Desigualdad e instituciones             

 

Desigualdad e instituciones:
[Son las instituciones:] La forma de organización de las sociedades determina su comportamiento económico Los factores determinantes del crecimiento económico, su importancia en las diferencias en los niveles de bienestar entre las distintas naciones, ha constituido una obsesión de los científicos sociales desde que Adam Smith formulara su Riqueza de las naciones. La geografía, la climatología, las dotaciones de capital, la cultura, las políticas económicas, entre otros, han sido factores en los que se han fundamentado algunas de las más recientes y difundidas explicaciones. Esa búsqueda, lejos de darse por concluida, ha seguido orientando la investigación animada por el creciente contraste que sigue observándose entre las naciones, en especial cuando se contemplan con cierta perspectiva histórica. La publicación reciente del libro de Daron Acemoglu y James Robinson (Why nations fail: the origins of power, prosperity and poverty) constituye algo más que un episodio en esa tendencia explicativa de la pobreza y de la prosperidad de las naciones. Aun cuando no cierre esa tensión investigadora, será muy probablemente una obra de referencia sobre la que en los próximos años gire buena parte de la discusión sobre el desarrollo económico. Constituye un completo recorrido por la historia tratando de explicar el éxito y el fracaso de las naciones en la creación de riqueza y prosperidad para sus ciudadanos. El punto de partida no es nuevo: la forma en la que las sociedades se organizan, sus instituciones, constituye un determinante fundamental del comportamiento económico.


En EE.UU., el investigador que ha estudiado más este fenómeno es el profesor George William Domhoff, que ha documentado cómo en aquel país el 1% de la población (los superricos) posee el 43% de todos los activos financieros, es decir, acciones (38%), valores (60%) y participaciones (62%). En realidad, si añadimos los ricos a los superricos, vemos entonces que el 10% de la población posee el 90% de tales activos y más del 80% de las propiedades inmobiliarias (excepto la vivienda habitual de los propietarios). Un indicador de esta concentración de la riqueza y de las rentas que de ella derivan es el enorme crecimiento del consumo de lujo. Las ventas de la versión más cara del automóvil Mercedes-Benz y Cadillac en EE.UU. y Porsche en Europa han alcanzado niveles nunca vistos antes. Mientras, las rentas del trabajo han ido disminuyendo en ambos lados del Atlántico como porcentaje de las rentas totales del país y, paralelamente, la pobreza ha ido aumentando. Sus autores (profesores en los departamentos de economía y ciencia política de MIT y Harvard, respectivamente) han conseguido el difícil empeño de simultanear la contribución académica y la atracción de los lectores no especializados. La impecable estructura teórica del trabajo, la riqueza de la perspectiva histórica desplegada y las autorizadas referencias a la ciencia política, así como la contundencia argumental, se unen a la pertinencia, a la oportunidad de su aparición. Han puesto el riguroso y relevante conocimiento de la economía y de la historia política al servicio de una explicación que difícilmente puede pasarse por alto. Han conseguido, además, que el lector disfrute. Los trabajos de Acemoglu habían sido suficientemente conocidos en los ámbitos del crecimiento económico, de la desigualdad, de la economía política en su más amplia acepción. Es uno de los economistas con mayor predicamento académico, al que en 2005 se le concedió el mini Nobel: la medalla John Bates Clark al economista menor de 40 años más destacado en su contribución al conocimiento económico. Es conocida su sensibilidad al análisis de los conflictos abiertos en el norte de África y Oriente Próximo, o a las manifestaciones en las naciones avanzadas (incluidas las localizadas en Wall Street), seguidas en el sugerente blog creado (@WhyNationsFail) con ocasión del lanzamiento del libro. Las raíces desde las que emergen la pobreza y la incapacidad para frenar la desigualdad son los denominadores comunes de esas tensiones sociales que no favorecen precisamente la sostenibilidad del crecimiento económico.

