Banca y finanzas sofisticadas             

 

Banca y finanzas sofisticadas (2009):
Hace más de treinta años, cuando estudiaba para doctorarme en economía, sólo el menos ambicioso de mis compañeros de clase pretendía hacer carrera en el mundo de las finanzas. Incluso entonces, los bancos de inversión pagaban más que la enseñanza o la administración, pero no mucho más y, en cualquier caso, todo el mundo sabía que la banca era, bueno, aburrida. En los años que siguieron, claro está, la banca se convirtió en cualquier cosa menos aburrida. Los trapicheos y chanchullos estaban a la orden del día y las escalas salariales en el mundo de las finanzas no paraban de aumentar, con lo que atrajeron a muchos de los mejores y más brillantes jóvenes del país (bueno, de lo de mejores no estoy tan seguro). Y se nos aseguraba que en nuestro gigantesco sector financiero residía la clave de la prosperidad. Pero en vez de eso, las finanzas se convirtieron en el monstruo que devoró la economía mundial. Hace poco, los economistas Thomas Philippon y Ariell Reshef han hecho circular un artículo que podría haberse titulado El auge y caída de la banca aburrida (en realidad se titula Wages and human capital in the US financial industry, 1909 - 2006 [Salarios y capital humano en el sector financiero estadounidense, 1909 - 2006]). Muestran que la banca estadounidense ha pasado por tres épocas a lo largo del siglo pasado.

Bank of America


1) Años anteriores a la Gran Depresión:
Antes de 1930, la banca era un sector emocionante en el que destacaban algunos personajes imponentes que construyeron gigantescos imperios financieros (algunos de los cuales luego resultó que estaban basados en el fraude). Este sector financiero de altos vuelos fue testigo de un rápido aumento de la deuda: la deuda familiar expresada como porcentaje del PIB prácticamente se duplicó entre la Primera Guerra Mundial y 1929. Durante esta primera época de las altas finanzas, los banqueros ganaban, de media, mucho más que sus homólogos de otros sectores. Pero las finanzas perdieron su encanto cuando el sistema bancario se hundió durante la Gran Depresión.

2) Después de la Gran Depresión:
El sector bancario que surgió tras ese hundimiento estaba estrictamente regulado y era mucho menos llamativo que antes de la Depresión, y mucho menos lucrativo para quienes lo controlaban. La banca se volvió aburrida, en parte porque los banqueros eran tremendamente conservadores respecto al préstamo: la deuda familiar, que expresada como porcentaje del PIB había caído en picado durante la depresión y la Segunda Guerra Mundial, siguió estando muy por debajo de los niveles anteriores a 1930. Por extraño que me resulte decirlo, esta época de banca aburrida fue también una época de espectacular mejoría económica para la mayoría de los estadounidenses.

3) Década 1980:
Sin embargo, después de 1980, con la llegada de aires políticos nuevos, se levantaron muchas de las restricciones a las que estaban sometidos los bancos, y la banca se volvió emocionante otra vez. La deuda empezó a aumentar rápidamente y al final alcanzó aproximadamente el mismo nivel en relación con el PIB que había tenido en 1929. Y el tamaño del sector financiero se expandió enormemente. A mediados de esa década, representaba un tercio de los beneficios empresariales. Mientras se producían estos cambios, las finanzas se convirtieron de nuevo en una carrera de sueldos elevados (sueldos espectacularmente elevados para aquellos que construían los nuevos imperios financieros). De hecho, el aumento de los ingresos del sector financiero desempeñó un papel protagonista en la llegada de una segunda edad dorada para Estados Unidos. Huelga decir que las nuevas superestrellas creían que se habían ganado su riqueza. "Considero que los resultados obtenidos por nuestra empresa, que es el origen de la mayor parte de mi fortuna, justifican lo que yo he ganado", decía Sanford Weill en 2007, un año antes de marcharse de Citigroup. Y muchos economistas coincidían con él. Solamente unos pocos advertían de que este sistema financiero sobrecargado podía acabar mal. Puede que la Casandra más destacada fuese Raghuram Raja, de la Universidad de Chicago, un ex jefe de economistas del Fondo Monetario Internacional que, en una conferencia celebrada en 2005, sostuvo que el rápido crecimiento de las finanzas había hecho aumentar el riesgo de una "crisis catastrófica". Pero otros participantes en la conferencia, entre ellos Lawrence Summers, ahora director del Consejo Económico Nacional, se mofaron de las preocupaciones de Rajan. Y la crisis se produjo.

Efectos de la crisis financiera:
Ahora, gran parte del éxito aparente del sector financiero ha resultado ser una ilusión. (Las acciones de Citigroup han perdido más del 90% de su valor desde los días en que Weill se felicitaba a sí mismo). Y lo que es peor, el hundimiento del castillo de naipes financiero ha causado estragos en el resto de la economía, de forma que el comercio mundial y la producción industrial actuales están cayendo más rápidamente que durante la Gran Depresión. Y la catástrofe ha dado pie a llamamientos en favor de una regulación mucho mayor del sector financiero. Pero tengo la impresión de que los políticos siguen pensando sobre todo en reorganizar las casillas del organigrama de supervisión bancaria. No están ni mucho menos preparados para hacer lo que hay que hacer, que es volver a convertir la banca en algo aburrido. Una parte del problema es que la banca aburrida equivale a banqueros más pobres, y el sector financiero todavía tiene muchos amigos en puestos muy altos. Pero también es un problema de ideología: a pesar de todo lo que ha sucedido, la mayoría de la gente que ocupa puestos de poder sigue asociando las finanzas sofisticadas con el progreso económico. ¿Se les podrá convencer de lo contrario? ¿Tendremos la fuerza de voluntad necesaria para llevar a cabo una reforma seria del sistema financiero? Si no, la crisis actual no será algo puntual, sino el patrón que seguirán los acontecimientos venideros.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

(*)
En marzo de 2009 la patronal bancaria española declara que asume su parte de culpa en los excesos crediticios. Se manifiesta en contra de las ayudas públicas a entidades en dificultades por ser un lastre para la recuperación. Esa medida equivale a hacer caer a las entidades no viables por el bien del resto. Poco antes los presidentes de los dos principales bancos españoles promovieron que se diera a conocer qué entidades tenían problemas por los beneficios que obtendrían de resaltar las distancias que los separan de los que se encuentran en peor situación.

