Guerra del Peloponeso             

 

Grecia: Lucha entre soldados

La guerra del Peloponeso:
Los comienzos de la guerra:
La explosión se produjo en la isla de Corcira, donde se libraba una enconada guerra civil entre oligarcas y demócratas. En 435 a. C., los oligarcas llamaron en su ayuda a Corinto, la ciudad madre, que era también una oligarquía. Corinto dio gustosamente su ayuda. Envió una flota que, sin embargo, fue rápidamente derrotada por los demócratas de Corcira. Corinto, furiosa, preparó una fuerza expedicionaria mucho mayor. Los demócratas de la isla, naturalmente, apelaron a Atenas, la gran defensora de los demócratas de todas partes. Atenas envió diez barcos. No lo hizo solamente por amor a la democracia. Atenas tenía nuevos intereses en Occidente, ahora que había fundado Turios en el sur de Italia, y una Corcira amiga (que estaba en la ruta marina hacia Italia) sería sumamente útil. En 433 a. C., las flotas de Corcira y Corinto se enfrentaron nuevamente. Esta vez Corinto tenía 150 barcos (el doble de los que había enviado la primera vez) y estaba haciendo retroceder lentamente a los corcirenses cuando los barcos atenienses, que habían estado observando la batalla, irrumpieron del lado de los corcirenses. Esto alteró el equilibrio lo suficiente como para cambiar el curso de la batalla, y cuando otros veinte barcos atenienses aparecieron en el horizonte, los corintios se alejaron, nuevamente derrotados.

Corcira Corinto estaba fuera de sí de rabia. Tenía muchas razones de enemistad contra Atenas. Esta era una potencia marítima rival que, en la generación anterior, había reducido a Corinto a un segundo plano, y Corinto recordaba con amargura que había salvado a Atenas cuando Cleómenes I podía haberla arrasado. Atenas había derrotado a Corinto en tierra veinte años antes, al ponerse de parte de Megara, y ahora la había derrotado en el mar al asumir la defensa de Corcira. Era el colmo. En venganza, Corinto usó su influencia sobre la ciudad de Potidea (que había fundado dos siglos antes), en la Calcídica, y la instigó a rebelarse contra Atenas. Pero los atenienses entraron en acción inmediatamente y, aunque Potidea y otras zonas de la Calcídica mantuvieron la agitación durante un tiempo, Atenas no parecía encontrar allí demasiadas dificultades. Desesperada, Corinto suplicó insistentemente a Esparta que entrara en acción. Se oponía a esto el inteligente rey de Esparta Arquidamo II, que había subido al poder en los días anteriores al terremoto de cuarenta años antes. Era amigo de Pericles e hizo todo lo que pudo para mantener la paz. Pero la misma Atenas minó el suelo a Arquidamo. Pericles decidió adoptar una actitud enérgica y mostrar el poder ateniense. Impuso una prohibición comercial contra Megara, miembro particularmente vulnerable de la alianza espartana. Ningún mercader megarense podía comerciar en ningún puerto controlado por Atenas lo cual significaba que no podía comerciar prácticamente en ninguna parte. Ahora que las ciudades Estado se dedicaban a la industria y la agricultura especializada, el comercio era esencial. Sólo mediante el comercio podían adquirirse alimentos para la ciudad. Con su comercio estrangulado, Megara pronto iba a pasar hambre. Por desgracia, esto atemorizó a Esparta equivocadamente. Los obtusos espartanos pudieron comprobar los temibles efectos del poder marítimo y comprendieron que los ejércitos de tierra no brindaban ninguna seguridad mientras Atenas dominase los mares, a menos que fuese aplastada antes de hacerse aún más fuerte. Por ello, en 431 a. C., los éforos hicieron caso omiso de Arquidamo y declararon que Atenas había roto la Tregua de los Treinta Años (que por entonces sólo había durado catorce años).

