Zeus             

 

Zeus Zeus:
En tercer y último lugar en el trono del más alto dios se sentó Zeus. La fértil imaginación de los primitivos tiempos había, como hemos visto, colocado su morada en el monte Olimpo, en Tesalia. Sin embargo, en una época más tardía y más práctica se le concibió como habitante de una región sobre el cielo, donde se suponía que se encontraba la fuente de toda luz. Era el dios de la intensa luz del día, porque, como su nombre indica, tenía control sobre todos los fenómenos de los cielos, y por tanto de los repentinos cambios de tiempo, de la concentración de las nubes y, sobre todo, el estallido de una tormenta hacía que su presencia se sintiera como un ser sobrenatural interesado en los asuntos de la humanidad. De aquí títulos tales como «concentrador de nubes», «dios de la nube sombría», «fulminador» y «poderoso fulminador», que eran los nombres con los que fue más frecuentemente invocado. Por otra parte, la serenidad y extensión sin límites del cielo sobre el que reinaba, combinado con la continua reaparición del día, hacían que se le considerara como un dios eterno: «Zeus, el que es, fue y será». Para indicar esta característica de su persona se le llamaba Cronides, o Cronión, un título que, aunque aparentemente derivaba de su padre Cronos, debe haber asumido incluso en una época muy temprana un significado especial; de no haber sido así, podríamos esperar haberlo encontrado en sus otros dos hermanos, Poseidón y Hades. El águila encumbrada más allá de la visión parecía beneficiarse de su cercanía a Zeus, y se le consideraba sagrada para él. De igual forma picos de altas montañas obtenían su santidad de su proximidad a la región de la luz, y por todas las partes de Grecia se las asociaba con la alabanza a él; muchas de ellas recibían títulos por los que era localmente conocido —como, por ejemplo, Etneos, un título derivado del monte Etna en Sicilia, o Atabrios, de una montaña en Rodas—. En las cimas de montañas se levantaban altares en su honor, e incluso templos; llegar a ellos tras largas fatigas y contemplar desde allí la tierra que se extendía debajo, era quizá la mejor preparación para acercarse a él con un espíritu adecuado. En contraste con esto, y como testimonio del dicho de Hesíodo de que Zeus Cronides vivía no sólo en el aire puro sino también en las raíces de la tierra y en el hombre, encontramos cómo el terreno bajo de Dodona, en Epiro, era visto con una peculiar solemnidad como un punto donde se disfrutaba la comunión directa con él. Se oía susurrar un viento en las ramas de un roble sagrado cuando el dios tenía algún comunicado que transmitir; la tarea de interpretarlo estaba a cargo de un sacerdote llamado Seli. Al pie del roble crecía un reguero y había palomas sagradas que descasaban en sus ramas; se contaba la historia de que éstas habían sido las primeras en prestar atención a los poderes oraculares del árbol. Deberíamos apuntar aquí que la importancia real de esta alabanza a Zeus en Dodona pertenecía a tiempos muy remotos, y que en la primitiva religión de las naciones italianas, germanas y celtas el roble era considerado con la misma reverencia. Como dios supremo, y así venerado por toda Grecia, se le consideró como padre de los dioses y de los hombres, el gobernador y conservador del mundo. Se creía que poseía todas las formas de poder, estaba dotado de sabiduría, en su dominio sobre la raza humana era inclinado a la justicia y tenía una bondad y amor sin límites. Zeus regulaba la alternancia del día y de la noche, las estaciones se sucedían a sus órdenes, los vientos le obedecían, juntaba y esparcía las nubes a su antojo, y ordenaba a la suave lluvia que cayera para fertilizar campos y prados. Vigilaba la administración de la ley y la justicia en el Estado, concedía majestad a los reyes y los protegía en el ejercicio de su soberanía. Observaba atentamente el trato general y los tratos con los hombres —por todas partes pedía y recompensaba la rectitud, la verdad, la lealtad y la amabilidad; por todas partes castigaba el mal, la falsedad, la