Alemania nazi             

 

Vida cotidiana Alemania nazi:
Trabajadores:
Los carteles de propaganda política de la primera mitad del siglo XX ya fueran nazis, soviéticos, estadounidenses o de ambos bandos de la Guerra Civil española, no solo suelen ser muy atractivos estéticamente, también resultan enormemente interesantes por su carga semiótica, por la manera en que intentan expresar unas ideas. Sobre estas líneas tenemos uno del Partido Nazi para las elecciones del Reichstag de julio de 1932. El texto dice “Los trabajadores hemos despertado”, y como es costumbre en este partido está protagonizado por un supermacho alemán de mandíbula granítica, aquí representado como un auténtico gigante, con el brazo arremangado y el botón de arriba suelto para que veamos que está fuerte. En esta ocasión, sin embargo, no mira solemnemente al horizonte embargado por alguna emoción patriótica, sino hacia unos enanitos a los que muestra una mueca de desprecio y actitud desafiante, con el puño cerrado dispuesto a romper cabezas. El primero que tiene enfrente representa con su gorra roja al bolchevismo, y sostiene un cartel que dice “¡Barones de Hitler!; Decretos de emergencia; Acoso y calumnias; Los gerifaltes en el tocino, el pueblo en la miseria”. A su lado vemos a un judío susurrándole al oído. En otras ocasiones, según el discurso nacionalsocialista, controlaban el capitalismo internacional. Así que los judíos podían mover los hilos de una cosa y de la contraria, bien. Tras ellos dos, vemos a un tipo con un puñal en la mano, tal vez un agitador socialista o un simple criminal. Finalmente asomando sobre el horizonte se eleva una colosal esvástica sobre un fondo rojo, que es también el color del texto. De manera que según este cartel se mostraban como los auténticos rojos y los auténticos proletarios, no como esos enanos y bien alimentados bolcheviques y socialistas en quienes confiaban los trabajadores antes de despertar. Así es como el NSDAP quería mostrarse ante las elecciones, en un país en el que el 46% de la población era clase obrera. Y no le fue mal, dado que se convirtió en el principal partido, con 13,5 millones de votos. Una vez que Hitler fue designado canciller, seis meses después de estas elecciones y en sintonía con esta proclamada cercanía a la clase trabajadora, se celebró por primera vez en Alemania el 1 de Mayo, rebautizado como Día Nacional del Trabajo. Aprovechando la estela de ese gesto propagandístico, al día siguiente los sindicatos fueron prohibidos. También fueron ilegalizados el Partido Comunista y el Partido Socialista. Como sucesor de los sindicatos se instauró unos días después, el 10 de mayo de 1933, el Frente Alemán del Trabajo. Estaba dirigido por uno de los nazis más influyentes, Robert Ley. Piloto durante la Primera Guerra Mundial, sufrió lesiones en el lóbulo frontal del cerebro en un aterrizaje forzoso, a lo que se atribuye su comportamiento inestable —como cuando propinó una paliza al ministro-presidente de Baden— y sus declaraciones en ocasiones pintorescas (que eran objeto de chistes entre la población alemana): “un barrendero echa mil microbios a la cuneta con un solo golpe de escoba; un científico se jacta de haber descubierto un solo microbio en toda su vida”. Bajo su mando esta organización pretendía abolir los antagonismos entre patronos y trabajadores, alcanzar también aquí la unidad y la armonía prometidas para Alemania. Pero si un ámbito de naturaleza tan conflictiva como es el de las relaciones laborales pasa a ser arbitrado por funcionarios de un régimen carente de transparencia, la consecuencia inevitable es que —tal como ocurrió— el Frente Alemán del Trabajo se convierta en la institución más corrupta del III Reich. Las empresas pagaban sobornos y hacían regalos de forma sistemática a los encargados de dirimir las diferencias con sus empleados. Estos, lógicamente, no tenían capacidad de igualar la oferta. Según un testimonio de la época que recoge el historiador Richard J. Evans: “En 1933, delante de la antigua sede de los sindicatos solía haber aparcados dos o tres coches privados. Pertenecían al Banco de los Trabajadores o a los sindicatos. Hoy en día, forman una fila, hay 50 o 60 coches cada día, y a veces más. Los chóferes del Frente de Trabajo disponen de cheques en blanco para gasolina, no tienen que rendir cuentas por ello. La corrupción en el Frente de Trabajo es vasta, y la moralidad es, en consecuencia, baja”. Una de las iniciativas más vistosas del Frente Alemán del Trabajo y que