Paul Preston             

 

Paul Preston: El holocausto español:
El capitán Manuel Díaz Criado no admitía peticiones de clemencia. Admitía, eso sí, la visita de mujeres jóvenes. En la aterrorizada Sevilla de agosto de 1936, tomada ya por tropas sublevadas contra el Gobierno republicano, Díaz Criado disfrutaba a sus anchas día y, sobre todo, noche. "Después de la orgía, y con un sadismo inconcebible, marcaba a voleo con la fatídica fórmula 'X2' los expedientes de los que, con este simplicísimo procedimiento, quedaban condenados a la inmediata ejecución", relató un antiguo gobernador civil. Quienes pululaban a su alrededor le consideraban "un degenerado" que rentabilizó su misión represora para "saciar su sed de sangre, enriquecerse y satisfacer su apetito sexual". Carrillo estuvo implicado en la autorización de Paracuellos, según Preston Ese mismo agosto, Pascual Fresquet Llopis, matón de la anarquista FAI, se afanaba en ser digno merecedor del nombre de su patrulla: la Brigada de la Mort. Desde Caspe (Zaragoza) comandaba operaciones de limpieza ideológica en el Bajo Aragón, Teruel y Tarragona, rastreando derechistas a los que ejecutar. La brigada se desplazaba en un autobús de 35 plazas, conocido como el cotxe de la calavera, el mismo símbolo que lucían sus ocupantes en las gorras. Donde los inocentes veían matanzas, Fresquet veía actos de "justicia" revolucionaria. Cuando la CNT decidió frenar sus crímenes, en octubre de 1936, habían asesinado a 300 personas.

Largo Caballero


Díaz Criado y Fresquet son algunos de los numerosos depravados con poder que entre 1936 y 1939 contribuyeron a que ocurriese algo salvaje: las víctimas causadas lejos del frente (200.000) casi se equipararon con las bajas del campo de batalla (300.000). La crueldad hermanó a individuos enfrentados, pero no igualó los acontecimientos. Ni por alcance, ni por duración, ni por origen. El alcance: por cada muerto en zona republicana (casi 50.000) se registraron tres en la franquista (entre 130.000 y 150.000). La duración: los crímenes rojos se concentraron en los primeros cinco meses de la guerra, hasta que el Gobierno se rehizo y recobró las riendas, mientras que el terror franquista siguió hasta el final y se adentró en la posguerra. El origen: el exterminio del enemigo -o del sospechoso de serlo formaba parte del plan de los golpistas para doblegar a la población y arrancar la raíz del mal; por el contrario, las autoridades republicanas combatieron a los colectivos extremistas que ajusticiaban por su cuenta aprovechando el colapso del Estado ocurrido tras el 18 de julio. Huelga añadir que unos habían dado un golpe de Estado y otros defendían un Gobierno democrático. Al espanto de la retaguardia durante la Guerra Civil viaja el hispanista Paul Preston (Liverpool, 1946) en su nuevo libro, El holocausto español (Debate), donde se recogen las fechorías del capitán Díaz Criado y el matón Fresquet. Y, aun sin conocerlo, el ensayo de Preston también habla de la vida de Valentín Trenado Gómez (Puebla de Alcocer, Badajoz, 1917), que pagó su paso por la milicia republicana con 12 años de encierro en campos de concentración y cárceles. En 1936, el joven Valentín tenía más deseos de divertirse que de hacer la revolución. Hay acontecimientos que, sin embargo, no preguntan. Así que, tras el golpe, recibió un fusil y la orden de dirigirse al frente. "No había cogido un fusil en mi vida", revive ahora en su piso de Sevilla. Pasó la guerra en Extremadura, le hicieron sargento y, cuando recibió la orden de rendirse, caminó igual de obediente hasta Ciudad Real, donde entregó un fusil que para entonces era un viejo conocido. Tras un consejo de guerra, en Sevilla le destinaron a la construcción de un gigantesco canal para regar latifundios de amigos de la causa franquista. Pasaba hambre y miedo, dormía en barracones. En Tetuán le hicieron picar piedra para una carretera. "No había más paga que la comida: lentejas, patatas y calabaza", recuerda Valentín Trenado, consciente de una etiqueta que incomodaría a otros: es ya uno de los pocos supervivientes de la guerra, "el último rojo", le dice su médico. La biografía de Valentín demuestra que, para los vencidos, no hubo paz, ni piedad, ni perdón. El ensayo de Preston delata la fragilidad de la capa civilizada que recubre a una sociedad. Incomodará, empezando por su título ("Un holocausto es la masacre de un pueblo. Y yo diría que el sufrimiento y el dolor del pueblo español justifican ese título", defiende) y siguiendo por su contenido: los teóricos y los ejecutores del exterminio de las izquierdas, los robespierres revolucionarios, los alimentadores de checas (centros de detención y tortura en zona republicana) y los pequeños héroes tienen nombre y apellidos. Una gran síntesis histórica sobre el drama de la retaguardia que, poco a poco, se va desvelando sin miradas parciales. La dictadura aireó los excesos republicanos y silenció los suyos. Tras la muerte de Franco, en 1975, los historiadores comenzaron a buscar otras piezas del puzle para recomponer los hechos. Con dificultades: faltan documentos y abundan fosas cerradas. Pero el puzle, empujado por investigadores y asociaciones de memoria histórica, progresa. Lo que aflora, estremece. "Dejando de lado la guerra civil rusa y las dos guerras mundiales, en términos relativos, la española fue una sangría sin paralelo en Europa", subraya el historiador Ángel Viñas. Lo averiguado hoy nada tiene que ver con la verdad oficial asentada cuando Preston era un estudiante que sobornaba a bedeles de la hemeroteca en Madrid para leer diarios de la Segunda República para su tesis. El fantasma de la represión le rondó en sus investigaciones sobre el siglo XX español hasta que en 1998, el año en que publicó Las tres Españas del 36, comenzó a recopilar material y tejió una red de contactos con los historiadores que le han mantenido al día de cada avance. Desde 2003, el libro se ha comido toda la energía del profesor de la London School of Economics. También sus emociones. En su casa de Londres, mientras toma café en una taza donde se puede leer "No pasarán", en honor de las Brigadas Internacionales, el hispanista confiesa que lloró a menudo. "La inmensa mayoría de los que murieron, donde fuera, no tenían que haber muerto. No me había dado cuenta hasta este libro de la represión en zonas donde no hubo resistencia. Hay una crueldad tan gratuita que el coste emocional ha sido altísimo". "Mi esperanza", añade, "es que se pueda leer como una contribución a la reconciliación, lo que no quiere decir olvido, sino comprensión". Preston cree que un historiador suma varias actitudes. Una es la detectivesca, otra, la de empatizar con los demás. Sabiendo esto es fácil entender por qué su esposa, Gabrielle, le encontraba llorando con frecuencia al volver del trabajo. ¿Qué otra cosa puede hacer alguien cuando se pone en la piel del doctor Temprano o de Amparo Barayón para reconstruir el derrumbe de sus vidas? Tras la ocupación de Mérida por los rebeldes, se dejó en manos de Manuel Gómez Cantos, un brutal guardia civil, la supervisión de la limpieza. Preston narra su retorcida