Sin pulso             

 

 Francisco Silvela: Sin pulso (1898):

Quisiéramos oír esas o parecidas palabras brotando de los labios del pueblo; pero no se oye nada: no se percibe agitación en los espíritus, ni movimiento en las gentes. Los doctores de la política y los facultativos de cabecera estudiarán, sin duda, el mal: discurrirán sobre sus orígenes, su clasificación y sus remedios; pero el más ajeno a la ciencia que preste alguna atención a asuntos públicos observa este singular estado de España: dondequiera que se ponga el tacto, no se encuentra el pulso. Monárquicos, republicanos, conservadores. liberales, todos los que tengan algún interés en que este cuerpo nacional viva, es fuerza se alarmen y preocupen con tal suceso. Las turbulencias se encauzan; las rebeldías se reprimen: hasta las locuras se reducen a la razón por la pena o por el acertado régimen: pero el corazón que cesa de latir y va dejando frías e insensibles todas las regiones del cuerpo, anuncia la descomposición y la muerte al más lego. La guerra con los ingratos hijos de Cuba no movió una sola fibra del sentimiento popular. Hablaban con elocuencia los oradores en las cámaras de sacrificar la última peseta y derramar la postrer gota de sangre... de los demás; obsequiaban los Ayuntamientos a los soldados, que saludaban y marchaban sumisos, trayendo a la memoria el Ave César de los gladiadores romanos: sonaba la Marcha de Cádiz; aplaudía la prensa, y el país, inerte, dejaba hacer. Era, decíamos, que no interesaba su alma una lucha civil, una guerra contra la naturaleza y el clima, sin triunfos y sin derrotas.

Escudo de Cuba Salida de tropas hacia Cuba


 Se descubre más tarde nuestro verdadero enemigo; lanza un reto brutal; vamos a la guerra extranjera; se acumulan en pocos días, en breves horas, las excitaciones más vivas de la esperanza, de la ilusión, de la victoria, de las decepciones crueles. de los desencantos más amargos, y apenas si se intenta en las arterias del Suizo y de las Cuatro Calles una leve agitación por el gastado procedimiento de las antiguas recepciones y despedidas de andén de los tiempos heroicos del señor Romero Robledo. Se hace la paz, la razón la aconseja, los hombres de sereno juicio no la discuten; pero ella significa nuestro vencimiento, la expulsión de nuestra bandera de las tierras que descubrimos y conquistamos; todos ven que alguna diligencia más en los caudillos, mayor previsión en los Gobiernos hubieran bastado para arrancar algún momento de gloria para nosotros, una fecha o una victoria en la que descansar de tan universal decadencia y posar los ojos y los de nuestros hijos con fe en nuestra raza: todos esperaban o temían algún estremecimiento de la conciencia popular; sólo se advierte una nube general de silenciosa tristeza que presta como un fondo gris al cuadro, pero sin alterar vida, ni costumbres, ni diversiones, ni sumisión al que, sin saber por qué ni para qué, le toque ocupar el Gobierno. Es que el materialismo nos ha invadido, se dice: es que el egoísmo nos mata: que han pasado las ideas del deber, de la gloria, del honor nacional; que se han amortiguado las pasiones guerreras, que nadie piensa más que en su personal beneficio. Profundo error; ese conjunto de pasiones buenas y malas constituyen el alma de los pueblos, vivirán lo que viva el hombre, porque son expresión de su naturaleza esencial. Lo que hay es que cuando los pueblos se debilitan y mueren su pasiones. no es que se transforman y se modifican sus instintos, o sus ideas, o sus afecciones y maneras de sentir; es que se acaban por una causa más grave aún: por la extinción de la vida.

Isabel II (1830-1904). Expulsada por la Gloriosa (1863). Abdicó en Alfonso XII (1870) Buque Antonio López. Hundido por la flota USA en Cuba Práxedes Mateo Sagasta. Funda el Partido Liberal (1880). Presidió el gobierno durante la guerra de Cuba. Antonio Cánovas del Castillo