(**)
En el todo vale de los noventa, numerosos personajes del mundo de los negocios y de las finanzas se dejaron seducir por el deseo de enriquecerse y decidieron rebajar sus normas éticas en su carrera por obtener más. Donde más sorprendente resultó esta tendencia fue en el sector bancario. Y es que los banqueros siempre se habían visto como aquellos personajes prudentes y sobrios, de traje gris, que vigilaban de cerca a las empresas a las que prestaban dinero, porque ante todo querían una garantía de devolución. Los banqueros no eran amigos de escándalos o préstamos irregulares, así que el sector bancario constituía un control importante de la actividad empresarial norteamericana, ya que a través de la cuidadosa vigilancia de su cartera de préstamos, ayudaba a evitar quiebras y excesos en el mundo empresarial. (J.Stiglitz, Los felices 90)

Wall Street


Günter Grass sobre la reforma del sistema económico (24/07/2011):
[La piedra de Sísifo] [...] Sé que la oleada de noticias cotidianas, reforzada por el desagüe de Internet, abruma a quien quiere estar informado. Ya se ofrecen a unos consumidores saturados espacios de huida virtuales. Y sin embargo, nadie puede evitar preocuparse por el futuro de la democracia que nos regaló la voluntad de los vencedores y por los derechos a la libertad que la Constitución protege todavía. No debo ni quiero recurrir al ejemplo aleccionador de Weimar, porque los fenómenos actuales de cansancio y desintegración en la estructura de nuestro Estado ofrecen motivos suficientes para dudar seriamente de que nuestra Constitución pueda seguir garantizando lo que promete. La deriva disgregadora hacia una sociedad de clases con una mayoría que se va empobreciendo y una clase alta y rica que se va separando, la montaña de deudas, cuya cumbre se ha cubierto entre tanto por una nube de ceros, la incapacidad e impotencia demostradas de los parlamentarios electos frente al poder concentrado de las asociaciones de intereses y, no en último lugar, el estrangulamiento por los bancos hacen urgente, en mi opinión, hacer algo hasta ahora impronunciable: poner en tela de juicio el sistema. No teman. No voy a hacer un llamamiento a la revolución. En lo que a Europa se refiere, la revolución se produjo por última vez en el siglo XX, y por cierto en plural, con los resultados conocidos, entre los que estuvieron contrarrevoluciones y genocidios. Se trata más bien, desde el interior de toda la sociedad, de formular, como entre tanto hacen muchos ciudadanos, preguntas reivindicativas: ¿es asumible aún un sistema capitalista que se prescribe forzosamente a la democracia, en el que la economía financiera se ha separado en gran parte de la economía real, aunque la amenace una y otra vez con crisis de fabricación doméstica? ¿Deben seguir siendo válidos para nosotros artículos de fe como mercado, consumo y beneficio, sustitutivos de la religión?

Para mí, en cualquier caso, es evidente que el sistema capitalista, fomentado por el neoliberalismo y sin alternativa, tal como se nos presenta, ha degenerado en una maquinaria de destrucción del capital y, lejos de la economía social de mercado en otro tiempo exitosa, solo se complace en sí mismo; es un Moloc, asocial y no refrenado eficazmente por ninguna ley. Por eso se plantea la pregunta: la forma de Estado que hemos elegido, es decir, la democracia parlamentaria, ¿tiene aún la voluntad y la fuerza necesarias para apartar esa desintegración que la invade? ¿O en lo sucesivo deberá relegarse al terreno de lo optativo cualquier intento de reforma, de someter a control a los bancos y su forma de manejar el capital -es decir, de obligarlos a trabajar para el bien común- con la frase hasta ahora habitual “eso, en el mejor de los casos, solo puede resolverse globalmente”?

Una cosa me parece segura: si las democracias occidentales demuestran ser incapaces de hacer frente con reformas fundamentales a los peligros reales inminentes y a los previsibles, no podrán soportar lo que en los próximos años resultará ineludible: crisis que empollarán otras crisis, el aumento irrefrenable de la población mundial, los flujos de refugiados desencadenados por la falta de agua, el hambre y el empobrecimiento, y el cambio climático fabricado por el hombre. Sin embargo, una desintegración del orden democrático haría surgir -de lo que hay suficientes ejemplos- un vacío que podrían ocupar fuerzas cuya descripción rebasa nuestra imaginación, por mucho que seamos gatos escaldados y estemos marcados por las consecuencias todavía visibles del fascismo y el estalinismo.


Retención del medio billón del BCE:
Parecía que la banca ya tenía la ecuación perfecta con aquello de socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. Pero siempre puede ir más allá. Con el Banco Central Europeo (BCE) negándose a prestar a quien no sea una entidad, la siguiente vuelta de tuerca de la banca está siendo bloquear todo euro que salga del BCE aunque se lo haya prestado a precio mínimo (1%), les dé tres años para devolverlo, acepte como garantía casi lo que sea y les haya pedido expresamente que fluya hacia empresas y familias. Medio billón de euros cogieron de la subasta a tres años la semana pasada y 411.813 millones tienen depositados en el BCE desde el viernes en lugar de hacerlos circular. Récord. Esa cantidad permitiría pagar la mayoría de la deuda que tienen que refinanciar España e Italia en 2012. Pero el BCE tampoco presta a estados. Les fuerza a financiarse al precio que diga la banca (el mercado) mientras esta consigue el dinero más barato que nunca. Ahora parece que ha decidido quedárselo sin moverlo "para cumplir los requisitos de solvencia" que les ha exigido la EBA (Autoridad Bancaria Europea) para julio del próximo ejercicio, apunta Javier Flores, responsable del servicio de Estudios de Asinver. "Barren su casa en lugar de hacer circular el dinero", añade. Malas noticias para la economía real y pésimas para los hipotecados, porque el euríbor (precio al que se prestan los bancos entre sí y principal referente de las hipotecas), dado que el circuito está paralizado por la nula confianza que tienen unas entidades en otras, ya no responde a las actuaciones de la política monetaria. Ni a las bajadas de tipos ni a las borracheras de liquidez. La banca está enferma, tiene en los balances inversiones que no valen lo que se pagó, desde subprime estadounidenses, como pasa con los bancos franceses; a suelo y ladrillo, como ocurre con los españoles. Además, el euríbor arrastra el efecto de las dos polémicas subidas de tipos que el expresidente del BCE Jean Claude Trichet decidió en la primera mitad de 2011 y que su sucesor, Mario Draghi, sólo pudo enmendar ocho meses después, ya sin el efecto habitual. Con los tipos de nuevo al 1% (precio que hizo que el euríbor se moviese entre el 1,2% y el 1,7% antes de las subidas de Trichet), el índice se situaba ayer mismo en el 1,97%. La media mensual de diciembre ni siquiera ha bajado del 2%. De acabar en ese nivel, una hipoteca media (150.000 euros a 26 años con un diferencial de 0,50 puntos) que se revise en enero, se encarecerá 36,29 euros al mes, (435,48 al año). No importa que la banca esté hoy financiándose al mismo precio que hace 12 meses. El ciudadano paga. Sin crédito, Europa está entrando de nuevo en recesión. Los Gobiernos tampoco tiran de las economías porque se han impuesto austeridad. Si no, la banca les obliga a pagar precios imposibles por la deuda. Ante este panorama, "el BCE está llamado a ser quien lleve la liquidez a la economía real", comenta Flores. Un quantitative easing (lluvia de dinero sobre la economía) al estilo de la Fed de EEUU o el Banco de Inglaterra. "No será antes del fin del primer trimestre", añade. Entonces, si Alemania ve cómo la crisis se le echa encima, puede que acceda a dejar que Draghi active la máquina de imprimir euros. (Ana Flores, 28/12/2011)


