Neoliberalismo             

 

Neoliberalismo:
La deuda monetaria de Milton Friedman:
«A Milton Friedman todo le recuerda la oferta monetaria». Estas palabras de Robert Solow sirven para ilustrar la perfecta simbiosis que ha terminado produciéndose entre la figura del premio Nobel Milton Friedman y el monetarismo, escuela de pensamiento de la que fue creador y máximo exponente. Según esta visión del papel de la política monetaria, expuesta en su libro A Program for Monetary Stability, publicado en 1959, la labor de los bancos centrales debería limitarse a mantener una tasa constante (y reducida) de crecimiento anual de la oferta monetaria, independientemente de cuáles sean las condiciones cíclicas de la economía. La autoridad monetaria, pensaba Friedman, puede controlar la cantidad de dinero pero no los efectos a corto plazo de posibles cambios en la misma. A largo plazo, además, la expansión de la masa monetaria se traduce en una tasa mayor o menor de inflación sin efecto alguno sobre el crecimiento económico real. Conclusión: lo mejor que puede hacerse es atar firmemente las manos de los banqueros centrales mediante el establecimiento de una regla estricta.

Milton Friedman


Si, como el propio Friedman defendía, las teorías económicas deben juzgarse sobre todo por su capacidad para predecir el comportamiento, un somero repaso de las estrategias de política monetaria que sigue hoy la inmensa mayoría de los bancos centrales obligaría a concluir que el monetarismo ha sido un sonoro fracaso. Sin embargo, no sería justo saldar de una manera tan simplista el juicio sobre la contribución de esta figura singular del pensamiento económico del siglo XX a la política monetaria. Ciertamente, ni siquiera en el cénit del monetarismo, en los años 70 y 80 del pasado siglo, se pueden encontrar ejemplos de aplicación práctica de la regla monetarista estricta. Sin embargo, debe reconocerse que en esos años algunos bancos centrales establecieron estrategias de política monetaria en dos etapas que descansaban en la fijación de un objetivo para la tasa de crecimiento anual de un determinado agregado monetario y, en la segunda, fijaban los objetivos últimos de crecimiento de la inflación. El Banco de España, por ejemplo, siguió esta estrategia desde aproximadamente mediados de los 80 hasta su sustitución por otra de objetivos directos de inflación 10 años más tarde. De manera más significativa, el Bundesbank llegó a establecer con los objetivos de crecimiento para los agregados monetarios una simbiosis similar a la del propio Friedman con el monetarismo, de la que la estrategia inicial de los dos pilares de la política monetaria del Banco Central Europeo fue clara heredera. La posterior aceleración de los procesos de innovación financiera -avances casi de ciencia ficción, si se contemplan con ojos de los años 60- debilitó hasta destruirla cualquier posibilidad de relación estable entre esos agregados monetarios y los instrumentos a disposición de la autoridad monetaria, por un lado, y los objetivos últimos de inflación, por el otro. Para valorar equilibradamente la aportación de Friedman es precisa también una contextualización histórica de la génesis del monetarismo. En 1936, Keynes había publicado su Teoría General. En palabras de un keynesiano practicante como Paul Krugman, Keynes fue el Martín Lutero de la economía clásica y Friedman, el abanderado de la contrarreforma, el impulsor del neoclasicismo económico. Keynes defendía que en un contexto de tipos de interés bajos la política monetaria era completamente ineficaz para reactivar el crecimiento y que la única herramienta útil en tal caso era una política fiscal expansiva. Formulando una regla monetaria independiente del ciclo económico, Friedman reclamaba un mayor protagonismo para el banco central a expensas del presupuesto público, siempre más propicio a la carga ideológica y menos del agrado, por tanto, de los defensores del libre mercado. La contextualización histórica ayuda también a entender mejor la regla monetaria estricta como una opción, ciertamente extrema, para prevenir el exceso de activismo monetario que Friedman atribuía a los banqueros centrales de su tiempo. En su obra conjunta con Anna J. Schwartz, A Monetary History of the United States 1867-1960, ofrece numerosos ejemplos (perniciosos) de esa hiperactividad. Durante la Gran Depresión, pensaba Friedman, las autoridades monetarias se movieron en la dirección equivocada; después aprendieron a hacerlo en la dirección correcta, pero casi siempre fueron demasiado lejos y actuaron demasiado tarde. Es cierto que la correlación de fuerzas en el debate de las reglas frente a la discreción no parece haberse inclinado finalmente a favor de Friedman. Sin embargo, convenientemente recontextualizados y reinterpretados, sus argumentos podrían ser válidos para defender una visión más moderna de la idea de reglas, una visión basada en la necesidad de fijar referencias concretas sobre las que los banqueros centrales deben rendir cuentas y que deben servir para juzgar de manera objetiva la oportunidad y efectividad de sus actuaciones. La definición cuantitativa del concepto teórico de estabilidad de precios que hoy usa el BCE podría ser un buen ejemplo de esta moderna concepción de la fijación de reglas. Finalmente, hay que recordar que la contribución de Milton Friedman al pensamiento económico no se limitó al monetarismo. En 1957 había publicadoA Theory of the consumption function, donde se establece la conocida hipótesis de la renta permanente para explicar el comportamiento del gasto y el ahorro de los individuos. Es evidente que el paso del tiempo ha sido mucho más generoso con esta aportación de Friedman. Y lo ha sido también con otra contribución igualmente relevante y mucho más próxima al terreno de la política monetaria. En 1958, Alban W. Phillips había mostrado que, históricamente, desempleo e inflación habían mantenido una correlación negativa, sentando las bases de la famosa Curva que lleva su nombre. En plena ebullición keynesiana, la Curva de Phillips ofrecía a los gobiernos un menú de combinaciones entre los niveles de paro y de inflación entre las que elegir. En 1967 Friedman rebatió esta idea defendiendo que las reducciones en la tasa de paro que se podían conseguir mediante una expansión monetaria para crear inflación eran puramente transitorias, no permanentes. Dicho de otro modo, a largo plazo la Curva de Phillips es completamente vertical y cualquier intento, por tanto, de reducir el desempleo creando inflación llevará ineludiblemente a un aumento de esta última sin efecto alguno sobre la primera: estanflación. Sin duda, esta visión supuso un paso importante en el camino hacia la conclusión, hoy mayoritariamente aceptada en la profesión, de que la mejor aportación que la política monetaria puede hacer al crecimiento económico, a la creación de empleo y, en definitiva, al bienestar de los ciudadanos es mantener la estabilidad de los precios. (José Luis Malo de Molina, 19/08/2012)


Capitalismo con rostro humano:
En una lectura de este verano encontré la siguiente frase: «Todos debemos cargar con la responsabilidad de proteger el capitalismo de los vándalos éticos». El autor, (G. Hamel, Lo que ahora importa, Deusto) definido como el gurú de management más influyente del mundo, reflexiona luego sobre Adam Smith para concluir que «el interés propio funciona sólo en la medida en que exista un vaso ético de contención». Seguramente, hubiera dejado pasar un asunto que me llevaba a las clases de Ernest Lluch en la Facultad de Valencia donde abordamos la eventual contradicción entre la concepción de la armonía social expresada por Smith en su Teoría de los sentimientos morales(basada en la empatía) y en la Riqueza de las Naciones (fundada en el interés propio), si no hubiera sido por otras noticias de actualidad vinculadas a efectos negativos de seguir sólo intereses egoístas: la citación por parte de la Fiscalía de Nueva York a responsables de siete bancos sobre prácticas presuntamente delictivas para manipular el Libor y la publicación del informe del Parlamento Británico sobre el mismo asunto. Así, pues, para empezar un curso complicado donde los valores morales no deben estar ajenos a los recortes presupuestarios, les propongo recurrir al aforismo de que nada más práctico que una buena teoría. Seremos hoy prácticos y hablaremos de teoría. Demasiadas veces se ha citado la frase de Smith, «No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios, sino su egoísmo» junto a su idea de que «al perseguir su propio interés, el individuo es conducido por una mano invisible a promover el interés público, aun sin proponérselo» como para intentar disimular su postura. Sin embargo, el pensamiento de Smith es mucho más complejo y matizado, por lo que su defensa del interés propio como nuevo monarca que debe lograr el bienestar colectivo se ha deformado por la vulgarización. Ya Keynes, un economista poco sospechoso de antisistema, dijo en 1926 que esta idea se deducía más «de la defensa que hizo Smith del viejo sistema teísta de la libertad natural que de cualquier proposición de la propia economía». Sobre todo, cuando esa «mano invisible» se describió mediante un modelo irreal de competencia perfecta «que se ofrece a los principiantes porque es lo más simple, no porque sea lo más próximo a los hechos». Sería algo así como suponer que todo el mundo cumple los Diez Mandamientos de Moisés, e intentar extraer conclusiones prácticas de ello. Smith parecía ser consciente del problema cuando escribió, también, que «rara vez se junta gente ocupada en la misma profesión u oficio, sin que la conversación gire en torno a una conspiración contra el público o alguna maquinación para subir los precios» señalando con ello que, en la realidad, con demasiada frecuencia, siguiendo el interés propio, se consigue conspirar contra el interés común. La mano invisible (competencia perfecta) no sería, así, fruto espontáneo del libre dejar hacer. ¿Cómo se construye el bienestar social si no puede ser a partir del egoísmo de los intereses propios porque el mecanismo ideal de libre mercado se encuentra gripado? La primera respuesta la teorizó el citado Keynes: ante los fallos de una economía de mercado capaz de funcionar con paro masivo o desigualdades sociales tan inevitables (Marx) como inaceptables, recurramos a un agente social que actúe guiado por una lógica diferente asentada en su monopolio reconocido de la violencia, los impuestos y la emisión de dinero, es decir, el Estado. Se sustituye, con ello, la parábola de la mano invisible por una visible mano interventora del Estado que refrena, conduce, estimula y sanciona al interés privado para hacerlo encajar con lo que, en cada momento, la democracia decide que es el interés general. Este paradigma, un capitalismo egoísta reconvertido por normas, impuestos y gasto público, fue una respuesta a la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado (las otras fueron el nazismo y el comunismo soviético) y nos ha proporcionado, en Europa, varias décadas de bienestar hasta que, también él, ha entrado en dificultades al cambiar algunos de los parámetros claves que le permitían funcionar. Y, ahora, ¿qué? ¿Cuál debe ser la nueva respuesta a la Gran Recesión de principios del siglo XXI? No veo en el horizonte actual alternativas sistémicas practicables como representó en el siglo pasado el fracasado comunismo soviético. No hablo de propuestas, o teorías, sobre otros modelos económicos más o menos deseables, que hay muchas, sino de alguna capaz de aglutinar fuerza social suficiente como para dar la vuelta totalmente a lo existente. Tampoco lo encontraremos regresando allí donde surgió el problema: en una creencia, no racional, en las fuerzas equilibradoras de un libre mercado que sólo existe en los manuales. ¿Entonces? Paradójicamente, puede que encontremos la respuesta volviendo a Adam Smith. Pero no al economista, sino al moralista que señala en la empatía, en la capacidad de ponernos en el lugar del otro para simpatizar con sus razones, un instinto humano natural que permite juzgar y, por tanto, controlar, las consecuencias no deseables de seguir nuestro propio interés. Sujetar, en el ámbito de los negocios, el egoísmo recurriendo a principios morales podría configurar un capitalismo con rostro humano donde, junto a prácticas efectivas de Buen gobierno corporativo y una Responsabilidad Social Empresarial que oriente la acción y no solo el márketing, se adjunte una reforma sustancial de todo lo público que haga compatible lo eficaz, con lo equitativo. En 1968, la pretensión del líder comunista checoeslovaco Dubcek de reformar el socialismo realmente existente hacia un «socialismo con rostro humano», fue aplastada por los tanques soviéticos. Tres décadas de sufrimiento más tarde, el mismo sistema comunista que se negó a cambiar, se derrumbó como un castillo de naipes. Convendría aprender algunas lecciones de la Historia. Y si ya sabemos que el «vandalismo ético» es socialmente corrosivo, aunque esté guiado por el interés personal de algunos gestores, la solución no puede trasladarse en exclusiva al ámbito legal. (Jordi Sevilla, 02/08/2012)


Recortes permanentes:
[Otoño caliente:] Como si las vacaciones de verano fuesen un manto de olvido que disipase la brutalidad de la crisis, los medios de comunicación han tratado de distraernos con dosis masivas de embrutecimiento colectivo: Eurocopa de fútbol, Juegos Olímpicos, aventuras estivales de ‘famosos’, etc. Desean hacernos olvidar que una nueva andanada de recortes se avecina y que el segundo rescate de España será socialmente más lastimoso… Pero no lo han conseguido. Entre otras razones, porque los audaces aldabonazos de Juan Manuel Sánchez Gordillo y el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) han roto el conjuro y mantenido la alerta social. El otoño será caliente. En una conversación pública mantenida en agosto pasado con el filósofo Zygmunt Bauman coincidíamos en la necesidad de romper con el pesimismo imperante en nuestra sociedad desengañada del modo tradicional de hacer política. Debemos dejar de ser sujetos individuales y aislados, y convertirnos en agentes del cambio, en activistas sociales interconectados. “Tenemos el deber de tomar el control de nuestras propias vidas –afirmó Bauman–. Vivimos un momento de grave incertidumbre donde el ciudadano no sabe realmente quién está al mando, y esto hace que perdamos la confianza en los políticos y en las instituciones tradicionales. El efecto en la población es una situación constante de miedo, de inseguridad… Los políticos sugestionan a los ciudadanos para que siempre tengan miedo, y así poder controlarlos, constreñir sus derechos y limitar las libertades individuales. Estamos en un momento muy peligroso, porque las consecuencias de todo esto afectan nuestra vida diaria: nos repiten que debemos tener seguridad en el trabajo, mantenerlo a pesar de las duras condiciones de empleo y de precariedad, porque así obtendremos dinero para poder gastar… El miedo es una forma de control social muy poderosa”. Si el ciudadano ya no sabe quién está al mando es porque se ha producido una bifurcación entre poder y política. Hasta hace poco, política y poder se confundían. En una democracia, el