La colonización anglosajona:
Muy distinta fue la obra de los Holandeses y de los Ingleses. De los holandeses se habla poco, pero tampoco ellos amaban a los indios, y los consideraban huéspedes indeseables que había que eliminar. ¡Lo peor viene pero con los ingleses! No con todos, a decir verdad, porque también entre ellos podemos distinguir dos tipos de mentalidad: los puritanos por un lado, y los del sur (de Virginia) por el otro. No es casualidad que en la guerra civil inglesa del siglo XVII, la Nueva Inglaterra se alineó con Cromwell, mientras que Virginia se alineó con la monarquía. Virginia y los otros estados meridionales eran manifestaciones de un mundo preburgués y precapitalista, similar en esto a la América francesa. Las grandes plantaciones eran estancias señoriales: ya no eran feudales, y todavía no eran burguesas en sentido capitalista. Además, en el siglo XVIII, su cultura fue clásica y latina, influenciados por Francia. Es cierto que también fue fuerte la influencia del iluminismo y la masonería, pero eran hombres que conocían el latín y el italiano y, como Thomas Jefferson, proyectaban mansiones con tendencia clásica de estilo paladiano. Thomas Jefferson, que todos conocen como el presidente de los Estados Unidos, fue el primero en excavar un sepulcro piel roja para comprender su finalidad y significado. Lo excavó con una sensibilidad científica tal como para dejarnos un documento utilizable todavía hoy.

Peregrinos Mayflower Jefferson Dec.Independencia

Muy diferentes anduvieron las cosas allí donde se instalaron los puritanos. Éstos (como es conocido) eran protestantes extremistas, caracterizados por un profunda fe en Dios y en sí mismos. Perseguidos en Inglaterra, abandonaron en grupos, sucesivamente, a Europa para trasladarse a América, donde fundaron colonias permanentes sobre la costa más septentrional de los actuales Estados Unidos. El primer desembarco ocurrió en 1620: fue el arribo de los famosos Padres peregrinos, como serían llamados después, que cruzaron el Atlántico con el barco Mayflower. Hay que tener muy en cuenta este origen suyo de perseguidos religiosos. Los puritanos se consideraban el único grupo verdaderamente cristiano, verdaderamente respetuoso de la palabra y del mandamiento de Dios. Todo en el entorno no era más que maldad y persecuciones de los inmorales contra los justos. El escape a América del malvado mundo europeo los conducía al nuevo surgimiento de la Tierra Prometida, y Dios mismo los guiaba, como (presuntamente) guió a los hebreos desde Egipto a Palestina, la primera tierra prometida del pueblo de Dios. América era la "Tierra Prometida" por dos motivos complementarios. Por un lado, el Nuevo Mundo era para los puritanos la tierra de la libertad, libertad de las reglas y tradiciones europeas, libertad de los malvados perseguidores ingleses, libertad del contacto con los puritanos corruptos y papas servidores del demonio. Por otro lado, era la Tierra Prometida porque, allá abajo, más allá del Océano Atlántico y al reparo de la gran distancia de agua, era posible construir la Nueva Jerusalén. Un proyecto del tipo milenarista, como lo describió Eric Voegelin en las formidables páginas de Nueva ciencia política. Pero ¿qué sucede cuando el hombre cree, espera poder construir el reino de Dios ya en esta tierra? La tierra y los hombres, que no perfectos sino limitados y débiles, no se adecuan a este proyecto, que nunca se realiza, menos aún si se corre en el tiempo a un futuro, siempre próximo pero siempre postergado. Contemporáneamente, porque el proyecto mandado no puede estar en una discusión radical, los hombres que lo contrariaban eran necesariamente a los ojos de los puritanos y de todas las sucesivas oleadas, descrito por Voegelin, los malvados, los representantes del demonio, que obstaculizaban voluntariamente el nacimiento de la Nueva Jerusalén (o del socialismo u otro deseo) y ellos retrasaban la realización. En un ambiente natural y geográfico totalmente nuevo, sentido casi como el paraíso en la tierra, original ó construido, poco importaba, la presencia del indio, del piel roja, era percibida como un obstáculo a la comunidad de verdadero creyentes.

Lewis y Clark Revólver Carretas oeste Union-Pacific

[Trato a los indios norteamericanos:]
El piel roja era necesariamente una representación del demonio e incluso la reencarnación misma del demonio. ¿Cómo podía haber otros verdaderos seres humanos en un mundo perfecto o perfectible, creado para dar refugio a los verdaderos buenos que tenían la construcción del reino de Dios? No fue casualidad que en el propio mundo anglosajón, el francés libertino y calvinista, se discuta si estos individuos eran ó no descendientes de Adán. Y no es, por lo tanto, que en la América puritana fallara totalmente los intentos iniciales de la actividad misionera: no se puede convertir al demonio o a la criatura del demonio. Pero si los pieles roja son representantes ó la encarnación del demonio; los justos no sólo tienen el derecho de exterminarlos con el fin de que no obstaculicen el gran proyecto puritano, los justos tienen incluso el deber de sacarlos del medio. Esas eran la mentalidad y la voluntad que al final de los primeros momentos prevalecieron en el mundo puritano de América septentrional. Con consecuencias dramáticas para los indios, mucho más dramáticas de las que hubo donde llegaron los franceses o los españoles. Porque estos nunca desearon y planificaron el exterminio de los indios americanos, mientras que los puritanos lo desearon y lo planificaron. Los testimonios, terribles, son numerosos y auténticos porque vienen de los mismos puritanos. También en el ambiente hispánico hay testimonios de actos de maldad contra los indios, pero son presentados como maldades, actos delictuosos que debían ser reprendidos y castigados. Que después la Iglesia y la Corona tuviese éxito o que los representantes del rey y de la Iglesia quisieran siempre castigarlos es otra cosa; ningún clérigo, ningún laico eran totalmente santos en la América española del siglo XVI y XVII, tanto que Pío IV establece que los religiosos que regresaban de América podían traer con ellos sólo el dinero necesario para el viaje, si traían de más inexorablemente debía ser confiscado. Pero los documentos hablan de este acto siempre como de delitos y en la discusión sucedida en Valladolid en 1550-51, una junta real impide la publicación del libro en el que Juan Ginés de Sepúlveda expone los motivos por los cuales, a su juicio, los indios podían ser justamente sometidos.

