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Primo de Rivera despachando con Alfonso XIII Hundimiento del Wilhelm Gustloff:
Entre los fugitivos de que Bormann hablaba se encontraban 30.000 que pugnaban por llegar a Alemania en cuatro buques mercantes. El convoy iba destinado a un puerto cercano a Hamburgo y ya estaba contorneando la península de Hela, abandonando el golfo de Danzig para entrar en el mar Báltico. El mayor de los barcos era el «Wilhelm Gustloff», de 25.000 toneladas, que nunca había llevado tantos pasajeros: 8.000 civiles y 1.500 jóvenes que recibían instrucción para la navegación submarina, es decir, ocho veces el número de pasajeros que transportaba habitualmente el «Lusitania». Nadie sabía con exactitud la cantidad de personas aterrorizadas que habían subido a bordo en el puerto de Danzig. Aunque todo el mundo debía tener sus billetes y los papeles de evacuación en regla, eran muchos los que se habían introducido subrepticiamente a bordo. Algunos hombres se escondieron en cajones y otros adoptaron algún disfraz. Se supo de algunos refugiados que llegaron a extremos aún más vergonzosos con el fin de escapar de los rusos. Recientemente, en Pillau, donde sólo se consentía subir a bordo del buque a los adultos con niños, algunas madres arrojaban sus criaturas desde la borda a los parientes que estaban en el muelle. El mismo niño era utilizado de este modo cerca de una docena de veces. En la confusión algunos chiquillos cayeron al agua, y otros fueron a parar a manos de extraños. Cuando el «Wilhelm Gustloff» ponía rumbo al Oeste, hacia el encrespado Báltico, salió a cubierta Paul Uschdraweit, uno de los valerosos funcionarios de distrito que desafió al gauleiter Koch, dejando que las gentes evacuasen sus tierras. El también había conseguido escapar a duras penas del Ejército Rojo, en compañía de su chófer, Richard Fabian. El resto del convoy iba bordeando las costas de Pomerania con el fin de evitar a los submarinos rusos, pero el «Wilhelm Gutsloff» tenía mucho calado y navegaba solo, con la única compañía de un dragaminas, a una milla de distancia. En ese momento el capitán anunció por los altavoces que los hombres que tuvieran salvavidas debían entregarlos, ya que no había bastantes para las mujeres y los niños. Tampoco debía usarse ninguna linterna o aparato de radio. En el Báltico reinaba un fuerte oleaje, y la mayoría de las mujeres y los niños se marearon fuertemente. Como estaba prohibido asomarse por la borda, el hedor no tardó en hacerse insoportable. Los enfermos fueron llevados a la parte central del buque donde el balanceo era menos perceptible. Uschdraweit halló una tumbona y se tendió en ella, pues en los últimos días apenas sí había dormido. Mientras se disponía a descabezar un sueño se preguntó si volvería a ver a su mujer alguna vez. También pensó que aún en el caso de llegar a salvo a Alemania, tal vez le castigasen por haber desobedecido las órdenes del gauleiter Koch. Cuando se hallaba a veinticinco millas de la costa de Pomerania, el buque puso proa al Oeste. Cierto número de luces seguían aún encendidas en la nave, que recortaba su silueta contra las oscuras aguas del Báltico. A las 21,10 Uschdraweit fue despertado por una sorda explosión. Aún estaba tratando de recordar en qué lugar se hallaba, cuando oyó la segunda detonación. Su chófer, Fabian, salió corriendo sin hacer caso de los gritos de Uschdraweit. Se produjo una tercera explosión y se extinguieron las luces, que deberían haberse apagado horas antes. Por el lado de babor acechaba un submarino ruso, esperando para disparar el cuarto torpedo, si se hacía necesario, o para hundir a otro buque que acudiese en ayuda del «Wilhelm Gustloff». Uschdraweit creyó que habían sido bombardeados, hasta que notó que el buque escoraba a babor. Entonces comprendió que las explosiones habían sido causadas por torpedos. Tanteando, avanzó a través de un pasillo en tinieblas, y al fin pudo encontrar su equipaje. Sacó del mismo una chaqueta forrada de piel, un gorro de esquiar, una pistola y una caja de mapas que contenía documentos oficiales. Abrió una ventana y saltó a la cubierta de paseo, que se hallaba más abajo. Allí no estaba tan oscuro, y encontró una puerta que comunicaba con la proa. Corrió hacia ella y en el camino se cruzó con un grupo que se dirigía lleno de pánico