Banco de España             

 

El Banco de España y la burbuja inmobiliaria:
(Iñigo de Barrón 13/03/20011) Nunca como ahora el futuro de la economía española ha estado tan pendiente de las cajas de ahorros. La agencia Moody's, rebajó el jueves un escalón la calificación de la deuda española por las necesidades de capitalización y provisiones de la banca tras sus enormes inversiones en el sector inmobiliario; el viernes, los líderes de la zona del euro debatieron en Bruselas sobre las nuevas medidas económicas con la que dejar atrás la crisis. Una de las más importantes es reforzar el fondo de rescate para los países con problemas de deuda. España está en el ojo del huracán por la posibilidad de que tenga que ser rescatada. La prueba es que la vicepresidenta económica del Gobierno, Elena Salgado, ha advertido que es "extremadamente urgente y necesario" recapitalizar las entidades para despejar las "dudas" de los mercados. Cajas y bancos tienen unos 150.000 millones en activos potencialmente problemáticos en el ladrillo, es decir, cerca del 15% del PIB, incluidos los inmuebles adjudicados y los créditos por más de 65.000 millones, de los que cerca de la mitad están en suelo. Las dudas sobre la salud del sector financiero han puesto a España contra las cuerdas en los mercados internacionales, pese a que su deuda pública es muy inferior a la de Alemania o Francia. El miedo de los inversores -y del Ejecutivo- es que, como en Irlanda, el sector financiero arrastre al Estado. Aunque la comparación con Irlanda sea exagerada, los inversores tienen razones para desconfiar de la salud del sector financiero. Eso ha obligado al Gobierno a exigir a los bancos y cajas de ahorros una transparencia sin precedentes y a elevar los requisitos de solvencia para recuperar la credibilidad. Doce entidades, sobre todo cajas, necesitan 15.152 millones de capital adicional para evitar ser nacionalizadas.

Jaime Caruana Miguel Angel Fernández Ordóñez


Ante esa situación, ¿qué parte de la culpa es del Banco de España? La institución se ha llevado muchos elogios por ser la única que implantó provisiones anticíclicas, pero resulta que la mitad del sistema financiero está tocado y todo él tiene un problema sistémico con el ladrillo. Se ha presumido mucho de su supervisión cercana a las entidades, con inspectores dentro de ellas, pero ni siquiera eso ha servido para frenar el riesgo inmobiliario. La primera cuestión es saber si el supervisor advirtió a tiempo de la bomba de ladrillo que se le venía encima. No hay duda: el Banco de España lo vio. Es más, lo advirtió: "La magnitud de la sobrevaloración podría llegar al 20%". La afirmación puede ser leída en cualquier artículo de estos días. Pero no. Se trata de una conclusión publicada en septiembre de 2003 por el Boletín Económico del Banco de España y recogida en primera página de algunos medios. La tajante afirmación causó incluso sorpresa al propio ministro de Economía, por entonces Rodrigo Rato, quien pidió explicaciones a su gobernador, Jaime Caruana. Este contactó con Fernando Restoy, uno de los autores del artículo, entonces peso pesado del Servicio de Estudios y hoy vicepresidente de la CNMV. Restoy le explicó que el análisis se apoyaba en gran número de datos macroeconómicos y estimaciones habituales, por lo que el análisis estaba matizado y no era la primera vez (ni fue la última) que se llegaba a esta conclusión. Semanas más tarde, Rato zanjó la polémica: "No creo que estemos ante una situación de burbuja. Los propios datos del Banco de España fijan un exceso de precios de la vivienda, pero que no se pueden entender como una burbuja como la que vivimos con los valores tecnológicos en 2000", señaló el ministro de Economía tras una reunión del Ecofin. Días después, Emilio Botín, presidente del Banco Santander, reafirmó al ministro: "No hay burbuja, y en este sentido el informe del Banco de España, que yo he leído a fondo, no ha sido bien interpretado".

Poder político contra poder financiero:
El suceso refleja la difícil relación que existía entre el Gobierno y el gobernador, entre el poder político y el poder financiero, una de las claves para entender por qué desde el Banco de España se anticipó pero no se frenó la burbuja inmobiliaria ni se abordó la recapitalización de las cajas hasta que llegó el plácet de La Moncloa. No hay que olvidar que un pinchazo de la burbuja hubiera supuesto un frenazo de la economía, y eso no hay ministro (se llame Rodrigo Rato o Pedro Solbes) ni Gobierno (sea del PP o del PSOE) que lo desee. Todo esto sucedió pese a que los gestores del Banco de España gozan de una Ley de Autonomía que, al menos teóricamente, les protege frente al poder político. Jaime Caruana (Valencia, 1952), responsable de la institución entre 2000 y 2006, y Miguel Fernández Ordóñez (Madrid, 1945), desde junio de 2006 hasta ahora, fueron supervisores y controladores del sistema financiero durante la burbuja inmobiliaria y la posterior crisis de las cajas. Su privilegiada situación les convirtió en actores clave ante el engorde y la caída de la economía, pero ¿midieron los riesgos reales de la economía y del sistema financiero? ¿Atajaron las desviaciones? ¿Qué medidas podían haber tomado? Y si no intervinieron, ¿fue porque las medidas necesarias quedaban fuera de sus competencias o porque no se rebelaron frente a los Gobiernos que les habían nombrado? "Los gobernadores, sobre todo después de Mariano Rubio, son independientes del poder político hasta cierto punto. Es un puesto al que no se llega por oposición", bromea un ex directivo del Banco de España, y apunta: "Es imposible ser ajeno al Gobierno de turno, y más cuando la banca se convierte en un lobby tan poderoso como el actual, que tiene interlocución directa en La Moncloa". Esta fuente también recuerda que existen limitaciones legales: "Algunas actuaciones del supervisor deben ser aprobadas por el Ministerio de Economía".

