Mujeres: Desigualdad             

 

Desigualdad: Mujeres: Distorsión de la realidad:
[Símbolos frustrados:]
Más de una mujer que da carreras entre el desayuno de los niños y la oficina se ha preguntado alguna vez qué flaco favor le hizo a ella la revolución feminista, pero es que a menudo la realidad se parece poco a lo que soñamos. O lo que es peor, alguien se aprovechó de nuestras ilusiones para darnos gato por liebre. La muerte de Rosie la Remachadora, ayer, a los 86 años de edad, ha venido a revelar algo parecido, porque ni se llamaba Rosie ni era remachadora. La mujer en la que se inspiró Howard Miller para incentivar a millones de féminas a que arrimaran el hombro en las fábricas de armas durante la Segunda Guerra Mundial sirvió luego de revulsivo para el movimiento feminista a principios de los 80, pero hasta entonces ella ignoraba que había puesto su bello rostro a la propaganda de guerra. Mientras pasaba las hojas de una revista y se encontraba a sí misma con más músculo del que nunca hubiera soñado, Geraldine Doyle debió pensar en la ironía de haberse convertido en un símbolo de la independencia femenina. «No vi esa foto antes porque estaba muy ocupada cambiando pañales a todas horas», confesó al 'Lansing State' en 2002, después de que hasta Correos hubiera hecho un sello con su imagen. En 1942 tenía 17 años y acababa de terminar el instituto cuando un fotógrafo de United Press International le tomó la foto que inspiraría la campaña de reclutamiento femenino de la empresa Westinghouse, que con esa motivación intentaba también disuadir las huelgas y la abstención laboral. El 'We can do it' (Nosotras podemos hacerlo) del póster era el llamado patriota para seguir fabricando tanques, armas, bombarderos y municiones contra la maquinaria nazi en Europa.


Sin embargo ella duró en la fábrica menos de dos semanas. Mientras el artista la ilustraba sacando músculo ella sólo pensaba en el cuidado de sus manos y ante el temor de que una fractura le impidiera seguir tocando el chelo abandonó el canto patrio. Seis millones de mujeres que ignoraban esa realidad la siguieron hasta las fábricas y algunas nunca la abandonaron. Doyle no continuó sus estudios sino que se enamoró de un aprendiz de dentista y, como muchas mujeres en la sombra, sacrificó su vida para ayudarle a montar su propia clínica mientras criaba seis hijos. A su muerte tenía 18 nietos y 25 bisnietos. «Representaba a la mujer que conquistaba el control de su propio destino», declaró ayer nostálgica Gladys Beckwith, ex directora del Centro Histórico de Mujeres de Michigan que le había rendido homenaje. «Es el fin de una era», suspiró. Ojalá. El de una era en la que las mujeres barajan la comida, los niños, la colada y el portafolios por menos sueldo que los hombres sin llegar nunca a los puestos de poder salvo que demuestren ser más duras que los duros y estén dispuestas a sacrificar su feminidad por el camino. Sueños de independencia que explotan como pompas de jabón. En los tiempos que corren, ni los símbolos son inmunes a la crisis. (Mercedes Gallego, 31/12/2010)

2. Comentario de J.Biedma:
Hay mujeres que piensan que el amor maternal es una creación cultural y que eso de dejar 25 bisnietos no muestra éxito personal alguno. Más verosímil es que la "revolución feminista" haya dado gato por liebre cuando la mujer da carreras entre el desayuno de los niños y la oficina, la colada y el portafolios, dividida entre lo profesional y lo maternal, todo por menos sueldo que los hombres, o por cero sueldo, y sin tocar las tetas del poder salvo que se esté dispuesta a sacrificar del todo la feminidad. El icono acabó representando a la mujer que conquistaba el control de su destino, y fue retomado en los años ochenta por el feminismo que podríamos llamar contemporáneo. No creo que se trate de un símbolo frustrado. Primero, porque los símbolos no sacan su fuerza sólo de su significante, sino del vínculo sentimental que consiguen alimentar entre quienes los usan intencional y socialmente. No de otro modo se entiende que la cruz -instrumento romano de tortura- acabara significando tanto (el amor divino) para tantos. Y segundo, porque no es cierto que la revolución feminista haya fracasado. Pasa lo mismo con el comunismo o con el cristianismo, si bien han de ser aparcados como sistemas totalitarios o ideas únicas en la sociedad plural y global, no han pasado sin dejar una impronta de la que se siguen nutriendo nuestras éticas y nuestras sociedades del bienestar. Mis hijas, sin ir más lejos, pueden elegir, algo que no pudieron hacer tan fácilmente ni sus madres ni mucho menos sus abuelas. Puede que la "revolución feminista" tenga que ser completada y hasta corregida, pero nuestra sensibilidad -también masculina- se alimentará ya en el futuro de sus denuncias y descubrimientos.



3. La pretendida misoginia de Aristóteles:
Muchos han buscado justificación para su misoginia, su ginefobia o su machismo en la venerable autoridad y probada prudencia de Aristóteles. ¿Despreció Aristóteles a las mujeres, como se suele decir? No lo creo. ¿Qué pensaba de la mujer? ¿Cuál fue su relación con ellas? Desde luego, Aristóteles fue un hombre de su época, una época de necesidad, de terrible violencia, de guerras y esclavitud, una época en que los fuertes dominaban por las armas a los débiles, y los niños morían como chinches por ataques de microorganismos, una época en que había que engendrar muchos hijos para poder conservar en la ancianidad alguno. Así, Aristóteles apenas le reconoce al esclavo la capacidad de participar de la razón en medida suficiente para reconocerla, pero sin poseerla (Política). Su posición de que hay esclavos por naturaleza apenas se justifica -desde el propio aristotelismo ético- en el argumento de que "el que es capaz de prever con la mente es naturalmente jefe y señor por naturaleza" o de que "quien es mejor en virtud debe regir y dominar", porque el mismo Aristóteles reconoce en otro sitio que nadie es virtuoso ni prudente por naturaleza, sino que la virtud depende de la libertad y de las costumbres que adoptamos voluntariamente, de la educación y del esfuerzo. S. Körner ha reconocido la incomodidad de Aristóteles cuando afronta este tema... El mismo Aristóteles acaba reconociendo: "es evidente, pues, que hay cierto motivo para la controversia y que hay esclavos y libres que no lo son por naturaleza...".

 
Aristóteles de Estagira Ulises atado y con los oídos tapados rodeado de sirenas


Pero es indudable que en Política el estagirita afirma que, respecto de la relación entre macho y hembra, "el primero es superior y la segunda inferior por naturaleza, el primero rige, la segunda es regida" (tò mèn árchon tò dè archomenon). Sin embargo, en la misma obra, Aristóteles indica que el esclavo carece en absoluto de facultad deliberativa (tò bouleutikón), mientras que la hembra la tiene, aunque no le sirva para mucho (all'ákyron). En la edición bilingüe de Julián Marías y María Araujo (Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1983), este "all'ákyron" se traduce por "desprovista de autoridad": las mujeres tendrían capacidad deliberativa -según Aristóteles-, pero desprovista de autoridad, sin embargo, el término ákyros también se puede traducir por "sin poder", "sin mando". Pedro Simón Abril, el primer traductor de la Política de Aristóteles al castellano (Zaragoza, 1584), tradujo tò bouleutikón por "consulta". Al contrario que el esclavo, la mujer tiene consulta, "aunque no sirve de ninguna cosa", traduce el gran humanista de Alcaraz. La frase puede entenderse como una constatación de hecho, más que como una impostura machista: La mujer tiene la misma capacidad de decisión que el hombre, pero en la situación actual, hacia 344 a. C. o a finales del XVI después de Cristo, la mujer no tiene el poder de ejercer dicha consulta o capacidad de deliberación, porque no tiene poder político.

En Política Aristóteles distingue entre el estatuto civil de los hijos y el de la mujer. Tanto la mujer como los hijos de un hombre libre son libres, pero mientras que a los hijos no le otorga otra condición que la de vasallos, a la mujer se le reconoce el estatuto de ciudadanía. "El padre y marido gobierna a su mujer y a sus hijos como a libres en ambos casos, pero no con la misma clase de autoridad: sino a la mujer como a un ciudadano y a los hijos como vasallos" -traduce Julián Marías. Y Pedro Simón Abril: "el varón ha de tener señorío sobre la mujer y los hijos como sobre personas libres, pero no con una misma manera de gobierno, pues con la mujer ha de tener señorío civil, y sobre los hijos real".


Las instrucciones de su testamento:
En el libro V de sus Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres, el famoso doxógrafo Diógenes Laercio (III d. C.) pinta a Aristóteles, "el discípulo más legítimo de Platón", con voz balbuciente y ojos pequeños. Según el de Laertes, Aristóteles gustaba de vestir bien y se cortaba la barba y el pelo. En su testamento, escrito durante su destierro en Calcis, dispone que los huesos de su primera mujer, Pitiade o Pitias, sobrina e hija adoptiva del tirano Hermias, reposen en su propio sepulcro; lega la mano de su hija Pitias (del mismo nombre que su madre fallecida), a Nicanor, hijo adoptivo de Aristóteles y oficial de Alejandro Magno, y dicta instrucciones para que se cuide a su joven concubina Herpilide (Herpilida o Herpilis), de quien tuvo a Nicómaco, disponiendo que "si quisiere casarse..., no sea con hombre desigual a mí; y se le dará de mis bienes, sobre lo ya dado, un talento de plata, tres criadas si las quiere, la esclava que tiene, y el niño Pirreo". Aristóteles exige que dejen a Herpilis elegir entre hacerse dueña de la hospedería en Calcide o de la casa paterna en Estagira... "Cualquiera de estas dos habitaciones que elija, cuidarán mis ejecutores de alhajársela [amueblársela] del modo que les parezca decente y bastante a Herpilida".

Werner Jaeger comenta que hay algo conmovedor en el espectáculo del desterrado filósofo poniendo en orden sus asuntos, recordando a sus padres, a su patria, Estagira, a su único hermano Arimnesto, a quien perdió temprano, y a su madre, a quien sólo podía pintar como la había visto siendo niño... "su deseo es que no se separen sus restos mortales de los huesos de su mujer Pitias, como había sido también la última voluntad de ella". Entre líneas del testamento -dice Jaeger- leemos un extraño lenguaje: "el cálido tono de una verdadera humanidad y al mismo tiempo el signo de un abismo casi aterrador entre él y las personas de quienes estaba rodeado. Estas palabras las escribió un hombre solitario". Signo de esta soledad es la confesión "extremadamente emotiva" que nos regala en una carta de este último periodo... "Cuando más solitario y aislado estoy, tanto más he llegado a amar los mitos". Respecto de sus esclavos, en su testamento Aristóteles dispone que ningunos sea vendido, "sino que de ellos deberán servirse mis herederos; y en siendo adultos se les dará libertad según convenga".

Diógenes Laercio recoge el rumor, seguramente malintencionado, maledicente, de una relación homosexual de Aristóteles con el enunuco Hermias. En la traducción de José Sanz Ortiz que manejo, se habla de "bardaje" del árabe "barday", mancebo, y de ahí el significado de sodomita, que ofrece el Larousse. Pero la mayoría de las fuentes sólo hablan de una amistad o "afinidad" entre Aristóteles y Hermias, del que habría sido condiscípulo en la Academia, antes de su relación en Mitilene. [...] (Extracto muy editado de M.y P.)


