Motivación             

 

Motivación:
Vida interior:
Cultivar la vida interior Significa trabajar bien la conexión y la calidad en el pensar y en el sentir; en el desear, el decidir y el actuar; en la conexión entre motivaciones y propósito. ¿Recuerdan el final del poema Invictus de W. E. Henley? No importa cuán estrecho sea el camino, cuán cargada de castigo la sentencia. ¡Soy el amo de mi destino; soy el capitán de mi alma! Una parte del propósito de Nelson Mandela se fue forjando durante aquella vida interior trabajada durante largos años en una celda de dos metros de ancho y desmenuzando día tras día rocas y picando piedras en un patio para convertirlas en grava.


La vida interior tiene que ver con nuestra capacidad de atención y de presencia, de estar viviendo de una manera plena cada situación. Más allá de la fragmentación, más allá de la vida puzle de tantos líderes, el trabajo de la vida interior aporta equilibrio y fortaleza y contribuye a expresar una cierta unidad entre lo que somos y lo que hacemos. De ahí parte la tensión inspiradora del liderazgo, la que le permite a los líderes encontrar el punto de adecuación con la realidad, el nivel de madurez para reconocer sus limitaciones y no sobreestimar sus puntos fuertes, el mostrar un grado óptimo de autenticidad, el aprender a conservar y expresar su yo auténtico, el no erosionar su dimensión moral, el mantenerse suficientemente coherente en cada uno de los papeles asumidos, el encontrar la distancia justa para disponer de perspectiva sin perder la proximidad y la calidez, el mantener un equilibrio dinámico (un cierto orden dentro del cambio y la inestabilidad) y el aprender también a construir una narración convincente que va de dentro hacia fuera y que acaba hablando desde el propio yo. Todo esto nos puede parecer muy filosófico pero tiene un impacto real y duradero en la vida profesional y de las organizaciones. Los profesores del MIT P. Senge y O. Scharmer explican que el éxito de la intervención de los líderes depende fundamentalmente de la condición interior de la persona que interviene. No es sólo lo que los líderes hacen y cómo lo hacen, ni sólo su visión, sino su “estado interior”, es decir, el lugar desde el que operan; la fuente y la calidad de su atención y de su intención. Trabajar la atención significa aprender a mirar la realidad cotidiana para detectar lo que emerge y lo que se oscurece; pero también para ser libres porque sabemos que toda visión ilumina, pero que a la vez genera zonas de sombra. Significa trabajar la receptividad y la escucha; atender sin juzgar de entrada; practicar una cierta duda metódica, sobre todo cuando llegamos a la conclusión, curiosamente, de que todos los hechos confirman nuestros propios planteamientos. Significa encontrar momentos de parada y pausa en medio del ruido y la aceleración cotidianos. En definitiva, significa reconocer que sin una mirada atenta en el díaa día la visión se convierte en puro verbalismo que nos permite escaparnos del presente hacia un futuro imaginado que nunca dejará de ser eso, pura imaginación. Trabajar la intención quiere decir que no nos podemos conformar con hacer muchas cosas, y hacerlas bien. Tenemos que poder nombrar con autenticidad el propósito que las guía y tener la lucidez de identificar no sólo lo que nos motiva, sino lo que nos mueve. A menudo somos prisioneros de los éxitos del pasado y de la repetición de pautas de comportamiento heredadas. Por eso hemos de contrastar la coherencia que hay entre lo que decimos que queremos y las cosas que valoramos y evaluamos. Sin un esfuerzo constante de dar nombre a nuestras intenciones, de elaborarlas, de depurarlas y de transformarlas, la visión no es más que el envoltorio que embellece con purpurina el pragmatismo repetitivo, o lo que consolida el poder de quien la administra. (Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano 18/01/2012)

[...] ¿esforzarse, para qué? No podemos reivindicar el esfuerzo sin clarificar qué es lo que merece nuestro esfuerzo. Sin deliberar sobre qué es aquello valioso que merece nuestro esfuerzo. Nos tememos que se usa la reivindicación de la cultura del esfuerzo para escamotear el debate sobre qué es lo que vale la pena, en lo educativo o en lo laboral. ¿Tenemos proyectos empresariales, políticos, educativos, sociales, que merezcan nuestro esfuerzo? ¿Que nos movilicen y nos impliquen desde lo más hondo de nuestro ser? ¿Que nos abran horizontes y nos hagan aspirar a más y a ser mejores? ¿Qué tipo de trayectorias vitales merecen hoy nuestro reconocimiento público y privado? ¿Qué incentivos diseminan nuestras instituciones y organizaciones, y qué valor tiene lo que incentivan? ¿Qué conexión vital establecemos entre lo que hacemos hoy y un escenario de futuro posible o previsible…, caso que resulte creíble que existe dicha conexión? ¿A quién se referiría hoy Antonio Machado si repitiera su tan citado “todo necio confunde valor y precio”? ¿Da igual si el esfuerzo nos hace más necios o más sabios? No tenemos nada en contra del valor del esfuerzo, lo repetimos. Pero ninguna cultura del esfuerzo sustituirá el déficit energético de no saber por qué o para qué vale la pena esforzarse. [...] Muchas veces es absolutamente necesario enfrentarse a preguntas que ponen en cuestión marcos de referencia sólidamente establecidos, porque los retos que tenemos y la situación en la que nos encontramos lo requiere, si queremos dar respuesta a lo que nos exige el presente y no simplemente esperar a ver cuánto podemos aguantar repitiendo los esquemas que fueron válidos en el pasado. Elaborar una visión de los temas cruciales que debemos resolver


