Una cultura mundial             

 

Flujo de datos

Una cultura mundial:
[Respuesta a una sociedad desorientada] Con el nuevo ciclo de modernidad que reorganiza el mundo aparece un régimen de cultura desconocido hasta hoy. Concepto peligroso, como se sabe, pues cuando se oye la palabra 'cultura', hay revólveres cerca. Pero los riesgos teóricos que comporta la empresa no son razón suficiente para olvidarse de ella. Pues la era hipermoderna ha trans­formado en profundidad el relieve, el sentido, la superficie social y económica de la cultura. Ésta ya no puede conside­rarse una superestructura de signos, perfume y ornato del mundo real: se ha convertido en mundo, en cultura-mundo, cultura del tecnocapitalismo planetario, de las industrias culturales, del consumismo total, de los medios y de las redes informáticas. Con la hipertrofia de productos, imágenes e información nace una hipercultura universal que, trascendiendo las fronteras y disolviendo las antiguas dicotomías (economía/imaginario, real/virtual, producción/representación, marca/arte, cultura comercial/alta cultura), reconfigura el mundo en que vivimos y la civilización que viene. Ya no estamos en la época en que la cultura era un sis­tema completo y coherente que explicaba el mundo. Se han acabado igualmente los tiempos en que se oponían la cultura popular y la cultura ilustrada, la 'civilización' de las élites y la 'barbarie' de la masa. Tras este universo de opo­siciones distintivas y jerárquicas ha venido un mundo en que la cultura, inseparable ya de la industria comercial, muestra una vocación planetaria y se infiltra en todas las actividades. Al mundo de ayer, en el que la cultura era un sistema de signos distintivos, orientados por las luchas simbólicas entre grupos sociales y organizados alrededor de referentes consagrados e institucionales, le ha sucedido el mundo de la economía política de la cultura, de la producción cultural a mansalva que se renueva sin cesar. No ya el cosmos fijo de la unidad, del sentido último, de las clasificaciones jerarquizadas, sino el de las redes, los flujos, la moda, el mercado sin base ni centro de referencia. En los tiempos hipermodernos, la cultura se ha convertido en un mundo que tiene la circunferencia en todas partes y el cen­tro en ninguna. Las primeras expresiones de la idea de cultura-mundo vienen de lejos. A través del concepto de cosmopolitismo se manifiesta como uno de los más antiguos valores que constituyen la tradición intelectual y religiosa de Occidente: surgida en la Grecia de los filósofos (el escepticismo, el ci­nismo y sobre todo el estoicismo), se plasmó en el corazón del cristianismo antes de volver a adquirir relieve en la Eu­ropa ilustrada que exalta la unidad del género humano, los valores de la libertad y la tolerancia, el progreso y la democracia. Ya decía Dante que "Mi patria es el mundo"; Schiller repetirá la idea a fines del siglo XVIII y calificará el sen­timiento patriótico de "instinto artificial" cuando afirme: "Escribo en mi condición de ciudadano del mundo. Perdí mi patria muy pronto para cambiarla por el género huma­no." Una cultura-mundo que se identifica con un ideal ético y liberal, con un universal humanista que se niega a considerar inferiores a otros pueblos y para el que el amor a la humanidad está por encima del amor al terruño. Comparada con este momento, nuestra época es testigo del advenimiento de una segunda era de la cultura-mundo, que esta vez se perfila con los rasgos de un universal concreto y social. No ya el ideal del 'ciudadano del mundo', sino el mundo sin fronteras de los capitales y las multinacionales, el ciberespacio y el consumismo. Al no limitarse ya a la esfera de lo ideal, remite a la realidad planetaria hipermoderna, cuya economía, por primera vez, se rige según un modelo único de normas, valores y metas -el ethos y el sistema tecnocapitalistas-, y cuya cultura se impone como mundo económico absoluto. Cultura-mundo significa fin de la heterogeneidad tradicional de la esfera cultural y universalización de la cultura comercial, conquistando las esferas de la vida social, los estilos de vida y casi todas las actividades humanas. Con