Violencia machista:
No quiero que sea un día del año coloreado en malva; no quiero que las recuerden, humilladas y maltratadas, un 25 de noviembre y las coloquen en un almanaque con los labios amoratados de tanta carnicería y de tanto llanto sobre la almohada. No creo que sea una buena idea hacerles creer que merecen una fecha en el calendario en la que se pongan banderitas en la solapa y se digan discursos sobre su condición infrahumana. No quiero que sea un día especial ni diferente a los demás días ni quiero que los grandes almacenes lo declaren parte de su escenografía para que los clientes compren cajitas de bombones con retratos de mujeres asesinadas en el transcurso del año. No quiero que se hagan espectáculos a su costa. No quiero que sean pasto del morbo cotidiano, de los comentarios de café o de las conversaciones de peluquería. Estoy aburrida de ver películas donde los maridos pegan, se emborrachan, escupen y vomitan sobre el cuerpo de una criatura hermosa e indefensa. Estoy harta de que todos se ocupen de ellas (jueces, médicos, sociólogos) sin que, en el fondo, a muchos de ellos les importen un rábano. Estoy cansada de aniversarios y conmemoraciones con las que todo el mundo se lava la cara y la mala conciencia sin que haya nadie que tenga el valor necesario para reclamar lo único que ellas necesitan y no tienen: más justicia. Porque mientras la ley no sea fuerte y no se deje doblegar por presiones de culturas medievales y raquíticas; mientras no se considere que una mujer vale tanto como cualquier hombre y con ella la justicia debe comportarse como lo hace con ellos; mientras la educación no sea igualitaria y abierta y no se enseñe a los varones que las personas del otro sexo son merecedoras del mismo respeto que ellos pretenden obtener para sí mismos, no habremos conseguido nada, no habremos avanzado nada. Ni las fiestas ni las conmemoraciones van a evitar la muerte de una mujer. De otra más. Solo en España llevamos cerca de setecientas mujeres asesinadas a manos de los hombres en la última década. No sumo las mujeres de México, Nicaragua, India, África…. Solo hablar de España es suficiente motivo para abrirnos las carnes y preguntarnos por las razones, las causas, los elementos sociológicos, morales y políticos que nos conducen a semejante locura. Pero eso nadie lo lleva a Las Cortes o al Parlamento con la virulencia con que se llevan otros temas. La violencia contra las mujeres tiene menos seguimiento que la violencia terrorista, por ejemplo. ¿Por qué tanta protección a los políticos y tan poca a las mujeres? ¿Por qué el estado se gasta millones en proteger a unos y perseguir a otros y tan poco en plantearse seriamente la lucha contra los que maltratan a una mujer? Ante trato tan discriminatorio las mujeres acaban pensando que son ciudadanas de segunda clase y el tratamiento que se les da es de esa categoría. Si esas muertes hubieran sido provocadas por alguna organización terrorista hubiera temblado el mundo. Pero son mujeres las que mueren y eso parece carecer de importancia. Cuando se produce una acción violenta como el robo de un banco o el secuestro de algún político o empresario, los medios de difusión, los órganos policiales, las instituciones de todo el panorama político y judicial se rasgan las vestiduras y la noticia ocupa los periódicos, las televisiones, las comisarías y los despachos de altos vuelos. El secuestro y la tortura que sufre una mujer maltratada es el peor de todos y, sin embargo, nadie hace un seguimiento de esas criaturas encerradas en un piso como si fuera una cárcel donde son castigadas, sometidas a humillaciones, y, en última instancia, condenadas a morir irremediablemente. Amantes, esposos, compañeros de algunas horas felices ya borradas de sus mentes a fuerza de golpes y miedo, se encargan de torturarlas durante meses o durante toda una vida. Pero nadie comprende. Nadie hace nada por seguir los pasos de esos hombres acostumbrados, por vicio o por odio, a desangrar a una mujer. Que el problema ya no es sólo que las maten; es que hay tortura previa y nadie parece querer enterarse. Porque muchas mujeres, antes de ser masacradas, han sido previamente torturadas durante meses o durante años por el mismo sujeto que acaba con su vida. Y de eso nadie parece querer hablar. Ni la familia, ni los amigos, ni el círculo que rodea a la víctima saben nada o parecen no querer saber nada. Y, lo que es más grave, si lo saben, prefieren ignorarlo. ¿Por qué? Porque piensan que la sacrificada es más fuerte de lo que es; porque creen que podrá solucionarlo ella sola; porque imaginan que es libre para determinar su propia situación y ellos no son quiénes para interferir en sus decisiones; etc., etc. Hay miles de respuestas, tantas como casos. Al final, todos corren un tupido velo sobre las mujeres que sufren malos tratos y las hacen invisibles. Si no existen, no sufren y, si no sufren, ya no hay un culpable social claramente definido que permita tal agravio. Y si por casualidad los culpables aparecen y se dan a conocer sus nombres, todo el mundo respira aliviado. Ya se ocupará de ellos la ley, se dicen unos a otros los ciudadanos conmovidos. Y duermen tranquilos. Pero lo cierto es que las leyes pertenecen a los mismos que las vulneran; a los mismos que las han dictado y permitido; a los mismos que las imponen o se burlan de ellas. Y las mujeres siempre acaban siendo despreciadas por los hombres o por las leyes que ellos imponen. Da lo mismo la formulación o el país donde se formule. La sociedad, en general, y los hombres, en particular, siguen métodos medievales para conservar a raya a las mujeres díscolas y desobedientes y el castigo final siempre es parecido: vulnerar su dignidad, primero, para, después, asesinarlas. ¿Y la prensa? ¿Y los jueces? ¿Y la clase política? ¿Dónde están? Día tras día aparece el nombre de una mujer asesinada en nuestras noticias y las imágenes se repiten de una manera casi idéntica: en la pantalla del televisor su cuerpo cubierto por una manta o un plástico negro; la gente que grita, golpea con rabia, acude en manifestación al cementerio, vuelve la espalda… Una noticia como otra cualquiera. Se habla de leyes, se hacen leyes. Se habla de reacción popular, se hacen corrillos, debates, manifestaciones, artículos… Y luego, de nuevo, el silencio a nuestro alrededor. Y una se pregunta: ¿Si nosotras fuimos las que un tiempo gobernamos la tierra, dispusimos del orden de la tierra, del futuro de la tierra y de los hijos de la tierra, qué fue lo que nos precipitó en este fondo oscuro? ¿Qué leyes? ¿Qué mundo? ¿Qué clase de humanidad? ¿Qué hicimos mal para perder todo aquello que nos hacía libres y poderosas? ¿Qué hizo que fueran destronadas reinas, amazonas, diosas de la fertilidad y del orden? La respuesta es una y múltiple: la brutalidad y la fuerza se adueñaron de la tierra y de aquellas que la habían gobernado y ese fue el origen de un nuevo orden donde las mujeres fueron esclavizadas y apartadas de los poderes públicos. Amordazadas para siempre. Diosas y reinas se hicieron invisibles para sobrevivir. A partir de esa oscuridad las mujeres comenzaron a deslizarse suavemente para no ser descubiertas. Templos y palacios se llenaron de sus leves pisadas. El reino de las mujeres se convirtió en leyendas y mitos populares. Se convirtieron en hadas, en brujas malvadas portadoras del mal y las vergüenzas del mundo, en diosas extranjeras, en sirenas, en princesas obedientes y sumisas, en magas y hechiceras… El mundo de los sueños se pobló de seres femeninos totalmente invisibles para la mayoría de los mortales. Esa invisibilidad, unas veces voluntaria y otras obligada de las mujeres frente al poder de las armas y la fuerza física, les permitió a los hombres apoderarse de las tierras y organizar los ejércitos a su medida. Creyeron que tenían la fuerza y, por lo tanto, tenían la razón y el poder. Y llegaron a imaginarse invencibles. Pero se equivocaron. Los hombres tenían miedo. Sabían que ellas estaban ahí: vigilantes, alertas, dirigiendo otros mundos paralelos de los que ellos no podían formar parte. Y ese miedo los llevó a hacer leyes para protegerse; leyes de las que ellas no podían beneficiarse ni sacar provecho alguno. La invisibilidad de las mujeres se convirtió en un edicto implícito en el gobierno de los hombres. Con él se pretendió acallarlas para siempre y hacerse ellos inmunes. Las mujeres no podían gobernar ni disponer de bienes propios. Ni reinos, ni ejércitos, ni haciendas. Ni siquiera podían disponer de sus propios hijos sin la autorización de los hombres. Las mujeres no existían, no tenían identidad ni potestad alguna. Las mujeres serían invisibles ante la ley y ante la sociedad. Y así ha sido para muchas culturas incluida la nuestra hasta hace bien poco. Unas veces más y, otras, menos, pero aún lo son: invisibles y transparentes. Hay cosas que es mejor no nombrarlas para no hacerlas evidentes. Esa es la clave para entender el silencio creado alrededor de las mujeres. La visibilidad de una mujer está permitida siempre y cuando responda a los cánones que los hombres han creado. En el momento que las mujeres aparecen en escena y actúan libremente, los hombres comienzan a ponerse nerviosos y a desenvainar las espadas. Y ruedan cabezas. No hay otra explicación para tanta masacre. La creciente violencia contra las mujeres es una prueba que certifica lo que digo. Porque ellos no soportan la voz, la discrepancia o la visibilidad de quienes tradicionalmente estuvieron en silencio soportando toda clase de humillaciones. Ninguna mujer que tenga voz propia, que sea beligerante o emprendedora, es aceptada por la mayoría de las sociedades patriarcales. Y si una mujer así existe, se procura minimizarla, ridiculizarla, quitarla de en medio. Las mujeres deben, por tradición oral y escrita, permanecer silenciosas e invisibles. Ningún macho al uso consiente en ser dirigido, informado o puesto en su sitio por una mujer. No se cuestiona la autoridad cuando es un hombre quien manda. Se cuestiona cuando es una mujer. Una situación semejante crea en ellos tales conflictos de personalidad, tales esquizofrenias que, en cuanto te descuidas, van a degüello. Si no hay sumisión, hay guerra. Y si hay guerra, hay víctimas. Cuando alguien opina que antes no ocurrían estas cosas siempre contesto lo mismo: si, si que ocurrían, pero, o no se conocían excepto que alguna se atreviese a mostrarlas en público en cuyo caso sólo cabía esperar el desprecio y la marginación, o eran tan sumisas, tan “invisibles”, que “no daban motivos” para soluciones tan cruentas. Y por eso, todavía hoy, la mayoría de los agentes sociales pretenden nuestro silencio, nuestra aparente indiferencia, nuestra solícita manifestación pública de mujeres recatadas, sumisas, dóciles al poder y a las estructuras que nos han sido impuestas. Para salvarnos están las instituciones (la mayoría presididas por hombres heroicos y galantes) que se encargan de mandar notitas a la prensa y organizar manifestaciones arrastrando una pancarta a la puerta de un ayuntamiento, unos minutos de silencio y algún pañuelito manchado de sangre de todas y de nadie que total da lo mismo que mejor muertas y sin rechistar; que con una vez al año que protestemos basta, sobre todo si eres invisible y no te quejas nunca y cada día vas a trabajar con el corazón hecho pedazos y ni siquiera sabes bien porqué. Que aquí nadie convoca huelgas generales ni salen a la calle millares de ciudadanos pidiendo que cesen las agresiones, la violencia, las torturas y la muerte de tantas mujeres solas en la oscuridad de sus casas, de su aparente felicidad, de su infinita amargura. Y si alguien tiene valor, que recorra las ciudades del mundo, los pueblos, las aldeas alejadas de cualquier llamada, y mal llamada, civilización, y vaya levantando el rostro a las mujeres que encuentre por la calle; que pida a las mujeres que enseñen sus hombros, sus espaldas, sus vientres... Y sabrán por qué escribo como escribo, y sabrán por qué los parlamentarios no piden justicia, y los jueces no la dan, y la policía no la impone, y por qué muchas mujeres caminan con la cabeza baja y los hombros hundidos. Las mismas mujeres que usted y yo conocemos. Las mismas que viven, pared con pared, a su lado. Las mismas a las que usted maltrata cada día con su indiferencia y para las que se promulga una ley pacata y cobarde contra la que nadie se levanta. Una ley de paños calientes que no sirve para curar una herida tan honda. Me preocupan las mujeres, los crímenes contra ellas, las fuerzas desatadas contra ellas, su soledad infinita. Porque estamos solas. Abandonadas a una muerte anunciada día tras día. De todo se habla en los corrillos políticos menos del calvario que padecen muchas mujeres. Pero hoy quiero levantar mi pequeña bandera en nombre de todas ellas. Quiero levantarme en pie de guerra y, puesta en pie, pedir a todos los que forman nuestro pequeño universo, que den su voz para salvar a esas mujeres de la humillación y la muerte. Quiero a toda la justicia en pie de guerra; quiero al gobierno en pie de guerra; quiero que se las trate como a las víctimas del terrorismo y a sus asesinos se les de la misma categoría que a los terroristas, dentro y fuera de las cárceles. Quiero un tratamiento de primera clase para quienes ya no quieren volver a ser invisibles nunca más. Y, además, quiero manifestaciones multitudinarias contra tanto dolor. Quiero a miles de ciudadanos en las calles con las manos en alto (me da lo mismo el color con que se las pinten) pidiendo la liberación de aquellas que aún permanecen secuestradas y el castigo justo y necesario para quienes cometen tales crímenes. No creo que sea mucho pedir si lo que pido es justicia, si lo que reclamo es justicia. He visitado casas de acogida, asociaciones, cárceles y cementerios y, al final, me he encontrado con la misma queja: las leyes no están acordes con la realidad; las leyes van siempre por detrás de los hechos. Las leyes, los castigos, las penas impuestas, no son lo suficientemente duras como desearíamos. Asimismo, el miedo, la hipocresía y la idea cultural que tenemos sobre el papel que le corresponde a las mujeres en nuestra sociedad, influyen en la determinación de muchas de ellas de no denunciar a quienes las agreden y humillan. La idea generalizada de que la mujer es solo un apéndice del hombre, provoca la mayoría de esas situaciones. Ellos lo creen porque han sido educados para creerlo y ellas lo creen porque las han educado para que así sea. Y así hasta el infinito… ¿Las soluciones? Interesa a los gobernantes promoverlas y conviene a la justicia aplicarlas. A nosotras, exigirlas. (Elsa López)