Emilio Botín Las mentiras de los bancos:
Desde los primeros momentos de la crisis sorprendió que nuestras autoridades afirmaran que los bancos españoles eran los más solventes del mundo, que estaban, decía Zapatero, en Liga de Campeones. Era chocante que los nuestros tuviesen tan buena salud cuando la inmensa mayoría de la banca mundial estaba literalmente quebrada. Se decía que era debido al magnífico papel de supervisión desempeñado por el Banco de España, pero eso tampoco casaba con las denuncias de pasividad que habían hecho pocos años atrás sus inspectores ante el gobernador Caruana y el Ministro Solbes. Y, desde luego, con el hecho evidente que cualquiera conocía, por muy poco experto que fuese en temas financieros: la salvaje financiación que nuestra banca había realizado a una de las mayores burbujas inmobiliarias de la historia. ¿Cómo era posible que no les hubiera dejado créditos sin cobrar cuando todo se vino abajo? ¿Cómo se explicaba que no tuviese problemas un sistema bancario que en 2007 solo recibía 0,76 euros en depósitos por cada euro de crédito que concedía (casi la mitad de lo que recibía en 2000, 1,43 euros)? ¿Cómo podía creerse que estaba, o que podría mantenerse en Liga de Campeones un sistema bancario que en ese mismo periodo había multiplicado por nueve el crédito a una actividad inmobiliaria que se estaba volatilizando, y que había pasado de recibir 78.000 millones de euros de financiación interbancaria europea a 428.000 millones, también entre 2000 y 2007? ¿Cómo se podía creer que no tenía problemas o que no los tendría pronto un conjunto de bancos que había financiado miles de préstamos hipotecarios a más del 100% del valor de la vivienda (en época de subida artificial de precios) o de préstamos a empresas también a más del 100% del valor de la inversión? Y, sobre todo, ¿cómo podía creerse que estaban en buena situación si a la hora de la verdad habían dejado de dar créditos a las empresas y consumidores, dejando así que se hundiera nuestra economía? La respuesta a estas paradojas es esencial para comprender lo que ha ocurrido en España y lo que nos va a suceder muy pronto. Los banqueros tienen un poder extraordinario en Europa, en donde hacen y deshacen normas a su antojo, pero los españoles tienen en nuestro país una influencia política, mediática y social incluso mucho mayor que en otros lugares. Perdonan desde hace años los créditos a los partidos políticos, dominan la política editorial de los medios, influyen en las universidades y mantienen contratados a docenas de investigadores que difunden las tesis que les convienen. Así, no les debió resultar difícil convencer a los principales líderes políticos y de opinión de que su situación era buena. Sobre todo, cuando podían disimularla gracias a los cambios contables aprobados por la Comisión Europea, precisamente a instancias de la patronal bancaria. En particular, la “mentira piadosa”, como la califica el catedrático de Contabilidad Oriol Amat, que les permitía seguir valorando los activos dañados a su precio de adquisición y no al mucho menor del mercado en el momento de la valoración. Esos trucos contables, las inyecciones de liquidez que los grandes bancos españoles recibieron en otros países y las demás ayudas que les dio el Estado permitieron manipular y disimular su situación patrimonial hasta el punto de aparecer como los más rentables del mundo. Lo dicho: Liga de Campeones. Pero la realidad era otra y mucha gente lo sabía. Los bancos, todos, y no solo las cajas, estaban tocados del ala y en el fondo de sus balances había un deterioro estructural gravísimo como consecuencia de la crisis del ladrillo que ellos mismos habían provocado facilitando el endeudamiento explosivo de toda la economía. Un deterioro que tenía dos caras: la acumulación de activos (títulos de préstamos y créditos y propiedades inmobiliarias) que no ya no tenían ni mucho menos el valor que se les asignaba, y unas deudas con otros bancos extranjeros que sí seguían valiendo lo que inicialmente se había registrado: muchos cientos de miles de millones. Si se hubiese puesto en claro esta circunstancia a medida que iban apareciendo activos con pérdida de valor, los bancos españoles se tendrían que haber ido declarando en quiebra porque las provisiones de las que tan orgullosos estaban los reguladores del Banco de España eran totalmente insuficientes. Y para evitar esa situación (que los banqueros sabían -o debían saber- ya en 2007 que antes o después se iba a producir) lo que trataron de hacer fue ganar tiempo para ir creando las condiciones que les permitieran finalmente quedarse con todo el mercado. Gracias a su gran poder político consiguieron que el PP y el PSOE asumieran una estrategia de reforma que poco a poco iba a permitirles que recobrasen el dominio de la situación y el equilibrio patrimonial. Se trataría de ir quitando de en medio a las cajas de ahorros, a quienes era mucho más fácil hacerlas culpables de todo lo que había ocurrido, en gran parte con razón, por la lamentable gestión de los políticos responsables de sus órganos rectores (aunque en realidad se debía a que habían dejado de ser auténticas cajas de ahorros para convertirse en clones de los bancos privados). Si casi la mitad de los operadores del mercado que competían con los grandes bancos privados desaparecían o eran poco a poco absorbidos, los dos, tres o cuatro mayores de estos últimos quedarían reforzados sin necesidad de mostrar su insolvencia ni de pagar por sus irresponsabilidades. De este modo y a base de recibir ayudas del Estado, como ahora, es como ha ido evolucionando siempre el sector bancario español, cada vez más concentrado. Pero la intranquilidad y los problemas han empezado a agravarse por lo que era previsible que sucediera: el proceso de fagocitación del mercado como estrategia para salvar a la gran banca privada sin que se le vean sus vergüenzas es muy lento, inseguro y a veces, como ha ocurrido con Bankia, incluso escandaloso. Además, hay que tener en cuenta que el partido no solo se juega en campo nacional. ¿Se iban a conformar los acreedores europeos de la banca española con esta estrategia? ¿Estarían dispuestos a esperar? ¿Se van a arriesgar sabiendo que la política de austeridad va a deprimir por largo tiempo a nuestra economía y que eso va a acelerar el deterioro patrimonial de los bancos españoles y a dificultar el pago de su propia deuda? Hasta ahora, los banqueros españoles han conseguido que todos nos creamos su gran mentira. O, al menos, que actuemos como si nos la creyésemos (porque basta hablar con responsables políticos y directivos económicos de cualquier ideología o tendencia política para oír a muchos de ellos decir que el rescate es inevitable por el gran agujero de los bancos). El gobierno de Zapatero se limitó a seguir el protocolo marcado por la gran banca incluso en los detalles más pequeños, desde el indulto final al decreto de vergonzosos nuevos privilegios aprobado también estando su gobierno ya en funciones. Pero el de Rajoy ha querido mover ficha jugando a mostrar la verdadera situación de la banca y está precipitando las cosas, porque su estrategia de reformas en unidosis y muy improvisadas solo ha servido para mostrar que la del sector financiero es mucho peor que la que se venía diciendo, y para hacerla quizá ya indisimulable. Ahora solo queda saber lo que ocurrirá tras la auditoría solicitada y que, como todas, proporcionará resultados “por encargo”. Solicitar una evaluación objetiva a Oliver Wyman (que se “equivocó” cuando auditó a los bancos irlandeses considerándolos ejemplares poco antes de que tuvieran que ser nacionalizados, o que fue una de las garantes de los derivados de las hipotecas sub prime como productos muy seguros) es como es como pedir auxilio en el naufragio a quien no sabe nadar. Así que para qué nos vamos a engañar: aunque la gente normal y corriente no sepamos el final, las autoridades ya lo han negociado porque en cuestión de banca nadie da puntada sin hilo. Pueden ocurrir dos cosas. O bien que hayan acordado ya que se siga mareando la perdiz porque las autoridades europeas (que posiblemente sepan la magnitud real del agujero) admiten que el rescate sería impagable para España y que quizá levantaría una auténtica polvareda social. O bien que se concluya que hasta aquí hemos llegado y que hay que tirar por fin de la manta que cubre las miserias de los bancos españoles. Me parece a mí que esto último va a ser lo más probable porque, al fin y al cabo, los bancos españoles y extranjeros serían los beneficiados. Los auditores, como tantas veces, serán los que se encarguen de hacer la representación necesaria para que todo se nos presente de la forma más fácil de asumir. Y aquí es donde estamos. Botín y compañía han dejado atrapada a España a base de irresponsabilidades y de mentiras. Van a terminar obligando a que España, como le ocurriera a Irlanda, tenga que asumir su rescate; haciendo que éste -que en realidad es la recapitalización de lo que los banqueros irresponsables han perdido jugando en el casino- se presente como la salvación de España; y obligando a que los españoles tengamos que sufrir nuevos recortes en derechos sociales y bienestar para que los ellos nos sigan gobernando y obteniendo beneficios a nuestra costa. Espero y deseo, sin embargo, que las cosas no terminen ahí y que los banqueros no puedan respirar tranquilos en ese momento, como si se hubieran acabado entonces sus problemas. Lo espero y deseo en la confianza de un buen número de españoles, ojalá su gran mayoría, sean dignos y patriotas y que no perdonen a quienes han arrastrado a España a la ruina a base de mentiras para salvar sus privilegios políticos y económicos. (Juan Torres López, 22/05/2012)


