Primer urbanismo             

 

Asirios Proceso causante del primer urbanismo:
La congregación de personas en grandes centros urbanos marca una de las principales transformaciones de la historia de la humanidad. Hace unos 6.000 años empezaron a formarse en diferentes partes del mundo grandes pueblos y, más tarde, ciudades a partir de lo que habían sido sociedades agrarias. Este proceso, bautizado frecuentemente como revolución urbana, implicaba mucho más que el mero aumento del tamaño de las comunidades; conllevaba también importantes cambios en la forma de interacción de las personas, en las relaciones de los seres humanos con su entorno y en la manera en que los pueblos estructuraban la sociedad. Los procesos e instituciones que surgieron en aquella época no han cesado de evolucionar y han conformado la estructura básica de la sociedad urbana actual. Los arqueólogos y los historiadores han sugerido distintos factores que pudieron haber acelerado el crecimiento de las ciudades y la reorganización de la sociedad, tales como la necesidad de regadío, el crecimiento demográfico, las guerras, la producción especializada y el comercio a gran escala. Según una de las teorías, las áridas llanuras aluviales sobre las que se asentaban las ciudades necesitaban del regadío para alimentar a una población numerosa. La construcción y el mantenimiento de las obras de regadío y la asignación del agua exigían la presencia de una minoría capaz de gestionarlas. Este grupo, a su vez, conformaba el núcleo de la sociedad compleja. Según otra teoría, una vez que la tierra cultivable estaba totalmente ocupada, surgían conflictos entre los colonos y sus vecinos. Uno de los grupos quedaría sojuzgado, constituyendo la clase baja, mientras que los vencedores formaban el núcleo selecto radicado en las ciudades. Una tercera teoría afirma que las guerras o los desplazamientos obligados, cada vez más frecuentes, de los pueblos destinados a incrementar el poder de los gobernantes podría haber afianzado a los individuos en las ciudades. Tal parece el caso en una de las primeras ciudades propiamente dichas, Uruk (Erech), en Mesopotamia. Una última teoría defiende que el desarrollo del intercambio de productos a gran escala favoreció el asentamiento de la fabricación y los mercados en las ciudades, como medio mucho más eficaz de gestionar los recursos y el comercio. Esto favoreció el auge de la clase gestora y de los fabricantes especializados, siendo ambos elementos claves de la sociedad urbana. Sabemos por los hallazgos arqueológicos y los registros escritos que estos factores ya existían en las primeras sociedades urbanas, pero no está claro el orden real en que fueron evolucionando. La cuestión clave radica en determinar si los avances en una o en varias de estas áreas se produjeron antes de la formación de las ciudades y sirvieron para inducir el crecimiento urbano, o si fueron posteriores a la formación de las ciudades como un resultado natural de la sociedad urbana de reciente aparición. La complejidad potencial del proceso ha impulsado a diferentes eruditos a afirmar que fue una combinación de estos y otros factores la que provocó las transformaciones fundamentales de la revolución urbana. Estos especialistas reconocen la importancia del regadío, la agricultura y el intercambio de productos a la hora de conformar la base necesaria sobre la que poder edificar toda una civilización. Sin embargo, un enfoque múltiple considera las relaciones sociales cambiantes como la fuerza que dio cuerpo al proceso de urbanización.