la cultura-mundo se difunde por todo el globo la cultura de la tecnociencia, del mercado, los medios, el consumo, el individuo; y con ella una muchedumbre de problemas nuevos con repercusiones globales (ecología, inmigración, crisis económica, pobreza del Tercer Mundo, terrorismo...), pero también existenciales (identidad, creencias, crisis de sentido, trastornos de la personalidad...). La cultura globalizadora no sólo es un hecho, es al mismo tiempo un interrogante sobre sí misma, tan acusado como insatisfecho. Mundo que se vuelve cultura, cultura que se vuelve mundo: una cultura-mundo. Si se debe hablar de cultura-mundo es también porque la sociedad de mercado, o el hipercapitalismo de consumo que la determina, es paralelamente un capitalismo cultural en crecimiento exponencial, el de los medios, los audiovisuales, la web-mundo. La cultura-mundo designa la era de la tremenda dilatación del universo de la comunicación, la información, la mediatización. El auge de las nuevas tecnologías y las industrias de la cultura y la comunicación ha hecho posible un consumo saturado de imágenes, al mismo tiempo que la multiplicación hasta el infinito de los cana­les, las informaciones y los intercambios. Es la era del mundo hipermediático, el cibermundo, la comunicación-mundo, estadio supremo, comercializado, de la cultura. Esta hiper­cultura ya no tiene nada de periferia de la vida social: ven­tana que da al mundo, no cesa de remodelar nuestros conocimientos al respecto, difunde por todo el planeta chorros ininterrumpidos de imágenes, películas, músicas, teleseries, espectáculos deportivos, transforma la vida política, las formas de existencia y la vida cultural, imponiéndole una nueva modalidad de consagración y la lógica del espectáculo. Esta fuerza supermultiplicadora de la hipercultura explica la letanía de reproches que la acusan de uniformar el pensamiento, de reventar los vínculos sociales, de manipular la opinión infantilizándola, de corromper el debate público y la democracia. Comercialización integral de la cultura, por último, que es al mismo tiempo culturización de la mercancía. En la época de la cultura-mundo, las antiguas oposiciones de economía y cotidianidad, mercado y creación, dinero y arte se han disuelto, han perdido lo esencial de su fundamento y de su realidad social. Se ha producido una revolución: mientras el arte se ajusta ya a las reglas del mundo comercial y mediático, las tecnologías de la información, las in­dustrias culturales, las marcas y el propio capitalismo construyen a su vez una cultura, es decir, un sistema de valores, metas y mitos. Lo cultural se difunde con amplitud en el mundo material, que se dedica a crear bienes dotados de sentido, identidad, estilo, moda y creatividad a través de las marcas, su comercialización y su publicidad. Lo imaginario cultural no está ya en el cielo, por encima del mundo 'real', y el mercado aglutina en su oferta, de manera creciente, dimensiones estéticas y creativas. Es evidente que la econo­mía nunca ha sido totalmente ajena a la dimensión de lo imaginario social, ya que el mundo de la utilidad material ha sido al mismo tiempo productor de símbolos y valores culturales. Lo que ocurre es que, en el presente, esta com­binación se ha manifestado, organizado e instituido en sis­tema-mundo globalizado. Así pues, la cultura-mundo abarca un territorio mucho más vasto que el de la 'cultura culta', grata al humanismo clásico. Más allá de la cultura ilustrada y noble, lo que se impone es la cultura extendida del capitalismo, el indivi­dualismo y la tecnociencia, una cultura globalizada que estructura de modo radicalmente nuevo la relación de la persona consigo misma y con el mundo. Una cultura-mundo que no es reflejo del mundo, sino que lo constituye, lo en­gendra, lo modela, lo evoluciona, y esto a nivel planetario. Para ver en su contexto este nuevo régimen cultural, nos gustaría proponer un esquema histórico que, posicionándose en la perspectiva de la larga duración, distingue tres grandes épocas en las relaciones de la cultura con el todo social. A nadie escapará el carácter simplificado y apresurado del análisis, pero no tiene