Crisis: Etica             

 

Crisis: Etica:
Esta ideología se basa en la convicción de que todos somos rehenes de la cultura del dinero De lo mucho que se ha hablado hasta ahora de la crisis económica hay dos aspectos que resultan sorprendentes: el tratamiento de la economía como una ciencia pura que no admite discrepancias y su carácter aséptico, desvinculado de cualquier ideología. Parece como si todo lo que nos está pasando sea irremediable, que nadie sea responsable de nada, que nadie sea dueño de su vida y que todos aceptamos resignadamente las consecuencias deshumanizadoras de una enfermedad que nos destruye como personas y como sociedad y que no somos capaces ni de reconocer. Se intentan obviar las raíces ideológicas de todo lo que nos sucede, cuando no parece absurdo situar el origen de la crisis actual en los mandatos de Reagan y Thatcher y su acentuación tras la caída del muro de Berlín. Mucha gente celebró el colapso del comunismo, incluyendo buena parte de sus partidarios, decepcionados por la deriva totalitaria del sistema.


Entonces hubo un cierto consenso en la creencia de que el único sistema económico mundial viable era la economía de mercado que, mediante unas reglas establecidas, debía conciliar libertad individual y justicia social, libre competencia e igualdad de oportunidades. Pero pronto alguien se aventuró a anunciar que se había acabado la Historia y se extendió la idea de que también se habían acabado las ideologías. Progresivamente, el espacio hegemónico que hasta entonces habían ocupado las ideologías lo ocupó el dinero, nunca reconocido como ideología. La exhibición del dinero pasó a ser uno de los principales reclamos mediáticos y sociales, la principal forma “de ser alguien”. Llegados a este punto se puede considerar que la raíz de nuestra situación actual obedece a una ideología de una sola idea, la del dinero. No es el capitalismo regulado, sino la forma más salvaje de capitalismo despojado de cualquier aspiración moral que solo responde a los intereses de lo que podríamos denominar como la EDE, la Extrema Derecha Económica. Extrema, por su darwinismo social. Derecha, porque su referente es el dinero. Económica, porque se estructura en base a un mundo solo económico donde impera la anomia social y donde no importan la degradación humana y ecológica. A diferencia de la exuberante Extrema Derecha Política que conocimos en el siglo pasado, la EDE del siglo XXI tiene un eje determinante: la opacidad. Desde el anonimato, a través de un sujeto colectivo impersonal —los mercados— ha ido marginando la economía productiva en beneficio de la economía especulativa, dejando a millones de personas sin trabajo por el camino y tentando a empresas responsables a buscar salidas irregulares. El circuito de esa EDE parece especialmente perverso: eliminación de regulaciones sociales, disminución de impuestos a la gente con mayores recursos, bendición de los paraísos fiscales, la corrupción y el fraude fiscal, rechazo de todo espacio público y desprestigio de la política. Desde Reagan a Clinton, desde Schröder a Merkel, desde Blair a Cameron o desde Aznar a Zapatero, todos parecen haberse arrodillado ante las exigencias de los mercados. En nombre del crecimiento ilimitado, dieron su apoyo incondicional a la economía especulativa desprestigiando la propia política y olvidando qué tipo de sociedad y qué tipo de progreso estaban potenciando. Y aquí estamos, en un mundo narcotizado por el imperio de la codicia. Recordando a Erich Fromm, la cultura del tener desprecia los valores del ser. Así la EDE se encarga de recordar a quien fomente cualquier otro valor que no sea el del dinero (esfuerzo, responsabilidad, honestidad, cultura) que eso de los valores éticos (solidaridad, generosidad, sensibilidad, empatía) es cosa de ingenuos. ¿Esa es la sociedad que queremos? La gran fuerza de esa EDE estriba en su convicción de que todos somos rehenes (con síndrome de Estocolmo) de la cultura hegemónica del dinero a la que hemos ayudado a contribuir con nuestras acciones o silencios. La EDE es consciente que con la adoración a la cultura del dinero abríamos la puerta al individualismo más feroz y al consumismo más voraz. Detrás de esa puerta se escondían impagos, frustraciones, depresiones, insolidaridad, vacío personal y, sobre todo, mucho miedo (hipotecas, desempleo, inseguridad). Y el miedo provoca parálisis personal y desmovilización social. Estamos ante una encrucijada esencial. Ahora