Hernando de Soto             

 

Soto en la Florida y el Meschacebé:
El relato que Garcilaso consagra a esta odisea terrestre no está falto de sabor y despide a través de los siglos el aroma intacto del orgullo castellano, convertido en conciencia imperial. Soto había comenzado su fortuna en Cajamarca, donde había recibido en primer lugar los presentes de Atahualpa, y posteriormente su parte en el rescate que éste entregó inútilmente a sus raptores. Más tarde la había redondeado en Cuzco. Pero en lugar de soñar con la adquisición de alguna gran hacienda en su país, el recuerdo de las cosas que había llevado gloriosamente a cabo le inspiró un ambicioso proyecto. Por lo que fue a Valladolid a rogar a Carlos V que le permitiese emprender la conquista de la Florida, con promesa de correr con los gastos sin regatear nada por la gloraia del imperio. Lo que le incitaba más a esta ilustre empresa era ver que no había conquistado nada como jefe y que Hernán Cortés se había hecho señor de México y Pizarro y Almagro en el Perú. Y no siendo inferior ni en valor ni en ninguna otra cualidad, no podía sufrir que la fortuna les fuese más favorable que a él. Así, pues, renunció a las pretensiones que tenía sobre el Perú y dirigió todos sus pensamientos a la conquista de la Florida, donde murió. Las perspectivas en el Perú no eran muy rosadas. Mientras los partidarios de Pizarro peleaban con los de Almagro, el poder central trataba de poner de acuerdo a los competidores y la llegada de un virrey vendría a cerrar inmediatamente la época heroica. Pero Soto quería ser un héroe de cuerpo entero. Sin duda, los anteriores fracasos registrados en la Florida no eran alentadores, pero ¿acaso Cortés no había sabido avanzar a pesar de sus precursores Córdoba y Grijalva?

El 6 de abril de 1538 dejaba el puerto de Sanlúcar de Barrameda, situado en la desembocadura del Guadalquivir y que constituía el antepuerto de Sevilla. Su flota de diez navíos transportaba un millar de hombres. La última gran aventura cuyo eco había llegado a España era la de Pizarro en el Perú, lo que unido al prestigio nobiliario del propio Soto parecía prometer el éxito. Después de una escala en el puerto de La Habana, desembarca el 31 de mayo de 1539 en la bahía de Tampa con un contingente de novecientos soldados y una caballería de trescientas cincuenta cabezas, formidable para la época. La Florida y las regiones vecinas, a menudo pantanosas, eran dominio de los indios semínolas. Los habitantes de la Florida adoraban el sol y la luna, pero sin dirigirles ni ofrecerles sacrificios. Sus lugares sagrados eran las necrópolis, donde levantaban trofeos confeccionados con el botín capturado a sus enemigos. La gente vulgar era monógama; en cambio, los grandes tenían varias mujeres; el adulterio era castigado con severidad, naturalmente a expensas de la mujer culpable. Con sus flechas y arcos, que eran muy largos y proporcionados a su talla, abatían los cérvidos salvajes. Un brazal de plumas protegía el antebrazo izquierdo de los arqueros. Pero lo fundamental de la alimentación era el pescado, el maíz y las legumbres. No criaban ganado. No eran en absoluto sospechosos de antropofagia; al contrario: ante la noticia de que una banda de españoles hambrientos pertenecientes a una expedición anterior habían probado tan espantoso régimen, quisieron jugarles una mala partida. Finalmente, tenían un exacerbado sentido del honor.

Soto dejó ochenta infantes y cuarenta caballeros guardando la flota y se aventuró en el interior. Por todas partes la columna tenía contactos con formaciones guerreras de indios que hostigaban sus flancos, en tanto que las corrientes de agua y los pantanos la obligaban a numerosos rodeos. No obstante, se pudieron establecer los cuarteles de invierno en Apalache, de donde se volvió a partir de primavera en dirección norte (marzo de 1540). Se alcanzó así el territorio de los indios cris, en los confines de la Georgia actual y de Alabama; su valor militar intacto -se mantendra bajo el impulso de los mestizos hasta el siglo XIX- y la creciente altitud del país indujeron a Soto a variar su itinerario hacia el oeste, hasta el valle de Alabama, donde atraído por los rumores relativos a la existencia de una gran ciudad situada en el golfo de México, descendió hasta su desembocadura. De este modo, el ejército entró en los dominios de un astuto cacique llamado Tascaluco; su talla era tan gigantesca y sus piernas tan largas, que cuando intentó la equitación sus pies arrastraban por tierra. Tascaluco llevó a los españoles hasta una ciudad llamada Mauvila, hoy Mobila. Se trataba de una emboscada, o al menos así se creyó, porque numerosos guerreros estaban escondidos en chozas, que muchas veces tenían dos pisos. Los españoles descubrieron la trampa a tiempo y se reunieron fuera de la empalizada, cercando la villa para darle un asalto en regla. El asunto fue arduo. Duró nueve horas y acabó con una matanza entre la humareda de los incendios. Si hay que creer la crónica, los muertos indios se contaban por miles, en tanto que los españoles habían perdido ochenta y tres hombres y cuarenta y cinco caballos. Muchos expresaron su desagrado por la pobreza de los adornos metálicos recogidos en ese día; eran puños de plata semínolas, pues los cris se contentaban con adornos de cobre. Además faltaba la pólvora, dilapidada durante la escaramuza. Finalmente, habría sido prudente permanecer algún tiempo en esta ciudad litoral, desde donde, gracias a los navíos, se podía esperar socorros o la evacuación. Pero Soto ejercía sobre sus hombres un verdadero imperio; además era el que debía decidir el abandono o la prosecución. Estimó sus fuerzas suficientes para perseverar, y después de algunas semanas destinadas a curar las heridas en este nido de fiebres, partió en dirección noroeste.