triquiñuela: "A diario, durante un mes entero, Gómez Cantos recorrió el centro de la ciudad en compañía del doctor Temprano, un republicano liberal, para tomar nota de quienes lo saludaban. De esta manera identificó a sus amigos y pudo detenerlos, tras lo cual él mismo mató al doctor". Ramón J. Sender, escritor de éxito y de izquierdas, y su esposa, Amparo Barayón, estaban de vacaciones en Segovia con sus dos hijos en julio de 1936. El novelista regresó a Madrid. Amparo y sus hijos se refugiaron en su Zamora natal por considerarlo un lugar más seguro. El 28 de agosto, Amparo, junto a Andrea, su bebé de siete meses, fue encarcelada por el delito de protestar por la ejecución de su hermano. La maltrataron, la vejaron y, el día antes de ejecutarla, le arrancaron a su hija de los brazos para internarla en un orfanato católico. Es probable que el historiador también hubiera llorado con el testimonio de Mercedes, el nombre falso de una anciana real que perdió a 18 familiares. En el pueblo de Toledo donde ocurrieron los hechos, hace unas semanas revivía lo ocurrido: "En el 36 yo tenía 12 años. Echaron al río Tajo a los dos primeros tíos que mataron, pero el cuerpo de mi tío médico orilló en un pueblo y el forense lo reconoció porque habían sido compañeros de estudio. Al terminar la guerra nos lo entregó. Eran forasteros los que venían a asesinar a la gente que señalaban los del pueblo. A otros tíos los mataron detrás del cementerio. A mi padre lo dejaron morir desangrado, después de tirotearlo por intentar escapar. Yo creo que Dios quiso mucho a mi abuela porque murió el 22 de enero de 1936 y no vio lo que les esperaba a sus 14 hijos". Las mujeres de la familia sobrevivieron con el alma en vilo, entre amenazas y humillaciones. "Nos llamaban los cuervos negros porque íbamos de luto, a veces venían milicianos a exigir que les diéramos cena y cama, y acabaron echándonos del pueblo". Salieron adelante gracias a gestos solidarios (recibían pan gratis a hurtadillas) y a bordados a destajo de hoces y martillos para la ropa de hombres que odiaban. Al final de la guerra volvieron al pueblo, enterraron con honores a sus muertos y acudieron a los consejos de guerra como espectadoras. A veces, Mercedes se encuentra a cómplices de los verdugos en el centro de salud o en la carnicería. Los vencidos no pudieron enterrar a sus muertos ni pedir justicia. Ya con Franco en el poder, unos 20.000 republicanos fueron ejecutados, entre ellos Lluís Companys, a pesar de que había salvado a millares de religiosos y otros amenazados por la furia revolucionaria mientras presidió la Generalitat de Cataluña (10.000 personas salieron en barco gracias a sus pasaportes). Después de muerto, un tribunal confiscó los bienes de la familia Companys y se los adjudicó al Estado. La represión se heredaba. Una anomalía que ya habían anticipado los rebeldes durante la guerra en Burgos, donde Preston ubica el fusilamiento de varias mujeres por el "derecho de representación" de sus maridos huidos. A las mujeres no bastó con matarlas. Falangistas y soldados usaron con saña la violencia sexual, aunque resulta imposible delimitar su impacto: la violación se borraba a menudo con el asesinato. Preston diferencia la actitud en zona republicana, donde las agresiones sexuales fueron aisladas, y en zona rebelde, donde los mandos militares alentaron los abusos. "Legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y a la vez a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estos comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen", inflamaba en sus discursos radiofónicos Queipo de Llano. "La colosal diferencia entre ambas zonas", señala Preston, "tiene que ver con que uno de los principales fundamentos de la República era el respeto hacia las mujeres. En la zona rebelde, la violación sistemática por parte de las columnas africanas se incluye en el plan de imponer el terror". Durante dos horas, las tropas disponían de libertad plena para dar rienda suelta a instintos salvajes en cada localidad conquistada. Las mujeres entraban en el botín. Preston describe la escena que presenció en Navalcarnero el periodista John T. Whitaker, que acompañaba a los rebeldes, junto a El Mizzian, el único oficial marroquí del ejército franquista, ante el que conducen a dos jóvenes que aún no habían cumplido 20 años. Una era afiliada sindical. La otra se declaró apolítica. Tras interrogarlas, El Mizzian las llevó a una escuela donde descansaban unos 40 soldados moros, que estallaron en alaridos al verlas. Cuando Whitaker protestó, El Mizzian le respondió con una sonrisa: "No vivirán más de cuatro horas". El periodista John T. Whitaker escribió sobre algunos de los episodios más salvajes del avance rebelde: la matanza de 200 heridos indefensos en un hospital de Toledo o la masacre de la plaza de toros de Badajoz. Preston recupera la respuesta del general Yagüe a Whitaker, que dio la vuelta al mundo: "Claro que los fusilamos. ¿Qué se esperaba usted? ¿Cómo iba a llevarme a 4.000 rojos, cuando mi columna avanzaba contrarreloj? ¿O habría debido dejarlos en libertad para que volvieran a convertir Badajoz en una capital roja?". Al otro lado: Paracuellos. Las conclusiones de Paul Preston no gustarán a Santiago Carrillo. "Decir que no tiene nada que ver es tan absurdo como declararle el único responsable", resume el hispanista en Londres. Tras un denso capítulo dedicado a las sacas de prisioneros militares para ser ejecutados mientras las tropas de Franco asediaban un Madrid rebosante de ira contra el enemigo, el historiador concluye que Carrillo estuvo "plenamente implicado" en la decisión y la organización de las ejecuciones, a pesar de sus desmentidos. En sus memorias, Carrillo asegura que se limitó a ordenar la evacuación de presos para evitar que se perdiese Madrid (los rebeldes habían llegado a la Ciudad Universitaria) y que el convoy fue asaltado. El odio a los militares hizo el resto. Pero los grandes perseguidos en la zona republicana fueron los curas. "Vestir sotana era suficiente para acabar ante un piquete en alguna tapia o cuneta", escribe José Luis Ledesma en Violencia roja y azul (Crítica). Casi 6.800 religiosos fueron asesinados, a los que se sumaron un sinfín de ataques contra templos y conventos, que fueron incendiados y profanados. "Las iglesias eran saqueadas en todas partes y como la cosa más natural del mundo, puesto que se daba por supuesto que la Iglesia española formaba parte del tinglado capitalista", escribió George Orwell, tras su experiencia como combatiente en las filas del POUM. En Homenaje a Cataluña (1938) relata que durante sus seis meses de estancia en la zona de España donde también se ponía en pie una revolución solo vio dos iglesias intactas. Los clérigos sufrieron a veces torturas, amputaciones y agonías feroces. Para medir el impacto de esta persecución, el historiador Stanley G. Payne recurre a una comparación: "La fase jacobina de la Revolución Francesa acabó con la vida de 2.000 sacerdotes, menos de un tercio del número de asesinados en España". El anticlericalismo fue un rasgo específicos del conflicto. El brote no fue espontáneo, claro. "La