Banca y finanzas sofisticadas             

 

Banca y finanzas sofisticadas (2009):
Hace más de treinta años, cuando estudiaba para doctorarme en economía, sólo el menos ambicioso de mis compañeros de clase pretendía hacer carrera en el mundo de las finanzas. Incluso entonces, los bancos de inversión pagaban más que la enseñanza o la administración, pero no mucho más y, en cualquier caso, todo el mundo sabía que la banca era, bueno, aburrida. En los años que siguieron, claro está, la banca se convirtió en cualquier cosa menos aburrida. Los trapicheos y chanchullos estaban a la orden del día y las escalas salariales en el mundo de las finanzas no paraban de aumentar, con lo que atrajeron a muchos de los mejores y más brillantes jóvenes del país (bueno, de lo de mejores no estoy tan seguro). Y se nos aseguraba que en nuestro gigantesco sector financiero residía la clave de la prosperidad. Pero en vez de eso, las finanzas se convirtieron en el monstruo que devoró la economía mundial. Hace poco, los economistas Thomas Philippon y Ariell Reshef han hecho circular un artículo que podría haberse titulado El auge y caída de la banca aburrida (en realidad se titula Wages and human capital in the US financial industry, 1909 - 2006 [Salarios y capital humano en el sector financiero estadounidense, 1909 - 2006]). Muestran que la banca estadounidense ha pasado por tres épocas a lo largo del siglo pasado.

1) Años anteriores a la Gran Depresión:
Antes de 1930, la banca era un sector emocionante en el que destacaban algunos personajes imponentes que construyeron gigantescos imperios financieros (algunos de los cuales luego resultó que estaban basados en el fraude). Este sector financiero de altos vuelos fue testigo de un rápido aumento de la deuda: la deuda familiar expresada como porcentaje del PIB prácticamente se duplicó entre la Primera Guerra Mundial y 1929. Durante esta primera época de las altas finanzas, los banqueros ganaban, de media, mucho más que sus homólogos de otros sectores. Pero las finanzas perdieron su encanto cuando el sistema bancario se hundió durante la Gran Depresión.

2) Después de la Gran Depresión:
El sector bancario que surgió tras ese hundimiento estaba estrictamente regulado y era mucho menos llamativo que antes de la Depresión, y mucho menos lucrativo para quienes lo controlaban. La banca se volvió aburrida, en parte porque los banqueros eran tremendamente conservadores respecto al préstamo: la deuda familiar, que expresada como porcentaje del PIB había caído en picado durante la depresión y la Segunda Guerra Mundial, siguió estando muy por debajo de los niveles anteriores a 1930. Por extraño que me resulte decirlo, esta época de banca aburrida fue también una época de espectacular mejoría económica para la mayoría de los estadounidenses.

3) Década 1980:
Sin embargo, después de 1980, con la llegada de aires políticos nuevos, se levantaron muchas de las restricciones a las que estaban sometidos los bancos, y la banca se volvió emocionante otra vez. La deuda empezó a aumentar rápidamente y al final alcanzó aproximadamente el mismo nivel en relación con el PIB que había tenido en 1929. Y el tamaño del sector financiero se expandió enormemente. A mediados de esa década, representaba un tercio de los beneficios empresariales. Mientras se producían estos cambios, las finanzas se convirtieron de nuevo en una carrera de sueldos elevados (sueldos espectacularmente elevados para aquellos que construían los nuevos imperios financieros). De hecho, el aumento de los ingresos del sector financiero desempeñó un papel protagonista en la llegada de una segunda edad dorada para Estados Unidos. Huelga decir que las nuevas superestrellas creían que se habían ganado su riqueza. "Considero que los resultados obtenidos por nuestra empresa, que es el origen de la mayor parte de mi fortuna, justifican lo que yo he ganado", decía Sanford Weill en 2007, un año antes de marcharse de Citigroup. Y muchos economistas coincidían con él. Solamente unos pocos advertían de que este sistema financiero sobrecargado podía acabar mal. Puede que la Casandra más destacada fuese Raghuram Raja, de la Universidad de Chicago, un ex jefe de economistas del Fondo Monetario Internacional que, en una conferencia celebrada en 2005, sostuvo que el rápido crecimiento de las finanzas había hecho aumentar el riesgo de una "crisis catastrófica". Pero otros participantes en la conferencia, entre ellos Lawrence Summers, ahora director del Consejo Económico Nacional, se mofaron de las preocupaciones de Rajan. Y la crisis se produjo.

Efectos de la crisis financiera:
Ahora, gran parte del éxito aparente del sector financiero ha resultado ser una ilusión. (Las acciones de Citigroup han perdido más del 90% de su valor desde los días en que Weill se felicitaba a sí mismo). Y lo que es peor, el hundimiento del castillo de naipes financiero ha causado estragos en el resto de la economía, de forma que el comercio mundial y la producción industrial actuales están cayendo más rápidamente que durante la Gran Depresión. Y la catástrofe ha dado pie a llamamientos en favor de una regulación mucho mayor del sector financiero. Pero tengo la impresión de que los políticos siguen pensando sobre todo en reorganizar las casillas del organigrama de supervisión bancaria. No están ni mucho menos preparados para hacer lo que hay que hacer, que es volver a convertir la banca en algo aburrido. Una parte del problema es que la banca aburrida equivale a banqueros más pobres, y el sector financiero todavía tiene muchos amigos en puestos muy altos. Pero también es un problema de ideología: a pesar de todo lo que ha sucedido, la mayoría de la gente que ocupa puestos de poder sigue asociando las finanzas sofisticadas con el progreso económico. ¿Se les podrá convencer de lo contrario? ¿Tendremos la fuerza de voluntad necesaria para llevar a cabo una reforma seria del sistema financiero? Si no, la crisis actual no será algo puntual, sino el patrón que seguirán los acontecimientos venideros.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en 2008. © 2009 New York Times Service. Traducción de News Clips.

(*)
En marzo de 2009 la patronal bancaria española declara que asume su parte de culpa en los excesos crediticios. Se manifiesta en contra de las ayudas públicas a entidades en dificultades por ser un lastre para la recuperación. Esa medida equivale a hacer caer a las entidades no viables por el bien del resto. Poco antes los presidentes de los dos principales bancos españoles promovieron que se diera a conocer qué entidades tenían problemas por los beneficios que obtendrían de resaltar las distancias que los separan de los que se encuentran en peor situación.

(**)
En el todo vale de los noventa, numerosos personajes del mundo de los negocios y de las finanzas se dejaron seducir por el deseo de enriquecerse y decidieron rebajar sus normas éticas en su carrera por obtener más. Donde más sorprendente resultó esta tendencia fue en el sector bancario. Y es que los banqueros siempre se habían visto como aquellos personajes prudentes y sobrios, de traje gris, que vigilaban de cerca a las empresas a las que prestaban dinero, porque ante todo querían una garantía de devolución. Los banqueros no eran amigos de escándalos o préstamos irregulares, así que el sector bancario constituía un control importante de la actividad empresarial norteamericana, ya que a través de la cuidadosa vigilancia de su cartera de préstamos, ayudaba a evitar quiebras y excesos en el mundo empresarial. (J.Stiglitz, Los felices 90)

Wall Street


Günter Grass sobre la reforma del sistema económico (24/07/2011):
[La piedra de Sísifo] [...] Sé que la oleada de noticias cotidianas, reforzada por el desagüe de Internet, abruma a quien quiere estar informado. Ya se ofrecen a unos consumidores saturados espacios de huida virtuales. Y sin embargo, nadie puede evitar preocuparse por el futuro de la democracia que nos regaló la voluntad de los vencedores y por los derechos a la libertad que la Constitución protege todavía. No debo ni quiero recurrir al ejemplo aleccionador de Weimar, porque los fenómenos actuales de cansancio y desintegración en la estructura de nuestro Estado ofrecen motivos suficientes para dudar seriamente de que nuestra Constitución pueda seguir garantizando lo que promete. La deriva disgregadora hacia una sociedad de clases con una mayoría que se va empobreciendo y una clase alta y rica que se va separando, la montaña de deudas, cuya cumbre se ha cubierto entre tanto por una nube de ceros, la incapacidad e impotencia demostradas de los parlamentarios electos frente al poder concentrado de las asociaciones de intereses y, no en último lugar, el estrangulamiento por los bancos hacen urgente, en mi opinión, hacer algo hasta ahora impronunciable: poner en tela de juicio el sistema. No teman. No voy a hacer un llamamiento a la revolución. En lo que a Europa se refiere, la revolución se produjo por última vez en el siglo XX, y por cierto en plural, con los resultados conocidos, entre los que estuvieron contrarrevoluciones y genocidios. Se trata más bien, desde el interior de toda la sociedad, de formular, como entre tanto hacen muchos ciudadanos, preguntas reivindicativas: ¿es asumible aún un sistema capitalista que se prescribe forzosamente a la democracia, en el que la economía financiera se ha separado en gran parte de la economía real, aunque la amenace una y otra vez con crisis de fabricación doméstica? ¿Deben seguir siendo válidos para nosotros artículos de fe como mercado, consumo y beneficio, sustitutivos de la religión?

Para mí, en cualquier caso, es evidente que el sistema capitalista, fomentado por el neoliberalismo y sin alternativa, tal como se nos presenta, ha degenerado en una maquinaria de destrucción del capital y, lejos de la economía social de mercado en otro tiempo exitosa, solo se complace en sí mismo; es un Moloc, asocial y no refrenado eficazmente por ninguna ley. Por eso se plantea la pregunta: la forma de Estado que hemos elegido, es decir, la democracia parlamentaria, ¿tiene aún la voluntad y la fuerza necesarias para apartar esa desintegración que la invade? ¿O en lo sucesivo deberá relegarse al terreno de lo optativo cualquier intento de reforma, de someter a control a los bancos y su forma de manejar el capital -es decir, de obligarlos a trabajar para el bien común- con la frase hasta ahora habitual “eso, en el mejor de los casos, solo puede resolverse globalmente”?

Una cosa me parece segura: si las democracias occidentales demuestran ser incapaces de hacer frente con reformas fundamentales a los peligros reales inminentes y a los previsibles, no podrán soportar lo que en los próximos años resultará ineludible: crisis que empollarán otras crisis, el aumento irrefrenable de la población mundial, los flujos de refugiados desencadenados por la falta de agua, el hambre y el empobrecimiento, y el cambio climático fabricado por el hombre. Sin embargo, una desintegración del orden democrático haría surgir -de lo que hay suficientes ejemplos- un vacío que podrían ocupar fuerzas cuya descripción rebasa nuestra imaginación, por mucho que seamos gatos escaldados y estemos marcados por las consecuencias todavía visibles del fascismo y el estalinismo.


Retención del medio billón del BCE:
Parecía que la banca ya tenía la ecuación perfecta con aquello de socializar las pérdidas y privatizar las ganancias. Pero siempre puede ir más allá. Con el Banco Central Europeo (BCE) negándose a prestar a quien no sea una entidad, la siguiente vuelta de tuerca de la banca está siendo bloquear todo euro que salga del BCE aunque se lo haya prestado a precio mínimo (1%), les dé tres años para devolverlo, acepte como garantía casi lo que sea y les haya pedido expresamente que fluya hacia empresas y familias. Medio billón de euros cogieron de la subasta a tres años la semana pasada y 411.813 millones tienen depositados en el BCE desde el viernes en lugar de hacerlos circular. Récord. Esa cantidad permitiría pagar la mayoría de la deuda que tienen que refinanciar España e Italia en 2012. Pero el BCE tampoco presta a estados. Les fuerza a financiarse al precio que diga la banca (el mercado) mientras esta consigue el dinero más barato que nunca. Ahora parece que ha decidido quedárselo sin moverlo "para cumplir los requisitos de solvencia" que les ha exigido la EBA (Autoridad Bancaria Europea) para julio del próximo ejercicio, apunta Javier Flores, responsable del servicio de Estudios de Asinver. "Barren su casa en lugar de hacer circular el dinero", añade. Malas noticias para la economía real y pésimas para los hipotecados, porque el euríbor (precio al que se prestan los bancos entre sí y principal referente de las hipotecas), dado que el circuito está paralizado por la nula confianza que tienen unas entidades en otras, ya no responde a las actuaciones de la política monetaria. Ni a las bajadas de tipos ni a las borracheras de liquidez. La banca está enferma, tiene en los balances inversiones que no valen lo que se pagó, desde subprime estadounidenses, como pasa con los bancos franceses; a suelo y ladrillo, como ocurre con los españoles. Además, el euríbor arrastra el efecto de las dos polémicas subidas de tipos que el expresidente del BCE Jean Claude Trichet decidió en la primera mitad de 2011 y que su sucesor, Mario Draghi, sólo pudo enmendar ocho meses después, ya sin el efecto habitual. Con los tipos de nuevo al 1% (precio que hizo que el euríbor se moviese entre el 1,2% y el 1,7% antes de las subidas de Trichet), el índice se situaba ayer mismo en el 1,97%. La media mensual de diciembre ni siquiera ha bajado del 2%. De acabar en ese nivel, una hipoteca media (150.000 euros a 26 años con un diferencial de 0,50 puntos) que se revise en enero, se encarecerá 36,29 euros al mes, (435,48 al año). No importa que la banca esté hoy financiándose al mismo precio que hace 12 meses. El ciudadano paga. Sin crédito, Europa está entrando de nuevo en recesión. Los Gobiernos tampoco tiran de las economías porque se han impuesto austeridad. Si no, la banca les obliga a pagar precios imposibles por la deuda. Ante este panorama, "el BCE está llamado a ser quien lleve la liquidez a la economía real", comenta Flores. Un quantitative easing (lluvia de dinero sobre la economía) al estilo de la Fed de EEUU o el Banco de Inglaterra. "No será antes del fin del primer trimestre", añade. Entonces, si Alemania ve cómo la crisis se le echa encima, puede que acceda a dejar que Draghi active la máquina de imprimir euros. (Ana Flores, 28/12/2011)


