ejemplo, cuando encontramos el proceso natural por el que las nubes descargan lluvia sobre la tierra, y de nuevo se cargan del mar, descrito por Hermes (el dios de la lluvia) robando el ganado (lluvia) de Apolo, no podemos unir a la historia la idea de criminalidad como se sugiere primero. Debemos estar predispuestos a encontrar interpretaciones similares para las mitologías de las razas indo-germánicas. Ahora nos podemos preguntar de qué fuente se deriva este conocimiento de la mitología de los antiguos. A esto podemos responder: de los trabajos de antiguos escritores, poetas, historiadores, filósofos y otros, para quienes la creencia religiosa de sus paisanos era un tema de gran importancia, y cuyos escritos han sobrevivido hasta nuestros tiempos; en segundo lugar, de la representación de dioses y escenas mitológicas en el inmenso número de obras de arte antiguas que aún existen, ya en la forma de estatuas en mármol y bronce, jarras pintadas, gemas grabadas o monedas. Éstas son las fuentes de nuestros conocimientos, y sin familiarizarnos más o menos con ellas es quizá imposible entender totalmente el espíritu de estos mitos antiguos; al contrario, para ser capaz de apreciar en su valor real la belleza de los trabajos antiguos, en arte o literatura, es necesario conocer la mitología y el espíritu religioso que guió a sus autores, y si ésta no fuera tentación suficiente para seguir nuestras descripciones de varias deidades y héroes de los tiempos antiguos, aún podemos apelar a lo siguiente: que una gran parte de nuestra más grande poesía moderna y obras de arte pueden ser inteligibles sólo para los que conocen la mitología antigua. Acercándonos, como estamos ahora, a los detalles de nuestro tema, nos tenemos que volver ansiosos por guardarnos contra todos los sentimientos de impropiedad a los que nos tenemos que referir ocasionalmente. Deberíamos pues recordar al lector el principio de interpretación que hemos intentado explicar en las páginas anteriores. También repetimos que aquí tenemos que tratar con un sistema de creencia religiosa que, independientemente de las que puedan haber sido sus limitaciones aparentes o reales, ejerció enorme influencia en la educación de al menos dos de las naciones más civilizadas de la Tierra. (Murray Alexanders)


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