deslealtad y la crueldad—. Como padre eterno de los hombres, se creía que estaba preparado amablemente a la llamada de los más pobres y más abandonados. El pobre sin hogar le miraba como un guardián piadoso que castigaba a los duros de corazón, y se complacía en premiar la piedad y conmiseración. Para ilustrar su reinado en la Tierra vamos a contar aquí una historia familiar. Filemón y Baucis, una pareja de edad de la clase más pobre, vivía tranquilamente, llena de piedad hacia los dioses, en su casa de campo en Frigia, cuando Zeus, que a menudo visitaba la tierra disfrazado, para conocer el comportamiento de los hombres, hizo una visita, al pasar a Frigia, a estas pobres gentes de avanzada edad y fue recibido por ellos con mucha amabilidad como un cansado viajero, como lo que pretendía ser. Dándole la bienvenida a la casa, se dispusieron a preparar para su invitado, que iba acompañado de Hermes, una comida tan buena como podían permitirse, y para este propósito estaban a punto de matar al único ganso que les quedaba, cuando Zeus intervino; porque se vio conmovido por su amabilidad y genuina piedad, y sobre todo porque no había observado entre los otros habitantes de la región nada sino disposición cruel y una actitud de reproche y desprecio hacia los dioses. Para castigar esta conducta determinó castigar al país con una inundación destructora, pero salvar de ella a Filemón y Baucis, la buena y anciana pareja, y recompensarles de una manera sorprendente. En este momento se reveló ante ellos antes de abrir las puertas de la gran inundación, transformó la pobre casa de la colina en un espléndido templo, instaló a la pareja como su sacerdote y sacerdotisa, y les concedió su petición de que ambos morirían juntos. Cuando después de muchos años les llegó la muerte se convirtieron en dos árboles, que crecieron uno junto a otro en la vecindad —un roble y un tilo. Mientras que en aventuras de este tipo el supremo dios de los griegos aparece enteramente como un personaje digno de admiración, se verá cómo muchas otras narraciones lo representan trabajando bajo la debilidad y el error humanos. La primera esposa de Zeus fue Metis (Inteligencia), una hija del amistoso titán Océano. Pero como Fate, un ser oscuro y omnisciente, había predicho que Metis daría a Zeus un hijo que sobrepasaría a su padre en poder, Zeus siguió de cierta forma el ejemplo de su padre Cronos y se tragó a Metis antes de que diera a luz a su hijo, y luego de su propia cabeza nació la diosa de la sabiduría, Palas Atenea (Minerva). Luego se casó, se dice, pero sólo durante un tiempo, con Temis (Justicia) y se convirtió en padre de Astrea y de las Horas. Su principal amor fue, sin embargo, siempre para Hera (Juno), con sus muchos encantos, que, tras resistir a sus súplicas durante un tiempo, al final cedió y se celebró el matrimonio divino en medio de gran alegría, no sólo por parte de los dioses de los cielos, sino también por parte de otras deidades, en quienes se había delegado la gerencia del mundo en varios departamentos, que habían sido invitados y que acudieron contentos a la espléndida ceremonia. Hera se convirtió en la madre de Hebe, Ares (Marte) y Héfestos (Vulcano). Zeus, sin embargo, no permaneció constante y leal al matrimonio con su hermana y secretamente se entregó a pasiones con otras diosas, y a menudo, bajo el disfraz de varias formas y tipos, se acercó incluso a las hijas de los hombres. Hera se indignó mucho cuando descubrió tales cosas. De una de estas relaciones secretas Deméter (Ceres) le dio a Perséfone (Proserpina); Leto (Latona) se convirtió en madre de Apolo y Artemisa (Diana); Dione, en madre de Afrodita (Venus); Mnemosina, de las Musas; Eurínome, de las Caritas (Gracias); Semele de Dionisio (Baco); Maya, de Hermes (Mercurio); Alcmena, de Heracles (Hércules); varios de los semidioses, de los que hablaremos más adelante, eran hijos de Zeus de otras tantas madres diferentes. Estos numerosos pasajes de amor de Zeus (y también de otros dioses), contados por los antiguos poetas, nos parecen a nosotros, al igual que a los