más que nunca hemos de tener coraje para mirarnos al espejo y ver qué estamos dispuestos a hacer, como sociedad y como personas. Nos necesitamos todos y necesitamos lo mejor de la política. Si reconocemos el origen ideológico de la crisis, podremos analizar ideológicamente las salidas y debatirlas políticamente. ¿Acaso no fue ideológico permitir al mundo financiero la brutal irresponsabilidad de las hipotecas basura que ha originado esta crisis mundial? ¿Y las soluciones posteriores a Lehman Brothers? ¿No actúan ideológicamente las agencias de calificación y los tecnócratas? Albert Camus nos alertó de que la peste se propaga a través de lo más oscuro del ser humano. Hace algunos años, en un aeropuerto extranjero, me topé con una inmensa pared en la que solo había un diminuto anuncio publicitario. Se veía la imagen de una tarjeta de crédito y debajo se leía: “Todo lo demás es exceso de equipaje”. Si esa Extrema Derecha Económica consigue que nuestro exceso de equipaje sean los sentimientos, la relación con los demás, la exigencia de dar un sentido a nuestras vidas y reivindicar una sociedad más justa para nuestros hijos, es posible que la peste esté cerca. Entonces cabría preguntarnos por el motivo del propio viaje y hacia dónde nos dirigimos realmente. ()


Privatizar:
[¡quien privatiza a los politicos?] Hay que buscar las razones de la degeneración intelectual de parte de la clase política. Es un deber de la sociedad descubrir las razones ocultas de las privatizaciones. ¿Cómo recuperaremos lo que hemos perdido? La defensa de lo público hace vivir la democracia. Hay, por supuesto, opiniones en contra que parecen apoyarse en ese latiguillo de la libertad individual para fomentar la riqueza; de la libertad de emprender, de crear, que se oculta bajo la oscurecida palabra de liberalismo. No se puede negar la importancia de los llamados bienes de consumo que, al parecer, la economía y los economistas administran. Pero el verdadero sustento de la sociedad, de la vida colectiva tan importante como la vida de la naturaleza, es la educación, la cultura, la ética. Ellas son las verdaderas generadoras de riqueza ideal, moral y material. La democracia, que nació como lucha hacia la igualdad por medio de la reflexión sobre las palabras y por el establecimiento de unos ideales de justicia y verdad, no puede rendirse a las privatizaciones mentales de paradójicos libertadores. Sin embargo, apenas se insiste en el hecho de que la crisis que padecemos es una crisis que tantos competentes expertos, siguiendo el principio de la libertad y la competitividad, no han sabido evitar, ni tampoco las diversas burbujas -sobre todo las propias burbujas mentales- que inflaban y aireaban. Burbujas que, parece ser, les han permitido construir sin que nadie les pida responsabilidades por sus liberadas y productivas ganancias. No es, sin embargo, una discusión sobre problemas económicos, cuyos entresijos y burbujeos desconocemos, a lo que voy a referirme, aunque haya siempre un principio de honradez y verdad en el que, seguro, todos nos entenderíamos. Aludiré únicamente a una de esas frases vacías que hincha las palabras de ciertas oligarquías. Desde hace años, de nuevo en estos días, como manifestación del menosprecio por la enseñanza pública y por sus profesores, se habla de la libertad de los padres para elegir el centro en el que educar a sus hijos. Esa defensa libertaria no tiene que ver con el deseo de que se practique en la educación una verdadera libertad: la libertad de entender, de pensar, de interpretar, de desfanatizar, de sentir. Libertad que, por encima de todas las sectas, debería fomentar la combatida Educación para la Ciudadanía y la identidad democrática. Una libertad que enseñase algo más que la obsesión por el dinero y por el solapado cultivo de la avaricia. A lo mejor, esa educación les obligaba a dimitir a algunos personajes de la vida pública, por vergüenza del engaño que arrastran y contaminan. Mejor dicho: haría imposible que se dieran semejantes individuos. Ese sermoneo se funda sobre todo en el fomento de la privatización de la enseñanza que alimenta el dinero y la desigualdad. ¿Pueden gozar de esa libertad todos los padres? ¿También los de los barrios más modestos de las grandes ciudades? ¿Pueden ser libres para mandar a sus hijos a esos colegios privados? Centros que proliferan por nuestro país y que apenas pueden compararse, a pesar de sus supuestas y publicitadas excelencias, con cualquier