más ambición que aportar un cuadro de conjunto para situar la especificidad del momento actual en la inmensidad del decurso de la Historia. La primera época fue la más larga: la identificamos con el momento religioso-tradicional de la 'cultura' cuyo modelo puro son las sociedades llamada primitivas, pero que va más allá. Aquí es imposible distinguir una esfera cultural autónoma, lo que llamamos 'cultura' no aparece separado de las relaciones de clan, políticas, religiosas, mágicas o parentales. En su forma pura, 'salvaje' o mítica, la cultura es la ordenación sintética del mundo, aparece como un con­junto de clasificaciones que garantizan la correspondencia o la 'convertibilidad' de todas las dimensiones del univer­so, astronómicas y geográficas, botánicas y zoológicas, téc­nicas y religiosas, económicas y sociales. Aquí, las formas culturales se perpetúan pasando de generación en genera­ción, el funcionamiento social prescribe la fidelidad a lo que siempre ha sido, la reproducción idéntica de los mode­los recibidos de los antepasados o de los dioses. Las formas de vivir y de pensar, los intercambios, las modalidades de expresión obedecen a normas colectivas que no reconocen el principio de iniciativa individual y cuyo centro legitima­dor se encuentra en las fuerzas invisibles. Es tan grande la capacidad aglutinadora de la cultura que se difunde sin que haya el menor cuestionamiento interior de sus principios y sus relatos. La segunda época coincide con el advenimiento de las democracias modernas, portadoras de los valores de igualdad, libertad y laicidad: es el momento revolucionario de la cultura. Se produce un trastorno tremendo, sin parangón, que supone una ruptura histórica radical: los sistemas de sentido heterónomos dan paso a sistemas autónomos que los propios individuos pueden transformar e inventar de arriba abajo. La modernidad comportó en todas partes una dinámica de secularización de la cultura, fuera política, jurídica, ética, cotidiana, literaria o artística, pues cada uno de esos dominios se desarrolla según sus propias necesidades y su propia dinámica. La modernidad, en nombre de su ideal universalista, quiso hacer tabla rasa del pasado, levantar un mundo racional y libre de particularismos, del dominio de la Iglesia, las tradiciones y las supersticiones. Fe en la ciencia, en el dominio técnico de la naturaleza, en el progreso ilimitado, la modernidad cultural se identifica con la tendencia al futuro de la organización temporal de las sociedades, frente a la antigua orientación hacia el pasado. Fijándose como objetivo la emancipación de las ataduras y las filiaciones tradicionales, la cultura de los modernos se ha consolidado en un antagonismo estructural con el antiguo universo de la jerarquía, la herencia y lo inmutable. Ni siquiera el arte ha escapado a esta dimensión antagónica. Con la edad moderna, el arte se opone manifiestamente a los valores dominantes, al mundo del dinero y el comercio: se declara universo rigurosamente autónomo que busca sus leyes en sí mismo y se construye en un radicalismo estético crecientemente transgresor. El campo cultural se organiza así alrededor de dos polos antagónicos: por un lado, el 'arte' comercial sometido a los gustos del público y orientado al éxito inmediato; por el otro, el arte puro y vanguardista que rechaza las formas de consagración burguesas y las leyes del mundo económico. Por medio de la cultura democrática, del arte vanguardista y la cultura industrial, la modernidad inaugural construyó la primera fase histórica de la cultura-mundo. En este libro planteamos la hipótesis de que en los últimos veinte o treinta años ha aparecido un tercer modelo, que forma el horizonte cultural de las sociedades actuales en la época de la globalización. En éste se han evaporado las grandes utopías y los antimodelos sociales, que han perdido lo esencial de su credibilidad. La sobrevaloración del futuro ha cedido el paso a la sobreinversión en el presente y en el corto plazo. Tampoco la erradicación del pasado está ya en el programa de los tiempos: la época pide la rehabilitación del pasado, el culto a lo auténtico, la reactivación de la