Ocupar Wall Street             

 

Ocupar Wall Street:
El capital financiero y sus altos ejecutivos tienen un problema serio: la gente no los quiere. Es más, muchos los odian. Y el clamor se extiende contra los políticos percibidos como marionetas de los bancos a los que protegen con el dinero de los contribuyentes sin que los bancos devuelvan el favor cuando les va bien a ellos y mal al país. Porque, argumentan, el dinero es de sus accionistas. Nadie lo cree porque en las juntas de accionistas está todo bien atado. Con una minoritaria participación de control unos pocos accionistas hacen y deshacen. Añádanse las inversiones cruzadas entre bancos (las llamadas cartas de amor) y el sistema se cierra sobre sí mismo, con escasa utilidad social y máxima captación de fondos en beneficio de los banqueros, con bonos exorbitantes para sí mismos aun cuando quiebren sus entidades. Y nada de pagar más impuestos. Para eso están los paraísos fiscales.


De ahí que el movimiento Ocupar Wall Street, iniciado en el corazón del capitalismo financiero, haya tenido tal apoyo popular en EE.UU. y en el mundo. La idea se lanzó en internet por la revista Adbuster, una publicación de crítica a la publicidad editada en Vancouver, en julio del 2011. La propuesta de ocupar Wall Street el 17 de septiembre, día de la Constitución, para protestar contra el control de la política por el dinero, fue recogida por grupos diversos en todo el país, más o menos organizada en la red y finalmente llevada a cabo por unos mil manifestantes que acabaron acampando en Zuccotti Park en las inmediaciones del distrito financiero. El silencio mediático y la ausencia de apoyos organizados pareció confinar el movimiento al ostracismo. Sus demandas eran variopintas, pero coincidían en la crítica de un sistema financiero causante de la crisis y que seguía teniendo poder de vida y muerte sobre la economía y la política. Allí donde no llegan los medios de comunicación tradicionales llega la red y la iniciativa se extendió rápidamente a una ciudadanía harta de todo pero especialmente de los bancos. Y cuando la policía intensifico su represión, los sindicatos estadounidenses, que están sufriendo una campaña de exterminio por parte de los gobernadores republicanos y las grandes empresas, decidieron unirse al movimiento y acudir a las manifestaciones.


Y los hackers entraron en acción. Anonymous publicó en la red el nombre y señas personales del policía responsable de haber herido a manifestantes. El alcalde Bloomberg ordenó desmantelar la acampada por “razones de higiene” (¿suena familiar?), pero ante la masiva movilización para impedirlo canceló la orden. El 1 de octubre los manifestantes marchan hacia el puente de Brooklyn, la policía los deja pasar. Es una encerrona: tienen pretexto legal para detener a centenares. Pero la torpeza policial ofrece la oportunidad de filmación espectacular para los medios que por primera vez cubren ampliamente el movimiento aun criticándolo. Se rompe la barrera del silencio. El movimiento entonces se extendió por todo el país. Cientos de ciudades, y numerosos barrios y calles, tienen su propia ocupación, tanto en el espacio urbano como en una web que relata la acción cotidiana y se conecta a otras webs que van tejiendo una geografía virtual y espacial del cambio de mentalidad en el país capitalista por excelencia. Un 82% en el estado de Nueva York y un 46% en todo el país apoyan las críticas del movimiento Wall Street, frente a un 34% que se opone. El movimiento se autoproclama representante del 99% de los ciudadanos en contraposición del 1% que atesora el 20% de la riqueza. Y empieza a impactar la opinión política: mientras que el 68% pide aumentar impuestos a los ricos, el 69% piensa que los republicanos favorecen a los ricos. Como Obama aparece también como prisionero de Wall Street el efecto electoral directo es incierto, a menos que Obama haga un giro al respecto. Conforme el movimiento incrementa su popularidad y sus ocupaciones, se acentúa la represión policial, cientos de personas son detenidas en todo el país, las cargas policiales se endurecen.


Acontecen hechos inéditos: el 22 de octubre ante una acción policial en Nueva York un fornido sargento de los marines de vuelta de Afganistán increpa a los policías y los acusa de deshonrar los ideales estadounidenses por atacar a sus ciudadanos. La policía no se atreve con él. El vídeo del incidente es visionado por 3 millones. De ahí surge un movimiento, Ocupar los Marines, hecho por los propios marines que invitan a dar apoyo táctico y liderazgo a los manifestantes. El 25 de octubre la policía de Oakland ataca toda la noche la acampada frente al Ayuntamiento. Un bote de humo fractura el cráneo del marine Scott Olsen, participante en la ocupación. La alcaldesa pide perdón. Las protestas se redoblan en todo EE.UU. En Nueva York una tormenta de nieve cubre la región. Unos días antes el alcalde había prohibido toda calefacción en Zuccotti Park por “razones de seguridad”. Los acampados aguantan el intenso frío con el apoyo de los vecinos del barrio y redes de solidaridad. Tras siete semanas, las ocupaciones proliferan y se refuerzan. Los bancos siguen en el punto de mira. Una joven de 22 años en Washington, Molly Katchpole, reacciona contra la imposición del Bank of America de cobrarle 5 dólares por cada utilización de tarjeta de débito, medida que iban a seguir los demás bancos. Publica su protesta en internet, en unas horas 300.000 personas se unen. Los bancos cancelan la medida, con amplia repercusión mediática. Move.Org, con 5 millones de afiliados, lanza una campaña para que la gente retire su dinero de los grandes bancos y lo deposite en cooperativas de crédito y bancos comunitarios. De la red a la calle y de ahí a la cuenta bancaria. Los ejecutivos que hace unas semanas brindaban provocadoramente con cava al paso de los manifestantes desde sus ventanas de Wall Street empiezan a esconder su identidad en público. La inmoralidad del mundo financiero parece haber encontrado un contrapoder con el que no contaba: sus propios clientes. (Manuel Castells, 05/11/2011)


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