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El papa Julio II



Julio II El papa Julio II:
Así como la tiara papal lo había eludido dos veces, el cardenal Della Rovere ahora la perdió por tercera vez. Su adversario más poderoso, y un contendiente soberbio, era el cardenal francés d'Amboise. También César Borgia que dominaba un sólido grupo de once cardenales españoles, era una tercera fuerza, sombríamente decidida a elegir a un español que fuera su aliado. Fuerzas armadas de Francia, España, de los Borgia, de los Orsini y de varias facciones italianas ejercieron presión en favor de sus diversos intereses, mediante una presencia intimidadora. Dadas las circunstancias, los cardenales se retiraron a su cónclave, dentro de los muros fortificados del castillo Sant'Angelo, y sólo después de alquilar tropas mercenarias para su protección, se trasladaron al Vaticano. Hubo muchos que habrían podido ser en esta elección. Una vez más, surgió un papa accidental, cuando los principales candidatos se anularon unos a otros. Los votos españoles fueron anulados por tumultuosos gentíos, que gritaban su odio a los Borgia, lo que hacía imposible la elección de otro español. D'Amboise fue anulado por las abiertas advertencias de Della Rovere de que su elección resultaría en el traslado del papado a Francia. Los cardenales italianos, aunque abrumadora mayoría del Colegio, se dividieron en apoyo de diversos candidatos. Della Rovere recibió la mayoría de los votos, pero le faltaron dos para alcanzar los dos tercios necesarios. Encontrándose bloqueado, dio su apoyo al piadoso y digno cardenal de Siena, Francesco Piccolomini, cuya avanzada edad y mala salud parecían indicar un breve reinado. En esta situación, Piccolomini fue elegido, y tomó el nombre de Pío III en honor de su tío, el antiguo Eneas Silvio Piccolomini, que había sido Pío II. El primer anuncio público del nuevo papa fue que se dedicaría inicialmente a la reforma, empezando en lo alto, por la corte papal. Hombre culto y leído, como su tío, aunque de temperamento más estudioso y reservado, Piccolomini había sido cardenal durante más de cuarenta años. Activo al servicio de Pío II, pero fuera de lugar en la mundana Roma de los años siguientes, se había quedado en Siena durante los últimos pontificados. Aunque poco conocido, gozaba de una reputación de bondad y castidad, instantáneamente apreciada por el anhelo público de un “buen” papa, que sería lo opuesto de Alejandro VI. El anuncio de su elección provocó tumultos de regocijo popular. Los prelados reformistas se sintieron felices de que por fin el gobierno de la Iglesia se hubiese confiado a un pontífice que era “depósito de todas las virtudes y morada del Espíritu Santo de Dios”163. Todos están llenos, escribió el obispo de Arezzo, “con las más altas esperanzas de reforma de la Iglesia y el retorno de la paz”164. La vida religiosa y ejemplar del nuevo papa prometía “una nueva época en la historia de la Iglesia”. Esta nueva época no sería. A los 64 años, Pío III era viejo para su época, y estaba debilitado por la gota. Bajo la carga de audiencias, consistorios y las largas ceremonias de consagración y coronación, fue debilitándose día tras día y falleció, habiendo reinado durante 26 días. El fervor y la esperanza con que se había recibido a Pío III eran medida del anhelo del cambio, y suficiente advertencia de que un papado que se concentrara en cosas temporales no estaba sirviendo a los intereses fundamentales de la Iglesia. Si esto fue reconocido, tal vez por una tercera parte del Sacro Colegio, éstos no eran más que paja al viento de una sola y feroz ambición.