Emilio Botín Las mentiras de los bancos:
Desde los primeros momentos de la crisis sorprendió que nuestras autoridades afirmaran que los bancos españoles eran los más solventes del mundo, que estaban, decía Zapatero, en Liga de Campeones. Era chocante que los nuestros tuviesen tan buena salud cuando la inmensa mayoría de la banca mundial estaba literalmente quebrada. Se decía que era debido al magnífico papel de supervisión desempeñado por el Banco de España, pero eso tampoco casaba con las denuncias de pasividad que habían hecho pocos años atrás sus inspectores ante el gobernador Caruana y el Ministro Solbes. Y, desde luego, con el hecho evidente que cualquiera conocía, por muy poco experto que fuese en temas financieros: la salvaje financiación que nuestra banca había realizado a una de las mayores burbujas inmobiliarias de la historia. ¿Cómo era posible que no les hubiera dejado créditos sin cobrar cuando todo se vino abajo? ¿Cómo se explicaba que no tuviese problemas un sistema bancario que en 2007 solo recibía 0,76 euros en depósitos por cada euro de crédito que concedía (casi la mitad de lo que recibía en 2000, 1,43 euros)? ¿Cómo podía creerse que estaba, o que podría mantenerse en Liga de Campeones un sistema bancario que en ese mismo periodo había multiplicado por nueve el crédito a una actividad inmobiliaria que se estaba volatilizando, y que había pasado de recibir 78.000 millones de euros de financiación interbancaria europea a 428.000 millones, también entre 2000 y 2007? ¿Cómo se podía creer que no tenía problemas o que no los tendría pronto un conjunto de bancos que había financiado miles de préstamos hipotecarios a más del 100% del valor de la vivienda (en época de subida artificial de precios) o de préstamos a empresas también a más del 100% del valor de la inversión? Y, sobre todo, ¿cómo podía creerse que estaban en buena situación si a la hora de la verdad habían dejado de dar créditos a las empresas y consumidores, dejando así que se hundiera nuestra economía? La respuesta a estas paradojas es esencial para comprender lo que ha ocurrido en España y lo que nos va a suceder muy pronto. Los banqueros tienen un poder extraordinario en Europa, en donde hacen y deshacen normas a su antojo, pero los españoles tienen en nuestro país una influencia política, mediática y social incluso mucho mayor que en otros lugares. Perdonan desde hace años los créditos a los partidos políticos, dominan la política editorial de los medios, influyen en las universidades y mantienen contratados a docenas de investigadores que difunden las tesis que les convienen. Así, no les debió resultar difícil convencer a los principales líderes políticos y de opinión de que su situación era buena. Sobre todo, cuando podían disimularla gracias a los cambios contables aprobados por la Comisión Europea, precisamente a instancias de la patronal bancaria. En particular, la “mentira piadosa”, como la califica el catedrático de Contabilidad Oriol Amat, que les permitía seguir valorando los activos dañados a su precio de adquisición y no al mucho menor del mercado en el momento de la valoración. Esos trucos contables, las inyecciones de liquidez que los grandes bancos españoles recibieron en otros países y las demás ayudas que les dio el Estado permitieron manipular y disimular su situación patrimonial hasta el punto de aparecer como los más rentables del mundo. Lo dicho: Liga de Campeones. Pero la realidad era otra y mucha gente lo sabía. Los bancos, todos, y no solo las cajas, estaban tocados del ala y en el fondo de sus balances había un deterioro estructural gravísimo como consecuencia de la crisis del ladrillo que ellos mismos habían provocado facilitando el endeudamiento explosivo de toda la economía. Un deterioro que tenía dos caras: la acumulación de activos (títulos de préstamos y créditos y propiedades inmobiliarias) que no ya no tenían ni mucho menos el valor que se les asignaba, y unas deudas con otros bancos extranjeros que sí seguían valiendo lo que inicialmente se había registrado: muchos cientos de miles de millones. Si se hubiese puesto en claro esta circunstancia a medida que iban apareciendo activos con pérdida de valor, los bancos españoles se tendrían que haber ido declarando en quiebra porque las provisiones de las que tan orgullosos estaban los reguladores del Banco de España eran totalmente insuficientes. Y para evitar esa situación (que los banqueros sabían -o debían saber- ya en 2007 que antes o después se iba a producir) lo que trataron de hacer fue ganar tiempo para ir creando las condiciones que les permitieran finalmente quedarse con todo el mercado. Gracias a su gran poder político consiguieron que el PP y el PSOE asumieran una estrategia de reforma que poco a poco iba a permitirles que recobrasen el dominio de la situación y el equilibrio patrimonial. Se trataría de ir quitando de en medio a las cajas de ahorros, a quienes era mucho más fácil hacerlas culpables de todo lo que había ocurrido, en gran parte con razón, por la lamentable gestión de los políticos responsables de sus órganos rectores (aunque en realidad se debía a que habían dejado de ser auténticas cajas de ahorros para convertirse en clones de los bancos privados). Si casi la mitad de los operadores del mercado que competían con los grandes bancos privados desaparecían o eran poco a poco absorbidos, los dos, tres o cuatro mayores de estos últimos quedarían reforzados sin necesidad de mostrar su insolvencia ni de pagar por sus irresponsabilidades. De este modo y a base de recibir ayudas del Estado, como ahora, es como ha ido evolucionando siempre el sector bancario español, cada vez más concentrado. Pero la intranquilidad y los problemas han empezado a agravarse por lo que era previsible que sucediera: el proceso de fagocitación del mercado como estrategia para salvar a la gran banca privada sin que se le vean sus vergüenzas es muy lento, inseguro y a veces, como ha ocurrido con Bankia, incluso escandaloso. Además, hay que tener en cuenta que el partido no solo se juega en campo nacional. ¿Se iban a conformar los acreedores europeos de la banca española con esta estrategia? ¿Estarían dispuestos a esperar? ¿Se van a arriesgar sabiendo que la política de austeridad va a deprimir por largo tiempo a nuestra economía y que eso va a acelerar el deterioro patrimonial de los bancos españoles y a dificultar el pago de su propia deuda? Hasta ahora, los banqueros españoles han conseguido que todos nos creamos su gran mentira. O, al menos, que actuemos como si nos la creyésemos (porque basta hablar con responsables políticos y directivos económicos de cualquier ideología o tendencia política para oír a muchos de ellos decir que el rescate es inevitable por el gran agujero de los bancos). El gobierno de Zapatero se limitó a seguir el protocolo marcado por la gran banca incluso en los detalles más pequeños, desde el indulto final al decreto de vergonzosos nuevos privilegios aprobado también estando su gobierno ya en funciones. Pero el de Rajoy ha querido mover ficha jugando a mostrar la verdadera situación de la banca y está precipitando las cosas, porque su estrategia de reformas en unidosis y muy improvisadas solo ha servido para mostrar que la del sector financiero es mucho peor que la que se venía diciendo, y para hacerla quizá ya indisimulable. Ahora solo queda saber lo que ocurrirá tras la auditoría solicitada y que, como todas, proporcionará resultados “por encargo”. Solicitar una evaluación objetiva a Oliver Wyman (que se “equivocó” cuando auditó a los bancos irlandeses considerándolos ejemplares poco antes de que tuvieran que ser nacionalizados, o que fue una de las garantes de los derivados de las hipotecas sub prime como productos muy seguros) es como es como pedir auxilio en el naufragio a quien no sabe nadar. Así que para qué nos vamos a engañar: aunque la gente normal y corriente no sepamos el final, las autoridades ya lo han negociado porque en cuestión de banca nadie da puntada sin hilo. Pueden ocurrir dos cosas. O bien que hayan acordado ya que se siga mareando la perdiz porque las autoridades europeas (que posiblemente sepan la magnitud real del agujero) admiten que el rescate sería impagable para España y que quizá levantaría una auténtica polvareda social. O bien que se concluya que hasta aquí hemos llegado y que hay que tirar por fin de la manta que cubre las miserias de los bancos españoles. Me parece a mí que esto último va a ser lo más probable porque, al fin y al cabo, los bancos españoles y extranjeros serían los beneficiados. Los auditores, como tantas veces, serán los que se encarguen de hacer la representación necesaria para que todo se nos presente de la forma más fácil de asumir. Y aquí es donde estamos. Botín y compañía han dejado atrapada a España a base de irresponsabilidades y de mentiras. Van a terminar obligando a que España, como le ocurriera a Irlanda, tenga que asumir su rescate; haciendo que éste -que en realidad es la recapitalización de lo que los banqueros irresponsables han perdido jugando en el casino- se presente como la salvación de España; y obligando a que los españoles tengamos que sufrir nuevos recortes en derechos sociales y bienestar para que los ellos nos sigan gobernando y obteniendo beneficios a nuestra costa. Espero y deseo, sin embargo, que las cosas no terminen ahí y que los banqueros no puedan respirar tranquilos en ese momento, como si se hubieran acabado entonces sus problemas. Lo espero y deseo en la confianza de un buen número de españoles, ojalá su gran mayoría, sean dignos y patriotas y que no perdonen a quienes han arrastrado a España a la ruina a base de mentiras para salvar sus privilegios políticos y económicos. (Juan Torres López, 22/05/2012)


Richard Fuld. CEO de Lehman Brothers durante 14 años. Apodado por la prensa The Gorilla por su agresividad en los mercados de capitales. Aparecía en todas las listas de los mejores gestores y cobraba más de 20 millones de dólares al año. Embarcó a Lehman en una política de productos de alto riesgo. Bancos y grado de regulación:
A buen seguro todos hemos oído esa canónica explicación de la crisis económica actual que traza su origen en la desregulación financiera de los mercados. Asombroso aserto, ése, que casa muy mal con la realidad de un sistema financiero que no sólo no está desregulado, sino que está intervenido hasta la médula para mayor gloria de los propios bancos (los regulados/privilegiados) y de los propios Estados (los reguladores/privilegiadores). Ignora uno quién es el dominante y quién el dominado en este perverso maridaje, pero sí deberíamos ser conscientes de la identidad de la víctima: el libre mercado. Yerra quien busca equiparar los intereses de los bancos con el sistema capitalista y los del sector público con la socialdemocracia. Que el capitalismo necesite de capitalistas no significa que muchos de esos capitalistas no sean los principales interesados y beneficiarios en constreñirlo o en cargárselo a través del intervencionismo estatal. Pues capitalismo implica acatamiento de los cambiantes deseos de los consumidores y posibilidad de ser barrido del mercado por unos más eficientes competidores: dos presupuestos que aquellos rentistas que quieren vivir no de servir al consumidor, sino de sangrarlo, tratan rápidamente de socavar mediante regulaciones y prebendas emanadas del monopolio de la violencia (el Estado).

Cómo opera la banca:
Tal es el caso de la banca, sector con una secular tendencia a explotar los diferenciales de la curva de rendimientos mediante la imprudente, peligrosa e insostenible estrategia financiera de endeudarse a corto plazo e invertir a largo. Gusta al sector financiero de operar con un fondo de maniobra estructuralmente negativo que, como es natural, debería conducirles a una rápida suspensión de pagos en un mercado libre: si las deudas de toda la banca vencen a muy corto plazo y sus activos maduran a muy largo plazo, habrá muy poco margen para refinanciarles persistentemente y en algún momento deberán echar el cierre. Así funcionaban precisamente las cosas cuando los bancos emitían sus pasivos de manera competitiva bajo la promesa de convertirlos, a petición de sus tenedores, en oro. Y, precisamente, este riesgo de bancarrota y de ser desplazados por otras entidades más prudentemente gestionadas era lo que les refrenaba de continuar degradando su liquidez monetizando de manera desproporcionada activos a largo plazo (Adam Smith, por ejemplo, aconsejaba a los bancos que se limitaran a descontar activos autoliquidables como letras de cambio comerciales). Semejante situación, empero, no complacía ni a ciertos banqueros ni a ciertos políticos: los primeros querían ganar mucho más prestando alocadamente a más demandantes de crédito; los segundos, deudores por excelencia, querían beneficiarse de tipos de interés más bajos para continuar sufragando sus enormes gastos. Optóse entonces por investir a ciertos grandes bancos del monopolio sobre la emisión de medios de pago a cambio de, primero, prestar a tipos blandos al Gobierno y, segundo, proporcionar auxilio financiero al resto de bancos del país (de modo que éstos también pudieran prestar pródigamente al Gobierno). Nacían así los bancos centrales monopolísticos, prestamistas de última instancia de banqueros y políticos; privilegio compartido que permitía que ambos dieran rienda suelta a su desmelenada imprudencia. Pero ahí no terminaba la historia: mientras los pasivos de los bancos centrales siguieran siendo convertibles en oro, su prodigalidad crediticia en beneficio directo de Estado y banca no podría ser infinita. Motivo por el cual, con el pasar de las décadas, se adoptó la solución más sencilla: suspender la convertibilidad al oro de estos emisores de papel moneda. Así, nuestros bancos centrales obtuvieron el poder de expandir ilimitadamente el crédito siempre que éste fuera demandado: el único subproducto incómodo de este desparpajo crediticio era la inflación (el envilecimiento del dinero), plaga económica donde las haya que, sin embargo, siempre ha contado con muy destacados sicofantes capaces de justificarla en beneficio directo del pueblo.