Iglesia católica, que agita la revolución, era vista como parte del statu quo", señala Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea. Para entender esta persecución son esenciales los capítulos que Preston dedica a describir la placenta del golpe de 1936. La República había aprobado leyes que relegaban a la Iglesia, aliada histórica de la oligarquía y freno modernizador, al plano privado. Se les retira de los colegios y se establecen normas laicas. Amparados en ellas, algunos alcaldes imponen tasas por tocar las campanas o multan por lucir crucifijos. En respuesta a estas provocaciones, la represión del bienio negro (1934-1936) contra la izquierda es jaleada desde los púlpitos, así que los extremistas se van cargando de plomo. Casi un millar de religiosos asesinados han sido ya beatificados por el Vaticano, que los honra como "mártires". Es una memoria selectiva, sin embargo. La Iglesia sigue sin pedir perdón a las víctimas de los curas que empuñaron armas. Unos cuantos. Preston señala que al comienzo de la guerra en numerosas localidades de Navarra faltaban sacerdotes para decir misa porque se habían largado al frente. La violencia de falangistas y militares recibió bendiciones a tutiplén. Entre las rescatadas por el hispanista figura la del canónigo de la catedral de Salamanca, Aniceto de Castro: "Cuando se sabe cierto que al morir y al matar se hace lo que Dios quiere, ni tiembla el pulso al disparar el fusil o la pistola, ni tiembla el corazón al encontrarse cara a la muerte". A Unamuno, que había apoyado en las primeras horas el golpe en Salamanca, le horrorizó: "A alguno se le fusila porque dicen que es masón, que yo no sé que es esto, ni lo saben los bestias que fusilan. Y es que nada hay peor que el maridaje de la dementalidad de cuartel con la de sacristía". Vencidos los ateos, anticlericales y masones, la Iglesia se afanó en salvarlos a partir de 1939. Incluso contra su voluntad. Marcos Ana (Alconada, Salamanca, 1920), que se convertiría a su pesar en el preso político más veterano del franquismo, asistió a escenas dantescas en la cárcel: "Vi a un capellán golpear con un crucifijo a un condenado a muerte porque no quería confesarse". Ninguna superó, sin embargo, lo que vio en el puerto de Alicante el 31 de marzo de 1939, cuando 20.000 desesperados republicanos se descubrieron atrapados en una ratonera, entre las ametralladoras de la División Littorio en tierra y dos minadores en el mar: "Había gente que se tiraba al agua y otros que se saltaban la tapa de los sesos". Escuchando a Marcos Ana y leyendo a Preston cobra todo su sentido lo escrito por Arthur Koestler en Diálogo con la muerte (1937) mientras esperaba en una cárcel franquista una ejecución por espionaje que finalmente esquivó: "Otras guerras consisten en una sucesión de batallas, esta es una sucesión de tragedias". (Tereixa Constenla, El País, 27/03/11)


Democracia de la República:
[¿A quién le importa Menéndez Pelayo?] La derecha está obsesionada por difundir la tesis de que no hay nada reivindicable de la etapa republicana En el Babelia del pasado 14 de abril Jorge M. Reverte sostenía que la “historiografía franquista (está) a estas alturas muy periclitada, por no decir insignificante”. Discrepo de esta opinión y considero un error minimizar la presencia de planteamientos franquistas sobre nuestro pasado más inmediato ya que éstos se difunden hoy con toda normalidad desde numerosos medios de comunicación e incluso algunos pretenden imponerlos como una especie de “historia oficial”. Cuando lo desee Reverte, puedo proporcionarle una larga lista de libros —incluidos algunos diccionarios—, de artículos de diarios y de revistas, de programas de televisión, etc. en donde se pontifica sobre “el gran fracaso de la Segunda República”, se justifica la “inevitable” Guerra Civil y se comprende la “desagradable, pero necesaria” etapa franquista. No hace ni un año, el 12-06-2011, en este mismo diario Edward Malefakis publicaba un excelente artículo en el que con agudeza y rigor denunciaba las campañas publicísticas no sólo de los revisionistas de viejo cuño —los Pío Moa, Cesar Vidal y compañía—, sino también de los “neo-revisionistas” —los escrupulosos “puritanos” y obsesos “comparativos”, les llamaba—; es decir de aquellos seudo-historiadores más hábiles que los primeros que han hecho bandera de la consigna de “todos fueron culpables” de la Guerra Civil. ¿Cuáles son las razones de la persistencia del discurso de ese neo-revisionismo historiográfico?. ¿Por qué tiene tanta difusión en ciertos medios de comunicación ? Hay un punto de partida que explica con claridad el porqué de esa obsesión: no hay en España una memoria compartida sobre la Segunda República, la Guerra Civil y el Franquismo. Y no la hay porque la derecha ha construido una interpretación propia ante la evidencia de que en el mundo científico-universitario se imponían con rotundidad y rigor profesional unas tesis que no le eran nada gratas. Y como los seudo-historiadores revisionistas no se atreven a presentar sus tesis en los medios profesionales —congresos, seminarios y cursos universitarios especializados— utilizan preferentemente los medios de comunicación y las editoriales más afines y con menos escrúpulos científicos. La derecha española no está dispuesta a aceptar que la República fue una etapa democrática, ni con todas las limitaciones y reparos que se quiera, porque hacerlo supondría aparecer como la destructora de esa democracia al haber apoyado el golpe de estado de julio de 1936. Necesita cuestionar los planteamientos de los que sostienen que el régimen republicano, aunque imperfecto y agitado, era viable y gozaba de amplio consenso social. Hoy nuestra derecha está obsesionada por difundir la tesis de que no hay nada reivindicable de la etapa republicana y que la democracia en España nació el 15 de junio 1977, ya que esto le permite presentarse como partícipe en la construcción del “primer régimen democrático español”. Hay múltiples ejemplos recientes de difusión descarada de las tesis del franquismo historiográfico. No son publicaciones marginales ni irrelevantes, ya que algunas vienen avaladas por destacadas instituciones o por las mismas administraciones públicas. Podemos recordar, por ejemplo, aquel programa de Tele Madrid emitido el año pasado sobre la Guerra Civil en el que se escamoteaba la existencia de la conspiración militar dirigida por el general Mola desde finales de 1935 y se presentaba la sublevación de 18 de julio como la “lógica” reacción ante el asesinato de Calvo Sotelo. Y no hace ni un año que nos escandalizamos ante en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia puesto que incluía voces que rezumaban un descarado franquismo historiográfico, como las de Franco, Negrín o Azaña. Pues bien, las visiones franquistas deben ser aún lo suficientemente fuertes en esa docta casa como para que en la reciente revisión realizada del Diccionario no sean excluidas esas entradas, aunque si se incluyan unas “complementarias” con diferentes visiones. Como si definir el régimen de Franco fuera una cuestión opinable en la que todas las