Instituciones:
La tesis fundamental, avalada en esa larga revisión de la historia política y económica, no puede disponer de mayor vigencia. Es la Política con mayúsculas, las instituciones verdaderamente inclusivas, aquellas insertas en sociedades abiertas, las que en mayor medida abonan el terreno a la prosperidad de las naciones. Esta viene determinada por el conjunto de incentivos que crean instituciones, y estas, a su vez, por las políticas. En el centro de la estructura de su análisis se encuentra la tensión entre los que mantienen el poder político: la forma en que lo usan y la distribución entre sus propios intereses y los del resto de la sociedad. Aunque sean las naciones menos desarrolladas las que sirven de frecuente referencia en la obra, las consideraciones son igualmente relevantes para las consideradas economías avanzadas. Son las instituciones políticas las que determinan las correspondientes instituciones económicas de calidad y, desde luego, la capacidad de los ciudadanos para controlar a los políticos. En aquellas, el poder del Estado, además de suficientemente centralizado, para evitar el dominio de las minorías ha de revelarse absolutamente compatible con el pluralismo. Esas instituciones favorecedoras de la prosperidad, de las reglas que gobiernan el funcionamiento de las economías, así como los incentivos de que dispone la gente, son las razones que explican las diferencias en la riqueza y su distribución. Las referencias concretas de naciones, desde las Coreas hasta México, sin excluir un detenimiento significativo en el caso de China, en la sostenibilidad de la particular combinación de su sistema político y económico, son esclarecedoras de la argumentación que subyace en toda la obra. Sin instituciones de calidad es imposible la sostenibilidad del crecimiento, aquel que se ampara en las posibilidades de generación de innovaciones y de la emergencia de nuevas empresas que contestan y regeneran a las establecidas, contribuyendo a la dispersión del poder económico: alimentan esa dinámica de destrucción creativa que aquel otro científico social, Joseph Schumpeter, anticipara como uno de los fundamentos del desarrollo económico. La vinculación entre instituciones políticas y económicas se revela esencial a este respecto. Son las instituciones inclusivas, estimuladoras de la prosperidad, las que generan círculos virtuosos que impiden que las élites se apropien de las mismas. Interrogantes como la continuidad de la larga fase de crecimiento económico en China o la del liderazgo de EE UU son cuestiones que, sin necesidad de las referencias que aparecen en la obra, sacuden la curiosidad del lector. La prosperidad, en definitiva, se fundamenta en la lucha política contra los privilegios. La concentración del poder en las élites, la conformación de instituciones en beneficio de las minorías, son razones poderosas en la explicación del atraso, del fracaso de las naciones, del contraste con las más prósperas. Se trata, en definitiva, de la calidad de la política, de la propia democracia. Por eso no es de extrañar el énfasis que los autores hacen, y han dejado escrito en trabajos anteriores, en la desigualdad como elemento poco conciliable con el crecimiento económico sostenible. La pertinencia de estas consideraciones es importante: ahora es cuando esa concentración de la renta y de la riqueza se ha hecho más explicita, incluso en trabajos recientes de la propia OCDE y de cualificados investigadores en EE UU, donde el debate está cobrando una especial relevancia durante la campaña electoral. Esa creciente desigualdad es considerada por los autores un síntoma de los retos de las instituciones inclusivas de esas naciones avanzadas. La desafección, el directo cuestionamiento, de las instituciones, y de la propia actividad política, esta seriamente en entredicho, no únicamente en las naciones menos desarrolladas. También en Europa, todavía hasta hace poco tiempo referencia del desarrollo económico inclusivo. La resolución de la actual crisis, la naturaleza de las políticas económicas, así como la diligencia y eficacia de las instituciones, su proyección inclusiva o, por el contrario, la subordinación a intereses minoritarios (su naturaleza extractiva), son ahora del todo relevantes. No solo por la exigencia de alejar los muy serios riesgos de empobrecimiento de las mayorías, sino por el riesgo de que las propias instituciones salgan de la más severa crisis desde la Gran Depresión con instituciones menos legitimadas: aparentemente más propiciadoras de la defensa de intereses minoritarios. Con independencia del exclusivo determinismo que se atribuya a las instituciones inclusivas, lo que no es contestable con la observación empírica disponible es su notable contribución a la prosperidad de las naciones. Tomemos buena nota. (Emilio Ontiveros 25/03/2012)