San Pedro Elección:
En la nueva elección, Giuliano della Rovere, empleando “inmoderadas y totales promesas”, cohecho, cuando fue necesario, y para asombro general, arrastrando a todas las facciones y anteriores adversarios a su propio campo, obtuvo por fin la tiara papal. Fue elegido en un cónclave de menos de 24 horas, el más breve en la historia. Un ego monumental se expresó en el cambio de su nombre, por sólo una sílaba, para recibir el nombre papal de Giulio, o Julio II. Julio se encuentra entre los grandes papas por causa de sus realizaciones temporales, entre ellas su fértil asociación con Miguel Ángel, pues el arte, después de la guerra, es el gran inmortalizador de reputaciones. Sin embargo, tanto como sus tres predecesores, se olvidó de los fieles que estaban a su cargo. Sus dos pasiones absorbentes, no motivadas por avaricia personal ni por nepotismo, eran la restauración de la integridad política y territorial de los Estados papales y el embellecimiento de su Sede y perpetuación de sí mismo por medio de los triunfos del arte. Logró importantes resultados en estos esfuerzos que, siendo visibles, han recibido amplia difusión, como suelen hacerlo las marcas visibles de la historia, mientras que el aspecto importante de su reinado, su falta de visión ante la crisis religiosa, ha sido pasado por alto, como suelen, asimismo, pasar las cosas invisibles de la historia. Las metas de su política eran enteramente temporales. Pese a su fuerza dinámica, perdió la oportunidad, como escribió Guicciardiní, de “promover la salvación de las almas para las cuales era el vicario de Cristo en la Tierra”. Impetuoso, violento, autocrático, sin escrúpulos, difícil de contener, Julio era un activista, demasiado impaciente para consultar a nadie y casi nunca escuchaba consejos. En cuerpo y alma, informó el embajador de Venecia, “tiene la naturaleza de un gigante. Todo lo que ha estado pensando la noche anterior ha de efectuarse inmediatamente a la mañana, e insiste en hacerlo todo por sí mismo”. Ante resistencia u opiniones contrarias, “se muestra sombrío y cambia de conversación o interrumpe al que está hablando con una campanilla que mantiene sobre la mesa cercana”. También él padecía de gota, así como de una enfermedad de los riñones y otros achaques, pero ninguna enfermedad del cuerpo contenía su espíritu. Sus apretados labios, el color de su piel, sus “terribles” ojos oscuros, marcaban un temperamento implacable, que no estaba decidido a ceder ante ningún obstáculo. Terribilità era la palabra con que los italianos lo describían. Habiendo quebrantado el poderío de César Borgia, Julio procedió a neutralizar a las facciones de los barones romanos, en guerra, mediante juiciosos matrimonios de los parientes de Della Rovere con Orsinis y Colonnas. Reorganizó y fortaleció la administración papal, mejoró el orden en la ciudad por medio de severas medidas contra los bandidos y los asesinos pagados y duelistas que habían florecido en tiempo de Alejandro. Contrató la Guardia Suiza, protectora del Vaticano, y efectuó giras de inspección por los territorios papales. Su programa por consolidar el gobierno papal empezó con una campaña contra Venecia para recuperar las ciudades de la Romaña, que Venecia había arrebatado a la Santa Sede, y en esta aventura contó con la ayuda de Francia, en alianza con Luis XII. Emprendió negociaciones, en diplomacia local o multinacional: para neutralizar a Florencia, para comprometer al emperador, para activar a sus aliados, para dislocar a sus adversarios. En sus intereses comunes si bien conflictivos, todos los participantes en las guerras de Italia tenían designios sobre las extendidas posesiones de Venecia, y en 1508 los bandos se fundieron en una coalición llamada la Liga de Cambray. Las guerras de la Liga de Cambray en los cinco años siguientes muestran toda la coherencia lógica de los libretos de ópera. Fueron dirigidos en gran parte contra Venecia hasta que los bandos se volvieron contra Francia. El papado, el Imperio, y España y un importante contingente de mercenarios suizos tomaron parte en un cambio de alianza tras otro. Mediante una magistral manipulación de las finanzas, la política y las armas, ayudado por la excomunión cuando el conflicto se ponía difícil, el papa logró recuperar, a la postre, los Estados del patrimonio que Venecia había absorbido.