Así comenzó la guerra general entre Atenas y sus aliados contra Esparta y los suyos. Esta guerra, que iba a dañar irreparablemente a toda Grecia y poner fin a su edad de oro, es conocida sobre todo por la historia escrita por Tucídides. Este fue en la guerra un general ateniense, injustamente exiliado en 423 a. C. Aprovechó el exilio para escribir una historia que, durante más de 2.000 años, ha sido considerada un ejemplo perfecto de imparcialidad. Por todo lo que sabemos ahora, no fue parcial a favor de Atenas porque fuese su ciudad ni en contra de ella porque lo tratase injustamente. Además, era un racionalista total, pues no apeló a los dioses, los presagios ni a razonamiento supersticioso de ningún género (como Heródoto hacía constantemente). Puesto que la guerra generalmente es considerada desde el lado ateniense, ya que Tucídides estaba más familiarizado con los asuntos internos de Atenas, y puesto que los enemigos de Atenas eran los peloponenses: Esparta y Corinto, la guerra fue llamada la «guerra del Peloponeso». (I.A.)

Pericles había previsto la guerra y ya tenía preparada su estrategia. Comprendió que sería inútil combatir con los espartanos en campo abierto. Esto habría llevado a una derrota segura. En cambio, hizo que todos los atenienses se retirasen a la «isla» formada por los «Largos Muros» alrededor de Atenas y El Píreo. Hiciesen lo que hiciesen los espartanos fuera, los de adentro estaban seguros, al menos en lo que respecta a enemigos humanos. Los espartanos, conducidos por Arquidamo marcharon sobre el Ática vacía e hicieron todo el daño que pudieron, destruyendo casas y granjas. Los ceñudos atenienses no hicieron nada. No había peligro de pasar hambre mientras la flota ateniense dominase el mar y llevase alimentos. Mientras tanto, esos mismos barcos podían arruinar el comercio de las ciudades enemigas y realizar incursiones por sus costas. Pericles tenía la certeza de que no pasaría mucho tiempo antes de que los espartanos se cansasen de realizar inútiles maniobras entre las granjas arruinadas y se avendrían a hacer la paz en términos razonables. Durante el primer año, los planes de Pericles dieron resultados satisfactorios. Los barcos atenienses realizaban audaces correrías, mientras que los peloponenses, aparte de arrasar el Ática, no habían conseguido nada. Al llegar el invierno, los espartanos se vieron obligados a abandonar el Ática, y los atenienses estaban dispuestos a hacer lo mismo el año siguiente y durante tantos años como los espartanos estuviesen con deseos de continuar. Al terminar el primer año se realizó en Atenas un funeral público por los que habían muerto en la guerra, donde Pericles pronunció una oración fúnebre. Tal como lo relata Tucídides, es uno de los grandes discursos de la historia, un himno a la democracia y la libertad. Pericles elogió la democracia por dar a cada hombre la libertad de conducirse como eligiese, por considerar a los hombres iguales y dar al pobre la oportunidad de gobernar, si se juzgaba que podía ayudar a la ciudad, por abrir la ciudad a los forasteros y no ocultar nada, por creer en las cosas buenas de la vida, las fiestas, la alegría y el refinamiento, por no prepararse constantemente para la guerra, pero ser capaces de combatir con igual bravura cuando estallaba la guerra. «Considerada en conjunto –decía-, nuestra ciudad es la maestra de Grecia.» Y en verdad no sólo Grecia, sino el mundo entero, ha aprendido desde entonces de la Atenas de la edad dorada. Pero el discurso de Pericles también marcó el fin de la edad dorada. Estaba por hacer su aparición un enemigo que no era humano, el único que Pericles no había previsto en sus planes.

En 430 a. C., el ejército espartano invadió nuevamente el Ática y una vez más los atenienses se apiñaron dentro de los Largos Muros. Pero esta vez se produjo un desastre: una virulenta peste que se propagó rápidamente y se cobró víctimas de manera casi constante. Los atenienses no sabían cómo combatirla y estaban inermes ante ella. Murió el veinte por ciento de la población, y durante toda la historia antigua, la población de Atenas nunca volvió a alcanzar el número que había tenido poco antes de la peste. Atenas se hundió en la desesperación y el mismo Pericles fue destituido por votación y juzgado por malversación de fondos públicos. Pero nadie podía sustituir a Pericles y se le restituyó en el cargo. La peste estaba por llegar a su fin, pero aún descargaría un serio golpe. Pericles cogió la enfermedad y murió. (Arquidamo de Esparta no le sobrevivió por mucho tiempo, pues murió en 427 a. C.).

