Manifiesto crisis 2009             

 

Parados en oficina de empleo

La política y el poder económico:
Crisis: Manifiesto Noviembre 2009:
Después de dos años de una crisis que ha creado millones de desempleados y ha provocado que el número de personas hambrientas y desnutridas en el mundo alcance un nuevo record, están bien claras las causas de esta grave situación. Dejar en plena libertad a los capitales financieros y dejar que los mercados sean los únicos reguladores de las relaciones económicas sólo lleva, como estamos comprobando, a la inestabilidad permanente, a la escasez de recursos financieros para crear empleo y riqueza y a las crisis recurrentes. Se ha demostrado también que la falta de vigilancia e incluso la complicidad de las autoridades con los poderosos que controlan el dinero y las finanzas, esto es, la falta de una auténtica democracia, sólo produce desorden, y que concederles continuamente privilegios, lejos de favorecer a las economías, las lleva al desastre. Dejar que los bancos se dediquen con absoluta libertad a incrementar artificialmente la deuda con tal de ganar más dinero es lo que ha provocado esta última crisis. Pero también es una evidencia que las políticas neoliberales basadas en reducir los salarios y la presencia del Estado, el gasto social y los impuestos progresivos para favorecer a las rentas del capital, han provocado una desigualdad creciente. Y que la inmensa acumulación de beneficios de unos pocos, en lugar de producir el efecto “derrame” que pregonan los liberales, ha alimentado la especulación inmobiliaria y financiera que ha convertido a la economía mundial en un auténtico e irracional casino.

Y es evidente que esos desencadenantes de la crisis no tienen que ver solamente con los mecanismos económicos, sino con la política controlada cada vez más por los mercados, por el poder al servicio de los privilegiados y por el predominio de la avaricia y el afán de lucro como el único impulso ético que quieren imponer al resto del mundo los grandes propietarios y los financieros multimillonarios.

Por eso la crisis económica que vivimos es también una crisis política y cultural y ecosistémica. Las prácticas financieras neoliberales que la han provocado se justificaron con el predominio de unos valores culturales marcados por la soledad, el individualismo egoísta, la degradación mercantil de los conceptos de felicidad y de éxito, el consumo irresponsable, la pérdida del sentido humano de la compasión y el descrédito de las ilusiones y las responsabilidades colectivas.

Elena Salgado y Zapatero Política:
Los debates surgidos en torno a esta crisis demuestran que en las democracias occidentales se ha establecido un enfrentamiento peligroso entre los poderes económicos y la ilusión política. Los partidarios del mercado como único regulador de la Historia piensan que el Estado debe limitarse a dejar que los individuos actúen sin trabas, olvidando que entre ellos hay una gran desigualdad de capacidades, de medios y de oportunidades. Por eso le niegan capacidad pública para ordenar la economía en espacios transparentes, y para promover los equilibrios fiscales y la solidaridad social. Y por eso desacreditan el ejercicio de la política. Pero la política no debe confundirse con la corrupción, el sectarismo y la humillación cómplice ante los poderes económicos. La política representa en la tradición democrática el protagonismo de los ciudadanos a la hora de organizar su convivencia y su futuro. Palabras como diálogo, compromiso, conciencia, entrega, legalidad, bien y público, están mucho más cerca de la verdadera política que otras palabras por desgracia comunes en nuestra vida cotidiana: corrupción, paraíso fiscal, dinero negro, beneficio, soborno, opacidad y escándalo. Como esta crisis es política y cultural, debemos salir de esta crisis reivindicando la importancia de la política, la educación y la cultura. No podemos confundir la sensatez y la verdad científica con diagnósticos interesados en perpetuar el modelo neoliberal y sus recetas financieras. Ahora resulta prioritario buscar una respuesta progresista a la crisis.

Disminuir la desigualdad:
Para evitar nuevas crisis en el futuro hay que luchar en primer lugar contra todas las manifestaciones de la desigualdad. Y para ello es necesario garantizar el trabajo decente que proporcione a mujeres y hombres salarios dignos y suficientes, y el respeto a sus derechos laborales como fundamento de un crecimiento económico sostenible. Así mismo, es imprescindible que se lleven a cabo reformas fiscales que garanticen la equidad, la solidaridad fiscal, sin paraísos ni privilegios para millonarios, y la mayor contribución de los que más tienen, para que el Estado pueda aumentar sus prestaciones sociales y ejercer como un potente impulsor de la actividad económica.

