La religión en España             

 

La religión en España:
Las formas de religiosidad organizada se están perdiendo en España, a favor de la secularización, el sincretismo y el escepticismo. Este hecho es especialmente cierto entre los sectores más jóvenes y mejor formados de la sociedad. La otrora "reserva espiritual de Occidente" está pasando a creer de otra manera o no creer, directamente. En privado, sin mucha algarabía ni grandes manifestaciones. Resulta curioso observar que nadie ha sido capaz de recoger la representatividad de estas grandes masas sociales. Ni los grupos escépticos o ateos ni otros colectivos religiosos, ni sectas, ni nadie. No de manera significativa, al menos. Gracias a este silencio, la Iglesia Católica puede seguir arrogándose la representación de ese 76% de autodenominados católicos aunque su relevancia real es mucho menor con toda seguridad. Por otra parte, nadie puede hablar actualmente en nombre de los no creyentes, que son ya uno de cada cinco españoles: el segundo grupo más importante del país en términos de perspectiva religiosa. Lo más parecido a un activismo ateo es el incremento en las solicitudes de apostasía y las voces en contra de un clero que perciben como ultraconservador, alejado de la realidad y vinculado a determinadas opciones políticas situadas en la derecha. Pero tampoco se puede afirmar, ni mucho menos, que todos los no creyentes o ateos se sitúen en la izquierda, aunque probablemente el porcentaje sea más elevado.

Cristo de El Greco San Juan de la Cruz Santa Teresa de Avila


Se oye con frecuencia en los ámbitos más ultras del catolicismo que este retroceso de la fe organizada se debe a la pérdida de referentes claros (quieren decir duros), al aggiornamento de muchos sectores religiosos que ellos perciben como tibieza, cuando no traición. También acusan de la caída a un percibido anticlericalismo sociopolítico "que juega a la contra" y que tiende a repetir los clichés de otros tiempos: masonería, comunismo, izquierdismo, homosexualismo, judaísmo... Inevitablemente, disiento con ellos. Ese es un análisis facilón e interesado, acomodaticio, que obvia numerosos hechos históricos, filosóficos y sociológicos a gran escala. Entre estos, yo resaltaría los siguientes:

Cosmovisión. Los dogmas inamovibles y la autoridad doctrinal, esenciales al hecho religioso organizado, son fundamentalmente incompatibles con las sociedades democráticas abiertas. Una sociedad que fomenta la individualidad, la pluralidad y el libre pensamiento difícilmente aceptará, al menos de forma mayoritaria, un conjunto único de verdades reveladas establecidas por un grupo único de individuos elegidos bajo el dedo de Dios a quienes no se puede discutir. Paralelamente, la mayoría de referentes sociales, económicos y culturales de las sociedades desarrolladas sustentadas en la economía capitalista de consumo ya no pertenecen al campo de la religión, a diferencia de lo que ocurría en el pasado.

Predominio de la epistemología. El extraordinario progreso de la ciencia y la técnica a lo largo de los últimos siglos ha venido ocupando muchos espacios donde anteriormente predominaba la religión. Aunque considerados individualmente ninguno de estos avances resulta devastador para la creencia tradicional, el conjunto de todos ellos y su éxito a la hora de ofrecer explicaciones cosmogónicas y beneficios materiales constituyen un constante goteo que diluye las explicaciones y beneficios de la fe. En la sociedad actual, muchas personas sólo consideran válido el conocimiento obtenido por métodos análogos al científico –datos, pruebas, razonamientos, aunque sean más o menos sesgados–. En sociedades así, las búsquedas de la verdad por fe, por revelación o porque lo diga un libro antiguo o un hombre más antiguo todavía carecen de credibilidad y pierden capacidad de difusión. Pueden funcionar en circunstancias muy emocionales o de aislamiento, pero después se van debilitando ante el predominio del pensamiento racional.

Pérdida de liderazgo. Se deriva de las dos anteriores. En el pasado, las religiones organizadas contenían en su seno a los principales creadores de pensamiento, opinión y filosofía. Pero los tiempos de Santo Tomás de Aquino o Guillermo de Occam pasaron hace mucho. Hoy por hoy, esos creadores se hallan en otros ámbitos: las empresas, la política, los medios de comunicación, el mundo científico. Y aunque las religiones organizadas tratan de mantener su presencia en todos ellos, van a rastras y se nota. Ya no poseen las cabezas más brillantes, y se adaptan demasiado lentamente a las innovaciones.