Dirección personal de ejércitos:
Mientras tanto, y contra todo consejo, la pugnacidad de Julio se extendió a la recuperación de Bolonia y de Perusa, las dos ciudades más importantes del dominio papal, cuyos déspotas, además de oprimir a sus súbditos, virtualmente se desentendían de la autoridad de Roma. Anunciando su intención de ponerse al mando personalmente, y rechazando las escandalizadas objeciones de muchos de los cardenales, el papa asombró a Europa al ponerse a la cabeza de su ejército en su marcha hacia el norte en 1506. Años de beligerancia, conquistas, pérdidas y violentas disputas le aguardaban. Cuando en el curso normal de la política italiana Ferrara, feudo papal, cambió de bando, Julio, movido por la rabia ante la rebelión y el progreso dilatorio de sus fuerzas punitivas, volvió a ponerse al mando, al frente de su ejército. Con casco y cota de malla, el papa de barba blanca, que acababa de levantarse de una enfermedad, tan cerca de la muerte que se habían tomado ya disposiciones para convocar a un cónclave, dirigió un sitio, entre la nieve, soportando los rigores de un severo invierno.168 Estableciendo su cuartel general en una choza de campesino, continuamente estaba a caballo, dirigiendo las tropas y las baterías, galopando entre sus soldados, reconviniéndolos o alentándolos y guiándolos personalmente a través de una brecha en la fortaleza. “Ciertamente, era muy insólito ver a un Sumo Sacerdote, el vicario de Cristo en la Tierra... empleado, en persona, en dirigir una guerra excitada por él mismo entre cristianos... y no reteniendo de Pontífice más que el nombre y las ropas”. Los juicios de Guicciardini están imbuidos por su desprecio a todos los papas de su época, pero a muchos otros el espectáculo del Santo Padre como guerrero e instigador de guerras les resultaba desalentador. Los buenos cristianos se escandalizaron. Julio fue impulsado en esta empresa por su furia contra los franceses que, mediante una larga serie de disputas, se habían vuelto sus enemigos y a los que se había unido Ferrara. El agresivo cardenal d'Amboise, tan resuelto a ser papa como Julio antes que él, había convencido a Luis XII de exigir tres cardenalatos franceses como precio por su ayuda. Contra su voluntad, Julio aceptó por contar con la ayuda francesa, pero las relaciones con su viejo rival se habían enconado, y surgieron disputas. Dijose que las relaciones del papa con la Liga dependían de si su odio a d'Amboise resultaba mayor que su enemistad contra Venecia. Cuando Julio apoyó a Génova en sus esfuerzos por sacudirse el yugo francés, Luis XII, espoleado por d'Amboise, hizo mayores reclamaciones de derechos franceses en la asignación de beneficios. Al extenderse el área de conflicto, Julio comprendió que los Estados papales nunca quedarían firmemente establecidos mientras los franceses ejerciesen poder en Italia. Habiendo sido antes el “fatal instrumento” de su invasión, ahora dedicó todos sus esfuerzos a expulsarlos. La inversión de su política, que requería todo un nuevo conjunto de alianzas y acuerdos, atemorizó a sus compatriotas y hasta a su enemigo. Luis XII, según dijo Maquiavelo, por entonces enviado florentino en Francia, “está resuelto a reivindicar su honor aun si pierde todo lo que posee en Italia”. El rey, vacilando entre la moral y los procedimientos militares, amenazó a veces con “colgar a un concilio del cuello (del papa)” y en otros momentos, con d'Amboise a su lado, amenazó con “conducir un ejército hasta Roma y deponer personalmente al papa”171. La visión no sólo de triunfar sino remplazar al papa trató al cardenal d'Amboise. También él se había contagiado del virus de la locura... o de la ambición, uno de sus grandes componentes. En julio de 1510, Julio rompió relaciones con Luis, cerrando la puerta del Vaticano al embajador francés. “Los franceses en Roma”, informó alegremente el enviado de Venecia, “salieron a hurtadillas, con aspecto de cadáveres”. Julio, por lo contrario, se sintió robustecido por visiones de él mismo obteniendo gloria como libertador de Italia. En adelante, Fuori i barbari! (¡Fuera los bárbaros!) fue su grito de batalla. Audaz en su nueva causa, ejecutó una inversión completa para unirse con Venecia contra Francia. Ayudado también por España, siempre deseosa de echar de Italia a los franceses, la nueva combinación, llamada la Liga Santa recibió la adición de los suizos. Reclutados por Julio, en condiciones de subsidio anual, durante cinco años, tenían por comandante al marcial obispo de Sion, Mattahaüus Schinner. Éste, espíritu afín al del papa, odiaba a sus poderosos vecinos, los franceses, aún más que Julio, y dedicó sus talentos, en cuerpo y alma, a derrotarlos. Desgarbado, de nariz larga, con energías ilimitadas, era un intrépido soldado y un fascinante orador, cuya elocuencia antes de las batallas movía a sus tropas, “como el viento mueve las olas”. La lengua de Schinner, se quejó el siguiente rey de Francia, Francisco I, causó a los franceses más dificultades que las formidables albardas suizas. Julio le nombró cardenal al ingresar en la Liga Santa. En años posteriores y en batallas contra Francisco I, Schinner entró en combate llevando su capelo y sus rojas ropas cardenalicias, después de anunciar a sus tropas que deseaba bañarse en sangre francesa. La adición de otro clérigo marcial, el arzobispo Bainbridge, de York, a quien Julio nombró cardenal al mismo tiempo que elevó a Schinner, hizo más profunda la impresión de un pontificado adicto a la espada. “¿Qué tienen en común el casco y la mitra?”, preguntó Erasmo, refiriéndose claramente a Julio, aunque aguardando, prudentemente, a que hubiese muerto para preguntarlo. “¿Qué asociación hay entre la cruz y la espada, entre el Libro Sagrado y el escudo? ¿Cómo te atreves, obispo, que ocupas el lugar del apóstol, a enseñar la guerra a tu pueblo?”