  • Frente a los daños ecológicos de la ambición especulativa, una respuesta progresista supone revisar los marcos jurídicos para que sea posible una mayor protección de nuestro ecosistema y establecer suficientes incentivos para promocionar la producción y el consumo sostenibles.
  • Frente a un modelo productivo basado en la especulación financiera e inmobiliaria y en la consideración de que nuestros recursos son ilimitados, una respuesta progresista supone invertir más en educación, investigación y cualificación laboral.
  • Frente al desprestigio de la política, una respuesta progresista supone devolverle la autoridad a los espacios públicos y a los representantes de los ciudadanos para que regulen en nombre del interés común las estrategias del mercado.
  • Frente a la misoginia y la discriminación de género, una respuesta progresista supone consolidar las políticas de igualdad, defender el derecho a la reproducción y medidas específicas para evitar que las mujeres se vean relegadas al paro o a la economía sumergida y a soportar muchas más horas de trabajo no retribuido que los hombres, sufriendo así en mucha mayor medida que éstos los efectos de la crisis.
  • Frente al racismo y a la xenofobia, una respuesta progresista supone defender los derechos de los trabajadores extranjeros y asegurar el respeto jurídico a la dignidad las personas. (297 artistas e intelectuales, novimebre 2009)


    Ni la crisis ni las reformas son sólo económicas:
    Desde la crisis del año 8, la economía ha dominado todos los debates. Tanta preponderancia se ha acentuado en España, donde su impacto ha sido enorme por la explosión de la burbuja inmobiliaria y por el volumen de paro, especialmente el juvenil. Su predominio ha campeado asimismo en el debate social y en la contienda política: si, en la campaña 2008, ZP pudo afearle a Rajoy que nunca le hubiese preguntado por el paro (sí sobre la unidad de España y la lucha antiterrorista), en 2012 nos habremos deslizado al rincón opuesto del cuadrilátero: no se habla de otra cosa y así será, presumiblemente, en la campaña. De modo que, en un contexto tan opresivo, hemos propendido a asumir que la izquierda deba ante todo concentrarse en las magnitudes financieras (la prima de riesgo, el déficit), no solo en la acción sino en el discurso, dando por indiscutible que es "lo único que importa": en la crisis, todo es crisis y no hay nada más que crisis. Y, sin embargo, hay buenas razones para pensar que este enfoque es un error. Señalaré al menos tres. La primera tiene que ver con la presunción socialmente extendida de que el PP gestiona mejor la economía, y por tanto nos sacará mejor y antes de la crisis. No hay que allanarse en este frente: no solo porque no fue verdad que la anterior bonanza llegase de la mano del PP (había arrancado en 1994 con el ministro Solbes), sino porque la gestión económica y presupuestaria del primer Gobierno ZP 2004-2008 fue mucho más eficiente, saneada y equitativa que la del Gobierno Aznar de la mayoría absoluta: no sólo previó mejor los ingresos y los gastos (y la inflación y el crecimiento), presupuestó mejor y liquidó mejor, asegurando superávit durante cuatro años, sino que promovió la igualdad como factor de eficiencia (la promoción de la mujer) y la ayuda a las familias como marchamo real (que no es marchar con los obispos en manifestaciones contra las leyes democráticas, sino promover las becas, la emancipación de los jóvenes, la conciliación de la vida laboral y familiar y bajas de maternidad y de paternidad). En rigor, ante esta crisis, el PP se ha limitado a practicar una suerte de pensamiento performativo (por el que pretende, por su solo enunciado, modelar la realidad): según su fórmula, "solo saldremos de la crisis cuando gobierne el PP", condición necesaria y suficiente para que la confianza de los mercados decida "indultar" a España. Dicho irónicamente, solo "cautivo y desarmado el Gobierno ZP", la "desconfianza de los mercados habrá alcanzado sus últimos objetivos"... y la prosperidad regresará mágicamente de la mano del PP. Ergo el PP es el milagro: la crisis se disolverá porque dejará de hablar de ella. Aquietarse a esta falacia es ya una victoria moral, propagandística y política de la derecha, que no podemos conceder.La segunda razón tiene que ver con la evidencia de que esta crisis es más dura, más profunda y perdurable que ninguna otra anterior. No vamos a salir de ella sin un discurso moral y político parejo a su envergadura: no admite recetas agotadas (urbanismo depredador, endeudamiento y corrupción), sino una nueva actitud ante el bienestar: habrá de ser inteligente y globalmente solidario, y ya no podrá basarse en el consumo incremental y