En rojo incremento del 1% más rico desde el año 1917 en USA. En azul media de los ingresos del resto

Deterioro:
Hace ahora seis años, en 2006, los veinticinco gestores de fondos de cobertura (hedge funds) mejor pagados de Estados Unidos se embolsaron un total de 14.000 millones de dólares, tres veces la suma de los sueldos de los 80.000 maestros de escuela de la ciudad de Nueva York (Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis!, página 84). Llevamos digeridas tantas cifras aberrantes sobre los “baños de oro”, como diría Enric González, en que han alegremente chapoteado los causantes de esta crisis, antes, durante y después de haberla desencadenado, que nada sorprende ya si no se repite una y otra vez: 25 tipos, 25, ganaron en un año, administrando fondos de cobertura, tres veces más —tres veces más— que 80.000 maestros, 80.000, de Nueva York. Que un individuo que maneja fondos de inversión pueda rapiñar en un año una cantidad de dinero tres veces superior a lo que ingresan por su trabajo más de 3.200 profesores de primaria es un hecho que, aparte de sus devastadores efectos económicos, tiene una dimensión política y moral que Krugman define como parálisis de la capacidad de responder con eficacia a la crisis que inevitablemente habrá de desencadenar este aumento inaudito de la desigualdad. Es evidente que sociedades en las que los derechos sociales cumplen su función redistributiva de la renta, y reductora por tanto de los niveles de desigualdad, responden con mayor eficacia a las coyunturas de crisis porque aseguran un mínimo de cohesión y solidaridad social. Cuando la desigualdad se dispara, el clima político y las actitudes morales ante las crisis se degradan en la forma de un sálvese quien pueda que, entre nosotros, ha llevado a responsables de cajas de ahorros a embolsarse decenas de millones de euros mientras sus entidades se declaraban en bancarrota. La profunda crisis económica que afecta a los medios de comunicación escritos —y de la que este diario no se libra— posiblemente se afrontaría con otra actitud, y con mayor eficacia, si el reciente incremento de la desigualdad se redujera a unos niveles que permitieran la reconstrucción moral de una comunidad capaz de hacer frente a la depresión causada y extendida por esa misma desigualdad. No se trata de buenas intenciones ni de consideraciones moralizantes, sino de afrontar una situación de crisis sin sembrar de cadáveres el camino, por la sencilla razón de que esa siembra solo podrá conducir a la destrucción de una empresa común con la que todos sus miembros se sientan comprometidos. Claro está que para eso es obligado acabar con la enorme desigualdad de las retribuciones —de la que este diario tampoco se libra—, porque de otra forma las políticas que nos han llevado al abismo funcionarán muy bien, como escribe Krugman, para unas pocas personas situadas en lo más alto, pero, habría que añadir, condenarán a la desesperación a todos los demás. Todavía quedamos por aquí algunos testigos de aquella España siniestra y miserable que arrastró durante décadas brutales desigualdades sociales, exorbitantes privilegios al lado de inmensas barriadas de chabolas. El camino que hemos recorrido desde entonces en la reducción absoluta y relativa de los niveles de desigualdad se está revirtiendo bajo nuestras impotentes miradas: ganancias millonarias con más del 21% de la población malviviendo por debajo del nivel de pobreza, más de cinco millones de parados, y con decenas de miles de despedidos de los empleos, a los que han dedicado lo mejor de sus vidas, sin más compensación que 20 días de salario por 12 meses de trabajo y un horizonte cerrado: tales son algunas dimensiones del desastre. Cuando, a raíz de la caída del muro de Berlín y del inmediato hundimiento del comunismo, se puso otra vez de moda repetir que la división izquierda derecha había terminado, Norberto Bobbio publicó un opúsculo en el que indagaba sobre las razones y los significados de esa secular distinción