Los ciclos económicos:
De este modo, la banca central podía, obviando la inflación, prestar ilimitadamente a la banca comercial y ésta podía, a su vez, prestar ilimitadamente a cuantos le solicitaran crédito… incluyendo a nuestros manirrotos políticos. Se instituyó así una desgracia de economía con tipos de interés a largo plazo artificialmente deprimidos y desvinculados del volumen de ahorro real a largo plazo, que es la materia prima en la que sólo debería haber estado basado el crédito de inversión otorgado por la banca. Con estas facilidades de endeudarse, el sector privado comenzó a pedir prestado más y más, tanto para anticipar consumo futuro (familias) cuanto para ampliar su capacidad productiva (empresas). Un chute de deuda barata que durante un tiempo servía para impulsar el aumento de actividades improductivas que, pese a ello, repercutían positivamente sobre el PIB, el empleo y la recaudación tributaria. Un espejismo burbujístico que a todos entusiasmaba y que a todos, con el tiempo, terminaba penalizando como castillo de naipes que se derrumba. Es lo que se conoce como ciclo económico de auge y depresión y es justo lo que ha acontecido en los últimos diez años, es decir, es lo que ha sucedido desde el momento en que Alan Greenspan comenzó a reducir los tipos de interés de la Reserva Federal a mínimos históricos y contribuyó a relanzar una expansión del crédito desproporcionada cuya borrachera inicial vivimos en forma de burbuja inmobiliaria y cuyo colapso actual padecemos a modo de credit cruch descapitalizador. Puede que sea cómodo culpar a la libertad de todos estos problemas, pero desde luego no es justo. Si todos los mecanismos con que contaba el libre mercado para contener estos desaguisados –patrón oro, emisión competitiva de divisas y ausencia de rescates estatales en caso de suspensión de pagos– han sido esterilizados precisamente para que no constriñan la exuberancia crediticia, no culpemos al libre mercado capitalista, sino al extremo intervencionismo monetario que desde hace más de un siglo se ha cargado una institución privada tan esencial como es el dinero. [...] (Juan R.Rallo, 06/07/2012)


BCE y deuda española:
[La estafa de la deuda:] Según el pensamiento dominante en los establishments financieros, políticos y mediáticos que configuran la sabiduría convencional en el conocimiento económico, la deuda del Estado español (aproximadamente un 90% del PIB) se debe al excesivo gasto público realizado en el país durante los años de bonanza en los que se despilfarró el dinero público. Y para confirmar tal aseveración se citan casos como el del AVE, que en muchas partes de España apenas tiene pasajeros, o las carreteras que no llevan a ninguna parte y muchos otros ejemplos de derroche de dinero público que –según la sabiduría convencional- nos han llevado a la crisis actual. Un indicador de tal crisis es la elevada prima de riesgo que el Estado español tiene que pagar para poder conseguir dinero de la banca, pues ésta (conocida como los mercados financieros) está dejando de tener la confianza en la capacidad del Estado en poder pagar los intereses de su deuda pública. De ahí la necesidad de recortar gasto público a fin de disminuir el déficit y la deuda pública y recuperar así la famosa “confianza de los mercados”, la frase más utilizada en la narrativa oficial de los gobiernos español y catalán para justificar sus recortes presupuestarios. La gran estafa El crecimiento de la deuda pública, sin embargo, tiene muy poco que ver con la supuesta exuberancia del gasto público. En realidad, el gasto y empleo público español, incluyendo el catalán, son los más bajos de la UE-15. Sólo un adulto de cada diez trabaja en el sector público en España (en Catalunya no se llega ni a este ratio). En Suecia, es uno de cada cuatro. La hipertrofia del sector público, que según el dogma neoliberal dominante está ahogando la economía española, es una de las falsedades más notorias que se transmite con mayor frecuencia en los mayores medios de información. Los datos, fácilmente accesibles, muestran precisamente lo contrario. El Estado en España (y en Catalunya) es uno de los más pobres de la Unión Europea de los Quince, UE-15. Ahora bien, los economistas de FEDEA, los gurús mediáticos –como Xavier Sala i Martín y otros- continuarán, contra toda la evidencia existente, subrayando que la raíz del problema que tiene España, incluyendo Catalunya, es su excesivo gasto público, que –según ellos- ha generado el gran crecimiento de su deuda pública. La causa real del crecimiento de la deuda La causa más importante (y más silenciada por los medios) de la elevada deuda pública en España ha sido el dominio de la banca –y muy en especial de la banca alemana- y de las fuerzas neoliberales que ésta promueve en el diseño del euro y su sistema de gobierno. Veamos los datos. Tales fuerzas establecieron un Banco Central que no era un Banco Central, sino que era un enorme lobby de la banca. Lo que hace un Banco Central en un país es imprimir dinero y con este dinero compra deuda pública a su Estado, de manera que si los intereses de sus bonos se disparan porque el Estado tiene dificultad para venderlos, el Banco Central entra y compra muchos bonos, con lo cual los intereses bajan. El Banco Central está ahí para defender a su Estado frente a la especulación de los mercados financieros. En contra de lo que se dice y de lo que se escribe, los intereses de la deuda los decide un Banco Central, no los mercados financieros. Ahora bien, cuando se estableció el euro, el Estado español perdió tal capacidad de imprimir dinero y comprar deuda pública. Se delegó tal autoridad al Banco Central Europeo, que sigue imprimiendo dinero pero no para prestarlo al Estado español (la compra de deuda pública, en la práctica, es un préstamo al Estado), sino para prestarlo a la banca privada a unos intereses bajísimos (menos de un 1%). Y es esta banca privada la que compra deuda pública a unos intereses elevadísimos (un 6% o un 7% en el caso español o italiano). Es un negocio redondo para la banca. El chanchullo del año. La banca, incluyendo la banca alemana, se ha forrado de dinero durante todos estos años. Nunca les había ido tan bien. Chupaban la sangre (los altos intereses de la deuda pública) al Estado, y cuando éste parecía que iba a desmayarse o morir, entonces (y sólo entonces), el Banco Central Europeo le prestaba dinero al Estado, es decir, le compraba deuda pública para que continuara viviendo, a fin de que la banca privada, como sanguijuela, pudiera continuar chupándole la sangre (es decir, su dinero). Este entramado, en el que el BCE da dinero a la banca privada a unos intereses bajísimos, se justifica con el argumento de que así se garantiza el crédito necesario para las familias y para las empresas medianas y pequeñas (que crean la mayoría de puestos de trabajo). Pero el crédito ni está ni se le espera. En realidad, a pesar de que el BCE ha dado desde diciembre de 2011 más de un billón de euros (sí, un billón de euros) a la banca privada (la mitad de este billón fue a la banca privada española e italiana), el crédito continúa escaso, pues la banca tenía otras inversiones (como comprar deuda pública) mucho más rentables que la de ofrecer crédito. Cualquier persona normal y corriente se preguntará, ¿por qué el BCE no prestó este dinero a los Estados de la Eurozona en lugar de prestarlo a la banca para poder financiarse sin necesidad de pagar unos intereses tan elevados a la banca privada? Por extraño que parezca, nadie en la estructura de poder que gobierna la Eurozona se planteó, hasta hace muy poco, esta pregunta. Y ello, como resultado de estar imbuidos en el dogma neoliberal, que es la ideología promovida por el capital financiero, es decir, por la banca (además de las compañías de seguro, fondos de alto riesgo y un largo etcétera). Si el BCE hubiera prestado el dinero al Estado español, en lugar de éste tener que pedirlo a la banca privada, el Estado hubiera ahorrado muchísimo dinero. El Estado, en lugar de pagar unos intereses al 6%, hubiera pagado al 1% (como pagan los bancos para obtener dinero del BCE), ahorrándose muchísimo, pero muchísimo dinero, sin que hubiera aparecido el problema de la deuda pública, y sin que se hubiera necesitado hacer ningún recorte de gasto público. Hoy, uno de cada cuatro euros que el Estado se gasta va para pagar su deuda pública, predominantemente a los bancos. Si hubiera recibido dinero directamente del BCE no habría habido ninguna necesidad de hacer recortes. El economista Eduardo Garzón ha calculado (en su artículo “Situación de las arcas públicas si el estado español no pagara intereses de deuda pública”) lo que el Estado español tendría como deuda pública (desde 1989 a 2011) si hubiera tenido un Banco Central que le hubiera prestado dinero al 1% de interés, sin tener que recurrir a la banca privada pagando los elevadísimos intereses que ha pagado. Pues bien, la deuda pública sería hoy un 14% del PIB (sí, ha leído bien, un 14%) en lugar de un 90%. Este es el enorme coste al Estado español de haber tenido el sistema de gobernanza del euro tal como ahora existe, sistema de gobernanza que se diseñó para optimizar los intereses de la banca a costa de los intereses de la población y de su Estado. Hoy España, incluyendo Catalunya, no tendría los problemas que tiene si hubiera tenido un Banco Central propio digno de su nombre, o hubiera tenido un Banco Central Europeo que hubiera sido un Banco Central. Las injusticias del sistema actual El sistema de gobierno del euro es, además de sumamente ineficiente, profundamente injusto, pues está originando un proceso redistributivo enormemente regresivo en el que la gran mayoría de la población está pagando con impuestos el pago de los intereses de la deuda pública del Estado, y con ello está transfiriendo a los súper ricos (que compran los bonos a través de los bancos) dinero para pagarles lo que el Estado les debe al haber comprado deuda pública. Esta transferencia de dinero se realiza también a nivel de la Eurozona, de manera que los países que tienen que pagar intereses de la deuda más altos (los países del Sur) los pagan a los bancos del Norte (que han invertido cantidades muy significativas de su capital en comprar deuda pública de tales países que generan unos intereses exuberantes, alcanzando unos beneficios estratosféricos). Alemania tiene 200.000 millones de euros en tal tipo de inversiones en España. En realidad, los famosos 100.000 millones de euros que la Unión Europea puso al alcance de España para “salvar sus bancos” era, en realidad, dinero (aprobado por el Parlamento Alemán) para salvar a los bancos alemanes (tal como han reconocido varios economistas asesores del gobierno alemán) que estaban con el agua al cuello debido a la deuda pública y privada española, ya que tenían pánico a que no les pudieran pagar. Será el pueblo español el que pagará los 40.000 millones que el Estado ha pedido para pagar tal deuda, situación que es profundamente injusta. Si después de leer este artículo usted, lector, no está indignado, es señal de que, o bien es usted parte del problema o es que no me he explicado bien. En este caso, le aconsejo lea el libro de Juan Torres y yo, Los Amos del Mundo. Las armas del terrorismo financiero donde expandimos lo que brevemente presento en este artículo. Pero créame que hay causas para estar más que indignado. Hoy se está desmantelando el escasamente financiado Estado del bienestar en España, incluyendo en Catalunya, para que los bancos puedan comprar su deuda pública, la cual consiguieron diseñando un sistema en que sus beneficios, que afectan a un sector superminoritario (lo que los indignados estadounidenses Occupy Wall Street movement llaman el 1%) se realice a costa de la miseria de todos los demás. Así de claro. Léase el libro y lo verá. (V.Navarro, 31/10/2012)


Desregulación:
Franklin Delano Roosvelt ofreció en un mitin en el viejo Madison Square Garden en la campaña electoral que le llevó al segundo mandato. Se trató de un discurso vibrante donde hizo una descripción del gobierno del dinero organizado: “Durante casi cuatro años ustedes han tenido un gobierno que en lugar de entretenerse con tonterías, se arremangó. Vamos a seguir con las mangas levantadas. Tuvimos que luchar contra los viejos enemigos de la paz: los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca insensible, los antagonismos de clase, el sectarismo, los intereses bélicos. Habían comenzado a considerar al gobierno como un mero apéndice de sus propios negocios. Ahora sabemos que un gobierno del dinero organizado es tan peligroso como un gobierno de la mafia organizada. Nunca antes en nuestra historia esas fuerzas han estado tan unidas contra un candidato como lo están hoy. Me odian de manera unánime, y yo doy la bienvenida a su odio. Me gustaría que mi primer gobierno fuera recordado por la batalla que libraron el egoísmo y la ambición de poder. Y me gustaría que se dijera que durante mi segunda presidencia esas fuerzas se encontraron con la horma de su zapato”.


