Globalización 2             

 

Globalización y desempleo:
[El nuevo ejército de reserva de la tierra plana:] Hace unos meses, durante una estancia en Londres, me fui un día a visitar la tumba de Karl Marx (1818-1883) en el cementerio de Highgate, y después de esperar un rato a que abriese el parque-cementerio y de pagar el correspondiente ticket de 2 libras –al cambio 2,5 euros-, me dirigí hacia la tumba del fundador –junto con Friedrich Engels- del socialismo científico: allí estuve un rato sólo, con la única compañía de un ciudadano chino, que había ido a rendir homenaje al filósofo, historiador, sociólogo, economista y político alemán. Al contemplar la descomunal cabeza de Marx que allí se encuentra y la famosa inscripción que figura en la parte inferior: “trabajadores de todo el mundo uníos”, se me vino a la mente lo que pensaría don Carlos de la situación económica y política actual, tan alejada de aquella sociedad burguesa que impulsó la revolución industrial a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del XX. Los párrafos siguientes son un intento de reflejar de forma esquemática la problemática de la economía actual, dejando al margen todo lo referente a los aspectos del turbulento mundo financiero.


Todo comenzó con la crisis del petróleo (y la no convertibilidad del dólar) de la segunda mitad de los setenta del siglo pasado y la de la deuda de los países en vías de desarrollo que se produjo una década más tarde: con ello se acabó la ola de crecimiento económico, que había comenzado en los años cincuenta y que propició una ola de globalización económica. La crisis actual es el final de un ciclo de auge de la economía mundial, de casi dos décadas, bajo la hegemonía de Estados Unidos, que arranca con la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, que supuso la desaparición del bloque soviético y la Guerra Fría, y permitió que el modelo neoliberal anglosajón que se había impuesto en la década de los ochenta como referencia (Ronald Reagan y Margaret Thatcher), sirviese como ejemplo a otros modelos de capitalismo ligados al Estado Social de Derecho (el llamado capitalismo renano). Este modelo neoliberal fue exportado, con grandes sufrimientos para las poblaciones de muchos Estados del mundo en vías de desarrollo, a través de la reformas impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y concretadas en las políticas del llamado Consenso de Washington: desregulación de mercados, reducción del sector público y privatizaciones, reducciones fiscales a las rentas más altas, consolidación fiscal, debilitamiento sindical, mayor inseguridad económica y privatización de las pensiones. En ese contexto, la existencia de un Estado de Bienestar, considerado por el Nobel en Economía, el indio Amartya Sen, como la gran aportación de Europa al mundo, pasó a ser la causa de todos los males de la economía europea, acusada de euroesclerosis, frente al modelo norteamericano. Esta opinión ha venido siendo compartida por muchos economistas, entre ellos el también Nobel en Economía, el norteamericano Gary Becker, que atribuyen al desarrollo del Estado de Bienestar europeo los altos impuestos y la baja creación de empleo. Por otra parte, no hay que olvidar que en política económica, los ciclos económicos transforman también las recetas a seguir: John Maynard Keynes (1883-1946) salvó al capitalismo defendiendo la intervención del Estado en la actividad económica a través de la demanda agregada, recomendación que fue seguida en los Estados Unidos por el New Deal de Franklin Delano Roosevelt (1882-1945) y por los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial. Este programa de política económica, con variantes nacionales en cuanto a niveles de intervención, fiscalidad y sector público empresarial, dio lugar en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado a la etapa de mayor crecimiento económico y al logro del pleno empleo que se experimentó en el mundo occidental: la Edad de Oro del crecimiento. Como nos recuerda el reciente Nobel en Economía, Paul Krugman, este proceso originó una sociedad de clases medias en Europa y Estados Unidos, territorios en los que la seguridad y la cobertura de riesgos era un valor implantado en sus sociedades. Sin embargo, el modelo de crecimiento que se fue imponiendo en las décadas posteriores, regido por la desregulación económica y la codicia de las ganancias, ha arrumbado la cohesión social, sobre todo en Estados Unidos, en donde la desigualdad económica ha sido el patrón de comportamiento de los últimos años y en donde el triunfo social se ha identificado con el mundo financiero de Wall Street .