hacia el puente, sin chalecos salvavidas. En las puertas, los hombres se abrieron paso a la fuerza entre los aterrados grupos de mujeres y niños. Los oficiales del buque trataron de evitar el pánico. Algunos extrajeron sus pistolas e hicieron ademán de disparar, pero no se sintieron capaces de ello y la turba los echó a un lado. El buque tenía ya una inclinación de 25 grados a babor. En la sala de máquinas, los hombres se hallaban aún en sus puestos, mientras otros tripulantes cerraban los accesos de los compartimientos inundados y hacían funcionar las bombas. En las cubiertas, los marineros trataban de echar al agua las lanchas salvavidas del costado de babor, pero los pescantes estaban helados por completo y no respondían a la maniobra. A pesar de ello, los frenéticos viajeros apartaban a los marineros y se introducían en los botes. En la proa, Uschdraweit observó que se lanzaban al aire cohetes rojos —señal de socorro— y confió en que otros buques acudiesen en ayuda de la nave torpedeada. Junto a él se desarrollaban escenas estremecedoras. Centenares de pasajeros, gritando histéricamente, corrían hacia la popa, que adquiría por momentos mayor altura. Un pescante de acero cayó junto a él, y lo pudo evitar a duras penas, saltando de costado. El «Wilhelm Gustloff» se inclinaba cada vez más, y Uschdraweit comenzó a oír gritos de angustia. Al volverse, observó que una mujer, con su niño de la mano, caían desde un bote al agua. Alguien cogió por un brazo a Uschdraweit. Era una mujer con la que había hablado durante la larga espera en el muelle. La mujer tenía un niño en brazos y dos asidos a su falda. —¡Socórrame, por favor! —exclamó—. Usted es hombre, y tiene que conocer alguna solución. A Uschdraweit no se le ocurría nada. Todos los botes se habían marchado. Luego recordó las balsas neumáticas, y dijo a la mujer: —Quédense conmigo. Trataré de salvarla a usted y los niños en una balsa. —¡Está usted loco! Mis hijos no soportarán el agua helada —replicó la mujer, con acento indignado—. Ustedes, los hombres, sólo saben dar vueltas sin hacer nada. Con la mirada llena de pánico, la mujer empujó a sus hijos por un pasillo y se dirigió hacia el puente de proa. La reacción de la mujer sacó de quicio a Uschdraweit. Miró hacia las olas. Reinaba una temperatura rigurosa, por debajo de los cero grados. Oyó varios disparos de pistola, por encima de los alaridos, y las heladas olas salpicaron su rostro. Un temor irracional se adueñó de él. No quería morir; no quería dejar sola a su mujer en un mundo semejante. Al fin pudo dominarse. «Muere dignamente», pensó. Recordaba que un oficial del buque le había ordenado que no fumase a bordo. El, bromeando, le contestó: «Supongo que podré fumar, si el barco se hunde.» Decidió entonces fumar un cigarrillo antes de que llegara la muerte. Después de unas chupadas, tiró el cigarrillo por la borda. Encendió otro, y volvió a arrojarlo nerviosamente. Por fin, pudo fumar el tercer cigarrillo hasta el final. —¿Cómo puede usted fumar en un momento como éste?—oyó que alguien le decía en tono de reproche. Era un alto oficial de la OT (Organización Todt), que lucía la Cruz de Hierro. —Tome usted un cigarrillo. De todos modos, esto habrá concluido dentro de poco. El hombre miró a Uschdraweit como si éste hubiera perdido el juicio; dijo algo más y luego se marchó. Un marinero que se hallaba junto a la borda se quitó el uniforme y se lanzó al agua. Una alta silueta se acercó penosamente a Uschdraweit, en la semioscuridad. Era uno de los cadetes submarinistas, que tenía pálido el rostro y los ojos muy abiertos. Señaló a su muslo, donde se advertía el hueso saliendo por una rotura de su pantalón de fajina, entre la sangre que se deslizaba al suelo, manchando la cubierta helada. —¿Qué te ha sucedido, muchacho?