Así hemos visto que la propia pasividad que ha demostrado el país ante la guerra civil, ante la lucha con el extranjero, ante el vencimiento sin gloria, ante la incapacidad que esterilizaba los esfuerzos y desperdiciaba las ocasiones la ha acreditado para dejarse arrebatar sus hijos y perder sus tesoros; y amputaciones tan crueles como el pago en pesetas de las Cubas y del Exterior, se han sufrido sin una queja por las clases medias, siempre las más prontas y mejor habilitadas para la resistencia y el ruido. En vano la prensa de gran circulación, alentada por los éxitos logrados en sucesos de menor monta, se ha esforzado en mover la opinión, llamando a la puerta de las pasiones populares, sin reparar en medios y con sobradas razones muchas veces en cuanto se refiere a errores, deficiencias e imprevisiones de gobernantes: todo ha sido inútil y con visible simpatía mira gran parte del país la censura previa, no porque entienda defiende el orden y la paz, sino porque le atenúa y suaviza el pasto espiritual que a diario le sirven los periódicos y los pone más en armonía con su indiferencia y flojedad de nervios. No hay exageración en esta pintura, ni pesimismo en deducir de ella, como en el clásico epigrama,

Que contemplen tal y tan notorio estrago los extraños con indiferencia, y que lo señalen y lo hagan constar los que pudieran ser herederos de nuestro patrimonio con delectación poco disimulada, se explica : pero los que tienen por oficio y ministerio la dirección del estado no cumplirán sus más elementales deberes si no acuden con apremio y con energía al remedio, procurando atajar el daño con el total cambio del régimen que ha traído a tal estado el espíritu público. Hay que dejar la mentira y desposarse con la verdad; hay que abandonar las vanidades y sujetarse a la realidad, reconstituyendo todos los organismos de la vida nacional sobre los cimientos, modestos, pero firmes, que nuestros medios nos consienten, no sobre las formas huecas de un convencionalismo que, como a nadie engaña, a todos desalienta y burla. No hay que fingir arsenales y astilleros donde sólo hay edificios y plantillas de personal que nada guardan y nada construyen: no hay que suponer escuadras que no maniobran ni disparan, ni citar como ejércitos las meras agregaciones de mozos sorteables ni empeñarse con conservar más de lo que podamos administrar sin ficciones desastrosas, ni prodigar recompensas para que se deduzcan de ellas heroísmos, y hay que levantar a toda costa, y sin pararse en amarguras y sacrificios y riesgos de parciales disgustos y rebeldías, el concepto moral de los gobiernos centrales, porque si esa dignificación no se logra, la descomposición del cuerpo nacional es segura. El efecto inevitable del menosprecio de un país respecto de su Poder central es el mismo que en todos los cuerpos vivos produce la anemia y la decadencia de la fuerza cerebral: primero, la atonía, y después, la disgregación y la muerte. Las enfermedades dice el vulgo, que entran por arrobas y salen por adarmes, y esta popular expresión es harto más visible y clara en los males públicos.

La degeneración de nuestras facultades y potencias tutelares ha desbaratado nuestra dominación en América y tiene en grave disputa la del Extremo Oriente; pero aún es más grave que la misma corrupción y endeblez del avance de las extremidades a los organismos más nobles y preciosos del tronco, y ello vendrá sin remedio si no se reconstituye y dignifica la acción del Estado. Engañados grandemente vivirán los que crean que por no vocear los republicanos en las ciudades, ni alzarse los carlistas en la montaña, ni cuajar los intentos de tales o cuales jefes de los cuarteles, ni cuidarse el país de que la imprenta calle o las elecciones se mixtifiquen, o los Ayuntamientos exploten sin ruido las concejalías y los Gobernadores los juegos y los servicios, está asegurado el orden y es inconmovible el Trono, y nada hay que temer ya de los males interiores que a otras generaciones afligieron. Si pronto no se cambia radicalmente de rumbo, el riesgo es infinitamente mayor, por lo mismo que es más hondo y de remedio imposible, si se acude tarde; el riesgo es el total quebranto de los vínculos nacionales y la condenación, por nosotros mismos, de nuestro destino como pueblo europeo y tras de la propia condenación, claro es que no se hará esperar quien en su provecho y en nuestro daño la ejecute.

Francisco Silvela y de la Vielleuze (1845-1905) | Publicado en El Tiempo. (16 de Agosto de 1898)

Algunos acontecimientos:
(1833) Se inicia la primera guerra carlista. (1843) Isabel II nombrada mayor de edad mientras Espartero ocupaba la Jefatura del Estado. (1844) El general Narváez es nombrado presidente. (1854) Pronunciamiento de O'Donnell. (1868) La Gloriosa expulsa a Isabel II. (1868) Guerra chica en Cuba. (1868) Comienza el Sexenio Democrático presidido por el general Serrano. (1870) Isabel II abdica en Alfonso XII. (1874) Alfonso XII es proclamado rey. (1878) Se firma la paz de Zanjón en Cuba. (1880) Sagasta funda el Partido Liberal. (1881) El Pacto del Pardo acuerda la alternancia de los partidos. (1885) Alfonso XII muere y María Cristina queda como regente. (1886) Nace Alfonso XIII. (1892) Martí funda el Partido revolucionario cubano. (1895) Grito de Baire y muerte de Martí. (1896) Weyler releva a Martínez Campos por orden de Cánovas. (1897) Cánovas del Castillo es asesinado por el anarquista Angiolillo. (1897) Ramón Blanco releva a Weyler por ordern de Sagasta. (1898) Shafter desembarca en Daiquirí. Dewey hunde la flota de Montojo en Cavite. La flota de Cervera es hundida en Santiago. (1898) Pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. (1903) Muere Sagasta.