Parados en oficina de empleo


La globalización actual:
También hay que preguntarse acerca de qué es lo que caracteriza al proceso de globalización actual. Este proceso de globalización económica comienza después de la Segunda Guerra Mundial de forma muy lenta, si bien el proceso de apertura económica se intensifica a partir de mediados de los años ochenta del siglo pasado, conformando la creciente ola de globalización de la que tanto se habla en la actualidad. En este sentido, hay un consenso bastante extendido que el motor de la última globalización ha sido el intenso crecimiento del comercio mundial. Este hecho queda de manifiesto con los datos siguientes: entre 1950 y 2004, la producción mundial, es decir, el Producto Interior Bruto (PIB) que se genera en todos los países del mundo, se multiplicó por siete. Sin embargo, en ese mismo período, el comercio mundial, medido a través de las exportaciones, se ha multiplicado por veinticinco. A su vez, la población casi se triplicó, pues pasamos de ser 2.500 millones de ciudadanos en el mundo en los años cincuenta a casi 7.000 millones de habitantes en 2012. Como ha crecido la producción más que la población, el ingreso mundial por habitante se ha incrementado de forma significativa, situándose en torno a los 5.000 dólares. Sin embargo, la distribución espacial del ingreso es muy desigual: en lo que llamamos Occidente, la cifra de la renta per cápita se sitúa por encima de los 20.000 dólares, mientras que en el resto del mundo apenas llega a los 3.000 dólares por habitante. Esas diferencias de niveles de ingresos requieren de algunas matizaciones para entender mejor el proceso de globalización actual. Cabe recordar que desde los años ochenta del siglo pasado las pautas del comercio internacional han experimentado cambios muy significativos. El primero de ellos es que, en contra de lo que cabría esperar, no es el comercio de servicios el que ha aumentado su peso en el comercio mundial, pues si bien el comercio de servicios aumentó en los primeros años ochenta, pocos tiempo después comenzó a disminuir su importancia relativa en el comercio total de bienes y servicios. En realidad, lo que se ha incrementado de forma muy importante a lo largo de las tres últimas décadas es el comercio de productos manufacturados y en particular el relacionado con los productos intermedios industriales. Y ese crecimiento espectacular de los productos manufacturados ha sido posible por una razón fundamental: las innovaciones en el transporte y las comunicaciones han abaratado los costes de transporte y han facilitado el que la producción de un bien se pueda descomponer en varias fases. Esto permite que un determinado producto se fabrique en diferentes lugares del mundo, buscando que cada fase productiva se realice allá donde sea más barata su producción, lo que ha dado lugar a un proceso de partición de la cadena de valor y, en definitiva, a procesos de desfragmentación de la producción, lo que ha generado un aumento del volumen de comercio de productos intermedios, es decir, de aquellos productos que no están destinados al consumo, sino que van de un sitio a otro para ser utilizados en sucesivos procesos de fabricación.