Las primeras ciudades: Mesopotamia:
Parece ser que la revolución urbana se produjo por primera vez entre los años 5500 y 3500 a.C. en Mesopotamia, amplio territorio que en la actualidad incluye Irak, así como el suroeste de Irán y el oriente de Siria. Los desarrollos históricos en Mesopotamia pueden servir como estudio de caso práctico para analizar los procesos que acompañaron al urbanismo inicial. La llanura mesopotámica era árida por naturaleza y contaba con muy pocos habitantes antes de que evolucionara la tecnología del regadío hacia el 5500 a.C. En el transcurso de los siguientes 2.000 años, dentro de un vasto periodo de tiempo que los arqueólogos denominan época ubaidí (obeidiana), los pueblos progresaron lentamente, pero sentaron las bases para la primera sociedad urbana de la humanidad. Son muchos los eruditos que creen que fue durante este periodo cuando llegó a Mesopotamia un pueblo que ahora conocemos como los sumerios. Se han encontrado poblados que se remontan al periodo ubaidí por todo el territorio iraquí y en las colinas que rodean los actuales Irán y Turquía. Estos poblados presentan muchos rasgos culturales comunes y todos ellos han contribuido a la comprensión de la primitiva sociedad urbana. Pero es el primer yacimiento excavado, Eridú, el que sigue siendo considerado el más esclarecedor. Eridú, ubicado en el extremo meridional de la llanura mesopotámica, parece haber alcanzado el grado más alto de evolución de todos estos poblados. El asentamiento original tal vez no fuese mucho mayor que los pueblos diseminados por los valles montañosos de la meseta que existían desde hacía varios milenios. Pero los habitantes de Eridú conocían los principios del regadío y las condiciones climatológicas extremas de Mesopotamia parecían favorecer el cultivo del trigo y la cebada, así como la existencia de ganado ovino, caprino y bovino. Los arqueólogos descubrieron en Eridú lo que parecen ser templos edificados hacia el 3500 a.C. Este tipo de construcciones datadas en fechas tan tempranas podría indicar que la comunidad ya había adquirido por entonces unas dimensiones apreciables, según ciertas estimaciones, con una superficie de 10 ha y al menos 2.000 individuos. La existencia de tal cantidad de habitantes en un único asentamiento implica la evolución de las relaciones sociales hasta alcanzar un nivel nuevo de integración en el seno de la comunidad y una dependencia potencial de los poblados vecinos en cuanto a ciertos artículos de subsistencia. Entre los años 3500 y 2900 a.C., espacio de tiempo conocido como los periodos protoliterario o Uruk y Jemdet Nasr, aumentó el número de poblaciones mesopotámicas, con más de 1.000 habitantes. La cerámica de dicho periodo revela una mayor organización de la producción agrícola y artesanal. Durante estos años la mayoría de las vasijas de barro se fabricaban en tornos o en moldes, procesos que permitían una mayor producción y normalización, fiel indicador de una economía comercial compleja. Otro de los descubrimientos significativos de este periodo son pruebas de los primeros intentos de escritura sobre piedra y arcilla. Gran parte de estos primeros escritos se utilizaron para llevar registros, otra prueba de la incesante evolución de la economía de Mesopotamia. Además, los edificios de esta época, que los arqueólogos asimilan a templos, reflejan la creciente complejidad y el aumento del tamaño de las comunidades. Algunos templos parecen estar agrupados, actuando seguramente como recintos sagrados, y otros estaban construidos sobre plataformas elevadas, conocidas más tarde como zigurats. El aumento del tamaño de la estructura probablemente refleja el cada vez mayor protagonismo religioso de las comunidades. Los indicios procedentes de la época transcurrida entre el 2900 y el 2350 a.C., denominada primer periodo dinástico, muestran un crecimiento notable de la población con unas dos docenas de poblados que, por el mero tamaño de su población, bien pudieran denominarse ciudades. Durante este periodo la fabricación de vasijas cerámicas, artículos metálicos y tejidos se hizo cada vez más organizada, hallándose en manos de artesanos agrupados por especialidades. La piedra, la madera, los minerales metálicos y demás sustancias exóticas llegaban hasta las ciudades de las tierras bajas y se transformaban allí en productos acabados para las minorías locales. Hacia el año 2500 a.C. la escritura se había extendido en toda la llanura mesopotámica. En esa misma época las comunidades comenzaron a adoptar la forma de ciudades modernas: áreas residenciales densamente pobladas con calles cortas y serpenteantes y edificios de varias plantas. Hasta entonces, los templos habían sido las construcciones más grandes de las ciudades, poniendo de manifiesto la importancia de las instituciones religiosas en la cultura de Mesopotamia. Al final de este periodo, los grandes edificios identificados como palacios parecen revelar una jerarquía secular creciente, al tiempo que la especialización de la actividad productiva y el acceso cambiante a los recursos económicos parecen apuntar a una mayor estratificación social. A finales del incipiente periodo dinástico todo apunta a que los pueblos igualitarios de los primeros tiempos, gobernados eminentemente por principios de parentesco, habían evolucionado hasta constituir una jerarquía de pueblos y ciudades con clases sociales perfectamente definidas entre diferentes grupos de carácter gremial. A medida que fue aumentando la estratificación social, fueron apareciendo gobernantes de ciudades-estado que comenzaron a diferenciarse como reyes y jefes militares. Aún cuando no están claros los detalles de las luchas por el poder, la frecuencia cada vez mayor de los enfrentamientos entre las ciudades-estado políticamente independientes de Mesopotamia pone de manifiesto que el equilibrio de poder se decantó del lado de quienes ostentaban el control de los ejércitos.