candidato (o la candidata) que, por la vía política, conquistaba electoralmente el poder Ejecutivo, era el único que podía ejercerlo (o delegarlo) con toda legitimidad. Hoy, en la Europa neoliberal, ya no es así. El éxito electoral de un Presidente no le garantiza el ejercicio del poder real. Porque, por encima del mandatario político, se hallan (además de Berlín y Angela Merkel) dos supremos poderes no electos que aquél no controla y que le dictan su conducta: la tecnocracia europea y los mercados financieros. Estas dos instancias imponen su agenda. Los eurócratas exigen obediencia ciega a los tratados y mecanismos europeos que son, genéticamente, neoliberales. Por su parte, los mercados sancionan cualquier indisciplina que se desvíe de la ortodoxia ultraliberal. De tal modo que, prisionero del cauce de esas dos rígidas riberas, el río de la política avanza obligatoriamente en dirección única sin apenas margen de maniobra. O sea: sin poder. “Las instituciones políticas tradicionales son cada vez menos creíbles –dijo Zygmunt Bauman– porque no ayudan a solucionar los problemas en los que los ciudadanos se han visto envueltos de repente. Se ha producido un colapso entre las democracias (lo que la gente ha votado), y los dictados impuestos por los mercados, que engullen los derechos sociales de las personas, sus derechos fundamentales”. Estamos asistiendo a la gran batalla del Mercado contra el Estado. Hemos llegado a un punto en que el Mercado, en su ambición totalitaria, quiere controlarlo todo: la economía, la política, la cultura, la sociedad, los individuos… Y ahora, asociado a los medios de comunicación de masas que funcionan como su aparato ideológico, el Mercado desea también desmantelar el edificio de los avances sociales, eso que llamamos: “Estado de bienestar”. Está en juego algo fundamental: la igualdad de oportunidades. Por ejemplo, se está privatizando (o sea: transfiriendo al mercado) de forma silenciosa la educación. Con los recortes, se va a crear una educación pública de bajo nivel en el que las condiciones de trabajo estructuralmente van a ser difíciles, tanto para los profesores como para los alumnos. La enseñanza pública va a ­tener cada vez más dificultades para favorecer la emegencia de jóvenes de origen humilde. En cambio, para las familias acomodadas, la enseñanza privada va a conocer seguramente un auge mayor. Se van a crear de nuevo unas categorías sociales privilegiadas que accederán a los puestos de mando del país. Y otras, de segunda categoría, que sólo tendrán acceso a los puestos de obediencia. Es intolerable. En ese sentido, la crisis probablemente actúa como el shock, del que habla la socióloga Naomi Klein en su libro La Doctrina del shock (2): se utiliza el desastre económico para permitir que la agenda del neoliberalismo se realice. Se han creado mecanismos para tener vigiladas y bajo control a las democracias nacionales, para poder aplicar (como está pasando en España y pasó antes en Irlanda, Portugal o Grecia) feroces programas de ajuste vigilados por una ­nueva autoridad: la troika que ­forman el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo; unas instituciones no democráticas cuyos miembros no son elegidos por el pueblo. Instituciones que no representan a los ciudadanos. Y sin embargo, esas instituciones –con el apoyo de unos medios de comunicación de masas que obedecen a los intereses de grupos de presión económicos, financieros e industriales– son las encargadas de crear las herramientas de control que reducen la democracia a un teatro de sombras y de apariencias. Con la complicidad complaciente de los grandes partidos de gobierno. ¿Qué diferencia hay entre la ­política de recortes de Rodríguez Zapatero y la de Mariano Rajoy? Muy poca. Ambos se han ­inclinado servilmente ante los especuladores financieros y han obedecido ciegamente a las consignas eurocráticas. Ambos han liquidado la soberanía nacional. Ninguno de los dos tomó decisión política alguna para ponerle freno a la irracionalidad de los mercados. Ambos consideraron que, ante los dictados de Berlín y el ataque de los especuladores, la única solución consiste –a semblanza de un rito antiguo y cruel– en sacrificar a la población como si el tormento inflingido a las sociedades pudiera calmar la codicia de los mercados. En semejante contexto, ¿tienen los ciudadanos la posibilidad de reconstruir la política y de regenerar la democracia? Sin duda. La protesta social no cesa de amplificarse. Y los movimientos sociales reivindicativos se van a multiplicar. Por ahora, la sociedad española aún cree que esta crisis es un accidente y que las cosas volverán pronto a ser como eran. Es un espejismo. Cuando tome conciencia de que eso no ocurrirá y de que estos ajustes no son “de crisis” sino que son estructurales, que ­vienen para quedarse definitivamente, entonces la protesta social alcanzará probablemente un nivel importante. ¿Qué exigirán los protestatarios? Nuestro amigo Zygmunt Bauman lo tiene claro: “Debemos construir un nuevo sistema político que permita un nuevo modelo de vida y una nueva y verdadera democracia del pueblo”. ¿A qué esperamos? (Ignacio Ramonet, 04/09/2012)


Recortes: ¿Rescate del liberalismo o secuestro de la democracia? Según relata Perry Anderson, el 7 de diciembre de 2002 el Economist recomendó a Alemania someterse a una terapia de choque. Las medidas propuestas, la Agenda 2010 aprobada en 2003 por el canciller Schroeder, fueron un buen ejemplo de lo que se conoce por neoliberalismo. Así, el diario prescribía reducir las contribuciones empresariales a la seguridad social y los impuestos sobre sus actividades, disminuir la prestación por desempleo, las pensiones y un recorte adicional a un sistema sanitario “demasiado generoso”. Nada original entonces ni ahora, ya que desde los años ochenta se ha seguido esta política económica ratificada en 1992 por el Tratado de Maastricht. Tampoco es nuevo acusar a las economías europeas de generar poblaciones dependientes del estado. Desde que Hayek escribió en 1944 su Camino de servidumbre, los ataques contra los estados de economía mixta construidos desde 1945 iban a reproducir repetidamente sus argumentos. Lo que proponían, convertido en dogma por los gobiernos en los años ochenta y noventa, se basaba en una idea tan sencilla como disparatada. En vez de subvencionar la “dependencia”, se pretendía una nueva versión del laissez faire, laissez passer conocida en el ámbito de la distribución de recursos como “teoría del goteo” (trickle down effect). Cuanto mayor fuese el dinero de los de arriba, más recibirían los de abajo. Cuanta más libertad y menos gravámenes para el empresario, más puestos de trabajo y riqueza se crearían. A pesar de su apariencia de farsa, las elites creyeron su cuento de hadas. La ideología es un mapa del mundo que tomamos por la realidad. Es una narrativa que da sentido a las cosas, compensando las ansiedades generadas por lo cotidiano y reprimiendo sus efectos amenazantes sobre la estabilidad. Sabemos que las elites siempre han tratado de ocultar la barbarie que funda el origen de su poder. El neoliberalismo no es una excepción. La teoría del goteo no solo es la cobertura moral del desguace del Estado de bienestar, sino una pieza clave del triunfo de esta ideología. Los recortes no son exigidos por la crisis económica, sino por esta visión de la realidad promovida por los máximos beneficiarios del sistema. No son “deberes” necesarios, sino medidas para el beneficio de las elites y la apertura de nuevos mercados. El recorte no es un bisturí aséptico, sino una puñalada a quien precisa del Estado de bienestar. No son resultado