Manos libres a los banqueros:
Entre 1994 y 2008, la economía española vivió la mayor época de bonanza conocida. Tras la crisis posterior a los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, España se recuperó con fuerza gracias, en parte, a la continua bajada de impuestos, sobre todo desde la llegada de Jose María Aznar al poder, en 1996. Este impulso se acrecentó con la llegada de la moneda única en enero de 2000 y con la bajada de los tipos de interés, inferiores a la inflación (es decir, negativos), que son una invitación a pedir créditos. El año 1999 el PIB español creció un 5,8%. El paro descendió desde el 22% de 1996 hasta el 12% en 2003. Esta economía desbocada vio cómo, en 2001, la Reserva Federal de EE.UU. hundía más sus tipos de interés e inyectaba enormes cantidades de liquidez tras el atentado del 11-S para evitar la depresión. La minicrisis de las puntocom, en 2000, y la de las divisas de Latinoamérica, en 2002, se curaron con la droga de la abundancia de dinero, tanto en euros como en dólares. El BCE, al que el Banco de España había cedido la política monetaria y con ella gran parte de su poder tras el nacimiento de la moneda única, mantuvo bajos los tipos de interés para favorecer la recuperación de Alemania, entre otros. En Nueva York, Londres y Bruselas los banqueros centrales empezaron a hablar de desregulación financiera, es decir, de quitar normas a la banca y dejarle campo abierto. El acuerdo de Basilea II se presentaba como el paradigma donde cada entidad ajustaría el capital según su propia estimación del riesgo asumido. Algunos economistas hablaban de que los ciclos económicos habían terminado tal y como se habían conocido hasta entonces. Parecía que había llegado el mundo feliz, una situación que es justo la opuesta a la actual. Pero las entidades tenían que darle una vuelta al negocio porque los tipos de interés bajos no permitían obtener rentabilidades altas. Los banqueros encontraron la solución por tres caminos: los productos complejos y tramposos, luego llamados vehículos o hipotecas basura, (que no se hicieron en España); el crecimiento desmesurado en oficinas y balances, con lo que multiplicaron el volumen de negocio gracias al ladrillo, y, en tercer lugar, las grandes inversiones en participaciones industriales, que parecían un maná de infinita rentabilidad en Bolsa. Las cajas de ahorros iniciaron su camino en la banca de empresas, pero, como recuerda José María Martínez, máximo responsable de banca en Comisiones Obreras (CCOO), "fue la puerta de entrada al mundo de las promotoras y las constructoras más que a otro tipo de actividades empresariales. Su peor decisión". El sector inmobiliario encajó como anillo al dedo de un sector financiero deseoso de crecer a toda costa. Fue su colaboración en la creación de un gigante con pies de ladrillo: el suelo se revalorizó un 500% entre 1997 y 2007. En 1999 Caruana fue nombrado director general de Supervisión del Banco de España, tras ocupar la Dirección General del Tesoro bajo el mandato de Aznar y Rato. En el verano de 2000, cuando ocupó la butaca de gobernador, sabía que la economía venía recalentada desde 1995. En su primer discurso ante las cajas de ahorros, el 18 de abril de 2001, advirtió de los riegos del sector e hizo cuatro peticiones: que no abusaran de la inversión industrial "porque puede ser extraña a la naturaleza y objetivos de estas entidades"; que redujeran la emisión de acciones preferentes (que hoy están recomprando a bajos precios y que fue la fuente inagotable de liquidez); que controlasen la expansión del crédito y que profesionalizasen los consejos de administración. En la misma sesión, Cristóbal Montoro, entonces ministro de Hacienda, abogó por la reducción del peso político en el sector. Caruana describió con precisión el camino que ha llevado al despeñadero a buena parte del sector, algunos bancos incluidos. Las cajas no compartieron el diagnóstico del gobernador y la reacción fue enérgica. Desde entonces se abrió un enfrentamiento, más o menos soterrado, que no se ha cerrado hasta la reciente llegada de Isidro Fainé a la presidencia de la CECA. Han pasado diez años desde el discurso de Caruana, y las cajas siguen teniendo buena parte de aquellos problemas. Es decir, ni Caruana los corrigió ni Ordóñez ha actuado después hasta que ha sido urgente porque el sector ha entrado en la UVI.