Las primeras ciudades del mundo:
En los siguientes milenios se produjeron cambios similares en el valle del Indo, en el sur de Asia; en el valle del río Amarillo (Huan g He), en China; y finalmente en el valle de Anáhuac (valle de México), en el continente americano. En estas y en otras muchas regiones coincidía el modelo de urbanización; sin embargo, existen fuerzas comunes subyacentes que contribuyeron de diferentes formas al crecimiento de las ciudades. En el valle del río Indo, en lo que actualmente es Pakistán y la India, hacia el año 2400 a.C. surgió la llamada civilización del valle del Indo, conocida también como la cultura o civilización Harappa en honor a una de sus grandes ciudades. Se han descubierto cerca de 1.000 yacimientos pertenecientes a esa cultura, pero de todos ellos el mejor conservado es el de Mohenjo-Daro, situado en la actual Pakistán. Mohenjo-Daro y otros grandes yacimientos de la zona se caracterizan por grandes edificaciones de ladrillos cocidos dispuestos según un patrón cuidadosamente trazado. El rasgo más característico es la ciudadela, una parte de la edificación que se alza en un plano superior al del resto de la ciudad y que está cubierta por unas estructuras macizas. La alfarería profusamente decorada y ciertos objetos metálicos hallados en Mohenjo-Daro revelan que los grandes centros de la civilización del valle del Indo practicaban un intercambio activo de artículos. Es posible que esta civilización tuviese comercio con Mesopotamia, si bien apenas existe evidencia alguna. Asimismo, desarrolló su propio sistema de escritura con símbolos. En los amplios valles fluviales del norte de China florecieron algunas de las primeras civilizaciones de Eurasia. En la llanura aluvial del río Amarillo, los poblados agrícolas neolíticos se agruparon en federaciones gobernados por caudillos y que se fusionaron al cabo del tiempo para formar un estado incipiente durante el II milenio a.C. La dinastía Shang (Chang), estudiada a partir de sus mitos, sus escrituras primitivas sobre huesos de oráculos y las excavaciones arqueológicas, es una de las civilizaciones originales de China que se conoce con mayor profundidad. Hubieron de pasar generaciones hasta lograr centralizar el gobierno; la capital se trasladó a diferentes ciudades mientras los gobernantes eran elegidos de varios linajes diferentes. Sin embargo, el poder quedó investido definitivamente en una familia real y la ciudad de Anyang se convirtió en la capital permanente. Entre tanto, los miembros de la dinastía Shang desarrollaron una industria del bronce capaz de fabricar asombrosos barcos y herramientas en grandes cantidades. Por último, el continente americano también produjo varias civilizaciones urbanas primitivas edificadas sobre diferentes bases. Entre las más destacadas se encontraban los pueblos del centro de México, que construyeron la ciudad de Teotihuacán, la primera gran urbe de América. La vida en los poblados agricultores surgió en México entre los años 2000 y 1000 a.C., relativamente tarde en comparación con otras regiones de Asia. Los fundamentos económicos también eran distintos, ya que el maíz constituía el cultivo principal, en lugar del trigo, la cebada o el arroz. Por otra parte, si se compara con sus homólogos de otras partes del mundo, los mejicanos apenas tenían animales domésticos, únicamente el perro y el pavo, mientras que la población asiática criaba ovejas, cabras, vacas y cerdos. No obstante, alrededor de los siglos I o II a.C. surgió una gran ciudad en el extremo septentrional del valle de Anáhuac, en las proximidades de la actual ciudad de México. Teotihuacán creció rápidamente, de manera asombrosa, hasta albergar a más de 100.000 habitantes. La construcción de los numerosos edificios centrales exigió una gran dosis de planificación. Teotihuacán fue el centro de la producción artesanal, del comercio y posiblemente del poder militar en todo el centro de México hasta su ocaso en el siglo VII d. C.

