UE: Integración             

 

Integración esuropea:
[Europa es la solución, no el problema:] Europa está en una encrucijada. Ha llegado el momento de elegir, tanto para los 17 países de la eurozona como para los 27 de la Unión Europea. La eurozona tiene que decidir si avanza hacia una mayor unión fiscal y económica o si se arriesga a una ruptura que pondría en peligro el conjunto de la integración europea. La Unión Europea necesita decidir si fomenta el crecimiento, habla con una sola voz respecto a cuestiones globales y desempeña un papel relevante en el siglo XXI, o si acepta que el mundo se mueva sin nosotros. No tomar una decisión y no pasar a la acción sobre estas cuestiones fundamentales debilitará al conjunto de Europa y a cada uno de sus Estados miembros, incluidos los más grandes.


Es importante recalcar que, a pesar de las últimas dificultades, el proyecto europeo ha supuesto un enorme éxito histórico. La integración de Europa ha reportado al continente una paz y una estabilidad inimaginables hace solo una generación. Económicamente, en el conjunto de Europa todos han salido ganando. La pertenencia a la Unión Europea ha supuesto un incremento espectacular del nivel de vida en todos los países, mientras que los integrantes de su núcleo vital se han beneficiado también de la existencia de un mercado amplio e integrado. Hoy en día, la Unión Europea, con más de 500 millones de habitantes, es el mercado común más extenso del planeta y un modelo para otras regiones. Precisamente para conservar y fomentar este proyecto, de éxito histórico, debemos afrontar con audacia los desafíos actuales. Varios miembros de este grupo, que participaron en la creación de la Unión Europea y de la moneda única, se han unido a nosotros en su condición de, por encima de todo, europeos, para difundir el mensaje de que una concepción revitalizada de una Europa realmente integrada es la mejor manera de abordar la actual crisis de gobernanza. Nada podrá resolverse desde una mentalidad de enfrentamiento entre el norte y el sur, entre ellos y nosotros. Pasa el tiempo y al preocuparnos de la crisis financiera lo hacemos a costa de desatender el conjunto de los programas de la UE. En líneas generales, muchas prioridades -en materia de política exterior, energía, inmigración o planes para estimular el crecimiento y el empleo- se están dejando de lado. Los líderes europeos con amplitud de miras no tienen tarea más importante que la de plantearse con honestidad las dudas e inquietudes de unos ciudadanos europeos que se sienten desconectados y ajenos a los abstractos procesos de Bruselas. La visión de Europa que triunfará será la que inspire el compromiso de sus ciudadanos, cuya fe en el futuro europeo se ha visto debilitada.


Para que un enfoque con amplitud de miras inspire confianzay no dudas deberá incluir tanto medidas inmediatas como objetivos a medio y largo plazo. Las necesarias medidas a corto plazo solo serán creíbles si se tiene garantía absoluta de que las de medio y largo plazo serán también aplicadas. - Un fondo europeo. A corto plazo, hay que evitar el contagio en los mercados. En consecuencia, es vital aplicar con rapidez la decisión del 21 de julio, para permitir la intervención de los mecanismos de estabilización a través de medidas preventivas. Además, hay que ampliar los actuales mecanismos, que en 2012 deberían convertirse en un Fondo Europeo digno de tal nombre. - Una capitalización adecuada del sector financiero. La eurozona debe tomar medidas prácticas para que los bancos que la necesiten accedan a una adecuada capitalización, que cuente con la participación del sector privado. - Una unión fiscal responsable. Ha quedado claro que una unión monetaria sin algún componente de federalismo fiscal y de coordinación de la política económica es inviable. Los Estados-nación necesitarán compartir ciertas dimensiones soberanas con una entidad central europea capaz de generar ingresos desde el nivel federal, destinados a proporcionar bienes públicos al conjunto de Europa. Por otra parte, habría que desarrollar un mecanismo de endeudamiento europeo: los eurobonos. Para evitar sistemáticos y considerables déficits fiscales, esos bonos deberían estar sujetos a controles eficaces. También está claro que el actual pacto de estabilidad y crecimiento es insuficiente. Para garantizar el respeto a una disciplina fiscal que proteja a