Fin:
A estas alturas es más que evidente que este es un verano negro respecto a la muerte de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas; aparte de hijos e hijas y amigas, –en estos casos concretos, pero también familiares de diverso parentesco en otros–, que mueren a causa de la violencia machista ejercida con toda conciencia e intencionalidad contra las mujeres. No es que la estación del año tenga, sin embargo, importancia, porque este es un problema con el que hace mucho tiempo que convivimos y nada hace prever que dejemos de hacerlo. Eso no quiere decir, sin embargo, que no esté clara la solución; al contrario, tenemos los medios para detenerlo y, especialmente, tenemos el conocimiento sobre dónde hay que actuar. No sirve para nada, por muy bien que quede, decretar días de duelo, hacer concentraciones de rechazo y decir que se trabajará firmemente, o que se aumentarán las medidas, para que esto no vuelva a pasar. Ya hace años que ha quedado claro que así –llevamos mucho tiempo con este tipo de gestos institucionalizados– no se cambia nada; y que vuelve a ocurrir, siempre de la misma manera o de maneras muy parecidas. Sin la voluntad decidida y el objetivo claro y prioritario de las autoridades de todos los ámbitos –también de la sociedad civil– de querer cambiar el mundo que tenemos nos quedamos donde estamos. Claro está que este cambio imprescindible que reclamo es un cambio de posición de poder; de los más difíciles de hacer. Un cambio de la posición de poder que tienen los hombres ante las mujeres en nuestro mundo. Una posición de poder que se contamina culturalmente con estereotipos y prenociones que infectan todas las relaciones entre sexos en todos los ámbitos sociales. Desde el espacio familiar y privado, al laboral, económico o político. Y dejémoslo claro, las mujeres podemos reclamarlo a diestro y siniestro, pero si los hombres no están dispuestos a cambiar, a renunciar a la cuota de poder que les toca por el solo hecho de ser hombres, es evidente que no vamos a ninguna parte. Y eso que aunque no mueran –excepto los que así lo deciden–, los hombres también sufren a causa de estos crímenes; incluso, quizás alguno por lo que hace, y muchos porque pierden parejas, madres, hijas, hermanas… No podemos seguir haciendo ver que no sabemos el porqué de todo si realmente queremos que esta situación se acabe. (Cristina Sánchez Miret, 16/08/2015)


Terrorismo machista:
Si entendemos que, por lo general, llamamos terrorismo al intento de imponer una idea política por medio del terror y del uso de la violencia, entonces podemos llamar terrorismo machista a la violencia de género, aunque en este caso no se busque revertir una situación, sino perpetuarla. Históricamente, el sistema patriarcal ha minusvalorado, cuando no alentado, la violencia contra las mujeres de manera que la violencia usada contra unas pocas sirviera como amenaza y correctivo para todas. Todo sistema de dominación, y el patriarcado lo es, tiene que usar la violencia para imponerse y luego para mantenerse, aunque esa violencia no sea utilizada masivamente. Basta con que ocurra de vez en cuando, basta la mera amenaza para que todas las víctimas potenciales sepan que es mejor no rebelarse. Históricamente esto no admite discusión posible. El asesinato o la violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres –es decir, por el hecho de no ajustarse a lo que, como mujeres, se espera de ellas, ya sea lo que la sociedad espera de ellas o lo que un hombre cualquiera espera o desea-, no ha estado penada o mucho menos penada que la situación contraria. Eso quiere decir que este tipo de violencia estaba permitida, alentada como correctivo o socialmente legitimada, aun cuando existiera una pena formal. Aun ahora esto sigue ocurriendo en muchos países. En aquellos países en los que la igualdad formal es un hecho y el reproche penal por matar a un hombre o a una mujer es el mismo, aun en estos casos, la legitimación cultural se sigue dando en el caso de los asesinatos machistas. Culturalmente sigue muy presente la idea de que los hombres tienen ciertos derechos (o muchos) sobre las mujeres con las que se relacionan sexual y afectivamente, y esto redunda en cierta tolerancia social cuando el asesino en cuestión no puede soportar el hecho de que “su” mujer le hace saber que no le pertenece. Tolerancia social a la que se une –o que fomenta- la tolerancia institucional y política, así como el relato que se sigue haciendo desde los medios de comunicación: la mató porque la quería, la mató por celos, la mató porque ella hizo algo que no debía o, simplemente, porque estaba loco. Lo cierto es que la mató porque él creía –el sistema le había hecho creer- que estaba legitimado para matarla, que tenía derecho a matarla; la mató porque ella, con su comportamiento, había dañado su sentido de la masculinidad. El sistema enseña a los hombres (las encuestas con los jóvenes dan cuenta de ello) que la masculinidad depende del comportamiento de las mujeres con las que se relacionan, especialmente de aquellas sobre las que han adquirido ciertos derechos; luego son las mujeres con su comportamiento las que desatan la violencia en algunos hombres. Así pues, en realidad, ellos matan por una determinada idea política. El machismo es, también, una idea política o más bien, un sistema de ideas de representaciones, de sentimientos, de normas culturales, de mandatos simbólicos…un sistema ideológico en definitiva. Uno que sostiene que hombres y mujeres no somos iguales, que las mujeres tienen que hacerse cargo de determinados roles, de determinados comportamientos, y los hombres de otros. Y, entre estos, la idea que genera más violencia es aquella que hace creer a los hombres que las mujeres, algunas mujeres, les pertenecen y que, por tanto, tienen derecho a exigirles determinados comportamientos, incluso determinados sentimientos. Esa es una idea política. Los asesinos matan porque están convencidos de que esta idea es cierta y que, por tanto, les ampara cierta legitimidad moral. Ellos están en lo cierto, ellos tienen razón, ellos son las víctimas; ellas son las que han provocado la situación que les ha conducido a ellos a la violencia, a perder los nervios, a la furia. Ellos matan para restablecer el orden, para poner en orden su mundo, un mundo que ella, la culpable, amenaza con subvertir: no le muestra respeto, se ha ido con otro, se ha reído de él, le ha dejado en ridículo, le ha traicionado etc. Lo cierto es que la mató porque él creía –el sistema le había hecho creer- que estaba legitimado para matarla, que tenía derecho a matarla; la mató porque ella, con su comportamiento, había dañado su sentido de la masculinidad Esta idea, por supuesto, no crece en el vacío; ellos no están locos, no son maniáticos o psicópatas. La idea que les lleva a matar está muy extendida y tiene muchos defensores; en ese sentido ellos son normales. No son muchos los hombres que matan, afortunadamente, pero son bastantes más los que sin matar ni defender el asesinato, sienten que sí, que ella no merecía morir seguramente pero que tanta feminista conduce a algunos hombres a hacer locuras. Son todos esos que sostienen que dicha violencia se acabaría si las mujeres fueran como deben ser; es decir, son esos que cuando asesinan a una mujer en lugar de sentir dolor por la víctima sienten cierta solidaridad con la situación que ha conducido al asesino al crimen; son los que en lugar de empatizar con la víctima inundan las redes culpando de la situación no al asesino ni a la idea machista, sino a quienes intentan acabar con el machismo; son todos esos que cada vez que un machista asesina a una mujer sacan a relucir las muertes por tráfico, los asesinatos en los conflictos bélicos o los malos tratos a los ancianos. Son cómplices también esos medios de comunicación que insisten en decir que “una mujer muere” en lugar de decir que “otra mujer es asesinada”, o que hablan de violencia doméstica en lugar de hablar de violencia machista o de género. Son cómplices todos los que se empeñan en explicar que los asesinos son psicópatas en lugar de entender que dichos individuos son personas normales, bien adaptadas, que quieren a sus padres y a sus perros, pero que no soportan que su mujer elija irse con otro o que le deje sin más. Son cómplices también las instituciones y los gobiernos que en lugar de considerar que la ideología machista está provocando el asesinato de miles de mujeres consideran que dichos asesinatos se deben a la mala suerte, a que hay mucho loco suelto, o que, en todo caso, son cosas que pasan; que basta con detener al asesino de turno y juzgarle adecuadamente. La lucha feminista ha conseguido que una buena parte de la sociedad y de su clase política lo entienda y lo comparta: que los asesinos matan porque son machistas; que el machismo mata, además de ser injusto e incompatible con la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, una parte de la derecha y los sectores más conservadores, no es que no lo entiendan, es que se niegan a considerar al machismo culpable de estos crímenes. Aunque no lo digan con estas palabras, porque la palabra “machista” está mal vista, lo cierto es que su idea de sociedad no combate la desigualdad sexual, sino que está basada en ella. Por eso la derecha y la iglesia –además de todos los machistas, por supuesto- se suelen oponer con todas sus fuerzas a cualquier intento de combatir el machismo en la escuela, ya sea mediante Educación para la Ciudadanía en España o una asignatura contra la desigualdad de género en Francia. O la introducción de Agentes de Igualdad en la escuela, como acaba de proponer la diputada de Podemos en Valencia, Cristina Cabedo (y como queremos proponer también en Madrid) Los machistas (personas e instituciones) piensan que la desigualdad de género es normal y se niegan a vincularla con la violencia. Nosotras decimos que ya basta; que exigimos de esta sociedad que combata el terrorismo machista y la ideología que lo sustenta. El 7 de noviembre las feministas hemos convocado una gran manifestación en Madrid contra la violencia machista. Para que se considere un asunto de estado y se le dé la máxima importancia, para que las instituciones hagan todo lo necesario para combatirla, para que los medios la traten como lo que es y no contribuyan a dulcificarla, para que los asesinos machistas sean considerados por todos y por todas lo que son: asesinos al servicio de una idea perversa que hay que combatir y erradicar. Basta ya. El 7 de noviembre la sociedad entera a la calle; exigimos apoyo de todos los partidos políticos y de todas las instituciones; exigimos que esta manifestación sea considerada tan importante como aquellas otras en las que se pedía el fin de otros terrorismos. Ya basta. (Beatriz Gimeno, 15/08/2015)