Valores: Bien y mal:
Sorprende que la Conferencia Episcopal Española, tan proclive a pronunciarse no solo sobre lo divino sino también sobre todo lo humano que no merece su aprobación, no haya hablado sobre una crisis económica que dura ya casi cinco años y castiga a la mayoría de la población, incluyendo a muchos de sus fieles. A título personal, el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, ha pronunciado una homilía que contiene algunas críticas atinadas sobre los escandalosos beneficios de las instituciones financieras y sus sueldos blindados, a los que califica de inmorales. Sin embargo, no puede evitar una explicación del origen de la crisis que se repite con frecuencia y que es menos inocente de lo que parece. “En la medida en que Occidente ha ido perdiendo sus raíces cristianas se invierten sus valores, colocando el tener por encima del ser. Es el motivo último por el que nuestra sociedad se encuentra al borde de la quiebra.” Y no se priva de repetir la consabida reprimenda a todos nosotros, sobre la cual he escrito en Público (1/8/12): “Es obvio que estamos ante un pecado del que todos hemos sido cómplices”. La raíz del problema habría que buscarla en el avance de la avaricia y la deshonestidad, que han puesto el afán de lucro por delante del bienestar de la sociedad. Este enfoque del problema implica la suposición de que antes de la crisis los valores éticos gozaban de mejor salud que en el presente y que se han deteriorado con el paso del tiempo. Porque el término “crisis” alude a un cambio, a una situación que no es permanente sino que se produce en un momento dado y que se resuelve bien o mal en un periodo limitado. La creencia de que la historia consiste en un proceso de decadencia no es nueva. Ya Ovidio en sus Metamorfosis imaginaba la historia humana como un proceso de progresiva degradación: de la edad de oro primitiva, en la cual los hombres gozaban de una inocente felicidad, se pasa a la edad de plata, de bronce y finalmente de hierro, en la cual reina la discordia y la maldad. Por no citar el mito bíblico del paraíso terrenal y la expulsión de nuestros primeros padres en castigo por su pecado. Basta echar una ojeada a los tiempos pasados para poner en duda esta creencia en el progresivo deterioro de los tiempos. ¿Será necesario recordar que nuestros antepasados llevaban la merienda a la Plaza Mayor para asistir a la quema de un hereje, que la esclavitud era legal hace poco más de un siglo en uno de los países más avanzados de la tierra, que en esa misma época las leyes imponían la discriminación racial y la pena de muerte en muchas naciones occidentales, y que en épocas más recientes era legal la discriminación de las mujeres y la condena a los homosexuales? ¿Podría explicar Mons. Munilla cuándo florecieron esas raíces cristianas que según él se han perdido? ¿Se refiere acaso a la revolución moral que trajo la aparición del cristianismo y que la Iglesia se apresuró a negar apenas consiguió asumir un importante poder político? Creo que el proceso ha sido inverso: no cabe duda de que en nuestro mundo actual prolifera lo que entendemos por mal, hasta el punto de que muchos millones de seres humanos están condenados a la miseria y la muerte prematura mientras se desarrolla en el resto del mundo una economía de la especulación y el despilfarro. Pero, aun así, creo que estamos asistiendo en ese Occidente al que el obispo acusa de haber perdido sus valores a un proceso que podría calificarse –con todos los matices y precauciones necesarias– de progreso moral. Es evidente que ese progreso no puede entenderse de manera lineal, ni universal, ni mucho menos irreversible. Sería inútil pretender cuantificar la cantidad de bien y de mal que existe en el mundo. Pero mientras lo que llamamos mal sigue siendo lo que siempre fue, el concepto de bien se ha enriquecido cualitativamente entre grandes sectores de la población. El mal sólo ha conocido “progresos” instrumentales: si antes se destruía la vida humana de modo artesanal, hoy la tecnología ofrece sofisticadas maneras de matar, si antes los abusivos privilegios sociales provenían del nacimiento, hoy dependen del poder económico. El concepto de bien, por el contrario, ha tenido cambios cualitativos importantes, desplazando el criterio moral desde una ley abstracta situada más allá del mundo hacia el respeto del ser humano de carne y hueso. Se abre paso –trabajosamente y con muchos retrocesos- el convencimiento del carácter moralmente inviolable del ser humano, el respeto a su autonomía personal. Platón o Aristóteles no hubieran comprendido la necesidad de abolir la esclavitud, ni Kant la de respetar las diferentes opciones sexuales, pese a que se trata de tres pensadores de incuestionable sensibilidad moral. Pero además se comienza a comprender –también trabajosamente- que ese respeto a la autonomía personal no acepta límites basados en diferencias como el sexo, el color de la piel o el lugar de nacimiento sino que se extiende a todo ser humano por el mero hecho de serlo: una exigencia de universalidad que era impensable hace pocos siglos y casi diría decenios y que debemos sobre todo a esa Ilustración