La interminable historia de la banca:
Es una historia de nunca acabar. El sector bancario mundial sigue revolcándose en un lodo de escándalos, corrupción y mala gestión. Y continua sin satisfacer su supuesto objetivo, a saber, proporcionar liquidez y crédito a los hogares para comprar artículos caros (o incluso cubrir sus gastos mensuales) y a las empresas para que puedan pagar por el capital y la inversión que necesitan para crecer. Y sin embargo, en 2012, los precios de las acciones de los bancos se han disparado por encima del 25%, más que los índices de los mercados de valores en auge. Durante el colapso financiero de 2008, el sector bancario de los EE.UU. tuvo que descontar 600 mil millones de dólares en activos y su valor bursátil cayó en 1 billón de dólares. Sin embargo, las autoridades (de la Reserva Federal y el Tesoro), “en nombre de los contribuyentes, rescataron a estos bancos errantes con dinero en efectivo, garantías y préstamos por valor de más de 3 billones de dólares. Ahora, con la recuperación supuestamente en marcha, hay menos bancos, pero son más grandes y vuelven a sus viejos trucos, igual que antes. Ahí están los bancos del Reino Unido: Barclays ha sido multado con 450 millones de dólares por su participación en el llamado escándalo del Libor, en el que los corredores de los bancos se pusieron de acuerdo para fijar el tipo de interés de los préstamos interbancarios, que establece la base del coste de la mayoría de los créditos en todo el mundo. Esta conspiración implica que autoridades locales, organizaciones benéficas y empresas terminaron pagando más de lo debido por los préstamos. HSBC fue acusado por el Congreso de los EE.UU. de lavar el dinero de los carteles de la drogas mexicano y violar las sanciones contra Irán (al igual que Standard Chartered). Lloyds Bank, junto con todos los otros bancos, ha tenido que compensar a sus clientes por obligarles a contratar seguros de accidentes personales por una suma de £ 5.300 millones de libras, dinero que podría haber sido mejor utilizado para financiar la industria y abaratar los créditos. Y el RBS. Este banco británico acabó de rodillas en el colapso financiero gracias a la gestión liderada por (Sir) Reg Goodwin, nombrado caballero por sus servicios al sector (¡!). Goodwin destacó por su matonería, su inclinación al riesgo y sus enormes bonificaciones. Se fue, pero no sin una pensión escandalosa y muchos apretones de manos de la junta del RBS, al igual que todos los altos ejecutivos de los bancos cuando se les ha pedido que “se retiraran” después de un escándalo. Nadie ha sido acusado o condenado por un tribunal penal por las operaciones de estos bancos globales después de que estallaran los escándalos y se descubrieran sus actividades ?(Ver mis notas 1 y 2) Por el contrario, los bancos han restado toda importancia a estos escándalos. JP Morgan mantuvo un equipo de operaciones de alto riesgo en Londres dedicado a la comercialización masiva de derivados, las mismas “armas financieras de destrucción masiva” (para usar la terminología del mayor inversor del mundo, Warren Buffet) que desencadenaron la crisis de 2008. La ‘ballena de Londres’, como se le llamaba, hizo perder al banco ¡6 mil millones de dólares! Y hay que recordar que eso ocurrió en 2012, no 2008. El corredor principal, Bruno Iksil, les dijo a sus jefes ejecutivos que estaba preocupado por el tamaño “espantoso” de las transacciones que operaba. Pero no le hicieron caso. Y los supervisores en EE.UU. del banco, la Oficina del Interventor de la Moneda, que supuestamente vigilaba muy de cerca a los bancos, tampoco hicieron nada. En marzo de 2012, las pérdidas comerciales iban en aumento y fueron hechas públicas, pero aún así el jefe ejecutivo de JP Morgan, Jamie Dimon, afirmó que el asunto sólo era “una tormenta en un vaso de agua”. Esta fue la respuesta típica de los gerentes de los bancos. Bob Diamond -el ex presidente de Barclays, que acabó finalmente destapando el escándalo del Libor, pero sólo porque el gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King le obligó-, tuvo que reconocer que “para mí, la evidencia de que existe cultura es cómo se comporta la gente cuando nadie la está mirando “. Exacto, y es evidente cual es la cultura bancaria, es decir como se utiliza el dinero de los clientes, los contribuyentes y los inversiones en bonos y acciones para tratar de obtener grandes beneficios a través de fondos de riesgo y cobrar así unas primas grotescas. Y nada ha cambiado realmente. Esta misma semana, el jefe del departamento de gestión de patrimonios privados de Barclays fue despedido por “deficiencias culturales” en su departamento. Al parecer, un informe secreto había comprobado que el banco se dedicaba a buscar “ingresos a toda costa” y utilizaba “la intimidación y el chantaje” al personal para conseguirlo. Este informe ha sido hecho desaparecer por el jefe de la división, que era un aliado cercano de Bob Diamond. Y con esto no acaba todo. Ahora se ha sabido que durante el colapso financiero, cuando Barclays se vio amenazado con una nacionalización parcial, la junta de Barclays prestó dinero a Qatar para que invirtiera en acciones del propio banco por valor 12 mil millones de libras. De esta manera, el banco evitó controles del Estado ¡mediante la emisión de más préstamos! Todavía no está claro qué “comisiones” se les pagaba a los inversores de Qatar. Dexia, el banco belga, eventualmente forzado a la nacionalización, también intentó el mismo truco en 2008 y también lo hizo el podrido banco de Islandia, Kaupthing, que “prestó” dinero a un miembro de la familia real qatarí, que lo reinvirtió en el banco. Los qataríes cobraban una “comisión” y si las acciones no valían nada después, a ellos les daba igual. Simplemente aumentaban las pérdidas del banco y el coste para el contribuyente en caso de rescate. Y casi me olvido del Monte dei Paschi di Siena. Se descubrió que este antiguo banco venerable del centro de Italia utilizaba una doble contabilidad para ocultar el hecho de que su división de derivados, fuera de control, había perdido más de 700 millones de euros en diversas operaciones. Este viejísimo banco, con una supuesta tradición de banca prudente se dedicaba igual que todos los demás a operaciones de alto. Y de nuevo, los reguladores, en esta ocasión el Banco de Italia, dicen que no sabían nada de ello hasta que el banco pidió ser rescatado con el dinero de los contribuyentes para salvarse de la quiebra. El actual presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, era el presidente del Banco de Italia en esa época. Nadie ha sido acusado por estas actividades inmorales y probablemente ilegales. En cambio, lo que ha sucedido es que los trabajadores de los bancos, la mayoría de los cuales no han tenido la menor participación en estos escándalos y operaciones de alto riesgo, que solo trabajaban en oficinas de poca monta o en las ventanillas, han sido despedidos por miles para reducir costes. Y cada mes se recortan más puestos de trabajo. El alcance y la naturaleza de estos continuos escándalos han obligado incluso a los partidarios del “libre mercado” y de la City de Londres, como el ex ministro de finanzas thatcherista, Nigel Lawson, ¡a pedir la nacionalización completa del RBS! El banco es ya propiedad de los contribuyentes en un 82%, pero eso no significa nada porque los contribuyentes no tienen ni voz ni voto en la gestión del banco, que primas se pagan y qué hace el banco con los depósitos, préstamos e inversiones. Y es así porque el gobierno no “interfiere” y se mantiene fuera, esperando privatizar el banco tan pronto como sea posible. No lo ha hecho, hasta el momento, porque las acciones del RBS siguen siendo estando tan bajas que los contribuyentes perderían algo así como 30 mil millones de libras en el valor de las acciones de propiedad pública. Sin embargo, Lawson defiende que el banco, en vez de ser privatizado, debe ser totalmente nacionalizado y el gobierno intervenir en su gestión para “convertirlo en un instrumento para aumentar los créditos a las empresas”. Lawson ha llegado a decir que los bancos deben “predicar con el ejemplo” y comportarse correctamente de ahora en adelante, pero por detrás del escenario hacen una enorme presión para evitar cualquier regulación adicional o aumentar las tasas de liquidez y control de riesgos. Como hemos visto, este cabildeo ha funcionado, y el Consejo de Estabilidad Financiera del G-20 ha cambiado de orientación, se ha relajado y pospuesto una regulación más estricta (ver mi nota al respecto). Lawson comentó: “Yo no creo que el gobierno tenga que temer a los bancos en lo más mínimo. De vez en cuando se oyen amenazas de que se van a ir del Reino Unido, pero son solo tonterías”. Tras los escándalos se encuentran las preguntas más importantes de: ¿para qué sirven los bancos? y ¿qué valor añadido o que servicios contribuyen a la sociedad? Los comités de dirección de los bancos ocultan estos temas tras una nube de complejidades. Alegan que son instituciones tan complejas que sólo personas muy bien remuneradas e inteligentes pueden dirigirlos. Pero al parecer, no lo han hecho tan bien. Las cuentas de los bancos más importantes son, en palabras de uno de los analistas financieros más importantes de todo el mundo, Meredith Whitney, “increíblemente difíciles de leer”. Y sin embargo, como Whitney dice, en realidad no es tan difícil, “después de todo, los bancos ganan dinero mediante la venta de productos y del margen que obtienen de esos productos, lo mismo que cualquier otro negocio”. Pero también sabemos que estos excesivamente retribuidos ejecutivos bancarios no tienen ni idea de hasta que punto están jugando con fuego cuando utilizan los activos de sus bancos para operar y comprar productos de alto riesgo. Los reguladores financieros tratan de encontrar la manera de medir el riesgo que supone acumular activos como créditos, hipotecas, bonos y derivados de los mismos. Pero un nuevo informe de los reguladores bancarios del mundo ha concluido que no solo la información no es suficiente para juzgar si un banco ha acumulado demasiado “riesgo” o no (ver aqui), sino que cree que las estimaciones de riesgo de los bancos podrían ser en realidad ¡cinco veces superiores a las confesadas! Que Dios nos ayude. Recientemente ha tenido lugar un debate entre los economistas ortodoxos sobre si el sector financiero añade algún valor a la economía. En los EE.UU., el sector financiero ‘contribuye’ el 8% de todos los ingresos de la economía. En un nuevo estudio, dos académicos trazan el crecimiento del sector financiero, que, sorpresa, sorpresa, no es el resultado de conceder más préstamos a la industria o los hogares, sino en la creación de activos respaldados en hipotecas y otros instrumentos financieros exóticos para venderse basura tóxica entre sí (The Growth of Modern Finance). Lo que el estudio demuestra es que gran parte de las operaciones de banca no ha sido para ayudar a la industria y los hogares, sino para participar en ‘tradings‘, que básicamente significa, en palabras de Michael Lewis, autor del libro Poker de mentirosos, “dejar sin blanca a los necios”. Los mercados financieros son ineficientes en la asignación del crédito y el ahorro y el sector financiero es inherentemente inestable y propenso a las crisis (Minsky, Shiller, etc). Por encima de todo, lejos de añadir “valor” a la economía, el sector reduce los recursos disponibles para la inversión productiva (en el sentido capitalista) y en su lugar canaliza el sobreproducto hacia capital ficticio que solo sirve para “destruir valor”. El economista neoclásico John Cochrane ha medio defendido que no hay nada de qué preocuparse porque al final este tipo de inversiones son eliminadas por las fuerzas racionales del mercado (tamaño del sector financiero). El problema es que, incluso si el mercado puede asignar recursos de manera “eficiente” como afirma la escuela neo-clásica, la experiencia del ascenso del sector financiero en los últimos 30 años es que puede llevar un tiempo tremendamente largo hacerlo. Y entonces sólo “racionaliza” estas inversiones ficticias “fuera del mercado”, mediante el colapso financiero y la destrucción “colateral” de capital productivo y empleo. Lo que demuestran los continuos escándalos de la banca es que el sistema bancario global no ha cambiado realmente ni su cultura ni su razón de ser y que tampoco puede hacerlo. Que tiene que orientar la mayor parte de sus actividades hacia la maximización de beneficios y eso significa hacia áreas que tienen mayor riesgo y no hacia préstamos con “márgenes bajos” a la industria y los hogares. Y los llamados reguladores no pueden cambiarlo. Han sido presionados y acosados por los bancos para que no “limiten” sus actividades “demasiado” o para que les obliguen a apartar demasiado dinero o capital para cubrir posibles pérdidas, porque esto no es rentable. Y las comisiones creadas para recomendar una drástica reestructuración del sector bancario (Vickers en el Reino Unido, Volcker en los EE.UU.), obligándoles desde arriba a dividirse para que no sean “demasiado grandes para quebrar”, o forzando a los bancos a elegir entre ser una banca minorista o de inversión, han sido menospreciadas o ignoradas. La solución de Nigel Lawson sigue siendo la única forma práctica y eficaz de transformar el sistema bancario en un servicio a la sociedad no monstruo destructor de valor. Consúltese el folleto del sindicato de bomberos del Reino Unido y sus argumentos a favor de la propiedad pública de los bancos. Anexo: He aquí una gran cita del economista novecentista Frederic Bastiat, cortesía del análisis devastador de Bill Black sobre la corrupción de los banqueros durante la crisis: “Cuando el saqueo se convierte en una forma de vida para un grupo de hombres que viven juntos en sociedad, acaban creando para sí mismos en el transcurso del tiempo un sistema legal que lo autoriza y un código moral que lo glorifica”. Y los Países Bajos acaban de nacionalizar SNS Reaal NV, el cuarto mayor banco en importancia sistémica de los Países Bajos, con un coste para los contribuyentes holandeses de 3.700 millones de euros, después de las pérdidas por sus propiedades de bienes raíces, sobre todo de activos españoles. El Estado inyectará 2.200 millones de euros en nuevo capital, perdonándole 800 millones de euros que el banco aún adeuda tras su rescate durante la crisis financiera . También cancelará 700 millones en el valor de los activos inmobiliarios del banco. Además, el gobierno va a imponer un impuesto extraordinario de 1.000 millones a los bancos holandeses en 2014, como una contribución para el restablecimiento de la salud del sector financiero. Sin embargo, los tenedores de bonos estarán protegidos. (Michael Roberts, 10/02/2013)