política. Allí escribía que el criterio más frecuente para distinguir la izquierda de la derecha era el de “la diferente actitud que asumen los hombres que viven en sociedad frente al ideal de la igualdad”. Favorecer las políticas que tienden a convertir en más iguales a los desiguales, como la defensa de los derechos sociales —derecho a la educación, al trabajo, a la salud—, era la expresión práctica de esa actitud que la socialdemocracia convirtió en política de Estado. A ella ha debido nuestra sociedad lo mejor de los últimos 35 años. Es lástima que a quienes vimos nacer y robustecerse esa política no nos quede más futuro que contemplar su ruina. (Santos Juliá, 28/10/2012)


Intenciones de Romney en política fiscal:
En los últimos días de esta decepcionante campaña presidencial en la que demasiados temas han sido esquivados o eludidos, mientras los medios de comunicación sólo querían hablar de quién estaba arriba y quién abajo, la principal cuestión sobre la que los candidatos nos han ofrecido la decisión más clara es si los ricos deberían pagar más impuestos. El presidente Obama afirma enfáticamente que sí. Propone poner fin a la rebaja impositiva de Bush para los que ganan más de 250.000 dólares [unos 195.000 euros] al año, y estableciendo que el 1 por ciento más rico pague al fisco no menos de la tercera parte de sus ingreso, algo conocido como “la Regla de Buffett”. Mitt Romney afirma enfáticamente que no. Propone rebajar otro 20% las tasas impositivas a los ricos, ampliando el recorte de impuestos de Bush a los más acaudalados, y reduciendo o eliminando las cargas tributarias sobre dividendos y beneficios del capital. Romney dice que acabará con las lagunas jurídicas y suprimirá las deducciones que emplean los ricos para que su parte del total de los impuestos recaudados permanezca igual que ahora, aunque se niega a especificar qué lagunas jurídicas y qué deducciones eliminará. Pero incluso si diéramos por buena su palabra, en ningún caso incrementaría los impuestos a los más ricos. Obama tiene razón. Estados Unidos afronta un déficit inmenso. Y prácticamente todos los que han estudiado cómo reducirlo –la Oficina de Presupuestos del Congreso no partidista, la Comisión Simpson-Bowles de los dos partidos y casi todos los economistas y analistas independientes– han acabado por proponer algún tipo de combinación de recortes de gastos y subidas de impuestos para aumentar la recaudación. Este último 25 de octubre, altos ejecutivos de más de ochenta grandes corporaciones estadounidenses abogaron por una reforma impositiva que “aumente la recaudación y reduzca el déficit”. La cuestión práctica es quién abona esos ingresos suplementarios. Si el punto de vista de Romney se impone y los ricos no son los que pagan más, entonces todos los demás deberán hacerlo. Eso es un sinsentido. Los ricos son mucho más ricos de lo que solían ser, mientras que la mayor parte del resto de nosotros es más pobre. Las últimas cifras muestran que el 1% de arriba han cosechado hasta ahora el 93% de todas las ganancias obtenidas hasta ahora por la recuperación [en EEUU]. En cambio, los ingresos familiares medios son un 8% inferiores a los del año 2000, si los ajustamos a la inflación. El abismo se ha estado ampliando durante las últimas tres décadas. Desde 1980, el 1% superior ha duplicado su parte de la riqueza total del país: del 10% al 20%. La parte del 0,1% se ha triplicado. Y la del 0,01% (unas 16.000 familias) se ha cuadruplicado. Los 400 estadounidenses más ricos poseen ahora más patrimonio que los 150 millones que estamos en la parte inferior todos juntos. Entretanto, los tipos impositivos que pagan los más acaudalados se han desplomado. Antes de 1981, el máximo tipo fiscal marginal nunca había sido inferior al 70%. Con el presidente Dwight Eisenhower llegó a alcanzar el 93%. Incluso después de aprovechar todas las deducciones y desgravaciones a su alcance, los ricos pagaban en torno al 54%. El máximo tipo fiscal actual es de sólo el 35% y el impuesto sobre las ganancias de capital (el incremento del valor de las inversiones) es de sólo el 15%. Puesto que tanta proporción de sus ingresos procede de la ganancias de capital, muchos de los súper-ricos, como el propio Mitt Romney, pagan un 14% o incluso menos en impuestos. Eso equivale a un tipo fiscal inferior al que han de pagar muchos norteamericanos de clase media. De hecho, si se suman todos los impuestos abonados –no sólo sobre la renta y sobre ganancias de capital, sino también los impuestos sobre la nómina (que no se aplican a rentas superiores a los 110.100 dólares), y los impuestos sobre el valor añadido– la mayor parte de nosotros estamos pagando en impuestos un porcentaje de nuestros ingresos más elevado que el que abonando los que están en la cúspide de la pirámide económica. Por tanto, ¿cómo puede alguien argumentar en contra de aumentar los impuestos a los ricos? Fácil. Dicen que frenaría el desarrollo económico porque los ricos son “creadores de empleo”. Según la inmortal terminología de Joe Biden, eso no es más que cháchara*. La economía funcionó bastante bien durante las tres décadas siguientes a la II Guerra Mundial, cuando el tipo fiscal máximo nunca cayó por debajo del 70%. El crecimiento económico anual promedio fue más elevado en esos años de lo que ha sido después, cuando los impuestos a los ricos han sido mucho más reducidos. Bill Clinton aumentó los impuestos a los ricos y la economía funcionó estupendamente. George W. Bush los recortó y la economía se frenó. Los verdaderos creadores de empleo son los estadounidenses de la amplia clase media, cuyo gasto estimula a que los negocios se expandan y contraten asalariados… y cuya falta de consumo tiene el efecto contrario. Por eso la recuperación ha sido dolorosamente lenta. Tantos ingresos y tanta riqueza han ido a parar a la clase más alta de la sociedad que la inmensa mayoría de los norteamericanos del centro de la escala se han quedado sin el poder de compra necesario para volver a arrancar la economía. Los ricos ahorran la mayor parte de los que ganan, y sus ahorros acaban en cualquier lugar del mundo donde puedan obtener la mayor rentabilidad. Sería una locura agravar los daños elevando los impuestos a la clase media y no a los ricos. La lógica, la equidad y el sentido común dictan la necesidad de que los ricos paguen más impuestos. Es la clave para evitar que nos precipitemos por un precipicio fiscal el próximo enero y para alcanzar un “gran compromiso” para domar el déficit presupuestario. Y es crucial para volver a encarrilar la economía. (Robert Reich, 06/11/2012)


España: Medidas predistributivas:
Ante el estupor colectivo, atónito e indignado, una especie de revival macabro parece instalarse sigilosamente. No solo continúa la avalancha de embestidas contra nuestro maltrecho Estado de bienestar, sino que se hace realidad una polarización social creciente en favor de quienes disponen de mayores niveles de renta. Todo ello en detrimento de los servicios públicos, que se van desmantelando a ritmo de real decreto con condimento privatizador. Uno de los principales logros de los sistemas democráticos en las sociedades desarrolladas es el progresivo afianzamiento de la igualdad de oportunidades como principio de referencia. Conviene recordar, en estos tiempos atribulados, que su implementación supone el acceso igualitario a servicios públicos esenciales —como educación, sanidad o protección social—, al mercado laboral y al desarrollo personal, con independencia de los condicionantes naturales o socioeconómicos, de origen o sobrevenidos a lo largo de un ciclo vital. Esta aspiración concurrente, que informa la cohesión social, se construye sobre la consolidación de derechos básicos, el establecimiento de una serie de prestaciones universales y la provisión de medidas compensatorias para los más desfavorecidos. Sin embargo, en la reválida de esta materia, España cosecha una baja puntuación. A finales de 2010 nuestro país obtiene un 0,33 sobre 1 en el índice sintético de igualdad de oportunidades (ISIO), elaborado por la Fundación IDEAS, que engloba variables relativas a educación, mercado laboral, nivel de pobreza y de renta. Esto significa un empeoramiento de un 45,8% desde la crisis. Como consecuencia, la igualdad de oportunidades ha retrocedido a niveles de 1998. Es más, acusa un descenso acelerado en los últimos años a causa de las medidas de austeridad y recorte. Tan dramática situación refleja, en gran parte, la reducción de las políticas redistributivas para combatir las desigualdades generadas en un contexto de continuada recesión e incremento del desempleo. Se ha originado, por tanto, un profundo deterioro en términos de igualdad de oportunidades y, correlativamente, en los niveles de calidad de vida. Las políticas de ajuste y los severos recortes agravan tanto tales efectos que