tan denostada por la Iglesia. Creo que la actual crisis económica no es el resultado de una pérdida de valores que existieran antes de ella sino un episodio más de los tantos que han sucedido en la historia y que existen antecedentes de crisis mucho peores que la actual en esos tiempos que añoran los partidarios de la teoría de la decadencia Sin embargo, los nostálgicos de los valores de antaño siguen pensando que nuestra época ha perdido las virtudes de nuestros antepasados. Y como sucede con todas las creencias, esta no es inocente. Porque inmediatamente se propone la solución: para superar la crisis es necesario que los ciudadanos recuperen los valores perdidos, y la recuperación económica vendrá por añadidura. Es decir: no se trata de evitar la especulación financiera ni de combatir el fraude impositivo ni de denunciar la desigualdad y los paraísos fiscales ni de movilizarse contra un sistema irracional sino de apelar a una -imposible- conversión moral de los corazones de los hombres. Lo cual implica desviar la atención del evidente fracaso del capitalismo financiero como sistema para centrar nuestras preocupaciones en la moral individual, de tal modo que una vez que hayamos logrado persuadir al género humano de las ventajas de la virtud –es decir, nunca- será el momento de establecer un sistema económico más justo. Mientras tanto, sigamos permitiendo que los poderes financieros gobiernen nuestra vida. Dicho lo cual hay que reconocer que esta crisis económica tiene un fuerte componente moral, ya que más que de una crisis se trata de una estafa provocada por la avaricia, la deshonestidad y la prepotencia. Pero no porque antes tales vicios tuvieran una menor incidencia en la vida pública sino porque son manifestaciones de aquella constante que Kant llamaba “la insociable sociabilidad de género humano”, y que se ha manifestado continuamente y de diferentes maneras a lo largo de la historia. La peculiaridad de nuestra crisis actual consiste en que se está llevando a sus últimas consecuencias un sistema económico irracional, que tiende a sustituir la democracia, por la cual se ha luchado durante siglos, por la dictadura de anónimos mercados financieros. Pero este es otro tema. (Augusto Klappenbach, 15/08/2012)


El relato literario:
No deja de hablarse del déficit, de la deuda, de las altas operaciones financieras, pero se evita hacerlo del sufrimiento de los que no tienen nada, de la pobreza creciente de jóvenes y ancianos, del envilecimiento del mundo “Dios mío, ¡qué saltos me haces dar!”, eso dijo la rana a su Creador. Según Chesterton, la pobre estaba tan maravillada con esa facultad de su cuerpo que no podía dejar de celebrar cada brinco que daba. Para el escritor inglés el que en los cuentos maravillosos haya manzanas de oro, ríos de miel, pájaros que hablan y árboles que cantan, solo es expresión del asombro que experimentan los niños al contemplar el mundo por primera vez. Su asombro ante la manzana que cuelga pletórica y olorosa de una rama, ante el arroyo que corre tembloroso a sus pies o ante el pájaro que inesperadamente se posa a su lado como si viniera a decirle algo. Ese mundo de oro y joyas preciosas, de príncipes y princesas, de objetos mágicos y bodas perfectas tiene que ver con el deseo de transfiguración que anida en el corazón humano. Navigare necesse est vivere non necess, solía decir de Isak Dinesen. No basta con vivir, queremos que nuestra vida tenga sentido, se transforme en algo valioso, en una historia que merezca la pena contar a los demás. Lo maravilloso nos hace hablar. Tiene que ver con el principio erótico. Nos dice que no estamos solos, que la vida es una corriente inmensa que compartimos no solo con los otros individuos de nuestra especie, sino con los animales y los bosques, con las dunas de los desiertos y los cielos salpicados de estrellas. Nuestro mundo ha dado la espalda a lo maravilloso y solo el dinero parece tener en él poder para dar valor a las cosas. Estos días el Gobierno ha anunciado una amnistía a los defraudadores. Por ella, no solo se les va a permitir sacar a la luz el dinero que ocultan, sino que se les premiará permitiendo que paguen por él un porcentaje muy inferior al que les corresponde. Es una medida excepcional, nos dicen, ya que el Estado necesita dinero. No importa saber de dónde viene el dinero, ni por qué lo han tenido escondido, todos se comportan como si este tuviera el poder de bendecir a los que lo tienen liberándoles de la culpa y la responsabilidad. Y no son solo algunos políticos y tecnócratas los que piensan así. La sociedad entera vive entregada al gran dios del dinero. Pueblos perdidos compiten entre ellos porque se ponga en sus verdes prados cementerios nucleares, los hortelanos venden sus tierras para construir bloques de viviendas que arruinarán la belleza de la costa, o comunidades como Madrid y Cataluña compiten por acoger en su territorio un emporio de casinos, privilegios fiscales, prostitución y profunda vulgaridad, y todo ello para conseguir que el dinero fluya a sus cuentas bancarias. No deja de hablarse del déficit, de la deuda, de las altas operaciones financieras, pero se evita hacerlo del sufrimiento de los que no tienen nada, de la pobreza creciente de jóvenes y ancianos, del envilecimiento del mundo. Tampoco se habla de la pérdida de esa capacidad de los hombres antiguos de transformar en relatos los mínimos acontecimientos