Esfacteria, al oeste de Esparta Esfacteria y Anfípolis:
Desaparecido Pericles, surgieron dos partidos en Atenas. Uno de ellos era violentamente democrático y predicaba la continuación de la guerra. Su líder era Cleón. Este se había opuesto a Pericles en años recientes, pues creía que su política no era suficientemente enérgica. Los conservadores, que eran partidarios de la paz, estaban conducidos por Nicias. Cleón obtuvo el triunfo y durante varios años prosiguió la guerra con energía, pero sin la sensata y previsora política de Pericles. (El poeta cómico Aristófanes era del partido de la paz, y escribió una serie de obras en las que se burló implacablemente de Cleón.) Atenas continuó su política de incursiones navales contra el enemigo. Los éxitos en el mar compensaron el hecho de que Esparta, después de un sitio de dos años, tomó Platea en 427 a. C. y aniquiló a sus habitantes, fíeles aliados de Atenas desde antes de los días de Maratón. En 425 a. C., el almirante ateniense Demóstenes obtuvo su mayor victoria cuando tomó y fortificó el promontorio de Pilos, donde había existido antaño una ciudad micénica, sobre la costa occidental de Mesenia, en el corazón del territorio espartano. Esparta no podía dejar de reaccionar ante esto. Envió un contingente a Pilos, que tomó posiciones en Esfacteria, una isla situada frente al puerto y puso sitio a los atenienses. Pero la flota ateniense, que se había ausentado momentáneamente, retornó y asedió a los sitiadores espartanos. Entre los sitiados había varios cientos de ciudadanos espartanos, y los éforos estaban terriblemente preocupados. El número de ciudadanos espartanos con plenos derechos en las mesas públicas había disminuido constantemente y era en ese momento menor que 5.000. Así, había quedado atrapado en Esfacteria un porcentaje considerable de ciudadanos, y Esparta no podía permitirse perderlos. Esparta decidió pedir la paz. A cambio de los espartanos asediados, estaba dispuesta a ofrecer términos generosos. De estar vivo Pericles, muy probablemente habría aceptado, pero Cleón no tenía suficientes condiciones de estadista. No pudo resistir la tentación de apretar un poco más. Exigió la devolución de las regiones perdidas veinte años antes: Megara, Acaya, etc. Los espartanos se sintieron insultados y volvieron a Esparta llenos de ira. La guerra continuó. Casi inmediatamente, se empezó a tener la impresión de que Cleón había exagerado mucho. Sitiar a los espartanos era una cosa: pero capturarlos era otra muy diferente. Esfacteria tenía frondosos bosques y penetrar en ellos tras un espartano era como meter una mano en la jaula de un león. El asedio prosiguió sin resultados, y muchos atenienses llegaron a lamentar que Cleón no hiciese la paz cuando podía haberla concertado. Cleón pronunció furiosos discursos en los que afírmaba que los generales atenienses de Pilos eran unos cobardes y que si él estuviese allí, sabría cómo actuar. Nicias, entonces, realizó la única acción astuta de su vida. Pidió rápidamente una votación para que se enviase a Cleón a Pílos, y la resolución fue aprobada. Cleón estaba atrapado; tuvo que ir. Pero Cleón tuvo una suerte increíble. Poco antes de llegar él, un incendio accidental quemó los árboles de Esfacteria. Cleón encabezó un vigoroso ataque, y los espartanos, asfixiados por el humo y las cenizas y agotados por el asedio, fueron derrotados. Y maravilla de maravillas: ¡120 ciudadanos espartanos con plenos derechos se rindieron! (Leónidas debe haberse revuelto en su tumba.) Cleón se llevó en triunfo a sus prisioneros espartanos. Sirvieron de rehenes contra nuevas invasiones del Ática, y durante varios veranos los ateníenses se vieron libres de la ocupación de sus hogares por los espartanos. La victoria redobló la energía de Atenas, y en 424 a. C. Nicias tomó la isla espartana de Cítera. Además, Cleón juzgó que había llegado el momento de recuperar el imperio territorial que Pericles había perdido y que los espartanos no cederían a cambio de los prisioneros de Esfacteria. Los