antiguos, impropios de los grandes gobernantes del universo. Lo maravilloso es cómo llegaron a existir historias de este tipo, a menos que fueran aceptadas como una explicación satisfactoria de su origen y que sean simplemente diferentes versiones del gran mito del matrimonio de Zeus; en los tiempos primitivos en cada región de Grecia había una versión original, donde se le representaba con una sola mujer y fiel a ella. Su nombre y las historias relacionadas con su vida de casado serían más o menos diferentes en cada caso. En tiempos posteriores, cuando las distintas tribus de griegos se unieron en un solo pueblo, y los distintos mitos que habían surgido de forma independiente en relación a Zeus se dieron a conocer por la influencia de poetas y otros medios a toda la nación, podemos imaginar que la única forma de presentarlo en una sola narración coherente fuera degradando a todas las mujeres, excepto a Hera, a la posición de relaciones temporales. Sin embargo, por desgracia no podemos rastrear la primitiva posición de importancia local de cada una de sus compañeras. Al mismo tiempo se sabe lo suficiente como para apoyar este principio de interpretación, no sólo respecto a la aparente impropiedad de la conducta de Zeus, sino también de las otras deidades dondequiera que aparecían. Zeus propiamente no podía tener más de una mujer, pues tal era el límite del matrimonio entre los griegos.

De las distintas localidades de Grecia donde se llevaba a cabo la adoración de Zeus con inusual ceremonia y devoción, las dos más merecedoras de atención son Atenas y Olimpia. En Atenas el cambio de estación que actuaba en el temperamento de la gente parecía producir un cambio en sus sentimientos hacia el dios. Porque desde el comienzo de la primavera y durante todo el verano le llamaban el dios amistoso (Zeus Meiliquios), ofrecían sacrificios públicos en sus altares y en tres ocasiones celebraban grandes festivales en su honor. Pero cuando se dejaba sentir el frío del invierno, los pensamientos de su ira volvían, se le llamaba el dios cruel (Zeus Memactes) y se hacía un intento de propiciarle mediante un festival llamado Memacteria. En Olimpia, en Elis, se celebraba en su honor en el mes de julio (Hekatombaeon) cada quinto año, es decir tras un periodo de cuatro años, un festival que desde un primer momento había asumido importancia nacional. Duraba al menos cinco y quizá hasta siete días, comenzando con el sacrificio en el gran altar de Zeus, en el que tomaban parte delegados de varios estados con sus espléndidos cortejos. Una vez finalizada esta ceremonia, tenía lugar una serie de competiciones como carreras, saltos desde una plataforma elevada con pesos (halteres) en las manos para darse ímpetu, lanzamiento de disco (un plato circular de metal o piedra que pesaba unos cuatro kilos), boxeo con correas de cuero enrolladas alrededor de las muñecas y algunas veces con aros de metal en las manos, carreras de caballos, carreras de carros con dos o cuatro caballos y, finalmente, un concurso de músicos y poetas. Las listas estaban abiertas a todos los griegos nacidos libres, excepto a los que fueran convictos por algún crimen o los que estuvieran acusados de cometer una falta en competiciones anteriores y se hubieran negado a pagar. Los que querían competir tenían que dar seguridades de que habían pasado por un adecuado periodo de formación y que se someterían a la decisión de los jueces. Los esclavos y los extranjeros podían contemplar el espectáculo, pero estaba prohibida la presencia de mujeres casadas. La organización completa del festival estaba en manos del consejo elegido por la gente de Elis. La llanura de Olimpia, donde se celebraba este encuentro nacional en honor de Zeus, es ahora una llanura desierta; pero aún nos podemos hacer una idea, por la descripción que nos da Pausanias, de su magnífico templo y del vasto número de estatuas que adornaban el bosquecillo sagrado. Dentro del templo había una estatua del dios, en oro y marfil, obra de Fidias, el más renombrado de los escultores antiguos. Medía cuarenta