de sus vidas. Es la maldición del dinero, que petrifica cuanto toca, como bien se explica en la historia del rey Midas. El relato abre el mundo, el dinero lo cosifica. Y lo maravilloso es vivir en un mundo sin cosas. Cuando en El festín de Babette las señoras descubren que esta se ha gastado todo el dinero que ha ganado en la lotería en prepararles aquella cena inolvidable y la preguntan qué va a hacer ahora que vuelve a ser pobre, Babette les contesta orgullosa: “Una artista nunca es pobre”. Y es cierto: tiene el poder que le concede su imaginación. Deberían ponerse en los colegios e institutos las películas de John Ford, deberían verlas sobre todo nuestros políticos de derechas y nuestros banqueros. Es raro que en una película del director americano no haya un baile. La cultura del dinero, por boca de Margaret Thatcher, afirma que solo hay individuos y que la sociedad no existe. Pero en los bailes de John Ford late siempre la idea de una comunidad, y de que aquello que le pasa a uno solo de sus miembros afecta a todos los que forman parte de ella. John Ford pertenece a lo que Eugenio D’Ors llamó la familia de los genios claros, la familia de Homero y los grandes pintores renacentistas, de esos “seres dichosos que van de la sombra a la luz sin esfuerzo, que tienen el don de la luz”. En una escena de Corazones indomables la protagonista ve a su esposo, contemplando a su hijo dormido, y conmovida por el regalo de este momento de paz en un mundo lleno de traiciones y muertes, se sienta en las escaleras y exclama: “¡Dios mío, haz que todo permanezca así para siempre!”. Lo maravilloso nos enseña a ver lo más cercano con los ojos de la gratitud y el asombro, los ojos del que ve la belleza del mundo y quiere cuidarla. En La pata de la raposa, de Pérez de Ayala, puede leerse: “Me habló usted siempre de las cosas extraordinarias con tanta naturalidad, que yo me veía obligado a aceptarlas como cosas naturales, y de las cosas naturales con tanta intensidad, que yo descubría en ellas nuevos sentidos”. John Keats decía que el poeta debía estar con los pies en el jardín y con los dedos tocando el cielo. Los antiguos relatos cumplían esa función, eran un puente entre lo divino y lo humano, entre el mundo de sueño y el mundo real. Lo maravilloso es abandonar el mundo de los dogmas y habitar el tiempo del relato, que es el tiempo de la contradicción y la libertad. Y no podemos vivir sin relatos, aunque los hayamos olvidado. Viven a través de nosotros, son el humus del que nos alimentarnos, la savia que protege nuestros pensamientos. La historia más realista de nuestros días encierra ecos de esas historias eternas. Todos los que en estos días han sufrido ante la fotografía del safari africano de Juan Carlos, han vuelto a contar en el mundo la historia del arca de Noé, salvador de los elefantes. Una pareja de enamorados entona cada noche el Cantar de los cantares, aunque nunca lo hayan leído. Una niña pequeña que imita a su madre, es como la ninfa Eco cuando loca de amor repetía por el bosque las palabras de Narciso. Los relatos de Las mil y una noches no hablan de un mundo ajeno al que conocemos, sino de esas otras vidas que hay en cada uno de nosotros. Miles de niños nacen en el mundo cada día, y miles de mujeres se enfrentan a esa experiencia única que es tener un hijo, y sin embargo apenas se las presta atención. La historia de María y el ángel nos permite interrogar ese instante, preguntarnos qué sucede de verdad en él. En cierta forma, cualquier mujer, al tener el niño que desea, vuelve a contar en el mundo la historia de María y su hijo y en su silencio cuando le contempla dormido en sus brazos está su gozo por el milagro de su nacimiento y su temor a todo lo malo que pueda sucederle. Los viejos relatos no nos alejan del mundo, lo vuelven habitable y común, lo llenan de sentido. En sus reportajes sobre el juicio al juez Baltasar Garzón, por los crímenes del franquismo, la periodista Natalia Junquera nos contó en este mismo periódico la historia de una pobre niña a la que llamaban “la hija del hojalatero que tiraron a los pozos”, y que con 90 años aún seguía recordando a su madre y a otras mujeres del pueblo llevando a escondidas flores a los pozos porque no sabían dónde estaban los cuerpos de sus maridos e hijos asesinados. Lo maravilloso es empeñarse en seguir llevando flores a los pozos aunque la razón nos diga que no sirve de nada. (Gustavo Martín Garzo, 19/05/2012)


Tiempo pasado:
Tiempos de resistencia: Todos los recién nacidos crecen en un mundo que se acaba de crear para ellos, un abigarrado paraíso sin serpiente. En cuanto tienen un mínimo uso de razón descubren cosas, asuntos y personas que son tan nuevos como ellos mismos, descubren reflejos en los muros, figuras que se parecen como dos gotas de agua, secuencias de efectos, el día y la noche. El mundo es siempre un mundo de estreno para los recién llegados. Cuando descubren que hay tal cosa como un pasado, que el mundo no ha sido siempre así sino que el mundo varía, cambia y se transforma, ya es demasiado tarde. En cuanto el adulto se percata de que hubo, años atrás, un tiempo pasado, inevitablemente le parece haber perdido algo porque descubrir el pasado es comenzar a ver el presente como un envejecimiento del mundo anterior. Aunque parezca paradójico, desde el punto de vista del adulto el hoy es más viejo que el ayer. De pronto el presente deja de ser fresco