Democracia y moral             

 

La dimensión moral de la democracia:
Lo pedía el Papa en su reciente visita al Reino Unido: la democracia necesita impulsar su dimensión moral. Estoy de acuerdo. Sólo que él apuntaba, en realidad, a la dimensión religiosa y yo creo que la religión, en una democracia, es un asunto privado, mientras que la moral, laica, es una cuestión pública. Las Constituciones democráticas, incorporan una gran dimensión moral: libertad, igualdad y fraternidad son conceptos que resumen todo un tratado sobre el ser humano, sus derechos y deberes y sus relaciones. Pura moralidad. Mucha gente piensa que el racionalismo ilustrado que construyó el mundo moderno está basado en el arrumbamiento de la moralidad.

Rousseau Montesquieu Barak Obama


Y nada más equivocado. En todo caso, desplaza a la religión como única moralidad recuperando principios morales laicos sobre los que basar la convivencia pública entre individuos. Desde ese punto de vista, es entendible que el máximo representante de una Iglesia pretenda recuperar el protagonismo social que tuvo en el pasado como única moral posible. Olvidando, eso si, que si la religiosa es la única moralidad imperante, acabamos abocados, de nuevo, a sociedades no democráticas (se reprime a quien no sea de la religión mayoritaria) y bélicas (la guerra de religiones).

Desde ese punto de vista, la moralidad laica de la Ilustración representó un gran paso adelante en la convivencia humana al hacer posible que vivieran y trabajaron juntos personas que tienen distintas opiniones sobre muchas cosas e, incluso, distintas creencias religiosas. El espacio liberal, laico y constitucional de convivencia es el único compatible con la democracia.

 Pero no por ello está exento de moralidad. Pensar que todos los seres humanos son iguales en derechos y oportunidades, es todo un principio moral de la democracia que muchas religiones no tienen o no practican en la medida en que marginan a las mujeres o proclaman la “guerra” al infiel. Como atribuir a los seres humanos unos valores intrínsecos que no se pueden expropiar o a los que se debe subordinar otros principios, o pensar que mediante impuestos y becas se mejora la equidad de oportunidades entre personas que no tienen responsabilidad de haber nacido en una familia con posibles o sin ellos. O pensar que el estado tiene obligaciones para con los individuos menos favorecidos.

Es posible que de los eslóganes ilustrados, debamos desarrollar algo más el de fraternidad porque es el que nos da sentido de pertenencia estableciendo los vínculos que nos hacen ser parte de algo. Pero, en el fondo, sólo la fraternidad constitucional, es decir, el saber que compartimos unos principios justos de ordenación de la convivencia de acuerdo, también, a principios morales, hace posible compatibilizar democracia con creencias morales y religiosas, aunque cada una de ellas en su ámbito.

La petición de los radicales americanos del Tea Party de “menos estado y más religión” es lo que proclaman los fundamentalistas en Irán. Esa moralidad no es compatible con una sociedad democrática y pacífica que incluya la religión sin construir desde ella la identidad colectiva excluyente. El Papa, por tanto, tiene razón cuando demanda reforzar los aspectos morales de la democracia. Pero se equivoca si con ello, se refiere, solo, a los valores religiosos.

Leyendo el último libro del intelectual de izquierdas Tony Judt, recientemente fallecido, me encuentro con una idea que comparto plenamente: en la política actual, “necesitamos un lenguaje de fines y no de medios, porque es necesario que adscribamos a nuestros actos un sentido que los trascienda”. Explicar, dirigido a la razón, más que estimular dirigido a los sentimientos. De nuevo, la identidad, como punto equivocado de construcción de un discurso político democrático. No entenderlo así, es una de las explicaciones al retroceso de la socialdemocracia en toda Europa. España incluida. (Jordi Sevilla, 2010)



