China 2010             

 

China: Terminal portuaria China: Fases de crecimiento hasta 2009:
Al morir Mao Tse Tung, en 1976, la economía china era una economía planificada y subdesarrollada. En la mayoría de los pueblos sólo se podían adquirir productos locales, puesto que los mecanismos de distribución, a escala nacional, eran inexistentes; la mayor parte de los bienes de consumo estaban racionados y los de consumo duradero apenas existían; en las transacciones interindustriales, los productos básicos dependían de la planificación, con precios fijados por la Comisión de Precios del Estado, sita en Pekín. En 2007, la economía china era ya la cuarta economía del mundo, por tamaño, tras las de EE.UU., Japón y Alemania, y con un PIB muy similar al alemán. ¿A qué se debe esa transformación? Ante todo, a un ritmo de crecimiento anual muy elevado: de 1982 a 2007, el ritmo de crecimiento medio real de la economía china fue de 9,85% interanual; lo que quiere decir que, en ese lapso, el tamaño de su economía se doblaba cada siete años. Y ¿a qué responde ese elevadísimo crecimiento? A las reformas iniciadas a finales de los años setenta, organizadas de forma secuencial y sin perder de vista la realidad; se trataba, en frase atribuida a Den Xiaoping, de cruzar el río pero sin dejar de notar las piedras bajo los pies. De ahí que el proceso se pueda dividir en cinco fases. En la primera (1978-1984) se descentralizó la actividad agrícola, se elevaron los precios de sus productos y se permitió, a algunas empresas estatales, retener beneficios como premio a la eficacia; en la segunda (1984-1988) la atención se centró en los sectores industriales: se flexibilizaron precios y salarios, en algunos de ellos, las empresas tuvieron que pagar impuestos y catorce grandes ciudades costeras fueron autorizadas a realizar operaciones de comercio exterior y a aceptar inversiones extranjeras. La apertura continuó en las dos siguientes fases -1988-1991 y 1992-1997-, si bien las autoridades se vieron obligadas a aplicar medidas estabilizadoras para tratar de frenar la creciente inflación; de todas maneras, en 1992 se produjo lo que podríamos denominar un salto ideológico al declarar el Partido Comunista, por influencia de Den Xiaoping, que la economía de mercado no era incompatible con los ideales socialistas y que, por tanto, se trataba de instaurar una economía de mercado socialista. En la quinat fase, iniciada en 1992, la apertura de la economía china ha continuado, con internacionalización creciente. La estrategia económica china no difiere sustancialmente de la de otros países asiáticos de rápido crecimiento. De lo que se trata es de impulsar la exportación, la variable clave en el proceso de crecimiento, para lo cual cuenta con una oferta ilimitada de mano de obra a coste reducido, con una elevada tasa de inversión, resultado del bajo consumo interno y con flujos abundantes de inversión directa exterior, atraída por los bajos costes de la mano de obra y por la firme disciplina laboral. Tanto es así que, en pocos años, China ha pasado a ser, en estos comienzos del siglo XXI, el taller del mundo, como lo fuera el Reino Unido a mediados del siglio XIX. Ya no es, por otro lado, un productor de bajo coste al que desplazar actividades intensivas en mano de obra; es, también, un productor y exportador de tecnología avanzada que compite no sólo con otros países emergentes sino también con muchos países industrializados. De ahí que muchas de las grandes empresas de estos últimos países, como Toshiba, Goodyear, Motorola o Phillips se hayan instalado en China, como lo han hecho en el sector de grandes almacenes, Wal-Mart o Carrefour, distribuidores importantes de productos chinos.