y vigoroso porque tiene ya los caracteres de lo que viene de muy atrás. No es que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, como escribía con tanta melancolía Jorge Manrique, es que en cuanto concebimos un mundo en tiempo pasado ya hemos cubierto de ceniza el tiempo presente, le hemos marcado arrugas y cicatrices. Este proceso es fatal e incontrovertible. Vivir es ir produciendo pasado y sin él la vida sería imposible porque carecería de sentido, nos volveríamos locos. Es más, sólo los locos pueden vivir en el puro ahora. Gracias a la invención del pasado logramos hacer llevadero el dolor y la decadencia del presente de un modo continuado que comienza mucho más temprano de lo que parece. En compensación, el gozo, el deleite, la fruición suspenden el presente y el pasado, los reúnen en un instante único sin sucesión. El placer nos saca de nuestras casillas y nos permite vivir fuera del tiempo, de modo que al placer más democrático lo llaman “la pequeña muerte”. También el extremo dolor nos saca de quicio: el torturado vive en un instante que no tiene pasado ni futuro y se sostiene sobre una tensión mortal. Los niños actuales ven a sus padres pasear por la casa hablando solos con un adminículo pegado a la oreja. Les ven por la noche sentados frente a un emisor de imágenes coloreadas. Oyen voces sin cuerpo y cuando se fijan comprenden que están saliendo de una cajita metálica con botones. Las calles son ríos tempestuosos de hierro y gases. Los alimentos, incluida el agua, llegan envasados y por lo tanto nunca más serán substancias. Para ellos una parte considerable de la experiencia se enciende y se apaga a voluntad con un gesto de la mano. Cuando descubran que todo eso fue en el pasado, será porque su mundo presente no tiene misterio. Habrá comenzado otro ciclo de costumbres y técnicas y las pasadas se habrán cubierto con un velo poético, como para nosotros las palomas mensajeras o el telégrafo. Edmund Gosse recuerda que, en su infancia, lo más codiciado era la pastilla de acuarela color carmesí con la que su padre, biólogo marino que estudiaba e ilustraba los moluscos de Cornualles, adornaba sus acuarelas. Aquel carmesí estaba hecho de cochinillas parasitarias machacadas, como las que en la actualidad aún se cultivan en Lanzarote, y era tremendamente caro. Si el niño se portaba muy bien, su padre le dejaba dar una diminuta pincelada de carmesí en la lámina sobre la que trabajaba. Esto lo escribe Edmund Gosse en una biografía inmortal, cuando ya podía comprar carmesí a un precio normal en las tiendas de suministros para bellas artes de Bloomsbury. Estamos condenados a amar lo que ya ha sido, lo que fue, simplemente porque ya no es. Todo lo que ya no es tiene el carácter fijo, inalterable, profundo e inquietante de las obras de arte, porque las obras de arte, hasta hace pocas décadas, eran puro pasado cristalizado. Yo he visto llegar las barcas de pesca, al atardecer, a la playa de Vilasar, cargadas hasta la borda. Una vez encalladas en la rompiente, los marineros las empujaban arenas arriba sobre largas vigas engrasadas. Nunca podré arrancarme de la memoria el crepúsculo marino, los peces vivos saltando sobre las cestas de anea, los pescadores descalzos empujando las embarcaciones y cantando rítmicamente para ir todos a una. Esa escena no volverá a existir nunca jamás. Es la imagen detenida de un mundo que entonces era nuevo para quien lo vio y ahora es tan lejano que parece no haber existido jamás, como un paisaje de Poussin. Pero mi padre no acudía al desembarco de los pescadores porque para él carecía de novedad. Por el contrario, recordaba, y así nos lo contaba, cuando de niño se bañaba en esas mismas aguas y los peces que ahora había que ir a buscar en alta mar los tenía él al alcance de la mano en unas aguas transparentes habitadas por miles de seres plateados que ni siquiera huían del bañista. Nosotros (decía), los niños nuevos, ya no habíamos conocido el mar prístino y salvaje de cuando él era niño. Cada generación ha conocido un mundo más puro que el de la siguiente generación. Y sin embargo el mundo es siempre igualmente puro para el recién nacido, porque la pureza del mundo es el recuerdo. Bien puede darse que una época sea objetiva o razonablemente nefasta. Da lo mismo. En cuanto se convierta en pasado se esfumarán los ácidos corrosivos, la maldad intrínseca de cada instante, y se adonizará. Así oía yo hablar a mis tíos y abuelos sobre la guerra civil. Un tiempo espantoso, años de muerte e insoportable necedad. Sin embargo, ellos recordaban aquellos días en el frente, con el frío gélido, el horizonte estepario y el rancho escaso, como años magníficos de su vida y se diría que estaban dispuestos a regresar. Incluso las mujeres que se habían quedado en la ciudad y luchaban todos los días por la supervivencia, recordaban entre carcajadas el conejo criado en el balcón que luego nadie quería sacrificar a pesar del hambre. El tiempo pasado sólo conserva su maldad para quienes lo cultivan en el presente y lo quieren mantener vivo y maligno. Los mercaderes de la venganza, por ejemplo. Y no es imprescindible ser un niño. Yo he paseado por el Museo del Louvre cuando ya era adulto y aquellos tesoros comenzaban a llamar mi atención, completamente solo y oyendo el crujir de los tablones de madera del suelo como una música fantasmal. Y recuerdo deambular por aquellos museos vacíos, silenciosos, cargados