Recuperación de los valores:
[La traición de la izquierda:]
Los intelectuales y los políticos comprometidos con la refundación de la izquierda europea deberían tenerlo muy claro: la mayor traición que la izquierda ha cometido a las clases populares es la renuncia a los valores. Porque la Europa del bienestar nació inspirada en grandes principios como la libertad, la igualdad y la solidaridad, pero se fraguó gracias a valores como el esfuerzo, la voluntad de superación, la austeridad, la honradez, la educación, el respeto y la cohesión familiar, que fueron compartidos por amplias capas de la sociedad, pero que las clases medias y trabajadoras asumieron con especial intensidad para convertirlos en las herramientas de su emancipación. Durante décadas, la izquierda estuvo comprometida con este proceso y trabajó para que las sociedades europeas compensaran el esfuerzo de las clases populares equiparando sus oportunidades a las de las clases privilegiadas. En todo este tiempo, millones de europeos accedieron a la plenitud de sus derechos de ciudadanía, en un proceso que culminó con la extensión gratuita y universal de la sanidad y la educación. Ni los utópicos más ambiciosos se habían atrevido a soñar una Europa tan igualitaria en sus oportunidades.

La responsabilidad de la izquierda:
Pero el bienestar trajo consigo una sociedad acomodada, autocomplaciente e indolente, que poco a poco ha dado paso a la indisciplina, el desorden y el abuso, y pone en riesgo las principales conquistas sociales del siglo XX. Paralelamente, intelectuales y dirigentes políticos de la izquierda se han perdido en propuestas disparatadas, pensadas más para satisfacer su vanidad y su ego intelectual que para ayudar a los más débiles, que deberían constituir su verdadera razón de ser. Preocupados sólo por la estética revolucionaria de sus planteamientos, los integrantes de esta izquierda desnortada han renegado de los valores tradicionales de nuestra sociedad y los han etiquetado como conservadores y contrarios al progreso. Poco a poco, la obsesión por dar rienda suelta a la libertad individual y por priorizar derechos para toda clase de minorías está ahogando la libertad y los derechos de la mayoría. Una traición en toda regla, porque se ha demostrado que la pérdida de valores en el conjunto de la sociedad está dinamitando el bienestar del que dependen trabajadores y clases medias, pero trae sin cuidado a los privilegiados que blindan a sus hijos en sistemas privados perfectamente competitivos. Hay ejemplos en todos los ámbitos: en educación, el desorden lo acaban pagando los más humildes, los últimos que han accedido a la enseñanza pública y gratuita y que ahora corren el riesgo de quedar fuera de la primera división educativa. En sanidad, los abusos de unos pocos están a punto de provocar grandes recortes en el sistema público, que castigarán sólo a los que no se puedan permitir coberturas complementarias. En el terreno laboral, los privilegios de unos pocos y los subsidios poco controlados los acaban pagando los más frágiles con la pérdida del trabajo. En seguridad, el desorden causado por algunas tolerancias excesivas también lo pagan los débiles: la historia nos recuerda que la razón y la justicia sólo se imponen en el imperio del orden; en el caos, en cambio, siempre ganan los fuertes.