atenienses atacaron hacia el sudoeste y capturaron Nisea, la ciudad portuaria de Megara. La misma Megara, podía haber caído, y éste habría sido el último golpe que llevase a los espartanos a aceptar cualquier paz que pudieran obtener, si no hubiera sido por el surgimiento de un nuevo líder guerrero en Esparta. Se trataba de Brásidas, un espartano muy poco espartano, pues era vivaz, elocuente, inteligente y encantador, tanto como valiente. En el primer año de la guerra había rechazado una incursión en Mesenia y luego había combatido reciamente en Esfacteria, donde, sin embargo, una herida le puso fuera de acción. En 424 a. C. asumió la conducción de la guerra. Marchó sobre el istmo, obligó a los atenienses a apartarse de Megara y los mantuvo quietos allí. Luego se lanzó rápidamente hacia el Norte, a través de Tesalia y Macedonia, hasta la Calcídica, que era una fortaleza ateniense muy valiosa. Los atenienses no se percataron enseguida del peligro. Intentaron invadir Beocia, pero fueron totalmente derrotados por los tebanos en Delio, sobre la costa que está frente a Eubea, y renunciaron a toda tentativa de convertirse en una potencia territorial. Entonces se enteraron de lo que estaba ocurriendo en la Calcídica. Brásidas, mediante su tacto y su diplomacia (casi inexistentes, por lo general, entre los espartanos), además de la ayuda de Pérdicas, de Macedonia, persuadió a una ciudad tras otra a que se rebelara. Finalmente, él mismo avanzó sobre Anfípolis. Anfípolis había sido fundada por Atenas sólo trece años antes y sentía fuertes vínculos con la ciudad. El historiador Tucídides estaba a cargo de la defensa de Anfípolis, pero no se hallaba allí en ese momento. Retornó rápidamente tan pronto como tuvo noticia del asedio, pero no llegó a tiempo. Anfípolis se rindió rápidamente, al ofrecérsele términos de rendición sumamente generosos. No se podía culpar a Tucídides de la habilidad de Brásidas como negociador, pero los enfurecidos atenienses necesitaban un chivo emisario y Tucídides fue exiliado. (Y debemos dar gracias por ello, ya que de otro modo no tendríamos su historia.) Ahora era Atenas la que estaba deseosa de paz, y logró obtener una tregua de un año. Pero Brásidas desempeñó el papel de un Cleón espartano. Pensó que la guerra debía continuar hasta completar la victoria espartana. Así, continuó con las operaciones para exasperación de los atenienses, y la tregua fracasó. Los atenienses se volvieron a Cleón. Había sido el gran general que había tomado Esfacteria y capturado 120 espartanos. ¿No podría hacer algo con Brásidas? En 422 a. C. Cleón se vio obligado a conducir un ejército al Norte. Logró algunos éxitos, pero cuando intentó atacar Anfípolis, se puso claramente de manifiesto la superior capacidad de Brásidas. Su estrategia superó a Cleón y obtuvo una victoria. En la batalla, Cleón recibió la muerte, pero en cierto modo continuó su buena suerte, pues también Brásidas fue muerto en el combate. Así murieron los líderes belicistas de ambos bandos y, finalmente, quedaba expedito el camino para la paz. Esparta deseaba la devolución de los espartanos capturados y quería tener las manos libres, pues (una vez más) preveía que iba a tener problemas con Argos. En cuanto a Atenas, la desenfrenada serie de guerras libradas por todas partes, la había dejado prácticamente sin fondos. Había tomado liberalmente en préstamo tesoros de los templos y hasta había tenido que doblar el tributo de las ciudades del Imperio Ateniense. Ambas partes estaban cansadas de la guerra. En 421 a. C., pues, se acordó la «Paz de Nicias» (el nombre del principal negociador ateniense). Los prisioneros espartanos fueron devueltos y la situación quedó, en buena medida, donde estaba cuando comenzó la guerra diez años antes, excepto que se permitió a Anfípolis mantenerse independiente. (En verdad, Atenas nunca recuperó la ciudad.) La sangre y el sufrimiento de diez años habían traído muy poco provecho a Atenas y a Esparta, y aceleraron mucho la marcha de toda Grecia hacia la ruina.