Richard Fuld. CEO de Lehman Brothers durante 14 años. Apodado por la prensa The Gorilla por su agresividad en los mercados de capitales. Aparecía en todas las listas de los mejores gestores y cobraba más de 20 millones de dólares al año. Embarcó a Lehman en una política de productos de alto riesgo. Bancos y grado de regulación:
A buen seguro todos hemos oído esa canónica explicación de la crisis económica actual que traza su origen en la desregulación financiera de los mercados. Asombroso aserto, ése, que casa muy mal con la realidad de un sistema financiero que no sólo no está desregulado, sino que está intervenido hasta la médula para mayor gloria de los propios bancos (los regulados/privilegiados) y de los propios Estados (los reguladores/privilegiadores). Ignora uno quién es el dominante y quién el dominado en este perverso maridaje, pero sí deberíamos ser conscientes de la identidad de la víctima: el libre mercado. Yerra quien busca equiparar los intereses de los bancos con el sistema capitalista y los del sector público con la socialdemocracia. Que el capitalismo necesite de capitalistas no significa que muchos de esos capitalistas no sean los principales interesados y beneficiarios en constreñirlo o en cargárselo a través del intervencionismo estatal. Pues capitalismo implica acatamiento de los cambiantes deseos de los consumidores y posibilidad de ser barrido del mercado por unos más eficientes competidores: dos presupuestos que aquellos rentistas que quieren vivir no de servir al consumidor, sino de sangrarlo, tratan rápidamente de socavar mediante regulaciones y prebendas emanadas del monopolio de la violencia (el Estado).

Cómo opera la banca:
Tal es el caso de la banca, sector con una secular tendencia a explotar los diferenciales de la curva de rendimientos mediante la imprudente, peligrosa e insostenible estrategia financiera de endeudarse a corto plazo e invertir a largo. Gusta al sector financiero de operar con un fondo de maniobra estructuralmente negativo que, como es natural, debería conducirles a una rápida suspensión de pagos en un mercado libre: si las deudas de toda la banca vencen a muy corto plazo y sus activos maduran a muy largo plazo, habrá muy poco margen para refinanciarles persistentemente y en algún momento deberán echar el cierre. Así funcionaban precisamente las cosas cuando los bancos emitían sus pasivos de manera competitiva bajo la promesa de convertirlos, a petición de sus tenedores, en oro. Y, precisamente, este riesgo de bancarrota y de ser desplazados por otras entidades más prudentemente gestionadas era lo que les refrenaba de continuar degradando su liquidez monetizando de manera desproporcionada activos a largo plazo (Adam Smith, por ejemplo, aconsejaba a los bancos que se limitaran a descontar activos autoliquidables como letras de cambio comerciales). Semejante situación, empero, no complacía ni a ciertos banqueros ni a ciertos políticos: los primeros querían ganar mucho más prestando alocadamente a más demandantes de crédito; los segundos, deudores por excelencia, querían beneficiarse de tipos de interés más bajos para continuar sufragando sus enormes gastos. Optóse entonces por investir a ciertos grandes bancos del monopolio sobre la emisión de medios de pago a cambio de, primero, prestar a tipos blandos al Gobierno y, segundo, proporcionar auxilio financiero al resto de bancos del país (de modo que éstos también pudieran prestar pródigamente al Gobierno). Nacían así los bancos centrales monopolísticos, prestamistas de última instancia de banqueros y políticos; privilegio compartido que permitía que ambos dieran rienda suelta a su desmelenada imprudencia. Pero ahí no terminaba la historia: mientras los pasivos de los bancos centrales siguieran siendo convertibles en oro, su prodigalidad crediticia en beneficio directo de Estado y banca no podría ser infinita. Motivo por el cual, con el pasar de las décadas, se adoptó la solución más sencilla: suspender la convertibilidad al oro de estos emisores de papel moneda. Así, nuestros bancos centrales obtuvieron el poder de expandir ilimitadamente el crédito siempre que éste fuera demandado: el único subproducto incómodo de este desparpajo crediticio era la inflación (el envilecimiento del dinero), plaga económica donde las haya que, sin embargo, siempre ha contado con muy destacados sicofantes capaces de justificarla en beneficio directo del pueblo.

