Balance de la conquista             

 

Balance de la conquista:
El lugar de elección donde el esfuerzo español se llevó a cabo fue la América central y meridional. La ciencia geográfica, la economía y la historia de las ideas han sacado provecho de ello. Hacia 1550 el continente americano había sido reconocido en todo su perímetro, excepción hecha del extremo norte y de la Tierra del Fuego, que se creía entonces que estaba unida al continente austral. Varias grandes regiones naturales fueron reconocidas: México, el mar de las Antillas con sus dependencias costeras, el Atlántico central, los Andes, la selva virgen del Orinoco y el Amazonas, la maleza paraguaya y la pampa. La Cruz del Sur, los alisios atlánticos, el mar de los Sargazos y la gran corriente norteatlántica o Corriente del Golfo se han convertido en realidades familiares para el navegante.

Introducción de productos agropecuarios:
Numerosos productos vegetales han sido traídos de las Américas, sobre todo productos alimenticios. En primer lugar, el maíz y la patata se convertirán, el primero en la zona mediterránea, el segundo en la zona europea fría, en la base de la alimentación para miles de hombres y animales. Pero otros productos de consumo cotidiano tienen su origen en América: cacao, tabaco, tomate, tapioca y piña. De los textiles, el algodón y, en un grado menor, la lana de alpaca y el cáñamo. Para el futuro, un desarrollo todavía insospechado estaba reservado al caucho. Pero es quizá desde el punto de vista americano desde el que la conquista hará un papel capital: con excepción de la llama. América no producía ni bestias de carga, ni ganado de carne. España le proporcionó el caballo, el asno y el mulo, el buey, el cordero, la cabra y el cerdo, así como las palmípedas y gallináceas domésticas, a cambio de lo cual proporcionará el pavo a los corrales europeos. Así, Europa ha dado a América la carne y la fuerza motriz que le faltaba, haciendo posible, por verdadera paradoja, el desarrollo de una gran economía agrícola y de unos estados poblados. Europa le proporcionó también el vino. Sobre todo, Europa, gracias a España, lega a América la metalurgia del hierro, de manera que, en definitiva, fue América la que ganó con el cambio, como lo señala André Maurois en las primeras páginas de su Historia de los Estados Unidos.

Sustitución de ideales y civilización:
Es más delicado establecer la balanza de cambios en el dominio de las ideas, donde intervienen prejuicios sentimentales de signo opuesto. Así, se discutirá de forma indefinida, como ya se ha discutido, sobre la oportunidad de trasplantar al Nuevo Mundo la fe católica, el absolutismo real y, más tarde, los ideales democráticos, con el mismo título que las armas de fuego, los esclavos negros, los aventureros blancos, el maquinismo y la civilización industrial. Pero el hecho mismo de que la legitimidad de esas innovaciones sea discutida en Europa durante siglos, prueba la importancia del choque sufrido por el espíritu de los europeos. El descubrimiento de la redondez de la Tierra no hizo ningún efecto, no cambió nada en los hábitos del comercio, de la vida cotidiana, ni afectó más que a la imaginación de algunos sabios. Otra cosa muy distinta fue el descubrimiento de las civilizaciones indígenas. Hombres que vivían desnudos, adoraban ídolos, que obedecían leyes singulares, manifestando un valor inflexible ante la muerte o el sufrimiento, aquí sí que había que sorprenderse. Tanto más cuanto que ellos parecían felices, aunque fuesen completamente desnudos y su haber se redujese a un arco, una calabaza y una hamaca. Así, a través de los relatos de los viajeros, nació la noción del hombre en estado de naturaleza, que más tarde los filósofos y los poetas debían oponer a la corrupción europea. Dos corrientes más recientes todavía se hallan en germen en la descripción de Cristóbal Colón sobre los primeros naturales que vio en Guanahaní: la etnografía, ciencia de las singularidades colectivas, y el espíritu de que ésta procede y al cual alimenta: el análisis, la disección y el rechazo de los convencionalismos occidentales, el anticolonialismo y sus opuestos: la fe en la vocación imperial de tal o cual nación, sea blanca, amarilla, negra o mestiza, el imperialismo ideológico. Si el universo del hombre moderno se ha hecho problemático -sin por ello aumentar la dicha o la desgracia de los individuos-, ha sido principalmente a causa del acto inaudito de un marino genovés y del voto pronunciado por una reina de Castilla, piadosamente cumplido por dos generaciones de capitanes.