Parte financiera:
La hoja de ruta marcada por la ortodoxia neoclásica, englobada bajo el pensamiento único del Consenso de Washington, ha generado como característica más relevante la “financiarización” de la economía en su conjunto. Este proceso de financiarización se ha complementado con una apuesta decidida por flexibilizar los mercados laborales, controlar y reducir salarios. Y todo ello ha sido aderezado con una utilización errónea y torticera del kit de políticas económicas (monetaria y fiscal), en lo que podemos denominar como el Gran Fraude Académico. De ese fraude forman parte los economistas de la oferta, los nuevos monetaristas, y los seguidores de la otrora Síntesis Keynesiana, es decir, la Nueva Economía Keynesiana. Frente a todos ellos la clarividencia de la escuela Postkeynesiana. El coctel elaborado por la ortodoxia es una mezcla en diferentes dosis de moderación salarial, financiarización de la economía, maximización del valor de la acción, repudio a la política fiscal, y uso y abuso de la política monetaria. La combinación ha dado lugar a una poción venenosa cuyos efectos los venimos arrastrando en las últimas décadas. El veneno inoculado ha provocado daños importantes, algunos irreparables, otros reversibles. La lista es larga: incremento y persistencia del desempleo, ausencia de inversiones productivas, crecimiento económico mediocre acompañado de una mayor volatilidad –inestabilidad financiera-, descenso del peso de los salarios en la renta, incremento de la pobreza, aumento de la desigualdad, mayor peso de los rentistas y lobistas. Como telón de fondo, el asalto a las instituciones democráticas de las élites extractivas, que hacen y deshacen gobiernos a su antojo, la mayoría sumisos a su causa. Es el Totalitarismo Invertido de Sheldon Wolin, entendido como el momento político en el que el poder corporativo se despoja finalmente de su identificación como fenómeno puramente económico y se transforma en una coparticipación globalizadora con el Estado. El sistema financiero ha evolucionado desde aquel en el que los bancos comerciales estaban estrechamente regulados y supervisados, a otro donde los mercados financieros dominan el sistema. Fue la consecuencia lógica de los ingentes esfuerzos bipartidistas, en época de Clinton, por y para anular las protecciones establecidas por Frank Delano Roosevelt en los días más oscuros de la Gran Depresión. Durante este período el sistema financiero creció rápidamente en relación al sector no financiero, pasando, en el caso de los Estados Unidos, de representar un 10 por ciento del valor añadido y una participación del 10 por ciento en los beneficios empresariales, a significar el 20 por ciento del valor añadido y el 40 por ciento de las ganancias de las empresas estadounidenses. En gran medida, esto se debió a las financiarización de la mayoría de las economías occidentales, donde el sistema financiero en lugar de financiar el capital productivo, se financió asimismo para apostar en el gran casino (burbujas bursátiles, inmobiliarias, de deuda, en materias primas, en bonos corporativos…). Al mismo tiempo, la inversión en capital productivo de la economía sufrió y sufre de manera perceptible. Si aplicamos una definición amplia de capital productivo que incluya los avances tecnológicos, el aumento de la productividad del trabajo, la infraestructura pública y privada, las innovaciones y el avance del conocimiento humano, la tasa de expansión del mismo se ha ralentizado. El último cuarto de siglo ha sido testigo, en definitiva, de la mayor explosión de innovación financiera que el mundo jamás había visto antes. La fragilidad financiera “a lo Hyman Minsky” creció hasta que la economía finalmente colapsó en la actual crisis sistémica. Hemos visto cómo gran parte de la innovación financiera se dirigió fuera de la esfera de la producción, a instrumentos financieros complejos relacionados con hipotecas titulizadas, a mercados de futuros y una amplia gama de otros derivados financieros. Lo que la ortodoxia neoclásica no entendió, ni entiende a fecha de hoy, es que ¡los banqueros no son meros éforos del capitalismo, sino que son su principal fuente de inestabilidad! Pero la imagen actual no es simplemente la de unas finanzas fuera de control. Bajo el paradigma de la maximización del valor de la acción, se ha “financiarizado” la economía real. Las grandes corporaciones hace tiempo que dejaron de adoptar un enfoque de largo plazo. Tienen una visión cortoplacista. No se fomenta la inversión a largo plazo, solo la especulativa. Los líderes empresariales han respondido con acciones que pueden ofrecer resultados inmediatos a los accionistas, tales como recompras de acciones o aumentos de dividendos, mientras que no han invertido suficientemente en innovación, mano de obra especializada o gastos de capital necesarios para sostener el crecimiento a largo plazo. Como sostiene Hyman Minsky, “el capitalismo es inherentemente defectuoso, siendo propenso a auges, crisis y depresiones”, y esta inestabilidad “se debe a las características que el sistema financiero debe poseer si se quiere ser coherente con un capitalismo en toda regla”. Por eso van a ser necesarias toda una serie de reformas financieras, así como un conjunto de políticas públicas, destinadas todas ellas a promover el desarrollo del capital productivo en la economía, prestando especial atención a la financiación de los procesos de innovación. Para ello habrá que integrar las ideas de Hyman Minsky sobre el sistema financiero, con los puntos de vista de Joseph Schumpeter sobre la financiación de la innovación. Y olvidémonos del Gran Fraude Académico. (Juan Laborda, 10/03/2016)


Bancos centrales:
Los bancos centrales no sólo han fracasado a la hora de anticipar la actual crisis sistémica, sino que también han errado en el diagnóstico y tratamiento de los males que nos acechan. Quizás sean los principales responsables de la magnitud e intensidad de la crisis, y muy especialmente la Reserva Federal, cuya manipulación de los mercados financieros pasará a los anales de la historia económica. Me gustaría profundizar, en primer lugar, en los errores y fracasos de los bancos bentrales, cuantificando la magnitud de la manipulación de los mercados. Finalmente realizaré un ejercicio de anticipación introspectiva, detallando los desencadenantes del proceso de intensificación de la actual crisis sistémica. Tras el ascenso de Allan Greenspan a la presidencia del Banco Central más poderoso del mundo, la Reserva Federal, se produjo un cambio de paradigma en la política monetaria. Los banqueros centrales se transformaron en gestores de riesgos, adoptaron públicamente el paradigma de gestión del riesgo en su aproximación a la política monetaria. Y ello generó un tremendo problema de riesgo moral: la “Greenspan-Bernanke-Yellen put”. Los mercados perdieron el miedo a la asunción de riesgos excesivos. Estabilizando una economía inestable La política monetaria si se quiere utilizar para evitar procesos de inestabilidad financiera, y atenuar así un ciclo Minsky, debería ser preventiva, siendo necesarios tipos de interés más altos por inflación de activos. Un Banco Central debería ser mucho menos transparente en sus comunicaciones, incluir la inflación de activos, ser visto como menos proactivo, permitir una mayor ciclicidad en el PIB. Queda ya meridianamente claro que la política monetaria debería haber sido mucho más restrictiva. Al implementar políticas monetarias laxas, con descensos importantes en los tipos de interés nominales y reales, los bancos bentrales, especialmente la Reserva Federal de Estados Unidos, cimentaron las bases de gran parte de los problemas económicos existentes en la actualidad. Por un lado, eliminaron la deflación “a la Keynes”, la buena, lo que castiga aún más a las rentas del trabajo. Por otro lado, promovieron el endeudamiento, y facilitaron la generación de burbujas o inflaciones de activos (acciones, casas, bonos corporativos…) que servían de colateral para esa deuda. Es interesante destacar el papel de la política monetaria como elemento incentivador de la toma de riesgos excesivos, introduciendo un problema de riesgo moral: los inversores, especialmente los bancos, asumen importantes riesgos en sus apuestas a sabiendas de que si al final las cosas van mal, las autoridades monetarias los rescatarán. Los bancos bentrales prestan excesiva atención a los anuncios de datos actuales pero descuidan las consecuencias a largo plazo. Están sometidos a una presión continua por parte de los especuladores y de los políticos de turno. Si bien los bancos bentrales, especialmente la Fed, actuaron rápidamente y con fuerza en 2008 para evitar una profunda recesión económica, la continuación de su política de relajación monetaria después de 2009 ha sido nefasta. Casi todas las reservas producidas después de 2009 –billones y billones de dólares, euros, yenes, libras,…- se encuentran estancadas, de brazos caídos, en los balances de los distintos bancos, nacionales y extranjeros, sistémicos y no sistémicos. Los bancos centrales y la lucha de clases En realidad, los grandes beneficiarios de la política monetaria implementada por los distintos bancos bentrales son quienes operan en los mercados de valores. Especuladores y operadores a corto plazo alzaron su voz para que no se pusiera fin al gran incremento de las cotizaciones bursátiles. Lo que no entienden es que a diferencia del mercado de valores, las economías solo se benefician de la subida de los precios de las acciones si el aumento de los precios de los activos estimula nuevas inversiones. La nueva inversión se produce cuando los inversores perciben el precio más bajo del nuevo capital, como un sustituto de la compra de activos existentes. Esto no sucedió. El gasto de capital nuevo nunca aumentó en la breve recuperación 2013-2015. En cambio, las empresas compraron los activos existentes, eliminando competidores. En este escenario, la actual crisis sistémica lejos de haber concluido se está reactivando. La evolución de los mercados financieros implica que están aumentando exponencialmente las probabilidades del inicio de una profunda recesión global, sino depresión, antes incluso de haberse extinguido la actual. La razón fundamental, más allá de la incompetencia estructural de aquellos que diseñaron e implementaron las actuales políticas económicas ortodoxas, es el instinto de clase. La política económica, muy especialmente la política monetaria, implementada en la mayoría de las democracias occidentales desde el inicio de la actual crisis sistémica se diseñó, y continúa dibujándose, al margen de la defensa de los intereses de la ciudadanía. Se empeña en reconstituir el sistema existente con el objetivo último de favorecer de manera permanente a la clase dominante, los más ricos, los intereses corporativos, mientras que dejan a los ciudadanos, especialmente a los más pobres, con una sensación de impotencia y desesperación política. ¿Y para esto querían algunos la independencia de los bancos centrales? (Juan Laborda, 12/05/2016)