natural de la coyuntura, sino producto de unos intereses concretos. Es hora, dice esta ideología, de que el capital penetre en lo que hasta ahora no había entrado. El bocado es grande; las consecuencias en forma de exclusión social, abrumadoras. Las elites europeas consideran que ya no tienen porqué contribuir a la seguridad social pactada en 1945, puesto que desde los años ochenta ninguna amenaza política las ha obligado a ello. Como ideología, el neoliberalismo oculta que la crisis del Estado de bienestar es provocada por los ciclos del capitalismo y la agresión de los mercados. Esconde los paraísos fiscales y la desregulación financiera, porque sin ambos la crisis de la deuda y el capitalismo globalizado no serían posibles. Encubre el origen y el funcionamiento del poder de las elites. Se culpa a los gobiernos “manirrotos”, a la gente que “gasta lo que no tiene”, en definitiva, al Estado de bienestar. La teoría del goteo se exhibe como razón fundamental y la victoria sobre lo público se pretende total. La crisis que el mismo sistema ha generado es tan solo el momento más propicio para despojar a la multitud de los recursos públicos. No es un diluvio. Nada en el capitalismo es natural. Es preciso atender a las relaciones de poder que existen detrás de frases como “con la que está cayendo” o “vivimos por encima de nuestras posibilidades”. Solo así podremos entender por qué la Troika recomienda al gobierno griego implementar la semana laboral de seis días; por qué se precisa el despido libre y la reducción de la prestación por desempleo para “flexibilizar” la economía; o por qué en Portugal se aumenta un 7% el impuesto de contribución de los trabajadores a la seguridad social al tiempo que el tipo de los empresarios baja un 6%. Cuando el capitalismo regulado entró en crisis a partir de 1968, sacudido por la contestación social y la caída de las ganancias relativas del capital, el sistema buscó vías de transformación. Entonces como ahora, se argumentó que la crisis imponía un tipo único de política económica. La actuación de los gobiernos contra los que se resistían al nuevo sistema fue imprescindible. Thatcher declaró una vez que ella no creía en clases sociales, sino solo en individuos. No obstante, su política gubernamental fue tan destructiva contra el Estado de bienestar que ha quedado como modelo de gobierno para toda la derecha posterior. Lo que demuestra que aunque la Dama de Hierro no creyese en las clases, el capitalismo no dejaba de hacerlo. Y es que el neoliberalismo, en realidad, es muy intervencionista. El Estado le es imprescindible. Solo así pudo adquirir la fuerza necesaria para desmontar la economía creada entre 1945 y 1968. Solo así el capitalismo pudo desactivar las revueltas de 1968, deprimir los salarios, reducir la seguridad social y privatizar los recursos públicos sin provocar una alteración radical del orden social. Solo así puede transferir recursos de la multitud a las elites en una completa inversión de la teoría del goteo. Aunque en última instancia el neoliberalismo implica la renuncia a toda política, ahora vemos que lo que reprime no es la política en sí o el Estado, sino la posibilidad de una política de lo diferente. El plan del BCE no es un rescate de la población, sino la culminación de un secuestro premeditado de la democracia. En la década de 1790, escribió el historiador EP Thompson, Gran Bretaña, regida por el liberalismo desde 1689, torturó y ahorcó a un buen número de sus ciudadanos bajo la acusación de ser agentes de la democracia. El gobierno británico quiso escarmentar a las clases populares dejando claro que liberalismo y democracia eran cosas muy distintas. Hoy, una soga nos amenaza con otra lección. A pesar de sus proclamas, la UE o el Gobierno siguen repitiendo con sus acciones la vieja cantinela del capitalismo: neoliberalismo y democracia no serán nunca la misma cosa. (Miguel Ángel Sanz Loroño, 13/09/2012)


Neoclásicos: Cerrazón:
Mi generación de economistas se formó en un período en el que la economía vulgar alcanzó los niveles más bajos de vulgaridad. Se impone una aclaración. Estoy citando a la señora Joan Robinson, la maestra en Cambridge que afirmó lo anterior en su “Carta abierta de una Keynesiana a un Marxista”. Es un texto dirigido a su colega Ronald Meek en 1953, pero la frase se aplica a nuestra experiencia en la academia, además de caer como anillo al dedo en los tiempos que corren. A lo largo del siglo XX la teoría neoclásica dominó la vida académica y el mundo de la política económica. Cuando se presentaron posiciones críticas, fueron recuperadas y, como hoy se dice, ‘refuncionalizadas’. Es lo que sucedió con Keynes. Cuando eso no fue posible, por ejemplo con los marxistas, la crítica fue marginada y castigada con el destierro. Lo importante era mantener sin contrincantes el espacio académico. Y cuando surgían controversias en las que se demostraban los errores de la teoría neoclásica en sus planteamientos medulares, como en la controversia sobre la teoría del capital de los años 1953-1970, la ortodoxia rápidamente los enterró y esperó a que los problemas fueran devorados por el olvido. La práctica docente hizo lo que tenía que hacer, barriendo debajo de la alfombra los problemas. De esa forma la teoría neoclásica pudo seguir triunfando en un torneo imaginario, luchando con su sombra y dando la apariencia de estar envuelta en una justa en la que sobresale el mejor modelo teórico. Sólo así pudo levantar sus extrañas catedrales con altares repletos de falsas deidades. La vulgaridad invadió sus templos hasta quitarle todo vestigio de pensamiento científico. En el desarrollo de una disciplina científica con frecuencia la pregunta es más importante que la respuesta. Una de las grandes preguntas que lanzó Adam Smith es la siguiente: ¿puede un conjunto de individuos que actúan separadamente y sin coordinación producir resultados benéficos para todo el grupo? Esta pregunta se encuentra intercalada en toda la obra del pensador escocés, en especial en su análisis sobre la naturaleza y movimiento de los precios. Smith trazó así un modelo de problema teórico, un paradigma, que animó un programa de investigación de más de doscientos años. En el siglo XIX León Walras recogió la estafeta e intentó responder la pregunta. No pudo ofrecer una respuesta, pero con su modelo de equilibrio general estableció un poderoso formato para seguir buscándola. En el siglo XX, los trabajos de Hicks, Samuelson, Arrow y Debreu desarrollaron el plan de ataque trazado por Walras recurriendo a instrumentos matemáticos cada vez más sofisticados. En trabajos publicados en los años 1959, 1960 y 1974 vinieron las malas noticias. Después de tanto esfuerzo, la conclusión es que en el caso general no se puede, repito, no se puede afirmar que las acciones de una colección de individuos aislados desembocan en resultados benéficos para todos. Desde entonces la teoría de equilibrio general recibió un trato extraño. Se le presentó siempre como un triunfo científico por el uso de instrumentos matemáticos, pero en los cursos universitarios se le enseñó de manera incompleta. Los estudiantes de economía sufrieron el castigo de una educación machacona en lo que se refiere al comportamiento de maximización de los agentes individuales, pero al mismo tiempo se les escamoteó el tema clave de la formación de precios de equilibrio. Es decir, se les hizo pensar (creer) que el análisis de los procesos de maximización era el objeto central del modelo de equilibrio general. Por eso las universidades producen cada año legiones de egresados que creen que la teoría de equilibrio general fue capaz de