cercenan el desarrollo futuro de una sociedad en la que los ciudadanos puedan impulsar sus proyectos personales de manera efectiva e igualitaria. Diferentes estudios publicados recientemente coinciden en destacar aspectos especialmente alarmantes relacionados con el incremento del riesgo de exclusión social en nuestro país. Así, Unicef-España, al analizar el impacto de la crisis en los niños, llamaba la atención sobre el elevado nivel de pobreza infantil alcanzado en 2010 (26,2% de la población menor de edad) y el paulatino agravamiento de su intensidad. Por su parte, Foessa y Cáritas Española, o la Fundación Encuentro, en la valoración de la realidad social de 2012, alertan sobre la pérdida de capacidad de igualación social que venía desempeñando la educación. Esto se produce, fundamentalmente, como consecuencia del retroceso en algunos derechos sociales básicos mediante recortes indiscriminados impuestos por un modelo de marcado corte neoliberal. También, de manera especialmente ostensible, en el ámbito sanitario, donde los más débiles están empezando a sufrir ya de modo dramático las peores secuelas. Ni siquiera hemos aprendido de las fallidas experiencias del pasado. En opinión de Intermon-Oxfam, España podría alcanzar los 18 millones de pobres en una década (casi el 40% de la población) si se mantienen las imperantes medidas de austeridad y los recortes sociales, tal y como sucedió en América Latina y el Este Asiático en los años ochenta y noventa, lo que supondría retardar 25 años la recuperación del nivel de bienestar social anterior a la crisis. Para combatir el suspenso español en igualdad de oportunidades, la Fundación IDEAS, en su trabajo El persistente reto de la igualdad de oportunidades en España, aboga por una intervención pública reactivadora que incida positivamente en la movilidad social de los individuos, tanto intergeneracional como intrageneracional. Un Estado proactivo proporcionará alternativas y soluciones que se adelanten a las posibles situaciones de desigualdad y eliminen las ya existentes. Tal acción ha de conjugar medidas predistributivas —dirigidas a que el entorno inmediato de una persona no condicione sus posibilidades ulteriores—, con acciones correctoras redistributivas, que aseguren que las opciones de progreso no estén obstruidas por circunstancias específicas de vulnerabilidad. Esa combinación cobra especial significado en la actualidad, cuando es prioritario dar respuesta a las necesidades más perentorias de una parte de la sociedad aquejada por las demoledores consecuencias de la crisis y el tipo de políticas de austeridad que se aplican. Está en juego el tipo de sociedad hacia el que avanzamos y el impacto sobre las próximas generaciones. Por ello, la apuesta estratégica de futuro sitúa las oportunidades efectivas e iguales de todas las personas en el centro de la acción pública. (Irene Ramos, 15/01/2013)


España: Más desigualdad, más miseria:
Crisis, paro, pobreza y desigualdad. El estratosférico ascenso del desempleo (26% según la última Encuesta de Población Activa, una tasa inédita en las bases estadísticas del INE) ha traído consigo no solo la caída (en ocasiones hundimiento) de las rentas de las clases medias y un mayor empobrecimiento de las bajas. También el ensanchamiento y la consolidación de la desigualdad, esa brecha de niveles salariales —pero también de expectativas vitales o ilusiones— que pone cada vez más distancia entre los más ricos y el resto de la sociedad (en especial, con los más pobres). ¿Cuáles son las consecuencias del avance de la miseria y el ensanchamiento de la zanja económica? Antonio Ariño, catedrático de Sociología de la Universidad de Valencia, no habla solo de fractura económica como efecto de la desigualdad, sino de fracturas, en plural. De un factor con efecto multiplicador “en todos los frentes” que afecta, como punto de partida, a la renta, pero que se extiende “a la sanidad, al abrir un doble modelo de aseguramiento o entre quien puede permitirse un seguro y quien no; la educativa, la cultural, la digital o la que afecta a la cobertura de las pensiones, de nuevo la dualidad pública o privada...” Afecta a todos los ámbitos de la vida: “Desde la inseguridad ciudadana hasta la infelicidad, la incertidumbre, el consumo de ansiolíticos...” “La preocupación por la desigualdad es por la pobreza relativa”, dice Alfonso Novales, catedrático de Economía Cuantitativa de la