memoria religiosa e identitaria, las reivindicaciones particularistas. Trastornos y conmociones que nos autorizan a hablar de un nuevo régimen cultural, el de la hipermodernidad, un régimen en el que los sistemas y valores tradicionales que han sobrevivido ya no tienen un papel articulador, en el que sólo son ya realmente operativos los principios mismos de la modernidad. Más allá de la revitalización de las identidades colectivas heredadas del pasado, lo que triun­fa es la hipermodernización del mundo, remodelado como está por las lógicas del individualismo y el consumismo. Teníamos una modernidad desgarrada y limitada. Hoy estamos en una modernidad acabada, una modernidad reconciliada consigo misma y con sus principios fundadores. Los conflictos tradición/modernidad, Iglesia/Estado, libe­ralismo/comunismo, burguesía/proletariado, Este/Oeste ya no están en el corazón del mundo que se avecina. Es en el interior de la modernidad donde se juega el porvenir del mundo, donde se imponen de manera creciente objetivos de racionalización, globalización y comercialización que se aplican a todos los dominios. Y en este contexto globalista y economicista es donde aparecen las nuevas tensiones y contradicciones culturales de la época. Henos pues en una cultura posrevolucionaria que es al mismo tiempo hipercapitalista. Pero es lo imaginario de la competencia, la cultura de mercado lo que triunfa y se di­funde por todas partes, redefiniendo los dominios de la vida social y cultural. No se ha salvado ni el arte, esfera 'protegida' durante mucho tiempo. Se tiende a la cultura-mundo cuando el elemento de oposición que las vanguardias representaban se integra también en el orden económico, cuando la cultura deja de ser "un imperio dentro de un imperio", cuando el mercado coloniza la cultura y los mo­dos de vida. Y cuando los medios y el ciberespacio pasan a ser instrumentos primordiales de la relación con el mundo y a través de ellos se consolidan nuevas formas de vida transnacional, nuevos enfoques del mundo que se caracte­rizan por la interdependencia y la interconexión crecientes. Las principales conmociones de la esfera cultural en la era moderna se produjeron por la dinámica de la ideología in­dividualista, con sus exigencias de libertad e igualdad; lo que se impone en la era de la hipermodernidad como autoridad principal de la producción cultural es la economía y su potencia supermultiplicada. Por donde se ve que si la cultura-mundo ha nacido vinculada a la mundialización, debe entenderse, con más razón, como el estado de la cultura que corresponde a la hipermodernidad. Es pues una hipercultura de tercer tipo la que teje hoy su tela sobre el mundo y lo reconfigura, más allá de los territorios y las categorías clásicas relativas a la cuestión. Ya no tenemos las oposiciones alta cultura/subcultura, cultura antropológica/cultura estética, cultura material/cultura ideológica, sino una constelación planetaria en la que se cruzan cultura tecnocientífica, cultura de mercado, cultura del individuo, cultura mediática, cultura de las redes, cultura ecologista: polos que articulan las 'estruc­turas elementales' de la cultura-mundo. ¿Cómo pensar la cultura en la época del hipercapitalis­mo cultural? ¿Qué mundo diseña la cultura-mundo, la de las marcas internacionales, los entretenimientos mediáticos, las redes y las pantallas? Lo que caracteriza en general este universo es la hipertrofia de la oferta comercial, la sobreabundancia de información y de imágenes, la cascada de marcas, la infinita va­riedad de productos alimenticios, restaurantes, festivales, músicas que pueden encontrarse hoy en todas partes, en ciudades donde se ven los mismos escaparates. El consumidor no ha gozado jamás de tanta libertad para elegir productos, modas, películas, lecturas; nunca ha podido viajar tanto, descubrir tantos lugares culturales, degustar tantos platos exóticos, oír tanta variedad de músicas, decorar la casa con objetos tan diferentes y de tan variada procedencia. La cultura-mundo designa la espiral de la diversifica­ción de las experiencias consumistas y al mismo tiempo una cotidianidad caracterizada por un consumo creciente­mente