La transformación de la economía china, a través del impulsoexportador, requiere importantes cantidades crecientes de materias primas y de recursos energéticos, con el consiguiente efecto sobre los precios internacionales. China es el primer importador mundial de metales y carbón, pero en muchos otros productos primarios, desde alimentos a petróleo, es también un importador de gran peso. Razón por la cual el gobierno chino se ha convertido, con el tiempo, en una fuente de inversión directa exterior encaminada no sólo a disponer de materias primas sino también a mejorar sus niveles tecnológicos, su capacidad de gestión empresarial y, por supuesto, a ampliar mercados. El saldo de inversión directa exterior en 2006 era de 762.000 millones de dólares -sumados los de China y Hong-Kong-, teniendo como principales destinos varios de los países asiáticos, algunos de los países desarrollados -por ejemplo, EE.UU.- y, en los últimos años, Africa. El continuo saldo positivo de la cuenta corriente china -alimentado por los superávit de la balanza comercial y por los ingresos derivados de su inversión exterior-, más la inversión exterior directa hacia China, ha hecho que la reserva de divisas del país sea, en la actualidad, la mayor del mundo: a finales de 2007 la reserva se situaba 1,52 billones de dólares, cifra que ha seguido creciendo en 2008. parte importante de esa reserva está invertida en activos públicos norteamericanos, denominados en dólares, lo que hace suponer a las autoridades norteamericanas que el objeto no explicitado de esas adquisiciones es evitar que el dólar se deprecie significativamente frente al yuan y encarezca la exportación china de manufacturas al mercado USA: China, convertida ya en el segundo exportador del mundo, un 9% de la cuota mundial, tiene en EE.UU. su primer mercado, con un 27% de su exportación total. Analizada la trayectoria de la economía china durante estos veinticinco años, y vistos sus impresionantes resultados, cabe preguntarse si existen límites a ese rápido crecimiento y si, efectivamente, será China, hacia la mitad del presente siglo, la primera economía del mundo por tamaño. Pregunta de difícil respuesta porque la apuesta está rodeada de incertidumbre.

La primera gran incertidumbre nace de lo que podríamos denominar el vértigo de las cifras. En la actualidad, el ahorro nacional chino se sitúa alrededor del 45% del PIB y la inversión nacional en el 40%. Más aún, más de un tercio del ahorro prcede de los hogares, porcentaje muy superior al de cualquier país desarrollado. En los últimos 15 años las exportaciones chinas han crecido a una media del 20% interanual, porcentaje que se ha acelerado desde que, en 2001, se incorpora a la Organización Mundial de Comercio. Tanto la inversión como la exportación han sido variables clave en su proceso de crecimiento, pero hay que preguntarse si en los próximos años el ahorro nacional podrá mantenerse en esos niveles y si el resto del mundo, con EE.UU. a la cabeza, estará dispuesto a absorber los grandes saltos de la exportación china.

La segunda gran incertidumbre reside en las desigualdades generadas por el propio proceso de crecimiento. No olvidemos que la modernización de la economía china se ha producido en el este y en el medio urbano, lo que ha dado lugar a que la renta por persona y año en Shangai sea doce veces mayor que la de la provincia de Guizhon, una zona rural del oeste de China. Esa situación se compadece mal con un gobierno y un partido que han apostado por el crecimiento pero que no pueden desentenderse del problema de la redistribución de la renta, problema que conduce, necesariamente, a la tercera de las grandes incertidumbres: la propia legitimidad de un sistema que trata de conjugar el marxismo-leninismo-maoísmo, de partido único y dirección central, con el capitalismo más boyante en el que vive sólo un porcentaje reducido de la sociedad china. Cierto es que, hasta el momento, la pericia de los dirigentes chinos ha conseguido que el país avance por ese doble carril contradictorio, que ya ha hecho aparecer algunas grietas en un partido único que se supone monolítico. Pero la habilidad política ¿podrá mantener el equilibrio siempre y, sobre todo, podrá hacerlo cuando el sector privado haya alcanzado tal fuerza e influencia que ponga en peligro el poder decisor del Partido Comunista chino. La cuarta incertidumbre tiene que ver con la corrupción, mal que aqueja a todas las sociedades, pero que impregan de arriba a abajo, a los regímenes dictatoriales, regímenes en los que el proceso político no es competitivo y en los que la libertad de prensa es inexistente. Según Maxin Pei, la corrupción se ha generalizado en China, sobre todo en los proyectos de infraestructura, en la adjudicación de terrenos, en el sector financiero y en la designación de cargos públicos. Para este experto en temas chinos, el monto de la corrupción puede haber alcanzado, en 2003, el 3% del Producto Interior Bruto del país y constituye, hoy por hoy, una actividad muy rentable y poco arriesgada, lo cual hace suponer que, si la tendencia continúa, las complicaciones institucionales tenderán a debilitar los ritmos de crecimiento. La quinta incertidumbre se refiere, necesariamente, al impacto de la crisis actual, crisis que necesariamente reducirá su crecimiento; aunque sólo sea por la contracción de sus mercados de exportación. En 2007, la exportación china de bienes de equipo supuso el 37% de su PIB, lo que significa que la recesión que aqueja a sus principales clientes -EE.UU, Europa y Japón- tendrá efectos negativos sobre su ritmo de expansión. Y, para China un crecimiento inferior al 8% no permite dar empleo a los 7 millones de personas que cada año se suman a su fuerza laboral, lo que aventura un tiempo de incertidumbres y protestas sociales. (J.Requeijo, 2009)


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