pies de alto y por su belleza y grandeza se le reconoció como una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. Como algunos podrían suponer, estos juegos habían sido establecidos por el mismo Zeus para conmemorar su victoria sobre los titanes, e incluso se decía que los dioses en los primeros tiempos tomaban parte en la competición. La gente de Elis mantenía que el festival había sido fundado por Pélope, mientras que otros adjudicaban ese honor a Hércules. El método usual de reconocer el tiempo era por el intervalo entre estos festivales, y una Olimpiada era igual a cuatro años. El primer festival que fijó el comienzo del cálculo de los años, al igual que nuestra era comienza con la muerte de Cristo, tuvo lugar en el año 776 a.C. El nacimiento y vida primitiva de Zeus hasta el periodo en el que, tras una larga y fiera guerra alrededor del Olimpo, venció a los titanes y estableció su derecho para reinar en lugar de su padre, Cronos, ya se ha contado. Que sus dos hermanos, a cuya ayuda él había estado grandemente en deuda durante la guerra, podrían tener una parte en la organización del mundo, la suerte estaba echada, y a Poseidón le cayó el control del mar y los ríos, mientras que Hades obtuvo el gobierno del mundo situado bajo la tierra. Sin embargo, la oposición por parte de los parientes de Cronos no había cesado todavía, y la nueva dinastía de los dioses tenía que enfrentarse con un nuevo estallido de la guerra incluso más terrible que la de los titanes, siendo en este caso el enemigo los gigantes, una raza de seres que habían surgido de la sangre de Urano. Los gigantes tomaron su posición en la península de Palene, que está separada del monte Olimpo por una bahía. Su rey y líder era Porfirio, y su más poderoso combatiente, Alcineo, contra quien Zeus y Atenas tomaron las armas en vano. Su madre Tierra había hecho a los gigantes a prueba contra todas las armas de los dioses —no, sin embargo, contra las armas de los mortales— y sabiendo esto Atenas trajo a Hércules a escena. El Sol y la Luna dejaron de brillar por orden de Zeus, y la hierba que había protegido a los gigantes con un hechizo contra las heridas fue cortada. El enorme Alcineo, que había lanzado grandes rocas contra el Olimpo, cayó bajo las flechas de Hércules, y Porfirio, ocupado en atrapar a Hera, fue derrotado. De los otros, Palas y Encelado fueron asesinados por Atenea; el presumido Polibote huyó, pero al llegar a la isla de Cos fue atrapado por una roca lanzada por Poseidón y quedó enterrado bajo ella, mientras que Efialtes tuvo que ceder ante Apolo, Reto ante Dionisio, y Clitio ante Hecate o Héfestos. Para la mente popular esta guerra con los gigantes tuvo mayor interés que la Titanomoquia. Por último, las dos se confundieron entre sí. Una vez terminadas estas guerras, sucedió allí un periodo llamado la Edad de Plata en la Tierra. Los hombres entonces eran ricos, como en la Edad de Oro bajo el reinado de Cronos, y vivían en la abundancia pero aún querían la inocencia y el contento, que eran las verdaderas fuentes de la felicidad en la época anterior; así, mientras vivían en el lujo y el refinamiento, se hicieron despóticos en sus formas hasta el máximo grado, nunca estaban satisfechos, y olvidaron a los dioses, a quienes, en su confianza por la prosperidad y bienestar, les negaron la reverencia que merecían. Para castigarlos, y como un aviso contra tales hábitos, Zeus les barrió y los escondió bajo la tierra, donde siguieron viviendo como demonios o espíritus —no tan poderosos como los espíritus de los hombres de la Edad de Oro, pero sin embargo respetados por los que vinieron tras ellos. Luego siguió la Edad de Bronce, un periodo de constantes luchas y hechos de violencia. En vez de tierras cultivadas y una vida de ocupaciones pacíficas y hábitos ordenados, llegó un día en el que por todas partes el poder estaba consentido, y los hombres, grandes y poderosos como eran, se quedaron físicamente exhaustos y se hundieron en el mundo inferior sin dejar huellas de su existencia y sin poder aspirar a una futura vida espiritual.