Los ciclos económicos:
De este modo, la banca central podía, obviando la inflación, prestar ilimitadamente a la banca comercial y ésta podía, a su vez, prestar ilimitadamente a cuantos le solicitaran crédito… incluyendo a nuestros manirrotos políticos. Se instituyó así una desgracia de economía con tipos de interés a largo plazo artificialmente deprimidos y desvinculados del volumen de ahorro real a largo plazo, que es la materia prima en la que sólo debería haber estado basado el crédito de inversión otorgado por la banca. Con estas facilidades de endeudarse, el sector privado comenzó a pedir prestado más y más, tanto para anticipar consumo futuro (familias) cuanto para ampliar su capacidad productiva (empresas). Un chute de deuda barata que durante un tiempo servía para impulsar el aumento de actividades improductivas que, pese a ello, repercutían positivamente sobre el PIB, el empleo y la recaudación tributaria. Un espejismo burbujístico que a todos entusiasmaba y que a todos, con el tiempo, terminaba penalizando como castillo de naipes que se derrumba. Es lo que se conoce como ciclo económico de auge y depresión y es justo lo que ha acontecido en los últimos diez años, es decir, es lo que ha sucedido desde el momento en que Alan Greenspan comenzó a reducir los tipos de interés de la Reserva Federal a mínimos históricos y contribuyó a relanzar una expansión del crédito desproporcionada cuya borrachera inicial vivimos en forma de burbuja inmobiliaria y cuyo colapso actual padecemos a modo de credit cruch descapitalizador. Puede que sea cómodo culpar a la libertad de todos estos problemas, pero desde luego no es justo. Si todos los mecanismos con que contaba el libre mercado para contener estos desaguisados –patrón oro, emisión competitiva de divisas y ausencia de rescates estatales en caso de suspensión de pagos– han sido esterilizados precisamente para que no constriñan la exuberancia crediticia, no culpemos al libre mercado capitalista, sino al extremo intervencionismo monetario que desde hace más de un siglo se ha cargado una institución privada tan esencial como es el dinero. [...] (Juan R.Rallo, 06/07/2012)