La expedición a Sicilia:
Se suponía que la Paz de Nicias debía durar por quince años, pero en realidad ni siquiera llegó a aplicarse. Las ciudades de Corinto y Tebas no se consideraron obligadas por ella. Querían nada menos que la destrucción de Atenas. La devolución de los cautivos espartanos no significaba nada para ellas. Además, también Atenas estaba encolerizada por el hecho de que no se le devolviese Anfípolis, y por tanto se negó a devolver Pilos y la isla de Citera a Esparta. Por añadidura surgió en Atenas un nuevo líder belicista: Alcibíades. Su madre era prima de Pericles y él pertenecía a la familia de los Alcmeónidas. Fue el último miembro de esta familia que tuvo importancia en la historia de Atenas. Era rico, bello, inteligente y encantador, pero carecía totalmente de escrúpulos. Estaba ansioso de llevar a cabo grandes hazañas, y para ello necesitaba la guerra. Siguiendo sus propios deseos no vaciló un momento en lanzar nuevamente a Atenas a una guerra que no necesitaba ni deseaba. De hecho, iba a contribuir más que cualquier otro individuo a arruinar Atenas, y en él se cumplió la «maldición de los Alcmeónidas» por el juramento sagrado que había sido violado dos siglos antes. Puesto que no se mantuvo el exilio de los Alcmeónidas, la maldición cayó sobre todos los atenienses a causa de Alcibíades. El joven vio su oportunidad en el Peloponeso, donde una vez más Argos iba a tratar de medir sus fuerzas con las de Esparta. Pese a Brásidas, el prestigio de Esparta había disminuido mucho por la rendición de Esfacteria, y Alcibíades no halló muchas dificultades para organizar una alianza contra Esparta entre Argos, Elide y la ciudad arcadia de Mantinea. Prometió llevar en su ayuda un contingente ateniense. Desgraciadamente, Nicias se opuso a esa aventura y Atenas nadó entre dos aguas. No envió grandes fuerzas que pudieran ayudar a los argivos y sus aliados a derrotar a Esparta ni permaneció neutral para no crearse dificultades. En cambio, envió, bajo el mando de Alcibíades, fuerzas insuficientes. Los espartanos estaban comandados por Agis II, que había sucedido a su padre Arquidamo II en 427 a. C. Nuevamente Duchaban en su bien conocido Peloponeso contra sus viejos enemigos, a quienes habían derrotado antes tantas veces. Cerca de Mantinea, Esparta derrotó a los aliados en una batalla decisiva que ocurrió el 418 antes de Cristo. Se restableció la anterior situación del Peloponeso, con la firme dominación de Esparta sobre él. El único cambio fue que Esparta y Atenas se hallaron nuevamente en guerra. Había una gran ira en Atenas contra Nicias, provocada por los demócratas más radicales, quienes, desde la muerte de Cleón, estaban conducidos por Hipérbolo. Opinaban que la oposición de Nicias había impedido a Atenas hacer un uso efectivo de la alianza contra Esparta. Hipérbolo pidió un voto de ostracismo, seguro de que los seguidores de Alcibíades se le unirían y Nicias sería desterrado. La guerra, entonces, seguiría más vigorosamente. Pero los partidarios de Nicias y los de Alcibíades llegaron a un acuerdo. Unos y otros votaron contra Hipérbolo, quien, para gran asombro suyo, se halló él mismo desterrado. Pero esto puso en ridículo todo el sistema del ostracismo, por lo que nunca más volvió a realizarse en Atenas una votación de ostracismo. Ese expediente había durado durante casi un siglo y había prestado sus servicios, pero ya estaba acabado. Atenas había tenido la oportunidad de recuperarse en los dos años de semipaz que siguieron a la Paz de Nicias. Había entrado dinero y restaurado su confianza en sí misma. Estaba dispuesta a escuchar los planes de Alcibíades. Ya en dos ocasiones anteriores, la excesiva autoconfianza de Atenas la había llevado a realizar enormes esfuerzos, superiores a sus fuerzas, y en las dos ocasiones eso había terminado en el desastre. La primera había sido el envío de fuerzas en ayuda de la revuelta jónica del 499 a.C.; la segunda, el contingente enviado en