Respobsabilidad de todos:
La responsabilidad de la izquierda es, pues, enorme, aunque no exclusiva. La pérdida de valores es culpa de todos los sectores sociales, y les afecta a todos ellos casi por igual, como demuestra el completísimo estudio Valors tous en temps durs, dirigido por Javier Elzo y Àngel Castiñeira, que fue presentado ayer en Esade. No sólo es evidente que el individualismo, el egocentrismo y una creciente amoralidad son características frecuentes en todos los segmentos de la sociedad y en todos los grupos políticos, sino que, de hecho, hoy ya es imposible trazar nítidamente las fronteras entre ellos. La pérdida de valores es una responsabilidad compartida casi desde el triunfo del desarrollismo: se da entre los partidarios de la derecha liberal y entre los socialistas; se da entre los radicales extraparlamentarios y se da muy especialmente entre los ex comunistas, que en su día cambiaron la vieja religión marxista por nuevos fanatismos e idolatrías. De hecho, todos somos culpables: lo somos los individuos uno a uno; lo son las familias que han abdicado de sus responsabilidades educativas; lo son muchas empresas que lo supeditan todo al éxito y al beneficio; y lo son también muchos ejecutivos que blindan a sus hijos en escuelas con valores, pero que contribuyen a hacerlos desaparecer de la sociedad desde su control de amplios sectores -como el ocio- que imponen modelos y pautas de conducta basados en el egoísmo, el materialismo y la vida fácil. Y, por supuesto, somos culpables los periodistas y los intelectuales. La crisis debería ser un estímulo para reaccionar. Ya no hay recursos para sostener la sociedad del ocio y del hedonismo, y una vez más los débiles acabarán pagando la fiesta. La defensa de las nuevas clases medias y bajas golpeadas por la crisis económica y por la crisis de los valores abre un campo enorme a la política. De ahí saldrán los grandes movimientos que renovarán la política en el futuro. Pero que no se equivoquen los viejos popes: a nadie le importará si ya no se llaman de izquierdas, pero deberán recuperar la defensa de los valores como primer compromiso. (Rafael Nadal, febrero 2011)