BCE y deuda española:
[La estafa de la deuda:] Según el pensamiento dominante en los establishments financieros, políticos y mediáticos que configuran la sabiduría convencional en el conocimiento económico, la deuda del Estado español (aproximadamente un 90% del PIB) se debe al excesivo gasto público realizado en el país durante los años de bonanza en los que se despilfarró el dinero público. Y para confirmar tal aseveración se citan casos como el del AVE, que en muchas partes de España apenas tiene pasajeros, o las carreteras que no llevan a ninguna parte y muchos otros ejemplos de derroche de dinero público que –según la sabiduría convencional- nos han llevado a la crisis actual. Un indicador de tal crisis es la elevada prima de riesgo que el Estado español tiene que pagar para poder conseguir dinero de la banca, pues ésta (conocida como los mercados financieros) está dejando de tener la confianza en la capacidad del Estado en poder pagar los intereses de su deuda pública. De ahí la necesidad de recortar gasto público a fin de disminuir el déficit y la deuda pública y recuperar así la famosa “confianza de los mercados”, la frase más utilizada en la narrativa oficial de los gobiernos español y catalán para justificar sus recortes presupuestarios. La gran estafa El crecimiento de la deuda pública, sin embargo, tiene muy poco que ver con la supuesta exuberancia del gasto público. En realidad, el gasto y empleo público español, incluyendo el catalán, son los más bajos de la UE-15. Sólo un adulto de cada diez trabaja en el sector público en España (en Catalunya no se llega ni a este ratio). En Suecia, es uno de cada cuatro. La hipertrofia del sector público, que según el dogma neoliberal dominante está ahogando la economía española, es una de las falsedades más notorias que se transmite con mayor frecuencia en los mayores medios de información. Los datos, fácilmente accesibles, muestran precisamente lo contrario. El Estado en España (y en Catalunya) es uno de los más pobres de la Unión Europea de los Quince, UE-15. Ahora bien, los economistas de FEDEA, los gurús mediáticos –como Xavier Sala i Martín y otros- continuarán, contra toda la evidencia existente, subrayando que la raíz del problema que tiene España, incluyendo Catalunya, es su excesivo gasto público, que –según ellos- ha generado el gran crecimiento de su deuda pública. La causa real del crecimiento de la deuda La causa más importante (y más silenciada por los medios) de la elevada deuda pública en España ha sido el dominio de la banca –y muy en especial de la banca alemana- y de las fuerzas neoliberales que ésta promueve en el diseño del euro y su sistema de gobierno. Veamos los datos. Tales fuerzas establecieron un Banco Central que no era un Banco Central, sino que era un enorme lobby de la banca. Lo que hace un Banco Central en un país es imprimir dinero y con este dinero compra deuda pública a su Estado, de manera que si los intereses de sus bonos se disparan porque el Estado tiene dificultad para venderlos, el Banco Central entra y compra muchos bonos, con lo cual los intereses bajan. El Banco Central está ahí para defender a su Estado frente a la especulación de los mercados financieros. En contra de lo que se dice y de lo que se escribe, los intereses de la deuda los decide un Banco Central, no los mercados financieros. Ahora bien, cuando se estableció el euro, el Estado español perdió tal capacidad de imprimir dinero y comprar deuda pública. Se delegó tal autoridad al Banco Central Europeo, que sigue imprimiendo dinero pero no para prestarlo al Estado español (la compra de deuda pública, en la práctica, es un préstamo al Estado), sino para prestarlo a la banca privada a unos intereses bajísimos (menos de un 1%). Y es esta banca privada la que compra deuda pública a unos intereses elevadísimos (un 6% o un 7% en el caso español o italiano). Es un negocio redondo para la banca. El chanchullo del año. La banca, incluyendo la banca alemana, se ha forrado de dinero durante todos estos años. Nunca les había ido tan bien. Chupaban la sangre (los altos intereses de la deuda pública) al Estado, y cuando éste parecía que iba a desmayarse o morir, entonces (y sólo entonces), el Banco Central Europeo le prestaba dinero al Estado, es decir, le compraba deuda pública para que continuara viviendo, a fin de que la banca privada, como sanguijuela, pudiera continuar chupándole la sangre (es decir, su dinero). Este entramado, en el que el BCE da dinero a la banca privada a unos intereses bajísimos, se justifica con el argumento de que así se garantiza el crédito necesario para las familias y para las empresas medianas y pequeñas (que crean la mayoría de puestos de trabajo). Pero el crédito ni está ni se le espera. En realidad, a pesar de que el BCE ha dado desde diciembre de 2011 más de un billón de euros (sí, un billón de euros) a la banca privada (la mitad de este billón fue a la banca privada española e italiana), el crédito continúa escaso, pues la banca tenía otras inversiones (como comprar deuda pública) mucho más rentables que la de ofrecer crédito. Cualquier persona normal y corriente se preguntará, ¿por qué el BCE no prestó este dinero a los Estados de la Eurozona en lugar de prestarlo a la banca para poder financiarse sin necesidad de pagar unos intereses tan elevados a la banca privada? Por extraño que parezca, nadie en la estructura de poder que gobierna la Eurozona se planteó, hasta hace muy poco, esta pregunta. Y ello, como resultado de estar imbuidos en el dogma neoliberal, que es la ideología promovida por el capital financiero, es decir, por la banca (además de las compañías de seguro, fondos de alto riesgo y un largo etcétera). Si el BCE hubiera prestado el dinero al Estado español, en lugar de éste tener que pedirlo a la banca privada, el Estado hubiera ahorrado muchísimo dinero. El Estado, en lugar de pagar unos intereses al 6%, hubiera pagado al 1% (como pagan los bancos para obtener dinero del BCE), ahorrándose muchísimo, pero muchísimo dinero, sin que hubiera aparecido el problema de la deuda pública, y sin que se hubiera necesitado hacer ningún recorte de gasto público. Hoy, uno de cada cuatro euros que el Estado se gasta va para pagar su deuda pública, predominantemente a los bancos. Si hubiera recibido dinero directamente del BCE no habría habido ninguna necesidad de hacer recortes. El economista Eduardo Garzón ha calculado (en su artículo “Situación de las arcas públicas si el estado español no pagara intereses de deuda pública”) lo que el Estado español tendría como deuda pública (desde 1989 a 2011) si hubiera tenido un Banco Central que le hubiera prestado dinero al 1% de interés, sin tener que recurrir a la banca privada pagando los elevadísimos intereses que ha pagado. Pues bien, la deuda pública sería hoy un 14% del PIB (sí, ha leído bien, un 14%) en lugar de un 90%. Este es el enorme coste al Estado español de haber tenido el sistema de gobernanza del euro tal como ahora existe, sistema de gobernanza que se diseñó para optimizar los intereses de la banca a costa de los intereses de la población y de su Estado. Hoy España, incluyendo Catalunya, no tendría los problemas que tiene si hubiera tenido un Banco Central propio digno de su nombre, o hubiera tenido un Banco Central Europeo que hubiera sido un Banco Central. Las injusticias del sistema actual El sistema de gobierno del euro es, además de sumamente ineficiente, profundamente injusto, pues está originando un proceso redistributivo enormemente regresivo en el que la gran mayoría de la población está pagando con impuestos el pago de los intereses de la deuda pública del Estado, y con ello está transfiriendo a los súper ricos (que compran los bonos a través de los bancos) dinero para pagarles lo que el Estado les debe al haber comprado deuda pública. Esta transferencia de dinero se realiza también a nivel de la Eurozona, de manera que los países que tienen que pagar intereses de la deuda más altos (los países del Sur) los pagan a los bancos del Norte (que han invertido cantidades muy significativas de su capital en comprar deuda pública de tales países que generan unos intereses exuberantes, alcanzando unos beneficios estratosféricos). Alemania tiene 200.000 millones de euros en tal tipo de inversiones en España. En realidad, los famosos 100.000 millones de euros que la Unión Europea puso al alcance de España para “salvar sus bancos” era, en realidad, dinero (aprobado por el Parlamento Alemán) para salvar a los bancos alemanes (tal como han reconocido varios economistas asesores del gobierno alemán) que estaban con el agua al cuello debido a la deuda pública y privada española, ya que tenían pánico a que no les pudieran pagar. Será el pueblo español el que pagará los 40.000 millones que el Estado ha pedido para pagar tal deuda, situación que es profundamente injusta. Si después de leer este artículo usted, lector, no está indignado, es señal de que, o bien es usted parte del problema o es que no me he explicado bien. En este caso, le aconsejo lea el libro de Juan Torres y yo, Los Amos del Mundo. Las armas del terrorismo financiero donde expandimos lo que brevemente presento en este artículo. Pero créame que hay causas para estar más que indignado. Hoy se está desmantelando el escasamente financiado Estado del bienestar en España, incluyendo en Catalunya, para que los bancos puedan comprar su deuda pública, la cual consiguieron diseñando un sistema en que sus beneficios, que afectan a un sector superminoritario (lo que los indignados estadounidenses Occupy Wall Street movement llaman el 1%) se realice a costa de la miseria de todos los demás. Así de claro. Léase el libro y lo verá. (V.Navarro, 31/10/2012)


Desregulación:
Franklin Delano Roosvelt ofreció en un mitin en el viejo Madison Square Garden en la campaña electoral que le llevó al segundo mandato. Se trató de un discurso vibrante donde hizo una descripción del gobierno del dinero organizado: “Durante casi cuatro años ustedes han tenido un gobierno que en lugar de entretenerse con tonterías, se arremangó. Vamos a seguir con las mangas levantadas. Tuvimos que luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca insensible, los antagonismos de clase, el sectarismo, los intereses bélicos. Habían comenzado a considerar al gobierno como un mero apéndice de sus propios negocios. Ahora sabemos que un gobierno del dinero organizado es tan peligroso como un gobierno de la mafia organizada. Nunca antes en nuestra historia esas fuerzas han estado tan unidas contra un candidato como lo están hoy. Me odian de manera unánime, y yo doy la bienvenida a su odio. Me gustaría que mi primer gobierno fuera recordado por la batalla que libraron el egoísmo y la ambición de poder. Y me gustaría que se dijera que durante mi segunda presidencia esas fuerzas se encontraron con la horma de su zapato”.