La partición de la cadena de valor:
Un ejemplo de esa partición de la cadena de valor y de lo que está pasando en el mundo puede encontrarse en el proceso de producción de la famosa muñeca Barbie, que hace unos años se vendía en los Estados Unidos a unos nueve dólares. Esta muñeca, que se fabrica en China y después se monta en Filipinas y otros lugares de Asia y al final se envía a Estados Unidos vía Hong Kong, tenía un coste de producción que no superaba un dólar. Esto supone que los ocho dólares restantes de los nueve que se pagaban por la muñeca, si se descuenta el coste de transporte, se destinan a la retribución de las actividades de diseño, marketing y a los beneficios de la empresa que tiene ubicada su sede central en los Estados Unidos. Se pueden poner muchos ejemplos de este tipo. Tal es el caso de la empresa Dell, marca de ordenadores que es conocida por vender directamente al usuario, sin intermediarios. Esta empresa tiene seis fábricas en el mundo: China, Malasia, Irlanda, Brasil y dos en Estados Unidos. Con ellas, esta empresa, que tiene vocación mundial, trata de abastecer a todos los mercados del planeta. Dell tiene un sistema de producción muy afinado a través de una cadena de empresas proveedoras que suministran todos los componentes a través de una logística en la que las existencias de stocks en las distintas factorías Dell sólo es una cuestión de horas. Un número bastante elevado de los numerosos proveedores de Dell son empresas norteamericanas y japonesas establecidas en China, que utilizan patentes y tecnología de todos los lugares del mundo. El cambio tecnológico está haciendo al planeta mucho más complejo e interdependiente desde el punto de vista económico. A este respecto, resulta revelador la conversación que al parecer mantuvo el recientemente fallecido Steve Jobs, cofundador y durante años consejero delegado de Apple, con el presidente Obama en la que le describió “lo sencillo que resultaba construir una fábrica en China, y señaló que en aquel momento era casi imposible hacer algo así en Estados Unidos, principalmente debido a las normativas y los costes innecesarios”. También le pidió al presidente norteamericano que encontrara la manera de formar a más ingenieros estadounidenses, asegurando que Apple contaba con 700.000 trabajadores en sus fábricas chinas, y eso se debía a que hacían falta 30.000 ingenieros sobre el terreno para prestar asistencia a tantos operarios, y era imposible encontrar a tantos técnicos en Estados Unidos para contratarlos. Con un continuo proceso de innovación en sus productos (iMac, iPod, iPhone, iPad), y esa estrategia de deslocalización de la producción a China, Apple ha conseguido convertirse en la empresa con mayor valor de mercado en términos de capitalización bursátil, habiendo superado la cotización de sus acciones los 700 dólares el 17 de septiembre pasado. En definitiva, la revolución tecnológica de la información y las comunicaciones (TIC), la fuerte rebaja de los aranceles, la liberalización de los movimientos de capital han hecho, en frase feliz del periodista norteamericano Thomas Friedman, que “la tierra se ha hecho plana”.

China e India en la tierra plana:
En esa tierra plana, China, con tasas de crecimiento que durante años se han mantenido en el entorno del 10 por ciento anual, lo que supone que su Producto Interior Bruto se duplica cada siete años, se ha convertido en la segunda potencia económica mundial. Las implicaciones del crecimiento de China son espectaculares, así según las estadísticas de la OCDE, pasó ya en el año 2006 a ser el primer exportador mundial de productos TIC (por ejemplo, produce anualmente más de 300 millones de móviles y ha comprado la división de portátiles de IBM, que comercializa con la marca Lenovo), localizándose en este país, de más de 1.300 millones de habitantes, una gran parte de la producción de las principales empresas transnacionales dado los bajos salarios chinos y el personal altamente cualificado que trabaja fuertemente controlado por un régimen político comunista. A pesar de sus espectaculares avances económicos, China es actualmente uno de los países en donde más ha crecido la desigualdad y en el que se según algunas estimaciones existe todo un ejercito de reserva de más de 400 millones de personas que malviven en las aldeas, dispuestos a ir a trabajar a las