Posts:
Muy de acuerdo en convertir a la inacción en la parte central de las reclamaciones por el cambio. Hay que mover enérgicamente las conciencias y valen los procedimientos expeditivos. Pero suelo notar en mí una especie de oposición a la forma feminista de abordar el problema. La veo como una suma de grandes errores estratégicos. Las afirmaciones sobre colectivos que odian y desprecian me recuerdan a generalizaciones sobre pueblos vecinos enemigos. Un tema que destaca por su alta probabilidad de acabar siendo tergiversado por visiones particulares. Hay bastante unanimidad en los servicios sociales de países de nuestro entorno sobre la utilidad de la discriminación positiva. Si consigue mejorar sustancialmente las estadísticas de colectivos específicos muy golpeados, hay que mantenerla procurando evitar los errores que necesariamente causa. Los T.Constitucionales sentencian que es compatible con la idea de que todos somos iguales en derechos.


Críticas:
La obsesión con el mal comportamiento de los hombres desvía la atención de los problemas de fondo. Ridiculizarlos y criticarlos no es la forma de mostrar que la revolución feminista es una lucha por la igualdad y que queremos contar con ellos Decir que las feministas fustigan a los hombres parece un cliché, una caricatura misógina. El motivo central del feminismo, aseguran sus defensoras, es la lucha por la igualdad. La etiqueta del odio a los hombres es producto o de la difamación o de un malentendido. Sin embargo, gran parte de la retórica feminista actual ha cruzado la línea que separa las críticas al sexismo de las críticas a los hombres, y se centra en el comportamiento personal: cómo hablan, cómo abordan las relaciones, incluso cómo se sientan en el transporte público. Se destacan los defectos masculinos como condenas absolutas, y cualquier objeción a ello se considera un síntoma de complicidad. Si se hicieran acusaciones similares contra las mujeres, se tacharían de burda misoginia. Este antagonismo entre los sexos no contribuye a promover una igualdad que aún incompleta. La obsesión con que los hombres se comportan mal más bien desvía la atención de problemas más importantes, como los cambios necesarios en el lugar de trabajo para facilitar el equilibrio entre la vida laboral y la personal. Aún más, los ataques a los hombres no sólo provoca la antipatía de muchos varones —y unas cuantas mujeres— sino que los empuja hacia subculturas en las que las reflexiones sobre el feminismo se mezclan con la hostilidad. Desde que la Declaración de Sentimientos de Seneca Falls, en 1848, enumeró los motivos de queja de la mujer contra el hombre, el feminismo siempre ha sido un desafío para el poder masculino. Pero esas quejas estaban dirigidas a las instituciones, no a los individuos. En la década de los sesenta, Betty Friedan afirmaba que los hombres no eran los malvados, sino unas víctimas más de las presiones sociales y las expectativas de sus mujeres, cuyo sustento y cuya identidad dependían de ellos. Eso empezó a cambiar en los años setenta con el ascenso del feminismo radical y su eslogan “lo personal es político”. Autoras como Andrea Dworkin y Marilyn French representaron a los hombres corrientes como los brutales soldados de a pie del patriarcado. Ahora, esta tendencia ha alcanzado una nueva cima inquietante: las teorías feministas radicales que consideran que la civilización occidental es un patriarcado han pasado de sus nichos académicos y activistas a la conversación general, amplificadas por las redes sociales. Sean cuales sean las razones de la ola actual de misandria —una palabra usada irónicamente por muchas feministas—, el caso es que existe. Pensemos en la cantidad de neologismos creados para burlarse de unos comportamientos que no son esencialmente masculinos. Sentarse con las piernas abiertas puede ser de hombres, pero también hay mujeres que ocupan un espacio enorme en el transporte público con sus bolsos, sus bolsas y sus pies sobre el asiento. La expresión mansplaining, “explicar como hombre”, se utiliza para calificar cualquier argumento de un hombre que no le gusta a una mujer. Las cosas han llegado a un punto en el que los ataques superficiales a los hombres son un murmullo constante en los medios digitales más modernos y progresistas. En Broadly, la sección para mujeres de la web Vice incluía hace poco un artículo titulado Un nuevo estudio confirma que los hombres son repulsivos, acompañado de una entrada en su página de Facebook que decía: “¿Eres un hombre? Seguramente eres repulsivo”. El estudio, en realidad, decía algo muy distinto: que la mayoría de hombres y mujeres piensa que, cuando se llama a alguien “repulsivo”, lo normal es que sea un hombre. Si un estudio hubiera descubierto que mucha gente atribuye un rasgo negativo a las mujeres (o a los gais, o a los musulmanes), se habría dicho que era un estereotipo lamentable. Los hombres se la cargan por emitir la más mínima opinión negativa sobre algo relacionado con el feminismo. Este es un problema importante, y no sólo porque puede hacer que los hombres simpaticen menos con los problemas de las mujeres. En estos días en los que oímos sin cesar que el poder de las mujeres está triunfando y que se acerca “el fin de los hombres” —o al menos, de la virilidad tradicional—, los varones tienen sus propios problemas. En EEUU las mujeres obtienen el 60% de los títulos universitarios; la matriculación de hombres en la universidad permanece estancada en un 61% desde 1994, mientras que la de mujeres ha pasado del 63% al 71%. Los oficios manuales, que eran predominantemente masculinos, están en declive, y mientras aumenta el número de madres solas, muchos hombres carecen de vida familiar. El viejo modelo de matrimonio y paternidad ha quedado obsoleto, pero no terminan de emerger nuevos ideales. Ridiculizar y criticar a los hombres no es la forma de mostrar que la revolución feminista es una lucha por la igualdad y que queremos contar con ellos. El mensaje de que el feminismo también puede ayudar a los varones se ve menoscabado por guerreras como la australiana Clementine Ford, cuya “misandria irónica” carece muchas veces de ironía e insiste airadamente en que el feminismo sólo defiende a las mujeres. Las burlas sobre las “lágrimas masculinas” —en una camiseta que lucía la escritora Jessica Valenti para retar a sus críticos— parecen especialmente desafortunadas si las feministas quieren poner en tela de juicio el estereotipo del hombre reprimido. Ignorar las falsas acusaciones de violación no es una forma de demostrar que la liberación de la mujer no viola los derechos civiles del hombre. Y decir a los varones que su papel en la lucha por la igualdad de sexos se reduce a escuchar a las mujeres y soportar con paciencia los ataques contra ellos no es la mejor forma de sumarlos a la causa. Valenti y otras afirman que odiar a los hombres no puede ser perjudicial porque ellos siguen teniendo el poder y los privilegios. Casi nadie niega la realidad histórica de la dominación masculina. Pero hoy, cuando un hombre puede perder el trabajo por una metedura de pata sexista y ser expulsado de la universidad por una acusación de conducta sexual indebida, decir eso implica estrechez de miras. Todo el mundo critica los insultos sexistas contra las mujeres en la red, pero hay poca comprensión cuando se difama a un hombre. Nos encaminamos hacia una elección presidencial con una brecha de género sin precedentes entre los votantes de uno y otro candidato. Hasta cierto punto, esas cifras reflejan las diferencias políticas. Pero no es absurdo pensar que el sentimiento favorable a Donald Trump está alimentado, en parte, por una reacción contra el feminismo. Y, si bien hay algunos que entran en la anticuada pretensión de “poner a las mujeres en su sitio”, hay otros, en la generación más joven, que perciben el feminismo como un movimiento extremista y anti-hombres. Como muestra esta campaña, nuestra cultura tiene una fractura que necesita desesperadamente cerrarse, no sólo en las guerras entre sexos. Para formar parte de esa curación, el feminismo debe incluir a los hombres, no sólo como aliados sino como socios, con una misma voz y una misma humanidad. (Cathy Young, 15/07/2016)