mejor recuerdo dejó entre los alemanes que, una vez perdida la guerra, rememoraban esos años, fue la denominada “A la Fuerza a través de la Alegría”. Se trataba de una organización que proporcionaba actividades culturales y de ocio a los trabajadores, quienes debían financiarla entregando el 1,5% de su salario. Ofrecía por precios muy asequibles excursiones al campo y actividades deportivas, entradas para el teatro, conciertos de música clásica, exposiciones… Aunque sin duda la parte más novedosa fue su intento de acercar el turismo a las masas, que vieron además incrementado el número de días de vacaciones pagadas respecto a Weimar. Hasta dos semanas al año tenían los más afortunados. En este aspecto, el régimen estableció un nuevo calendario de días festivos adaptado a su ideario: el 30 de enero era el Día de la Toma del Poder; el 24 de febrero, aniversario de la fundación del NSDAP; el 20 de abril era el cumpleaños de Hitler; el 1 de Mayo como hemos visto era el Día Nacional del Trabajo; también contaban con el día de Reunión General del Partido (en Nuremberg) y finalmente había un Día del Solsticio de Verano y otro de Acción de Gracias por la Cosecha. En 1936 comenzó la construcción en la isla de Rügen, en el Mar Báltico, de un gigantesco complejo turístico de cinco kilómetros de largo llamado Prora, que podría acoger simultáneamente a 20.000 personas por el módico precio de 20 marcos a la semana. Disponía de boleras, cines, piscinas climatizadas… un buen sitio al que ir que nunca llegó a ser inaugurado debido al estallido de la guerra. Aquí podemos ver, a partir del minuto uno, imágenes del complejo. Lo que sí llegaron a realizarse fueron los cruceros a Italia, España y Noruega. Aunque inicialmente estaban previstos para la clase trabajadora, resultaban demasiado apetecibles como para que funcionarios y miembros del Partido no quisieran una plaza, por lo que la presencia de la clase obrera no llegó a superar en algunos viajes el 10% del pasaje. Según informes de la Gestapo en ocasiones junto a los pasajeros fueron detectadas algunas prostitutas, por lo que popularmente estos trasatlánticos eran llamados Bonzerbordell (el burdel de los peces gordos). Así que el nacionalsocialismo representó para algunos afortunados, literalmente, “barcos y putas”. En cualquier caso, A la Fuerza a través de la Alegría llegó a ser una de las creaciones nazis más apreciadas por la población, como decíamos. Las otras dos fueron la eliminación del desempleo y las autopistas.

Empleo y economía:
Para cuando Hitler llegó al poder Alemania ya había comenzado a recuperarse, arrastrada por la mejora de la situación internacional, pero quedaban aún 6 millones de parados. Prometió acabar con el paro en cuatro años, en lo que denominó con su habitual retórica militar “La Batalla por el Trabajo”. Una de las primeras medidas fue la de favorecer la natalidad ofreciendo préstamos sin intereses a los recién casados de los que se condonaría ¼ por cada hijo, siempre que la mujer se comprometiese a dejar de trabajar. Hasta un total de 800.000 mujeres aceptaron este compromiso. También jugó su papel la reinstauración del servicio militar (de dos años a partir de 1936) y el Servicio Laboral Voluntario, dedicado a tareas agrícolas, y en el que se inscribían de forma voluntaria o forzada un gran número de jóvenes, 422.000 en 1935. Todo ello contribuyó inicialmente a reducir las cifras oficiales de desempleo, pero el impulso fundamental en la reactivación económica y la creación de puestos de trabajo (hasta el punto de que a finales de la década no había trabajadores suficientes, lo que reintegró a las mujeres al mercado laboral) estuvo en el incremento del gasto estatal en obras públicas y, muy especialmente, en el rearme de Alemania. Los 3.870 kilómetros de autopista construidos durante el Tercer Reich emplearon en su momento de mayor apogeo a 160.000 trabajadores. Que tenían la obligación de aceptar ese empleo, pese al bajísimo salario que proporcionaba (por debajo de la pensión de beneficencia) y el elevado riesgo de accidentes. Esas míseras condiciones se veían reflejadas en un chiste de la época, que narraba la historia de un trabajador que sufría estreñimiento crónico y el médico le recetaba laxantes cada vez más potentes, sin resultado alguno, hasta que finalmente le pregunta en qué trabajaba: “En la construcción de autopistas”, responde el paciente. El médico, aliviado por haber resuelto el enigma, le entrega una moneda y le dice “ya verá usted cómo le hace efecto