la población de las políticas irresponsables de cualquier Gobierno, la eurozona debe contar con un sistema de control eficaz y factible. Aunque sus criterios deban ser estrictos, la diversidad de condiciones de la eurozona exigirá flexibilidad a la hora de cumplirlos. - Una resolución ordenada de las crisis de deuda. Es preciso establecer mecanismos de resolución ordenada de las crisis de deuda, tanto públicas como privadas, originadas por problemas de insolvencia incontrolables. Si aspiramos a la necesaria austeridad fiscal y a aplicar reformas estructurales que recuperen el crecimiento a medio y largo plazo, debemos tener cuidado de no obstaculizar la frágil recuperación actual. Para evitarlo hay que aplicar políticas macroeconómicas adecuadas. - Crecimiento y empleo. La austeridad es necesaria pero no suficiente. Para competir en el mundo globalizado, Europa necesita aplicar una ambiciosa Agenda para el Crecimiento y el Empleo que potencie la competitividad. Una estrategia de crecimiento debería incluir un uso eficiente de los fondos actuales de la UE para estimular dicho crecimiento y la creación de empleo en la periferia, así como programas de fomento de la investigación y el desarrollo, la capacitación profesional y la educación superior. Hasta ahora, Europa se ha quedado muy corta en cuanto al cumplimiento de la Agenda de Lisboa. La falta de esa estrategia podría incentivar el incremento del nacionalismo económico. - Pacto social. Uno de los principales desafíos de Europa radica en el actual reajuste del pacto social, tanto en lo tocante a reconocer nuevas realidades como para preservar este pilar fundamental del modelo social europeo. Los sistemas de seguridad social deben estar preparados para sobrellevar el peso de una población cada vez más longeva. - Europa como actor global clave. La relevancia y la fortaleza geopolítica de Europa son directamente proporcionales a la fortaleza de la Unión Europea. Sin una Unión fuerte e integrada, los países europeos se enfrentarán a la perspectiva de una influencia geopolítica cada vez menor. Será necesario ahondar en la idea de una Federación que vaya más allá del mandato fiscal y económico para incorporar políticas comunes de seguridad, energía, clima, inmigración y exterior, y también desarrollar un discurso común sobre el propio futuro de la Unión y su lugar en el mundo. Esto supone un desafío para las 27 naciones de la UE. - Ciudadanos comprometidos. Paso a paso, estas medidas conducentes a una mayor integración solo podrán ir de la mano de un amplio y profundo compromiso con la población. El proceso de profundizar en la integración deberá estar dirigido por un Parlamento, una Comisión y un Consejo que cuenten con el apoyo activo de los ciudadanos europeos. Mediante procesos democráticos, estos se comprometerán más cuando el Parlamento obtenga más poderes.


La crisis actual es un problema de lo más apremiante, pero al mismo tiempo constituye una oportunidad. Ahora los ciudadanos europeos esperan de sus líderes que vayan más allá de la gestión de la crisis cotidiana para hacerse cargo de la Unión Europea, preparándola para los desafíos del siglo XXI. El apoyo a la integración europea no es cuestión de solidaridad, sino de atención inteligente a los propios intereses. Ha llegado la hora de abordar estos importantes asuntos para poder conservar el singular equilibrio europeo entre libertades individuales, economía de mercado y sistemas de protección social. Para nosotros, la única solución es más integración europea, no menos. Tony Blair fue primer ministro del Reino Unido (1997-2007); Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea (1985-1995), y Gerhard Schröder, canciller alemán (1998-2005). Los tres son miembros del Consejo para el Futuro de Europa, que el lunes 6 de septiembre emitió esta declaración en Bruselas. Entre los miembros del Consejo firmantes de la declaración figuran también Felipe González, expresidente del Gobierno español (1982-1996); Guy Verhofstadt, ex primer ministro belga (1999-2008), y Mario Monti, excomisario europeo (1995-2004). (08/09/2011)


El carácter excepcional de Europa:
La creación de la unión económica y monetaria europea es un acontecimiento único en la historia de los Estados soberanos. La eurozona constituye un tipo de “sociedad de estados” completamente nuevo, que trasciende el concepto tradicional westfaliano de soberanía. Al igual que los ciudadanos de una sociedad, los países de la eurozona son independientes e interdependientes. Pueden afectarse unos a otros de forma tanto positiva como negativa. Un buen gobierno requiere que cada uno de los Estados miembros y de las instituciones de la Unión Europea cumplan sus responsabilidades. Por encima de todo, una unión económica y monetaria implica justo eso: dos uniones, monetaria y económica. La unión monetaria europea ha funcionado extraordinariamente bien. Desde el lanzamiento del euro en 1999, los precios se han mantenido estables para 17 países y 332 millones de personas, con una inflación anual media de sólo el 2,03% -mejor que la trayectoria de Alemania entre 1955 y 1999-. Además, la eurozona ha creado 14,5 millones de empleos nuevos desde 1999, frente a entre 8,5 y 9 millones en EEUU. Esto no quiere decir que Europa no tenga un serio problema de desempleo; pero no existe una inferioridad obvia en Europa: todas las economías desarrolladas deben estimular la creación de empleo. Asimismo, sobre una base consolidada, la cuenta corriente de la eurozona está equilibrada, su ratio deuda/PIB está muy por debajo de la de Japón, y el déficit anual de sus finanzas públicas es muy inferior al de EEUU, Japón y Reino Unido. El euro per se no explica, así, por qué la eurozona se ha convertido en el enfermo de la economía global. Para entenderlo, hay que considerar los puntos débiles de la unión económica de Europa. Para empezar, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), dirigido a garantizar políticas fiscales sensatas en la eurozona, nunca se implementó correctamente. Al contrario, en 2003 y 2004, Francia, Italia y Alemania intentaron debilitarlo. La Comisión Europea, el Banco Central Europeo y los pequeños y medianos países de la eurozona evitaron su desmantelamiento, pero su espíritu se vio seriamente comprometido. Además, el gobierno de la eurozona no incluía el control y la vigilancia de los indicadores de competitividad -las tendencias de los precios y los costes nominales en los estados miembros, y los desequilibrios externos de los países dentro de la eurozona-. (En 2005, mucho antes de la crisis, pedí, en nombre del consejo de gobierno del BCE, una adecuada vigilancia de una serie de indicadores nacionales, entre ellos los costes laborales unitarios). Un tercer punto débil es que no se concibieron herramientas de gestión de crisis con el lanzamiento del euro. Para gran parte del mundo por entonces, la “negligencia benigna” era el orden del día, especialmente en las economías desarrolladas. Finalmente, la alta correlación entre la solvencia de los bancos comerciales de un país concreto y de su Gobierno crea otro factor más de vulnerabilidad, que es especialmente perjudicial en la eurozona. Afortunadamente, se han hecho muchos progresos, entre ellos una significativa mejora del PEC y la supervisión de los indicadores de competitividad y de los desequilibrios nacionales. Se han introducido nuevas herramientas de gestión de crisis. Y existe un consenso en torno a que la estabilidad y la prosperidad de la UE requieren la culminación del mercado único y reformas estructurales obligatorias para los 27 miembros. La propuesta de unión bancaria ayudaría a separar la solvencia de los bancos comerciales de la de su gobierno. Pero nada de esto es suficiente. En lugar de imponer multas a los países que infrinjan las normas e ignoren las recomendaciones, como se suponía que tenía que hacer el PEC, la Comisión Europea, el Consejo Europeo, y -y esto es esencial- el Parlamento Europeo deberían tomar una decisión directa sobre las medidas que han de aplicarse inmediatamente en el país afectado. La política fiscal y algunas económicas deberían estar sujetas a la activación de una “federación por excepción” en la eurozona. La idea de que compartir una moneda única también implica aceptar limitaciones en materia de soberanía fiscal no es nueva. Una “federación por excepción” simplemente extrae las consecuencias lógicas de la ineficacia de las sanciones previstas por el PEC, y es del todo coherente con el concepto de la subsidiariedad que se ha aplicado desde la introducción del PEC: mientras una política económica nacional se ajuste al marco, no hay sanciones. Tal vez el elemento más importante de la “federación por excepción” sería su fuerte sostén democrático. Su activación estaría