Reverte:
El debate mediático sobre el sexismo lingüístico se ha reavivado recientemente con las publicaciones de los académicos. Álvarez de Miranda, Pérez Reverte, Gil Fernández y F. Rico. Sin entrar en la pelea cuerpo a cuerpo, con palabras que hieren como espadas, lo interesante es analizar si con estas intervenciones se produce algún tipo de avance en la clarificación de una cuestión que es relevante lingüística y socialmente, pues afecta a los modos de representación simbólica de más de la mitad de la población, esto es a su visibilización o su encubrimiento discursivos. Las alarmas se dispararon con la utilización del femenino genérico por parte de la diputada de EH Bildu, Marian Beitialarrangoitia, durante la penúltima sesión de investidura de Rajoy. El profesor Álvarez de Miranda (“Nosotras venimos dispuestos” El País 6/9/2016) manifestaba su estupor, recordando “evidencia tan indudable” como que el masculino es el género no marcado en español. Sin entrar en el análisis de los ejemplos aducidos, en el artículo no se tienen en cuenta la intención particular del acto de habla, ni el contexto, el Parlamento, donde se utilizaba la lengua en su función metalingüística como herramienta de acción política. Similar confusión entre los distintos usos, variedades y formas del lenguaje según los fines comunicativos está también en la base de los análisis de las Guías y documentos para un uso no sexista del lenguaje, que, recordemos, no van dirigidas al uso cotidiano, sino a la Administración y a los medios de comunicación (“lengua cultivada”, J. C. Moreno Cabrera). Lo cierto es que se desconocen profundamente los consejos de estas guías, pues la parodia que han sufrido por parte de ciertos ilustres escritores y académicos ha conseguido confundirnos completamente tergiversando sus legítimas reivindicaciones. Por supuesto, como ocurre con todas las corrientes de pensamiento, movimientos ideológicos o culturales, también la lucha contra el sexismo lingüístico ha generado su propio fundamentalismo. Baste con mencionar la Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género, publicada por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía. Resultan grotescas la tentativa de sustituir futbolista por persona que se dedica al fútbol, o la de reescribir las legendarias palabras de la madre de Boabdil cuando éste pierde Granada. Aunque es una excepción de entre el conjunto de guías que puede consultarse, sin embargo, ha sido la más difundida, una verdadera joya para enturbiar el debate y generar polémica. Salvo excepciones desafortunadas, las guías no cuestionan el uso, sino el abuso del masculino genérico; todas condenan las indiscriminadas e interminables duplicaciones y, por supuesto, cualquier medio que, so pretexto de combatir el sexismo, no haga otra cosa que exaltar las diferencias y perpetuar los estereotipos. En estos documentos, se apoya la creación de femeninos específicos, que, por cierto, es una tendencia general desde los orígenes del idioma, donde no existían, por ejemplo, las formas señora, infanta, parturienta, trabajadora etc., a pesar de que al siempre audaz capitán Alatriste, habitual en estas lides, un sustantivo como jueza le parezca una extraña y refinada “perla”. En todos los casos, estos femeninos específicos afectan exclusivamente a los sustantivos con referencia personal, nunca a los sustantivos con referencia inanimada o a los adjetivos, pues solo sobre el sustantivo recae el peso de la identificación referencial. Pues bien, a pesar de la racionalidad de estos consejos, las parodias -siempre ingeniosas y con mucha frecuencia ácidas e hirientes- han hecho desfilar ante nuestra imaginación lobos machistas, “feminazis” “imbécilas”, “soplapollas y soplapollos políticamente correctos”, “jóvenes y jóvenas votantes y votantas”, y, en algún mal “dío”, una “mana” tonta buscando su “turna” en este festival de “el género y la génera”. Y claro está, entre tanto ruido, el temor ha generado sus monstruos, por ejemplo, el de una abrumadora variación lingüística, desatada y caótica, que terminaría por romper nuestro idioma. Afortunadamente, esa ilimitada libertad creativa solo existe en la ficción…, y en el corazón de algún Humpty Dumpty que todavía cree que vivimos en el país de las maravillas, donde el significado y la forma de las palabras pueden acomodarse alegremente a nuestros deseos. Al contrario, el carácter convencional del lenguaje implica que la lengua no pueda cambiar por la voluntad libre y consciente de ningún individuo o grupo, ni, por tanto, tampoco a golpe de decretos o mediante lecciones magistrales. Luego el espanto del capitán Alatriste, y de otros ilustres escritores y lingüistas, no pasa de ser un miedo irracional, como el que sobrecoge en la noche a Don Quijote y a Sancho Panza, cuando oyendo el ruido acompasado de los batanes lo identifican con el estruendo de los pasos de algún terrible gigante. Tal vez, como don Quijote, el capitán Alatriste busque una grandiosa aventura que resucite la edad dorada de las letras… Sin embargo, en la tranquilidad del amanecer, los desdobles que le quitan el sueño son tan inofensivos como los rústicos batanes. De hecho, el propio Pérez Reverte los utiliza cuando quiere designar con total claridad y precisión la referencia deseada. Y no me refiero a su artículo “No siempre limpia y da esplendor”, donde están traídos paródicamente, a modo de cita hiriente vuelta contra sus adversarios, “algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla”. Me refiero a otros artículos suyos, como, por ejemplo, “Esas jóvenes hijas de puta”, donde trata de visibilizar la violencia femenina a raíz del suicidio de una chica a la que varias compañeras “amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta […] desarrollan ya desde bien jovencitos”. Aunque utiliza desdobles en algunas otras partes del artículo (“El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos”), no necesita repetirlos continuamente haciendo farragosa su prosa, basta con que especifique una vez (y lo recuerde alguna más, si es muy largo el texto) para que la referencia esté claramente identificada. Ya en el resto del artículo, el masculino cumple a la perfección su cometido de género no marcado capaz de una referencia global. Lógicamente, dado el marco cognitivo al que remite el texto (la violencia en nuestras sociedades), si el articulista no precisara con desdobles, los lectores interpretaríamos automáticamente que el masculino hace una referencia específica, solo a varones. Por tanto, su artículo es un ejemplo de lenguaje no sexista que muestra cómo los desdobles son absolutamente necesarios en ciertos contextos, sólo afectan a los sustantivos con referencia personal, y no dan lugar necesariamente a una prosa machacona que atente contra el principio de economía. Al contrario, el mensaje llega sin ambigüedad, claro y transparente, cumpliendo con las exigencias de precisión y eficacia de nuestra comunicación. Con su artículo, el capitán Alatriste muestra que no hay ningún problema lingüístico, nada inquietante que afecte a la relación de la lengua con el pensamiento y la realidad. Que más bien se trata, como decía Coseriu, de un problema de la razón consigo misma y, en última instancia, de la voluntad de visibilizar o de encubrir ciertas presencias. No extraña que, consciente de lo necesarias que son la claridad y la precisión para que todas y todos se sientan incluidos, en el programa de la Sexta Noche, Pérez Reverte se dirigiera a “los lectores y lectoras” ante quienes promocionaba su nuevo libro. Y es que, a veces, los problemas los genera la propia razón y se dirimen con el corazón. (María Márquez Guerrero, 29/10/2016)


Patriarcado:
En su artículo Mujeres, Aníbal Malvar se queja de la tibieza con que se afrontan el patriarcado y sus consecuencias, y sugiere que, tal vez, el matriarcado sea la única alternativa a un mundo neofascista. Alternativa cuyo advenimiento -nos advierte con pesar- quizá tardará en verificarse todavía algunos siglos … Qué difícil me parece confiar, a estas alturas, en que la reversión del patriarcado sea una cuestión de tiempo. No nos pertenece el tiempo, que de nadie es patrimonio, y la noción misma de progreso despierta verdadera desafección en plena era de la globalización desigualitaria. Algunas ni siquiera creemos que el patriarcado sirva para explicar gran cosa, así en las décadas primeras de un siglo XXI que de momento nos empeñamos en que sea una sucesión de consecuencias más que una concatenación de nudos explicativos, con lo que sigue siendo en gran medida un misterio este tiempo nuestro de progresos estancados. Nos domina la impaciencia, en parte porque el horizonte de la emancipación, de la igualdad, no parece llegar nunca y, en parte, porque algunas comenzamos a sospechar que este objetivo ha perdido el carácter de utopía; lo que es gravísimo, porque nos priva de imaginación y habrá que ver hasta qué punto de alternativas reales. El patriarcado, explicar, lo que se dice explicar, no explica, pero es cierto, sigue siendo coartada con la que justificar a cada tanto faltas de consideración y respeto de índole muy diversa, que afecta a registros tan distintos como la ética laboral, sexual, afectiva… Falta de consideración y respeto que colocan a las mujeres en una situación de inferioridad -y de vulnerabilidad, por ejemplo, frente a la violencia- que no es ni causal ni incidental, sino estructurante, o sea, importante, o sea, imprescindible para el desorden que habitamos. Pues entonces el patriarcado es cosa mala, pero no sabemos, ni está demostrado científicamente (expresión tan romántica como ingenua) que la otra cosa -el matriarcado- vaya a funcionar. Estos días arden la prensa y las redes con temas de mujeres, géneros y feminismos. Todo así mezclado y sin que apenas tengamos tiempo de tomar aliento ante tanta cosa que, por lo visto, pasa. Sobre sexualidad, sin ir más lejos, se suscitan debates en torno al libre albedrío en la prostitución y en la pornografía, a los estereotipos que cosifican a la mujer y la privan de su propio deseo o, por el contrario, el empoderamiento a través de la industria y el comercio de la carne … Desde Podemos se habla de cuidados, se trata de pasada el asunto de las cuotas … No se habla con la misma pasión de derechos reproductivos o de conciliación, de brecha salarial o de feminización de la precariedad; ni se menciona si quiera el tema de la paridad, que lejos de ser machismo edulcorado es caballo de batalla de enorme importancia política. La lucha por la paridad introduce un eje político de gran riqueza. La paridad no son cuotas. La paridad es un argumento político que trata de desexualizar la representación política sexualizando al individuo: y esto, en España, es una cuestión pendiente. Personalmente no veo a la nueva política “afectada” por ese debate. No la veo discutiendo cómo hacer para remediar la exclusión basada en la identidad sin hacer de la identidad el fundamento de la inclusión. No veo a casi nadie haciendo en la esfera pública o en las instituciones feminismo político; mucho menos abanderándolo. No veo, pero oigo: mucho ruido … La paridad está al alcance de la mano. La paridad incluye a los hombres en el debate porque no se argumenta desde esencialismos ni separatismos -nosotras, las mujeres-, sino desde un universalismo político que facilita la fijación de criterios con los que medir el avance hacia la igualdad de unos con otras y otras con unos. No es ni será la solución al problema de la desigualdad (el sexismo hunde sus raíces en la cultura y combatirlo exige inventar una cultura igualitaria, por supuesto), pero introduce una perspectiva interesante en el debate político en un contexto de crisis de representación, o sea, introduce un objetivo aquí y ahora. No confío en una política de mujeres, sino en el potencial transformador del feminismo político al servicio de una sociedad de mujeres y hombres, al menos mientras sigamos pensando el mundo en clave de género, y, de momento, mal que nos pese, es así como tenemos montada la cosa. (Noelia Adánez, 10/12/2016)