colegio o instituto público de Francia o Alemania. Por lo visto los padres franceses o alemanes ni siquiera se han planteado esa posible libertad que, lógicamente, no necesitan. En ese mismo derrotero andan algunas universidades, que anuncian sus excelencias pregonando que “los alumnos encontrarán las profesiones que les permitirán colocarse rápidamente en la empresa”. ¡Magnífico ideario para fomentar la vida universitaria, la pasión por el saber, el crear, el innovar! En el fondo, toda esa propaganda libertaria es fruto de planteamientos políticos, de dominio ideológico, de sustanciosos prejuicios clasistas, que con doble o triple moral predican libertad, cuando lo que realmente les importa, aunque quieran engañarse y engañarnos, es el dinero. Solo por medio de una ideología de la decencia, de la justicia, de la lucha por la igualdad, tan problemática siempre, puede alzarse el sistema educativo de nuestro país, de todos los países. No puedo por menos de citar un texto de Giner de los Ríos, entre muchos de los que podrían citarse del olvidado precursor: “El dogmatismo, el dominio sectario sobre los espíritus, el afán de proselitismo doctrinal, tantas otras formas de opresión y de coacción muestran cómo esa tutela se corrompe, y en vez de disponer gradualmente al hombre para su emancipación procura disponerlo para perpetuar su servidumbre”. En este punto tendríamos que preguntarnos: ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Qué palabras huecas, convertidas en grumos pegajosos aplastan los cerebros de los que van a administrar lo público, o sea lo de todos, si la corrupción mental ha comenzado por deteriorar esas neuronas que fluyen siempre hacia la ganancia privada? No se entiende bien cómo a esos destructores de la idea de lo público les votan aquellos que perderían lo poco que tienen en manos de tales personajes. A no ser que la mente de esos súbditos haya sido manipulada y, en la miserable sordidez de la propia ignorancia, esperen alguna migaja, algún botón del traje que viste el supuesto partido político que les arrastra. Habrá, como digo, que ir estudiando las razones que mueven el comportamiento de esos padres de la patria que tienen el deber de organizar, no para su provecho y el de sus amigoides o amigantes, eso que se suele llamar, más o menos acertadamente, el bien común. Un pueblo “maravillosamente dotado para la sabiduría”, como decía Machado, y al que hay que dar ejemplo para que no pierda el sentido de la justicia, de la honradez. Es importante conocer en los defensores de la libre empresa, en los apóstoles de la privatización, qué empresa, ideología, fanatismo, les ha privatizado a ellos. Porque se trata de evitar que la patología individual de esos sujetos se convierta en patología, donde se hunde la vida colectiva. Es un deber de la sociedad investigar y descubrir las razones ocultas de las privatizaciones. Parece que la raíz de todas ellas, con independencia de determinadas claves genéticas, brota también de la educación, de los ideales que, al abrirnos al mundo del saber y la cultura, hayan acertado a enseñarnos aquellos en cuyas manos está alumbrar la inteligencia y la sensibilidad. Las opiniones que se clavan en las neuronas y que determinan la forma de actuar sobre las palabras y sobre aquello a que esas palabras nos empujan, proviene de esos reflejos condicionados que, desde la infancia, han aprisionado nuestra manera de ver e interpretar el mundo. Podemos intuir que la degeneración intelectual de buena parte de la clase política, y de los llamados emprendedores -los que, por ejemplo, emprendieron la destrucción de nuestras costas-, procede de esos conglomerados ideológicos en los que se mezclan, con la indecencia, alguno de los males a que se ha aludido. ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Quién nos devolverá, en el futuro, la vida pública, los bienes públicos, que nos están robando? (Emilio Lledó, 04/10/2011)


Valores:
Insiste un buen número de economistas, neoliberales y de los otros, en afirmar que la ausencia de algunos valores éticos no ha tenido influencia en la crisis que venimos padeciendo desde 2007 y que tiene angustiados a países como el nuestro. Según ellos, las crisis se han sucedido a lo largo de la historia y habría que suponer entonces que los vicios que las causan son consustanciales a la naturaleza humana. Y la verdad es que tienen razón en afirmar que la posibilidad de desarrollar vicios y también virtudes es consustancial a los seres humanos, pero convendría recordar la lección de aquel jefe indígena que contaba a sus nietos cómo en las personas hay dos lobos, el del resentimiento, la mentira y la maldad, y el de la bondad, la alegría, la misericordia y la esperanza. Terminada la narración uno de los niños preguntó: ¿cuál de los lobos crees que ganará? Y el abuelo contestó: el que alimentéis. A los economistas neoliberales, y no sólo a ellos, les gusta ignorar estos relatos y creer que de los vicios privados a veces surgen buenos resultados para la vida económica y de las virtudes privadas a veces surgen malos resultados. Por eso prefieren atenerse al viejo dicho “lo que no son cuentas son cuentos” y asegurar que la economía sigue su curso sin que le perjudiquen la codicia o la insolidaridad, que quedarían para la vida privada. A su juicio, quienes mantienen que la falta de valores éticos perjudica a la vida pública son moralistas anacrónicos. Mala cosa el moralismo, eso es verdad. Mala cosa la prédica empalagosa y ñoña en que consiste. Pero sucede que no se trata de eso al recordar que los valores morales son efectivos en la vida pública, sino de distinguir, como hacía Ortega, entre estar altos de moral o desmoralizados como dos actitudes que posibilitan o impiden –respectivamente- que las personas y los pueblos lleven adelante su vida con bien. Qué duda cabe, siguiendo a Ortega, de que una persona o un pueblo desmoralizados no están en su propio quicio y vital eficacia, no están en posesión de sí mismos y por eso no viven sus vidas, sino que se las hacen otros, no crean, ni fecundan, ni son capaces de proyectar su futuro. Y a la desmoralización hemos llegado los españoles no sólo por lo mal que se han hecho las cuentas, sino también porque se han disfrazado con cuentos perversos, como el de la contabilidad creativa, como el de los controladores que no sacaron a la luz los fallos en lo que supuestamente controlaban, como las mentiras públicas sobre lo que estaba pasando, como el empeño en que asumieran hipotecas quienes difícilmente podrían pagarlas, como la constante opacidad y falta de transparencia, como la ausencia de explicaciones veraces de lo que estaba ocurriendo. Cuando a todo ello se suma que las presuntas soluciones vienen de recortar empezando por los más débiles, por los que menos responsabilidades han tenido en la catástrofe, parece difícil creer que la falta de ética (de competencia, mesura, transparencia y responsabilidad) no tiene nada que ver con todo esto y que sólo la mala suerte económica nos ha llevado donde estamos. Pero como tal vez la principal característica del ser humano es la libertad, la capacidad de tomar la iniciativa, de coger las riendas de la propia vida, personal y compartida, es urgente emprender medidas que ayuden a cambiar el desmoralizador curso de las cosas, y quisiera proponer al menos las siguientes. Optar por la verdad y la transparencia sería una de ellas. La sana costumbre de contar desde el poder político y el económico lo que ocurre y proponer lo que podemos hacer, explicando el proyecto que se tiene por delante. Poner tasas a las transacciones financieras, en este mundo de capitalismo financiero, que es preciso replantear radicalmente. Si es cierto que el capitalismo emprendedor se transformó en el corporativo y desde mediados del siglo XX en capitalismo financiero, limitar su expansión es urgente y, como mínimo, utilizar sus recursos para los peor situados. Apostar por la ejemplaridad, de la que Javier Gomá habla en las páginas de este diario, y no sólo en ellas, ejercer de forma ejemplar la función política, la judicial, la actividad de la empresa y la de cualquier profesión, no como algo excepcional, sino como un sobrentendido. No empezar por recortar por lo más fácil, por los más débiles, sino por exigir la devolución de lo que se ha robado y reducir los sueldos de los implicados en la mala gestión. Proteger a los más vulnerables, a los enfermos, los inmigrantes, los dependientes, los países en desarrollo, los niños. Y no sólo porque es la forma de lograr cohesión social, sino porque es su derecho de justicia, amén de una elemental obligación de solidaridad. Acometer medidas de crecimiento, generadoras de empleo, que para quienes cuentan con capacidad creadora no tienen porqué ser incompatibles con los ajustes. Tratar de recordar lo que nos une y respetar lo que nos separa, porque agitar sólo lo que puede separarnos es, hoy más que nunca, letal.