apoyo de la rebelión egipcia en 460 a. C. Atenas se había recuperado del primer desastre y lo convirtió en una victoria, y por lo menos había sobrevivido al segundo desastre. El tercer esfuerzo, que estaba a punto de iniciar, iba a ser el peor de los tres y concernía a Sicilia, donde Atenas pensó que había un estimulante fruto, maduro para ser cogido. A Atenas se oponía Siracusa. Lo que más odiaba Siracusa era la intervención externa en Sicilia. Era allí la ciudad más poderosa, y la intervención exterior era lo que más le perjudicaba. Sin embargo, no podía dominar las querellas entre las otras ciudades sicilianas. En 416 a. C., Segesta en Sicilia occidental, estaba en guerra con la vecina ciudad de Selino y llamó a Atenas en su ayuda, Alcibíades escuchó el llamado. Las ricas ciudades griegas de Sicilia e Italia le parecían a Alcibíades oro puro. Mediante un audaz e inesperado golpe en Occidente (pensaba), Atenas podía imponer su dominación sobre una región de indecible riqueza. Con los hombres y el dinero sicilianos a su disposición, Atenas (con Alcibíades a la cabeza) podía barrer sin inconvenientes todos los obstáculos que se le presentaran en la guerra del Peloponeso. ¿Quién osaría oponérsele? El blanco lógico del ataque era Siracusa, pues en su origen había sido una colonia corintia, y Corinto era la más implacable enemiga de Atenas, la ciudad que había iniciado la desastrosa guerra. Siracusa era también el centro tradicional de la tiranía y del aislamiento siciliano, y por ende un blanco apropiado para la Atenas democrática e imperial. Por último, Siracusa era la ciudad más poderosa de Occidente, y si caía, todas las demás le seguirían. El partido conservador partidario de la paz, conducido por Nicias, se opuso al insensato plan, pero Alcibíades logró cautivar la imaginación de los atenienses, quienes votaron a favor de la expedición. En 415 a. C., una poderosa flota estaba dispuesta a zarpar, y el pueblo estaba tan feliz como si fuese un gran día de fiesta. Pero entonces los atenienses empezaron a cometer una serie de errores. Aun admitiendo que la expedición a Sicilía era una locura, Alcibíades era el único hombre con suficiente osadía y capacidad para llevarla a cabo. Puesto que Atenas estaba decidida a llevar adelante el proyecto, debía haberle entregado la dirección a él. Pero no lo hizo y, en cambio, puso a su frente a varios hombres, uno de los cuales era Nicias. Si Nicias estaba en contra del proyecto desde el principio, ¿qué energía iba a poner en realizarlo? Era sencillamente el peor hombre que se pudiera elegir, mediocre, indeciso, supersticioso y no muy inteligente. (Era un ateniense tan poco ateniense como Brásidas había sido un espartano muy poco espartano.) Pero iba a ocurrir algo peor aún. A punto de partir la flota, se hallaron en Atenas unas estatuas religiosas que habían sido mutiladas durante la noche. Los atenienses quedaron horrorizados, pues parecía un siniestro augurio. Alcibíades ya se había hecho sospechoso de burlarse de los misterios eleusinos, y el partido de la paz inmediatamente le acusó de la mutilación. Alcibíades defendió con energía su inocencia; y ciertamente, ni siquiera Alcibíades hubiera sido tan insensato como para hacer una cosa semejante en el momento mismo en que se iniciaba su gran aventura. Parece mucho más probable que el partido de la paz hubiese efectuado las mutilaciones, para incriminar a Alcibíades. Pero éste es uno de los misterios de la historia. Nadie sabrá nunca la verdad. Nuevamente, los atenienses eligieron el peor camino posible. Podían haber enjuiciado a Alcibíades inmediatamente y postergar la partida de la flota hasta que el asunto se resolviese, de un modo u otro. O podían haber dejado que Alcibíades se marchase con la flota y posponer el juicio hasta el día en que la campaña hubiese terminado. Pero lo que hicieron fue dejar zarpar la flota con Alcibíades y luego enviar un mensajero para que volviese a fin de ser sometido