sujeta a un proceso de toma de decisiones totalmente democrático, con una clara responsabilidad política. Más precisamente, las decisiones de implementar las medidas propuestas por la Comisión y ya aprobadas por el Consejo exigirían un voto mayoritario del Parlamento Europeo -es decir, de los representantes electos de los miembros de la eurozona-. En esas circunstancias excepcionales, el parlamento del país afectado debería tener la posibilidad de explicar al Parlamento Europeo el motivo por el que no podría poner en práctica las recomendaciones propuestas, mientras que el Parlamento Europeo podría explicar por qué la estabilidad y prosperidad de la eurozona están en juego. Pero la última palabra la tendría el Parlamento Europeo. En el pasado, he sugerido la creación de un ministerio de Finanzas para la eurozona, que tendría la responsabilidad de activar la federación económica y fiscal cuando y donde fuera necesario, y de administrar nuevas herramientas de gestión del riesgo como el Mecanismo Europeo de Estabilidad. También sería el responsable de supervisar la unión bancaria, y representaría a la eurozona en todas las instituciones financieras y agrupaciones informales internacionales. Pero lo más importante es que la “federación por excepción” dejaría en última instancia de ser una excepción. El ministro de Finanzas sería un miembro del futuro brazo ejecutivo de la UE, junto a los otros ministros responsables de otros departamentos federales. Desde esta perspectiva, la Comisión presagia un futuro gobierno democrático europeo, tal y como ha sugerido el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, que ha propuesto instituir un presidente electo. El Consejo, por su parte, parece anticipar la futura cámara alta del Parlamento Europeo, mientras que la cámara baja ya está elegida por todos los ciudadanos de la UE. Soy plenamente consciente de la audacia de estas propuestas. Pero los europeos tienen que aprender las lecciones del pasado reciente. Tenemos que aclarar la naturaleza de lo que ha de hacerse para garantizar un gobierno democrático y que sea tan eficaz como las circunstancias lo exijan. (Jean-Claude Trichet, 07/09/2012)


La expropiación política de los europeos:
Crisis? ¿Qué crisis? Los cafés, los restaurantes y las cervecerías se visitan asiduamente, en los aeropuertos alemanes pululan los turistas, se habla de exportaciones récord y de caída de las cifras del paro. Exactamente como si la situación de la Unión Europea solo se desarrollara en la televisión. La gente toma nota con un bostezo de las “cumbres” políticas ascendidas semanalmente y de las confusas polémicas de los expertos. Todo esto parece desenvolverse en una tierra de nadie retórica repleta de convenciones lingüísticas incomprensibles, que nada tienen que ver con la cotidianidad del llamado mundo de la vida. Evidentemente, son los menos quienes reparan en que los países europeos, desde hace bastante tiempo, ya no son regidos por instituciones legitimadas democráticamente, sino por una serie de abreviaturas que las han suplantado. Sobre la dirección a tomar deciden el FEEF, el MEDE, el BCE, la ABA o el FMI. Solo los expertos están en condiciones de desgranar esas siglas. Del mismo modo, solo los iniciados pueden deducir quién decide qué y cómo en la Comisión y en el Eurogrupo. Común a todos estos organismos es que no aparecen en ninguna Constitución del mundo y que ningún elector tiene algo que decir sobre sus decisiones. El único actor al que escuchan son los denominados “mercados”, cuyo poder se expresa en las oscilaciones de los tipos de cambio y los intereses y en los ratings de algunas agencias estadounidenses. Parece fantasmal con qué tranquilidad los habitantes de nuestro pequeño continente han aceptado su expropiación política. Quizá eso se deba a que estamos ante una novedad histórica. En contraste con las revoluciones, golpes de Estado y asonadas militares en las que es rica la historia europea, ahora las cosas suceden sin ruido ni violencia. En eso estriba la originalidad de este asalto al poder. ¡Ni marchas con antorchas, ni desfiles, ni barricadas, ni tanques! Todo se desarrolla pacíficamente en la trastienda. A nadie extraña que, ante todo esto, no se puedan tomar en consideración los tratados. Las reglas existentes, como el principio de subsidiariedad de los Tratados de Roma, o la cláusula de rescate de Maastricht se