Ocultamientos:
Todo el mundo sabía que el asesino de Victòria Bertran era un maltratador; así lo repiten las noticias, que recuerdan que el homicida, ex pareja de la víctima, era un periodista famoso con logros memorables. Los diarios nos informan de su largo currículo y de una grave operación de corazón de la que había logrado salir con vida. Él, que no se resignaba a la separación, se sentía tan legitimado en su obsesión por ella que días antes de terminar violentamente con la vida de ambos escribió un artículo: ‘La sort de morir agafant la ma estimada’ [La suerte de morir cogiendo la mano querida]. Adornado con el tormento de una pasión no correspondida, y con la vulnerabilidad de quien padece una enfermedad mortal, el discurso sobre el perfil romántico del asesino justificaba y atenuaba la trágica realidad hasta invisibilizar casi por completo la falta de humanidad de quien premeditó el asesinato, escribió una nota explicativa y disparó certeramente a la mujer con una escopeta de caza. De Victòria, en cambio, apenas sabemos nada: que trabajaba como médica en el Consorci d’Atenció Primària de Salut del barrio barcelonés de Les Corts, y que no llegó a su trabajo el día 19. Solo el detalle, ocurrido diez años antes del terrible suceso, de la madre de Victòria pidiendo auxilio al escritor Quim Monzó –“Quintà está loco y tengo mucho miedo por mi hija”- nos permite presentir el infierno helado de todas las mujeres maltratadas que viven y duermen con sus asesinos. Y nada más. Un silencio denso protege, como un velo de vergüenza y de culpa, la memoria de las víctimas y el dolor de sus familiares. Llama la atención la diferencia en el tratamiento mediático del terror según sean unos u otros los muertos. No es igual ser asesinado en París, en New York o en Siria, si eres negro o blanco, hombre o mujer. Las crónicas del terrorismo global que sufrimos se caracterizan por el espectáculo del escándalo: gritos, sirenas, movimientos vertiginosos de cámaras; testimonios directos de gente arrastrada por el pánico; la repetición abrumadora de los sucesos en largos programas especiales de horas o días: un eficaz despliegue mediático, policial e institucional que implica la ejecución de drásticas medidas, no selectivas, que terminan de un plumazo con libertades y derechos para proteger la seguridad de los ciudadanos: ¿una reacción proporcionada a la brutalidad del daño? Sin embargo, cuando se informa del terror universal y transversal del machismo, el relato cobra otro ritmo: ensordecen las estridentes sirenas, la periodista lamenta con voz grave y gesto sombrío la cadencia lenta pero implacable, fatalmente previsible de los asesinatos. Después de contar brevemente las circunstancias particulares del homicidio, los informativos recuerdan el número de “muertas a manos de su pareja” durante el presente año o trimestre y comparan la cifra con la de años anteriores; en algún ilustrativo diagrama nos hablan del tanto por ciento de denuncias en relación con los asesinatos y algunos datos estadísticos más, todo con la distancia fría de lo analógico. Le sigue el testimonio de algún político que “condena rotundamente” “esta situación” y reclama medidas preventivas, de protección, de sensibilización y de atención para lo que “constituye una auténtica lacra social” hablando con el tono monocorde del que sabe que los recortes presupuestarios harán inviable cualquier medida. En los últimos tiempos, se dedica una ingente cantidad de tiempo y trabajo para “personalizar”, estudiar cada caso concreto, analizar los perfiles psicológicos de los asesinos para ver en qué situaciones es necesaria la protección. No basta con las denuncias. El 44% de las mujeres asesinadas durante este año habían denunciado. Si en lugar de las 866 mujeres muertas –contabilizadas solo desde el año 2003: antes, los asesinatos machistas no disponían de concepto ni de cómputo- hubieran sido asesinados 866 policías, médicos, políticos, abogados…, todas las alarmas sociales e institucionales se habrían disparado y el Gabinete de Urgencia del Gobierno habría implementado automáticamente medidas propias de un estado de excepción. Pero no ocurre así. En la práctica, el feminicidio sigue tratándose como una cuestión íntima, privada, aunque se acumulen cientos de casos y, en las tertulias, se reconozca la influencia de difusos factores socioculturales. El encubrimiento de la violencia estructural contra la mujer no es inocente. Nos referimos a la existencia de operaciones discursivas que ocultan ciertas realidades a través de un uso lingüístico manipulador, por supuesto siempre a favor de determinados intereses. Mencionar “la tensión que había en ese hogar” para ocultar un maltrato, utilizar impersonales como “se ha encontrado muerta una mujer a manos de…”, hacer alusión al alcohol o a la desesperación, la soledad o el estado de abatimiento del maltratador, mostrar imágenes de la mujer en actitud sugerente, incluso utilizar el hecho de retirar la denuncia… son formas de eludir la responsabilidad del asesino. En la práctica, la invisibilización supone la imposición del punto de vista del grupo dominante sobre el de los dominados. En la medida en que el discurso omite o tergiversa la realidad de los sujetos dominados, es un acto de agresión, exclusión u ostracismo simbólicos que en sí mismo ya puede conceptualizarse como “violencia epistémica”. Los procesos de encubrimiento suelen aplicarse a grupos sociales discriminados o sujetos a relaciones de dominación, como las mujeres, los negros, los pobres, y, en general, a cualquier individuo que se encuentre en una posición de desigualdad con respecto a otro que ostenta el poder (Goffman). Y no se trata de la existencia de una deliberada misoginia o de un propósito meditado de negar la realidad, pues muchos de estos actos suelen ser inconscientemente realizados por sus autores, que comparten los valores etnocéntricos, de género y sexualidad dominantes. Los medios enmascaran la violencia estructural contra la mujer al no profundizar en las causas históricas y culturales de la desigualdad entre los sexos, que es la base sobre la que se levanta y se mantiene. Pero no solo los medios ocultan, todos asentimos ante los hechos, nos encogemos resignadamente de hombros y miramos con pena hacia otro lado. El silencio es la manifestación más evidente del sentimiento de indefensión ante la dominación. Bajtín detectó el miedo en la cuna misma del poder como herramienta por excelencia para mantener el dominio. Hablamos de un miedo atávico, “cósmico” (R. Otto), “sublime” (Kant), “un miedo frente a lo materialmente inmenso y al poder indefiniblemente material”, un miedo “usado por todos los sistemas religiosos para negar a la persona y su conciencia” (K. Hirschkop). A diferencia del miedo cósmico, este miedo ante el poder mundano puede ser fabricado, construido y transmitido culturalmente. El sentimiento de vulnerabilidad traza alrededor de la víctima un círculo de soledad casi infranqueable, pues ese temor soterrado es compartido por familiares, compañeros y amigos, quienes, expulsados de la aterradora intimidad, no se asoman al abismo y callan. Por otra parte, el maltrato activa retrospectivamente estructuras mentales profundas de vergüenza y de culpa que impiden la toma de conciencia y convierten a la víctima en rehén de sí misma. No hace falta documentar las abundantes fuentes, religiosas y paganas, que vinculan el origen del deseo sexual prohibido a la figura de la mujer: desde el Antiguo Testamento, la mujer* engañada y seducida por la serpiente es la causa del pecado. Y fallan las redes que podrían darnos protección. La persona que se siente inferior, diferente frente al grupo dominante, sabe que el estigma, esa indeseable diferencia que percibimos, lleva al rechazo y al aislamiento del individuo estigmatizado (Goffman). De ahí que no sea extraño que por parte de las propias mujeres, en tanto que estigmatizadas, haya un encubrimiento de las “vergonzosas” señas de identidad, y de la propia condición de subordinada. La adopción de un patrón “masculino” de conducta, con el consiguiente encubrimiento de lo “femenino”, es reflejo de una alienación que tiene su origen en el deseo de adaptación e integración. Así se explica que algunas mujeres prefieran ser llamadas médico o juez en lugar de médica, jueza. Por eso podemos hablar también de un machismo femenino (García Mouton) que reproduce estereotipos y legitima conductas de sometimiento y violencia hacia la mujer, por ejemplo a través de la propia ideología asumida del “amor romántico”, levantado sobre rígidos estereotipos de género. La revisión de estos esquemas conceptuales es una tarea muy costosa y muy lenta. Las resistencias son visibles en las reacciones que han movilizado el concepto y la expresión “violencia de género” o el propio término “género”, que han sufrido el rechazo de la RAE, a pesar de ser, o quizás por ello, un magnífico ejemplo de visibilización, pues permite distinguir lo que en la diferenciación entre hombres y mujeres es sexo biológico y lo que es construcción social. La resistencia a las palabras refleja el apego a los estereotipos, a los esquemas conceptuales a través de los que nos hemos pensado y nos vivimos como mujeres y hombres. En este sentido, el encubrimiento del estigma por parte de las mujeres es un factor poderoso que merma la capacidad de apoyo y solidaridad mutuos. Ocurre que reconocer el carácter social y cultural de la violencia contra la mujer es asumir la responsabilidad que todas y todos tenemos en la transmisión de las condiciones que la posibilitan. Ni el miedo ni el escepticismo pueden ser ya una coartada. No podemos callar, “… porque el silencio / cobarde apaña la maldad que oprime”. (María Márquez Guerrero, 28/12/2016)