Finalmente vino la Edad de Hierro, en la que la debilitada humanidad tuvo que trabajar con sus manos para obtener el pan, y empeñados en el lucro, hacer lo mejor para superar al otro. Dike o Astrea, la diosa de la justicia y de la buena fe, modestia y verdad, dio la espalda a tales escenas y se retiró al Olimpo, mientras que Zeus decidió terminar con la raza humana mediante una gran inundación. Toda Grecia quedó bajo el agua y nada se salvó aparte de Deucalión y su esposa, Pirra. Dejando la cima del Parnaso, donde habían escapado de la inundación, los dioses les encargaron ser los fundadores de una nueva raza humana —es decir, la raza presente—. A este fin, se dice, arrojaron delante de ellos, a medida que íban avanzando, piedras, que al instante asumían la forma de hombres, que, cuando hubo desaparecido la inundación, comenzaron a cultivar la tierra de nuevo y se extendieron en todas direcciones; pero como eran poco mejores que la raza que acababan de destruir, ellos, también, a menudo desataron la iras de Zeus y sufrieron en sus manos.

Zeus de Otrícoli Culto romano:
Entre los romanos Júpiter ocupó el lugar de honor correspondiente en algún grado al que ocupó Zeus entre los griegos. Su título favorito fue Optimus Maximus. Su nombre tenía la misma derivación que el de Zeus, lo que indica su función como dios de la luz y el que fuera armado con el rayo. Se erigieron altares y templos para su adoración y en su honor se celebraron festivales públicos. En cuanto a los sacrificios, tanto él como Zeus mostraron preferencia por los toros. Para ambos eran sagrados el águila, el roble y el olivo. El crecimiento de los sentimientos religiosos a menudo precede al desarrollo de la facultad artística en los hombres, y por tanto encontramos que en los tiempos más primitivos la presencia de un dios se simbolizaba mediante la presencia de un objeto natural. En el caso de Zeus era un roble, mientras que en el caso de Rea-Kybele era, como ya hemos visto, una piedra que se pensaba había caído del cielo. Los primeros esfuerzos artísticos para reproducir la imagen de un dios se llamaron xoana, y consistían en un pilar rudamente tallado como una figura humana vista en la distancia, estando la intención del artista más dirigida hacia la cabeza. La figura de Zeus Lambradeo representada en las monedas de Caria era de este tipo; la figura de Zeus con tres ojos que se halla en Argos y su figura sin orejas que se encontró en Creta eran también de este tipo. La piedad hizo que las imágenes burdas y extrañas de estas estatuas se mantuvieran hasta mucho después de que el arte de las esculturas se hubiera igualado con la producción de figuras imponentes. La estatua de Zeus en oro y marfil en Olimpia, de la que ya hemos hablado, le representaba sentado en su trono, y nos podemos hacer una idea de cómo era por la figura que aparece en las monedas de Elis, que sin duda son una copia de ella. El busto conocido como el Zeus de Otrícoli, es quizá el mejor ejemplo existente de la cara de Zeus como la concibieron los escultores griegos. Los atributos de Zeus son un águila, un cetro, un rayo, y en el caso de una antigua imagen de Caria, un hacha. Algunas veces se le representa con Hera a su lado, otras con Atenea, y algunas veces con ambas, o con Atenea y Hércules. Cuando abandona su trono generalmente es para levantar su poder contra un enemigo como los gigantes, porque en estas ocasiones siempre está armado con el rayo y está de pie como en acción de arrojarlo, o va conduciendo un carro ayudado por otros dioses, como se le ve frecuentemente representado en las antiguas jarras pintadas. Otro tema favorito de estas jarras es el nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus. En las obras de arte no se hace distinción entre Zeus y Júpiter, y es por esta razón por la que Roma no tenía una estatua distinguida propia. La lámina VII representa la infancia de Zeus en Creta. (Murray Alexanders)


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