producir los resultados que alguna vez prometió. Si a los estudiantes se les enseñara bien, a fondo, la teoría de equilibrio general, podrían percatarse que los únicos resultados que ha ofrecido son de índole negativa. Verían que en el tema de estabilidad nunca se pudo demostrar cómo las fuerzas del mercado conducen a vectores de precios de equilibrio general. Si se les enseñara el tema de existencia del equilibrio, verían que la demostración de existencia es un ejercicio matemático desprovisto de sentido económico. En el lugar de estos temas delicados, los cursos de microeconomía neoclásica se concentraron en la maximización individual y poco a poco le dejaron más espacio a la teoría de juegos. Cabe aclarar que el tema de la maximización individual es un tema preliminar en el análisis de la teoría del equilibrio general. No constituye el objeto central del análisis de la teoría de equilibrio general. Si se analiza ese tema es porque es un paso preparatorio en la construcción del modelo: es uno de las piedras con las que se construye la catedral, pero no es la catedral misma. Gastar tiempo enseñando hasta el hartazgo como se tallan esas piedras individuales evita el bochorno de tener que mostrar que la catedral no puede mantenerse de pie. De esta forma, en lugar de exponerla a la crítica, la teoría de equilibrio general fue guardada en una capilla para sólo sacarla a la luz en las peregrinaciones y días de observancia religiosa. Es la forma de asegurar que los millones de fieles sigan desconociendo las sagradas escrituras del neoliberalismo y mantenga su fe en las virtudes eternas del libre mercado. La “teoría” macroeconómica neoliberal está basada en esa misma creencia. Sus modelos optaron por descansar cada vez más en el supuesto de que de alguna manera el mercado efectivamente conduce a posiciones de equilibrio. Poco importaron los resultados negativos de la teoría microeconómica. De ahí la idea de definir los “fundamentos microeconómicos” de la macroeconomías, una idea falaz que parte del supuesto de que la teoría del comportamiento individual puede ser extrapolada para construir un modelo macroeconómico. Ese intento de buscar los “micro-fundamentos de la macro” está emparentado con el proyecto de construir una teoría macroeconómica con la figura del “agente representativo”, una entidad ficticia que elabora un plan de maximización intertemporal para asignar recursos entre ahorro y consumo. Estos ejercicios han hecho caso omiso de un hecho fundamental: la agregación del comportamiento especificado para los agentes individuales no permite conservar las propiedades de las funciones de oferta y demanda. Este resultado está claramente demostrado por el teorema Sonnenschein-Mantel-Debreu de 1974 y, por lo tanto, el agente representativo es una construcción absurda o un supuesto abusivo. Ciertamente no debería ser utilizado para definir directrices de política macroeconómica. Pero como la iglesia neoclásica está basada en los misterios de la fe, la figura del agente representativo es una pieza clave en la última generación de modelos de teoría macroeconómica neoclásica. Los modelos dinámicos estocásticos de equilibrio general (DSGE por sus conocidas siglas en inglés) modifican el problema de la optimización intertemporal al introducir el riesgo estocástico y las expectativas racionales sobre los efectos de la política económica. En estos modelos se permite la presencia de choques externos (tales como un aumento en los precios de petróleo o innovaciones tecnológicas) pero el supuesto clave es que los agentes pueden asignar correctamente una distribución probabilística a estos eventos, eliminando así el problema de la incertidumbre. El uso de la figura del “agente representativo” elimina la distinción entre la posición de equilibrio de todo el sistema y la del equilibrio de cada agente. Básicamente, el problema macroeconómico desaparece. Aún así, los modelos DSGE se convirtieron en el instrumento favorito de los bancos centrales en muchos países. La conclusión de esta familia de modelos es que la estabilidad de precios es fundamental para el buen funcionamiento de la economía. La pregunta es entonces ¿cómo se puede alcanzar y mantener la estabilidad de precios? La respuesta es que eso se logra a través de las metas de inflación (“inflation targeting”) anunciadas y buscadas de manera consistente por las autoridades monetarias. Desgraciadamente, esa no es una buena pregunta. El estallido de la crisis en 2007 demuestra que la estabilidad de precios no es sinónimo de estabilidad macroeconómica. Así que además de la cauda de problemas teóricos que arrastran los modelos DSGE, su utilidad para enfrentar los efectos de la crisis se acerca asintóticamente a cero. El choque de los modelos neoclásicos con el pensamiento de Keynes no puede ser más violento. El análisis de Keynes parte del reconocimiento de la inestabilidad intrínseca de las economías capitalistas. Su programa de investigación se organiza alrededor de la necesidad de alcanzar el pleno empleo de los recursos en una economía monetaria de producción capitalista, el alcance de un balance de pagos entre todos los países con instrumentos compatibles con el pleno empleo y un sistema de tipos de cambio que permita lo anterior. Pero los poderes establecidos, en la academia y la política, decidieron que este programa de investigación era demasiado peligroso y le condenaron al exilio por subversivo. Hoy, frente a una crisis que no pudieron prever, se podría pensar que los seguidores de los principios neoclásicos habrían adquirido por fin una brizna de humildad. Y en medio de un agravamiento de la crisis precipitado por las recetas y dogmas neoclásicos, se podría esperar al menos una ligera apertura intelectual. Pero no es así. Tanto en la academia, como en los espacios de la política económica la dogmática se ha endurecido. Desde lo más alto de la pirámide neoclásica, hoy se exige que el mundo se transforme para adecuarse a los axiomas de la teoría neoclásica. Lo anterior no es una metáfora. Realmente lo que buscan las directrices del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional, así como la retahíla de recetas sobre las tenebrosas “reformas estructurales”, es en efecto, transformar el mundo. El objetivo no es superar la crisis y restablecer los niveles de empleo que había antes del colapso. Y la pregunta de sus analistas es: ¿cómo se puede destruir lo que queda del estado de bienestar y las instituciones que obstaculizan la explotación de las clases trabajadoras? En eso reside la vulgaridad in extremis: cero ciencia, cero soporte racional para la política económica. Decía Marx que la economía vulgar se contenta con traducir las nociones vulgares al lenguaje doctrinario. Por eso los falsos eruditos desempeñan el papel de vulgarizadores de lugares comunes y desempeñan un papel apologético. Para ellos está cerrado el camino que lleva al trabajo científico. No pueden ver hoy que la pregunta histórica es ¿cómo construir la transición al socialismo? (Alejandro Nadal, 15/09/2012)


Lo que no te cuentan:
La economía ha tenido siempre un aura de misterio para el común de los mortales. Los titulares de los periódicos parecen escritos al dictado de los poderes económicos, encerrados en sus castillos kafkianos. Todos hemos bailado durante años en una jerga ideada por los tecnócratas -primas de riesgo, activos tóxicos, "obligaciones de deuda colateralizada"- para mantener deliberadamente al margen al 99% de los ciudadanos, que sufre en sus carnes la recesión mientras los ejecutivos siguen cobrando sus primas millonarias. Y en esto llega Ha-Joon Chang, profesor de Economía en Cambridge, hijo del 'milagro' coreano, dispuesto a destripar el capitalistmo desde dentro y ponerlo a la altura del 'mileurista', ahora que los mitos sobre la riqueza y la pobreza están cayendo por su propio peso. Chang, experto en economía del desarrollo, se adelantó a la Gran Recesión con un libro ('Bad Samaritans', aquí titulado '¿Qué fue del buen samaritano?') que arremetía contra la doble moral de la globalización y los esfuerzos de los países ricos por seguir teniendo la sartén por el mango. Ahora, en plena zozobra económica, nos llega '23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo' (que publicará en febrero la Editorial Debate), intentando ahondar en las razones de esta crisis causada "por los excesos de eso que llaman libre mercado". 1. "El libre mercado no existe", sostiene Chang, abriendo fuego en el primer capítulo . "Todos los mercados tienen reglas y fronteras para restringir la libertad de elección (...) El "libre mercado" es una ilusión y no se puede definir objetivamente. Es más bien una definición política, por no decir la idelogía dominante durante estos 30 últimos años. Los Gobiernos han decidido intervenir, esta vez para "desregular" la economía y llevarnos a este punto en el que estamos, con desigualdades cada vez mayores y crisis cada vez más frecuentes". 2. "Los accionistas no defienden los intereses de las compañías, sino sus propios intereses", palabra de Chang, que pone sobre el tapete otro hecho preocupante: "En los sesenta, un inversor británico mantenía por término medio seis años sus acciones en una compañía. Hoy en día, ese tiempo se ha reducido a tres meses... Al accionista no le preocupa el futuro a largo plazo de una empresa sino los beneficios que pueda reportarle en tres meses (...) Si gestionamos una empresa pensando en las accionistas, estamos posiblemente comprometiendo su propia supervivencia. A este punto hemos llegado". 3. "Los mercados financieros necesitan ser menos eficientes". Otra de las controvertidas afirmaciones del economista de Cambridge... "La desregulación y las tecnologías de la información permiten a los inversores mover grandes cantidades de capital en fracciones de segundo. Esto puede aumentar su capacidad para hacer dinero, pero tiene un efecto muy desestabilizador sobre la economía. El bache entre el mundo financiero y el mundo real es cada vez mayor: hemos creado un monstruo tan complejo que nos resulta muy difícil de entender, y mucho menos de controlar. Lo que necesitamos es simplificar". 4. "Los ricos nos hacen cada vez más pobres". Desde los años de Reagan y Thatcher, según Chang, funcionamos con una política de "enriquecer a los más ricos", con la vana idea de que la prosperidad se extenderá a otras capas de la sociedad. El precio que estamos pagando es éste: la mayor brecha entre los más ricos y los más pobres desde el último siglo. Un directivo norteamericano de una corporación llega a cobrar de 300 a 400 veces más que su empleado medio. Durante el último año, y a pesar de la crisis, los altos ejecutivos se han aumentado el sueldo un 40%. 5. "La economía mundial creció más en tiempos del capitalismo 'regulado'". De acuerdo con Chang, el crecimiento per cápita de la economía mundial durante los años sesenta fue casi el doble que a partir de los años ochenta. "Lo cierto es que las políticas del Banco Mundial y del FMI han dado muy pobres resultados", sostiene el economista de Cambridge. "Los países ricos quieren imponer sus recetas del 'libre mercado' a los países en desarrollo, cuando lo cierto es que ellos mismos se enriquecieron con un equilibrio de comercio y medidas protecconistas. Así es como creció Corea del Sur. La falacia del libre mercado ha convertido raramente a un país pobre en un país rico, con la excepción de Chile". 6. "Asume lo peor de la gente y obtendrás lo peor". Chang dispara contra la esencia egoísta del capitalismo, "la avaricia del carnicero y del panadero" a los que apelaba Adam Smith. "El capitalismo ha cambiado mucho desde entonces. No podemos ignorar que el ser humano responde a otras motivaciones, más allá del exclusivo interés propio. La explotación infantil era moneda corriente hace poco más de un siglo, y las elites se oponían férreamente a que los Gobiernos regularan el mercado laboral y acabaran con las jornadas de 15 horas diarias. El capitalismo se ha hecho más participativo y cooperativo: ustedes tienen el ejemplo cercano de Mondragón. Pero el sistema tiene que abrirse aún más, para dar cabida al 'ciudadano económico'". Dicho lo cual, pese a haberse ganado el apelativo de "anticapitalista", Ha-Joon Chang se desmarca de los teóricos del 'decrecimiento' y asegura que hoy por hoy no existe alternativa que permita garantizar el mismo nivel de progreso y desarrollo en el mundo. "Con el permiso de Churchill, el capitalismo es el peor sistema que existe... exceptuando a todos los demás", concluye el economista irreverente, entrevistado este fin de semana en EL MUNDO. "Eso no quiere que el modelo con el que funcionamos ahora sea el mejor posible. Todo lo contrario: tenemos que cambiarlo desde dentro y veo claros indicios en el horizonte. Los 'indignados' y el movimiento 'Occupy' es uno de ellos... Pese a los nubarrones del 2012, hay que ser optimista a largo plazo". (Carlos Fresneda, enero 2012)


¿Está acabado el neoliberalismo?:
Como deben de sangrar por nosotros. En el año 2012, las cien personas más ricas del mundo se enriquecieron 241.000 millones de dólares más. Su riqueza se estima ahora en 1,9 billones de dólares, sólo un poco menos que el PIB del Reino Unido. Esto no es consecuencia del azar. El aumento de las fortunas de los super-ricos es resultado directo de medidas políticas. He aquí unas cuantas: la reducción de las tasas impositivas y de la aplicación de la fiscalidad; la negativa de los estados a recuperar una porción de los ingresos procedentes de los minerales y la tierra; la privatización de activos públicos y la creación de una economía de cabinas de peaje; la liberalización salarial y la destrucción de la negociación colectiva. Las medidas políticas que hicieron tan ricos a los monarcas globales son aquellas medidas que nos están exprimiendo a todos los demás. No es esto lo que la preveía la teoría. Friedrich Hayek, Milton Friedman y sus discípulos – en mil escuelas de negocios, el FMI, el Banco Mundial, la OCDE y más o menos todos los gobiernos modernos – han argumentado que cuanto menos graven fiscalmente los estados a los ricos, menos defiendan a los trabajadores y redistribuyan la riqueza, más próspero será todo el mundo. Todo intento de reducir la desigualdad dañaría la eficiencia del mercado, impidiendo que la marea ascendente elevase a todos los barcos. Sus apóstoles han llevado a cabo un experimento global durante 30 años y los resultados están hoy a la vista. Fracaso total. Antes de seguir, debería señalar que no creo que el crecimiento económico perpetuo sea sostenible o deseable. Pero si tu objetivo es el crecimiento – un objetivo que todo gobierno dice subscribir –, no se puede organizar mayor desaguisado en lo tocante a eso que liberando a los super-ricos de las restricciones establecidas por la democracia. El informe anual del pasado año de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) debería haber supuesto una necrológica del modelo neoliberal desarrollado por Hayek y Friedman y sus discípulos. Muestra inequívocamente que sus políticas han logrado resultados opuestos a los que preveían. A medida que las políticas (recortar impuestos a los ricos, privatizar activos del Estado, desregular el mercado de trabajo, reducir la seguridad social) comenzaban