Es necesario frenar el crédito:
Dos años después de aquel discurso, el 21 de junio de 2003, con los créditos hipotecarios aumentando a tasas del 20%, Caruana pidió a bancos y cajas que pisaran el freno. "El aumento real del coste de la vivienda podría haber sobrepasado los niveles coherentes. Es necesario una reconducción y paulatina moderación de la financiación crediticia a las familias y sociedades directamente involucradas en el negocio inmobiliario, lo que impediría que el precio de la vivienda acabara alejándose excesivamente de su valor de equilibrio y reduciría la probabilidad de que terminasen produciéndose ajustes más bruscos", es decir, el pinchazo de la burbuja. No le hicieron mucho caso: La Caixa incrementó el crédito hipotecario un 23,4%; el BBVA, un 17%; el Banco Popular, un 43,8%; Caja Madrid, un 24,9% y el Santander, un 14,9%. Los gestores bancarios tampoco supieron reaccionar ante el espejismo de beneficios fáciles e infinitos. Aunque con diferencias entre unos y otros, todos han quedado marcados con una lección que no van a olvidar. "¿Nosotros culpables de la burbuja?", se pregunta un alto ejecutivo en activo. "Sin duda nos corresponde una parte de la factura. Incluso algunos servicios de estudios de bancos y cajas también lo anticiparon, pero lo fácil es verlo ahora. Entonces, la competencia entre entidades era tremenda, nadie podía dejar de crecer o te pasaban en el ranking". Jaime Terceiro, expresidente de Caja Madrid, lo anticipó en 2003: "la utilización de patrimonios ocultos antes de la llegada del euro y el aumento de la demanda, configuran un proceso de formación de una posible burbuja". Santiago Carbó, asesor de la Reserva Federal de Chicago, comenta una de las grandes lecciones de la crisis: "Romper el paso y salirse de la manada puede llegar a ser clave cuando la lógica te alerta de que algo no va bien. Aquí hubo avisos, pero...". El ladrillo se convirtió en rifirrafe político. En 2003 Zapatero inició los ataques al Partido Popular por este asunto: "Ha sido la política del PP la que ha creado la burbuja". El argumento se escuchó más veces en el Parlamento. En 2004, cuando dio la vuelta la tortilla y llegó Pedro Solbes a Economía, su reacción fue otra. Incluso, en mayo de 2007, en la antesala del estallido, cuando las acciones de las constructoras se hundían en Bolsa, declaró Solbes: "Yo no veo afectado para nada el sector de la construcción, sólo una ligera desaceleración que permite ajustarse a una realidad que, lógicamente, exigirá una demanda inferior a la actual", sentenció. "Por supuesto que es un tema que hay que seguir, pero yo no le daría mayor importancia", apostilló. Sin duda estarían en su cabeza las siguientes elecciones, que se celebrarían un año más tarde. ¿Se encendieron las luces rojas ante lo que estaba pasando? Sin duda. "Durante la época de la burbuja se produjeron dos claras señales de alarma: el incremento del endeudamiento de las entidades en relación con el volumen de depósitos y la concentración del negocio inmobiliario. En cuanto a la primera cuestión, en 1998 el volumen de créditos del sector financiero era igual a los depósitos. Ocho años después, en 2006, los créditos eran un 50% más que los depósitos. En cuanto a los préstamos a promotores, pasaron de representar el 12% del PIB en 2000 al 29% en 2005", apunta Luis Garicano, profesor de la London School of Economics. Juan José Toribio, profesor emérito de Economía del IESE, añade un aspecto clave: "El endeudamiento se hizo con ahorro que venía del exterior, un factor que ahora ha añadido una vulnerabilidad enorme a la economía española. Esto nunca había sucedido antes. España tuvo el déficit de la balanza de pagos más alto del mundo después de Islandia y tenía que haber sido un grave motivo de preocupación".

¿Cómo podía haber pinchado la burbuja?:
José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney, recuerda que el Banco de España fue el único del mundo que creó las provisiones anticrisis, un colchón de 40.000 millones que las entidades crearon mientras crecía el crédito para cuando llegaran las vacas flacas. Además, comenta, impidió que la gran banca diseñara los productos opacos, cuyo riesgo no quedaba en el balance, pese a las insistentes peticiones de algunos jugadores que veían cómo sus competidores anglosajones hacían tanto dinero con estos activos, que después les hundieron. Quizá por eso, el sistema financiero que dejó Caruana era más sólido que el de EE UU, Reino Unido y Alemania. "De no haber tomado esas medidas, nuestro destino sería parecido al de Irlanda. No obstante, el supervisor tenía que haber sido consciente de que no debía permitir que se dieran préstamos por un importe superior al 80% del valor de tasación. También podía haber limitado el crédito a los promotores, donde la banca se quedaba con todo el riesgo", apunta Díez. Garicano añade otra posible actuación: "Se debía haber reformado la legislación sobre las tasadoras para evitar que fueran propiedad de las entidades financieras. De esta manera, sus valoraciones hubieran sido más ajustadas a los precios de mercado". Desde fuera de España también se cree que se podía haber hecho más. Nicolas Veron, analista del think tank Bruegel, de Bruselas, comenta que el Banco de España "aprobó una alta concentración de riesgo inmobiliario en algunos bancos. Si tuviera que hacerlo otra vez, con la perspectiva de la crisis, sería más restrictivo". Vicente Cuñat, de la London School of Economics, matiza: "Con la perspectiva que nos da conocer lo que sucedió después, seguro que se podría haber mejorado la actuación del Banco de España tanto a nivel macroecnómico como de regulación prudencial; pero es difícil saber cual habría sido la política más razonable con la información que se tenía en ese momento". A toro pasado, algunos directivos que estuvieron en el Banco de España admiten que podían y debían haber ido más lejos. Pero recuerdan que la implantación de los colchones anticíclicos fue una dura batalla. "Supuso un agrio enfrentamiento con el sector y un desgaste para la institución. La banca decía que le perjudicábamos frente a sus competidores internacionales en su cotización porque las provisiones restaban beneficios. Tal vez esto nos tranquilizó la conciencia porque pensamos que sería suficiente si el mercado inmobiliario se caía", comentan estas fuentes, que piden el anonimato. Un analista, que pide el anonimato, dice que la provisiones anticrisis tras la crisis que llegó "fue como poner un casco a un piloto de fórmula 1". Desmond Lachman, economista del neoconservador American Enterprise Institute, cree que el supervisor español, así como el BCE, debían haber hecho más por evitar el calentamiento económico. Por ejemplo, cita "incrementar los requisitos de capital y las disposiciones reglamentarias, que deberían haber sido agresivas para frenar el crecimiento del crédito y la dependencia del ahorro exterior". Paul De Grove, experto en bancos centrales de la Universidad de Lovaina, considera que el Banco de España y el BCE "podrían haber hecho más para detener la burbuja. El supervisor utilizó las provisiones anticíclicas, pero no fueron suficientes. También podría haber elevado los requisitos mínimos de capital, en cooperación con el BCE. William McChesney, presidente de la Reserva Federal entre 1951 y 1970, dijo la famosa frase: "Un buen banquero central es aquel que retira el ponche cuando la fiesta se anima". Otros economistas, como Daniel Gros, del think tank de Bruselas, CEPS, prefieren otra sentencia: "Es mejor recoger los desperdicios de la burbuja cuando estalla que pincharla cuando crece". La explicación es que tras las burbujas, el nivel de la economía es más elevado que cuando se inició. Las autoridades españolas se apuntaron a esta segunda opción.