Financiarización:
De conformidad con el último informe del Banco Mundial, Perspectivas económicas mundiales, recientemente publicado, las proyecciones de crecimiento de la economía global se han reducido desde el 2,9% al 2,4%. ¿A qué se debe esa situación? ¿Cómo se explica que a casi nueve años de haberse desatado la crisis financiera global del 2007, la economía global no haya podido recuperarse plenamente y reactivado su crecimiento? Puede haber varias razones para este fenómeno. En primer término, la falta de coordinación entre los países integrantes del G 20, que fue la organización creada, a raíz de la crisis, para diseñar las políticas orientadas hacia su superación. En efecto, mientras, por un lado, Estados Unidos procedió a aplicar políticas monetarias expansivas para estimular el crecimiento y disminuir el desempleo, en Europa, por su parte, se decidió, en principio, aplicar políticas de recorte al gasto o de austeridad, que han determinado un estancamiento en su crecimiento económico. No obstante, puede haber una explicación más estructural, que tenga que ver con el hecho de que, a pesar de todas las medidas adoptadas para afrontar la crisis, lo que aún prevalece es la existencia de un modelo de desarrollo económico mundial fundamentado en la preeminencia del sector financiero sobre las demás áreas productivas. Ese predominio del sector financiero o financiarización de la economía global, que empezó a surgir hace más de tres décadas, ha implicado una desnaturalización de la manera en que un sistema económico debe funcionar, y ha sido, por consiguiente, la causa fundamental que desató la crisis financiera global y de que ésta todavía no haya podido ser superada. Dentro del marco de un sistema económico fundamentado en la libre competencia, se entiende que el papel del sector financiero consiste en servir de intermediario entre el ahorro de los depositantes y las necesidades de crédito de los sectores productivos, como por ejemplo, la agropecuaria y la industria. Pero en la actualidad no es así. Lo que ha ocurrido en los últimos años es que el sector financiero se ha convertido en un fin en sí mismo. Acumula beneficios no sobre la base de la diferenciación de las tasas de interés que aplica entre préstamos y ahorros, sino de las utilidades que adquiere a través de las innovaciones financieras y de los productos derivados que ha ido creando en un sistema bancario interconectado a nivel global. Esos productos derivados, como se sabe, provienen de una diversa gama de instrumentos financieros, como son las opciones, los swaps, las permutas de incumplimiento crediticio y la especulación financiera sobre contratos a futuro de commodities. Como consecuencia de la evolución de ese fenómeno de financiarización, entre 1980 y 2014, los activos financieros a nivel mundial se expandieron de 12 billones a 294 billones de dólares. En el mismo periodo, los contratos de derivados pasaron de un billón a 692 billones de dólares, una suma fabulosa, sin antecedentes en la historia, que implica que han pasado a representar cerca del 70% de los activos financieros a nivel global. Más aun, los derivados cuyo valor era cercano al PIB mundial en 1980, pasaron a representar 10 veces el valor de la capacidad mundial de generación de riquezas a partir de la segunda mitad de la década del 2000. Debido al volumen de los montos señalados, puede considerarse que, en estos momentos, en la economía global no hay falta de liquidez, sino todo lo contrario. Si es así, ¿cómo es posible que haya una situación de virtual parálisis en el crecimiento de la economía mundial, sobre la base de una presunta falta de liquidez? En realidad, la falta de crecimiento de la economía mundial se debe, entre otras razones, al hecho de que como resultado del fenómeno de la financiarización, se ha producido una desconexión o despegue entre el sistema financiero y los sectores productivos. El exceso de liquidez que actualmente encontramos en la economía mundial no se utiliza para invertir en la producción industrial, de alimentos, de fuentes de energía o de obras de infraestructuras. Al revés, se emplea, fundamentalmente, en la realización de transacciones financieras, que en lugar de contribuir a crear un tipo de riqueza material que satisfaga la demanda de los consumidores, crea, más bien, un tipo de riqueza artificial fundamentado en papeles comerciales. Al seguir una trayectoria de multiplicación de sus activos, el sistema financiero ha generado desequilibrios en la balanza comercial y en la emisión de títulos de deudas. De esa manera, suscita un potencial de crisis que es generado por la existencia de una riqueza ficticia que se incrementa a gran velocidad, sobrepasando al mismo tiempo los volúmenes de producción y de comercio a nivel mundial. Como consecuencia del predominio de un modelo de financiarización de la economía global, desde el 2007 hasta el 2014, la deuda pública mundial, en lugar de disminuir, se ha incrementado en 60 billones de dólares, para un total de 200 billones de dólares. La humanidad nunca conoció cifras semejantes. Todo eso desborda la imaginación y toda capacidad de raciocinio. Sin embargo, es la realidad en la que el mundo se encuentra en estos momentos; y es, naturalmente, lo que explica el estancamiento secular en el crecimiento de la economía mundial y la razón por la cual, a pesar de todos los esfuerzos desplegados, aún no se logra superar la crisis financiera global iniciada en el 2007. Pero además de no haberse superado la Gran Recesión global del 2007, la continuación irrefrenable de un modelo de financiarización de la economía mundial conduce inevitablemente a nuevas crisis de dimensiones impredecibles. Por tales motivos, se requiere enfrentar esta situación y desactivar lo que a todas luces constituye una bomba de tiempo. Se trata de poner en ejecución un plan global de regulación del sistema financiero, que puede ser liderada, en el marco de la Organización de las Naciones Unidas, por las principales instituciones financieras multilaterales. Desafortunadamente, a pesar de la irrefutable necesidad de ese cambio, todavía hay voces, que en defensa de sus privilegios, se levantan en franca oposición, poniendo en peligro al resto de la humanidad. Se trata de voces que tendrán que ser ahogadas con la fuerza de la inteligencia, la razón y la verdad. (Leonel Fernández, 09/07/2016)


Ayudas del BCE a bancos:
Europa tiene una larga tradición democrática. Atenas, en los siglos VII al V a.C., evolucionó desde una oligarquía, gobierno de unos pocos, hacia una democracia, gobierno del pueblo. Este logro estuvo propiciado por el pueblo a través de innumerables rebeliones populares. No era una democracia plena, ya que se mantuvo la esclavitud y a las mujeres no les estaba permitido participar en política, pero era un comienzo. La democracia renació durante la Ilustración, en el siglo XVIII, con la fundamentación de la democracia representativa. Para Espinosa, el filósofo de Ámsterdam, el mantenimiento, aseguramiento y garantía de los derechos de las personas es la causa principal de la creación del Estado. Defendió el derecho de la conciencia individual a pensar y expresarse libremente. Según Espinosa la democracia es el gobierno más natural, por ser el más cercano a la libertad que la naturaleza concede a todos. Su coetáneo, el británico Locke, abogó por el principio de la división y separación de poderes como único modo de frenar al poder en el Estado y garantizar así la libertad. La garantía de derechos inherentes a la personalidad, como la vida, la libertad, la propiedad y el derecho a la reparación en caso de ofensa o daño, están en el contrato social por el que cedemos partes de nuestros derechos para conferirlos a la organización política de la sociedad: el Estado. El francés Montesquieu también estableció la división de poderes como el marco institucional adecuado para posibilitar la existencia y el mantenimiento de la libertad que no puede dejarse al albur de que el pueblo, o su gobierno, esté conformado por personas más o menos virtuosas y bienintencionadas. Si así fuera, será un plus, un añadido, que sin duda contribuiría a favorecer el desarrollo y consolidación de la libertad que debe quedar salvaguardada por encima del azar, por encima de las virtudes que posean los hombres que constituyan el gobierno de un país en cada momento. La libertad debe estar institucionalmente protegida incluso, y especialmente, en el caso de que los gobernantes sean malvados, o en el caso de que el pueblo esté corrompido. Y con estos antecedentes asistimos estupefactos, hastiados e indignados al lamentable espectáculo de las antidemocráticas instituciones que conforman la Unión Europea. Instituciones, que, en su mayoría, representan los intereses de las grandes empresas financieras despreciando los intereses de la ciudadanía. Algunos ejemplos de estas instituciones serían el Banco Central Europeo, la Comisión Europea, El Consejo Europeo e incluso el Parlamento Europeo. ¿Cómo pueden hablar de democracia cuando intentan imponernos el TTIP, Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, sin facilitarnos toda la información? Prácticas represivas y abusivas que creíamos haber desterrado. Un TTIP que favorece a las grandes empresas y que posibilitará la pérdida masiva de derechos que tanto esfuerzo, lágrimas y sangre ha costado consolidar y que ahora quieren arrebatarnos con alevosía y sin anestesia. Pretenden rebajar los estándares alimentarios (ver Ostracismo del TTIP en el Pacto de Gobierno), acabar con los derechos de la ciudadanía (ver El TTIP, una pérdida de derechos), doblegar a los gobiernos limitando su capacidad legisladora (ver Mutis por el TTIP en la investidura) y como colofón Greenpeace Holanda nos advierte de la presión que está haciendo EE.UU. para eliminar la cláusula, que Europa tiene en vigor, para impedir que ningún artículo salga al mercado sin previamente haber demostrado que no es dañino, los americanos pretenden imponer el principio de comercialización, o sea, que salga el producto al mercado y luego ya se verá si es dañino. Cada día más datos corroboran que la UE se ha creado por y para favorecer a las élites financieras. Lo confirman noticias como las que tímidamente han aparecido en algún medio de comunicación donde se ha desvelado que el Banco Central Europeo (BCE) ha repartido 470 millones de ayudas públicas a Telefónica, Iberdrola y Repsol. También han recibido ayudas otras empresas como Gas Natural, Red Eléctrica, Enagás, Abértis, Maphre, Redexis, Siemens, Renault o Anheuser-Busch. Mientras las élites financieras son favorecidas por el BCE los Estados miembros, por el artículo 104 del Tratado de Maastricht y el artículo 123 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, no pueden ser financiados directamente por el Banco Central Europeo pagando a la banca privada, en concepto de intereses, más de 350.000 millones de euros anuales. Hay economistas que demuestran que si el Estado español desde 1989 se hubiera financiado a un interés del 1% por un Banco Central el peso de la deuda pública española sería ahora del 15% del PIB y no del 100% actual. La conclusión es clara el BCE financia a las grandes empresas mientras prohíbe financiación directa a los Estados y a las administraciones públicas alegando que los políticos despilfarrarían a manos llenas porque podrían endeudar todavía más a sus ciudadanos y avanzarían sin freno hacia una suspensión de pagos con efectos multiplicados frente a los que podrían tener ahora mismo. Curioso, no se fían de los políticos, en algunos casos lo podría entender, pero sí confían en los directivos de las grandes empresas que según una encuesta realizada por la consultora EY (antigua Ernest & Young) el 70% de los directivos considera “habitual” el soborno y la corrupción, estimándola una práctica usual para generar beneficios. Además dicha encuesta desvela que el 56% de los directivos consultados reconoce la existencia de “maquillaje” en la información financiera de las grandes empresas. Por ello no es de extrañar titulares como el publicado en 2013 “Corrupción IBEX. Dos directivos de Acciona trincan 50 millones de euros en una obra de Zaragoza” Esta “filosofía” empresarial no debe resultar desconocida para el Presidente del BCE, Mario Draghi. Siendo Vicepresidente para Europa de Goldman Sachs, una de las empresas implicadas en la crisis financiera por su relación con la hipotecas basura y la venta de productos ligadas a ellas, se le relaciona con las falsificaciones de la contabilidad de Grecia ocultando datos sobre el déficit y la deuda lo que permitió a Grecia entrar en el euro y al banco estadounidense llevarse un botín de 600 millones de euros. Dado el historial del Presidente del BCE no sorprende que afirmara que la retirada de los billetes de 500 euros es por ser instrumentos para actividades delictivas y quizás éste no sea el verdadero motivo. Inspectores de Hacienda creen que esta medida no frenará el fraude ni el blanqueo de capitales. Podría tener relación, como apuntan algunos periodistas económicos, con los tipos de interés negativos que están comenzando a verse y que pudieran persuadir a muchos ciudadanos a sacar su dinero del banco y guardarlo en efectivo con el propósito de proteger sus ahorros. Esto añadiría presión a las entidades financieras y la eliminación de los billetes de 500 dificultaría esta opción por razones de espacio. Como ya dijimos, favorecer a las élites financieras perjudicando a la clase trabajadora. Lo público al servicio de lo privado. (Odalys Padrón, 30/07/2016)


Responder de las pérdidas:
La gente a ambos lados del Atlántico está hastiada. Harta del amiguismo, de los pagos políticos, de una corrupción galopante “atrincherada” y que tanto les está empobreciendo a ellos y a los suyos. Por eso busca un cambio drástico del status quo. Pero si alguien llega al poder mediante una campaña contra el establishment y, al final, acaba abrazándolo, simplemente los electores le reenvían, vía coreo certificado urgente, a su casa. Eso le ha ocurrido a Matteo Renzi y su referéndum para reformar el legislativo. Y le pasará exactamente a Donald Trump si, tras su llegada al poder, en base a promesas de mejora a los que peor lo están pasando, acaba gobernando para el 1% más poderoso. La clave para analizar si un liderazgo se aleja del insoportable statu quo actual es ver su actitud sobre cómo afrontar el problema de la reforma bancaria, tan necesario aquí y allá. A Matteo Renzi lo que le ha acabado pasando factura es su coqueteo y excesiva complacencia con banqueros y financieros. Exactamente igual que a Francois Hollande. Porque al final ello limita la agenda de sus políticas, y de qué manera. Y si Donal Trump no se atreve a restablecer la Glass-Steagall, o algo parecido, le pasará lo mismo, será barrido en las elecciones parciales de 2018. Aquí, en nuestra querida España, cuando la hipótesis de inestabilidad financiera se active ya verán lo que ocurre. La banca europea en la picota El problema más grave de la economía francesa e italiana es la enorme deuda bancaria y sus necesidades de capital. Recordemos que en nuestro país la deuda bancaria se ha reducido a costa de socializarla, es decir, la disminución de la misma ha pasado a ser deuda pública -miren la evolución de la deuda externa para entenderlo-. Tanto en el caso italiano, como en el español, las necesidades de financiación de sus sistemas bancarios -Target 2-, se han disparado. El déficit o necesidades de financiación del sistema bancario español e italiano, vía Eurosistema, alcanzó a cierre de octubre, respectivamente, los 322 mil y 355 mil millones de euros, aproximándose, en el caso español, y superándolos en el italiano, los niveles récord de 2012, en plena turbulencia financiera. La directiva europea sobre rescates bancarios es clara, fija un orden de prelación sobre quién debe asumir el coste del mismo.Los primeros en pagar serán los accionistas. Posteriormente vendrán los poseedores de deuda subordinada y de bonos júnior (en esta categoría se incluirían las preferentes). Más tarde los que tuvieran deuda sénior, en manos básicamente de fondos de inversión y de pensiones, y otro bancos, y que no se por qué razón hasta ahora no han participado en el rescate de las entidades intervenidas, salvo en Islandia. Solo en última instancia tendrán que aportar parte del dinero los depósitos no asegurados, es decir, los de más de 100.000 euros. Y es aquí donde el miedo se apodera tanto de la clase política europea como del sistema financiero y bancario. Y de ahí el conchabe. Los políticos, entre ellos Renzi, no pueden permitirse el lujo de que el rescate de la banca acabe afectando a millones de sus ahorradores, especialmente los depositantes. Pero tampoco pueden hacer recaer el mismo sobre los contribuyentes, a costa de más austeridad y más deuda pública. A su vez, los bancos no quieren ni oír hablar de que el bonista sénior, es decir, ellos, “sufran” el peso del ajuste y/o rescate bancario. Y en esas apareció “el gran depredador”, JP Morgan. La solución diseñada por JP Morgan La solución propuesta por el statu quo, hábilmente diseñada por JP Morgan, y aceptada de facto por Matteo Renzi, de cara a rescatar al sistema bancario italiano, y muy especialmente al banco más antiguo del mundo, Monte dei Paschi, fundado en 1472, consiste en evitar un rescate a costa de acreedores o bonistas, gran parte de ellos otros bancos. Para ello JP Morgan ideó una falsa solución de “mercado”. El rescate consta de dos fases. La primera es la venta de los créditos morosos -banco malo-; la segunda, su recapitalización. Sin la limpieza del balance, la recapitalización estaría destinada a un rotundo fracaso. Para la venta de dichos créditos se ha establecido un calendario, garantizado en parte por un préstamo puente de 6 mil millones de Euros por parte de JP Morgan, y que goza en sus distintos tramos de distintas garantías y/o avales públicos. Respecto a la recapitalización, de nuevo, hay que leer la letra pequeña. Ninguno de los bancos que participan en el saneamiento del banco más antiguo del mundo ha garantizado, por ahora, que comprará las acciones de Montepaschi en caso de que nadie las quiera. Esto significa que no desaparece el riesgo de que no se logre la recapitalización, y que al final el gobierno deba de intervenir, a costa de los acreedores. La operación, tal como está diseñada, o bien termina mal, o bien JP Morgan se queda con todo. No hay solución de mercado, simplemente una estrategia de aprovechamiento de la cobardía de nuestros políticos de no hacer lo que en su momento hicieron los suecos en 1992, banco malo a costa de accionistas y bonistas, garantía de depósitos y nacionalización de la banca quebrada, punto. “¡So easy, so simple!” JP Morgan en realidad ha diseñado una estrategia de largo plazo de adquisición a coste mínimo de bancos europeos. Ya lo hizo muy inteligentemente en su país. Las políticas europeas, al poner de rodillas a la economía de naciones enteras, simplemente han preparado el terreno para las adquisiciones extranjeras en muchos sectores. Entre ellos, el bancario. Por eso, políticos como Matteo Renzi o Francois Hollande ya están amortizados. ¿Y qué ocurre en los Estados Unidos? Los bancos sistémicos estadounidenses presentan un serio y creciente problema: poseen y han apostado decenas de billones de dólares en derivados, jugando con la garantía de los depositantes. Si Donald Trump no quiere acabar mal, debería obligar de una vez por todas a que las entidades bancarias norteamericanas establecieran un anillo de protección en torno a su negocio comercial (cuentas corrientes y de ahorro, hipotecas, préstamos a particulares y empresas…), que tendría un estatus legal propio y se gestionaría de forma independiente a otras actividades más arriesgadas del banco, como las inversiones. Las pérdidas de estas últimas tendrían que ser asumidas por sus acreedores –accionistas y bonistas-. Las autoridades reguladoras estadounidenses, para ello, tendrían que forzar la “separación” de los bancos que no aíslen adecuadamente las actividades de banca de inversión de las de banca comercial. Si Donal Trump no lo hace, en las elecciones parciales de 2018 será barrido. Y si no al tiempo. (Juan Laborda, 11/12/2016)