propuestas son igualmente lícitas y rigurosas. Que una obra de tal descontrol y ausencia de rigor haya sido sufragada con generoso dinero público no hace más que verificar la protección de que gozan hoy en España los divulgadores de las ideologizadas tesis revisionistas. De ahí que sea saludable la iniciativa de Ángel Viñas al dirigir la publicación de En el combate por la historia, una obra en la que participan prestigiosos historiadores y que pretende denunciar la visiones distorsionadoras que últimamente difunden los más conspicuos representantes del franquismo historiográfico. No se trata de una “querella” entre historiadores, puesto que los neo-revisionistas no merecen esta denominación. Son simples propagandistas carentes del mínimo rigor científico como el libro de Viñas pone en evidencia al señalar la multitud de errores, disparates, incongruencias y especulaciones gratuitas que contienen sus publicaciones. Sin embargo, hay que reconocer que las tesis revisionistas han conseguido crear tal confusión que muchos medios de comunicación no saben distinguir entre los auténticos especialistas, los hábiles divulgadores y los distorsionadores a sueldo. Y también sorprende que gente nada próxima ideológicamente a los revisionistas aborde ciertas temáticas complejas de la Guerra Civil con una cierta frivolidad, como lo hace Reverte al sostener que en las dos zonas hubo una semejante planificación del terror. ¡Por favor! Compárese las cifras de asesinatos por años entre ambas zonas: mientras en la republicana las muertes en la retaguardia descienden radicalmente tras el sangriento verano de 1936 hasta llegar en 1938 a unas cifras muy inferiores —la octava o décima parte—, en la zona franquista se incrementa el número de asesinatos a medida que la guerra avanza. Aquí sí que se hace patente la gran diferencia que supuso poder controlar y planificar el ejercicio de la violencia en una y otra zona. A los historiadores nos toca la poco agradable tarea de denunciar las interferencias ideológicas, los sectarismos interesados y las maniobras de intoxicación sobre las visiones del pasado. Y, sobre todo, luchar por dignificar nuestra profesión defendiendo la historia como una ciencia que, fundamentada en el rigor metodológico de la investigación, ofrece interpretaciones contrastables y siempre sometidas al debate científico, pero nunca construidas en función de campañas propagandísticas de clara intencionalidad política. La gran diferencia entre los especialistas, como los que colaboran en el libro de Viñas, y “los otros”, es que los primeros se han pasado, y se pasan, muchas horas en los archivos, mientras “los otros”, entre ellos los seudo-historiadores revisionistas, que no han pisado un archivo en su vida, se limitan a seleccionar unas lecturas y a publicar auténticos refritos, que a menudo son simples encargos políticos. (Borja de Riquer, 25/05/2012)


Franco, ese (no tan) mal hombre:
Negrín estuvo al frente de un gobierno "prácticamente dictatorial", mientras que Franco no fue un dictador. Algunas definiciones incluidas en el flamante Diccionario Biográfico Español coordinado por la Real Academia de la Historia -y difundidas ayer por el diario Público- tienen más opinión que rigor y ya han provocado un aluvión de airadas reacciones. Prestigiosos historiadores extrañamente ausentes de la titánica obra de 50 volúmenes, como Paul Preston, Santos Juliá, Ángel Viñas o Julián Casanova, creen que los biógrafos de algunos personajes del siglo XX dan una visión sesgada de acontecimientos que siguen supurando en la memoria de la sociedad española pero sobre los que hay consenso científico. Franco, que ocupa cinco páginas de la obra, siempre es citado como "Generalísimo o Jefe de Estado". Se destaca su valor militar y se omite su perfil represor en una obra que ha recibido 6,4 millones de euros de subvenciones del Gobierno desde 1999. "La visión de Franco expuesta por Luis Suárez es tan oficialmente franquista que me sorprende, me habría esperado algo más objetivo hoy en día", comentó ayer desde Londres a este diario Paul Preston, autor de un celebrado ensayo sobre el dictador. Preston, que pertenece a la London School of Economics, lleva toda su vida buceando en la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura. Su último libro, El holocausto español (Debate), disecciona con detalle los aspectos de la represión. "A mí no me extraña que no me inviten porque soy extranjero pero Stanley G. Payne es más extranjero que yo", ironiza Preston. Payne, que en los últimos años se ha escorado hacia las tesis de seudohistoriadores bien amables con el franquismo y su legado, como Pío Moa o César Vidal, firma la reseña de La Pasionaria. "Las cosas que yo hago no son del agrado de la Academia, pero independientemente de eso podrían haberle encargado la reseña a otros historiadores, como Enrique Moradiellos, por ejemplo", plantea Preston. "No me parece objetiva la de Suárez, habría buscado a alguien más crítico", añade. En la entrada de Franco se puede leer: "Montó un régimen autoritario, pero no totalitario, ya que las fuerzas políticas que le apoyaban quedaron unificadas en un Movimiento y sometidas al Estado". Luis Suárez, el autor, es un experto en Historia Medieval que tuvo acceso a los fondos de la Fundación Francisco Franco casi en exclusiva hasta que fueron digitalizados con subvención pública. Con Santos Juliá, otro respetado historiador, ocurrió algo distinto. Un día le llamaron de la Real Academia de la Historia. Le invitaban a realizar una reseña para el proyecto, el gran quién es quién de la historia española desde el siglo III antes de Cristo hasta la actualidad. ¿Una biografía de Azaña, Prieto o algún otro de los personajes de la Segunda República sobre los que más ha indagado? No. Ayer, Juliá comentaba: "No recuerdo el nombre, pero no era nadie sobre quien hubiera investigado. Era un personaje muy secundario que no tenía interés para mí. Tuve la impresión de que era como la calderilla de la obra que nadie había querido hacer". Juliá está considerado el principal biógrafo de Azaña, pero la RAH prefirió que la entrada del presidente de la Segunda República la redactase el historiador Carlos Seco Serrano y desestimó la opción de Juliá. "Si Payne hace La Pasionaria, Seco escribe de Azaña y Luis Suárez de Franco, el sesgo de todo esto está muy claro", indicó el autor de Vida y tiempo de Manuel Azaña (Taurus). El historiador Ángel Viñas, que tampoco participa en el proyecto, fue más contundente: "Lo de menos es estar o no estar. Eso me da igual, lo que no me da igual son las distorsiones. Ningún historiador puede decir del pasado lo que le salga de las narices". Viñas, que acaba de publicar La conspiración del general Franco (Crítica), acusa directamente a Suárez de ser capaz de "tergiversar, manipular o mentir". El historiador recuerda que en el Diccionario Biográfico de Oxford, con el que se compara la Real Academia de la Historia española, está escrito "por reputados historiadores, ya sean de derechas, de centro o de izquierdas, porque claro que tienen ideología. El que dice que no la tiene es un mendrugo".