Las fuerzas básicas del urbanismo:
El desarrollo de las sociedades urbanas en las distintas regiones del mundo siguió en cada caso un camino diferente. Sin embargo, desde un punto de vista más general, existen unos mismos procesos básicos siempre que se produce un intento de convivencia de una gran multitud de individuos. Un primer aspecto interesante consiste en que a todas las sociedades urbanas aquí descritas les sobrevino un periodo de menor urbanismo y menor gobierno políticamente centralizado, al que sucedió un resurgir del urbanismo y autoridad política. Es decir, al tiempo que existen multitud de fuerzas que impulsan el florecimiento del urbanismo y la autoridad política centralizada, otras fuerzas poderosas actúan simultáneamente en contra de tal desarrollo. Bien es cierto que las primeras han sido más poderosas a lo largo de los milenios, por cuanto el mundo se ha ido sufriendo una creciente urbanización, pero continúan actuando fuerzas de descentralización de poblaciones y gobiernos. A continuación analizaremos sucintamente los efectos de tres procesos importantes: la expansión de la producción de alimentos, el florecimiento de la industria y el comercio y una forma de gobierno cada vez más jerárquica.

[Creciente producción de alimentos:]
Un requisito previo para el desarrollo de la sociedad urbana era la necesidad de expandir el suministro de alimentos. Esto se logró mediante una domesticación más eficaz, mayor cultivo de la tierra y estrategias de producción más intensivas. Cada una de estas mejoras en cuanto al rendimiento bruto de la producción agrícola conllevaba un coste. El aumento del rendimiento de los animales domésticos y de las plantaciones a menudo obligaba a la especialización en un único cultivo o especie a fin de controlar mejor su multiplicación y desarrollar técnicas de cultivo y de cosecha. Aún cuando la especialización normalmente se traducía en una mayor producción, también exponía al agricultor a un mayor riesgo de fracaso. El aumento de la extensión de tierra a cultivar también generaba una mayor producción pero a costa de una mayor inversión de trabajo por unidad de producción. Este coste se derivaba en parte de la mayor distancia que el agricultor debía recorrer hasta los campos de labor y del hecho de que las tierras más fértiles ya estaban en explotación, por lo que los agricultores debían ampliar sus posesiones por los terrenos menos fértiles y, por consiguiente, menos productivos. A lo largo de los milenios los métodos más eficaces para incrementar la producción de alimentos consistieron en intensificar las prácticas agrícolas a fin de obtener un volumen mayor de producción por unidad de superficie utilizada. Esto se consiguió haciendo plantaciones de mayor densidad, acortando el periodo de barbecho entre cosechas y aportando más cantidad de agua a las tierras por medio de regadío. Cada una de estas técnicas supuso una notable aportación al suministro alimenticio de la sociedad, pero los costes fueron ingentes al aumentar la inversión de mano de obra y la degradación potencial del entorno. Una mayor densidad y frecuencia de siembra podía reducir la fertilidad del suelo, mientras que un exceso de irrigación de las tierras podía anegar los campos y provocar un aumento de su salinidad. Ninguna de estas técnicas para incrementar la producción es inherentemente nociva, pero a la vista del contexto medioambiental y social, deben emplearse de forma sostenible pues, de lo contrario, acaban por reducir la capacidad de producción de la sociedad. En líneas generales, las sociedades humanas han conseguido mantener satisfactoriamente dicho equilibrio. Pero con demasiada frecuencia entre las primeras civilizaciones del mundo la búsqueda de una mayor producción ha destruido la capacidad del entorno, dando lugar a alguna catástrofe. ¿Qué fue lo que indujo a estas sociedades altamente organizadas a valorar erróneamente la situación? Un aspecto significativo de la revolución urbana fue la cristalización del concepto de la propiedad privada y de los incentivos para producir excedentes agrícolas. En un mundo sencillo, un grupo, por ejemplo una familia, sólo produciría la cantidad de artículos requeridos por el grupo para cubrir sus necesidades de alimentación y vestido. Los incentivos para una mayor producción serían mínimos ya que la cantidad de comida adicional que se puede consumir es limitada. Sin embargo, hace entre 5.000 y 10.000 años esta situación se modificó y se comenzaron a producir enormes cantidades de excedentes agrícolas que se utilizaban para soportar la fabricación de objetos considerados como valiosos por el prestigio que conferían. Este hecho era más probable que ocurriese en una sociedad con unos conceptos de propiedad bien desarrollados, desigualdad social y relaciones de poder asimétricas.