Soberanía y chanchullos:
Degeneración Al menos tres de cada cuatro catalanes exigen romper con la ley, con el Estado de Derecho, incluso con la democracia… o eso dicen los que no le reconocen a Cataluña ninguna capacidad de decisión autónoma. Pero, ¿qué es eso que llaman “democracia”? ¿Cuál su legitimidad? ¿Qué significa la independencia hoy, y cuál es el independentismo que va ganando, a escala planetaria, más allá de la miopía y del astigmatismo, interesadamente provinciano, de ciertos medios? En estos momentos desnortados parece oportuno recordar a los Padres Fundadores de los Estados Unidos, de aquella de la que se ha dicho que fue —no entraremos aquí en las discusiones conceptuales más sutiles, no obstante cruciales— la primera “democracia moderna”. Y más en concreto, conviene recordar a Jefferson, que decía un par de cosas. Si esto no va a ser como el Antiguo Régimen de la nobleza aristocrática, el principio del poder hereditario. 1)Cada generación ha de tener derecho a escribir o reescribir su propia Constitución. Las generaciones de los muertos no deben mandar sobre los vivos, pues de ser así seguirá presente un régimen político hereditario, no tan distinto de ese despotismo monárquico del cual los rebeldes querían independizarse. Por lo que a mí respeta, para sentirme en democracia, sigo esperando que se me permita participar en un proceso constituyente, como hubiese querido Jefferson, quien añadía a lo dicho lo que sigue. 2)Que las deudas de las antiguas generaciones no han de determinar la vida de aquéllas más jóvenes que no las contrajeron. El rescate bancario, la amnistía fiscal, los recortes concomitantes, todos ellos serían, por despóticos, siguiendo la lógica del argumento, inconstitucionales. Cito una de las cartas que Jefferson le envió a Madison “Con respecto a las deudas futuras [escribe en 1789, a propósito de los debates que estaban teniendo lugar en Francia], ¿no sería sabio y justo que esa nación declarase en la Constitución que están preparando, que ni la legislatura ni la propia nación pueden contraer válidamente más deuda de la que pueden pagar dentro de su propia edad, o dentro de un periodo de 19 años [el que mide la “generación”]? ¿Y que todos los contratos futuros en lo relativo a lo que reste por pagar una vez vencidos esos 19 años, han de ser considerados nulos? Esto pondría a los prestamistas, también a los prestatarios, en alerta cauta. Y al reducir la capacidad de endeudamiento dentro de sus límites naturales, frenaría el espíritu de guerra [piénsese en los EEUU de hoy en día], al que se ha dado demasiado libre curso por la falta de atención de los prestamistas a esta ley de la naturaleza: que las generaciones que siguen no son responsables de aquellas que las preceden”. Claro que eran otros tiempos y que el welfare posterior sólo fue posible por un compromiso intergeneracional. Pero eso es una cosa, y otra que se quiera hacer pasar por democrático lo anti-democrático. ¿Qué ha ocurrido con la política constitucional? ¿Qué ha pasado con las “deudas antidemocráticas”? El artículo 135 no está ahí precisamente para evitarlas, sino para poner el derecho de los acreedores por encima de todas las cosas y delegar parte de la soberanía nacional en un ente europeo que así pretende instaurar el marco diseñado por el ordoliberalismo alemán. La soberanía interesa, pero sólo cuanto interesa. En España ya se ha dado un proceso independentista. Se llevó a cabo hace dos décadas, con éxito, sin referéndum, y más bien de manera unilateral. A pocos nacionalistas españoles pareció importarle. El ejército no abandonó el cuartel. Al imponer su “Declaración de Independencia” en el año 1998, el Banco Central Europeo (BCE) —una institución a la que obligatoriamente va nuestro dinero, que nos representa, pero que no es pública ni ha de rendir cuentas a ningún parlamento ni a nadie, ni nada tienen que ver en ella los ciudadanos, pues no tienen voto, ni siquiera a través de sus representantes— le arrebató al país una parte de su soberanía, la que se refiere a la política monetaria y crediticia, que no es poca cosa. Aznar, de todos los presidentes imaginables el más nacionalista, lejos de manifestar su más enérgica repulsa, lo aplaudió. Los que se echan las manos a la cabeza cuando son los ciudadanos quienes desean independizarse, nada tienen que decir cuando, anulando la democracia, son los financieros los que crean sus propias Repúblicas en los distintos Bancos Centrales o en los paraísos fiscales, y se llevan hasta ellos, en sacas, nuestras soberanías y democracias. Cuando el Banco Central Europeo fue denunciado en Alemania como anti-constitucional y anti-democrático, esto fue lo que contestó la Corte Constitucional de aquél país: en lo que se refiere a estas materias, esta supresión de la democracia —el veredicto dice más elegantemente, “esta modificación del principio de la democracia”— puede ser aprobada, pues “está científicamente demostrado que un banco central independiente está en una mejor situación [que otro democráticamente controlado] para asegurar el valor del dinero”. Horizonte burbujeante A los cien años de la Revolución Rusa he aquí el grito que exclaman los incendiarios: “¡Todo el poder a las bolsas de valores!”. Goldman Sachs —¿Lehman Brothers?— como oráculos. Los quants como nuevos militantes tecno-revolucionarios: sus aparatos vienen equipados con una versión de la fórmula de aquellos dos premios Nobel, el Sr. Black, el Sr. Scholes, dos lumbreras, que aplicándola quebraron su propio hedge fund: Long-Term Capital Management. ¿Qué son los Bancos Centrales del independentismo financiero? El nexo, entre lo público y lo privado, que permite el saqueo de quienes patean en el suelo a una democracia que cuesta ver cómo podría ser cuestiona en mayor medida por un referéndum de autodeterminación. Los que sufren amnesia, o Síndrome de Estocolmo, agradecerán al Banco Central Europeo habernos sacado de la crisis con su máquina virtual de hacer dinero, que no lo imprimía exactamente, sino que de algún modo lo producía al comprar 60 u 80.000 millones de euros de deuda al mes. Pero la fecha de fundación del BCE nos da una pista. Al final de los años noventa una nueva ola de desregulación financiera, iniciada en los USA, replicada por doquier, llevó directamente a la ingente burbuja que terminó por explotar en el 2007-2008. Son las reformas de los Bancos Centrales independientes, exigidas por sus socios en Wall Street —de Goldman Sachs viene Mario Draghi—, y asumidas por los gobiernos sometidos de buen agrado —inútil volver a recordar las andanzas de Rodrigo Rato— las que están detrás de esta crisis. Y cuando estalló la burbuja, el mecanismo que asegura la independencia del banco se puso a funcionar con todo su rigor. Bajo la égida del BCE, los Bancos Centrales independientes de cada nación pueden comprar directamente bonos de cualquier país no europeo, por ejemplo de los Estados Unidos, pero no los emitidos por otros países de la UE. Para garantizar la independencia del banco independentista, deben adquirir estos bonos indirectamente, es decir, a un precio más caro en los mercados secundarios, luego de ser evaluados por, y por tanto someterse a, las Agencias de Calificación (de Wall Street). La superioridad de la fórmula antidemocrática queda “científicamente demostrada” también de este modo: con lo que es nuestro el BCE provee dinero barato a los bancos privados, para que éstos se lo presten más caro a los gobiernos nacionales, al tiempo que el BCE compra las deudas nacionales que los actores financieros privados han comprado previamente, quizás unas horas antes, sabedores de que se las recompraría por más valor, quizás empleando para ello el propio dinero barato que ha puesto el BCE en sus cuentas. Voilá! Y, así, mientras te piden que mires para el Parlament catalán, a través de este ciclo depredador va gestándose la próxima crisis. España, Europa, los Estados Unidos, sólo pudieron salir de la Gran Recesión creando una inmensa burbuja de oferta monetaria a escala global: el planeta inundando de dólares, más que de euros. Los financieros que operan en las sombras, el “shadow banking”, con su creación informal de dinero a partir de los derivados financieros, presiona en la misma dirección inflacionaria de una masa monetaria que antes o después, a no ser que un súbito boom de la producción —o de la destrucción— lo evite, tendrá que estallar, de manera controlada o salvaje. Una mezcla poco recomendable, la expansión cuantitativa (quantitative easing) con el dinero-sombra que se arriesga a convertir algunos Bancos Centrales en lo que se conoce como “bancos malos”. En el 1970 no había en el mundo más que unos pocos millones empaquetados en derivados financieros. En el 1990 rondaban ya los 100 millardos. En el 2000, los 100 billones. En el 2013 superaban los 700 billones. Por más que sean medidos, de manera aproximada dada la opacidad que los caracteriza, en valores nocionales, y por más que se convenga en que la magnitud de su mercado es en verdad mucho menor, nadie niega la realidad de un crecimiento continuado, intenso y peligroso. Es posible que Draghi comience a frenar la máquina de la expansión cuantitativa este año. Así lo acaba de anunciar. A saber cuáles serán los resultados de la burbuja a medio plazo. A corto sus logros han sido notables, pero no del todo exitosos. El Deutsche Bank no se ha hundido, algo con lo que muchos contaban. La deuda pública alemana ha bajado más aún que la media europea, pero la de Francia, así como la italiana, o fuera del euro también la del Reino Unido, todavía siguen creciendo. La griega se ha estancado en la parte alta de la gráfica. La española supera ya el 100% del PIB. Al otro lado del Atlántico se resumen en la expansiva deuda estadounidense buena parte de los conflictos geoeconómicos. Hasta hace unos meses Japón encabezaba el ranking de los principales acreedores de la deuda pública americana, pero Japón era y sigue siendo el país porcentualmente más endeudado del mundo, con una economía estancada a pesar del quantitative easing de su Banco Central. China se acaba de colocar otra vez como acreedor Nº1. Trump puede rezar para que siga en marcha la dinámica económica por la que, no sin tensiones, quedó vinculada la suerte de la manufactura y del exceso de liquidez chino a la deuda americana. Pero todo tiene su límite, como pudieron comprobar los estadounidenses en los años sesenta, cuando la reconstrucción postbélica de las economías alemana y japonesa provocó un rápido incremento de la competencia entre los aliados y a la postre la crisis de superproducción de los años setenta, de la cual arrancó el actual proceso de expansión segregacionista del poder financiero. Cataluña, por supuesto, es viable como país, aunque Europa no la reconozca y España la boicotee. Pero, ¿de qué manera? No es el tamaño lo que cuenta, Artur Mas lo tenía claro. El quinto acreedor de los yanquis son las Islas Caimán, el tercero, Irlanda y el sexto Suiza, otros dos paraísos fiscales. Al tiempo que crece la burbuja monetaria, pasa por los enclaves paradisíacos más de la mitad del comercio mundial. En el año 2008 el 83% del Top 100 empresarial estadounidense, y el 99% del europeo, emplazaban filiales en estos Paraísos terrenales, sedes de la Internacional del separatismo financiero. La noticia importante de la semana pasada no tuvo que ver con Cataluña, sino con la reunión de los BRICS, y su intento por expandir su muy precaria alianza a otros países, no sólo para avanzar en la articulación de instituciones alternativas a las de Bretton Woods —FMI, Banco Mundial, etc.