Salarios y paro             

 

Jubilados

Salarios y paro. Josep Piqué:
Si me permiten una gran simplificación, el título del presente artículo refleja el debate recurrente que está detrás de todas las controversias teóricas desde que la economía es una ciencia moderna. De hecho, a ello dediqué en parte mi tesis doctoral hace ya casi treinta años. Porque el juego de equilibrios entre precios y cantidades está en el núcleo del enfrentamiento entre la economía neoclásica y la keynesiana, con todas sus derivadas anteriores y posteriores. Me explico. Para la economía neoclásica (y su síntesis posterior con el keynesianismo, a través de Hicks y el modelo IS-LM), en el corto plazo los ajustes son vía cantidades (y por eso es posible que haya paro en mercados en principio libres, pero que, a corto plazo, tienen rigideces evidentes), pero en el largo plazo los precios flexibles permiten que todos los mercados se “vacíen” y que los equilibrios pasen por igualar oferta y demanda vía precios. Para los keynesianos, la tardanza en llegar al largo plazo (a largo plazo, todos muertos…), es decir, la dificultad en superar las rigideces que impiden el libre juego del mercado, hace que debamos encontrar otras soluciones a nuestros problemas, más allá de esperar que la flexibilidad de precios ajuste las cosas adecuadamente. Por ello, los keynesianos defienden que, ante un desequilibrio en el mercado de trabajo, por ejemplo, no hay que confiar en una pronta solución vía precios, es decir, vía reducción de los salarios, para que todos los que desean trabajar encuentren trabajo al salario de equilibrio, sino que puede ser más eficaz aumentar la demanda agregada (a través del gasto público, por ejemplo) y así aumentar la oferta de trabajo y equilibrarla con la demanda a un nivel de salarios que sea superior al anterior de equilibrio. A los que piensan así, además de que siempre es más cómodo no enfrentarse a los trabajadores para decirles que tienen que reducir su renta real si quieren mantener su puesto de trabajo, les parece bien defender que los salarios, aunque haya crisis económica y destrucción brutal de puestos de trabajo, deben mantener su poder adquisitivo. Y lo razonan, además, en términos de demanda efectiva.

‘Hiperinflación’:
Con esos argumentos, en nuestro país, hasta los Pactos de La Moncloa, los salarios en la negociación colectiva se adecuaban a la inflación pasada. Y el resultado era una hiperinflación que nos llevaba al desastre. Con los Pactos, los salarios pasaron a adecuarse a la previsión de inflación. Parece casi cosmético, pero fue revolucionario porque se cortó de raíz la espiral inflacionista y se recuperó competitividad, al margen del recurso a la devaluación de nuestra moneda. Y ahora, cabe otra ‘revolución’ similar. Si mantenemos en la negociación colectiva un principio tan obsoleto en un mundo global cómo que los salarios deben ir ligados a la inflación, nos condenamos a que, con la pérdida de competitividad que eso supone, el único ajuste sea a través de las cantidades, es decir, a través del aumento del paro. Y no valen excusas “keynesianas”, porque no es posible, hoy por hoy, aumentar la demanda efectiva por las restricciones presupuestarias y nuestros compromisos con el Pacto de Estabilidad, nuestra permanencia en el euro y el objetivo compartido de no tener que recurrir al “rescate” de nuestra economía. Sólo cabe “devaluar sin devaluar”, ajustando nuestros precios, salarios y costes a la situación real de nuestra economía, desde la perspectiva de nuestra competitividad. Y ahí entra la necesidad de otra “revolución” en la evolución de nuestros salarios, que, además, es la única compatible con que vuelvan a crecer en el futuro en términos reales. Y es que no evolucionen en función de la inflación, sino en función de los resultados reales de las empresas. Es decir, en función de su productividad.

Productividad aparente:
Ya sé que nuestros en sindicatos objetan que la productividad aparente aumenta porque, entre otras cosas, gracias en parte a ellos, el paro aumenta sin cesar. Pero no hablamos de productividad aparente (si cada vez hay menos trabajadores en activo, producen más per cápita), sino de productividad real, ligando salarios a resultados y permitiendo una recuperación de la rentabilidad real de nuestras empresas. Sino, vamos literalmente al desastre. Y en eso debemos de estar ahora, porque nos lo piden desde fuera, y porque lo necesitamos desde dentro. Y, por lo tanto, es imprescindible que los agentes sociales, y el Gobierno, entiendan que la reforma de la negociación colectiva debe orientarse a permitir que las empresas se organicen de acuerdo con su necesidad de ser competitivas. Y los sindicatos deben entender que la única manera de que los salarios reales vuelvan a crecer sobre bases sólidas es si descansan sobre empresas competitivas. Tan simple como eso. Y todo ello implica descentralizar la negociación colectiva, impedir la llamada “ultraactividad”, que lleva a muchas empresas al desastre, y, sin duda, adaptarse de forma flexible a la realidad de cada empresa y de cada situación. Sólo así será posible salir de una espiral fatídica: la que se deriva de defender posiciones a corto plazo a favor de los que siguen manteniendo su empleo, castigando a los que no lo tienen y poniendo en riesgo a los que siguen teniéndolo de momento. Esa política es la que nos ha llevado hasta los casi cinco millones de parados. Y me parece obvio que eso es lo último que nos conviene. Es muchísimo mejor que todos cobremos un poco menos pero que todos lo hagamos, que no mantener un sistema que nos lleva a que cada vez haya menos gente que trabaja y más gente que tiene que vivir del subsidio. Mientras podamos… La historia nos dice que para una sociedad siempre es mejor ajustarse vía precios que vía cantidades. Y que luego, los precios (y los salarios) mejoran…

 
       

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