Violencia por naturaleza:
Un día después del asesinato de Matilde Teresa, el magistrado de la Sala I del Tribunal Supremo, Antonio Salas, explicaba el feminicidio por la desigualdad en la fuerza física de hombres y mujeres; en un solo tuit, diluía el concepto mismo de “violencia de género”, agrupado junto a otras violencias “naturales” dentro de la categoría general de la “maldad humana”. No quiere ello decir que se pueda acusar al magistrado de una deliberada misoginia, ni siquiera de que conscientemente quisiera negar el fenómeno del machismo; simplemente, pensaba y se manifestaba a través de las metáforas, tópicos y estereotipos en los que involuntariamente vivimos (G. Lakoff y Johnson). Sin proponérselo, sin duda, tocaba uno de los problemas fundamentales del pensamiento teológico y filosófico occidental: la maldad vs. bondad natural del ser humano, y más allá de éste, el de la propia vigencia de la dicotomía que opone radicalmente Naturaleza / Cultura. Aunque, en este mundo global en el que habitamos, la destructividad que nos rodea induzca a pensar como axioma incuestionable el principio de la maldad humana, lo cierto es que está muy lejos de poder ser considerado un dogma. Frente a la afirmación de Hobbes de que “el hombre es un lobo para el hombre”, los filósofos y teólogos humanistas del Renacimiento y la Ilustración, por ejemplo, sostenían que toda la maldad del ser humano no era más que el resultado de las circunstancias, y que, por tanto, cambiando las circunstancias que producen el mal, se manifestaría la bondad original de la persona. Esta opinión era resultado de la confianza del ser humano en sí mismo, consecuencia del progreso económico y político que empezó con el Renacimiento. Por el contrario, el hundimiento moral de Occidente, que empezó con la primera Guerra Mundial y que llega a la actual situación de guerra o terrorismo global, ha puesto nuevamente el acento en la idea tradicional de la predisposición del hombre al mal (E. Fromm, El corazón del hombre). Obviamente, una premisa tan cuestionable como esta no puede constituir la base de nuestro razonamiento. Pero, incluso si la aceptáramos como un dogma, no serviría como fundamento explicativo de los fenómenos sociales y políticos. Como señala Fromm, conviene reparar en la trampa latente en el “psicologismo” utilizado para explicar procesos y acontecimientos de naturaleza social, económica, política o cultural. Efectivamente, la guerra de Iraq, por ejemplo, fue el dramático resultado de decisiones políticas e intereses económicos que condujeron a ella. La actuación interesada de líderes políticos, militares, empresarios deseosos de conseguir recursos naturales y ventajas comerciales, o la necesidad de reforzar el prestigio y la gloria personal del gobernante son factores con mayor fuerza explicativa que la “maldad humana”. Ciertamente, las pasiones del odio, la indignación, la destrucción y el miedo, junto a la indiferencia hacia unas vidas previamente desposeídas de dignidad humana, son elementos indispensables para llevar a cabo esas acciones, pero no constituyen su causa. La argumentación de Salas contiene además otras falacias que es interesante desvelar. En primer lugar, la consideración de la maldad como una pasión absoluta, imposible de controlar o de orientar hacia fines no destructivos, canalización que constituye el objetivo último de toda educación y el origen de la propia cultura (S. Freud). Por otra parte, en sus tuits, el magistrado manifiesta un pensamiento muy primitivo que identifica el poder con la fuerza física, la cual no deja de ser un elemento, y no el más importante, del ejercicio de la dominación y el sometimiento de la voluntad ajena. Factores mucho más complejos urden la red que mantiene maniatados al 99 % de la población frente a una minoría que la explota. Pero tal vez la falacia más eficaz, desde el punto de vista comunicativo y persuasivo, sea la de considerar a la naturaleza y a la cultura como polos antagónicos incomunicados. Porque para el ser humano lo natural puro es inaccesible; la única vía para llegar a la naturaleza es la cultura, las herramientas conceptuales y lingüísticas a través de las que percibimos y vivimos nuestra existencia. La misma realidad del cuerpo es cultural, la manera en que nos concebimos como personas sexuadas, nuestros hábitos de higiene y cuidado, o de abandono y destrucción, son una manifestación de la cultura. La naturaleza entera, tal como la experimentamos está transida de cultura. Desde esa oposición primordial de Cultura / Naturaleza, el discurso oficial ha construido los estereotipos del hombre y la mujer a través de una serie de oposiciones de gran fuerza simbólica: la mujer es al hombre lo que lo húmedo es a lo seco, lo débil a lo fuerte, la pasión a la razón, la superstición a la ciencia, el hogar al trabajo, lo pasivo a lo activo, la reproducción a la producción, lo espiritual a lo material, lo doméstico a lo público, lo dependiente a lo independiente, la comunidad al individuo, y, en definitiva, la impotencia al poder (Wallach Scott, P. Bourdieu). Fue así cómo, asociando al varón con la cultura, lo político y lo público, y a la mujer con la naturaleza, lo doméstico y lo privado, y subordinando la conducta de ambos a la “biología”, quedó perfectamente justificada la exclusión de la mujer de numerosos ámbitos de la vida política y social. Explicar la realidad del feminicidio o de otras violencias como una manifestación de la maldad humana legitima estas situaciones, pues algo definido como “natural” es, por principio, inmodificable. El razonamiento muestra la voluntad de no mirar las condiciones sociales, económicas y culturales sobre las que se construye la desigualdad de género. Más que una idea, es un prejuicio, una racionalización que justifica la opinión derrotista de que no se puede evitar la violencia. Como toda ideología de dominación, el machismo culpabiliza a la víctima (por su falta de fuerza física, audacia, inteligencia…) y no puede ocultar la admiración por quien representa la fuerza, la ley y el orden establecidos, los mismos por los que vela el arzobispo Cañizares cuando acusa a la “insidiosa” ideología de género de querer colonizar las conciencias apartándolas de “la lectura fiel del magisterio de la Iglesia sobre el hombre y la familia”. Razonamientos como este se inspiran en el miedo a la destrucción de “la familia” tal y como la Iglesia la ha concebido hasta hoy, núcleo sobre el que se levanta todo el sistema, célula primitiva y básica que hasta ahora ha descansado sobre la dominación del hombre y la desigualdad, los orígenes mismos de una violencia que no es nada natural. (María Márquez Guerrero, 11/01/2017)


Violencia multifactorial:
Antonio Salas trabaja como magistrado en la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo. En sus manos están, entre otras cosas, cuestiones de familia como las custodias o las pensiones alimentarias y asegura que no necesita formación en género para resolverlas, pese a que lleva varios días defendiendo que " no toda la violencia de género tiene su origen en actitudes machistas". La "fuerza física" superior de los hombres y "la maldad de las personas" explican, a su juicio, muchos casos. Varias juristas especializadas en género consultadas por eldiario.es interpretan las declaraciones de Salas como "una muestra más de que la judicatura bebe del patriarcado". "Hay en la justicia ciertos sectores que siguen anclados y se niegan a ver una evidencia. En este caso, que un magistrado del Supremo ponga en duda la ley de violencia de género tiene una influencia muy negativa", afirma Lucía Avilés, vocal de la Asociación Mujeres Juezas. Salas ha deslizado en varias ocasiones que no solo hay machismo detrás de la violencia de género, que "no hay que generalizar sobre las causas", lo que contraviene, según las juristas, la misma esencia de la ley orgánica de 2004 contra la violencia machista. "La norma dice que la violencia de género es la que se ejerce contra las mujeres por el hecho de serlo, que hay una estructura", argumenta Avilés. El Tribunal Constitucional resolvió en una sentencia de 2008, en alusión a la violencia de género, que "una agresión supone un daño mayor en la víctima cuando el agresor actúa conforme a una pauta cultural –la desigualdad en el ámbito de la pareja– generadora de gravísimos daños a sus víctimas y dota así consciente y objetivamente a su comportamiento de un efecto añadido a los propios del uso de la violencia en otro contexto". "Desde el punto de vista jurídico no es discutible. Ya lo dijo el Constitucional, que las agresiones a mujeres responden a una pauta cultural", sostiene la fiscal Inés Herreros, miembro de la Unión Progresista de Fiscales. Recuerda que "no existe un sistema que oprima sistemáticamente a los hombres" y que "la causa de la violencia machista está muy clara". "Negar que el machismo genera violencia es colocarnos en el principio de los tiempos porque las formas de violencia son muchas", añade la jurista. La maldad, la fuerza física y la verdad oficial Y no todas esas formas de violencia atañen a lo físico, recuerdan las expertas. "El magistrado niega con su argumentación que hay otros modos de violencia muy solapados, como la psicológica, que no se resolverían si hubiera igualdad de fuerza física", explica Sonia Vaccaro, psicóloga especialista en violencia basada en el género. La experta desmonta también el argumento principal del magistrado para explicar la violencia: la "maldad". "Si el motivo fuera ese, el hombre en cuestión cada vez que lo echaran del trabajo también maltrataría. No estaría dispuesto a aguantar el 'no' de nadie, pero resulta que lo único que no tolera es el 'no' de su pareja". El magistrado ha tratado de defenderse de la ola de críticas por sus palabras denunciando que es cuestionado por salirse de la "verdad oficial", por pensar diferente. "Esto no tiene ningún sentido. Es como si nos ponemos a discutir si el Holocausto existió. En la violencia de género es tanta la evidencia que a estas alturas ya no se debería estar debatiendo si está fundamentada en una asimetría de poder. A veces pensamos que lo más básico está comprendido por la mayoría, y no. Asusta que además venga de la boca de un magistrado del Supremo", apunta Vaccaro. Un 14% de mujeres en el Supremo La fiscal Herreros hace un listado infinito de ejemplos de las violencias de género, de las que solo una –la que se ejerce en el ámbito de la pareja– está incluida en la ley. En la enumeración incluye los techos de cristal, una de las muestras de desigualdad más visibles en la judicatura. Solo el 14% de los jueces del Tribunal Supremo –de un total de 80, incluyendo el presidente– son mujeres y en la Sala de lo Civil, de la que forma parte Antonio Salas, no hay ninguna magistrada. Solo está formada por hombres. "Las mujeres tienen que tener una representación en todos los ámbitos de la esfera social, y máximo en una sala donde se ventilan cuestiones de familia. Igual hay alguien que puede pensar que las mujeres no tenemos nada que decir sobre guardia y custodia o sobre el régimen de alimentos", reivindica Herreros. Las juristas consultadas insisten en que, además de la paridad en los cargos, "la solución en el ámbito de la judicatura pasa por una formación especializada". "No se puede consentir que se diga que hay que venir formado de casa o que no hace falta", sostienen desde Mujeres Juezas. Formación en todas las jerarquías Esa formación, además, "no solo debe afectar a la base de la judicatura". "Todo quedaría en papel mojado si los que tienen que resolver los recursos de los órganos inferiores, como los magistrados del Supremo, no tienen perspectiva de género. ¿De qué sirve que yo, formada, dicte una sentencia si los superiores echan por tierra esos planteamientos?", se pregunta la jueza Lucía Avilés. La Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género obliga en el artículo 47 al Gobierno, el Consejo General del Poder Judicial y las Comunidades Autónomas a asegurar "una formación específica relativa a la igualdad y no discriminación por razón de sexo y sobre violencia de género en los cursos de formación de jueces y magistrados, fiscales, secretarios judiciales, fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y médicos forenses". Este aprendizaje se limita al seguimiento de un curso online de un mes, según se introdujo en la Ley Orgánica del Poder Judicial en 2008. (Sofía Pérez Mendoza, 04/01/2017)


Rodillo progresista:
Han llegado a España un par de plagas, a cuál más mortífera. Una es biológica, el mejillón cebra. La otra es ideológica, la expresión “discurso del odio”. El mejillón cebra comenzó en la zona del Ebro, proveniente de Francia. Este fin de semana me topé con un cartel que anunciaba su presencia en el pantano de Urrunaga, cerca de Vitoria. El “discurso del odio” es la traslación a España del “hate speech” de Estados Unidos, una manera de etiquetar a todo aquel que presuntamente atente contra la dignidad de alguien, incitando a la violencia. Dada dicha intención maligna, y el ataque a la dignidad que comporta, no cabría tolerar ningún tipo de manifestación del mismo. Por el contrario, habría que cortarlo de raíz. En realidad, la entronización de la expresión “discurso del odio” no es sino un caballo de Troya para la intimidación mafiosa por parte de los sectarios, aquellos que se consideran con el monopolio de la verdad. Nos dicen los expertos que el mejillón cebra es inatacable. Un solo individuo puede producir un millón de larvas. Darwin estaría orgulloso de semejante bicho. Lo más que podemos hacer es acomodarnos a él como al cambio climático, los impuestos o las televisiones públicas. Sin embargo, no tenemos que resignarnos a que en nombre del “discurso del odio” se reduzca el alcance de la libertad de expresión. En las universidades americanas la plaga del “mejillón del odio” ya ha hecho que sea imposible para alguien que no sea de la “izquierda auténtica” impartir una conferencia. Un solo pontificador puede producir un millón de activistas. Lenin estaría orgulloso de semejantes bichos. Como advertí, a Milo Yiannopoulos ya le han cortado la cabeza. El último en comprobar la inquisición “progre” ha sido Charles Murray, un científico social libertario, que ha sufrido en vivo y en directo cómo se las gasta el “mejillón del odio”, un híbrido de feminista puritano, marxista cultural, animalista radical y racista de cualquier etnia salvo la blanca: la última excrecencia de la banalidad del mal vía clichés putrefactos que se condensan en dos “Racista, sexista, anti-gay, heteropatriarcal, (apunta aquí tu conferenciante favorito), lárgate” “Tu mensaje es odio. No vamos a tolerarlo” Tanto Murray como su anfitriona, Allison Stranger, sufrieron no sólo el boicot de los estudiantes fascistoides sino un conato de agresión física. La izquierda ha ido incubando el huevo de la serpiente en su interior y una vez que ha eclosionado sigue la mayor parte de la misma mirando hacia otro lado. Están tan preocupados con la manera con que se come los bistecs Donald Trump (muy hechos y con ketchup) que no ven lo que devoran sus crías entretanto. En España, el asunto está cobrando cada vez mayor relevancia porque a la agresividad creciente de los grupos de extrema izquierda, se suma la inanidad ideológica y la cobardía práctica de la derecha en el poder. Un ejemplo de ello es Cristina Cifuentes que en lugar de poner en su sitio tanto a la secta de Hazte Oír, respondiendo a su sofismas con una declaración precisa y clara sobre la realidad de las personas “trans”, como a los “mejillones del odio” que pretenden imponer la ley del silencio a todos los que pongan en cuestión su “ideología de género”, ha optado por la vía más fácil, cargando contra una minoría que por muy equivocada que esté también tiene derecho a defender un punto de vista que debe ser derrotado en las tribunas de debate y no en los banquillos de los tribunales. No es lo mismo plantear que “Los niños tienen pene y las niñas, vulva” (discutiendo los postulados de los que se toman sin las debidas precauciones las peticiones de cambio de sexo durante la infancia y la adolescencia) que “Todas las personas “trans” son aberraciones de la naturaleza y deben ser exterminadas” (lo que sí sería un ataque a la dignidad de las personas “trans”, así como una incitación objetiva a la violencia). Los de Hazte Oír combaten de manera torticera el delirio ideológico de los que defienden que el género es un “constructo social”. Una vez más tenemos que saber navegar entre la Escila y la Caribdis de las sectas que tratan de reducir la complejidad de lo real a las simplezas de sus estereotipos y prejuicios favoritos. Escribía Hayek, uno de esos pensadores que detesta Cifuentes El conservador generalmente no se opone a la arbitrariedad ni a la coacción estatales cuando se ejercen en pos de objetivos que él comparte (…) en materia de creencias, lo que fundamentalmente distingue al liberal del conservador es que el primero, por profundas que sean sus convicciones religiosas, jamás pretenderá imponérselas coactivamente a los demás: lo espiritual y lo temporal son para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse Para un liberal los autobuses con mensajes de todo tipo pueden circular siempre que respeten los señales de tráfico, el mínimo común compartido de urbanidad, y no le obliguen a uno a subirse a ellos. Conservadores y socialistas, reaccionarios y populistas: todos ellos paternalistas, moralistas, intervencionistas… mejilloneros. (Santiago Navajas, 07/03/2017)