— sino para empezar a comerciar entre ellos sin pagar tributo a la divisa americana, cosa que no es fácil, pero que quizás tenga más que ver con la “autodeterminación” que lo que se pretende realizar en el Noreste ibérico. De esta manera lograrían esquivar, aunque sea poco, el torrente diluvial de dólares que desató la crisis. Lo cual no favorecerá a los intereses de los Estados Unidos que, por otra parte, acaban de cosechar otra derrota militar en Siria, en una zona que parece estar convirtiéndose en un nuevo Vietnam. Los muertos mandan Pero siguen repicando las campanas. Vítores de los “demócratas” a la derecha y a la izquierda de la amalgama centropartidista: ¡Que vivan los evasores paradisíacos y que nadie —de los de abajo— se libre de pagar los “errores del mercado”, las deudas de los políticos corruptos y de aquellas Cajas que en España ya no eran cajas de ahorro sino bancos de inversión! ¡Que vivan las “Credit Default Swaps”, las “Collateralized Debt Obligations”, y todos los productos “sintéticos” que manejaban y manejan vulnerando el espíritu de las Cajas públicas! Todas estas cosas son ahora “too big to fail” y, para algunos también, “too good to be true”. Absoluta irresponsabilidad. Cuando se le propuso al gobierno español auditar la deuda pública, contestó uno de sus representantes en un plató televisivo: “¡Pero de qué deuda me hablas! ¡Si tan pronto la contraemos es ya imposible precisar en qué manos está!”. Cuando se habló de un proceso constituyente y de una “Segunda Transición”, cuando cientos de miles salieron a la calle en el 2011y 2012 con estas demandas, entonces los que se dicen demócratas prefirieron mirar para otro lado. Los mismos que critican muy legitimados la transparencia de ciertos comicios, los mismos que no saben adónde van los valores de los bonos que emite el Estado, no tienen la menor duda a la hora de ubicar en el mapa, y decir en qué manos sí está y en cuáles no está, esa misma soberanía que no les cuesta nada regalar a los banqueros y a los mercados secundarios: ¡Que el futuro de Cataluña lo decida Madrid y Andalucía, pues no hay salida más democrática! ¡Así lo dice la Constitución! ¡Que rija en este país un texto legal que sólo una pequeña minoría viviente ha refrendado! Recuerda a Jefferson. Esta “carta magna” tan sólo la ha podido votar uno de cada cuatro adultos residentes hoy en el país. En su momento, muchos de ellos, casi la tercera parte, se abstuvieron. Otros dijeron “no” por diversas razones, o votaron nulo o en blanco. Sólo el 15% (aprox.) de los residentes actuales mayores de edad dieron su aprobación en vida a la Sacrosanta Constitución. Los muertos mandan. Cuando algo baja del umbral del 50%, de apoyo, de participación, de lo que sea, deja de ser mayoritario. Pese a las palabras de Jefferson, en los Estados Unidos el porcentaje se ha quedado en el 0%. Pero siendo firmada la Constitución española bajo el miedo a las armas que aún empuñaban los dictadores, es difícil considerarla democrática en modo alguno, por mucho que alguien quiera estirar el concepto. Deviene un chiste de mal gusto al tiempo que el contenido social de la misma se va convirtiendo, siempre lo fue más o menos, pero cada vez lo es más, en papel mojado. Y sólo un idiota, en el mejor sentido beatífico que le daba Dostoievski a esta palabra en su novela homónima, o alguien de peor calaña, se atrevería a sostener sin ruborizarse, si es que es consciente de lo que significa el modelo schumpeteriano de élites partidistas equilibradas, instaurado en España a nivel nacional, que en cada elección, de alguna manera, la estamos refrendando. En un extremado odio y desprecio a la democracia, ni siquiera los programas votados por los ciudadanos son vinculantes para sus “representantes”. Domesticación del movimiento Del circo mediático con sede en Barcelona y en Madrid, sacaban tajada los nacionalistas de ambos bandos en un juego win-win que ahora puede estallar por los aires. La desviación del conflicto hacia la cuestión nacional tuvo una primera utilidad. Con ella se tapaban las vergüenzas mutuas las dos derechas nacionalistas y corruptas. El enfrentamiento les servía para arrancar votos en sus respectivos feudos. Cabe recordar que cuando comenzó la ola de la indignación democrática en el 2011, no sólo la elite derechista catalana había puesto en práctica una política económica en perfecta sintonía con la de sus homólogos españoles, sino que además fue siempre un paso por delante en lo que se refiere a la política represiva. Baste con recordar el nombre de Felip Puig o el llamamiento a hacer de los ciudadanos espías y chivatos policiales en contra de los conciudadanos que se movilizaban. Luego llegó desde Madrid la “Ley Mordaza”. La derecha catalana en descomposición fue rescatada por la izquierda nacional. Todo se les fue de las manos. Y ahora la policía militar española toma Cataluña en busca de papeletas electorales, como si tratase de una amenaza terrorista. En la anulación y domesticación de lo iniciado por el movimiento para la reformulación y radicalización de la democracia, también llamado “15-M”, jugaron un papel importante, además de las debilidades de los nuevos partidos-movimiento, otras dos fuerzas “progresistas”: el Procés, que ahora reconcilia a los reprimidos con sus represores, y cierto feminismo de telediario. El feminismo, el que no es de telediario, creó la posibilidad de volver a dar un impulso al movimiento transformador cuando éste languidecía, pero esta posibilidad se perdió al quedar atrapado en una dinámica, aplaudida y alentada desde los medios de comunicación, que volvió a obliterar los alcances más amplios de lo que en otro tiempo se llamó la “cuestión social”. No es esta una crítica al feminismo en sí, obviamente, sino a cierta domesticación mediática, aquella que para colocar a la mujer en la política, la sitúa en el hogar. Y nada lo expresa mejor que el tratamiento específico del tema que logró convertir en el centro de la movilización: la violencia de género, por los telediarios reducido principalmente a un problema doméstico. Frente a esta demanda omnipresente, otras que también se abrieron paso en el espacio mediático, como la igualdad salarial —tan legítima como poco conflictiva, pues siempre es posible equipararlos a la baja, máxime cuando ya no existen sindicatos cuantitativamente significativos que merezcan ser llamados cualitativamente sindicatos— no ocupaban más que un segundo plano muy alejado. ¿Qué es lo que se reclamaba? Campañas educativas o de sensibilización, y más tribunales, más mano dura, más policía, tomar los hogares. De igual modo que fue efectivo el recurso a lo nacional, otra forma de hogar, lo fue este feminismo de telediario a la hora de aplacar las potencias disruptivas que estaba comenzando a reavivar el activismo feminista. Cuesta un mundo ver cómo es que nos van a salvar de la violencia machista la propaganda y los aparatos represivos del Estado. Pero los medios sistemáticamente proyectaron esta lógica pedagógico-policial en detrimento de otras más transversales, política y económicamente más ambiciosas, que además hubiesen podido relanzar la crítica democrática de los indignados, haciéndola avanzar un paso adelante por la vía feminista. Contra el independentismo de las finanzas y al margen del independentismo nacional, que sin más no es otra cosa que una mera ilusión, hubiese sido posible reivindicar otro tipo de “independencia” frente a los que dan patadas a la democracia, y también contra las dependencias emocionales, así como político-económicas, que subyacen a la violencia de género, material, simbólica y estructural. Por dar sólo un ejemplo de uno de los muchos puntos interseccionales que hubiesen dado una forma programática a la transversalidad: a la muy discutida Renta Básica —nada más que una de las medidas susceptibles de ser articuladas, necesariamente con otras, para comenzar a independizarse del salario y del chantaje que implica el desempleo— se le podría haber dado un carácter feminista, desviando la agenda política de lo establecido por los telediarios. Quizás, correctamente articulada, fuese capaz de hacer más por paliar la violencia y sus efectos que todos los esfuerzos policiales juntos. Pero esta lógica interseccional, esta concatenación de las luchas que oponen la democracia al capital y al patriarcado, es lo que no tenía cabida en el plató de televisión. De haber avanzado en cuestiones “independentistas”, y de haber desarrollado la trayectoria de la indignación democrática iniciada en el 2011 —cuestionando por qué la democracia ha de terminar en las puertas de las oficinas, de las fábricas, de la legislatura, de los medios de comunicación, de los bancos de datos, de las redes sociales, de los centros de ocio, de los Bancos Centrales, de los mercados financieros— posiblemente no estaríamos donde estamos, pero lo estamos. Replegados en lo hogareño, nos vemos atrapados al fin en una enorme bronca familiar que discute, antes que nada, sobre la ley del divorcio político y sobre la paternidad o maternidad de las criaturas. ¡España, una! — ¿Y si no quieren? — ¡Cataluña independiente! — Pero, ¿de qué manera? ¿Como el paraíso fiscal que imaginaba Artur Mas, la nueva City de Barcelona y el puerto franco? ¿Cómo, en última instancia, el “ya se verá” de sus socios en el gobierno? Las palabras mágicas Para concluir, volvamos a descender una última vez desde lo global hasta lo local, esta vez con una anécdota. Según lo dicho hasta aquí, puede afirmarse que la crisis financiera de los últimos cuarenta años jamás ha sido resuelta. Desde la década de los años setenta el independentismo de las finanzas se ha limitado a ir empujando la crisis para adelante, haciéndola caer por cada nueva pendiente como si fuese una bola de nieve. Compran tiempo con deuda, especulando con las promesas del futuro. Es sabido que los que dan lecciones de democracia parapetándose tras la Constitución, tienen una bomba entre sus manos y que como no saben cuál cable cortar, aquí, en las provincias planetarias, recurren al sortilegio. A la bomba de tiempo le gritan las palabras mágicas, a ver si se apaga: “¡Cataluña!”, “¡Venezuela!”. En el Noroeste peninsular dedicaron 9.000 millones de euros del contribuyente para el rescate y saneamiento de Caixa Galicia. Luego le cambiaron el nombre, también el logotipo y se la vendieron por unos míseros 1.000 millones al capital —anti-chavista— de —grita otra vez la palabra mágica— “¡Venezuela!”. Así son quienes se dicen nuestros representantes. Le dan el control de uno de nuestros bancos a la oposición venezolana, y le venden armas al gobierno de aquél país, para que ambos se peleen, mientras uno de nuestros expresidentes es nombrado mediador en el conflicto. Así son quienes se dicen nuestros representantes. En el Noreste peninsular una inmensa mayoría quiere meter unas papeletas en unas urnas para solucionar un conflicto, y esos mismos que gritan “¡Venezuela!” replican que es antidemocrático, además de excesivamente caro, costará 5 millones. Si en verdad fuese éste el peligro que enfrenta la democracia, y si en verdad fuese esto lo que nos sale y nos va a salir tan caro, no habría mayor motivo de alarma. Pero no es así. En junio de este año, según una previsión ya por entonces optimista, el Banco de España anunció que el rescate total a la banca supondría al menos 60.600 millones de euros en pérdidas, luego ha seguido retocando las cifras. Este rescate no es sino la punta del iceberg de un inmenso expolio. Así las cosas, sólo Diógenes el Cínico merece la estatua que no hubiese querido y de la cual, sin duda, se hubiese reído a carcajadas. Quizás sea oportuno enviarlo con su candil, dar rienda suelta a la Secta del Perro. Tal vez logre encontrar algún demócrata en los gobiernos español y catalán. ¿Pero qué es la democracia? La democracia, decía Aristóteles, no es “el gobierno de los muchos” sino por accidente, porque los pobres son siempre muchos y la democracia, decía él, es eso en esencia, el gobierno de los pobres; o la fuerza que lo impone, si hacemos caso a Platón. Sea como sea, por muy buen olfato que tenga el canino, quizás le hayamos encomendado una tarea demasiado difícil. Que vaya Diógenes, en cualquier caso, aunque sea para callar bocas y pedirles que dejen de taparnos el Sol, con su sonrisa insolente. Contra los “demócratas” falta por escribir y llevar a cabo un elogio impío de la democracia. Un día prendió una chispa, luego se apagó. Ocurrió durante una primavera, hace más de seis años. Pero que los mitos del futur antérieur no nos condenen a la nostalgia. (Anton Fernández de Rota, 12/09/2017)


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