dejan sin efecto a capricho. El principio Pacta sunt servanda [Hay que respetar los pactos] queda como una frase vacía ideada por cualquier remilgado jurista de la antigüedad. La abolición del Estado de derecho se proclama con toda franqueza en el Tratado sobre el Mecanismo de Estabilidad Financiera (MEDE). Las decisiones de los miembros que marcan la pauta en este organismo de rescate son inmediatamente efectivas desde el punto de vista del derecho internacional y no están vinculadas a la aprobación de los Parlamentos. Estos miembros se autodesignan, igual que en el antiguo régimen colonial, como gobernadores y, al igual que los directores, no tienen que rendir cuenta alguna frente a la opinión pública. Al contrario, están expresamente obligados a mantener el secreto. Esto recuerda a la omertà, que forma parte del código de honor de la mafia. Nuestros padrinos se sustraen a cualquier control judicial o legal. Gozan de un privilegio que ni siquiera está al alcance de un jefe de la Camorra: la absoluta inmunidad frente al Derecho Penal. (Eso es lo que se dispone en los artículos 32 a 35 del Tratado del MEDE). La expropiación política de los ciudadanos ha alcanzado con esto su culmen transitorio. Ya había empezado mucho antes, como tarde con la introducción del euro. Esta moneda es el resultado de un chalaneo político que ha penalizado con la indiferencia todos los requisitos económicos de semejante proyecto. Se ignoraron los desequilibrios de las economías nacionales participantes, sus muy divergentes capacidades para competir y sus desbocadas deudas públicas. El plan de homogeneizar Europa tampoco tomó en consideración las diferencias históricas de las culturas y mentalidades del continente. Pronto hubo que remodelar a capricho, como plastilina, los criterios que se habían acordado para el acceso a la Eurozona, con la complicación de que se incluyó en ella a países como Grecia o Portugal, que carecen de las posibilidades más elementales de afirmarse en esta unión monetaria. Muy lejos de reconocer y corregir los defectos de nacimiento de esta construcción, el régimen de los rescatadores insiste en perseverar a toda costa en el rumbo adoptado. La recurrente afirmación de que “no hay alternativa” niega la virtualidad explosiva de las crecientes diferencias entre las naciones participantes. Ya desde hace años se muestran las consecuencias: división en lugar de integración, resentimientos, animadversiones y reproches mutuos en lugar de entendimiento. “Si el euro fracasa, fracasa Europa”: bajo este lunático eslogan debe juramentarse un continente de 500 millones de habitantes con la aventura de una clase política aislada, exactamente como si dos milenios fueran un mero clic en comparación con un papel moneda recién inventado. En la llamada crisis del euro se demuestra que la situación de expropiación política de los ciudadanos no se detiene ahí. Según su lógica, desemboca en su correlato: la expropiación económica. Solo allí donde salen a la luz los costes económicos queda claro qué significa todo esto. La gente de Madrid y Atenas solo sale a la calle cuando, literalmente, no le queda otra elección. Y eso no dejará de producirse en otras regiones. No importa con qué metáforas adorne la política su novísimo monstruo —paracaídas, bazuca, Gran Berta, eurobonos, unión fiscal, bancaria o de deuda—, a más tardar cuando haya que hablar de cuentas los pueblos despertarán de su siesta política. Intuyen que antes o después tendrán que salir garantes de lo que hayan organizado los rescatadores. En esta situación, el número de opciones imaginables es limitado. La forma más sencilla de liquidar tanto las deudas como los ahorros es la inflación. Pero también se contemplan subidas de impuestos, recortes de las pensiones, quitas de la deuda y tasas obligatorias, medidas que ya se han tomado en consideración anteriormente y que encuentran eco diverso según las preferencias de cada partido, y para cuya designación existe la expresión “represión financiera”. Y finalmente cabe recurrir a un último instrumento, la reforma monetaria. Es un medio ya probado para castigar a los pequeños ahorradores, dejar a salvo a los bancos y liquidar las obligaciones de los presupuestos estatales. No se vislumbra una salida fácil de la trampa. Todas las posibilidades insinuadas cautelosamente han sido bloqueadas con éxito hasta el momento. El discurso