ciudades por salarios bajísimos y aceptando precarias condiciones de vida. Este ejercito de reserva chino, al que se pueden agregar la oferta de otros muchos millones de personas en países con bajos niveles salariales, significa que en los próximos años proseguirán las tendencias para una mayor deslocalización de la producción hacia estos países y una presión creciente para reducir los salarios y las condiciones de vida y trabajo en los países desarrollados. Otra deslocalización de la actividad productiva que afecta especialmente a la industria del software, es la aparición en ciertas regiones de la India, como por ejemplo Banglore, de numerosas empresas que compiten a nivel mundial aprovechándose de una amplia oferta de una mano de obra altamente cualificada, pues debe tenerse presente que en este país asiático, de más de 1.000 millones de habitantes, todos los años salen al mercado laboral más de 250.000 técnicos (ingenieros, matemáticos y físicos) con un perfecto conocimiento del inglés. La apertura de la economía india a los mercados internacionales y la revolución de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) ha supuesto un cambio radical: mientras que en la década de los años noventa eran los físicos indios los que emigraban a Estados Unidos para cubrir el déficit de técnicos que generó el crecimiento de la industria tecnológica, ahora, dado el bajo coste de transporte en la red, lo que migra es el trabajo de esos técnicos que se quedan en su país trabajando en empresas que venden sus servicios a países desarrollados. Esta distribución espacial de los procesos productivos hace que hablar, hoy en día, de economías nacionales resulte cada vez menos significativo, pues estimar el Producto Interior Bruto (PIB) de cada país comienza a ser una medida bastante poco representativa de lo que ocurre en la economía real, porque la actividad desarrollada por las grandes empresas multinacionales en diferentes países ha hecho desaparecer, en la práctica, gran parte de las fronteras nacionales.

La globalización y los movimientos de mano de obra:
Sin embargo, la fuerte aceleración experimentada por los flujos comerciales y los movimientos de capital entre los distintos países, no fueron acompañados por una liberalización en paralelo de los flujos transfronterizos de mano de obra: la movilidad laboral internacional sigue siendo muy reducida, lo que contrasta fuertemente con lo que ocurrió en el periodo de globalización de 1870-1913, cuando alrededor de 60 millones de europeos emigraron al llamado Nuevo Mundo (Argentina, Australia, Brasil, Canadá, Nueva Zelanda y Estados Unidos). En el proceso de globalización actual, los países industrializados únicamente han alentado la inmigración de mano obra muy cualificada procedente de los países en desarrollo, con lo que resurge de nuevo la preocupación por la fuga de cerebros de los países en vías de desarrollo. Hace ya bastantes años que John Maynard Keynes (1883-1946) puso de manifiesto la naturaleza frágil y precaria del capitalismo y su tendencia inherente a producir consecuencias imprevistas e indeseadas. Así, su funcionamiento exhibía, de forma crónica, una incapacidad para satisfacer el bienestar humano: se producía escasez entre la abundancia. Y no se podía contar con que la famosa mano invisible de Adam Smith (1723-1790) mantuviera el pleno empleo. En lo fundamental, ello era una consecuencia de las conexiones entre la incertidumbre, las contradicciones entre los intereses individuales y el bienestar colectivo y la naturaleza del dinero en el capitalismo. La globalización económica no es ni inevitable ni irreversible. La globalización ya se ha revertido anteriormente, en el periodo entre las dos guerras mundiales, y puede volver a revertirse. En última instancia, el que el proceso actual continúe o se detenga está en función de la aceptación política de sus consecuencias por parte de las poblaciones de los distintos Estados y eso depende bastante del modo en que la comunidad internacional gestione el proceso. Estamos, pues, ante un sistema económico que se ha vuelto contra los pueblos, ya que tanto en el norte como en el sur el problema es el mismo: la globalización está erosionando la soberanía de los pueblos, ataca el trabajo y los recursos naturales y pone en situación de competencia desleal a millones de personas, y a