Sociedades egoístas:
A la población de los Estados europeos se le pide sin cesar que acuda en ayuda de quienes están aún peor, ya sean víctimas de desastres naturales, o de guerras civiles e internacionales, o del abandono de sus dirigentes. ¿Pero dónde encontrar razones para auxiliar a los demás y, por tanto, aceptar los sacrificios? Primera respuesta que sugiero: en la moral. La gran tesis de las religiones monoteístas, recuperada por la mayoría de las corrientes filosóficas, es que la naturaleza humana es perversa; si el hombre fuera virtuoso desde el principio, ¿para qué íbamos a molestarnos con tener un dios? Según esta perspectiva, la moral es una adquisición tardía y artificial; el comportamiento de los animales es obligatoriamente feroz, y el progreso de la humanidad consiste en librarnos de nuestra condición animal. Sin límites, control ni educación, los seres humanos se comportan de forma puramente egoísta, son agresores sin escrúpulos, dedicados durante toda su vida a la lucha por mejorar su posición. Esta oposición entre naturaleza y moral, realidad y voluntad, entraña un riesgo: que renunciemos a construir un dique para contener nuestros deseos y nos conformemos, en cambio, con lo que la ciencia nos enseña sobre la naturaleza del mundo. Los defensores de esta opción creyeron tener un firme apoyo en las teorías de Darwin y sus discípulos sobre la evolución de las especies. Si, para mejorar la especie, los demás animales eliminan a los débiles y defectuosos, ¿no deberíamos proceder de la misma manera en el caso de los seres humanos? Durante las primeras décadas del siglo XX, numerosos países occidentales (Estados Unidos, Canadá, países escandinavos) votaron leyes eugenésicas y llevaron a cabo esterilizaciones forzosas. La Alemania nazi adoptó una política de exterminación de personas y razas consideradas inferiores. En nuestros días trasladamos esos mismos principios a otros terrenos: si competir es la verdadera expresión de la vida, dicen los teóricos del neoliberalismo, la mejor sociedad es la que deja rienda suelta a la competencia y el mercado libre de cualquier restricción. En realidad, la posición de Darwin es mucho más compleja. Después de renunciar de forma categórica a toda idea de proyecto divino y, por tanto, de progreso, ya sea el de la Providencia o el de la historia, Darwin insiste en que la diferencia entre los animales y los humanos es una diferencia de grado, no de naturaleza. Los fundamentos de la moral también están presentes en las demás especies. Y desde hace varios decenios, unos innovadores trabajos realizados por primatólogos, especialistas en la prehistoria y antropólogos que investigan a poblaciones de cazadores y recolectores han comprobado la presencia, en los orígenes de la especie humana, de unas actitudes de compasión y cooperación sin las que nuestros ancestros no habrían podido sobrevivir. Al mismo tiempo, basta mirar alrededor para ver que las relaciones humanas no se rigen solo por la cooperación generosa. La naturaleza no nos obliga a pelear todos contra todos, pero tampoco a mostrar una buena voluntad sistemática. El buen salvaje es tan imaginario como el salvaje malo. Los dos tipos de comportamiento tienen su origen en nuestra naturaleza animal, pero el predominio de uno u otro depende de las circunstancias. El error consiste, ante todo, en ignorar uno en detrimento del otro. Ocurre aquí como con la eterna disputa entre lo innato y lo adquirido, lo dado y lo buscado: aferrarse a uno de los términos para excluir el otro puede tener consecuencias desastrosas. A la idea nazi de que las personas se reducen a su herencia biológica corresponde la convicción bolchevique de que la voluntad no tiene límites y que, tanto con las plantas como con los seres humanos, siempre se puede lograr el resultado deseado. Así es como Rusia se cubrió de una red de campos en los que se suponía que se reeducaba a la población. Las reacciones morales de compasión y cooperación dependen en particular de tres variables: el grado de proximidad entre el bienhechor y el beneficiario; el lugar que ocupa la víctima en la escala de poder; la gravedad del desastre. La ayuda mutua es evidente entre familiares próximos, está consagrada en la ley entre conciudadanos (solidaridad con los jubilados y enfermos) y está presente pero es problemática entre los países de la Unión Europea; en cuanto al resto de la humanidad, solo figura en caso de una desgracia inmensa, como un tsunami o un genocidio, o cuando se trata de víctimas impotentes, por ejemplo niños. Por otro lado, la caída de los que eran poderosos, en lugar de despertar compasión, suele suscitar en la mayoría de nosotros una especie de júbilo, como si se hubiera restablecido el orden en el mundo. Los hombres-hormigas no se compadecen de la desgracia de los hombres-cigarras, a los que consideran responsables de su propio destino. El llamamiento a la moral natural no siempre basta para superar nuestro egoísmo. También puede intervenir la razón para demostrarnos que la búsqueda del interés inmediato impide defender nuestros intereses a largo plazo. El egoísmo puro destruye a los que nos rodean, y nuestra felicidad depende de ellos: necesitamos que nos quieran, como necesitamos amar. (Tzvetan Todorov)