cosmopolítico. En este universo caracterizado por un consumo bulímico, por la intensificación de la circulación de bienes, per­sonas y datos, los individuos disponen de abundancia de imágenes, referencias, modelos, y pueden encontrar además los elementos de identificación más diversos para construir su existencia. Aunque la cultura global difunde por todas partes, a través del mercado y las redes, normas e imágenes comunes, funciona al mismo tiempo como un potente incentivo de desarraigo en los límites culturales de los territorios, de desterritorialización general, de individuación de las personas y los modos de vida. Las fuerzas de unificación global progresan al mismo ritmo que las de diversificación social, comercial e individual. Cuanto más se acercan las sociedades, más se extiende la dinámica de plu­ralización, heterogeneización y subjetivación. Hiperindividuación que no es tanto cierre ante la gente como empalme con el gran mundo. Con el desarrollo de las comunicaciones y los hipermedios, cambia la relación con el tiempo y las distancias, se ven en directo los grandes acontecimientos históricos o deportivos, pues cada cual tiene acceso directo a las imágenes y a la información desde todos los puntos del planeta. "La Tierra no ha sido nunca tan pequeña", dice un anuncio de teléfonos móviles: ahora estamos comunicados con todos, no importa dónde, los rincones más periféricos dejan de estar aislados, lo local se conecta con lo global: la cultura-mundo es la cultura de la compresión del mundo y la contracción del espacio. Los instrumentos informáticos posibilitan de manera creciente la comunicación en tiempo real, creando así una impresión de simultaneidad e inmediatez que trasciende las barreras del espacio y el tiempo. Simultaneidad mediática que per­mite a los individuos distantes en el espacio compartir la misma experiencia, salvar los límites de las fronteras, diluir la diferencia entre lo próximo y lo lejano, potenciar el sentimiento de pertenencia a un mundo global. El tiempo de París es el de Nueva York, el de São Paulo es el de Pekín: es la era del espacio-tiempo mundial, del cibertiempo global, el hiperespacio-tiempo abstracto y universal. Espacio-tiempo global reforzado a pesar de todo por los grandes riesgos y catástrofes que acarrea la hipermodernidad y que desconocen los límites de las naciones: nube radiactiva de Chernóbil, pandemia del sida, crisis de las vacas locas, riesgos de los transgénicos, calentamiento planetario, atentados terroristas, crisis bursátiles y financieras. Con la cultura-mundo aparecen la conciencia de la globalidad de los peligros, la sensación de vivir en un único mundo, hecho de interdependencias crecientes. En la era hipermoderna se consolida la cosmopolitización de los miedos y las fantasías, las emociones y las formas de vida. Conciencia planetaria de los peligros, cultura-mundo..., de acuerdo. Pero esto significa todo menos cultura mundial una y reunificada. A medida que las mismas marcas están presentes en todas partes y disponemos de los mismos datos sobre el estado del mundo, se multiplican las hibridaciones de lo global y lo local, pero también la diversidad de los valores, la 'guerra de los dioses', las reivindicaciones particularistas. Por un lado, la cultura-mundo apa­rece como una de las facetas del avance irresistible del mundo de la técnica, que somete lo cultural a sus valores de eficacia. Pero por el otro es necesario señalar que, lejos de marchitar las cuestiones culturales, el mundo tecnoco­mercial contribuye a relanzarlas a través de la problemática de las identidades colectivas, las 'raíces', el patrimonio histórico, las lenguas nacionales, lo religioso, el sentido. Salta a la vista que la cultura-mundo no se reduce a la sola racio­nalidad instrumental y calculadora: las cuestiones cultura­les (el 'imperialismo' norteamericano de las industrias cul­turales, las identidades religiosas, nacionales y étnicas, la posible entrada de Turquía en la Unión Europea, el Estado cultural, los programas mediáticos, las polémicas éticas...) reaparecen por todas partes, adquieren una importancia nueva, suscitan polémicas nuevas. Aunque