de una vida poderosa, en los que cien miradas te escrutaban desde los muros, como los arqueólogos deben de recorrer las tumbas recién abiertas en Mesopotamia o Irak. El aire de esos lugares tiene un frío propio, un aroma de líquido encerrado en un pomo durante siglos y que al destaparse te devuelve lo que alguna vez respiraron los más antiguos, su aire, su aliento resucitado. En un casi desconocido Hemingway recién publicado en España (Sobre París, Elba), el muy joven escritor muestra su faceta de artista a los veintitrés años, porque ya es capaz de recordar un lugar en el cual sólo el pasado tiene la belleza de lo inalterable, a pesar de haber vivido allí la destrucción y la muerte. Fue en Schio, durante la Primera Guerra, “uno de los lugares más hermosos de la tierra”. La pequeña aldea del Trentino, apoyada en los Alpes, formaba parte de su experiencia del dolor y la desesperación, pero no por eso dejaba de ser “un lugar maravilloso para ir a vivir cuando terminara la guerra”. Hemingway era demasiado artista como para no construir adecuadamente el recuerdo, de manera que regresó una vez concluidos los combates para encararse con el presente. Lo encontró todo reconstruido o a medio reconstruir. “Una ciudad reconstruida es mucho más triste que una ciudad devastada”, escribe entonces, en el presente, cuando es ya forzoso que el pasado cristalice en una imagen bella e imborrable. “Un pueblo arrasado en tiempos de guerra siempre (tiene) dignidad, como si hubiera muerto por una buena causa (…) De todo ello ahora sólo quedaba una nueva y fea futilidad”. La tremenda injusticia de este juicio, desconsiderado hasta la crueldad con quienes precisan una nueva morada después de haberlo perdido todo, es la prueba perfecta de que para mantener un pasado es imprescindible cubrir de ceniza el presente. Y la memoria, la potencia creativa de la memoria, es por completo amoral y egoísta. La construcción del pasado es una construcción del deseo y el deseo es egoísmo puro. Todo lo que para nosotros es significativo de nuestra infancia y juventud no es sino una proyección de los deseos que no pueden cumplirse en el presente, en la madurez o en la vejez. Como fruto del deseo, en efecto, “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y es imposible no creerlo así, porque entonces nos quedaríamos sin deseos, los cuales suele decirse que tienden al futuro cuando es todo lo contrario, siempre tienen la forma del pasado. Es importante, sin embargo, ser consciente de que ese pasado deseado en forma de futuro, es una ficción, es un poema, es un arte que conmueve nuestros más escondidos apetitos. Ahora que la turbulencia del tiempo ha tomado la forma metafísica del dinero en su estado más abstracto, me pregunto cómo será cuando se convierta en el pasado de alguien. Así, por ejemplo, ¿cómo recuerdan los homosexuales aquel tiempo en que parecía que iban a morir exterminados por el SIDA? Algunas novelas, como la magnífica The Hours, ya han comenzado a convertir en un pasado luminoso el tiempo de aquella muerte universal y monstruosa. Incluso aquel tiempo horrible puede comenzar a verse ahora como un pasado en el que tanto sufrimiento hizo posible el heroísmo, la entrega, la amistad absoluta, el rescate de tanta humillación, el manantial de una nueva dignidad. En aquel tiempo el destino había tomado la forma de una plaga asesina, ahora tiene la forma de la ruina. ¿Cómo lo verán aquellos que sean hoy tan jóvenes como para no percatarse de que ésta es una materia privilegiada para el recuerdo? Los años de la ruina llegará un día en que sean aquellos en los que algunos vivieron lo mejor de sus existencias. Tiendo a creer que también entonces, dentro de veinte años, los que ahora son jóvenes recordarán los años de la ruina como aquellos que les obligaron a tomar decisiones, a emigrar, a descubrir otros países menos agónicos que el nuestro, los que les dieron la oportunidad de empuñar su vida con audacia y decidir por sí mismos en lugar de obedecer consignas, los que dieron nacimiento a tantas ideas e iniciativas que se pusieron en marcha gracias a la penuria, los que acabaron con la sumisión a las burocracias, las ideologías arcaicas y el gregarismo. Eso será dentro de veinte años, cuando ya sea una forma de pasado. Mientras tanto, mientras sea un presente sin pasado, tiene la forma de la negación misma de la vida. Se trata, como siempre, de resistir hasta que podamos exponer esta penuria en la peana del recuerdo y transformarlo en deseo, por extraño que ahora nos parezca. Entonces nos habremos salvado, aunque muchos estaremos criando malvas. (Félix de Azúa)


Aislamiento:
Exposición universal: Examinemos el vocabulario de nuestras principales preocupaciones: contagio, encadenamientos, contaminación, turbulencias, toxicidad, inestabilidad, fragilidad compartida, afectación universal, volatilidad… Lo que nos inquieta es una situación de superexposición en la que parecen ineficaces los instrumentos que hasta ahora nos protegían, el aspecto más negativo de esa interdependencia general que caracteriza al mundo globalizado. ¿Cuál es la causa de este sentimiento de estar tan expuestos y su correspondiente malestar? Esa inquietud se la debemos a la realidad de nuestra mutua dependencia, algo que por cierto también nos ha procurado muchos beneficios. Hablar de interdependencia es una manera de referirse al hecho de que estamos expuestos de una manera que no tiene precedentes, sin un adecuado seno protector. Interdependencia equivale a dependencia mutua, intemperie compartida. Vivimos en un mundo en el que, por decirlo con lenguaje leibniziano, “todo conspira”. No hay nada completamente aislado, ni existen ya “asuntos extranjeros”; todo se ha convertido en doméstico; los problemas de otros son ahora nuestros problemas, que ya no podemos divisar con indiferencia o esperando que se traduzcan necesariamente en provecho propio. Este es el contexto de nuestra peculiar vulnerabilidad. Las cosas que nos protegían (la distancia, la intervención del Estado, la previsión del futuro, los procedimientos clásicos de defensa) se han debilitado por distintas razones y ahora apenas nos suministran una protección suficiente. Cuando las fronteras se desdibujan de manera que no es fácil determinar dónde está lo propio y lo extraño, cuando los fenómenos circulan y se expanden a gran velocidad, cuando no hay acción sin réplica, es lógico que el problema de las amenazas y las protecciones se plantee con la mayor imperiosidad, aunque a veces sea de modo delirante. En ausencia de protecciones globales y a la vista de la débil seguridad que proporcionan los Estados, los individuos buscan microesferas inmunológicas como muros, coches, estigmatizaciones del otro, proteccionismos, segregación… De aquí surge toda esa política paranoica que busca fronteras, que se empeña en recuperar la vieja distinción entre el afuera y el adentro, las insularidades autistas que pretenden la inmunidad total. El problema es que ciertos mecanismos de defensa son peligrosos, que resultan potencialmente autodestructivos cuando quieren proteger. Las burbujas autistas corren el riesgo de transformarse en protecciones redundantes que provocan desastres similares a aquellos que pretenden conjurar. Pensemos en la asociación peligrosa de medicamentos, guerras preventivas que se pierden, muros que más que protegernos contra el mal nos aíslan del bien y exacerban el odio al otro. Tal vez lo que mejor ilustre este vínculo paradójico entre superexposición y sobre-inmunización, la lógica de las protecciones nocivas, sea la descripción del hombre occidental como un ser sometido a la tensión del automovilista, a esa condición doble, ambivalente, entre sensación inmunitaria y exposición máxima. En ningún sitio se está tan protegido y expuesto al mismo tiempo como en un coche. Esta situación de superexposición en buena parte inédita y por eso suscita numerosos interrogantes para los que no tenemos las oportunas respuestas. ¿De qué naturaleza pueden ser las protecciones en un mundo así? ¿Cómo protegerse sin auto-destruirse? Debemos superar, de entrada, la tentación de producir esferas de seguridad herméticas; la estanqueidad absoluta es imposible y la ilusión de esa imposibilidad exige una energía considerable. Aprendamos del organismo humano, que dispone de unos procedimientos de protección muy sofisticados, pero menos rígidos de lo que solemos suponer o de lo que en principio desearíamos. Y es que debemos nuestra singular supervivencia a la flexibilidad de nuestras defensas. Si la ecología nos ha suministrado el modelo de pensamiento sistémico, podríamos pensar en una ecopolítica global que tuviera en cuenta alguna de sus propiedades. Para empezar, conviene caer en la cuenta de que el organismo humano tiene diez veces más micro-organismos simbióticos que sus propias células. Cabría incluso decir que el organismo es más exógeno que endógeno. Hay una verdadera simbiosis en el caso de las bacterias del intestino que son indispensables para la digestión; ciertos micro-organismos que toleramos desempeñan igualmente una función inmunitaria. No tiene ningún sentido, por tanto, considerar las bacterias como exterioridades peligrosas y la inmunidad del organismo como una lucha a muerte contra lo distinto de sí. Por el contrario, pensar la inmunidad a partir de los fenómenos de tolerancia, interacciones e internacionalizaciones habituales significa afirmar que el organismo no está separado de su entorno y protegido absolutamente frente a sus influencias. Lo que podríamos llamar barreras —como la piel o las mucosas— son más lugares de intercambio que de aislamiento. El organismo no solo es capaz de interiorizar seres exteriores, sino que esta interiorización es necesaria para su preservación, para su funcionamiento normal, su inmunidad. Por supuesto que no hay vida posible sin protección. Si las burbujas autistas son peligrosas, la pura exposición a todo lo que viene es impensable. Pero las protecciones son eficaces cuando permiten cierto tipo de relación y son integradas en procesos de construcción de lo común. No es extraño que una globalidad vulnerable, contagiosa, dispare inevitablemente estrategias de prevención y protección, que no siempre son eficaces ni razonables, que se traducen con frecuencia en movimientos histéricos, miedos infundados y reacciones desproporcionadas. Muchas de nuestras actuales estrategias de defensa —cuyo icono por antonomasia podría ser la construcción de barreras— o son literalmente ineficaces o despiertan unos sentimientos de miedo y xenofobia que terminan por hacernos más daño como sociedades que aquello de lo que quisiéramos protegernos. En la época del calentamiento climático, las bombas inteligentes, los ataques digitales y las epidemias globales, nuestras sociedades deben ser protegidas con estrategias más complejas y sutiles. No podemos seguir con procedimientos que parecen ignorar el entorno de interdependencia y la común exposición respecto de estos riesgos globales. ¿Qué lecciones políticas se pueden extraer de todo esto que alguno juzgará demasiado abstracto? Pues algo tan concreto como que hay que aprender toda una nueva gramática del poder para la que sirve de poco la obstinada defensa de lo propio o la despreocupación por lo ajeno. Todo lo que podía valer para el antiguo juego del poder, ahora ya no es más que pura gesticulación. El instrumento fundamental para sobrevivir en la superexposición es la cooperación, la atención a lo común. La intemperie, en el mundo actual, es la soledad, por muy soberana que se imagine. (Daniel Innerarity, 29/08/2012)