Advertencias sin actuación:
¿Para un gobernador es suficiente advertir de los problemas y no atajarlos? José Carlos Díez, de Intermoney, cree que no. "El gobernador no es un analista de mercado. Si avisa de un problema de endeudamiento excesivo de empresas y familias y no se soluciona, tiene que actuar en consecuencia", apunta. No obstante, añade: "Ninguno de nosotros predijo la magnitud de esta crisis, que ha tenido un efecto mucho mayor del que cualquier pudiera haber imaginado". Uno de los análisis más premonitorios lo hizo la Asociación de Inspectores del Banco de España en mayo de 2006. Después de duros enfrentamientos por reivindicaciones laborales, enviaron una carta al ministro Solbes donde criticaban a Caruana: "Ante el riesgo inmobiliario acumulado en las entidades, los órganos rectores del Banco de España han tenido una actitud pasiva. Hay motivos suficientes para la preocupación, especialmente si se tiene en cuenta el legado de los seis años de mandato del señor don Jaime Caruana". En palabras de la asociación, "la pasiva actitud adoptada por los órganos rectores del Banco de España, con su gobernador a la cabeza, ante el insostenible crecimiento del crédito bancario en España durante los años de mandato del señor Caruana" era una de las "causas más evidentes" de los desequilibrios de la economía. "Los inspectores del Banco de España no compartimos la complaciente actitud del gobernador ante la creciente acumulación de riesgos en el sistema bancario derivados de la anómala evolución del mercado inmobiliario nacional desde 2000", añadían. No obstante, no creían que la sangre llegara al río: "La gran mayoría de las entidades españolas están bien capitalizadas y su solvencia no es previsible que se vea comprometida aun en los escenarios más desfavorables". En su opinión, "el desmedido crecimiento del crédito bancario" fue "una de las causas principales de la extraordinaria subida del precio de los inmuebles" y reprocharon al gobernador "la falta de determinación" para exigir "rigor" a las entidades financieras "en la asunción de riesgos".

El FMI advierte tarde:
En su último informe, a finales de 2010, el Fondo Monetario Internacional (FMI) concluye que España ha tenido la mayor burbuja inmobiliaria del mundo desarrollado. Pero, como recuerdan ejecutivos del Banco de España, no es lo que anticipó este organismo en mayo de 2006. Bajo el mandato de Rato, el FMI dedicó más de un año a estudiar la economía y el sistema financiero español. Advirtió del riesgo de una caída de los precios de las viviendas en España del 30% en cinco años en términos reales, pero concluyó: "En conjunto, los resultados indicaron que el sistema bancario estaría en condiciones de absorber las pérdidas asociadas con los shocks de referencia sin malestar sistémico". Los autores destacaron el sistema de provisiones anticíclicas y la calidad de los activos de la mayoría de las entidades, aunque señalaron a las cajas como un posible foco de inestabilidad futura. "Este informe lo vio el Banco de España con el Gobierno. Con lo bueno y malo que decía", apuntan desde la institución. ¿Qué consecuencias hubiera tenido pinchar la burbuja? Cualquier limitación al crédito hubiera perjudicado al PIB y hubiera enfadado a los políticos. Veron apunta: "Teniendo en cuenta el alto porcentaje de actividad de la construcción en el PIB español, es innegable que una decisión sobre los créditos impactaría en la economía". Luis de Guindos, director del centro del sector financiero de PwC, coincide en que se hubiera frenado el PIB. "No se hubiera crecido al 3,5%, pero sí al 2,5% y ahora la destrucción de empleo sería menor y el sistema financiero estaría más sano".