. Si Erasmo, siempre aficionado a la ambigüedad, pudo decir tanto, muchos otros se sintieron aún más incómodos. En Roma aparecieron versos satíricos que se referían al heredero armado de San Pedro, y en Francia surgieron caricaturas y burlas, instigadas por el rey, quien aprovechó la imagen de Julio como guerrero para hacer propaganda. Se dijo que “adopta la pose del guerrero pero sólo parece un monje bailando con espuelas”. Serios clérigos y cardenales le rogaron no conducir ejércitos en persona. Pero fueron en vano todos los argumentos acerca de no provocar la desaprobación del mundo o dar nuevas razones a quienes agitaban para deponerlo. Julio perseguía sus objetivos, con absoluto desdén de los obstáculos que sólo ayudaban a que pareciera más irresistible, pero en su afán olvidó el propósito fundamental de la Iglesia. La locura, en uno de sus aspectos, es el apego obstinado a un mal objetivo. Giovanni Acciaiuoili, por entonces embajador de Florencia en Roma, sintió que las cosas ya estaban fuera de todo control. Educado en la teoría florentina de la ciencia política basada en cálculos racionales, el embajador encontró, en los violentos giros de la política de Julio y en su comportamiento, frecuentemente diabólico, una perturbadora prueba de que los hechos estaban sucediendo “fuera de toda razón”.

San Pedro Mecenas de las artes:
Como constructor y patrocinador de las artes, el papa era tan apasionado y arbitrario como en su política. Muchos se pusieron contra él por su decisión de demoler la antigua basílica de San Pedro para remplazarla por un edificio más grandioso, apropiado a una más extensa Santa Sede y una Roma que él convertiría en capital del mundo. Más que ello, albergaría su propia tumba, la cual sería construida durante su vida según un diseño de Miguel Ángel que sobrepasaría, en palabras de Vasari “en belleza y magnificencia, abundancia de adornos y riqueza de estatuaria, a todo mausoleo antiguo e imperial”. De doce metros de altura, adornada por cuarenta estatuas de tamaño más que natural, rematada por dos ángeles que sostendrían el sarcófago, el artista esperaba que fuera su obra maestra, y el cliente, su apoteosis. Según Vasari, el diseño de la tumba precedió al diseño de la nueva iglesia, y entusiasmó tanto al papa que concibió el plan de una nueva San Pedro, que la alojara dignamente.178 Si el motivo de su papado, como afirman sus admiradores, fue la mayor gloria de la Iglesia, él la identificó con la mayor gloria del supremo pontífice: él mismo. Su decisión fue muy deplorada, no porque la gente no deseara una hermosa iglesia nueva, dijo un crítico, “sino porque lamentaba que fuera derribada la anterior, tan reverenciada como era por todo el mundo, ennoblecida por los sepulcros de tantos santos, e ilustre por tantas cosas que se habían hecho en ella”. Como siempre, pasando por encima de toda desaprobación, Julio siguió adelante, encargando el diseño arquitectónico a Bramante, y espoleando todo con tal vehemencia que 2500 trabajadores trabajaron, en cierto momento, demoliendo la antigua basílica. Bajo su presión e impaciencia, el contenido acumulado de siglos —tumbas, pinturas, mosaicos, estatuas— fue descartado sin ningún inventario, y perdido irremisiblemente, lo que valió a Bramante el título de il ruinante.180 Si Julio compartió el título, ello no le importó en lo más mínimo. En 1506 descendió por una escala hasta el fondo de un empinado pozo construido para sostener pilotes del nuevo edificio, y puso allí la primera piedra de la “catedral del mundo”, inscrita, desde luego, con su nombre. El costo de la construcción superó con mucho los ingresos papales y hubo que hacerle frente mediante un recurso de grandes consecuencias: la venta pública de indulgencias. Extendida a Alemania en el siguiente pontificado, completó la desilusión de un indignado clérigo, precipitando el documento que mayor escisión causaría en la historia de la Iglesia. En Miguel Ángel el papa había reconocido a un artista incomparable desde el momento de su primer escultura en Roma, la Pietà réquiem en mármol que nadie desde tal día puede contemplar sin emoción. Terminada en 1499 por encargo de un cardenal francés que deseaba contribuir con una gran obra a San Pedro, a su partida de Roma, hizo célebre a Miguel Ángel a los 24 años, y fue seguida, cinco años después, por su poderoso David, para la catedral de su originaria Florencia. Claramente, el papa supremo debía de ser