Explicaciones del desastre:
Los autores del 98 consagraron un malentendido que se prolonga hasta la fecha. Establecieron, de una vez y para siempre, que España estaba en los toros el mismo día de la derrota en Cuba y Filipinas. En realidad, en los toros solo estarían los aficionados, y no todos. Únicamente los que consiguieran entrada y completaran el aforo de los tendidos. Si sostener que el día de la derrota en Cuba y Filipinas España estaba en los toros hubiera sido nada más que una descomunal exageración, el malentendido que consagraron los autores del 98 no se habría prolongado hasta la fecha. El problema es que, además de una exageración, aquella frase se convirtió en el banderazo de salida a una desquiciada carrera de metáforas sobre el ser de España y las causas de su retraso. Cualquier cosa se podía decir y cualquier cosa se dijo, en una interminable glosa lírica de la realidad que, al final, destilaba un solo mensaje: la situación de España no era resultado de una política, sino de un destino. Por ser la más católica entre las naciones, España habría sido recompensada en el siglo XV con un Imperio. Por seguir siéndolo en 1898, debía pagar con el desdén internacional a una pobreza que, sin duda, era pobreza, pero de la más insólita de sus especies: una pobreza santa. En lugar de combatirla lo que había que hacer era celebrarla, asumirla como el extraño privilegio con el que Dios distinguía a la más fiel de sus hijas por empeñarse, se decía, en seguir siendo lo que había sido. Metáforas, metáforas y más metáforas fueron invadiéndolo todo, desde los ensayos históricos a los discursos parlamentarios, desde las odas patrióticas a los titulares de prensa, terminando por disfrazar la realidad como una gigantomaquia en la que un singular protagonista, la nación española, atravesaba los diversos estadios de la vida hasta llegar a la vejez y la decadencia. Si otros gigantes, si otras naciones la ofendían era porque el mundo había dejado de respetar lo más sagrado, guiándose por las ciencias experimentales y no por la teología, y prefiriendo, en expresión de Unamuno, las máquinas de coser y los teléfonos al fervor católico que brotaba de cualquier territorio en el que un español posara los pies. En esta extravagante gigantomaquia nacional, cuántas alusiones a rumbos, surcos, estelas, caminos (la metáfora del tren no gozaba aún de su actual prestigio); cuántas invocaciones a horizontes radiantes, voluntades de ser, heroicas resistencias y destinos propios. Hasta llegar a 1921, fecha en la que Ortega, con España invertebrada, lleva a cabo una truculenta revolución para dejar las cosas en el mismo sitio dando la impresión de que todo había cambiado. Porque, no es que Ortega pusiera fin al aluvión de metáforas de la gigantomaquia nacional, sino que creó otras nuevas mediante el ingenioso procedimiento de sustituir el registro lírico de las anteriores por un registro científico. En España invertebrada, la ley de gravitación universal se transformaba en ley de gravitación espiritual, entendida como el fenómeno por el cual “un ejemplar” es seguido por “sus dóciles”. Y el teorema de Arquímedes dejaba de aplicarse solo a los sólidos sumergidos en un líquido y se extendía, además, a los grupos humanos, que se sitúan mansa y naturalmente, asegura Ortega, en el nivel social que les corresponde gracias a una misteriosa característica denominada “densidad vital”. Detrás de la afirmación de que entre España y Cataluña solo es posible la “conllevancia”, realizada durante el debate del Estatuto en 1931, se encuentra todo el andamiaje de la metáfora científica con la que Ortega sustituyó a partir de España invertebrada la anterior metáfora lírica empleada en la gigantomaquia nacional. En esa obra, tan profusa como parcialmente citada, hay además otras afirmaciones, como la comparación de la política de Castilla a la de Cecil Rhodes, fundador de la Rhodesia del apartheid, el elogio de la guerra como estímulo de la nación semejante al de los virus, o la reclamación de “purificación y mejoramiento étnicos” como remedio más eficaz que las “mejoras políticas” para producir un “afinamiento de la raza”. (José María Ridao, 2012)