Perlas sobre Franco: - "Francisco Franco pronto se hizo famoso por el frío valor que sobre el campo desplegaba". - "Una guerra larga de tres años le permitió derrotar a un enemigo que en principio contaba con fuerzas superiores. Para ello, faltando posibles mercados, y contando con la hostilidad de Francia y de Rusia, hubo de establecer estrechos compromisos con Italia y Alemania". - "Montó un régimen autoritario pero no totalitario". (Tereixa Constenla, 30/05/2011)


¿Quién escribe la historia?:
El ideal de objetividad, el compromiso con la verdad, fue la roca sobre la que se constituyó la profesión histórica desde mediados del siglo XIX. De acuerdo con esos principios, el papel del historiador objetivo nunca debería degenerar en el de abogado o en el de propagandista. Alejado del partidismo y la parcialidad, la principal y primera guía del historiador debería ser un compromiso con la realidad del pasado. Resulta curioso que los miembros de la Real Academia de la Historia, supuestos guardianes de las esencias de la profesión, ignoren esos principios y acaben poniendo la ideología y sus influencias políticas al servicio de la historia. Eso es lo que hacen, como mínimo, en las biografías dedicadas a algunos personajes del siglo XX en el Diccionario Biográfico Español que presentaron el pasado jueves. Resulta difícil imaginar que los historiadores universitarios alemanes aceptaran como argumentos válidos una apología de Hitler. O que la Academia Británica pidiera a un negacionista el análisis del Holocausto. En España, sin embargo, la Real Academia de la Historia encarga la voz dedicada a Franco a su académico Luis Suárez Fernández, un historiador medievalista vinculado a la Fundación Francisco Franco, que tiene como fin, según se lee en su página web, "difundir el conocimiento de la figura de Francisco Franco en sus dimensiones humanas, política y militar, así como de los logros y realizaciones llevadas a cabo por su régimen". Más equidad y juicio justo de la historia, imposible. Franco estableció un Estado represivo sobre las cenizas de la Guerra Civil, persiguió sin respiro a sus oponentes y administró un cruel y amargo castigo a los vencidos hasta el final. En su larga y sangrienta dictadura reside la gran excepcionalidad de la historia de España del siglo XX, si se compara con los otros países europeos occidentales. La violencia se convirtió en una parte integral de la dictadura franquista, que inició su recorrido con una toma del poder por las armas. Nos ha costado mucho desmontar los mitos que sus apologetas y seguidores construyeron y divulgaron en torno al dictador. Años de investigaciones rigurosas, con historiadores reconocidos en todo el mundo por sus escritos y enseñanzas sobre nuestra historia contemporánea. Hemos tratado de que esos nuevos conocimientos sobre la guerra civil y la dictadura franquista lleguen a las aulas, se difundan en libros en las mejores editoriales. Pero nada de eso preocupa a la Real Academia de la Historia. Volvemos al mito: Franco libró a España del comunismo, evitó que España entrara en la Segunda Guerra Mundial, fue el artífice de una paz duradera y generosa y consagró su vida a la tarea de regir y gobernar al pueblo español con criterios justos. Y ahí estamos, casi cuarenta años después de su muerte. (Julián Casanova, 30/05/2011)


Una imposible resignificación:
El 25 de enero de 1942 realizó el general Franco una visita a la abadía benedictina de Montserrat. Allí, el abad mitrado, Antoni Maria Marcet, rodeado de obispos y superiores de órdenes religiosas, lo recibió como "instrumento de la Providencia", agradeciendo a sus ejércitos, victoriosos "contra la furia de sus enemigos", la devolución a los monjes de "sus templos y hogares y con ellos el ejercicio de los derechos de cristianos y españoles". Franco, entronizado en la basílica bajo palio y en loor de multitud, recordó la Cruzada y mostró su alegría por haber liberado "a España de las hordas rojas". De nuevo bajo palio, de nuevo rodeado de cardenales, obispos y monjes, de nuevo en loor de multitud, el 1 de abril de 1959, Franco visitó otra abadía benedictina, recién construida en roca viva, bajo una cruz colosal erigida a la memoria de los caídos en la Cruzada. Allí, ante otro abad mitrado, Justo Pérez de Urgel, y su ilustre y nutrida audiencia, sentenció una vez más: "La anti-España fue vencida y derrotada". Y ahora, tantas décadas después de tan gloriosas efemérides, una comisión de expertos propone a un gobierno en funciones, incapaz de resolver por sí mismo el futuro de aquel horror de monumento, que negocie con la Iglesia católica el traslado del cadáver del general allí enterrado, de manera que se proceda a "resignificar" todo el conjunto monumental como lugar de reconciliación y de memorias compartidas. Donde los fundadores erigieron un monumento a la gloria de los que dieron su vida por Dios y por España, los expertos, previo el obligado trabajo de resignificación, quieren fundar, "sin destruir ni cambiar nada", un Memorial a las víctimas de "los dos bandos". ¿Puede dotarse a una gigantesca cruz sobre una enorme basílica de un significado no ya distinto sino contrario a lo que en sí misma significa? ¿Cabe la "relectura" de un monumento extrayendo de él un sentido contrario al que se deriva de su texto en piedra? Los expertos dicen que sí, porque "como no son las piezas, los soportes, quienes poseen la fuerza comunicativa sino el relato que emana de su fundación, lo que procede es un discurso que desvele el significado global del proyecto". O sea, las piezas y sus soportes, la colosal cruz y la basílica, son mudas, no dicen nada; lo que importa no es lo que en sí mismas significan, sino el relato que acompañó su fundación. Cambiemos, pues, de relato, y cambiará el significado del monumento. No será "empresa fácil", escriben, y por eso proponen abordar esa resignificación del Valle "de una manera global", con una "actuación integral" que proporcione a los visitantes la relectura completa del conjunto monumental. Para lograrlo, los expertos sugieren la construcción de un Centro de Interpretación, situado a la entrada de la basílica, de la que se habrá retirado el cadáver del general Franco. El visitante, antes de entrar en lugar sagrado, habrá de tomar una especie de ducha laica, impartida en el Centro, de la que saldrá empapado de relectura y de resignificado. Y ¿quiénes serán los que impartan esa relectura, quiénes serán los muñidores de la resignificación? De eso nada se dice, pero es curioso que encarguen la tarea de resignificación a un centro oficial que necesariamente habrá de estar bajo control del Estado. Dejando aparte discusiones teóricas sobre los límites de la interpretación y representación del pasado -ni aunque se arrepintieran todos los nazis se podría nunca reinterpretar Auschwitz como lugar de reconciliación- una cosa es clara en esta propuesta: los estragos que han provocado las amenidades posmodernas cuando reducen la realidad, pasada o presente, a mera construcción discursiva. Pues por mucha relectura y mucha resignificación que caiga sobre sus piedras, el Valle de los Caídos nunca será un monumento a la reconciliación ni un lugar de memorias compartidas. Es el monumento erigido al triunfo de la Nación