el mercado y las industrias culturales fabrican una cultura mundial caracte­rizada por una fuerte corriente homogeneizadora, vemos que al mismo tiempo se multiplican las demandas comuni­tarias de diferencia: cuanto más se globaliza el mundo, más aspira a afianzarse una serie de particularismos culturales. Uniformización globalitaria y fragmentación cultural van de la mano. Aunque la cultura-mundo apacigua las democracias y reorganiza la experiencia del espacio-tiempo, hay que señalar que también desorganiza a mayor escala las conciencias, las formas de vida, la existencia individual. El mundo hi­permoderno está desorientado, inseguro, desestabilizado, no de manera ocasional, sino cotidianamente, de forma estructural y crónica. Y esto es nuevo. Las sociedades que nos precedieron tenían su lote de miedos y angustias, conocieron pesadillas, el terror y otras barbaries. Pero los 'temores y temblores' milenarios se desplegaban en un mundo dominado por los dioses y en un cuerpo social 'completo' en el que los individuos conocían su lugar sin dudar del orden del mundo. La moderna era de las democracias no ha estado nunca libre de las convulsio­nes producidas por las crisis y las tragedias políticas, pero en el seno de esas sociedades se proponían alternativas, promesas de un futuro radicalmente distinto que garantizaban el avance del mundo hacia algo mejor. Esto ya no es así. Aunque las democracias ya no tienen enemigos interiores capaces de destruirlas, nos sentimos extrañamente perdidos en un vagabundeo general. Todos los referentes co­lectivos se han pulverizado uno tras otro y ni siquiera estamos ya en condiciones de imaginar un porvenir social basado en principios distintos de los que organizan nuestro presente. Cuanto más regido está el mundo democrático por los principios del liberalismo moderno -el individuo, el mercado-, más nos confunde su rumbo. Nunca habíamos tenido tanta información a mano, nunca tanto conocimiento pormenorizado sobre el estado del mundo, y nunca había sido tan frágil y confusa la comprensión del conjunto. Henos pues condenados a una desorientación desconocida, excepcional y al mismo tiempo planetaria: tanto que es uno de los grandes rasgos existenciales de la cultura-mundo. El hundimiento de los grandes sistemas ideológico-políticos que estructuraban el conflicto Este-Oeste y el or­den mundializado es uno de los principales ejes de esta desorientación. La cultura-mundo de la hipermodernidad coincide con el fin de la guerra fría y más ampliamente con la disolución de las ideologías del progreso que afirmaban que la Historia tenía un sentido, que avanzaba necesariamente por el camino de la libertad y la felicidad. Este optimismo histórico ha envejecido, hemos perdido la fe en un futuro radiante y cada vez mejor. ¿Adónde vamos? ¿De qué estará hecho el futuro? Penden tantas amenazas sobre el ecosistema y los grandes equilibrios ecológicos que ni siquiera las ciencias y las técnicas alimentan ya la esperanza de llegar a un progreso irreversible y continuo. ¿Vivirán nuestros hijos mejor que nosotros? Puede que el día de ma­ñana sea peor que el de hoy. La confusión ha sustituido a la certeza dogmática de las grandes ideologías de la Historia. En este contexto es donde aparecen el desencanto y la in­certidumbre de los tiempos de la cultura-mundo. El fin del bloque comunista y de la división bipartita del mundo debía inaugurar una época de armonía, prosperidad y paz. En cambio, lo que ha sobrevenido es un universo de guerra, de riesgo e inseguridad que se ha apodera­do del planeta, como demuestran la multiplicación de los conflictos tribales, la explosión de los fanatismos identitarios, las limpiezas étnicas, los rebrotes nacionalistas, las migraciones en masa (150 millones de personas viven hoy fuera de su país de origen), pero también el riesgo de proliferación de armas nucleares, el terrorismo de masas, el cri­men organizado internacional, el tráfico de inmigrantes clandestinos, la delincuencia informática. Y ahora los nuevos tumultos del hambre, relacionados con la subida mun­dial del precio de los alimentos que puede sumir a millones de personas en una inseguridad