—inquirió Uschdraweit. —Me encontraba abajo... y me hirió un trozo de metralla. Ya no tengo salvación. Bajo cubierta... se han ahogado por millares, como ratas... y pronto me ocurrirá a mí lo mismo. El muchacho se volvió y se alejó lentamente. Tres buques acudían al rescate: dos destructores de 600 toneladas, el «T-36» y el «Löwe», y una barcaza. Poco antes de las diez de la noche, el capitán Hering, del «T- 36», avistó el buque siniestrado. Cuando acercaba su navío, observó que la barcaza se encontraba junto al «Wilhelm Gustloff», pero el oleaje era tan intenso que las dos embarcaciones comenzaron a chocar peligrosamente entre sí. La gente saltaba llena de pánico desde las cubiertas del buque a las de la barcaza. Algunos cayeron bien, pero otros lo hicieron entre ambos barcos y fueron aplastados por los cascos de los mismos. Hering comprendió que sería inútil tratar de acercarse, ya que el destructor podía sufrir una vía de agua en el costado. Lo único que podía hacer era permanecer en el lugar y recoger a los supervivientes. Ordenó parar las máquinas, a fin de que el sonar pudiese localizar más fácilmente a los submarinos enemigos, que según sus sospechas, deberían de estar acechando debajo, en espera de nuevas víctimas. Sin darse cuenta de que los buques de salvamento estaban cerca, Uschdraweit se aferraba a la borda para no resbalar por la inclinada cubierta. La proa del «Wilhelm Gustloff» ya se hallaba casi por completo bajo el agua, cuando divisó a un teniente. Uschdraweit dijo: —Todo ha concluido, ¿verdad? El teniente se acercó. Era el oficial del buque que le había ordenado no fumar. —Venga, vamos a salvarnos —dijo a Uschdraweit—. Vaya hacia popa y ayúdenos a lanzar al agua la balsa. Rápido, o será demasiado tarde. Con el viento silbándole en los oídos, Uschdraweit se dirigió cautelosamente hacia la parte posterior del buque. El teniente y tres cadetes soltaron la balsa, que se deslizó, yendo a golpear a Uschdraweit en las espinillas. Helada como una roca, la balsa no le fracturó las piernas gracias a las pesadas botas que calzaba. El dolor fue intenso, pero Uschdraweit no le prestó mucha atención. Cuando entre los cinco hombres lograron asir la balsa, una gran ola les lanzó contra las ventanas del puente. Uschdraweit vio a la gente mirarle desde el otro lado de los cristales como si fueran peces en un armario. Era como una horrible pesadilla. La ola siguiente arrojó a Uschdraweit al mar. El repentino chapuzón le proporcionó mayores energías, y nadó con fuerza hacia la balsa, que ya flotaba sobre las olas. Por algún motivo incomprensible, su miedo se había desvanecido. El y los otros cuatro hombres se aferraron a las cuerdas de la balsa. —¡Remad, remad con los brazos! ¡Vamos hacia nuestra salvación! —exclamó el teniente. Los cinco hombres se aferraron a la balsa con una mano y con la otra chapotearon desesperadamente en el agua. Cuando habían recorrido unas cincuenta brazas, Uschdraweit notó que la chaqueta de pieles y las botas le arrastraban hacia el fondo. Trató de subirse a la balsa, pero el teniente le dijo que esperase a que recorriesen otras cincuenta brazas. Por fin todos treparon sobre la balsa, y por primera vez Uschdraweit creyó que podrían salvarse. Miró hacia atrás y vio la popa del buque levantada, como una alta torre. Alcanzaba a percibir centenares de alaridos de mujeres y niños. Los pavorosos lamentos estuvieron a punto de volverle loco. Fue lo más horrible de aquella espantosa noche. El buque se hundía cada vez más de proa. Los mamparos comenzaron a crujir y al cabo reventaron, inundando el agua las cubiertas inferiores. Cuando el «Wilhelm Gustloff» se inclinó profundamente hacia un lado, los gritos se hicieron aún más agudos. Uschdraweit, con el rostro contraído por el sufrimiento también gritó: —¡Si esto no acaba pronto...! Pero el teniente le retuvo por un hombro. El balanceo del buque se acentuó, y el «Wilhelm Gustloff», con la sirena sonando, cayó totalmente de costado. Los cinco hombres contemplaron la sombra del buque que se hundía cada vez más rápido, hasta que desapareció por completo. —¡Hay alguien nadando! —exclamó el teniente. Uschdraweit vio un brazo que salía del agua y tiró del mismo, consiguiendo izar a un joven marinero a la balsa. Ahora eran seis, y permanecieron temblando de frío, sentados en la balsa, mientras contemplaban silenciosamente el mar. Varios cadáveres flotaban cerca de la balsa, con sus chalecos salvavidas puestos. Los seis hombres estaban demasiado deprimidos para hablar. De vez en cuando divisaban sobre las olas uno de los botes salvavidas, no muy lejos. Pero nada más. Era la única señal de vida que veían a su alrededor. Sobre la balsa, Uschdraweit notó que el agua le subía lentamente por las piernas, pero no dijo nada. —Creo que nos hemos hundido un poco —manifestó el teniente. Cuando la ola siguiente les permitió divisar el bote salvavidas