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Logo Orange Hommer Shackleton: la perseverancia en el hielo:

" Siento una inexplicable admiración por los pioneros de las expediciones al Polo. Y de entre todos ellos, siento verdadera devoción por Ernest Shackleton y la expedición del Endurance. En 1914, reciente aún la gesta de Amundsen consistente en alcanzar el polo geográfico sur, y con Europa bailando en el filo de la navaja de la Primera Guerra Mundial, a Shackleton no se le ocurre otra cosa que atravesar el continente antártico de una punta a la otra, empresa aún no realizada por entonces. Para ello reclutó a 27 hombres, pero la expedición estaba destinada, como todos los intentos que le precedieron, a fracasar. Apenas el Endurance entró en el peligroso mar de icebergs de Weddell, quedó atrapado en el hielo, para luego ser finalmente aplastado y hundido por la presión de las placas heladas varios meses después. Shackleton se vio obligado a renunciar al objetivo geográfico de la misión, sustituyéndolo por uno improvisado: sobrevivir y procurar la salvaguarda de los hombres que tenía a su cargo. Y así fue: la odisea de regreso emprendida por la tripulación del Endurance, que duró cerca de dos años no tiene parangón en la historia de las expediciones marinas, debido a la dureza y la dificultad extrema de las condiciones. Solo la expedición al Mar del Norte emprendida por el marino holandés Willem Barents a finales del siglo XVI guarda algún paralelismo con la de Shackleton. Pero a diferencia de Barents, de Scott, o de Amundsen, Ernest devolvió vivos a todos y cada uno de sus hombres. Y aunque cause estupor, es preciso añadir otro dato: la mayor parte de los tripulantes se enrolaron en el ejército inglés nada más regresar, en 1916, a su país, dispuestos a morir en la Gran Guerra, cosa que ocurrió a más de uno. Quizás la guerra ya no era gran cosa para ellos, que habían dormido cada noche junto a la muerte. Además de los diarios de Shackleton y algunos otros tripulantes, para conocer y comprender la empresa del Endurance contamos con el extenso y excelente material documental que el fotógrafo Frank Hurley trajo de vuelta (no sin penosidades). Se trata de excelentes fotografías y rollos cinematográficos que nos muestran la belleza desolada del hielo y su luz cegadora, la desesperación nunca del todo confesada de los tripulantes, la lenta destrucción del buque, los sucesivos campamentos en la huida hacia delante… Las imágenes de Hurley provocan un estremecimiento difícil de transmitir a alguien no familiarizado del todo con todas y cada una de las calamidades de la expedición. Mucho después de la bajada de Odiseo a los infiernos; después de los relatos de Verne, en los que ya parecía estar todo (y no, no estaba, aún nos quedaba por sentir el miedo que asomaba palpablemente en cada una de esas imágenes tan reales como cada uno de los dedos y las orejas que fueron amputadas y no regresaron del hielo); después de la pintura, desde donde Géricault o Caspar David Friedrich habían imaginado la muerte, la desesperación y el naufragio; mucho después, mucho más acá, nos quedan las fotografías de Hurley, la huella real, la dentellada del frío, y al verlas sabemos que lo que les movía era la amistad, un tipo de valor que ya no existe, y un ansia inexplicable de conocimiento, pero un conocimiento no solo al servicio de la geografía o la biología, sino un conocimiento del alma humana, colocada allí al extremo de sí misma. Caspar David Friedrich, "El mar de hielo". 1824. (aka "El Naufragio en el Ártico") El Endurance atrapado en el hielo. Fotografía de Frank Hurley Por otro lado, cuando miro las explanadas y las cordilleras blancas en las fotos de Frank Hurley me ocurre que tengo la sensación de estar viendo un paisaje lunar o marciano, y el parecido que esas fotografías guardan con las escenografías de La Mujer en la Luna (Fritz Lang, 1929) es algo que trastorna -para bien- mis sueños... Shackleton fue, probablemente, poco más que un terco extraordinario. Acudió varias veces al Polo y, sí, regresó, pero nunca logró el éxito. Y cuando ya todos pensaban que había tenido bastante con el infierno del Endurance, volvió a la Antártida en 1921, sin un objetivo definido, quizás para morir finalmente en la nieve, víctima de un repetino ataque al corazón, con apenas 48 años de edad. Apsley Cherry-Garrard, el más importante cronista de los viajes al polo, explicó la aportación de Shackleton de un modo sumario: Para un proyecto conjunto de corte científico y geográfico, dadme a Scott. Para una carrera al Polo Norte y nada más, Amundsen. Y si estoy en un maldito agujero y quiero salir de él, dadme a Shackleton. http://www.espacioblog.com/rrose

 

 

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