La interminable historia de la banca:
Es una historia de nunca acabar. El sector bancario mundial sigue revolcándose en un lodo de escándalos, corrupción y mala gestión. Y continua sin satisfacer su supuesto objetivo, a saber, proporcionar liquidez y crédito a los hogares para comprar artículos caros (o incluso cubrir sus gastos mensuales) y a las empresas para que puedan pagar por el capital y la inversión que necesitan para crecer. Y sin embargo, en 2012, los precios de las acciones de los bancos se han disparado por encima del 25%, más que los índices de los mercados de valores en auge. Durante el colapso financiero de 2008, el sector bancario de los EE.UU. tuvo que descontar 600 mil millones de dólares en activos y su valor bursátil cayó en 1 billón de dólares. Sin embargo, las autoridades (de la Reserva Federal y el Tesoro), “en nombre de los contribuyentes, rescataron a estos bancos errantes con dinero en efectivo, garantías y préstamos por valor de más de 3 billones de dólares. Ahora, con la recuperación supuestamente en marcha, hay menos bancos, pero son más grandes y vuelven a sus viejos trucos, igual que antes. Ahí están los bancos del Reino Unido: Barclays ha sido multado con 450 millones de dólares por su participación en el llamado escándalo del Libor, en el que los corredores de los bancos se pusieron de acuerdo para fijar el tipo de interés de los préstamos interbancarios, que establece la base del coste de la mayoría de los créditos en todo el mundo. Esta conspiración implica que autoridades locales, organizaciones benéficas y empresas terminaron pagando más de lo debido por los préstamos. HSBC fue acusado por el Congreso de los EE.UU. de lavar el dinero de los carteles de la drogas mexicano y violar las sanciones contra Irán (al igual que Standard Chartered). Lloyds Bank, junto con todos los otros bancos, ha tenido que compensar a sus clientes por obligarles a contratar seguros de accidentes personales por una suma de £ 5.300 millones de libras, dinero que podría haber sido mejor utilizado para financiar la industria y abaratar los créditos. Y el RBS. Este banco británico acabó de rodillas en el colapso financiero gracias a la gestión liderada por (Sir) Reg Goodwin, nombrado caballero por sus servicios al sector (¡!). Goodwin destacó por su matonería, su inclinación al riesgo y sus enormes bonificaciones. Se fue, pero no sin una pensión escandalosa y muchos apretones de manos de la junta del RBS, al igual que todos los altos ejecutivos de los bancos cuando se les ha pedido que “se retiraran” después de un escándalo. Nadie ha sido acusado o condenado por un tribunal penal por las operaciones de estos bancos globales después de que estallaran los escándalos y se descubrieran sus actividades ?(Ver mis notas 1 y 2) Por el contrario, los bancos han restado toda importancia a estos escándalos. JP Morgan mantuvo un equipo de operaciones de alto riesgo en Londres dedicado a la comercialización masiva de derivados, las mismas “armas financieras de destrucción masiva” (para usar la terminología del mayor inversor del mundo, Warren Buffet) que desencadenaron la crisis de 2008. La ‘ballena de Londres’, como se le llamaba, hizo perder al banco ¡6 mil millones de dólares! Y hay que recordar que eso ocurrió en 2012, no 2008. El corredor principal, Bruno Iksil, les dijo a sus jefes ejecutivos que estaba preocupado por el tamaño “espantoso” de las transacciones que operaba. Pero no le hicieron caso. Y los supervisores en EE.UU. del banco, la Oficina del Interventor de la Moneda, que supuestamente vigilaba muy de cerca a los bancos, tampoco hicieron nada. En marzo de 2012, las pérdidas comerciales iban en aumento y fueron hechas públicas, pero aún así el jefe ejecutivo de JP Morgan, Jamie Dimon, afirmó que el asunto sólo era “una tormenta en un vaso de agua”. Esta fue la respuesta típica de los gerentes de los bancos. Bob Diamond -el ex presidente de Barclays, que acabó finalmente destapando el escándalo del Libor, pero sólo porque el gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King le obligó-, tuvo que reconocer que “para mí, la evidencia de que existe cultura es cómo se comporta la gente cuando nadie la está mirando “. Exacto, y es evidente cual es la cultura bancaria, es decir como se utiliza el dinero de los clientes, los contribuyentes y los inversiones en bonos y acciones para tratar de obtener grandes beneficios a través de fondos de riesgo y cobrar así unas primas grotescas. Y nada ha cambiado realmente. Esta misma semana, el jefe del departamento de gestión de patrimonios privados de Barclays fue despedido por “deficiencias culturales” en su departamento. Al parecer, un informe secreto había comprobado que el banco se dedicaba a buscar “ingresos a toda costa” y utilizaba “la intimidación y el chantaje” al personal para conseguirlo. Este informe ha sido hecho desaparecer por el jefe de la división, que era un aliado cercano de Bob Diamond. Y con esto no acaba todo. Ahora se ha sabido que durante el colapso financiero, cuando Barclays se vio amenazado con una nacionalización parcial, la junta de Barclays prestó dinero a Qatar para que invirtiera en acciones del propio banco por valor 12 mil millones de libras. De esta manera, el banco evitó controles del Estado ¡mediante la emisión de más préstamos! Todavía no está claro qué “comisiones” se les pagaba a los inversores de Qatar. Dexia, el banco belga, eventualmente forzado a la nacionalización, también intentó el mismo truco en 2008 y también lo hizo el podrido banco de Islandia, Kaupthing, que “prestó” dinero a un miembro de la familia real qatarí, que lo reinvirtió en el banco. Los qataríes cobraban una “comisión” y si las acciones no valían nada después, a ellos les daba igual. Simplemente aumentaban las pérdidas del banco y el coste para el contribuyente en caso de rescate. Y casi me olvido del Monte dei Paschi di Siena. Se descubrió que este antiguo banco venerable del centro de Italia utilizaba una doble contabilidad para ocultar el hecho de que su división de derivados, fuera de control, había perdido más de 700 millones de euros en diversas operaciones. Este viejísimo banco, con una supuesta tradición de banca prudente se dedicaba igual que todos los demás a operaciones de alto. Y de nuevo, los reguladores, en esta ocasión el Banco de Italia, dicen que no sabían nada de ello hasta que el banco pidió ser rescatado con el dinero de los contribuyentes para salvarse de la quiebra. El actual presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, era el presidente del Banco de Italia en esa época. Nadie ha sido acusado por estas actividades inmorales y probablemente ilegales. En cambio, lo que ha sucedido es que los trabajadores de los bancos, la mayoría de los cuales no han tenido la menor participación en estos escándalos y operaciones de alto riesgo, que solo trabajaban en oficinas de poca monta o en las ventanillas, han sido despedidos por miles para reducir costes. Y cada mes se recortan más puestos de trabajo. El alcance y la naturaleza de estos continuos escándalos han obligado incluso a los partidarios del “libre mercado” y de la City de Londres, como el ex ministro de finanzas thatcherista, Nigel Lawson, ¡a pedir la nacionalización completa del RBS! El banco es ya propiedad de los contribuyentes en un 82%, pero eso no significa nada porque los contribuyentes no tienen ni voz ni voto en la gestión