Valores desadaptados. En otros tiempos, las sociedades evolucionaban muy lentamente y las religiones orgnizadas iban adaptándose con ellas –cuando no dirigiendo los cambios– a lo largo de siglos. Las sociedades modernas, en cambio, se transforman constantemente y a gran velocidad. Poco a poco, los valores tradicionales van perdiendo su sentido conforme las personas necesitan adaptarse a nuevas formas de vida y pensamiento. Simplemente una buena parte de esos valores ya no le sirven a la gente para nada útil en el mundo real, cuando no son abiertamente contradictorios con las necesidades vitales comunes, y sus proponentes van perdiendo audiencia, interés y respeto.

Pluralidad de oferta. Desaparecidas para bien las religiones de estado en el mundo occidental, y existiendo en sociedades abiertas y plurales, las creencias organizadas convencionales tienen que competir constantemente con otras ofertas que para la mayoría del público resultan más agradables y adaptativas. Las religiones ya no son cabeza, autoridad y luz, sino un agente más en un mercado cada vez más amplio y competitivo de ideologías, filosofías y formas de vida. ¡Rápido! ¿Qué prefieres, Física o Química o misa de diez? ¿El lado Coca-Cola de la vida o la vida en el seminario? ¿El horóscopo o el rosario? ¿Este blog o una lectura comentada del Antiguo Testamento (¡bueno, no es tan distinto!)?

Conflictividad sociopolítica. La frecuente asociación de las religiones organizadas con determinados ámbitos del poder u opciones políticas específicas aleja, lógicamente, a los sectores sociales que no están de acuerdo con las mismas. Cuando dicha asociación es repetitiva, estos sectores se alejan definitivamente y desarrollan combatividad antieclesiástica. Los intentos de aproximación seguidos de enfrentamiento se interpretan fácilmente como doblez o traición. Y la gente ya no siente la necesidad de permanecer unida a su iglesia a pesar de todo. No en un mundo donde hay muchas más opciones tanto ideológicas como religiosas. Lo más grave de todo es que los cambios en las necesidades políticas cotidianas de los partidos terminan dejando fuera de juego a las religiones incluso ante los suyos.

Pérdida de crédito social y distorsión perceptiva. Como consecuencia de todo lo anterior, el abismo entre amplias capas de la sociedad y las religiones organizadas se amplía cada vez más, y las vías de comunicación se van cortando. Por razones de psicología grupal, la gente de religión va perdiendo sensibilidad sociológica y no comprenden, o les cuesta aceptar, lo que millones de personas piensan o desean de ellos. En el proceso, también pierden la compresión de las palancas que mueven a la gente y poco a poco, a veces por escándalos y a veces a la chita callando, también pierden el crédito y el respeto. Todo lo cual no hace sino reforzar los demás elementos, en un círculo vicioso sin fin. Lo cual termina por consolidar un núcleo de partidarios duros entre los duros... y la animadversión creciente de millones. O, peor aún, su indiferencia.

Pienso que las religiones organizadas, en su forma actual, no tienen la capacidad de superar estos problemas en el medio y largo plazo. Con altibajos, como todos los procesos históricos, seguirán languideciendo a menos que encuentren una forma radicalmente distinta de interactuar con la sociedad; y a mí, todas las que se me ocurren implican el abandono o disolución de sus características doctrinarias fundamentales, lo cual imagino que les resulta inaceptable. No obstante, si no son capaces, las tendencias observadas en este artículo seguirán calando y profundizándose hasta disolverlos a ellos, convirtiéndolos en una minoría irrelevante. Estos procesos son lentos, y pueden tomarse generaciones, con avances y retrocesos. Pero observando lo ocurrido en los últimos 250 años y particularmente en el reciente medio siglo, el proceso parece irreversible. En las sociedades contemporáneas, las religiones tradicionales están atrapadas en una trampa mortal: o mantenerse fieles a su doctrina con el apoyo de un grupo de incondicionales cada vez más reducido y una animadversión social cada vez mayor, o abandonar sus dogmas y entonces dejar de existir para transformarse en otra cosa. Yo no sé si Dios habrá muerto o no, como dijera Nietzsche. Lo que sí sé es que, a este paso, las religiones tradicionales terminarán desapareciendo en las sociedades abiertas. Quizás, lo último en perecer serán sus formas y apariencias externas. Después, nadie sabe qué ocurrirá, ni si surgirán nuevas formas de espiritualidad, quizá mejores, quizá peores. O no. (La pizarra de Yuri)