Conflictos:
[El conflicto como palanca:] El conflicto es consustancial a la vida de las personas, de las empresas y de los países y tenemos que aprender a resolverlos, afrontarlos, sortearlos o evitarlos según sea su naturaleza, entidad y repercusión. Aunque la prudencia aconseja evitarlo en la medida de lo posible, al final siempre terminan apareciendo en nuestro camino y debemos estar preparados para enfrentarnos a ellos. A medida que ascendamos, más complejos y difíciles serán los problemas y conflictos que debamos resolver. De alguna forma, son ellos los que marcan nuestro techo de competencia. En esta severa época de crisis feroz los conflictos se multiplican con su carga de tensión y dolor. Sufrimos conflictos sociales, laborales, profesionales, empresariales, societarios y de cualquier naturaleza imaginable. Agotamos gran parte de nuestra energía en intentar superarlos y los maldecimos en silencio. Sin embargo, en muchas ocasiones un conflicto bien planteado y resuelto puede liberar una gran energía que nos sirva como palanca para ascender, innovar y mejorar, o como catalizador de soluciones o enfoques que en otras circunstancias jamás hubiéramos sido capaces de imaginar o de poner en marcha. En nuestra cultura el conflicto aparece rodeado de una fuerte carga negativa, como algo parecido a un castigo que hay que evitar a toda costa. En verdad, no es así. Es cierto que el conflicto genera tensión y dolor, pero también lo es que suele ser antesala de cambios y de soluciones creativas. Sin conflictos ni crisis, ni la sociedad ni las empresas avanzarían. Fue Carlos Marx el primero que concedió al conflicto una influencia determinante. Su frase “el conflicto es el motor de la historia” otorgaba al conflicto un protagonismo muy superior al que las corrientes intelectuales occidentales le concedían. El funcionalismo consideraba al conflicto como algo negativo, como un fracaso a evitar. Por eso, se estudió poco en Occidente hasta que la caída del Muro de Berlín y la desactivación de la extinta URSS permitieron recuperar bajo los escombros de la ideología marxista algunos de sus principios que nos permiten comprender mejor la dinámica histórica y social. Muchas personas se bloquean ante el conflicto, mientras que otras lo afrontan con decisión. Todos hemos tenido que enfrentarnos con conflictos de diverso tipo a lo largo de nuestra vida y sabemos por experiencia que el haberlos superado nos permitió ascender un peldaño en nuestro camino. Tras el problema y conflicto de hoy puede esconderse la felicidad y la prosperidad del mañana. Por eso, cuando elaboramos la estrategia de resolución de conflictos tenemos que pensar también en el medio plazo, lo que nos concede más visión y altura para resolver satisfactoriamente el conflicto que afrontamos. La mirada de un tercero puede ayudarnos a conseguirlo. Algunos conflictos encuentran solución fácil, otros pueden ser resueltos por las propias fuerzas mientras que muchos otros terminan en los tribunales. Existe otra vía, muy poco usada todavía en nuestro país, pero muy frecuente en las economías más desarrolladas, que es el recurso a profesionales de la resolución de conflictos en el ámbito extrajudicial. La vía extrajudicial es una alternativa que puede conllevar rapidez y eficacia, un coste menor y la posibilidad de restañar heridas entre las partes. La mediación y conciliación busca comprender los intereses contrapuestos de las partes, acercar posturas, imaginar escenarios de soluciones y proponer, en su caso, posibles acuerdos. Los mediadores y conciliadores profesionales son frecuentes en asuntos familiares y educativos, mientras que su uso en ámbito laboral es simplemente formal y testimonial y prácticamente inexistente en materia mercantil y societaria. No cabe duda que hay un extenso espacio que desarrollar en estos campos de resolución extrajudicial, beneficiosos para las partes y para la sociedad. El arbitraje es una actividad algo más conocida -sobre todo en los ámbitos civil y mercantil-, en el que las partes acuerdan aceptar el veredicto en forma de laudo de un tercero. El arbitraje puede ser en derecho o en equidad, pero probablemente tenga más sentido y desarrollo el segundo. La última reforma laboral amplió las posibilidades de uso de los arbitrajes, por lo que es de esperar que a lo largo del próximo año también su uso en materia laboral se multiplique. La actividad profesional enfocada hacia la resolución extrajudicial de conflictos aporta un alto valor a las partes y es ahora más necesaria que nunca. (Manuel Pimentel, 17/09/2012)

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