del banco, que primas se pagan y qué hace el banco con los depósitos, préstamos e inversiones. Y es así porque el gobierno no “interfiere” y se mantiene fuera, esperando privatizar el banco tan pronto como sea posible. No lo ha hecho, hasta el momento, porque las acciones del RBS siguen siendo estando tan bajas que los contribuyentes perderían algo así como 30 mil millones de libras en el valor de las acciones de propiedad pública. Sin embargo, Lawson defiende que el banco, en vez de ser privatizado, debe ser totalmente nacionalizado y el gobierno intervenir en su gestión para “convertirlo en un instrumento para aumentar los créditos a las empresas”. Lawson ha llegado a decir que los bancos deben “predicar con el ejemplo” y comportarse correctamente de ahora en adelante, pero por detrás del escenario hacen una enorme presión para evitar cualquier regulación adicional o aumentar las tasas de liquidez y control de riesgos. Como hemos visto, este cabildeo ha funcionado, y el Consejo de Estabilidad Financiera del G-20 ha cambiado de orientación, se ha relajado y pospuesto una regulación más estricta (ver mi nota al respecto). Lawson comentó: “Yo no creo que el gobierno tenga que temer a los bancos en lo más mínimo. De vez en cuando se oyen amenazas de que se van a ir del Reino Unido, pero son solo tonterías”. Tras los escándalos se encuentran las preguntas más importantes de: ¿para qué sirven los bancos? y ¿qué valor añadido o que servicios contribuyen a la sociedad? Los comités de dirección de los bancos ocultan estos temas tras una nube de complejidades. Alegan que son instituciones tan complejas que sólo personas muy bien remuneradas e inteligentes pueden dirigirlos. Pero al parecer, no lo han hecho tan bien. Las cuentas de los bancos más importantes son, en palabras de uno de los analistas financieros más importantes de todo el mundo, Meredith Whitney, “increíblemente difíciles de leer”. Y sin embargo, como Whitney dice, en realidad no es tan difícil, “después de todo, los bancos ganan dinero mediante la venta de productos y del margen que obtienen de esos productos, lo mismo que cualquier otro negocio”. Pero también sabemos que estos excesivamente retribuidos ejecutivos bancarios no tienen ni idea de hasta que punto están jugando con fuego cuando utilizan los activos de sus bancos para operar y comprar productos de alto riesgo. Los reguladores financieros tratan de encontrar la manera de medir el riesgo que supone acumular activos como créditos, hipotecas, bonos y derivados de los mismos. Pero un nuevo informe de los reguladores bancarios del mundo ha concluido que no solo la información no es suficiente para juzgar si un banco ha acumulado demasiado “riesgo” o no (ver aqui), sino que cree que las estimaciones de riesgo de los bancos podrían ser en realidad ¡cinco veces superiores a las confesadas! Que Dios nos ayude. Recientemente ha tenido lugar un debate entre los economistas ortodoxos sobre si el sector financiero añade algún valor a la economía. En los EE.UU., el sector financiero ‘contribuye’ el 8% de todos los ingresos de la economía. En un nuevo estudio, dos académicos trazan el crecimiento del sector financiero, que, sorpresa, sorpresa, no es el resultado de conceder más préstamos a la industria o los hogares, sino en la creación de activos respaldados en hipotecas y otros instrumentos financieros exóticos para venderse basura tóxica entre sí (The Growth of Modern Finance). Lo que el estudio demuestra es que gran parte de las operaciones de banca no ha sido para ayudar a la industria y los hogares, sino para participar en ‘tradings‘, que básicamente significa, en palabras de Michael Lewis, autor del libro Poker de mentirosos, “dejar sin blanca a los necios”. Los mercados financieros son ineficientes en la asignación del crédito y el ahorro y el sector financiero es inherentemente inestable y propenso a las crisis (Minsky, Shiller, etc). Por encima de todo, lejos de añadir “valor” a la economía, el sector reduce los recursos disponibles para la inversión productiva (en el sentido capitalista) y en su lugar canaliza el sobreproducto hacia capital ficticio que solo sirve para “destruir valor”. El economista neoclásico John Cochrane ha medio defendido que no hay nada de qué preocuparse porque al final este tipo de inversiones son eliminadas por las fuerzas racionales del mercado (tamaño del sector financiero). El problema es que, incluso si el mercado puede asignar recursos de manera “eficiente” como afirma la escuela neo-clásica, la experiencia del ascenso del sector financiero en los últimos 30 años es que puede llevar un tiempo tremendamente largo hacerlo. Y entonces sólo “racionaliza” estas inversiones ficticias “fuera del mercado”, mediante el colapso financiero y la destrucción “colateral” de capital productivo y empleo. Lo que demuestran los continuos escándalos de la banca es que el sistema bancario global no ha cambiado realmente ni su cultura ni su razón de ser y que tampoco puede hacerlo. Que tiene que orientar la mayor parte de sus actividades hacia la maximización de beneficios y eso significa hacia áreas que tienen mayor riesgo y no hacia préstamos con “márgenes bajos” a la industria y los hogares. Y los llamados reguladores no pueden cambiarlo. Han sido presionados y acosados por los bancos para que no “limiten” sus actividades “demasiado” o para que les obliguen a apartar demasiado dinero o capital para cubrir posibles pérdidas, porque esto no es rentable. Y las comisiones creadas para recomendar una drástica reestructuración del sector bancario (Vickers en el Reino Unido, Volcker en los EE.UU.), obligándoles desde arriba a dividirse para que no sean “demasiado grandes para quebrar”, o forzando a los bancos a elegir entre ser una banca minorista o de inversión, han sido menospreciadas o ignoradas. La solución de Nigel Lawson sigue siendo la única forma práctica y eficaz de transformar el sistema bancario en un servicio a la sociedad no monstruo destructor de valor. Consúltese el folleto del sindicato de bomberos del Reino Unido y sus argumentos a favor de la propiedad pública de los bancos. Anexo: He aquí una gran cita del economista novecentista Frederic Bastiat, cortesía del análisis devastador de Bill Black sobre la corrupción de los banqueros durante la crisis: “Cuando el saqueo se convierte en una forma de vida para un grupo de hombres que viven juntos en sociedad, acaban creando para sí mismos en el transcurso del tiempo un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica”. Y los Países Bajos acaban de nacionalizar SNS Reaal NV, el cuarto mayor banco en importancia sistémica de los Países Bajos, con un coste para los contribuyentes holandeses de 3.700 millones de euros, después de las pérdidas por sus propiedades de bienes raíces, sobre todo de activos españoles. El Estado inyectará 2.200 millones de euros en nuevo capital, perdonándole 800 millones de euros que el banco aún adeuda tras su rescate durante la crisis financiera . También cancelará 700 millones en el valor de los activos inmobiliarios del banco. Además, el gobierno va a imponer un impuesto extraordinario de 1.000 millones a los bancos holandeses en 2014, como una contribución para el restablecimiento de la salud del sector financiero. Sin embargo, los tenedores de bonos estarán protegidos. (Michael Roberts, 10/02/2013)


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