Universidad Complutense de Madrid. Novales habla de esos 11 millones de españoles que ya se encuentran bajo el umbral de la pobreza (con ingresos por debajo del 60% de la renta mediana estatal, unos 7.300 euros en el caso de un adulto que viva solo), como puso de manifiesto Cáritas la semana pasada en la presentación del informe Foessa. Novales destaca, por un lado, el lastre que suponen las elevadas diferencias de renta para la capacidad de crecimiento de un país. “Bajo las mismas condiciones, los países con mayor desigualdad crecen menos”, apunta este economista. Por otro lado, subraya cómo la desigualdad reduce la capacidad que tiene el crecimiento a la hora de reducir la miseria. Así, en Estados con similares tasas de desarrollo económico, “el menos desigual en la distribución de la riqueza es más capaz de combatir la pobreza”. Estas conclusiones se han extraído a partir de estudios que han comparado estructuras socioeconómicas de países en desarrollo. Sin embargo, son plantillas que se ajustan a la situación de España, a juicio del profesor de la Complutense, por lo que las conclusiones en términos de dificultad de crecimiento y de reducción de las diferencias de niveles de renta son del todo válidas. En estos trabajos se ha observado cómo, en función de las tasas de desigualdad, hay países (los que presentan menos brechas) que, con un crecimiento reducido, son capaces de mejorar el nivel de vida de los más desfavorecidos, mientras otros (los más desequilibrados), con mayor incremento del PIB apenas reducen la pobreza. De la zanja abierta entre ricos y pobres no hay ninguna duda. Lo advirtió el Consejo Económico y Social (CES) en el Informe sobre distribución de la renta en España: desigualdad, cambios estructurales y ciclos a principios de mes. Una de las conclusiones del trabajo indica que en los años ochenta, el desarrollo económico fue acompañado por la reducción de la miseria y la desigualdad. Este proceso “se estancó durante la expansión económica (1995-2007)” y la desigualdad “está creciendo con intensidad en esta crisis, al mismo tiempo que los niveles de exclusión social”, concluye el CES. En esta idea insiste el estudio Foessa: “La desigualdad se ha enquistado en nuestra estructura social”. Desde 2007, la distancia entre la renta del 20% de población más pudiente y el 20% más desfavorecida ha crecido casi un 30%. El empobrecimiento de la mayoría de la población es otra evidencia, y responde al efecto combinado del paro, la reducción de salarios y los recortes en las prestaciones sociales. Del avance del desempleo da cuenta que haya 380.000 hogares (el 10% del total) en los que no trabaje ningún miembro. De la caída de las remuneraciones, el hecho de que, de 2007 a 2010, la llamada “pobreza laboral” —las personas que pese a trabajar no superan el umbral de la pobreza— haya pasado del 10,8% al 12,7%, como ponía sobre la mesa el Informe sobre la desigualdad de la Fundación Alternativas. El martes, la Comisión Europea advertía, literalmente, del “agravamiento de la crisis social” en España en vista de la falta de signos de mejoría en indicadores como, por ejemplo, el empleo. En la franja baja de la miseria, está la llamada pobreza extrema (3.650 euros de renta por persona al año). Son tres millones de ciudadanos que no solo necesitan ayudas puntuales de unos servicios sociales públicos cada vez más saturados y debilitados para pagar el agua, la luz o alimentarse, como pueden ser las personas en situación de pobreza moderada. Además requieren de todos los esfuerzos posibles para evitar caer en la exclusión, una categoría de degradación que implica situarse al margen de la sociedad. Gustavo García Herrero, director del albergue municipal de Zaragoza conoce bien a estas personas. “Nuestro trabajo consiste en descubrir y potenciar las capacidades laborales, formativas, familiares de esta gente para sacarlos adelante”, explica. A García le cuesta ser optimista. “Me preocupa la falta de expectativas, nosotros trabajamos con la motivación de las personas; y cada dato nuevo sobre la situación económica aleja un poco la salida”. El último comunicado del Banco de España es un ejemplo de ello. El martes auguró una “reducción notable” de puestos de trabajo durante todo el año 2013 e incluso durante 2014. Malas noticias para la lucha contra la desigualdad. (Jaime Prats, 30/03/2013)


[ Home | Menú Principal | Documentos | Información | Salarios | Burns ]