Pleno empleo             

 

Oficina INEM

Pleno empleo:
Hace unos diez años, Zygmunt Bauman claudicaba con cierta ironía en La posmodernidad y sus descontentos: “No sólo es que no nos podamos permitir el Estado del bienestar debido a que el número de desempleados inempleables ha aumentado considerablemente, es que no tenemos razón moral para hacerlo”. En Un nuevo mundo feliz, otro referente intelectual de la izquierda, Ulrich Beck, proponía dejar de “financiar el desempleo” y utilizar el dinero de los subsidios para hacer posible que todo el mundo ejerciese un “trabajo cívico”, creativo, familiar o doméstico, que se remuneraría a base de bonos o pensiones. Ambos creían totalmente desfasado el objetivo de volver a una economía con pleno empleo y, por tanto, con una importante redistribución de los ingresos. (Andrés Villena)

La teoría neoclásica tendrá toda la vigencia porque el mercado laboral será lo suficientemente flexible para que la oferta de mano de obra realizada por parte de los trabajadores y la demanda efectuada por los empresarios se igualen y se establezcan las condiciones de pleno empleo. Cualquier desajuste que se produzca será corregido por el mercado y por un sistema de precios que posibilita que la oferta y la demanda coincidan. Hace mucho tiempo, sin embargo, que sabemos que las cosas no funcionan así. En la crisis de los años treinta del siglo pasado estos presupuestos tan simples se vinieron abajo. Los neoclásicos seguían insistiendo en que no era la teoría la que fallaba, sino que se habían ido estableciendo condiciones laborales, principalmente por la actuación de los sindicatos, que hacían que el mercado laboral en lugar de ser flexible estaba sometido a rigideces, lo que impedía que hubiera suficiente flexibilidad para conseguir las condiciones de pleno empleo. En concreto, lo que fallaba es que los salarios monetarios fueran rígidos a la baja. Keynes con un mayor grado de realismo trató de hacer unos planteamientos teóricos partiendo de un hecho que resultaba evidente y es que los salarios monetarios son rígidos a la baja, aunque no así los salarios reales. Trató de esta forma de adecuar la teoría al funcionamiento de la realidad y no al contrario que es lo que pretendían los autores neoclásicos. De este modo, Keynes, que tuvo que luchar contra las enseñanzas recibidas de los neoclásicos, fue capaz de ir derribando principios en los que se había educado y que se creían muy establecidos. Tuvo la suficiente valentía intelectual para derribar los supuestos básicos de un paradigma y poner los fundamentos que permitieron, a muchas generaciones de economistas, una nueva forma de entender la economía. Otro tanto hizo Kalecki, que estableció una teoría de los precios y salarios muy interesante, y que se ajustaba a la forma en que funcionaba el sistema económico en los primeros decenios del siglo XX. Esto es, un capitalismo en el que no regían las condiciones de competencia perfecta, sino cada vez en mayor medida de monopolio. De manera, que la formación de los precios y salarios no dependía solamente ni principalmente de las condiciones de oferta y demanda, sino de los costes de producción y los márgenes de beneficio. Para Keynes como para Kalecki, por citar a los dos autores que con mayor consistencia elaboraron una teoría diferente a la neoclásica, la crisis económica que se estaba viviendo y las grandes cifras de desempleo que se estaban padeciendo eran el resultado de una deficiente demanda efectiva. Tanto Keynes como Kalecki comprendieron que el mercado no generaba por sí mismo las condiciones de pleno empleo. Es más, consideraban que era muy difícil que lo lograra, lo que hacía necesario la intervención el estado en la economía para impulsar la demanda efectiva, que es lo que podría permitir que la economía alcanzara el pleno empleo. (Carlos Berzosa)