los que, en concreto, en Europa se les está proponiendo únicamente precariedad laboral, prolongación de la edad de jubilación, sucesivos recortes en todos los servicios públicos y una austeridad presupuestaria que acabará llevando a la recesión y al empobrecimiento paulatino y constante de quiénes sólo disponen de su trabajo para sobrevivir. Todo ello es el resultado de la presión de los llamados mercados y de una ideología que se ha ido apoderando de las instituciones internacionales y europeas, y que es especialmente detectable en las propuestas de política económica que últimamente viene haciendo la famosa Troika –Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Central Europeo (BCE) y Comisión Europea- a los Estados miembros con problemas presupuestarios y financieros. Esta presión también ha afectado a una buena parte de los partidos socialdemócratas europeos, finalmente convencidos de que después de la caída del comunismo –visualizado en la caída del Muro de Berlín en 1989- no había otra política posible: la repetida frase de que no existe alternativa. Pero esta revisión de la historia de la política económica no nos debe hacer caer en el error de que las políticas económicas son reaplicables sin más. La situación de crisis actual, dentro de una economía globalizada y sin fronteras, exige un nuevo orden económico internacional, distinto de las reglas de juego y las instituciones que salieron de Bretton Woods en 1944 y que estaban orientadas a una economía internacional en la que los Estados Nación tenía unos márgenes importantes en el diseño de sus políticas económicas. Ahora hay que verlo casi todo desde la perspectiva de una economía globalizada: la regulación de los movimientos de capitales a corto plazo y la tasa Tobin; la coordinación de las reglas de supervisión y prudenciales de las instituciones financieras que operan en los distintos países; la circulación de instrumentos financieros sofisticados: derivados, tales como los famosos Crédito Default Swaps (CDS) y fondos estructurados, hedge funds, SICAV, etc.; el tratamiento de los paraísos fiscales; la solución a los problemas de la agricultura en el marco de la Ronda de Doha; la introducción del multilateralismo en las relaciones de la economía mundial con la reforma del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio (OCM).

Los países emergentes y la desglobalización:
Curiosamente son precisamente los países de economías emergentes (China, India, Brasil, Rusia, México y Sudáfrica) los que están financiando con sus excedentes comerciales la necesidades de capital de los países occidentales, pues hay que recordar que la economía norteamericana necesita de 2.000 millones de dólares diarios para mantener los niveles de consumo de sus ciudadanos y empresas. ¿Qué pasaría si, como se ha comentado, China y Rusia dejasen de realizar sus intercambios en dólares? ¿O si las transacciones de petróleo dejasen de hacerse en dólares y pasasen a nominarse en euros? ¿O si las autoridades chinas dejasen de comparar deuda soberana de los países europeos, entre ellos España?. Llegados a este punto, quizás cabría preguntarse qué se puede hacer ante la situación perfilada en los párrafos anteriores. Frente a la posición de profundizar más en el proceso de globalización por la vía de reducir aún más las regulaciones que permitan un desarrollo mayor del comercio de bienes y servicios y de los movimientos de capital y tecnología, en un ensayo reciente el socialista francés Arnaud Montebourg ha propuesto un proyecto de desglobalización destinado a recuperar la iniciativa en Europa, proporcionando al continente europeo los medios para influir en la marcha del mundo. De forma muy esquemática, se trataría de dotar a la Unión Europea de una diplomacia común –lo que implicaría avances substanciales hacia la unión política- que consiguiese incluir en los tratados de libre comercio de la Organización Mundial de Comercio (OMC) nuevas condiciones no mercantiles a fin de garantizar que la competencia no se haga en detrimento del trabajo y del medio ambiente. Así, debería crearse una agencia europea que fuese capaz de calcular el coste ecológico y social de los diferentes productos procedentes del extranjero, proponiendo a la Unión Europea la posibilidad de imponer prohibiciones de comercializar, o bien tasas arancelarias sobre los