glorificado por el artista supremo, pero los temperamentos de los dos terribili chocaron. Después de que Miguel Ángel pasó ocho meses cortando y transportando los mármoles más finos de Carrara, para la tumba, Julio abandonó súbitamente el proyecto, se negó a pagar o a hablar al artista, que volvió furioso a Florencia, jurando nunca más trabajar para el papa. Nadie puede saber qué ocurrió en el sombrío y truculento cerebro de Della Rovere, y su arrogancia no le permitió ofrecer ninguna explicación a Miguel Ángel. Sin embargo, al ser conquistada Bolonia, el triunfo había de ser celebrado por la misma gran mano. Tras repetidos y tercos rechazos y gracias a los persistentes esfuerzos de los intermediarios, Miguel Ángel fue reconquistado y consintió en modelar una enorme estatua de Julio, el triple del tamaño natural, como lo encargaba el propio Julio. Cuando el modelo la vio, en barro aún, Miguel Ángel preguntó si podía colocarle un libro en la mano izquierda. “Ponme una espada allí”, respondió el papa-guerrero, “yo no sé nada de letras”.182 Fundida en bronce, la colosal figura fue derribada y fundida cuando la ciudad cambió de manos durante las guerras y convertida en un cañón, burlescamente llamado La Giulia por los enemigos del papa. De acuerdo con el espíritu renacentista, el papado de Julio, que llevó adelante la obra de su tío Sixto IV, consagró energías y fondos a la renovación de la ciudad. Por doquier se veían albañiles construyendo. Los cardenales crearon palacios, agrandaron y restauraron iglesias. Surgieron iglesias nuevas o reconstruidas como Santa María del Popolo y Santa María della Pace. Bramante creó el jardín de esculturas del Belvedere y las logias que lo conectan con el Vaticano. Fueron llamados, para ornamentar, grandes pintores, escultores, talladores y orfebres. Rafael exaltó la Iglesia en frescos para los departamentos papales, recién ocupados por Julio porque se negó a vivir en la misma morada de su difunto enemigo Alejandro. Miguel Ángel, arrastrado una vez más contra su voluntad por el tozudo papa, pintó el techo de la Sixtina, atrapado por su propio arte, y trabajó solo, en un andamiaje, durante cuatro años, sin permitir más que al papa inspeccionar su avance. Subiendo por una escala hasta la plataforma, el anciano papa solía criticar al pintor y pelearse con él, y vivió lo necesario para presenciar la revelación cuando “todo el mundo llegó corriendo” a contemplar y a reconocer la maravilla de la nueva obra maestra. El arte y la guerra absorbieron los intereses y los recursos del papa, con gran descuido de la reforma interna. Mientras el exterior florecía, el interior entraba en decadencia.

Aparición de la estatua del Lacoonte:
Apareció por entonces un extraño recordatorio de la locura en la antigüedad: la estatua clásica de mármol del Laocoonte fue redescubierta como para advertir a la Iglesia... como su prototipo había antes advertido a Troya. Fue desenterrada por un pacífico amo de casa llamado Felice de Fredi, cuando estaba limpiando su viña de antiguas paredes, en la vecindad de los antiguos Baños de Tito, construidos sobre las ruinas de la Casa de Oro de Nerón. Aunque la escultura estaba rota, en cuatro pedazos grandes y tres más pequeños, no había romano que no conociera una estatua clásica al verla. Inmediatamente se envió noticias al arquitecto del papa, Giuliano de Sangallo, quien al punto se lanzó a caballo, con su hijo, acompañado por Miguel Ángel, que en aquel momento estaba de visita en su casa. Mientras desmontaba, Sangallo echó una mirada a los pedazos semienterrados y gritó: “¡Es el Laocoonte que describe Plinio!” Los observadores miraban llenos de emoción y de angustia mientras iban limpiando la estatua, y luego informaron al papa, quien la compró al punto por 4.140 ducados. El antiguo Laocoonte, cubierto de tierra, fue recibido regiamente. Llevado al Vaticano entre multitudes jubilosas y por caminos cubiertos de flores, fue reconstruido y colocado en el jardín de esculturas de Belvedere, junto con el Apolo de Belvedere, “las dos primeras estatuas del mundo”. Tal fue el triunfo que De Fredi y su hijo fueron recompensados con una pensión anual vitalicia de 600 ducados (que se obtendría de los derechos de peaje por las puertas de la ciudad), y el papel del descubridor fue anotado, por él mismo, en su lápida mortuoria.183 De la antigua maravilla surgieron nuevos conceptos del arte. Su angustiado movimiento influyó profundamente sobre Miguel Ángel. Los escultores más importantes acudieron a examinarlo; los orfebres hicieron copias; un cardenal con aficiones poéticas le escribió una oda (“del corazón de poderosas ruinas, ¡mirad! El tiempo ha traído de nuevo Laocoonte a su hogar”); Francisco I trató de obtenerlo como precio de la victoria obtenida sobre el siguiente papa;185 en el siglo XVIII fue la pieza principal de estudios efectuados por Winchelmann, Lessing y Goethe; Napoleón se lo llevó, tras un transitorio triunfo, al Louvre, de donde, a su caída, regresó a Roma. El Laocoonte era arte, estilo, virtud, lucha, antigüedad, filosofía, pero, como voz de advertencia contra la autodestrucción, nadie atendió a él.