Ordóñez anticipa la crisis:
Si alguien conocía perfectamente lo que estaba pasando, ese era Fernández Ordóñez. En 2003, en dos artículos en EL PAÍS, criticó con dureza la herencia que dejaba Rato. En su opinión, el ministro negó la burbuja "por el miedo con que cualquier responsable de Economía ve acercarse el final de un modelo de crecimiento basado en el boom inmobiliario y en la explosión del endeudamiento de las familias". Auguró que, con la caída de los precios de los pisos, subiría el paro y se hundiría el consumo. "Por eso el ministro niega la evidencia. Porque estuvo en su mano diseñar una política fiscal coherente con la política monetaria" para que la vivienda se revalorizara poco a poco. "El legado de Rato es buenos resultados a corto y problemas a medio plazo", concluyó. Lo que nunca esperó Fernández Ordóñez es que él heredaría ese legado. De manera inesperada, por el atentado del 11-M, el PSOE llegó a La Moncloa y él recibió el bombón envenenado. Con el cambio de gobernador, la burbuja empezó a enfriarse por puro contagio de la crisis internacional, no porque Ordóñez hiciera nada para pincharla. Desde el Banco de España se apunta ahora que hubiera sido exagerado hundir más el sector inmobiliario, ya que se estaba cayendo solo. De hecho, en los discursos de Ordóñez se insiste en la necesidad de reducir el endeudamiento de las familias y empresas, así como en las reformas estructurales en pensiones y mercado de trabajo, que tantos enfrentamientos le supuso con algunos ministros del Gobierno de Zapatero, pero no hay tantas referencias a la burbuja. "Ordóñez es un gobernador que tiene dentro un ministro de Economía, y le preocupa más la macroeconomía que las entidades financieras", comenta Martínez, de CCOO. La frase resume la crítica más común: ha estado más pendiente de las pensiones y los temas laborales que de la reestructurar las cajas, en lo que ha tardado tres años. Mientras todos lo hacían, el Gobierno decía que "el sistema español es de champions league" gracias a las provisiones anticíclicas. Después la crisis perforó las barreras y no se hizo la reestructuración necesaria. El Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB) destinó 11.500 millones en julio, pero nueve meses después ha advertido que faltan 15.152 millones más de capital. En su defensa, la institución argumenta que no ha tenido capacidad de luchar contra las Comunidades Autónomas hasta ahora, con el Real Decreto. Sin embargo, muchos critican la torpeza en la solución de la crisis de Caja Castilla La Mancha, la tardanza en atajar la quiebra de Cajasur y el error de aprobar fusiones regional con criterios políticos. "El Banco de España no ha querido meterse con las cajas por no molestar al PP y al PSOE. Ordóñez es un hombre del PSOE. La política y el temor a tener problemas judiciales han restringido su margen de acción", dicen algunos. Vicente Cuñat, coincide con el argumento y añade: "En la actuación de CCM el banco fue excesivamente cauto y sentó un precedente para otras situaciones como la de Cajasur. Las fusiones frías han estado claramente influidas por criterios políticos más que de eficiencia". Desde el organismo dicen que "¿Era predecible la crisis de la deuda soberana y el hundimiento de Irlanda? Nadie lo anticipó. Sin estos acontecimientos, las entidades hubieran sobrevivido gracias a las provisiones anticíclicas", apuntan desde la institución, y recuerdan que el sector ha saneado más de 100.000 millones hasta ahora. Desde fuera, el Banco de España parece una fortaleza compacta. Desde dentro no se cuestiona el baluarte que supone para la economía y el sistema financiero, pero se ven grietas. "El poder está en el Gobierno y, cada vez más, en la banca", dice un inspector del Banco de España. "¿Es normal que Luis Ángel Rojo sea consejero del Santander y que el que fuera su ex subgobernador, Miguel Martín, presida la patronal bancaria?".

Supervisores sin bomba:
En Suecia y Canadá no estallaron las burbujas inmobiliarias ni han tenido crisis bancarias como las de sus vecinos. Para algunos economistas sean convertido en buenos ejemplos de cómo tener bajo control una situación complicada. Paul De Grauwe, profesor de Economía Internacional en la Universidad Católica de Lovaina, cree que "el Banco de Suecia lo hizo mal en su crisis bancaria de los años noventa. Después de la experiencia, aumentó los controles sobre el sector y ha evitado una segunda crisis financiera. Charles Wyplosz, profesor de Economía Internacional en el Instituto Universitario de Ginebra, alaba al banco sueco "por su transparencia y por la estrategia muy trabajada que está siguiendo. Sin embargo", apunta que "el Banco de Canadá es menos transparente, pero sigue una política monetaria muy clara. El Banco de España no es una autoridad monetaria porque lo ha cedido al BCE, que es demasiado complejo para tener una clara política monetaria con una transparencia limitada", apunta. Santiago Carbó, asesor de la Reserva Federal de Chicago, apunta un detalle clave. "Ni Suecia ni Canadá vivieron una política de abundancia de liquidez y bajos tipos de interés durante casi una década, como sucedió en la zona euro. El dinero abundante en la nueva moneda procedente de Alemania, Francia y Holanda buscaban donde invertir y España parecía el sitio ideal. Ese fue el cañón que precipitó todo". Ejecutivos del Banco de España ahora lamentan no haber tenido más en cuenta la crisis inmobiliaria de los ochenta y la de principios de los noventa. "No parecía que pudiera volver a ocurrir. Por cierto, los suecos resolvieron su problema con un gran banco malo donde metieron los activos inmobiliarios depreciados, lo que están pensando ahora tantas cajas...".