[Fabricación y comercio de bienes:]
Esta transformación fundamental en los mecanismos sociales se encuentra asimismo relacionada con otros dos procesos fundamentales del urbanismo: la industria y el comercio emergentes y la forma de gobierno crecientemente jerárquica. Con el establecimiento de la vida sedentaria en los poblados, los individuos pudieron acumular mayor número de posesiones materiales. A lo largo de los milenios, la fabricación de tales objetos, desde cerámica y herramientas utilitarias hasta artículos de embellecimiento personal, recayó en manos de los especialistas. Algunos artículos estaban fabricados con materias primas que era necesario importar desde lugares lejanos. Este consumismo no podría haber existido de no haber producido los agricultores un exceso que pudiera destinarse a soportar este auge del comercio y de la industria. Muchos de los artículos utilitarios beneficiaban directamente a los agricultores, pero era preciso invertir una cantidad considerable de recursos para obtener las exóticas materias primas y fabricar artículos de prestigio que serían propiedad exclusiva de la nueva minoría emergente. Dicha minoría era la principal interesada en fomentar la industria y el comercio, ya que esto se traducía en la fabricación de artículos de prestigio que venían a reforzar su elevada posición.

[Jerarquización:]
La arqueología y la historia han demostrado en repetidas ocasiones que siempre que se han reunido grandes grupos de individuos, han favorecido formas jerárquicas de gobierno en detrimento de alternativas igualitarias más sencillas. Un gobierno jerárquico normalmente está dirigido por un miembro de la clase minoritaria selecta que obtiene un beneficio desproporcionado de la productividad de la clase común más numerosa. Estos miembros pertenecientes a la minoría selecta reafirman esta posición de favor repartiéndose los bienes acaparados a la clase más baja, armándose ellos y desarmando al pueblo llano, utilizando el monopolio de la fuerza para mantener el orden y mejorar la seguridad personal y, por último, formulando una ideología o religión que justifique su postura. Es evidente que un cierto grado de administración centralizada de las actividades económicas y de arbitraje en los litigios siempre ha aumentado la productividad global de la sociedad. Sin embargo, el gobierno jerárquico presenta posibles aspectos negativos: las decisiones adoptadas por la minoría pueden favorecer los intereses de dicha clase, pero no los de la mayoría; la comunicación puede verse dificultada por la lejanía geográfica de los jueces; y, finalmente, los patrones de consumo de la minoría pueden fomentar un expolio insostenible del entorno. Los últimos 5.000 años han sido testigos de la mutua y continua influencia entre las ventajas y los inconvenientes de la sociedad urbana, pudiéndose observar centenares de casos prácticos de cómo la humanidad ha intentado equilibrar tales fuerzas. (Charles L. Redman)


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