Julio no fue Alejandro, pero su autocracia y belicosidad habían provocado casi no menor antagonismo. Los cardenales disidentes estaban pasándose al bando de Luis XII, quien estaba dispuesto a arrojar a Julio antes de que Julio lo arrojara a él de Italia. La deposición era ya objetivo declarado, como si el aterrador ejemplo del cisma del siglo anterior nunca hubiese ocurrido. La secularización había resultado demasiado bien; el aura del papa se había desvanecido hasta que, a los ojos de los políticos, si no a los ojos populares había llegado a no diferenciarse de ningún otro príncipe o soberano, y se podía tratar con él en las mismas condiciones. En 1511, Luis XII, asociado al emperador de Alemania y a nueve cardenales disidentes (tres de los cuales le negarían después su consentimiento), convocó a un Concilio General. Se llamó a prelados, órdenes, universidades, gobernantes seculares y al papa mismo para asistir en persona o por medio de delegaciones, con el propósito declarado de una “Reforma de la Iglesia en la Cabeza y los Miembros”. Esto lo comprendieron todos como eufemismo, por no decir guerra contra Julio. Julio se encontraba ahora en la misma posición en que una vez había tratado de colocar a Alejandro, mientras las tropas francesas avanzaban, y se preparaba un Concilio. Se hablaba abiertamente de deposición y de cisma. El Concilio, patrocinado por los franceses, en que los cardenales cismáticos adoptaban la posición de que Julio no había cumplido con su promesa original de celebrar un Concilio, se reunió en Pisa. Tropas francesas volvieron a entrar en la Romaña; Bolonia volvió a caer en manos del enemigo. Roma tembló sintiendo aproximarse su ruina. Agotado por sus esfuerzos en el frente de batalla, cansado y enfermo a los 68 años, viendo bajo ataque su territorio y su autoridad, Julio, como último recurso, tomó la única medida a la que tanto se habían resistido él y sus predecesores: convocó a un Concilio General que se habría de reunir en Roma bajo su propia autoridad. Éste fue el origen, más por desesperación que por convicción, del único gran esfuerzo hecho en asuntos religiosos por la Santa Sede durante este periodo. Aunque minuciosamente circunscrito, llegó a ser un foro, si no una solución, de todos los problemas. El Quinto Concilio Laterano, como fue llamado, se reunió en San Juan de Letrán, la primera iglesia de Roma, en mayo de 1512. En la historia de la Iglesia, la hora era tardía, y hubo muchos que la reconocieron como tal, con una urgencia cercana a la desesperación. Tres meses antes, el diácono de San Pablo, en Londres, John Colet, erudito y teólogo, predicando ante una convención de clérigos sobre la necesidad de reforma, había gritado: “¡Nunca necesitó más vuestros esfuerzos el estado de la Iglesia!” En la fiebre de los ingresos, afirmó, “en la desalada carrera de beneficio a beneficio”, en avidez y corrupción, la dignidad de los sacerdotes se había deshonrado, los laicos se habían escandalizado, el rostro de Cristo había sido manchado, la influencia de la Iglesia destruida, peor que por la invasión de herejías porque cuando el mundo absorbe al clero, “la raíz de toda vida espiritual se extingue”186. Éste era, en verdad, el problema. Una terrible derrota en la Romaña, poco antes de que se reuniera el Concilio Laterano, agudizó el sentido de crisis. El Domingo de Pascua, sin que los suizos hubiesen salido aún al campo, los franceses, con ayuda de cinco mil mercenarios alemanes, abrumaron a los ejércitos papal y español en una sanguinaria y terrible batalla en Ravena. Fue un mal presagio. En un tratado dedicado al papa en vísperas del Concilio, un jurista boloñés advertirá: “A menos que, reflexionando, reformemos, un Dios justo se vengará terriblemente, no antes de mucho” Egidio de Viterbo, general de los agustinos, que pronunció la oración inaugural en el Concilio Laterano en presencia del papa, era otro de los que veían la Divina Providencia en la derrota de Ravena y no vaciló en decirlo en palabras de inconfundible desafío al anciano que ocupaba el trono. La derrota mostraba, dijo Egidio, la vanidad de depender de armas mundanas, e invocó a la Iglesia para que recuperara sus verdaderas armas, “piedad, religión, probidad y plegaria", la