Bancos centrales falibles:
[El mito del banquero central:] Los responsables de los bancos centrales de todo el mundo gozan hoy de un enorme poder, reconocimiento y atención pública. El impacto de las medidas que toman o incluso que simplemente anuncian tirándose un farol es todavía inmenso. No obstante, su actuación apenas está sujeta a supervisión y, en uso del tradicional privilegio de la clase política dirigente, se encuentran cómodamente exentos de responsabilidad en caso de negligencia o error aunque sus equivocaciones puedan arrastrar un país a la ruina. Sin duda, para ellos esta es su época dorada. Todo comenzó un domingo 15 de agosto de 1971. El entonces presidente de EEUU Richard Nixon se dirigió a sus conciudadanos con su gravedad acostumbrada: “Los especuladores han declarado una guerra total al dólar americano (…)”; para defenderlo, “he ordenado al Secretario (del Tesoro) Connally que suspenda temporalmente la convertibilidad del dólar (en oro)”. Como pueden ver, ya por aquel entonces los políticos habían desarrollado ciertos malos hábitos que nos van resultando familiares: realizar anuncios importantes en fines de semana; usar su cortina de humo preferida, esto es, acusar a los habituales especuladores de todos los males económicos que puedan hacer peligrar su reelección; y servirse del embuste conocido como “medida temporal” para suavizar el impacto psicológico de medidas potencialmente impopulares (ya saben, el Impuesto de Patrimonio “temporal” de 1978 o las pérfidas subidas de impuestos “temporales” de fechas muy recientes). Pues bien, ese día de 1971 se abrió de nuevo la caja de Pandora. Los bancos centrales son el súmmum del poder sin control y del intervencionismo, es decir, el paraíso del político. Y generalmente (siempre existen honrosas excepciones) los banqueros centrales son, o pronto se convierten, en políticos o en instrumento de los políticos, para desazón de quienes aguas abajo, en el propio banco central, tratan de cumplir con su deber con profesionalidad. Al mito del banquero central se le atribuyen de oficio rasgos como “muy preparado” e independiente. Pero el rasgo más extraordinario que se le presupone es el de estar dotado de la capacidad de prever el futuro con nitidez, evitando así recesiones, logrando que la Bolsa sólo suba y, en general, haciéndonos más felices. Pues bien, esta imagen es sólo eso, imagen. Quiero centrarme en esta supuesta capacidad de prever el futuro y, para ello, me detendré en una figura bien conocida. Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal norteamericana desde 1987 hasta 2006, ha sido con toda probabilidad el más emblemático de los banqueros centrales, el paradigma. Fue reverenciado en medio mundo, tildado de “Maestro” y nombrado caballero por la Reina de Inglaterra. Mucha gente leía con enorme detenimiento sus ininteligibles discursos buscando cifrados mensajes proféticos. Sin embargo, el sentido común primero y el paso del tiempo después han demostrado que semejantes jeroglíficos eran simplemente humo, una herramienta más de marketing al servicio del mantenimiento del mito. La realidad es que Sir Alan tiene un historial de predicciones muy mediocre y se le considera, solo o en compañía de otros, el gran responsable de la creación de la burbuja de crédito cuya explosión a punto estuvo, o está, de destruir el frágil sistema financiero occidental. Posiblemente el mayor experto en Greenspan sea Fred Sheehan, a quien tengo el gusto de conocer desde hace varios años, autor del interesante libro Panderer to Power y coautor de Greenspan’s Bubbles. Es difícil que Sir Alan invite a Fred a tomar el té, porque el minucioso estudio que éste realiza de las Actas de las reuniones del principal órgano de decisión de la Reserva Federal (el FOMC) en los años de presidencia de Greenspan y de sus comparecencias ante Congreso y Senado no deja precisamente en buen lugar al mito. Suele ocurrir: los mitos se construyen sobre la ignorancia o, más frecuentemente, sobre el olvido de los hechos. Miren cómo fueron sus comienzos. En 1987 tuvo lugar el hearing de Greenspan ante el Senado, esto es, la audiencia a la que tienen que someterse ciertos altos cargos de EEUU antes de ser nombrados. El presidente del Comité de Banca del Senado era entonces el senador William Proxmire. Éste, con gran diligencia, había obtenido una compilación de predicciones económicas escritas por Greenspan en los diez u once años anteriores, tanto en el sector privado como en el público. Después de leer los datos en voz alta, calificó el historial predictivo del candidato como “funesto”. Greenspan intentó defenderse con uno de sus galimatías pero ante la firme insistencia del senador y la evidencia de los hechos terminó reconociendo que “los números son los que son”, añadiendo con descaro que si sus predicciones habían errado más que las de otros “se alegraba por ellos y lo sentía por él”. El paso del tiempo, desgraciadamente, no hizo que las habilidades predictivas de Sir Alan mejoraran. Por ejemplo, en enero de 2000 se felicitaba por el nivel de la Bolsa, que justificaba ampliamente, justo dos meses antes de que el S&P 500 iniciara una caída del 50% y el Nasdaq del 80%, mientras que en 2005 alababa el exponencial incremento de hipotecas subprime como producto de la “innovación y cambio estructural”. Si Greenspan era el “Maestro”, imaginen cómo serán los discípulos. Fred me ha facilitado algunos botones de muestra sobre Ben Bernanke, su sucesor. En febrero de 2006, BB (no confundir con Brigitte Bardot) predecía que los precios del sector inmobiliario seguirían creciendo y descartaba rotundamente la posibilidad, aun remota, de su caída generalizada (desde entonces han caído un 35%); en junio del mismo año afirmaba que los bancos americanos estaban bien capitalizados (desde entonces han quebrado 458) y en mayo de 2007 no esperaba que la crisis subprime “se extendiera al resto de la economía o al sector financiero” (para qué añadir un comentario). A Greenspan y a BB les pasó desapercibida, literalmente por debajo de sus narices, la mayor burbuja de crédito de la Historia. Vaya par de centinelas: no se enteraron de nada. A este lado del Atlántico los banqueros centrales no tienen mejor historial. Al Banco Central Europeo le han cogido desprevenido las debilidades estructurales del euro, la crisis crediticia, bancaria y la de deuda soberana. Al otro lado del Canal, el Banco de Inglaterra, con gran ojo, vendió la mitad de sus reservas de oro entre 1999 y 2002 a un precio medio de 275 dólares la onza, prácticamente el precio mínimo de los últimos treinta años. No fue el único, como es bien sabido. Cualquier gestor del sector privado que hubiera hecho algo parecido habría sido despedido y su reputación hubiera quedado dañada. En el Olimpo político las cosas funcionan de manera diferente: el entonces Chancellor of the Exchequer (el equivalente a Ministro de Economía y Finanzas), gran promotor de la operación, fue ascendido cinco años más tarde al cargo de primer ministro. Ya saben, privilegios de la clase dirigente. Ningún banquero central se ha hecho famoso por tener capacidad predictiva. Es hora de desmitificar esta figura. El sistema de selección para el puesto y su sistema de incentivos una vez elegido hace que sea muy difícil que la tenga, y los efectos del poder acaban pronto con cualquier esperanza que nos quedara. Entonces, si la capacidad predictiva de estos políticos llamados banqueros centrales, limitados y falibles, sujetos en tantas ocasiones a las patologías típicas del poder, es tan mediocre, ¿debemos sentirnos tranquilos ahora que la desesperación de los endeudados gobiernos occidentales les ha transformado en la última línea de defensa del sistema? ¿Existe algún modo de independizar la política monetaria de las debilidades de sus decisores? A éstas y otras cuestiones que nos afectan directamente trataré de contestar en la segunda parte de este artículo. (Fernando del Pino Calvo-Sotelo, 07/09/2012)