el endeudamiento insostenible, dado que estos ingredientes han demostrado encerrar las peores pulsiones suicidas de un capital financiero divorciado del productivo. En otras palabras: no vamos a salir de esta crisis con medidas instantáneas y de efecto milagroso, No hay plan Pons en 7 días; no esta vez. La prueba palmaria es Portugal, donde la derecha, recién arribada al Gobierno, experimenta el ricino de su propia medicina viendo cómo esas agencias con cuyos dicterios descalificaba al Gobierno Sócrates ahora rebajan su deuda al nivel de bono basura, sin reparar en el destrozo que eso hace a los portugueses y al conjunto de Europa. Pero hay una tercera razón: nunca ha sido verdad que "en la crisis" todo es crisis y no haya más que crisis, en modo que solo podamos hablar de ella y bregar hasta que "los mercados" levanten el toque de queda. Para empezar, porque reducirla a un recital de magnitudes macroeconómicas y financieras muestra hasta qué punto no se ha entendido nada de esta crisis. Precisamente porque esta no se incubó simplemente en los "fallos del mercado" sino en los fallos de la política. Y justamente porque no vamos a salir de esta en cuatro días -aunque es impepinable que sí, saldremos de esta-, debemos recuperar la política. Porque la crisis es política y ha medrado por acción, por omisión y defecto de política. Porque solo la política puede sacarnos de ella: más europea, más democrática, más social, más justa, más equitativa, más distributiva de las cargas y redistributiva de recursos y bienes escasos, más solidaria e integradora. La indignación y las protestas que han sacudido a Europa ponen de manifiesto que las revoluciones tecnológicas y las nuevas herramientas de la información y la comunicación han puesto en pie a millones de ciudadanos en movilizaciones que no son, en modo alguno, antipolíticas: son genuina y rabiosamente políticas. Aprendamos de una vez: la gente no es tonta; se informa, se esfuerza por comprender. Los ciudadanos no son ignaros que bracean su impotencia y frustración en la oscuridad de los males que los acucian: se forman un juicio con sus propios medios y con su propio esfuerzo. Saben que la estrategia de la austeridad a todo coste es equivocada y no puede funcionar. Saben que a los griegos se les están imponiendo sacrificios inasumibles en plazos imposibles. Y que si es cierto que los Gobiernos deben asumir sus responsabilidades, también lo es que los ciudadanos no son pecadores que deban purgar sus culpas con penitencias lacerantes. Y saben, sobre todo, que la dieta de anorexia fiscal que se les está imponiendo no puede funcionar, puesto que impide el crecimiento y el empleo. De modo que saben también que los rescates no están diseñados para ayudar a los griegos sino a los tenedores de la deuda griega, los bancos franceses y alemanes. Los ciudadanos saben que no es aceptable, ni cierto, el discurso lapidario de que "no hay alternativa" a los ajustes impuestos, lo que equivale a decir que ya no hay espacio para la(s) políticas(s) como deliberación entre opciones disponibles, es decir, alternativas. Y los ciudadanos reclaman que la política cuente. Hablemos, pues, de política(s), y hagámoslo en esta crisis: reformas institucionales, mejoras democráticas, reformas electorales, refuerzos de los controles y las responsabilidades son parte de su solución. Perdamos de una vez el miedo a las reformas constitucionales, tantas veces aventadas como luego neutralizadas o desactivadas sin habernos siquiera atrevido a afrontar los tabúes que pretenden que todo lo que sea tocar el marco de reglas de juego amenaza con romperlo, puesto que, supuestamente, los españoles no habríamos aprendido todavía a convivir en plenitud y madurez democrática. Hagamos política en la crisis y hablemos de una vez de reformas constitucionales, ahora que millones de jóvenes nos dicen, voz en grito en la calle, que están hartos de un statu quo manifiestamente mejorable, en cuya confección no pudieron biográficamente involucrarse (puesto que en la transición ni siquiera habían nacido), no ya digamos recabar ninguna participación ni menos aún protagonismo. Como dejó escrito Jefferson, "toda Constitución pertenece a las generaciones vivas". Demos a los más jóvenes la oportunidad histórica de imprimir su propia huella dactilar en el desbloqueo del hartazgo que recorre España. No es solo la crisis y el paro, insisto, es también, y sobre todo, más que nunca, la hora de las reformas políticas. (Juan F. López Aguilar, presidente de la Delegación Socialista española en el Parlamento Europeo)

     
    Obama y Ben Bernanke Alan Greenspan Milton Friedman Salgado y José Blanco

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