Católica por un dictador, tras una devastadora guerra civil, resignificada, ella sí, como Cruzada en el relato mítico de los obispos. Eso fue en su origen, eso era a la muerte del dictador, eso es hoy, y eso será siempre que, bajo la sombra y el peso de la cruz, se mantenga en pie la abadía y no se derrumbe la basílica. Hay, con todo, en el informe un motivo de esperanza para el futuro: el conjunto amenaza ruina y serán necesarios millones de euros para taponar las filtraciones de agua en la basílica y rehabilitar el deterioro de los grupos escultóricos. Dejemos, pues, que la madre naturaleza siga su curso y resignifique por sí sola como campos de soledad, mustio collado, todo el conjunto monumental. Abandonemos, con o sin Franco en su tumba, aquellos parajes a las nieves del invierno y a los soles del verano hasta que surja otro poeta que cante: "Este llano fue plaza, allí fue templo Mira mármoles y arcos destrozados / mira estatuas soberbias que violenta / Némesis derribó, yacer tendidas / y ya en alto silencio sepultados / sus dueños celebrados..." Nunca lucirá más hermoso que en sus ruinas el Valle de los Caídos. (Julián Casanova, 11/12/2011)


El ansiado olvido:
Decía el embajador estadounidense en Chile, en un cable confidencial enviado a Washington a comienzos de 2007, poco después de la muerte de Pinochet, que los chilenos miraban con menos rencor al pasado, a su dictadura, que los españoles a la de Franco. El comentario, aunque superficial y bastante inexacto, puede servir para introducir algunas observaciones de historia comparada, de similitudes y diferencias entre ambas dictaduras, y sobre la forma en que son recordadas. Pinochet aprendió muchas cosas de Franco. El dictador chileno, como antes había hecho el español, intentó imponer una visión histórica que legitimara la necesidad del golpe de Estado y lo presentara como salvador de la nación. Durante sus dictaduras, Franco y Pinochet festejaron el 18 de julio en España y el 11 de septiembre en Chile como un mito fundacional de "salvación nacional" frente a la revolución marxista. Esa versión oficial, establecida a partir del control de la educación, de la censura y de la persecución a quien se oponía públicamente, generó políticas de desinformación y de manipulación de la historia, muy difíciles de combatir durante las respectivas transiciones a la democracia. El golpe de Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, no provocó una guerra civil y su dictadura, de 17 años, duró 20 menos que la de Franco. Después de miles de asesinatos y de violencias masivas de los derechos humanos, ambos dictadores gozaron de amplios apoyos entre sus ciudadanos. Franco murió en la cama y nunca tuvo que preocuparse de responder a cargos sobre crímenes contra la humanidad. Pinochet sobrevivió 16 años a su Gobierno autoritario y su arresto en Londres, en octubre de 1998, abrió en Chile una profunda discusión sobre el pasado, en la que afloraron con toda su crudeza las historias y memorias enfrentadas de militares y de familiares de los desaparecidos y víctimas de la represión. El legado de los crímenes de las dos dictaduras se abordó de forma muy diferente en los dos países. En España, tras la Ley de Amnistía aprobada el 15 de octubre de 1977, el Estado renunciaba a abrir en el futuro cualquier investigación judicial o a exigir responsabilidades contra "los delitos cometidos por los funcionarios públicos contra el ejercicio de los derechos de las personas". Bajo el recuerdo traumático de la guerra, interpretada como una especie de locura colectiva, con crímenes reprobables en los dos bandos, y el del miedo impuesto por la dictadura, nadie habló entonces de crear comisiones de la verdad que investigaran los miles de asesinatos y la sistemática violación de los derechos humanos practicada hasta el final por Franco y sus fuerzas armadas. En Chile, por el contrario, y pese a que la democracia, bajo la vigilancia y el corsé impuesto por el tirano todavía vivo, no pudo derogar la amnistía que se habían concedido los propios militares con la Ley de 1978, el primer presidente democrático, Patricio Alwin, decidió establecer una Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. No se podía llegar a la reconciliación nacional, pensó Alwin, sin antes conocer y reconocer a los desaparecidos y víctimas de la violencia de las fuerzas armadas. Formada, bajo la presidencia del prestigioso jurista Raúl Rettig, por expertos en derechos humanos, pero también por partidarios de la dictadura, como el historiador Gonzalo Vial Correa, la Comisión entregó su informe, de 1.350 páginas, el 8 de febrero de 1991, menos de un año después del encargo oficial. El informe Rettig, interpretado por los militares chilenos como un ataque a su honor y dignidad, fue un hito en el proceso de reconstrucción de la democracia y de la memoria colectiva. En España, durante la transición, y en la larga década posterior de Gobiernos socialistas, no hubo políticas de reparación, jurídica y moral, de las víctimas de la guerra y de la dictadura. No solo no se exigieron responsabilidades a los supuestos verdugos, tal y como marcaba la Ley de Amnistía, sino que tampoco se hizo nada por honrar a las víctimas y encontrar sus restos. Por eso, no resulta sorprendente que cuando comenzó a plantearse entre nosotros, por fin, casi tres décadas después de la muerte de Franco, la necesidad de políticas públicas de memoria, como se había hecho en otros países, apareciera un enérgico rechazo de quienes más incómodos se encontraban con el recuerdo de la violencia, con la excusa de que se sembraba el germen de la discordia y se ponían en peligro la convivencia y la reconciliación. Acostumbrados a la impunidad y al olvido del crimen cometido desde el poder, se negaron, y se niegan, a recordar el pasado para aprender de él. Para muchos españoles, el rechazo de la dictadura y de las violaciones de los derechos humanos no ha formado parte de la construcción de su cultura política democrática. Y por eso tenemos tantas dificultades para mirar con libertad, conocimiento y rigor a las experiencias traumáticas del siglo XX. Parece que estemos en un eterno debate y, en realidad, seguimos rodeados de miedos y mentiras. Y, lo que es más importante para el futuro, sin claras políticas educativas y culturales sobre los derechos humanos. (Julián Casanova, 06/02/2011)


Historiadores contra revisionistas:
Presentar En el combate por la historia (Ediciones Pasado y Presente) como un contradiccionario, una réplica corregida de las fallidas reseñas del siglo XX incluidas en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia (RAH), es un astuto ardid comercial, pero le hace un flaco favor a la causa que les animó a todos, editor e historiadores, a sumarse al proyecto. Sin quererlo, fomenta esa visión de que la historia española del siglo XX puede ser contada desde dos puntos de vista y que los historiadores están parcelados en los mismos bandos que en la Guerra Civil. Y en verdad los únicos bandos posibles son obvios: historiadores buenos e historiadores malos. La mayoría de los 33 especialistas reunidos para este proyecto llevan años investigando el siglo XX y gozan de reconocimiento. Hay, además, algunos que participaron en el Diccionario como Fernando Puell o Carlos Barciela. “Yo no estoy ni con unos ni con otros, pero lo que no puedes es justificar el golpe de Estado. Un golpe es un golpe y no el Glorioso Alzamiento, y tampoco puedes llamar solo ‘bando nacional’ a unos porque igual de nacionales eran unos que otros. El problema de aquella obra es que unas cuantas voces han contaminado el resto, es un libro que salió tarado”, sostiene Fernando Puell, profesor de Historia Militar en el Instituto Universitario Gutiérrez Mellado de la UNED y coronel retirado, que aportó 40 biografías a la colección de la RAH y que analiza las operaciones militares durante la Guerra Civil y el papel del Ejército durante el régimen franquista en el libro de Pasado y Presente. A Carlos Barciela, catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Alicante, le disgusta la etiqueta de contradiccionario. “Yo no he hecho contrainvestigación nunca. He hecho investigación y lo que se va a publicar es la labor de muchos años de trabajo”, puntualiza. Aportó al Diccionario unas 200 biografías de ingenieros agrónomos, recopiladas durante ocho años, y dos entradas para En el combate por la historia. En la que dedica a la reforma agraria demuestra que fue un aspecto capital para los sublevados: “Resulta llamativo que desde agosto de 1936 empiezan a promulgar decretos que tienen como finalidad paralizar la reforma agraria de la República y devolver las tierras a sus propietarios”. El sesgo ideológico y el escaso rigor que impregnaban algunas biografías sobre el siglo XX encargadas por la Real Academia de la Historia indignaron el año pasado a Gonzalo Pontón, histórico editor de Crítica que ahora ha fundado la editorial Pasado y Presente. Le pidió a Ángel Viñas que coordinase una obra que sintetizase con rigor lo ocurrido entre 1931 y 1975, con la actualización de lo investigado en los últimos años, y que ha derivado en un volumen de casi 1.000 páginas. “Aquí hay una escuela historiográfica muy sólida y sensata, y no podíamos permitir que los historiadores españoles fuesen los representados por la RAH”, expone Viñas. Casi nadie le dijo no. Entre los 33 firmantes figuran algunos de los máximos especialistas en ese periodo: Paul Preston, Julio Aróstegui, Julián Casanova, Enrique Moradiellos, Ricardo Miralles, José-Carlos Mainer, Josep Fontana y Eduardo González Calleja. “Están representadas tres generaciones: una de mayores como Elorza o Fontana; la intermedia con gente como Casanova y la más joven que está haciendo un trabajo muy riguroso como Jorge Marco, Gutmaro Gómez Bravo o José Luis Ledesma”, afirma el coordinador de la obra, que arremete contra el revisionismo —y algunos exponentes del mismo— en un duro epílogo. El volumen incluye las biografías de 12 protagonistas del periodo (Aguirre, Azaña, Companys, Franco, Pasionaria, Carrillo, Largo Caballero, Mola, Negrín, Prieto, Primo de Rivera, Rojo y Serrano Suñer), además de 41 capítulos sobre las cuestiones más sobresalientes de la Segunda República, la Guerra Civil y el Franquismo (entre otros: anarquistas, reforma agraria, conspiraciones, operaciones militares, nacionalismos periféricos, la violencia, la Iglesia, el exilio, la represión o la política exterior de la dictadura). “Se hace una puesta —o respuesta— al día al Diccionario y a toda una ola de revisionismo que es jaleada por la derecha entusiásticamente defendiendo que la Guerra Civil y la Dictadura fueron meros accidentes y que medio país estaba enfrentado al otro medio. Se ha reunido a la gente seria que ha investigado cada tema”, señala Josep Fontana, catedrático de Historia Económica y autor de una treintena de obras. “Personalmente, cuando se desataron las iras por el Diccionario, tampoco acepté criticar la obra en conjunto. Lo que es imperdonable es que se haya montado sin control y que una parte anule la validez de la obra entera. Yo espero que este libro sea una ayuda para poner las cosas en su sitio”, confía Fontana.

Franco, por Preston:
Decir que Franco fue una figura mediocre no explica cómo llegó al poder absoluto (...) al compararle con Hitler y Mussolini, y tuvo mucho en común con ambos, se tropieza con el hecho de que Franco tenía la afición de jugar a las quinielas y que ganaba de vez en cuando. La falta de escrúpulos en bombardear pueblos asturianos y el uso de mercenarios marroquíes revelaron que Franco sentía por los obreros de izquierdas el mismo desprecio racista que le habían despetado las tribus del Rif. Llevó a cabo una guerra de terror, en la que la matanza de tropas contrarias se vería acompañada de una represión despiadada de la población civil. Se propuso realizar una inversión en terror para establecer los cimientos de un régimen duradero. A partir de 1953, empezó a forjar una nueva imagen: la de padre del pueblo. Fue el momento en que en la práctica se retiró del puesto de Jefe del Ejecutivo (...) se quedó con obligaciones rutinarias que cumplía al estilo de un monarca. (Tereixa Constenla, 07/04/2012)


Manual de combate:
Ángel Viñas es uno de los más importantes historiadores españoles entre los que se han dedicado a investigar la Guerra Civil, la República y el franquismo. De sus esfuerzos y su inmensa capacidad de trabajo han salido a la luz conclusiones decisivas para esos tres periodos de nuestra historia reciente. Incluso, fue uno de los impulsores de un aspecto metodológico, propuesto por Santos Juliá, que a mí me parece muy feliz, como es el de marcar que la República y la Guerra Civil son hechos diferenciados enormemente relacionados pero que no tienen una continuidad obligatoria desde el punto de vista del análisis. Esa cuestión marca a fuego uno de los motivos que más disputas han provocado entre historiadores españoles en los últimos años. Para los historiadores militantes del franquismo, la guerra no fue sino el resultado lógico de la trayectoria republicana. Para casi todos los demás, la guerra fue el resultado de un golpe fallido que no era históricamente obligatorio, sino consecuencia de la voluntad de una parte del ejército de romper el régimen republicano para refundar un Estado nacional-católico en España. Esa es la línea roja que separa al cerrilismo franquista de las muy diversas aproximaciones que se han producido en torno al asunto. Contra esta historiografía franquista —a estas alturasmuy periclitada, por no decir insignificante— se declara en guerra Ángel Viñas cuando enuncia las bases ideológicas de este volumen en que se reúnen trabajos de 34 especialistas. Y el motivo más inmediato es la publicación del tristemente famoso Diccionario biográfico español de la Real Academia de la Historia, que incluye junto a intervenciones rigurosas algunas voces panfletarias amparadas por Gonzalo Anes y Carmen Iglesias. En principio, solo con ver el plantel de firmantes de este diccionario, que se autodefine de combate, el empeño parece excesivo, algo así como matar moscas a cañonazos. Desmontar las visiones franquistas que recoge el diccionario de la RAH no necesita de esfuerzos mayores. Por eso, hay otro escalón más, que está dedicado a desarbolar, una vez más, las desvergonzadas versiones de gentes como Pío Moa o César Vidal sobre los tres periodos analizados. Algo que ya hizo, con enorme ponderación, en su momento, Enrique Moradiellos y que hicieron