el laxante en cuanto haya comido alguna cosa”. Pero a pesar de sus condiciones de construcción fueron sin duda el orgullo del régimen, que las veía como una forma de unificar los territorios de Alemania, de fusionar modernidad y naturaleza —en su recorrido debía primar la observación del paisaje y se valoraban mucho las estaciones de descanso— y de propiciar la motorización del país. Por supuesto, como todo lo que hizo el Reich desde 1933, también se valoró su posible utilidad para la guerra. Inicialmente incluso se llegó a plantear que las autopistas estuvieran cubiertas de hormigón armado, para proteger a los tanques y al transporte de tropas de los ataques aéreos. Respecto a la motorización, vino acompañada de la promoción de un coche que según los planes de Hitler debía costar menos de 1.000 marcos, para estar al alcance de todos. Se trataba del célebre Volkswagen Sedán, de cuya fabricación debía encargarse el Frente Alemán del Trabajo. Finalmente todo quedó en un acto propagandístico ya que el Escarabajo nunca llegó a fabricarse en serie durante el Tercer Reich. Así que en 1939 había apenas un coche por cada 44 habitantes, menos de la mitad de vehículos que en Francia o Gran Bretaña y a una distancia abismal de Estados Unidos, donde el 20% de su población ya tenía uno. La razón de esto es que la producción industrial estuvo orientada hacia el rearme (“cañones antes que mantequilla” como decía Goering), de forma cada vez menos disimulada pese a las prohibiciones del Tratado de Versalles. Los bombarderos que se fabricaban eran llamados en los informes “aviones comerciales”, los cazas eran “aviones de entrenamiento” y los tanques… tractores. Por ello, un chiste de aquel tiempo trataba sobre un empleado de una fábrica de coches que soñaba con tener uno propio, pero su elevado precio se lo impedía. Así que cada día, disimuladamente, robaba algunas piezas para montarlo en su casa. Hasta el día que terminó el montaje y comprobó que en lugar de un coche tenía el tren de rodaje de una ametralladora. ¿Pero de dónde salía todo ese dinero? Teniendo en cuenta que los años fiscales comenzaban el 1 de abril, en el 33-34 los ingresos del Estado alemán fueron de 6.800 millones de marcos y los gastos de 8.900 millones. En el 38-39 los ingresos aumentaron considerablemente gracias a la recuperación económica, nada menos que 17.700 millones. Pero los gastos del Estado habían pasado a ser de… 32.900 millones, de los que más de la mitad era gasto militar. La deuda total acumulada superaba los 41.000 millones de marcos. Una cifra fuera de control. Así que el incremento del gasto público había hecho posible la recuperación de la economía y el pleno empleo, pero la deuda amenazaba con llevar a Alemania de nuevo al colapso. Cuando uno solo tiene un martillo todo son clavos, de forma que la solución acabó siendo la única que Hitler tuvo en mente desde que escribió el Mein Kampf en 1924 y para lo que, en definitiva, se había producido el rearme: una guerra de conquista y saqueo del Este de Europa. “Rusia es nuestra África” dijo en cierta ocasión. Hasta el 70% de los ingresos del Estado alemán provinieron de los territorios ocupados. Respecto a los trabajadores, la eliminación del paro supuso una mejora en sus sueldos, aunque sus horas de trabajo se incrementaron un 10% respecto a 1932. El horario de trabajo estaba en 1939 en 49 horas semanales. Pero la guerra trajo consigo nuevas exigencias, especialmente desde que el arquitecto de Hitler, Albert Speer, pasara a ser el nuevo Ministro de Armamentos en 1942. Tecnócrata brillante y buen administrador, con él Alemania se volcó en una economía de guerra. De hecho, en sus memorias —una lectura absolutamente recomendable para conocer por dentro el Tercer Reich— se jacta de que según estimaciones hechas por analistas estadounidenses logró prolongar la guerra durante un año y medio o dos. Da que pensar cuántas personas habrían podido vivir si se hubiera dedicado a pastorear cabras o a alguna otra cosa… Pero al margen de especulaciones, el caso es que Speer logró triplicar la producción de armamento y la productividad de cada obrero se dobló. Negarse a hacer horas extraordinarias pasó a estar penado con un año de cárcel, y si se faltaba trabajo en dos ocasiones sin justificación, te caían dos años. En 1942 la jornada laboral era de 52 horas a la semana y poco después pasó a las 60 horas. Los empleados en industrias fundamentales para el desarrollo de la guerra, como la fabricación de aviones, llegaban a trabajar 