sobre una Europa de velocidades variables ha caído en saco roto. Las cláusulas de descuelgue propuestas tímidamente jamás se recogieron en un tratado. Pero, sobre todo, la política europea se burla del principio de subsidiariedad, una idea demasiado evidente como para que haya sido jamás tomada en serio. Esa palabra afirma, nada más ni nada menos, que desde el municipio hasta la provincia, del Estado nacional hasta las instituciones europeas, es la instancia más próxima al ciudadano la que siempre tiene que regular todo aquello que sea capaz de regular, y que a cualquier nivel superior solo deben transferirse las competencias regulativas de las que los anteriores no puedan hacerse cargo. Pero esa subsidiaridad nunca dejó de ser, como demuestra la historia de la UE, más que una palabra huera. En caso contrario, a Bruselas no le habría resultado tan fácil despedirse de la democracia, y la expropiación política y económica de los europeos no habría llegado hasta donde ha llegado hoy. ¿Lúgubres perspectivas, pues? ¡Buenos tiempos para los amantes de las catástrofes que predicen el colapso del sistema bancario, la quiebra de los Estados endeudados, o, mejor que cualquier otra cosa, el fin del mundo! Sin embargo, como la mayoría de los augures del hundimiento, estos profetas quizá se alegren prematuramente. Porque los 500 millones de europeos no van a sentir la tentación de rendirse sin resistencia, defenderse, según los mantras favoritos de sus salvadores: “No hay alternativa a nosotros” y “si fracasa nuestra empresa, fracasa Europa”. Este continente ya ha instigado, vivido y superado otros conflictos muy distintos y mucho más sangrientos. La marcha atrás del callejón sin salida en el que nos han metido los ideólogos de la incapacitación no transcurrirá sin costes, enfrentamientos y dolorosas privaciones. El pánico es, en esta situación, el peor consejero, y quien entone el canto de despedida de Europa no conoce sus fortalezas. Ya lo dijo Antonio Gramsci: “Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. (Hans Magnus Enzensberger (10/10/2012)


Separación Berlín-París:
Coinciden en el tiempo la celebración de los cincuenta años del Tratado del Eliseo (22 de enero de 1963) que selló, junto con el Tratado de Roma, la reconciliación y la cooperación franco-alemana en la Europa de la postguerra ,y el discurso del ‘premier’ Cameron en Westminster proponiendo un referéndum sobre la posible salida de Gran Bretaña de la UE. Sobre el primero de estos acontecimientos hemos oído los discursos de rigor acerca de los indestructibles lazos que unen a Francia y a Alemania ya para siempre. Recordando las catástrofes que su enemistad trajo en el pasado, mejor que así sea. Pero lo cierto es que las relaciones franco-alemanas están en su punto más bajo desde el fin de la guerra. Incluso algún comentador mordaz ha sugerido en Bruselas que las ceremonias del cincuentenario franco-alemán se parecen al ambiente que había en Moscú en octubre de 1987, cuando se celebraban los 70 años de la Revolución. Mientras que en las tribunas se seguía hablando con lengua de trapo sobre la revolución proletaria, en la realidad se estaba ultimando el cambio de un régimen burocrático anquilosado por el capitalismo más salvaje que Lenin hubieses podido criticar. Se trata sin duda de una exageración de los que ven con malos ojos el papel director que el tándem franco-alemán juega en Europa, aunque nadie sabe como podríamos prescindir de él. Pero sin tener que temer que franceses y alemanes vuelvan a las dramáticas andanzas del pasado y cambien radicalmente su relación, esta se parece a la de una pareja que llega a la cincuentena y descubre que el tiempo les ha distanciado y ha borrado buena parte de las ilusiones, o de las razones, de su relación. Y como esa pareja gastada, Berlín y París parecen más bien vivir cada uno por su lado. Los puntos de acuerdo son más bien raros y cuando se producen parecen adoptados por la fuerza más que por la convicción. Las recientes intervenciones francesas en Libia y en Malí lo demuestran. París actúa sin tener en cuenta a Berlín y los alemanes se quedan en casa sin querer intervenir en esos conflictos, ni siquiera autorizando con su voto en la ONU la misión en Libia. Y cuando París les recuerda que en el Sahara también se juega la seguridad de Europa, Berlín responde airado que no necesita lecciones de nadie sobre su