a juicio. Alcibíades sólo podía llegar a una conclusión. En su ausencia, sus enemigos se habían hecho con el poder. Volver para ser juzgado sería suicida, y él no era del tipo de hombre que se sacrificase por el bien de la ciudad. Salvó la piel escapando del alcance de Atenas y desertó, pasándose a los espartanos. Esto dejó al totalmente inepto Nicias como comandante en jefe de la expedición. Los atenienses desembarcaron cerca de Siracusa y ganaron al principio algunas victorias, pero Nicias no era hombre capaz de aprovecharlas. Siempre hallaba razones para postergar la acción, para volver atrás. Si las circunstancias le obligaban a avanzar, se movía lo más lentamente posible. Los siracusanos siempre tuvieron tiempo para recuperarse y devolver los golpes. Peor aún. Alcibíades estaba en Esparta y su único deseo era vengarse de Atenas. La expedición siracusana había sido obra suya, pero ahora que había escapado de sus manos, estaba dispuesto a arruinarla. Usando toda la fuerza de su elocuencia, convenció a los lentos espartanos de que no debían permitir a los atenienses apoderarse de Siracusa y del resto de Sicilia. Debían acudir en defensa de Siracusa. Como consecuencia de ello, Esparta envió a un general llamado Gilipo al frente de un pequeño contingente a Siracusa en 414 a. C. Llegó justo a tiempo, pues Nicias, pese a todas sus torpezas, estaba logrando la victoria. Lentamente, estaba construyendo una muralla alrededor de la ciudad para sitiarla en forma, y Siracusa estaba considerando la posibilidad de rendirse. Pero Nicias actuaba demasiado lentamente, como de costumbre, de modo que cuando llegó Gilipo había todavía una grieta en el cerco por la cual pudo entrar en la ciudad. Esto añadió vigor a la defensa y los siracusanos, alentados, hicieron retroceder a Nicias. La muralla nunca fue terminada. Esto hizo desaparecer toda perspectiva de victoria, pero al menos existía la posibilidad de evitar una catástrofe mediante una rápida retirada. En cambio, Nicias mandó pedir refuerzos, y Atenas agravó su error despilfarrando sus recursos. En 413 a. C., llegó una nueva expedición bajo el mando de Demóstenes (el general que había fortificado Pilos una docena de años antes). Demóstenes efectuó un ataque, pero fue rechazado. Demóstenes era mucho más inteligente que Nicias y comprendió inmediatamente que lo único que se podía hacer era marcharse, y pronto. Pero el comandante en jefe era el insensato y estúpido Nicias. Había sido lento en atacar cuando el ataque podía haberle dado la victoria; ahora era lento en retirarse cuando la retirada era necesaria. Sabía que la culpa del fracaso sería suya y no osaba enfrentar la ira del pueblo ateniense. Por ello, difirió la toma de una decisión. El 24 de agosto de 413 a. C., hubo un eclipse de luna. Nicias, hombre tremendamente supersticioso, prohibió todo movimiento hasta la realización de ciertos ritos religiosos. En el momento que éstos terminaron, la flota siracusana había bloqueado la huida por mar y, después de ser derrotados en dos batallas marinas, los atenienses fueron atrapados. No quedaba más posibilidad que luchar en tierra, en desesperadas batallas que era imposible ganar. Nicias luchó bravamente, al menos, pero no podía haber más que un fin. El ejército ateniense fue muerto o capturado en su totalidad, y los capturados fueron tratados con abominable crueldad y no tardaron en morir también. Nicias y Demóstenes fueron muertos ambos. La catástrofe de la campaña siciliana quebró para siempre el espíritu de Atenas. Siguió luchando bravamente en la guerra del Peloponeso, y en el siglo siguiente tuvo alguna actuación brillante, pero nunca recuperó su ilimitada confianza en sí misma. Nunca volvió a emprender grandes proyectos. Nunca volvió a tener un Maratón o una Salamina, ni a desafiar altivamente a un enemigo. En lo sucesivo, cuando lleguen momentos decisivos, Atenas se amedrentará. (I.A.)


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