Decadencia y políticos:
Se confesaba Juan Valera, en los años de su ancianidad, cansado y disgustado por aquel “afán de regeneración que hoy nos abruma y que va convirtiéndose en pesadilla insufrible y harto humillante”. El alud de libros que él definió como “elegiacos y terapéuticos” no llevaba trazas de parar, todos ellos dirigidos a la regeneración de España, muerta, bajada ya al sepulcro del que los regeneradores de la patria querían resucitarla. Don Juan acompañaba sus lamentos con una recomendación al silencio, a no alborotar más de la cuenta para que la patria se restableciera y recobrara sus bríos con solo vivir tranquila, “sin incesantes trastornos y disparatadas mudanzas”. Se refería Valera a todo lo que Luis Morote definirá años después, en una serie de artículos publicada en La Vanguardia, como literatura del desastre, afortunado título para un género literario suscitado por la conciencia aguda de la decadencia de España. Cultivado por liberales y católicos, por progresistas y moderados, unos señalando con el dedo a la dinastía austriaca y a la Inquisición, otros a la dinastía borbónica y a la herejía como origen de los males, todos de acuerdo, sin embargo, en que la causa verdadera de la decadencia eran los “políticos abyectos”; y si no todos, muchos de ellos pregoneros de terapias quirúrgicas: lo que España necesitaba era un cirujano de hierro al que no temblara el pulso para sajar el mal; un cirujano que echara a los políticos a escobazos. Pasó el tiempo y llegaron, en efecto, los cirujanos, dos, a falta de uno. El primero fue un andaluz, el segundo era gallego. Los dos se creyeron el consolador relato de la decadencia: qué grande había sido la nación española, esa era la elegía; qué bajo ha caído la nación española, arrastrada por la política y los políticos: ese era el diagnóstico; qué grande volverá a ser la nación española si liberamos al pueblo del yugo de la política: esa era la terapia. Y aplicaron el bisturí, el primero para barrer a los viejos políticos, cerrar el parlamento y liquidar la Constitución de la Monarquía; el segundo para extirpar el mal de raíz, llevar a los políticos al paredón y liquidar la Constitución de la República. Pasaron otra vez cuarenta años, los salvadores de la patria decaída lo intentaron de nuevo, pero si el anterior acabó en tragedia, ahora culminó en farsa. Los políticos lograron entenderse, no quedó rastro de literatura terapéutica, se acabó el discurso de la decadencia, no volvió a sonar la trompetería noventayochista sobre la raza degenerada y los políticos abyectos y, mal que bien, hemos construido durante los últimos treinta años un Estado sin incesantes trastornos ni disparatadas mudanzas. Mucho tiempo, quizá, porque a las primeras de cambio, cuando el rumbo de las cosas se ha torcido de verdad y nadie sabe cómo enderezarlo, surge de nuevo, impetuosa, la literatura del desastre, versión siglo XXI, con todos sus aditamentos: elegía del tiempo pasado, decadencia del actual, y ¡fuera los políticos!, únicos culpables del desaguisado. Cierto que también los políticos han tomado parte en la revitalización del ancestral relato, llamándose de todo, cuando había dinero para repartir a espuertas. Y de aquellos polvos de la crispación —una estrategia electoral que consistía en llamar al adversario mentiroso y traidor, concusionario y ladrón— estos lodos de la masiva deslegitimación. No hay manifestación del pueblo en la calle en la que no se repita a coro la vieja canción: fuera los políticos. Ha subido tanto la marea que ha llegado, si no a inundar, sí a regar la prosa inefable de un auto judicial. No encontrando el magistrado mejor argumento para declarar libres de polvo y paja a los organizadores de una manifestación que se proponía rodear el Congreso, evoca la “convenida decadencia de la llamada clase política” como prueba inapelable de la inocencia de los convocantes. Convenida decadencia. ¿Y eso qué es? preguntaría Baroja, el de los políticos abyectos. Convenida decadencia, qué majadería, pero qué genial contribución a la insufrible jerga de la clase judicial. Todo esto, la literatura terapéutica, el juez y su auto, serían de broma, si no fuera porque la rampante deslegitimación —que no la crítica— de la política y de los políticos oculta que el origen de la crisis se sitúa en el corazón mismo del capitalismo financiero y en su nueva clase de ejecutivos rapaces, y las recetas para salir de ella consisten en desmontar el Estado de bienestar —educación, sanidad, seguridad social, pensiones— construido durante las últimas décadas por varias generaciones de políticos. (Santos Juliá, 12/10/2012)


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