Union-Pacific Railroad Union-Pacific Sittig Bull Geronimo

En el mundo anglosajón puritano en cambio, los actos de maldad y de extermino contra los pieles roja vienen narrados como actos meritorios y necesarios para el bien de la comunidad de los creyentes. Los puritanos son los justos a los que se les concedió la fundación de la Nueva Jerusalén; los pieles roja son los reprobados, los negados, contra los cuales cada ataque es admitido, es meritorio a la presencia de Dios. Así que los mismos puritanos cuentan satisfechos las tremendas acciones. Incluso la epidemia, que destruyó a los indios, se interpretó como manifestación de la obra de Dios que así libera del mal de la tierra destinada a los justos: en 1621, Edward Winslow hablaba de la "maravillosa peste" mandad por Dios contra los indios, mientras que pocos años después, en 1634 John Winthrop aumentó la dosis afirmando que los indios "acá son casi todos mueren por la viruela, y de tal modo el Señor evidencia nuestro derecho a esto que poseemos" Cuánto más significativa es la Brief history of the war, escrita por el reverendo Increase Marther y publicada en Boston y en Londres en 1767. Dios concedió a los ingleses puritanos la tierra americana de los pieles roja, los cuales después de un período de paz se oponen a los colonos inexplicablemente. El hecho que pudo permanecer primero en paz es obra de la "maravillosa Providencia divina que inspiró en todos los indios el temor a los ingleses y a sus acciones, como hizo antiguamente con Jacob y después con sus hijos de Israel. El temor de Dios perturba sus corazones" Como nota irónicamente el historiador Francis Jennings: "la ecuación no podía ser más clara: el temor hacia los ingleses era sinónimo del temor a Dios". Si pasamos a los testimonios bélicos, William Bradford, gobernador de Plymouth describió así la destrucción y el incendio de la aldea de Pequot:

    "era un espectáculo tremendo verlos asarse...y el mal olor que venía. Pero la victoria pareció como un dulce sacrificio y por eso agradezco a Dios".

Recordemos que entonces los hombres eran víctimas, las mujeres y los niños se vendían como esclavos. Treinta años después de la guerra del rey Felipe, el jefe indio dio mucho alambre de torcer a los anglosajones, otra no podía ser, según los puritanos, que un complot contra los justos.

[Norteamérica en el violento siglo XIX:]
Peor fue cuando en el siglo XIX a la mentalidad puritana se le sumó el positivismo y la fe inquebrantable en el progreso, identificado con el desarrollo del mundo burgués y capitalista. Los tres aspectos juntos dieron a la guerra india del siglo XIX una dureza espantosa. La misma dureza que fue puesta contra el sur señorial, destruyó radicalmente durante y sobre todo después de la guerra de secesión que (¡no lo olvidemos!) fue una guerra sagrada de independencia de hombres que no eran y no se sentían legales a la mentalidad puritana y capitalista de los yankees. Se ofrece aquí una lista demasiado larga de testimonios estadounidenses de hombres que dijeron abiertamente los propósitos y las acciones de exterminio. Como los puritanos de los primeros siglos, son siempre los exterminadores los que hablan directamente, refiriéndose a los indios y refiriéndose al sur. Aquí algunas citas. Francis Parkman: "por lo tanto eran destinados a disolverse y desaparecer ante los avances de la potencia americana...no hay nada de progresivo en la rígida, inflexible naturaleza de un indio. Él no puede abrir su mente a la idea de progreso..."; Thomas Hart Benton, senador: "Parece que la sola raza blanca había revivido el mandamiento divino de conquistar y llenar la tierra!... por mi parte, no me siento a criticar esto que resulta ser el efecto de una ley divina. Civilización ó destrucción ha sido el destino de todos los pueblos que se han atravesado en el camino de los blancos, y la civilización, siempre preferida por los blancos, ha sido llevada adelante como un objetivo mientras que la extinción es consecuencia de la resistencia."

Entre dos despiadados generales, William T. Sherman y Philip Sheridan, este último devastó durante la guerra civil el valle del Shennadoah, debe atribuírseles la definición según la cual "el único indio bueno es el indio muerto". Será bueno citar al menos dos sucesos de signo opuesto, subrayando cómo fue de distinto el modo de pensar de los hombres del sur. Cuando durante la guerra por la independencia del sur, el coronel sureño John R. Baylor (caso prácticamente único) propone resolver el problema de Arizona con el extermino de la capital, el presidente Jefferson Davis lo destituye inmediatamente; durante la misma guerra pocas tribus indias bajaron del campo, pero aquellas que lo hicieron se alinearon con los estados confederados del sur. También esta vez los indios habían entendido de qué parte venía para ellos el mayor peligro: después de los franceses, los mexicanos, los sureños, ellos serían tocados. (Extracto de un texto de Finzi)