Excelencia:
El final de una época de bonanza ha dejado a la vista de todos un asunto que en años mejores sólo preocupaba a unos pocos: la desigualdad, no tanto entre países como entre ricos y pobres de cada país, que la crisis ha hecho aumentar en casi todas partes. Encarados con la desigualdad, los más favorecidos por la fortuna buscamos razones para pensar que algo la irá corrigiendo sin que hayamos de molestarnos. Unos quieren confiar en que lo arreglará el mercado. Otros confían en la educación, y a estos va dirigida esta fábula. Vaya por delante que nada de lo que sigue puede servir de excusa para dejar nuestro sistema educativo tal como está; bien sabemos lo mucho que necesita, no ya un cambio, sino una revolución. La educación ha sido, desde siempre y en casi todas partes –España es en esto una excepción–, un ascensor social. Pero al abrigo de su probada eficacia ha crecido, como un parásito, una fábula que conviene denunciar, a saber: que no sólo la entrada a ese ascensor está al alcance de cualquiera, sino que también lo está el acceso al último piso, y que basta con esforzarse para llegar a él. Es cierto que la entrada –la educación básica– está, o debiera estar, al alcance de todos; pero no lo está el último piso, la excelencia académica, por mucho que se esfuerce quien no tiene las capacidades necesarias, como tampoco lo está la capacidad de correr los cien metros en diez segundos. Es posible que el “sí, tú puedes” sirva en muchos casos de estímulo benéfico, pero inflige grandes daños colaterales. Por una parte, al que se esfuerza y no llega, le crea un sentimiento de fracaso. Por otro lado, el que contempla al desfavorecido se siente justificado en no ayudarle: si está como está es porque no se ha esforzado lo suficiente. Ambos daños están bien documentados. En el primer caso, oímos hablar a menudo de historias extraordinarias de éxito, en las que se destaca la tenacidad de quien llega a una cumbre, pero no las capacidades extraordinarias que sin duda poseía al empezar su ascensión. Y no sabemos de los muchos que lo intentan y no llegan, a pesar de sus esfuerzos, lo que no puede sino agravar su sensación de fracaso. Por lo que al segundo caso se refiere, basta con citar el resultado de una encuesta realizada en Estados Unidos y en Europa en 1995: en el primer país, donde prevalece esta perspectiva, un 60% de la población encuestada opinaba que los pobres eran perezosos, algo que sólo creía el 26% de los europeos. La consecuencia de esta forma de ver las cosas es, naturalmente, que los trabajos poco especializados, aquellos que no requieren una formación superior, se consideran tareas inferiores, no sólo menos remuneradas, sino peor consideradas. Nadie quiere hacerlas. En parte, porque todos aspiramos a que nuestro trabajo tenga prestigio y, en otra parte, porque nos dicen que un trabajo de alta cualificación está a nuestro alcance. Y, sin embargo, esas tareas siguen siendo tan necesarias hoy como siempre: ¿qué robot le hará un ramo de flores? ¿A usted no le resulta más útil un taxista que un físico nuclear o un economista? Pero aún suponiendo que fuera posible una sociedad especializada en la economía del conocimiento, ¿qué haríamos con los que no tuvieran talento suficiente para emplearse en ella? Una sociedad en que los empleados mantuvieran con subsidios a los parados –una sociedad basada en combinar eficiencia y solidaridad– sería una sociedad inhumana. Todos querrían escapar de ella: los ricos, por no pagar, los pobres porque, como lee uno en Los hermanos Karamazov, “nada hay más penoso para un desgraciado que ver que todos se consideran sus bienhechores”. Para sugerir una alternativa a esta visión partamos, no de postulados ideológicos, sino de dos hechos incontrovertibles. El primero es que todo el mundo necesita trabajar, no sólo para asegurar su sustento, sino también para desarrollar sus capacidades y para relacionarse con los demás. El segundo es que no todo el mundo tiene las mismas aptitudes, talento o disposición para el trabajo. Si tratamos ahora de organizar la economía según estos dos principios, veremos que el resultado es distinto del que hoy nos proponen. Es posible que sea una economía menos productiva –ya que la división del trabajo que hoy vemos está orientada a maximizar la productividad–, pero no es de ningún modo seguro que sea así, porque si cada cual tuviese el trabajo que más conviene a su idiosincrasia trabajaría más y mejor; es casi seguro que la menor productividad y, por consiguiente, la menor riqueza material, se verían más que compensadas por la felicidad que proporciona la armonía de cada cual con su tarea, algo casi desconocido hoy. ¿Es una utopía? Quienes primero la propusieron, en la baja edad media italiana, hicieron mucho, en su pequeño mundo, por llevarla a la práctica. Y ruego al lector que se pregunte, en este fin de año, qué economía está más acorde con nuestra naturaleza: esta o la que vemos ante nuestros ojos. ¿Dónde está la realidad y dónde la fábula? (Alfredo Pastor, 30/12/2012)

 
       
       
       

[ Home | Menú Principal | Naturaleza | Documentos | Sociedad | Información | Economía ]