 
Franco bajo palio Franco y obispo Cardenal Segura Pío XI
       

Cataluña:
[Preguntas:] Hubo un tiempo en que preguntarse quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos era algo que importaba a todo el mundo. Eran las preguntas que hacían avanzar el pensamiento y que impulsaban la civilización. Ahora ya no parecen importarle a nadie. A lo largo de los siglos algunas de estas preguntas dieron un sentido trascendente a la existencia de hombres y mujeres que luchaban por superar su ignorancia y descubrían con avidez el mundo del conocimiento. Algunos buscaron todas las respuestas en Dios; otros empezaron a creer en las posibilidades ilimitadas del hombre y de la ciencia; otros se esforzaron en hacerlos compatibles. Pero parece bastante evidente que ni unos ni otros comenzaron a hallar respuestas hasta que se plantearon las preguntas. Hoy, en cambio, preguntarse sobre el sentido último de las cosas es objeto de burla y de desprecio. Todo lo que afecta al espíritu, lo que no da un rendimiento material, está pasado de moda. sobre todo en Catalunya, que en los últimos años se ha convertido en la comunidad europea menos interesada en la espiritualidad. Aunque tal vez la ha sustituido por una visión más light o emocional. Este desinterés ha aumentado de forma paralela al desinterés por la religión y constituye el signo distintivo de la sociedad catalana nacida de la llamada tercera oleada de secularización. Cuando la generación de la transición, protagonista de la anterior oleada, se desentendió de la religión, se apartó de algo conocido. La actual oleada no rompe con la religión, simplemente la ignora y seguramente no tiene ni interés ni capacidad, ni tan siquiera el lenguaje básico para plantearse ninguna pregunta. Lo confirman los últimos estudios sobre la práctica religiosa, como la completísima Encuesta Europea de Valores, cuyos datos referidos a Catalunya han sido interpretados por Javier Elzo y Ángel Castiñeira en Valors tous en temps durs: sólo un tercio de los catalanes son creyentes institucionales (practicantes) y la cifra se reduciría drásticamente si elimináramos del estudio a los mayores de 65 años, a los nacidos fuera de Catalunya y a quienes sólo tienen estudios primarios. Todavía son más radicales las conclusiones del sondeo del Instituto de la Juventud, presentado la semana pasada, según el cual sólo un diez por ciento de los jóvenes españoles de 15 a 29 años son católicos practicantes; Catalunya lidera con Madrid y Euskadi esta desafección religiosa. Si preguntarse por el sentido de las cosas fue el preámbulo del desarrollo humanístico de nuestra civilización, olvidarse de estos razonamientos está en el origen de la crisis del humanismo y de los valores. Muchos profesores explican las enormes dificultades a las que se enfrentan para explicar a los jóvenes algunos conceptos no materiales. Las dificultades para teorizar y reflexionar sobre lo espiritual, lo filosófico, lo abstracto, acaban haciendo imposible el debate sobre valores tradicionalmente asociados a las enseñanzas de la religión. Hasta la distinción entre el bien y el mal encuentra serias dificultades en algunos segmentos de población poco entrenados en la abstracción filosófica. Algunos sostienen que mientras se mantengan los principios básicos de comportamiento que antiguamente se vinculaban con la ley natural es suficiente. Durante un tiempo parecían tener razón. Pero me temo que hoy esos principios también han dejado de ser referentes morales y están tan en desuso como los de la religión. No me sorprenden los datos de las encuestas, pero no comparto las interpretaciones casi triunfalistas que algunos analistas hacen de “la privatización de la religión”. Quizás ha sido confinada a la esfera de lo privado por pereza y ha sido desprovista de influencia en el comportamiento público para eludir ciertos compromisos morales. Defiendo que el Estado se quede al margen en cuestiones religiosas. Pero a los ciudadanos los prefiero con convicciones. Y si esas convicciones están basadas en las enseñanzas del Evangelio, no tan sólo no me parece mal, sino que me quedo bastante más tranquilo. No soy ni ateo, ni agnóstico, ni católico practicante. Supongo que en realidad no soy ni creyente, al menos no en un sentido ortodoxo. Tengo muchas dudas y me sigo haciendo muchas preguntas. Creo que pertenezco a los llamados católicos culturales, es decir, los que creímos que podíamos quedarnos con los principios y desechar la práctica religiosa. Tal vez somos responsables del panorama actual porque combatimos la jerarquía y los dogmas sin pensar en modelos alternativos y sin tener en cuenta que muchas personas quieren que alguien dicte las pautas morales. No sé si estoy legitimado para lamentar la situación. A veces me gustaría vivir mis dudas en un mundo en el que todos los demás tuvieran fuertes convicciones religiosas, aunque eso, claro, es un deseo poco coherente. Pero reivindico la vertiente espiritual de nuestra existencia. Y proclamo también la necesidad de seguir haciéndome preguntas. Las que en muchas partes del planeta han dejado de hacerse por un creciente fanatismo. Las mismas que en Catalunya parecen prohibidas por una gran soberbia intelectual. O por una tremenda incultura. (Rafael Nadal, 06/05/2011)

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