alimentaria estructural. El poder de los mercados, la dictadura del corto plazo y las fuerzas sociales centrífugas han creado un universo inesta­ble e imprevisible. Tras el equilibrio del terror ha venido un orden caótico mundial. En este sentido, lo ocurrido en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 no debe entenderse tanto como ingreso en un nuevo período cuanto como acentuación o remate del proceso multiforme de desorganización hipermoder­na de los referentes. El santuario de paz que representaba Estados Unidos ha dejado de serlo. La hiperpotencia del mundo se ha vuelto vulnerable, frágil, objeto de destrucción masiva. Por insólito que sea, el fenómeno no ha hecho sino inscribirse en la continuidad de la desorientación ge­neral del mundo, pasando a ser una de sus caras más trágicas y emblemáticas. Se aprecia la misma dinámica en el orden económico, en el que el neocapitalismo va de crisis en crisis. Crisis mexicanas en 1982 y 1995, crisis asiática en 1997, crisis en Rusia y Brasil en 1998 y 1999, crisis en Argentina en 2001 y en Turquía en 2002, crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos en 2008, que han hecho planear sobre las economías mundiales la sombra de la recesión. Hoy se han resquebrajado no sólo las economías emergentes, sino también la primera potencia mundial. A esto hay que añadir la multiplicación de los escándalos financieros, las quiebras fraudulentas de grandes empresas de máximo rating, las cuentas falsas (Enron, World.Com, Société Générale), pero también las astronómicas desigualdades de los ingresos. La apertura de los mercados proclamaba la eficacia y la trans­parencia de un modelo económico: la realidad es un caos progresivo, un capitalismo sacudido por seísmos incontrolados. ¿Qué modelo económico puede despertar ya adhe­siones cuando las economías dirigidas han fracasado y cuan­do la huida hacia delante de la globalización liberal supone big bangs en cadena? Ya no hay ningún sistema económico con aura y con capacidad de atracción. El desconcierto actual se conjuga además a una escala menos geopolítica. En un mundo que ya nadie sabe adónde va, los individuos caen en una espiral de incredulidad y escepticismo avanzado. Las iglesias ya no tienen capacidad para regular las creencias y prácticas comunes. La ges­tión de lo social y de la economía ha reemplazado a la utopía; ya nadie cifra sus esperanzas en el comunismo, pero el capitalismo globalizado es inseparable de la inseguridad y la angustia. Se desconfía de los políticos y de los partidos, que caen en el descrédito; se mantienen los criterios que definen a la derecha y a la izquierda, pero cada vez son más fluidos. Incluso Europa despierta desconfianza y ya no suscita sueños. Pasada la era moderna del compromi­so, henos ahora en la época hipermoderna de la Gran Desorientación. Ésta no se detiene ahí, hoy se ven afectadas todas las esferas de la vida social y personal. La familia, la identidad sexual, las relaciones entre los géneros, la educación de los hijos, la moda, la alimentación, las nuevas tecnologías: la incertidumbre es el sentimiento más común que hay hoy en el mundo. Ni siquiera la 'alta' cultura escapa a la desorientación general, según vemos en la recepción del arte de nuestros días, que se juzga 'incomprensible', es partidario del 'todo vale' y se vende, por añadidura, a precios inaccesibles. Por lo demás, incluso la cultura tradicional, humanista y literaria, antaño cimiento imprescindible de la edu­cación, está hoy en crisis y de manera creciente se considera, sobre todo entre los jóvenes, desfasada respecto de la época. ¿Y no está la confusión en que nos vemos sumergidos en la base de la revitalización de la filosofía y los sentimientos religiosos? Una vez más se oyen los ecos proféticos de aquella frase de Tocqueville: "Cuando el pasado deja de ilumi­nar el futuro, el espíritu avanza a oscuras." Ha llegado la época en que el espacio y el tiempo se han mundializado en cierto modo: la Tierra es ya un mi­crouniverso que gracias a la rapidez de las redes de comuni­cación se ha vuelto accesible en todas partes, con efecto casi instantáneo. Pero si bien la eficacia de la