Personalidad:
Fueron de dos clases: la primera genaración intentaba lo insólito por medios cesarianos; la segunda sirve a la corona y continúa una tradición. Todos son españoles: espadachines, quemadores de cirios, maquiavélicos y misioneros. La ejecución de Gonzalo Pizarro en 1548 pone fin a la era de los grandes conquistadores abierta por Cortés en 1519. Nunca en la historia de Europa reaparecería un tipo semejante, salvo quizá en tiempos de Napoleón. Las monarquías, celosas de su legitimidad, legarán su suspicacia a sus herederas las democracias, que, como ellas, reivindican principios trascendentales para los individuos. De Cortés a Gonzalo apenas si transcurre una generación de hombres: el tiempo que necesitó el poder central para almacenar la cosecha y prevenirse de las ambiciones desmedidas. Entre los que encarnaron esta edad gloriosa de la conquista, tres figuras destacan: los afortunados conquistadores de México y Perú, y aquel que intentó conquistar América del Norte y murió en el empeño: Cortés, Pizarro y Soto. Tres bien diferentes. Ninguna fórmula agota la personalidad de Cortés, que una acumulación de adjetivos elogiosos o severos deja sin expresar. Sus dos émulos se caracterizan por aquello que les falta cuando se les compara con él. Sólo un rasgo común une a estos tres hombres y a todos aquellos grandes y pequeños que les han seguido, imitado, admirado o traicionado: la energía bruta, o mejor aún una indomable vitalidad. Van con una armadura de acero bajo el sol del Ecuador, a través de bosques, pantanos, desiertos, entre los antropófagos, los mosquitos, las serpientes, desdeñosos de toda higiene. Los tres son decididos, duros, capaces a la vez de las explosiones bruscas y de esfuerzos prolongados; no tienen ni hígado, ni estómago, ni nervios; seleccionados desde la cuna por la incuria y la miseria española y por el áspero clima de Extremadura, solamente la muerte los detiene. Marchan, luchan, desafían, conquistan, poseen, dilapidan, vuelven a empezar, caen y mueren. Su vida no es más que acción.

Individualidad:
Acción solitaria. Por méritos personales obtienen la gloria y, según creen, la vida eterna. Por faltas personales son muertos. No conocen más que individuos: su rey, la Virgen, Santiago, su confesor, sus lugartenientes designados por su nombre propio, sus hombres individualizados, su caballo, su amante, su paje, sus enemigos. Moctezuma primero y Cuautémoc después, resumen para Cortés a los aztecas. Pizarro conoce a Atahualpa, pero ignora al pueblo peruano. Soto se consume al no encontrar en las inmensidades norteamericanas un adversario de su talla. Un rasgo común sorprende considerablemente al observador moderno: el gran conquistador escogió encarnar la idea, la fe, Castilla, no el interés colectivo. Cada uno de los candidatos a conquistar intenta aisladamente su entrada, como el romanesco Amadís. Cortés rechaza la autoridad de Velázquez; Pizarro elimina la de Pedrarias; Soto, por haber evitado el coordinar su acción con la de Coronado, pierde la ocasión de someter un continente. El encuentro de Bogotá, tan singular, anuncia una época nueva: la de las gentes prácticas. Es bueno que el conquistador haya existido para demostrar de qué es capaz un individuo. Es dudoso que renazca jamás en el universo moderno, coto cerrado de máquinas y masas. (Jean Amsler)


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