Gandhi



 Lo que yo creo: Una ética de izquierda:
He aquí algunas lecciones que he aprendido de mis maestros. Me he convertido en lo que Camus llamaría un “reformista radical”. Practico lo que Michel Foucault denominaría una “moral de la incomodidad”. Albergo la ambición de alcanzar una “felicidad sin obligación de trascendencia”, como creo que habría podido decir Spinoza. Se trata simplemente de una ética de izquierda. 1. Ya no quiero cambiar el mundo; quiero reformarlo. De hecho, creo que el mundo cambia por sí mismo mucho más deprisa que nuestro deseo de cambiarlo. Pero si quiero ser reformista no es solo porque haya renunciado a la revolución, sino porque creo en los progresos, y quiero subrayar que he escrito esta última palabra en plural. Es evidente que ya no se puede creer en el progreso en el sentido en que lo hacían Condorcet, Marx o Auguste Comte. Pero antes de que un águila le devorase el hígado, Prometeo consiguió robar ciertos secretos a Zeus; y entre ellos había algunos que hicieron posible que la humanidad diera un enorme salto hacia en el conocimiento. La reforma consiste en hacer desaparecer aquellos secretos que resultaron ser maléficos. 2. El siglo anterior debería conducirnos a desconfiar de todas las revoluciones, a comprender todas las resistencias y a abrazar el espíritu reformista. A condición que esta conversión se lleve a cabo con un radicalismo que impida que los compromisos se conviertan en componendas. El “reformismo radical” excluye todo relativismo desencantado. Mendes-France decía que la tensión reformadora debe inocular constantemente patetismo en la virtud. La democracia debe ser una pasión. 3. La explosión de los dogmas y de las ideologías debería condenarnos a la humildad y a un verdadero culto de la complejidad. Al margen de las justas políticas y los divertimentos de las polémicas, lo perentorio ya no es soportable. En lo que a mí respecta, he decidido interesarme siempre por las razones de quienes están en desacuerdo conmigo. En este terreno, mi maestro es Raimundo Lulio, un monje mallorquín del siglo XIII que invitaba a los impíos a no escoger entre los tres monoteísmos, sino a formarse su propia síntesis personal. 4. La sabiduría consiste ahora en no separar nunca los conceptos de libertad e igualdad. La primera sin la segunda conduce a la jungla de las competiciones. La igualdad sin libertad lleva a la uniformidad y a la tiranía. Tampoco se debería separar nunca la preocupación por la creación de riquezas de la preocupación por su reparto. El hombre sigue siendo la meta de toda creación. 5. Desde esta óptica, el dinero solo puede ser el símbolo de unamercancía y el instrumento que sirve para hacerla circular mejor. Cuando la especulación conduce a considerar el dinero como un fin y no como un medio, en otras palabras, cuando el capital se “financiariza”, la sociedad entera se transforma en una bolsa de valores que ya solo puede optar entre un individualismo cínico y un latrocinio organizado. 6. Según Marx, la violencia viene provocada por el paso de una sociedad a otra, como ocurrió durante la transición del feudalismo al capitalismo. Solo en este caso considera que la violencia es progresista o, si se quiere, revolucionaria. Contrariamente a lo que se repite por doquier, esta noción no es hegeliana. Hegel elogió la Revolución (1789), pero no el Terror (1793), en el que no vio un progreso, sino todo lo contrario: una regresión. No existe pues una fatalidad progresista de la violencia, sino al revés. Soy partidario de una no violencia ofensiva y no sacrificial. 7. No obstante, puede ocurrir que una guerra a la vez “inevitable e inexcusable” sea necesaria por razones de autodefensa. Pero solo podría ser declarada como último recurso, después de descartar todas las demás soluciones. Una vez que se ha decidido ir a la guerra, hay que tener en mente tres reflexiones: a) “Sí, a veces hay que resignarse a la guerra, pero sin olvidar nunca que, pese a la equidad de la causa, eso significa participar de la eterna locura de los hombres” (Barack Obama); b) “Cada vez que un oprimido toma las armas en nombre de la justicia, da un paso en el campo de la injusticia” (Camus); c) “La justicia, esa fugitiva que a menudo deserta del campo de los vencedores” (Simone Weil). 8. No está en el destino de una víctima el seguir siéndolo; después de liberarse, puede convertirse en verdugo. Todos aquellos que aceptan responder a la barbarie con la barbarie, utilizando las mismas armas que sus enemigos y traicionando así los valores por los que combaten deberían tener presente este pensamiento. En tal caso, no hay inocentes, solo vencedores o muertos. En una época en la que la fragmentación de los dogmas y los conflictos de la fe conducen a los fanatismos y en la que cada vez es más difícil hablar de valores universales, un odio debe imponerse -y la palabra no es demasiado fuerte-: el odio hacia todos los absolutos. El principio del exterminio de un pueblo constituye el mal absoluto. Los supervivientes de Auschwitz y Ruanda no deben decirse: “Nosotros nunca más”, sino “esto nunca más”. 9. Ya en mi más tierna infancia aprendí a considerar la humillación como uno de los peores males de la humanidad. Más aun que las opresiones, las ocupaciones y las alienaciones, la humillación es lo que más profundamente hiere el alma de un individuo o una colectividad. Y lo que está detrás de las revoluciones controladas y de las revoluciones fanáticas. 10. Hay varios medios para no colocar nuestro sillón en el sentido de la resignación ante las desgracias de la vida y la maldición de los hombres. Por ejemplo, considerar que “la vida no es nada, pero nade vale más que una vida” (Malraux), que “no hay que buscar a Dios en ninguna otra parte que en todas partes” (Gide) y que solo la admiración que se transforma en amor puede impedirnos ver la vida como “un cuento lleno de ruido y furor contado por un idiota y que no significa nada” (Shakespeare). De todas formas, como dice magníficamente François Cheng, “todos los juicios, todos los cultos y todos los ritos pueden desaparecer, salvo uno solo, el de la Belleza”. (Jean Daniel, 06/05/2011)

(*): Empecemos por recordar la esencia de la propia democracia, un sistema que no se basa sólo en normas y procedimientos, sino que requiere hábitos y modos de actuar por parte de sus representantes y representados. Una forma de gobierno que debe promover la participación de todos, la legítima competencia de los partidos, la austeridad en el gasto del dinero público, y sobre todo, la limpieza y la transparencia en la gestión. Vamos a recuperar un par de cosas obvias podridas por los rincones, como ese Código del Buen Gobierno que aprobó un Consejo de Ministros en el año 2004. Y que incluía, entre sus mandamientos que los representantes y los cargos públicos evitarán cualquier manifestación externa ostentosa o inapropiada que “pueda menoscabar la dignidad con la que ha de ejercerse el cargo público”. (J.M.Atencia)


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