Bancos centrales:
Políticas monetarias peligrosas: En la primera parte de este artículo he pretendido contribuir a desmitificar la figura del banquero central basándome en su muy mediocre historial predictivo. Sus decisiones están en demasiadas ocasiones sesgadas por las dinámicas del poder y de la imagen, el cortoplacismo asociado a los ciclos políticos y, cuando la tormenta se desata, el pánico. Pero el mayor sesgo de todos es la ilusión de control, por la que el ser humano tiende a sobrevalorar su capacidad de controlar su entorno y su destino. En mi opinión, la complejidad de este ecosistema llamado economía es tal que la pretensión de controlarlo e influirlo con la precisión con la que uno conduce su coche es arrogante e ilusoria y así caemos, una y otra vez, en manos de la sempiterna Ley de las Consecuencias Imprevistas. Atrapados por esta ilusión de control y por la arrogancia del poder, las políticas monetarias de los banqueros centrales occidentales, particularmente en la Reserva Federal, han sido las grandes responsables de la creación de la orgía de crédito cuya resaca ahora nos engulle. ¿Debemos creer que los primeros causantes de la crisis van a solucionarla? Ya hemos comentado la incapacidad de los banqueros centrales para adelantarse a los acontecimientos o para interpretar fehacientemente la realidad económica. Justificaron los mayores excesos y prestaron oídos sordos a quienes veían formarse la tormenta perfecta con preocupación. La consigna “nadie lo vio venir” es una falsedad destinada a cubrir la impudorosa desnudez de quienes se creían infalibles. ¿Qué proponen ahora? Prescindiendo de la complejidad artificial que tanto vende, la única solución que ofrecen es crear de la nada dinero nuevo, el equivalente a billetes calentitos recién salidos de la imprenta, para repagar unas deudas excesivas. La idea no es nueva, ni es tampoco demasiado brillante. De hecho, la tentación de imprimir billetes es muy antigua y ha demostrado ser prácticamente irresistible. A lo largo de la Historia, esta práctica cercana a la alquimia ha constituido la huida hacia delante preferida por los políticos cuando el nivel de deuda en que han incurrido se ha convertido en insostenible. En tiempos anteriores al papel moneda la “solución” consistía en reducir el contenido de metal precioso en las monedas, como ocurrió con el denario romano. En el s. IX, el emperador chino Hien Tsung utilizó por primera vez papel moneda para hacer frente a una escasez de cobre. El experimento funcionó durante tres siglos hasta que la tentación de imprimir más billetes llevó a una inflación sostenida que convenció a los chinos a volver a la plata, la cual continuarían utilizando hasta el s. XX. Gobiernos desesperados, desbordados por los acontecimientos, esclavos de su propio pasado derrochador y el oprimente peso de una deuda descontrolada han recurrido a esta fácil solución desde tiempos inmemoriales. Es el capítulo final habitual de las crisis de deuda soberana y a la larga nunca ha acabado bien. Pretender que esta vez va a ser diferente es risible. Los efectos secundarios de las políticas laxas En un documento publicado este mes de agosto por la Reserva Federal de Dallas, William White argumenta que las políticas monetarias ultra-laxas pueden amenazar la salud de las entidades financieras, el funcionamiento de los mercados financieros y la independencia de los bancos centrales, así como alentar comportamientos imprudentes por parte de los gobiernos. Sorprendentemente no menciona la palabra inflación pero aun así, con semejantes efectos secundarios, ¿cómo puede recomendarse con tanta frivolidad el uso de este supuesto medicamento? En la primera parte de este artículo mencionaba a varios banqueros centrales paradigmáticos para mostrar sus graves errores de juicio. Pero el análisis de decisiones debe abstraerse de las fortalezas y debilidades del decisor y centrarse en el propio sistema de toma de decisiones. ¿Existe la posibilidad de objetivar la política monetaria para aislarla de las debilidades del decisor? Durante