a dar dentelladas de los años 80 en adelante, comenzaron a caer las tasas de crecimiento y el desempleo a aumentar. El notable crecimiento de los países ricos durante la década de los años 50, 60 y 70 se hizo posible gracias a la destrucción de la riqueza y el poder de la élite, como resultado de la Depresión y la II Guerra Mundial. Su bochorno otorgó al 99% restante una oportunidad sin precedentes de exigir redistribución, gasto público y seguridad social, todo lo cual estimuló. El neoliberalismo fue un intento de invertir el sentido de estas reformas. Generosamente financiado por millonarios, sus defensores tuvieron un éxito asombroso: en lo político. En lo económico, fracasaron. A lo largo y ancho de los países de la OCDE, los impuestos se han vuelto más regresivos: los ricos pagan menos, los pobres pagan más [6]. El resultado, sostenían los neoliberales, sería que aumentarían la eficiencia económica y la inversión, enriqueciendo a todos. Sucedió lo contrario. Mientras disminuían los impuestos a los ricos y las empresas, cayó la capacidad de gasto, tanto del Estado como de la gente más pobre, y se contrajo la demanda. El resultado fue que descendieron las tasas de inversión, en consonancia con las expectativas de crecimiento de las empresas. Los neoliberales insistieron también en que la desigualdad irrestricta en ingresos y los salaries flexibles reducirían el desempleo. Pero a lo largo y ancho del mundo rico, tanto la desigualdad como el desempleo se han disparado. El reciente salto del desempleo en la mayoría de los países desarrollados – peor que el de cualquier recesión previa de las últimas tres décadas – se vio precedido de la cuota en proporción de los salarios en el PIB más baja desde la II Guerra Mundial. Salta hecha trizas la teoría. Fracasó por la misma razón evidente: los bajos salarios deprimen la demanda, lo cual deprime el empleo. Conforme se estancaban los salarios, la gente complementaba sus ingresos endeudándose. El aumento de la deuda alimentó a los bancos desregulados, con consecuencias de las que todos somos conscientes. Cuanto mayor se vuelve la desigualdad, descubre el informe de la Naciones Unidas, menos estable es la economía y más reducidas sus tasas de crecimiento. Las medidas políticas con las que los gobiernos neoliberales tratan de reducir su déficit y estimular su economía son contraproducentes. La inminente reducción en el tramo superior del impuesto sobre la renta en el Reino Unido (del 50% al 45%) no supondrá un impulso para los ingresos del Estado o la empresa privada, pero enriquecerá a los especuladores que hicieron venirse abajo la economía: Goldman Sachs y otros bancos están ahora pensando en retrasar el pago de sus incentivos para aprovecharse de ello. La ley de bienestar social aprobada por el Parlamento la semana pasada no ayudará a aclarar el déficit o estimular el empleo: reducirá la demanda, suprimiendo la recuperación económica. Lo mismo vale para el tope puesto a los sueldos del sector público. “Volver a aprender algunas antiguas lecciones sobre justicia y participación”, afirma la ONU, “es la única forma de acabar superando la crisis y proseguir por una senda de desarrollo económico sostenible”. Como he dicho, no tengo favorito en esta carrera, salvo la creencia de que nadie, en este océano de riquezas, debiera ser pobre. Pero observando atónito las lecciones desaprendidas en Gran Bretaña, Europa y los Estados Unidos, me llama la atención que toda la estructura del pensamiento neoliberal sea un fraude. Las demandas de los ultrarricos se han vestido de teoría económica sofisticada y se han aplicado independientemente de su resultado. El completo fracaso de este experimento a escala mundial no es impedimento para que se repita. Esto no tiene nada que ver con la economía. Tiene absolutamente que ver con el poder. (George Montbiot, 20/01/2013) notas: Informa la ONU: “El efecto conjunto de estos cambios en la estructura fiscal hizo más regresivos los impuestos. Desde luego, un examen de las reformas fiscales de los países de la OCDE no encontró un solo país en el que el sistema fiscal se volviera más progresivo (Steinmo, 2003: 223)”, UNCTAD, 2012, como supra. [7] “La redistribución por medio de medidas fiscales puede por tanto darse en interés de la sociedad en su conjunto, especialmente allí donde la desigualdad es especialmente pronunciada como en muchos países en desarrollo. Apoya esto la experiencia de los países desarrollados, pues las tasas de inversión no eran más bajas – sino desde luego a menudo más altas – en las primeras tres décadas de la época de postguerra, aunque los impuestos sobre beneficios y los tramos superiores eran más elevados que después de las amplias reformas fiscales aplicadas posteriormente. Hay fuertes razones para creer que la disponibilidad de los empresarios a invertir en una nueva capacidad productiva no depende primordialmente de los beneficios netos en un determinado periodo temporal sino en sus expectativas respecto a la futura demanda de bienes y servicios que pueden producir con capacidad adicional. Esto resulta de especial importancia cuando se considera el efecto conjunto de un aumento de los impuestos empresariales. Siempre y cuando los ingresos fiscales más elevados se utilicen para gasto adicional del Estado, mejorarán las expectativas de las empresas de crecimiento de la demanda. Este efecto de demanda es independiente de si los gastos adicionales del Estado adoptan la forma de consumo del Estado, inversión pública o transferencias sociales. Cuando el nivel de la inversión fija se mantiene como resultado de expectativas de demanda favorable, subirán los beneficios brutos, y generalmente también los beneficios netos, no obstante el aumento inicial de impuestos. En ese proceso, se crearán ingresos y empleo adicionales para la economía en su conjunto”, UNCTAD, 2012, como supra. [8] “La proposición de que una mayor flexibilidad del nivel salarial agregado y los salarios medios más bajos es necesaria para impulsar el empleo, pues conduce a la substitución de trabajo por capital en la economía en su conjunto, puede refutarse directamente, dada la fuerte correlación positiva entre inversión en la formación de capital fijo bruto (FCFB) y la creación de empleo que existe en los países desarrollados (gráfico 6.3). Esta correlación contradice el modelo neoclásico: en el mundo real, las empresas invierten y desinvierten en capital y trabajo a la vez, y el nivel de su inversión depende del estado conjunto de sus expectativas de demanda. Esto implica que, en el contexto macroeconómico, capital y trabajo se pueden considerar substitutos solo en una medida muy limitada”, UNCTAD, 2012, como supra. [9] “Justo antes del último y enorme salto del desempleo en los países desarrollados – de menos del 6% en 2007 a cerca del 9% en 2010-2011? la proporción de los salarios en el conjunto del PIB había caído a su nivel más bajo registrado desde el final de la II Guerra Mundial (es decir, al 57%, de más de un 61% en 1980). Esto debería suponer una llamada de alerta. Si el desempleo asciende más que durante cualquier otra recesión ocurrida en las últimas tres décadas, aunque la parte de los salarios en el PIB haya descendido, debe haber algo fundamentalmente errado en una teoría económica que justifica el aumento de la igualdad principalmente en términos de la necesidad de atacar un desempleo persistente”, UNCTAD, 2012, como supra. [10] Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Stefanie Stantcheva calculan que el nivel óptimo del tramo superior del impuesto sobre la renta (para maximizar ingresos) se encuentra entre el 57 y el 83%.