información -rapidez y abundancia ilimitada- ha experimentado un avance excepcional, no puede decirse lo mismo de la compren­sión del mundo ni del entendimiento entre las personas. Ya no padecemos carestía de conocimientos: nos hemos perdi­do en la abundancia de información. En lugar de un orden transparente que en principio aporta claridad y racionalidad, crecen el caos intelectual y la inseguridad psicológica, las creencias esotéricas, la confusión y la desorientación generales. Las industrias de la cultura se reorganizan por la vía de la racionalización, no así las conductas, las aspiraciones ni los pensamientos. En términos más amplios aún, el dinero soberano, el consumismo desatado, el universo superficial del ocio parecen fuerzas que destruyen los valores morales más elevados. Un individualismo que se mueve por egoísmo codicioso, un repliegue en uno mismo que cierra el sepulcro de la solidaridad y la fraternidad, una violencia que se manifiesta tanto en los brotes de terrorismo como en la trivialización de la delincuencia y la criminalidad, una democracia sin fervor cívico, un mercado que lo gobierna todo, derechos humanos desatendidos: el malestar cultural y ético también crece, hipertrofiado a la medida de un mundo híper en el que el individuo, cuanto más tiene, incluso cuando tiene demasiado, acaba preguntándose si tiene lo mejor. En cierto sentido, la Gran Desorientación resulta sorprendente, porque pocas veces en la historia de la humanidad han tenido los individuos tantas razones para sentirse tranquilizados por todo lo que les aporta la sociedad que han creado ellos. Nunca, en el camino que conduce a la satisfacción de sus necesidades y, más aún, de sus deseos, han visto tantos semáforos en verde: prolongación de la vida, eficacia galopante de la medicina, reconocimiento del lugar de la mujer en la sociedad, aumento del nivel de vida, triplicado en unos decenios en los grandes países industriales, bienestar cada vez más general, educación para todos, liberalización de las costumbres, una existencia facilitada por los adelantos de la ciencia y la técnica. Casi estamos por decir un confortable mundo nuevo... Y sin embargo, un mundo intensamente ansiógeno y depresivo, generador de inquietudes de todas clases y, por primera vez, menos optimista en lo que se refiere a la calidad de vida del futuro. En el marco de la vida exuberante de un mundo que promete la felicidad de satisfacciones innumerables y siempre nuevas, cuaja una tremenda desorientación individual y colectiva. Es verdad que el malestar de la cultura es cualquier cosa menos un fenómeno nuevo y los peligros potenciales inherentes al progreso han sido denunciados por una larga serie de pensadores que, de Rousseau a Nietzsche, de Tocqueville a Heidegger, no han dejado de insistir en la corrupción que puede acarrear. Sin embargo, los signos amenazadores que han ido de la mano de la modernidad en el camino del mayor bienestar estaban compensados por una esperanza, una fe, una promesa: precisamente la del progreso. Este bloque de optimismo y convicción se ha disuelto. Los signos del peligro se han multiplicado, repetido y amplificado por una información que lo difunde todo en directo y por to­das partes: se estornuda en cualquier parte del mundo y todo el planeta tose. Lo que compensaba la desdicha diaria -la fe en el futuro- se ha venido abajo. El progreso parece una huida hacia delante indescifrable que, por arrastrarlo todo en su desbocada carrera, crea un mundo hipertrófico de inseguridades. Un progreso que ya no anuncia la subversión revolucionaria del presente, sino que prolonga eficaz y exponencialmente los tentáculos de éste, sin más horizonte que el mercado y la democracia. En la época del capitalismo absoluto en que todo es competitivo, en que todo prolifera y se multiplica hasta el infinito, hay que ser cada vez más modernos y reactivos, estar más informados y ser más eficaces. El desconcierto no surge de la ausencia, sino de lo híper. Es a éste al que conviene interrogar. [...] (Ensayo de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy.)

 
       
       

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