72 horas a la semana. Para el final de la guerra había además unos 7 millones de trabajadores, la mayor parte esclavos, traídos a Alemania desde los países ocupados. Al tratar este tema no puede dejar de mencionarse lo que se conoce como “arianización de la economía”, que consistió en expropiar aproximadamente unos 50.000 negocios —principalmente pequeños comercios— a sus propietarios judíos, para que pasasen a ser arios. Se trata de una cifra considerable para una población de unos 600.000 judíos alemanes. Merece la pena hacer un pequeño inciso para recordar que desde la Edad Media para los descendientes de las doce tribus estaba prohibido tener propiedades en buena parte de la Cristiandad, así que encontraron su modo de subsistencia en las profesiones liberales —dado que la pericia profesional no puede expropiarse— y en el préstamo de dinero con interés, aprovechando que la usura era una actividad vedada a los cristianos por mandato bíblico. Esto facilitó su acumulación de capital, dando lugar en la época moderna a algunas grandes empresas y a muchos pequeños negocios. Pero volviendo a lo nuestro, todos ellos fueron inicialmente boicoteados, las grandes compañías mediante anuncios en prensa (“Quien compra Nivea está apoyando a una empresa judía”) y las tiendas con pintadas en sus escaparates y miembros de las SA apostados a su entrada para disuadir a la clientela. El proceso tuvo altibajos a lo largo de los años, con momentos álgidos de violencia como “La noche de los cristales rotos”, hasta que finalmente fueron completamente expropiados. En los países ocupados una vez comenzada la guerra el proceso fue más rápido, lo que supuso para Alemania un botín de 30.000 vagones de mercancías cargados con propiedades de judíos de toda Europa. Pero volvamos a comienzos de los años 30, cuando unos 10 millones de personas carecían de lo más indispensable por culpa de la crisis. Para socorrerlos Goebbels anunció el programa Ayuda Invernal, por el que se servían sopas y se entregaban paquetes de comida y ropa en principio a todos los necesitados (de ascendencia aria, obviamente), aunque los miembros más antiguos del Partido gozaban de prioridad. Un chiste contaba cómo dos veteranos nazis caminando por la calle encontraron una moneda y uno dijo ¿La entregamos a la Ayuda Invernal?, a lo que el otro respondió “Guárdatela, ¿para qué andarnos con rodeos?”. Más de un millón de voluntarios de las SA, de las Juventudes Hitlerianas y de la Unión de Jóvenes Alemanas recorrían las calles pidiendo donativos para este programa, en ocasiones a cambio entregaban una postal de Hitler. La ubicuidad y la insistencia de estos voluntarios dio en ocasiones lugar a situaciones incómodas, como los Tablones de la Vergüenza que se ponían en pequeñas localidades con los nombres de quienes no habían realizado donativos. O la ocasión en que al terminar la proyección de una película, un grupo de las SA bloqueó la salida e informó al público de que había varios traidores en la sala. Para detectarlos pasarían las huchas para ingresar donativos… Para evitar el acoso, muchos ciudadanos optaban por comprar placas para sus casas o pequeñas insignias de la organización para ponerse en el abrigo y lograr así una inmunidad temporal. Ayuda Invernal estableció una costumbre para todos los alemanes: un domingo de cada mes en cada casa se comía un plato único de guisado. Eso simbolizaba que el dinero que ahorraba en lugar de comer algo más caro, sería destinado por esa familia al programa de ayuda. En ocasiones el acto era público, con personas de diferentes clases sociales comiendo juntos para representar la unidad de Alemania. Los que tenían mayor poder adquisitivo se enfrentaban por su parte a la escasez de suministros y a colas en las tiendas debido a la autarquía promovida por el gobierno, mientras que la política de rearme requería tal cantidad de hierro que a partir de 1938 se ordenó requisar las vallas metálicas de todos los jardines del país, las Juventudes Hitlerianas debían recolectar chatarra casa por casa y en las nuevas viviendas las cañerías pasaron a ser de cerámica en lugar de metal. Pero las carencias no se extendían a todos los ámbitos. Si el Volkswagen fue solo un sueño irrealizado, como decíamos anteriormente, la Volksempfänger (Radio del Pueblo) sí pudo llegar a muchos hogares alemanes. El modelo VE 3,31 con un coste de 76 marcos, logró vender millones de unidades desde su comercialización en 1933 e hizo que Alemania fuera el país con mayor número de receptores