armadura de la fe y la espada de la luz. En su actual estado, la Iglesia yacía en tierra, como las hojas muertas de un árbol en invierno... ¿Cuándo ha habido entre el pueblo mayor descuido y mayor desdén a lo sagrado, a los sacramentos y a los sagrados mandamientos? ¿Cuándo han estado nuestra religión y nuestra fe más expuestas a la burla, aun de las clases más bajas? ¿Cuándo, oh dolor, ha habido una escisión más desastrosa en la Iglesia? ¿Cuándo ha sido la guerra más peligrosa, más poderoso el enemigo, más crueles los ejércitos?... ¿Veis la matanza? ¿Veis la destrucción, y el campo de batalla cubierto por miles de cuerpos mutilados? ¿Veis que en este año la Tierra ha absorbido más sangre que agua, más sangre que lluvia? ¿Veis que en la tumba yace tanta fuerza cristiana como bastaría para emprender la guerra contra los enemigos de la fe...? [Es decir, contra Mahoma, “el enemigo público de Cristo”.]188 Egidio pasó entonces a saludar al Concilio como al aguardado anuncio de reformas. Como sempiterno reformador y autor de una historia del papado, compuesta con el propósito expreso de recordar a los papas su deber al respecto, era un clérigo de gran distinción, y lo bastante interesado en las apariencias del clero que para mantener su palidez ascética, según se decía, inhalaba humo de paja mojada.189 Después, León X lo nombraría cardenal. Escuchando las voces del Concilio Laterano, a una distancia de 470 años, difícil resulta saber si sus palabras eran la elocuencia practicada de un predicador renombrado, pronunciando sus frases clave, o un apasionado y auténtico grito, pidiendo un cambio de curso antes de que fuese demasiado tarde. Pese a toda su solemnidad y ceremonias, y a cinco años de trabajo y a muchos oradores serios y sinceros, el Quinto Laterano no lograría paz ni reforma. Continuando durante el siguiente papado, reconoció la multitud de los abusos y pidió su corrección en una bula de 1514. Ésta cubría, como de costumbre, la “nefanda plaga” de la simonía, la percepción de beneficios múltiples, el nombramiento de incompetentes o indignos abades, obispos y vicarios, el descuido del oficio divino, las vidas lujuriosas de los clérigos y hasta la práctica ad commendam, que en adelante sólo se otorgaría en circunstancias excepcionales. A los cardenales, como clase especial, se les ordenaba abstenerse de lujos y pompas, de servir como partidarios de príncipes, enriquecer a sus parientes con los ingresos de la Iglesia, así como los beneficios plurales y el ausentismo. Se les ordenaba adoptar una vida sobria, celebrar el oficio divino, visitar sus iglesias y pueblos titulares al menos una vez al año, y donar para el mantenimiento al menos de un sacerdote, conseguir clérigos dignos para los oficios que estaban a su cargo y obedecer las reglas para el debido ordenamiento de sus casas. Es un cuadro de lo que estaba mal en cada nivel. Unos decretos ulteriores, más dedicados a acallar las críticas que a la reforma, indicaron que las censuras de los predicadores habían empezado a doler. En adelante, se prohibía a los predicadores profetizar o predecir la llegada del Anticristo o el fin del mundo. Habían de atenerse a los Evangelios y abstenerse de denuncias escandalosas de las fallas de los obispos y otros prelados y las injusticias de sus superiores, y se les ordenaba no mencionar nombres. La censura de los libros impresos fue otra medida que pretendía contener los ataques a los clérigos que ocupaban altos cargos de “dignidad y confianza”. Pocos de los decretos del Concilio fueron más que letra muerta. Un serio esfuerzo por ponerlos en práctica habría dejado alguna impresión, pero no causó ninguna. Considerando que León X, el papa que por entonces lo presidió, se dedicaba a todas las prácticas prohibidas por la regla, puede verse que faltaba la voluntad. El cambio de curso debe proceder de la voluntad regente o de una irresistible presión externa. La primera no estaba presente en el papado renacentista; la segunda se aproximaba. En la batalla de Ravena, el vital comandante francés, Gaston de Foix, cayó muerto, y sus fuerzas, perdiendo ímpetu, no explotaron debidamente su victoria. D'Amboise había muerto, Luis vacilaba e iba disminuyendo el apoyo al Concilio de