Valores 2:
Este mes está lleno de fiestas. La fiesta del pimiento, del tomate, de la langosta; fiestas a cada uno de los frutos y de animales. ¿A qué responde esta serie de fiestas, celebraciones y ritos? El hombre se ha puesto a la búsqueda de recursos simbólicos para encontrar sentido y así reencarnar el mundo. Se va abriendo paso la tendencia de recurrir a alternativas de la ciencia tales como el arte, el mito, la religión o lo sacro y, con más frecuencia de la que suele admitirse, lo esotérico y lo oculto. Se trata de recuperar experiencias simbólicas para llenar el vacío de significado y el extravío que siembra la máquina por doquier. En este intento no han faltado fundaciones y rehabilitaciones que no han vencido ni pueden vencer el politeísmo de los valores o, mejor dicho, el politeísmo de opciones y decisiones de fondo que, en realidad, conllevan la anarquía de los valores. Se han recuperado fiestas tradicionales pero vacías de contenido que navegan en el tiempo y en el espacio como cascarones vacíos que se convierten más pronto que tarde en simples ocasiones de bacanales y orgías. Lo formal ha prevaricado a favor de lo material, lo convencional ha embestido lo esencial. El hombre actual está atrapado por la duda y la sospecha y actúa preso al aquí y ahora. El problema no son las nuevas tecnologías ni el escepticismo ni el relativismo ni que los principios de siempre hayan caducado ni siquiera la ausencia de reglas sino que el hombre no está preparado para esta transformación del mundo y no se siente responsable. El mundo sufrió un profundo desencanto por la reducción de los principios y el desvanecimiento de los valores. Bajo la tiranía del nihilismo ya no hay virtud ni moral posibles. El paradigma perdido ha sido sustituido por el sálvese quien pueda, por la ley del más espabilado. El individuo es el principio real del pensamiento y de los intereses actuales. Estamos sin centro, sin raíces; flotando en el aire. Nuestra situación para hacer frente a la crisis se caracteriza por la impracticabilidad de los recursos tradicionales que eran el fundamento. El furor iconoclasta ha derribado las imágenes, los fantasmas y los dioses que poblaban los altares y en su lugar se han colado los demonios. La ciencia y la técnica resuelven un montón de problemas pero no producen experiencias simbólicas de sentido. Por eso han acelerado el desencanto, que pronosticó Marx Weber, la erosión, la disolución y la fragmentación de los marcos de referencia tradicionales y la imagen del mundo; no reconocen otro límite que aquello que es técnicamente posible pero no dan ni crean sentido. Su crecimiento no parece sometido a reglas ni a normas suficientemente resistentes y vinculantes para guiar nuestro comportamiento y nuestra acción dotados, por otra parte gracias a la técnica, de un inmenso poder. «El hombre es cada vez más un animal precario», dice Franco Volpi. La asociación entre ciencia, tecnología y progreso humano ya no resulta invulnerable. Se percibe una tecno-ciencia que esconde peligros puesto que se está haciendo cada vez más manipuladora del hombre y se tiene la sensación de que puede erradicar al hombre de su mundo natural y cultural. La tecnología manipula hasta los orígenes de la vida y está casi a punto de controlar el código genético del hombre, corregir su programación biológica y mejorar su patrimonio natural. No sólo se plantea el problema de la conveniencia o no de muchas investigaciones e innovaciones sino que a algunas ya se les ha puesto coto no sólo por cuestiones morales o éticas sino de conveniencia de conservación de la naturaleza, limitando así una de las conquistas fundamentales e imprescindibles de la modernidad: el principio de libertad de investigación. No basta pues con cambiar el mundo, como pedía Marx; está cambiando de manera acelerada, a veces, en contra de la voluntad del hombre; hay que interpretar el cambio para que no desemboque en un mundo en contra del ser humano o sin él. A esta situación científico-técnica hay que añadir en nuestros días la crisis financiera, económica, metafísica, moral y de tradiciones. Es decir, se han perdido los paradigmas que servían para orientarse: los mitos, los dioses, las trascendencias, los valores e incluso «la estupidez de las prescripciones y la inutilidad de las prohibiciones», en frase de Volpi. La crisis ha privado de sentido a