también algunos más cuando los best sellers reaccionarios ocuparon las estanterías de los comercios. Pero hay un tercer escalón que me parece que es el sustancial, por mucho que no figure entre las intenciones que Viñas fija en el prólogo y el mismo Viñas, acompañado por Alberto Reig Tapia, desgrana en los dos últimos capítulos del volumen. En realidad, al leer estos dos fragmentos, la intención del libro parece mayor, parece marcada por el impulso de definir las líneas rojas que no pueden ser traspasadas por nadie a riesgo de caer etiquetado en el club de los reaccionarios neofranquistas. Y aquí vienen los problemas internos de coherencia, y los externos cuando, como si de censores se tratara, avisan a todos los demás de hasta dónde se puede llegar. Reig Tapia se atreve incluso a definir a los que no sean obedientes con lo que a él le parece un ingenioso neologismo: son historietógrafos. El problema de la coherencia interna lo provoca el que la gran mayoría de los autores invitados a participar en el combate no están por la labor, sino que hacen un honroso resumen de sus trabajos anteriores, casi sin excepción a la altura de lo que se pide en un buen manual. José-Carlos Mainer, Joan Maria Thomàs, Enrique Moradiellos, Ferran Gallego, Paul Preston, Ángel Viñas y muchos otros entre esa extensa nómina de autores hacen un retrato muy pertinente del state of the art de las investigaciones que siguen sucediéndose sin pausa sobre los tres periodos. Buenos resúmenes a modo de manual y, por supuesto, dado lo limitado del espacio y la urgencia del acontecimiento, no investigaciones novedosas. Pero sí útiles y precisas casi en todos los casos. Ese trabajo no va más allá de los límites que cada uno se marca. Casi ninguno de ellos intenta señalar dónde acaba la decencia y dónde empieza la miseria. Cuentan, y bien, lo que saben, lo que han investigado durante muchos años. Pero su participación está metida dentro del envoltorio, dentro del bocadillo que forman la introducción y los capítulos finales. Yo dudo mucho de que la mayoría de los autores del libro se sientan identificados con la arrogancia insultante que destilan esos capítulos. Y me consta, desde luego, que muchos no coinciden en absoluto con las líneas rojas que se trazan para estar dentro de la corrección política que definen. Hay tres asuntos que, desde mi punto de vista, muestran la obsesión de los combatientes y que forman parte de las cuestiones que sí son muy discutibles y, por tanto, ya que vivimos en una sociedad democrática, están siendo discutidas por historiadores que no son franquistas y se tienen bien ganado el sueldo de rigurosos. El primero de ellos es el de la necesidad (no se sabe por qué) de definir a Franco como el más sanguinario de los dictadores. Pues sí, es algo que cualquiera escucha y no se conmueve. Sus cifras de asesinatos son para figurar bien destacadas en el ranking universal de la crueldad. Pero intentar convencernos de que fue más cruel que Hitler y solo menos que Stalin es difícil, y más lo es si nos atenemos al argumento de que su represión fue mayor que la que ejerció el nazi contra sus connacionales antes de la guerra. Franco mató más comunistas, socialistas y demócratas que Hitler, es cierto. Pero desligar a Hitler y su maniaca pulsión asesina por periodos es abusivo: Hitler exterminó a diez millones de eslavos y a casi otros tantos judíos. Por mucha inquina que se le tenga a nuestro canalla, hay que reconocer que no llegó a tanto. Y Franco mató en la represión durante la guerra y los seis años posteriores a mucha más gente que Mussolini y Hitler antes de la guerra por razones políticas. Las cifras comparativas son desmesuradas en contra de Franco. Lo que pasa es que también son arbitrarias en el uso, porque un “historietógrafo” cualquiera podría decir que la República que presidió Azaña fue peor que el régimen de Hitler porque también en la retaguardia republicana se mató a más opositores que en la Alemania hitleriana. Peras y manzanas. Hay que saber tratar magnitudes homogéneas. Sobre esto el acuerdo podría ser muy fácil y no exige mucho despliegue científico de cifras que se manejan a capricho: Franco fue un descomunal asesino. ¿Necesitamos las comparaciones con Hitler para convencer a nadie o nos basta con sus propias cifras? Otro de los tópicos recurrentes en esta historia de combate es el de asentar la tesis de que la represión republicana fue, casi siempre, obra de descontrolados. Paracuellos, que es el hecho paradigmático de esa represión, es, para los ideólogos de la obra, una excepción. Sin embargo, historiadores no franquistas han avanzado mucho en una incómoda evidencia: en la retaguardia republicana hubo una serie continuada de acciones que respondían a la planificación. No estaban planificadas por el Gobierno, y mucho menos, por Azaña, pero en ellas participaron grupos políticos y sindicales que defendían a la República y tenían, incluso, responsabilidades de gobierno. El ministro caballerista Ángel Galarza, el ministro anarquista Juan García Oliver, los comunistas Margarita Nelken o Santiago Carrillo no fueron ajenos a lo que sucedía en las calles de Barcelona o Madrid entre julio y diciembre de 1936. En este segundo asunto, la ira de nuestros combatientes cae sin ningún rigor y con especial inquina sobre un historiador inglés de origen español (republicano), Julius Ruiz, autor de un discutible en algunos puntos, pero magnífico y documentadísimo estudio sobre la represión en el Madrid revolucionario de 1936, aunque aparecido con el desafortunado título de Terror rojo. Ruiz se lleva la palma de los epítetos por sus incómodas tesis. Como si fuera un Moa. El tercero de los tópicos que define otra línea roja es el de que Franco quería una guerra larga para así poder matar mejor, más a gusto. Fue una idea de Dionisio Ridruejo, expandida por Juan Benet y adoptada por Paul Preston e Hilari Raguer. La idea no casa bien con el hecho de que Franco siguió matando a buen ritmo una vez acabada la guerra. Pero, sobre todo, está basada en el deseo de hacer su figura más repulsiva. La documentación que reposa en los archivos militares demuestra que no fue así, demuestra con rotundidad que el llamado caudillo tuvo que hacer una guerra larga porque enfrente tenía un ejército que le plantó cara. Además, no era un genio de la guerra, pero tenía con él buenos técnicos a los que gobernaba con su visión política. Ni qué decir tiene que está perfectamente documentado que Franco intentó tomar Madrid durante toda la guerra. No pudo o no supo. Pero querer, quería. Hay, por tanto, una triple lectura en el libro. Lo mejor es que casi todos los textos componen un buen manual. Lo que debe ser puesto en duda es que haya que aceptar ni una sola prohibición de las que arbitrariamente se marcan para pertenecer al selecto club de los combatientes, ni aceptar el reduccionismo que lleva a considerar de un plumazo como neofranquista a cualquier disidente de las normas básicas aquí marcadas. Sobre estas líneas rojas que se trazan con tanto vigor, cabe recordar los versos de Quevedo: “No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca, ya la frente, silencio avises o amenaces miedo”. (Jorge M.Reverte, 14/04/2012)

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