productos fabricados en países que violen las obligaciones del Protocolo de Kyoto, o las normas sociales aprobadas por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En definitiva, esta propuesta de desglobalización nos acerca bastante a la máxima de John Maynard Keynes datada en 1933 y recogida al comienzo del ensayo de Arnaud Monteburg: “las ideas, el conocimiento, el arte, la hospitalidad y los viajes: éstas son las cosas que, por naturaleza, deben ser internacionales. Pero produzcamos las mercancías en casa siempre que ello sea razonable y prácticamente posible”. En fin, a Carlos Marx le sería bastante difícil de entender que en el mundo actual los beneficios de muchas empresas transnacionales se deben a que –al poder localizar su fábricas en China- pueden tener unos reducidos costes de producción merced a los bajos salarios chinos determinados y controlados por un país comunista. Y además, estas empresas saben que pueden contar con un voluminoso ejercito de reserva si quieren aumentar sus producciones destinadas al mercado mundial. ¿Será por eso, por lo que está tan solitaria la tumba de Marx?. (Jesús Arango, 09/11/2012)


Deslocalización y dumping social:
La salida que nos proponen las élites del mundo implica, aunque lo oculten, un desenganche progresivo de los actuales valores occidentales que supera los pequeños ajustes del Estado de Bienestar que las sociedades occidentales están dispuestas a asumir. Y que solo será posible si se acompaña de un fuerte retroceso democrático y la instauración de formas políticas autoritarias. Lo que se denomina “devaluación interna” no es algo limitado a las periferias de Europa. Es, aunque pocas veces se hace explícita, la solución que las élites dominantes ofrecen al conjunto de Occidente ante la batalla de la globalización. Esa batalla nos “obliga”, dicen, a una wageless recovery, es decir, a una salida basada en un rápido descenso de los sueldos y del nivel de vida de los ciudadanos, según los términos utilizados por Stephen Roach, presidente de Morgan Stanley en Asia. Es la única forma de frenar el desplazamiento de actividad hacia los países en desarrollo que conlleva la globalización. Desde este lado del mundo pareciera que ya no es posible aspirar a una vida mejor. ¿Dónde van los incrementos de productividad que favorecen las nuevas tecnologías? ¿Y la aceleración de las innovaciones en todos los campos del saber?, ¿qué pasa con ellas? ¿No son suficientes para facilitar una mejora generalizada del nivel de vida de los trabajadores de todo el mundo? Mejor no hacer esas preguntas. Al relato dominante solo le interesan los discursos políticos e ideológicos que potencian o justifican un trasvase extraordinario de rentas a favor del capital y en contra del trabajo. Eso y no otra cosa es la wageless recovery: un ardid intelectual más que pretende desmontar los contrapesos del Estado de Bienestar, los mismos que facilitaban la estabilidad de la demanda interna, presentados como un lastre. Lejos de ser “la solución”, es un camino hacia el desastre. Y es que el predominio absoluto del capital sobre el trabajo provocará inexorablemente crisis de subconsumo sistémicas, especialmente intensas en los países desarrollados, y el retorno a las convulsiones recurrentes del capitalismo que ya denunciara Carlos Marx. Decía Marx que, en la medida en que crece el volumen y la intensidad del capital, se produce un incremento extraordinario de la capacidad productiva del trabajo; pero el desarrollo de la técnica y la racionalización de la producción que trae consigo, en lugar de aliviar la carga del trabajo, genera, paradójicamente, desocupación, precariedad y descenso salarial. La expresión de esa apropiación de la productividad del trabajo se percibiría porque los beneficios empresariales crecerían en una espiral exponencial en relación con los salarios hasta el punto de provocar periódicamente crisis de subconsumo y sobreproducción. Desgraciadamente, esa tendencia se está volviendo a cumplir desde que la globalización y el neoliberalismo se han convertido en fuerzas dominantes, periodo en que los beneficios empresariales están creciendo 8 veces el nivel de los salarios. La defensa de nuevos modelos productivos basados en la innovación y en un trabajo más cualificado forma parte del relato común en Occidente. Si uno observa la prensa de países