multitud de actividades y de cosas que llenaban la vida cotidiana. Hay que volver la vista atrás, sin ánimo de venganza pero para depurar responsabilidades. Son las instituciones quienes pueden y deben de hacerlo para que los ciudadanos recuperen la confianza y la esperanza y crean en la democracia. Hay que entrar a saco en la nauseabunda realidad de la corrupción política, de la justicia y otras. La ingeniería social y económica suplanta todo valor tradicional, frente a ella la moral y la ética tienen la belleza de los fósiles. Las declaraciones de principios que proliferan por todas partes sin comprometer a nadie son la confesión velada de la ausencia de principios. La corrupción ha alcanzado el estatuto de virtud; es maña e inteligencia para hacerse rico. La falta de responsabilidad de las instituciones estimula la corrupción y la propicia. Al no haber principios no hay escrúpulos y cada uno hace lo que le viene en gana. La respuesta a la corrupción y las practicas mafiosas no se hace con estrategias sino rearmando la sociedad con principios morales y éticos y con la aplicación de la justicia. La austeridad es necesaria y hasta beneficiosa para el espíritu pero no deben practicarla sólo los ciudadanos de a pie. Muchos políticos se creen en plena comunión con el común denominador de los mortales siendo lenguaraces y vulgares. Pase lo que pase, la crisis habrá suscitado una riada de solidaridad, puesto de relieve el rol fundamental de la familia, y en especial el de los abuelos. Y habrá de mostrar que el pensamiento positivo, la providencia de los que no creen en la divina Providencia, es una tomadura de pelo, una estupidez y un intento de hacer comulgar al vulgo con ruedas de molino.


Quiebra moral de la economía de mercado:
Uno. Los argumentos económicos son insuficientes para comprender las causas profundas del desastre que estamos viviendo. No solo ha habido "fallos" de la regulación financiera y "errores" de política, como dicen los economistas. Hay algo más intrigante: una quiebra moral del nuevo capitalismo que emergió en los años ochenta del siglo pasado. Si no se toma en consideración esa quiebra moral es imposible comprender la crisis financiera de 2008. Y, lo que es más importante, tampoco se ven algunos de los destrozos que deja: la deslegitimación social de la economía de mercado; una deslegitimación que abarca a las políticas que están haciendo los Gobiernos. Es descorazonador ver cómo se utiliza el argumento del too big to fail [demasiado grande para caer] con el fin de justificar el rescate público de los bancos y el mantenimiento del empleo y sueldo a los banqueros, haciendo pagar al resto la factura con sus impuestos y recortes de gastos sociales. Esa "medicina", además de culpabilizar a las víctimas, aumentará la desigualdad. El riesgo es, entonces, el desprestigio de la política democrática y la aparición de problemas serios de gobernabilidad de nuestras sociedades. Dos. Para comprender las raíces de esa quiebra moral, es necesario cruzar las fronteras del análisis económico y adentrarse en otras disciplinas que captan mejor los fundamentos éticos de la economía, basados en valores como la confianza, la equidad, la justicia o la buena fe en las relaciones económicas; y las consecuencias negativas de la desigualdad, el fraude, el expolio o la corrupción. Esa convicción me ha llevado a coordinar un ensayo colectivo que en su propio título expresa esa necesidad: La crisis de 2008. De la economía a la política y más allá, editado en la colección Mediterráneo Económico. Junto a la opinión de economistas, incluye la de filósofos, sociólogos, historiadores, periodistas, ensayistas y novelistas. Aunque sus miradas son diferentes, la polifonía de voces no desentona. Al contrario, ofrece una visión más comprensiva, en la que las voces de los economistas se ven complementadas por la de otros pensadores y científicos sociales. Tres. Los economistas ofrecen cuatro tipos de explicaciones, no excluyentes entre sí, que descansan sobre la idea de "fallos", "errores" y "desequilibrios". La primera, atribuye la burbuja de crédito y la asunción de riesgos a los "fallos" de la desregulación financiera que propició la desaparición del viejo modelo de banca prudente y aburrida, que mantenía el riesgo en su propio balance, y fomentó nuevas prácticas ("innovación financiera") que llevaron a la toma de riesgos excesivos para esparcirlos por todo el globo. La segunda, se centra en los "errores" de una prolongada política de bajos tipos de interés practicadas en Estados Unidos (para evitar la recesión posterior a la explosión de la burbuja punto.com a inicios del 2000), y en Europa (para intentar sacar a Alemania de su anorexia posintegración). La tercera se fija en los "desequilibrios globales", que hicieron que algunos grandes exportadores