seguridad. También en economía Alemania ha seguido su propio camino sin preocuparse demasiado de las objeciones francesas. Si toda Europa está sumida en una política suicida de reducción acelerada de los déficits públicos es por la voluntad de Berlín sin que ni Sarkozy ni Hollande hayan conseguido hacerle cambiar de táctica. Como Alemania es la única potencia económica que tiene la confianza de los mercados financieros, tiene el poder de dictar la política que los demás tienen que seguir. Hollande prometió cuando era candidato que no ratificaría el Tratado sobre la unión fiscal y cuando ya fue Presidente tuvo que hacerlo presentándolo como un paso “crucial” en la integración europea. Como suele ocurrir en las parejas, la relación se ha debilitado porque se ha desequilibrado. París ha perdido su triple A, su hacienda pública está bajo sospecha y el paro crece. Berlín tiene una salud financiera insolentemente buena, se financia casi gratis y un superávit comercial superior al de China. Al elemento débil de la pareja no le queda otro remedio que buscar aliados alternativos según la ocasión. Los británicos, cuando se trata de hacer la guerra en Libia, o los españoles y los italianos cuando hay que discutir las políticas de crecimiento. Y Alemania reacciona apoyándose en los países que le son más próximos por su situación o en su visión, como Luxemburgo, Austria y Holanda. Se puede decir, que en realidad, esa unión fue de conveniencia más que de amor. Que a Berlín nunca le gustaron las actitudes anti-Otan de Gaulle ni el estatismo francés. Tanto como París desconfiaba de la reunificación alemana. Pero cuando Mitterrand y Kohl se daban la mano en Verdun las heridas de la guerra todavía necesitaban cuidados y la situación todavía era de un cierto equilibrio entre sus países y el compromiso entre ambos era necesario y posible. El interés para seguir buscando un compromiso es hoy menos evidente, al menos desde el lado alemán. Francia sigue siendo un ‘partner’ económico muy importante, pero hoy Berlín mira más hacia Asia para encontrar la fuerza que sostenga su crecimiento. Se dirá que la relación franco-alemana tiene el valor de un símbolo tras el cual Berlín ha podido disimular su creciente potencia que todavía levanta sospechas. Pero aun así, el papel de Francia queda sometido a los intereses de una pareja dominante que tiene algo que esconder, y será cada vez menos necesario porque la potencia de Alemania sea cada vez más reconocida por sí sola. Si eso ocurre en la alta política, tampoco las relaciones entre los dos pueblos son muy fecundas. Los dos países se ignoran cada vez más, sus juventudes aprenden cada vez menos la lengua del otro y el número de estudiantes alemanes en Francia, o de franceses en Alemania, disminuye. Berlín bien podría encontrar en Londres una nueva pareja de baile. Y el discurso de Cameron podría abrir perspectivas insospechadas para un acercamiento entre Berlín y Londres. En realidad Cameron no quiere irse de Europa, quiere un nuevo acuerdo para Gran Bretaña en Europa y, más aún, una nueva manera de construir Europa. Para ello necesita inevitablemente la complicidad alemana.Y posiblemente hoy la alianza conservadora-liberal que gobierna en Londres y la que gobierna en Berlín están bastante de acuerdo sobre el modelo socioeconómico a seguir. En materia de la flexibilidad del mercado de trabajo, por ejemplo, es evidente que las posiciones alemanas están más cerca de las británicas que de las francesas. Así como también suele ocurrir en las relaciones humanas, ante la aparición de un tercero en discordia la pareja se puede romper o refugiarse en una relación triangular que amplíe los horizontes perdidos. El cincuenta aniversario de la pareja franco-alemana suena más bien al fin de una época que tuvo su razón de ser histórica. La anatomía del discurso de Cameron, lleno de los tics y las habituales falacias euroescépticas se inscribe en una nueva época en la que el papel de Alemania con respecto a Europa será diferente al de la Alemania de hace 50 años. Mientras que la posición del Reino Unido no habrá cambiado substancialmente. Y Francia puede tener que lamentar no haber aceptado seguir a Alemania en las ocasiones en las que esta le propuso profundizar en la unión política antes de que la crisis se nos echase encima. (Josep Borrell, 27/01/2013)



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