Territorio chicasa:
Atravesó sin estorbo el país de los pacíficos choctaus y, dejando a mano izquierda el de los belicosos nachez, llegó al país de Chicasa (diciembre de 1540). Los indios se habían retirado al otro lado de un río; el paso fue salvado gracias a un contingente de piraguas ocupadas por arqueros; diez días más de marcha y se alcanzó la cabeza de la provincia, donde el avituallamiento se presumió fácil. Se resolvió pasar allí el segundo invierno. Una noche en que los españoles dormían sin vigilancia, una ráfaga de flechas incendiarias, provistas de borlas de algodón mojadas en pez, prendió fuego a los techos de paja del alojamiento. El suceso fue extremadamente grave: cuarenta hombres y cincuenta caballos quedaron sobre el terreno. La víctima más lamentable fue una mujer llamada Francisca Henestrosa, la única que había tomado parte en la expedición. Pereció asfixiada por la humareda, llevándose con su muerte una esperanza proxima de maternidad. En este acantonamiento fatal y en otro más seguro que a continuación Soto escogió en las proximidades murieron varios soldados por falta de sal. Además era preciso guerrear a diestro y siniestro. La fórmula consistente en realizar simultáneamente el descubrimiento y la conquista, impuesta a los espíritus por el milagroso éxito de Cortés, había quedado suficientemente demostrado que era inaplicable en estas regiones; pero ahora los españoles luchaban para salvar sus vidas. Los combates ininterrumpidos, las victorias inútiles y las alertas incesantes comenzaban a minar la moral del general. Había acariciado largo tiempo la esperanza de establecer a sus fieles soldados definitivamente; con la intención de conservar las relaciones por barco con las colonias españolas, los había llevado hasta el río Grande. Ahora, comprendía que su plan se había hecho imposible: los países explorados no ofrecían ningún metal precioso y los indios manifestaban un espíritu demasiado guerrero para que se esperara poder emplearlos jamás en las plantaciones. Comenzó a proyectar el retorno a México, lo que significaba al mismo tiempo la pérdida de su fortuna y de su esperanza. Se acordaba de las ocasiones perdidas y hasta de la muerte de su buen caballo Aceituno, caído el primer año. Un incidente vino a afectarlo aún más. Cuando, en la primavera de 1542, dejaba sus cuarteles de Utiangue para ir al país de los naguatex, un oficial llamado Guzmán desapareció. La información demostró que había perdido a las cartas (que se hacían de cuero y pergamino, pues no había otras) todo su haber y hasta la posesión de una joven india de dieciocho años a la que amaba mucho. Antes de pagar la apuesta, solicitó y obtuvo un plazo, que aprovechó para desaparecer con la bella; la acompañó a su tribu; donde, como era hija de un cacique, fue bien recibido, y cuando Soto le hizo amonestaciones por medio de un mensajero, rehusó acatarlas. Respondió con una placa en la que había escrito su nombre con carbón, prueba de que al menos vivía. Soto tuvo la suerte de concluir una alianza con un cacique, que le acompañó en una expedición en la cual tomaron parte ochenta piraguas. Los indios vencedores escalparon a sus víctimas. Esta práctica fue extendida en América del Norte por las cinco naciones iroquesas venidas del sudoeste, cuyas crueldades rituales y costumbres belicosas y agrícolas presentan una lejana afinidad con las de los aztecas; la escalpación fue adoptada por las demás naciones indias y hasta por los cazadores blancos, sobre todo por los de linaje británico.

Muerte en el Meschacebé:
Defectuosamente avituallados, los españoles continuaron descendiendo el río a lo largo de la ribera occidental. Entonces el desalentado Soto fue atacado por las fiebres. La muerte del último de los grandes conquistadores puso punto final a un período, tanto de la historia de España como de la de Amñerica del Norte; hasta él pudo creerse que esta parte del mundo llegaría a ser castellana, después de él ya no fue posible. Ya los franceses se infiltraban a lo largo del San Lorenzo sobre las borradas huellas de los vikingos, mientras que en Londres los comerciantes calculaban los beneficios y los devotos las ventajas alimentarias de un nuevo Canaán. Garcilaso, testigo de la pasada grandeza de los españoles, consagra a Hernando de Soto, gentilhombre de Extremadura, un sugestivo elogio fúnebre. Quizá no sea enteramente verídico, pero expresa al menos el ideal castellano del conquistador, tal como debía haber sido ante los ojos de un oficial. Soto murió a la edad de cuarenta y dos años, después de haber gastado en la conquista de la Florida más de cien mil ducados. Era natural de Barcarrota (Badajoz), y de familia muy noble. Fue más que mediano de cuerpo, de buen aire, parecía bien a pie y a caballo. Era alegre de rostro, de color moreno, diestro en ambas sillas y más de la jineta que de la brida... Era venturoso en las jornadas particulares que por su persona emprendía, aunque en la principal no lo fue, pues al mejor tiempo le faltó la vida. Vigilante, amante de la gloria. Paciente en los trabajos. Severo en castigar las faltas contra la disciplina, pero fácil para perdonar las otras. Caritativo y liberal con sus soldados. Valiente y osado, tanto como lo ha sido ningún capitán en el Nuevo Mundo. tantas cualidadeshicieron que le llorase toda su tropa. (Jean Amsler)


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