de manufacturas, como China y Alemania, en vez de consumir esos ingresos crearan grandes masas de ahorro (global savings glut) que financiaron la burbuja de crédito en EE UU y en la periferia europea. Una cuarta explicación vincula la burbuja de crédito y la burbuja inmobiliaria con la desigualdad. Incapaces de hacerle frente mediante políticas redistributivas, los Gobiernos habrían utilizado el crédito barato y las políticas de desgravación a la vivienda para compensar la caída de ingresos de las clases medias y trabajadoras. El hecho de que la burbuja inmobiliaria haya sido más intensa en los países del Atlántico Norte, como España, parece apoyar esa hipótesis. Cuatro. Los no economistas dirigen la mirada hacia otro lugar. Buscan las raíces de la crisis en una "quiebra moral" de la economía que se habría producido en los años noventa. Estamos ante un fenómeno intrigante. Algo sucedió en los ochenta que invirtió la tendencia a la reducción de la desigualdad desde la II Guerra Mundial. A partir de los ochenta la distribución de la renta se hizo más desigual. Los ricos, especialmente en el sector financiero, se han hecho cada vez más ricos. Las causas no están claras. Coincidió con cambios de diverso tipo: tecnológicos (las nuevas tecnologías de la información y las telecomunicaciones), económicos (la globalización), políticos (caída del muro de Berlín) e ideológicos (aparición de la ideología del mercado libre de trabas). Pero parecen haber tenido más influencia las políticas desreguladoras y la debilitación de instituciones que ejercían un cierto control social, como los sindicatos y los medios de comunicación. La caída del muro de Berlín y del socialismo jugó un papel decisivo. Paradójicamente, no solo dejó huérfano de fundamento ético al socialismo, sino también al capitalismo. La vieja ideología calvinista, basada en la ética del esfuerzo y la responsabilidad individual, dejó paso a una nueva ideología donde la retórica de las "leyes impersonales del libre mercado" impediría juzgar la conducta de los actores desde una perspectiva moral. Es decir, la lógica del mercado haría desaparecer el libre albedrío y, por tanto, la responsabilidad individual. La economía quedaría así liberada de fundamentos éticos. Esta falacia dio carta de naturaleza al "nuevo héroe" del capitalismo. Un personaje amoral, desacomplejado, libre de cualquier tipo de cortapisas, que lo quiere todo y ahora, que busca maximizar el valor de la acción y su rentabilidad inmediata, y no a la creación de valor económico a largo plazo. Además, se beneficia del paraguas del llamado "riesgo moral": sabe que las consecuencias negativas de sus acciones no las pagará él, sino la sociedad que vendrá a su rescate. Los economistas han tenido un papel importante en esa quiebra ética. Aunque saben poco de cómo funciona el mundo real, practican una economía arrogante, basada en supuestos idealizados del comportamiento económico, que han utilizado para apoyar políticas de libre mercado. Solo una economía humilde, que reconozca que sabe poco sobre los mercados financieros, será fuente de progreso y estabilidad. Cinco. Si es cierta esta quiebra moral de la economía, la pretensión bienintencionada de que corrigiendo los "fallos" de la regulación financiera será suficiente para acabar con las conductas amorales y meter al genio de la inestabilidad financiera dentro de la botella es un wishful thinking, una ilusión interesada. La evidencia de que es una falsa solución está en la rápida reaparición de las mismas conductas de riesgo y sobresueldos protagonizadas por los responsables de las agencias de rating y de las instituciones financieras que causaron el desastre y fueron rescatadas con dinero público. Causa sonrojo ver la desfachatez con que vuelven a practicar las mismas conductas. No es que sean inmorales, son amorales. Practican un "fraude inocente". Una salida estable y duradera a la crisis requiere una refundación moral del capitalismo. No creo que necesitemos otro capitalismo, pero sí necesitamos salvar al capitalismo de estos capitalistas. El problema es que la política ha perdido autonomía y capacidad para hacerlo. Causa desazón ver la confesión de impotencia de David Cameron en el Parlamento británico al señalar que su Gobierno no puede hacer nada para frenar esas conductas. Pero si la política no recobra su autonomía frente a los mercados financieros, y la sociedad no es capaz de manifestar su indignación ante estas conductas, no habrá límites eficaces a la economía especulativa, a la volatilidad financiera y a la desigualdad. De ser así, el mayor riesgo de la próxima década será la creciente ingobernabilidad de nuestras sociedades democráticas. Algunas señales apuntan ya en esa dirección. (Antón Costas, 18/04/2012)


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