europeos o americanos, puede confirmar que las corrientes dominantes de todos ellos afirman como receta común que “hay que estar más preparados y ser más flexibles para ganar competitividad y competir en el exterior con productos de alto valor añadido”. ¿Es esa la solución? ¿Es el mercado exterior la solución? ¿Es la falta de preparación de nuestros jóvenes o su mala actitud ante el trabajo la que impide un modelo productivo diferente? ¿Cómo interpretar entonces la soblecualificación reconocida y su adaptación a entornos más competitivos, precisamente en el exterior? Esa “salida” oculta conscientemente que Asia (China, India…) y muchos países del mundo (Brasil, Rusia…) están ya capacitados para elaborar bienes y servicios de alto valor y no solo productos de baja gama. La economía de los países emergentes se caracteriza por una explotación intensiva del trabajo, eso es cierto, pero con un trabajo de creciente cualificación capaz de producir productos y servicios avanzados, como se puede apreciar haciendo un repaso a las más diversas industrias desde automóviles a trenes de alta velocidad, desde software a terminales tecnológicos o a nuevas energías y materiales. Un informe reciente elaborado por IDC y Microsoft afirma que las tecnologías del ‘cloud computing’ generarán en torno a los 14 millones de puestos de trabajo en todo el mundo hasta 2015. Pero, atención, por zonas geográficas, la generación de empleo se concentrará, sobre todo, en los países emergentes, la mitad de ellos entre China e India, (6,8 millones de nuevos puestos de trabajo). ¿Por qué ocurre esto? Entre otras cosas, porque, desde 2004, la mayoría de las transnacionales que más invierten en I+D de todo el mundo han utilizado China, la India u otros países emergentes para desarrollar sus programas. La diferencia esencial de esos países no es, por tanto, la ausencia de ingenieros, técnicos, investigadores o científicos sino su disposición a trabajar jornadas de 14 horas con salarios ínfimos. La socialización del conocimiento que facilitan las nuevas tecnologías y la creciente preparación de sus gentes les capacitan para cualquier tarea. Lo que denominamos socialización del conocimiento es, sobre todo, transferencia de tecnología. Cuando generamos ventajas diferenciales en Occidente, éstas se pierden a la misma velocidad que emplea el capital americano, europeo o japonés en desplazar las rutinas innovadoras ya testadas en Europa o EE UU, hacia los países emergentes. La deslocalización no solo es traslado de capital-dinero sino transferencia de conocimiento organizativo y técnicas de management que permiten fabricar allí , cada vez más, productos de alta gama y valor añadido y tomar la delantera en otras iniciativas. El capital occidental se muestra feliz en esta situación, porque toma contacto con naciones con un trabajo infinitamente más barato, desprotegido y “ motivado” que facilita unas altísimas tasas de rentabilidad. En realidad, no hablamos de modelo productivo, hablamos de modelo social. Ya no queremos “exportar” nuestros valores democráticos, los consensos internos, los sistemas fiscales progresisvos que eran la base del equilibrio social. Ya no queremos mostrarlo como referencia para los países periféricos. Al revés, se ensalza su capacidad de sacrificio, propia de sus penurias económicas para ponerlos como nuevo paradigma frente a las sociedades obsoletas y acomodadas occidentales. En 15 años, el modelo chino, exportador y basado en un evidente dumping social, ha pasado a convertirse en el patrón (devastador, insostenible) al que se desea someter al conjunto de Occidente. Anhelan sus bajos salarios y las jornadas interminables y su “disciplina”, eso es todo. Identificar las falsas salidas es imprescindible, rechazarlas con fuerza también. El modelo productivo que necesita España es, simplemente, el que extrae lo mejor de nuestras ventajas comparativas y ello requiere una política industrial adecuada a los principales sectores: desde las industrias culturales al turismo, desde la automoción a las energías renovables, desde la construcción a la agricultura sostenible. Y, común a todos ellos, la revalorización de nuestros trabajadores y la inteligencia colectiva, justo lo contrario que potencia la reforma laboral del Gobierno. Ese sí es el camino.


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