Está usando una serie de ejemplos para desprestigiar el liberalismo que en nada tienen que ver con la auténtica ideología liberal. La Inglaterra de Dickens no era un país liberal como tampoco lo son hoy los EEUU (NI SIQUIERA SE ACERCA A LO QUE PROPUGNA EL AUTÉNTICO LIBERALISMO). Recordemos que por aquel entonces primaba la política arancelaria y la intervención estatal en la economía (cosa que aún sucede y que además es opuesto al liberalismo). De hecho, tal política intervencionista fue la que generó monopolios como el que controlaba la colonización en la India (monopolio explotador que además fue creado por el propio Estado). En cuanto a la situación del mercado laboral en esos tiempos, tampoco tiene que ver con la visión liberal. Recordemos que los liberales, como Bruno Leoni, defienden la presencia de la costumbre jurídica antes que la propia Ley. La costumbre jurídica es lo que la gente de a pie cree que es el derecho. La gente de a pie no conoce realmente la ley que sale de los parlamentos (incluida la Ley laboral), solo tiene una ligera idea. Si la ley fuera realmente la que quiere y necesita la gente, no la que sale del parlamento adulterada por grupos de poder (socialistas, conservadores, o los que sean), sería siempre más justa porque al menos sería conocida por los auténticos receptores del derecho y obedecería a las necesidades de la sociedad civil, no del gobierno de turno, que muchas veces ha llegado al poder demagógicamente.Una ley liberal es una costumbre jurídica, y su aplicación y sanción dependen de los propios actores de la ley, no de los jueces... La ley laboral no defiende a los trabajadores, los margina a ser manipulados por los jueces estatales, los sindicatos y por todos aquellos que la crean y se benefician de su existencia. La explotación monopolística no es culpa del liberalismo sino de la intervención estatal. Además, LOS LIBERALES AUTÉNTICOS LLEGAN A OPONERSE AL DERECHO DE HERENCIA. Sin tal derecho, pocos monopolios podrían crearse bajo la base de unas pocas personas, porque nadie tendría el suficiente capital para crear una gran empresa de la nada. Las sociedades tendrían que crearse sobre la base de muchos pequeños capitales, y la rendición de cuentas ante esos pequeños inversores sería real, no como la que potencia el Estado hoy en día. Por eso el caso de Lehman Brothers tampoco puede identificarse con lo que auténticamente defiende el liberalismo, de hecho, se opone abiertamente.


Control del Estado:
[Recuperar la política económica:] Para decirlo suavemente, el desempeño del capitalismo a escala mundial ha dejado mucho que desear. De manera más clara, frente a nuestros ojos tenemos un desastre desarrollándose en cámara lenta. No sólo el crecimiento ha sido mediocre y el problema de la desigualdad se ha agravado, sino que las crisis se hicieron más comunes y agudas. Los desequilibrios económicos mundiales se intensificaron y hoy constituyen uno de los factores más importantes de inestabilidad e incertidumbre. El sector financiero se expandió de manera absurda y en lugar de que las agencias reguladoras le tengan bajo control, pudo someter a la política económica a sus necesidades. Frente a este panorama se fue consolidando algo muy engañoso: la idea de que las economías nacionales son entidades que se auto-regulan, que mantienen equilibrios saludables y casi bajo ninguna circunstancia requieren de la intervención del gobierno para enderezar el camino. Esta idea es muy vieja entre los economistas que mantuvieron la fe en las virtudes del mercado. Esos economistas en muchos casos estuvieron muy bien apoyados por contribuciones millonarias que les permitieron “amplificar el mensaje sobre la libertad de los mercados”. Un buen ejemplo es el de Milton Friedman y, en especial, en su libro Capitalismo y libertad, pieza literaria de extraordinaria debilidad intelectual y brutal virulencia ideológica. No por nada fue uno de los libros de cabecera de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Esa idea permitió el renacimiento de la vieja idea (pre-Keynesiana) de que los gobiernos no pueden y no deben intentar perseguir objetivos como el crecimiento o el pleno empleo. De acuerdo con esa visión de las cosas un gobierno debe limitarse a controlar la oferta monetaria y a mantener un equilibrio en las cuentas fiscales con el fin de allanar el camino a la inversión privada que, guiada por el supuestamente eficaz mecanismo de mercado, permitiría alcanzar senderos de crecimiento estable. Personajes como Robert Lucas, con su esquema aberrante de “expectativas racionales” (una entelequia que equivale a decir que en la economía no hay incertidumbre) contribuyeron a dar una supuesta legitimidad científica a modelos inconsistentes. El capitalismo no configura economías bien portadas con armonía social y prosperidad compartida. La inestabilidad de sus principales agregados es su rasgo esencial. Una de sus características más peligrosas es su capacidad para mantener altos niveles de desempleo durante prolongados periodos de tiempo. Finalmente, es en los periodos de aparente calma y estabilidad cuando se gestan en su seno las severas crisis que han marcado toda su historia. Por eso, en una economía capitalista se necesita un gobierno capaz de determinar el nivel óptimo de gasto para estabilizar la inversión, el crecimiento y el empleo. Esto requiere definir y aplicar un nivel adecuado de imposición fiscal y la correcta asignación de un gasto público conforme a las prioridades que un esquema democrático determine. Al mismo tiempo, se requiere que el gobierno tenga la capacidad de financiar un desequilibrio entre el gasto público y los ingresos fiscales a través del banco central. Finalmente, para evitar que una economía capitalista termine por explotar en una crisis terminal, el gobierno debe estar dotado de instrumentos regulatorios sobre el sistema financiero y bancario. Al fin de cuentas, las funciones de creación monetaria deben estar sometidas al control de agencias públicas sujetas a una responsabilidad política ante órganos democráticamente electos. Uno de los objetivos centrales de la política económica es establecer los parámetros de la distribución del ingreso pues el salario no es un precio que se fija en un imaginario mercado laboral. Sólo en un marco de política económica responsable es posible determinar el nivel adecuado de otras variables clave de la vida económica como la tasa de interés y el tipo de cambio. La primera no es el precio que permite un equilibrio en el inexistente mercado de ‘fondos prestables’. El segundo no es el mecanismo de ajuste del desequilibrio en la balanza comercial. Los tratados de libre comercio y de integración económica en el mundo neoliberal son instrumentos para eliminar la política económica. En Europa los tratados de Maastricht y Lisboa son los mejores ejemplos. Su objetivo fue dotar a los países signatarios de una moneda común al tiempo que se les imponía un candado en materia de política fiscal. Ese esquema no sólo les impide emitir su propia moneda, decidir sobre el tipo de cambio o la tasa de interés. Tampoco podían determinar el nivel de gasto que consideraran necesario. Todo eso redujo a los países de la eurozona al nivel de regiones subordinadas a una autoridad central. El capitalismo con crecimiento estable y salarios reales en expansión es cosa del pasado. Lo de hoy es el estancamiento, el desempleo masivo y la pobreza. Urge recuperar la política económica para por lo menos intentar subsanar las carencias más groseras del capitalismo. (Alejandro Nadal, 03/03/2013)


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