cercano, el teniente les ordenó que remaran con la mano. Luego gritó al bote que los admitiesen a bordo, pero alguien contestó que la embarcación ya iba sobrecargada. Cuando los seis hombres trataron de aproximarse más en la balsa, el bote se alejó rápidamente, impulsado por los remos. Uschdraweit empleaba un trozo de madera como remo, hasta que se dio cuenta de que tenía las manos insensibles. Arrojó la madera al agua, volvió a utilizar las manos de nuevo, y al momento pareció restablecerse la circulación. El teniente regañó a los muchachos, ordenándoles que siguieran remando. Estos gruñeron, pero terminaron obedeciendo. El «T-36» y el «Löwe» iban a la deriva en la oscuridad, con las máquinas paradas y unas redes tendidas a los lados para recoger a los supervivientes. De improviso, el sonar del «T-36» localizó un submarino. Hering dio las órdenes oportunas y se alejó un poco del lugar. —¡Miren, un destructor nuestro! —gritó alguien en la balsa, y todos comenzaron a remar frenéticamente. Uschdraweit no alcanzaba a ver nada, hasta que una sombra oscura surgió enfrente. Luego el haz de un reflector barrió las aguas e iluminó la balsa. Las olas aproximaron más a los náufragos al destructor. Cuando estuvieron junto al costado del mismo, el teniente asió un cabo que lanzaron desde el «T-36», y en seguida los cuatro jóvenes treparon a bordo. Uschdraweit dijo al teniente que subiera, pero éste replicó: —Vamos, apresúrese; yo seré el último. Alguien cogió por el brazo a Uschdraweit y le izó a bordo del destructor. Mientras trataba de conservar el equilibrio, sobre la cubierta, Uschdraweit vio que un golpe de mar alejaba la balsa del «T-36», con el teniente aún sobre ella. Los marineros ayudaron a Uschdraweit a bajar al entrepuente, le quitaron las ropas y le envolvieron en una manta, dejándole sobre una hamaca. Todo su cuerpo se estremecía con los temblores. El repentino calor le resultaba aún más penoso que el frío, pero en lo único que pensaba era en el teniente, alejándose en la balsa después de haberles salvado a ellos la vida. El capitán Hering extrajo a más de seiscientas personas de las heladas aguas del Báltico. Algunos estaban ya muertos por congelación, y a una buena parte de ellos les faltaba poco para dejar de existir. Luego apareció un segundo submarino en la pantalla del sonar, y el T-36 se vio obligado a huir en zig zag, para evitar los torpedos. En ese momento se dejó oír con estruendo la voz del Führer a través de los altavoces, ensalzando los doce años de grandeza transcurridos desde que asumiera el poder. Después la voz se interrumpió repentinamente. Se presentó en seguida un oficial, el cual dijo a los náufragos que no se asustaran, ya que iban a lanzar algunas cargas de profundidad. Le interrumpió un sordo rumor, y el buque se estremeció. Luego se oyó otra serie de detonaciones espaciadas. El duelo mortal siguió durante un buen rato. El submarino lanzó otro torpedo, y una vez más el comandante Hering maniobró el «T-36» eludiendo el peligro. Las mujeres y los niños gemían aterrados, pues habían creído hallarse a salvo en el destructor. Cerca de Uschdraweit se hallaba un muchacho de dieciséis años por cuyo rostro se deslizaban profusamente las lágrimas. Contó a Uschdraweit que cuando anunciaron en el «Wilhelm Gustloff» que sólo las mujeres y los niños podrían utilizar los chalecos salvavidas, él entregó en seguida el suyo. Entonces su madre le convenció para que aceptase el de ella, ya que podría salvarla si se lo ponía. Pero en la confusión de los últimos momentos ambos quedaron separados. —Si yo no hubiera cogido el salvavidas de mi madre, a estas horas ella viviría — dijo a Uschdraweit—. Además, yo sé nadar. Sólo 950 personas fueron salvadas por los buques de rescate, muriendo más de 8.000 en el que fue el mayor de los desastres marítimos, pues hubo más de cinco veces el número de víctimas que se produjeron cuando el hundimiento del «Titanic». Al amanecer del siguiente día, mientras el «T-36» se dirigía hacia Kolberg, se ordenó a todos los supervivientes varones que se reunieran en cubierta. Uschdraweit trepó por la escalerilla. Allí, frente a la puerta, se hallaba Fabian, su chófer. Llenos de emoción, los dos hombres se dieron un fuerte abrazo. (Los últimos cien días, John Toland)

 

 

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