Pisa, condenado como cismático y nulo por el papa. Cuando veinte mil suizos llegaron a Italia, la marea cambió. Los franceses, vencidos en la batalla de Novara, ante Milán, y obligados por los suizos a abandonar el ducado, expulsados por Ginebra, rechazados hasta la base de los Alpes, “se desvanecieron como la bruma ante el sol”...191 al menos, momentáneamente. Ravena y Bolonia devolvieron su lealtad al papa, toda la Romaña fue reabsorbida por los Estados papales; el Concilio de Pisa recogió sus sotanas y huyó sobre los Alpes, hasta Lyon, donde pronto se escindió. Por el subyacente temor a otro cisma y la superior categoría y dignidad del Concilio Laterano, nunca había tenido un fundamento firme. El indomable y viejo papa había alcanzado sus fines. En Roma hubo celebraciones por la fuga de los franceses; brillaron fuegos de artificio, los cañones dispararon desde el castillo Sant'Angelo y multitudes que gritaban “¡Julio! ¡Julio!” lo saludaron como libertador de Italia y de la Santa Sede. En su honor se organizó una procesión de agradecimiento, en que se le presentó en el atuendo de un emperador secular, con cetro y globo como emblemas de la soberanía, escoltado por figuras que representaban a Escipión, vencedor de Cartago, y a Camilo, quien salvó de los galos a Roma. La política seguía imperando. La Liga Santa quedó mutilada cuando Venecia, en un cambio súbito, se alió con Francia, contra su vieja rival, Génova. En su último año, el papa estableció unas complejas conexiones con el emperador y con el rey de Inglaterra, y no mucho después de su muerte, los franceses volvieron, y la guerra se reanudó. No obstante, Julio había logrado contener el desmembramiento del territorio papal y consolidar la estructura temporal de los Estados papales y por esto ha recibido una alta calificación en la historia. En los libros de referencia se le encuentra designado como “verdadero fundador del Estado papal” y hasta como “Salvador de la Iglesia”. Que el costo fue bañar su patria en sangre y violencia y que todas las ganancias temporales no pudieran impedir que la autoridad de la Iglesia se desmoronara en el núcleo, diez años después, son cosas que, por lo visto, no entran en esta estimación. Cuando Julio falleció en 1513, fue honrado y llorado por muchos, porque se pensaba que los había librado del odiado invasor. Poco después de su muerte, Erasmo ofreció la opinión contraria en un diálogo satírico llamado Julius Exclusus, que, aunque publicado anónimamente, le ha sido atribuido a él por los enterados. Al identificarse a las puertas del cielo, ante San Pedro, dice Julio:

    he hecho más por la Iglesia y por Cristo, que ningún papa anterior a mí... Anexé Bolonia a la Santa Sede, vencí a los venecianos. Engañé al duque de Ferrara. Derroté a un Concilio cismático mediante un falso Concilio mío. Expulsé de Italia a los franceses y también habría expulsado a los españoles si el destino no me hubiese traído aquí. He tirado de las orejas a todos los príncipes de Europa. He roto mis tratados, mantenido grandes ejércitos en el campo, cubrí a Roma de palacios... Y todo esto lo he hecho por mi mismo. No debo nada a mi cuna, pues no sé quién fue mi padre; nada a la cultura, pues no tengo ninguna; nada a la juventud, pues ya era viejo cuando empecé; nada a la popularidad, pues fui odiado por todos... Ésta es la modesta verdad y mis amigos de Roma me llaman más dios que hombre.

Los defensores de Julio II le acreditan el haber seguido una política consciente basada en la convicción de que “la virtud sin el poder”, como dijo un orador en el Concilio de Basilea medio siglo antes, “será burlada, y que el papa de Roma sin el patrimonio de la Iglesia sería simple esclavo de reyes y príncipes”, en suma, que para ejercer su autoridad, el papado debía alcanzar solidez temporal antes de emprender una reforma. Éste es el argumento más persuasivo de la realpolitik, que, como la historia lo ha demostrado, tiene un corolario: el proceso de conquistar el poder emplea medios que degradan o embrutecen al que lo busca, quien despierta para encontrar que ha alcanzado el poder al precio de perder la virtud... o todo propósito moral. (Bárbara Truchman)


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