unos años la Reserva Federal y otros bancos centrales han flirteado con la idea de automatizar la política monetaria a través, por ejemplo, de la Regla de Taylor, que supuestamente determina el nivel óptimo de tipos de interés en función de varios parámetros macroeconómicos. Sin embargo, nuestros banqueros centrales, constreñidos por esta limitación, no han tardado mucho en sentirse incómodos: el poder ilimitado, totalmente discrecional, siempre atrae más. De hecho, el propio John Taylor ha mostrado su preocupación por la discrecionalidad sin límite con que opera ahora la Reserva Federal. Lo explicaba en un sencillo libro cuyo atractivo subtítulo rezaba así: “Cómo las acciones e intervenciones del Gobierno han causado, prolongado y empeorado la crisis financiera” (Amén). Hoy en día es difícil exagerar el nivel de intervencionismo de los bancos centrales alentado por esta total discrecionalidad de dudosa legalidad. Cada país tiene sus propios traumas históricos en cuanto a la economía se refiere, y las políticas monetarias de cada país reflejan sin duda dichos traumas. En EEUU el trauma es el crack bursátil de 1929 y la Gran Depresión de los años treinta; el índice bursátil Dow Jones cayó en dos años y medio un 90% y tardó 25 años (¡25!) en volver en términos nominales al nivel que tenía antes del crack. En Alemania, sin embargo, el trauma es la hiperinflación de la República de Weimar, que arrasó el país. Bernanke piensa que todos los problemas se solucionan imprimiendo más billetes. El alemán Weidmann, del Bundesbank, piensa que todos los problemas nacen de imprimir demasiados billetes. Dos visiones contrapuestas destinadas a colisionar. En EEUU, la Reserva Federal tiene un doble mandato: estabilidad de precios y máximo empleo (Bernanke, hay que añadir, se ha inventado un tercer mandato: asegurarse que la Bolsa no baje). La segunda parte fue introducida en 1977, época en la que el intervencionismo socialista estaba de moda y permeaba la mayor parte de las leyes que se aprobaban, como ejemplifica nuestra propia Constitución. Este doble mandato ha sido la excusa perfecta para hacer una interpretación amplísima y abusiva del mismo. En Europa, el Banco Central Europeo tiene el mandato único de estabilidad de precios, pero da igual porque en la Europa del euro no existe el imperio de la Ley. Ya sabemos que no hay mandato, tratado o ley que valga cuando un político euro fundamentalista entra en pánico. Claro ejemplo de ello son las piruetas de que hace gala el BCE para comprar deuda de países en dificultades, directa o indirectamente, o aceptar como garantía activos sobrevalorados de indudable pésima calidad. El exceso de deuda no se cura con tipos bajos Los banqueros centrales occidentales están haciendo un experimento masivo con nuestro dinero. Han multiplicado el tamaño del balance de los bancos centrales, los han llenado de activos de poca calidad y han mantenido una política de tipos de interés completamente artificiales. Así, han destruído el concepto de activo sin riesgo y eliminado, por tanto, la base de valoración de cualquier activo. Un problema de exceso de deuda causado por tipos demasiado bajos no puede ser resuelto con tipos aún más bajos y más deuda. Las adicciones no se curan incrementando la dosis, sino pasando por el dolor del síndrome de abstinencia. Ludwig von Mises decía que la tarea del economista era predecir los efectos remotos de una medida para impedir que al remediar un problema en el presente se estuviera plantando la semilla de un problema mayor en el futuro. Nuestros banqueros centrales están mostrando de forma flagrante que no están a la altura de esta tarea. Primero nos hicimos adictos a la deuda. Ahora nos estamos haciendo adictos a imprimir billetes. Si seguimos así, la Historia dice que esto acabará en un desastre, así que debemos parar esta huida hacia adelante antes de que sea tarde. Posponer lo inevitable se ha convertido en un juego muy peligroso. (Fernando del Pino Calvo-Sotelo, 09/09/2012)


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