del mundo. La radio permitía recrear la comunidad perdida, esa que la modernidad con sus grandes ciudades, sus fábricas, su individualismo… había disuelto y que el nacionalsocialismo tanto se esforzaba por volver a reavivar. Para que, según la aguda metáfora de Goebbels, el gusano pueda sentirse parte de un gran dragón. Conscientes de las oportunidades que este nuevo aparato proporcionaba, llegaron a transmitir más de 50 discursos de Hitler al año, que eran escuchados no solo en las casas sino también en colegios, fábricas y restaurantes, donde —al menos en los años iniciales del régimen— toda actividad se paralizaba para escucharle. De hecho, la guerra impidió llevar a cabo el proyecto de colocar 6.000 altavoces en lo alto de pedestales por todas las ciudades de Alemania para que nadie pudiera perderse sus discursos. Esta era por ejemplo la programación emitida durante el 20 de abril, que se celebraba el cumple de Hitler: 16:20 Concierto de orquesta. 17:00 La lucha por la nación. 17:30 Operetas clásicas. 18:20 Juramento a Hitler de las Juventudes Hitlerianas de todo el país. 19:00 Radionovela de Horst Wessel (un mártir del nazismo que murió en una lucha callejera con opositores marxistas en los años 20, por lo que era también el himno del Partido). 21:00 Concierto filarmónico. Conscientes de que la información recibida no era de fiar, algunos ciudadanos adquirieron la costumbre de escuchar a escondidas emisoras extranjeras, cosa que desde el estallido de la guerra pasó a ser un delito de traición severamente castigado. Por otra parte, el paso de los años provocó cierto hastío de la población ante el adoctrinamiento radiofónico, así que el Ministerio de Propaganda decidió que fuera reduciéndose paulatinamente en beneficio de la música. Curiosamente, con la prensa también ocurrió algo similar. Con el asentamiento del Tercer Reich, a pesar de que la reducción del paro y la consiguiente mejora del poder adquisitivo, la venta de prensa lejos de incrementarse disminuyó en 1,5 millones de ejemplares diarios respecto al año anterior. Así que en 1936 el régimen lanzó una campaña de fomento de lectura de periódicos, con eslogans como “Quien no lee periódicos vive en la luna” o “Quienes leen periódicos progresan más rápido”. De poco valía tergiversar la información si luego resulta que nadie la leía. El ejemplo más característico de prensa dedicada al adoctrinamiento era Der Stürmer, uno de los periódicos más leídos con medio millón de ejemplares en 1937, caracterizado por su furibundo antisemitismo. Mostraba titulares como “Judío muerto: Fritz Rosenfelder entra en razón y se ahorca” o la portada que podemos ver sobre estas líneas. Respecto a los libros, cada nueva publicación requería el Unbedenklichkeitsvermerk, una bonita palabra para definir la autorización de la Oficina del Partido. Por último, la asistencia al cine sin embargo aumentó de forma espectacular, cuadruplicando el número de espectadores de 1933 a 1942. Era, tal vez, la mejor forma de evasión y de hecho las películas más vistas eran románticas o comedias. Mickey Mouse adquirió una enorme popularidad en la Alemania nazi y también recibió una gran aceptación la versión de Disney de Los tres cerditos, esta última con gran satisfacción de los ideólogos del Partido. Concretamente, debido a que en una escena el lobo feroz —en su empeño por entrar en la casa de uno de los cerditos— utiliza un disfraz de vendedor ambulante con una prominente nariz postiza, lo que interpretaron como una sátira de los judíos. Otro caso curioso protagonizado por una película de dibujos animados es el de The Mad Doctor, con un científico chiflado que intenta cruzar al bueno del perro Pluto con una gallina. Una película que no logró pasar la censura del régimen… queda la duda de si fue porque la consideraron de una crudeza poco apropiada para los niños, o la interpretaron como una crítica a la eugenesia, tan apreciada por el nazismo. Y con esto, damos aquí por concluida esta pequeña trilogía necesariamente incompleta sobre la Alemania nazi. Se podrían seguir diciendo muchas más cosas sobre este singularísimo sistema político —a cargo en última instancia de un reducido grupo de personas de gran astucia política y psicológica— que apenas fue aplicado 12 años en un país (sin contar anexiones ni conquistas), pero que bastó para provocar una guerra y un genocidio que causaron en Europa un total de 36,5 millones de muertos. (Javier Bilbao)

[ Inicio | Annual | República Réquiem | IIGM | Fascismo Joaquín Costa ]