Civilidad:
Violencia de género, violencia machista, terrorismo machista… Llámenlo como quieran. Lo que importa es saber por qué tantos especímenes humanos del género masculino sienten ese bestial impulso de maltratar a las mujeres –a veces hasta la muerte– por el hecho de serlo. El diagnóstico más elemental nos remite inmediatamente a la inclinación a la violencia y al afán de posesión, dos atavismos inoculados secularmente en las mentes masculinas desde que los primates se pusieron a caminar sobre dos patas. Seguro que intervienen otros muchos factores, pero me parece poco dudoso que esos dos están en la base de la patología. Pero tirando del hilo, podríamos llegar a descubrir que la desigualdad realmente existente entre las mujeres y los hombres, a favor de ellas, es la que tiene que ver con la civilidad, entendida como “el comportamiento de la persona que cumple con sus deberes de ciudadano, respeta las leyes y contribuye así al funcionamiento correcto de la sociedad y al bienestar de los demás miembros de la comunidad”. ¿Son las mujeres de hoy más civilizadas que los hombres? Podemos analizarlo desde los comportamientos (lo que hacen) o desde las actitudes (lo que sienten y piensan). Para lo primero, y centrándonos en España, recomiendo una lectura detenida del informe del INE ‘Mujeres y hombres en España’, que ofrece una radiografía completa de la realidad de uno y otro sexo en nuestra sociedad. Para lo segundo, las encuestas del CIS proporcionan información interesante y útil. Sin abrumar con cifras, repasemos algunos datos: Los hombres delinquen infinitamente más que las mujeres. En 2016, en España hubo casi 300.000 condenas por distintos delitos y faltas. El 88% de los condenados fueron hombres y el 12% mujeres. La relación es abrumadora. Por cada homicidio cometido por una mujer hay 10 cometidos por hombres. Lo mismo sucede en los demás delitos de violencia contra las personas o las cosas. Pero también en los delitos contra la propiedad: robos, estafas, fraudes de todo tipo (incluido el fiscal). La situación se reproduce en todas las categorías: delitos contra la comunidad, contra la seguridad colectiva, contra los derechos y la dignidad de las personas… ¿Y qué decir de la seguridad vial? Según la DGT, los hombres provocan la mayoría de los accidentes mortales y reciben el triple de multas al volante que las mujeres –digo yo que no será porque la policía nos tenga manía–. No solo están mejor educadas desde el punto de vista del civismo y la urbanidad; también están más preparadas. En España hay ya más mujeres que hombres graduadas en educación superior. Participan más en actividades culturales. Y, ¿saben qué? Leen más. El 66% de mujeres leen libros frente al 57% de los hombres (en todo caso, con cifras diminutas: 5,8 libros al año para las mujeres y 4,2 para los hombres). También son más solidarias. Hay más mujeres que hombres participando en actividades comunitarias o realizando trabajos voluntarios no remunerados, generalmente ligados a asociaciones o colectivos de interés público. En resumen: si atendemos a su comportamiento como seres sociales, los datos demuestran que las mujeres son más respetuosas con la ley, están mejor formadas y tienen una mayor sensibilidad comunitaria. Ello se agudiza si tomamos como referencia a las generaciones más jóvenes: por debajo de 40 años, ellas les dan un baño a ellos en todos los indicadores cívicos. En cuanto a las actitudes, las opiniones y los valores, el CIS viene mostrando sostenidamente que las mujeres españolas: Tienen mayor apego a los principios democráticos y confían más en las instituciones; Se sienten más vinculadas a los valores de la colectividad frente al individualismo; Valoran en mayor medida los servicios públicos que crean cohesión, como la sanidad, la educación y los sistemas de protección social; Muestran más disponibilidad para ayudar a los demás, especialmente en el ámbito familiar. Y por lo que se refiere a la política: Las mujeres españolas (y en general, las europeas) votan menos a los partidos populistas, cuyo electorado es mayoritariamente masculino; Están menos contaminadas por las renacidas plagas del apocalipsis de nuestro tiempo: el nacionalismo, la xenofobia, el racismo y –por supuesto– el sexismo. Rechazan las soluciones violentas y el belicismo, y apuestan con más convicción por el diálogo y la negociación como método para resolver los conflictos. Ideológicamente, tienden menos al extremismo y se sitúan en posiciones de moderación, dentro de un espacio templadamente progresista. De hecho, el PSOE lleva casi quince años sosteniéndose electoralmente sobre el voto femenino (¡quién se lo iba a decir a Indalecio Prieto, que en 1932 no quería reconocer el derecho de voto a las mujeres porque, decía, “ellas votarán lo que les diga su confesor”!). A la vista de todo ello, repito la pregunta: ¿son más civilizadas que los hombres? Pues si los datos demuestran que están claramente por encima en todo aquello que tiene que ver con el civismo democrático, que son más tolerantes, más cultas, más solidarias y más amantes de la paz y de la seguridad colectiva, todo eso se llama civilidad. Y la conclusión puede resultar difícil de digerir, pero para mí es clara: sí, en general son mejores ciudadanas. Como además leen más y se preparan mejor, son más empáticas hacia el sufrimiento ajeno y demuestran sentido práctico y capacidad para manejar la complejidad (virtudes que definen a un buen político), lo más probable es que sean también mejores gobernantes. Por ejemplo: siempre me he preguntado qué sucedería con el conflicto más insoluble del mundo si en todos los países de Oriente Medio estuviera al mando una mujer en lugar de la colección de autócratas fálicos que hasta ahora solo han sabido ofrecen a sus pueblos dosis masivas de fanatismo, odio, guerra y miseria. A lo mejor la violencia machista, además de un atavismo adquirido durante siglos, contiene en nuestros tiempos una respuesta reaccionaria ante una nueva evidencia que para muchos puede ser insoportable. Claro que hay que lograr que dejen de maltratarlas, pero me parece insuficiente. Si somos realistas, lo que hay que hacer es ponerlas a gobernar. Por mi parte, lo tengo claro: en mi próxima reencarnación, quiero ser civilizado como una mujer. (Ignacio Varela, 11/03/2017)



No hay nada inherentemente femenino en una grúa, ni masculino en un botón. Aun así, decimos que en español grúa es femenino y botón es masculino. En realidad, cuando se trata de objetos, nada impediría que hablásemos de que las palabras tienen género A y B, en lugar de hablar de masculino y femenino. Pero cuando hablamos de personas, la cosa se complica. Es cierto que el género gramatical no tiene necesariamente por qué coincidir con el género social. Pedro puede ser una víctima y Mari Carmen un portento. Pero, en general y en la mayor parte de los casos, el género gramatical coincide con el género social y a los hombres se les denomina en masculino y a las mujeres en femenino. Sustantivos, adjetivos, pronombres: las frases están llenas de palabras que cuando van aplicadas a las personas exigen que nos decantemos entre masculino y femenino. Resulta complicado (por no decir imposible) expresarse en español sorteando los huecos de género que la gramática nos obliga a rellenar. ¿Y qué escapatoria tienen quienes no se identifican ni como hombre ni como mujer? En los últimos años se ha popularizado la propuesta de utilizar la forma en -E (todes, elle, nosotres, tú misme) como género neutro en español. La propuesta es que este tercer género sirva para denominar a las personas de género no binario (personas que no son hombre ni mujer) y ya de paso ejerza además de neutro genérico (la función que tradicionalmente ha asumido el masculino, como cuando decimos "nosotros" para referirnos a un grupo mixto). Y es que el género gramatical es una de las grandes fallas lingüísticas activas del español. Desde hace tiempo, distintos colectivos de hablantes ven limitante y conflictivo el uso convencional del masculino y el femenino y proponen formas de disidencia gramatical. El género neutro en -e (todes) es el último episodio en la sucesión de enmiendas y reformulaciones en torno al género gramatical que han surgido en el español de las últimas décadas. En el comienzo fue el famoso "compañeros y compañeras", que lleva trayendo cola lingüística desde los años noventa. El masculino, que en principio hacía las veces de neutro colectivo, comenzaba a ser percibido como invisibilizador más que genérico. Las críticas contra el desdoblamiento de género fueron feroces y hoy sigue siendo fácil encontrar hablantes de a pie, columnistas beligerantes o académicos ilustres que claman contra lo que consideran un desatino en el mejor de los casos o una monstruosidad lingüística que acabará con el castellano tal como lo conocemos en el peor. El desdoblamiento de género no es, sin embargo, tan reciente. En El Cantar del Mio Cid hay varios casos de desdoblamiento de género para incluir a todos y todas ("Salíanlo a ver mujeres y varones / Burgueses y burguesas por las ventanas son"). El clásico "damas y caballeros" es otro ejemplo de desdoblamiento habitual y nada sospechoso. A pesar de la ridiculización y el escándalo, el "compañeras y compañeros" prosperó hasta llegar a ser un recurso más del discurso y es hoy un habitual de las intervenciones políticas. La popularidad del "todos y todas" llegó con el comienzo de los años 2000, cuando la burbuja inmobiliaria aún se llamaba milagro económico y teníamos fe en que la tecnología nos traería el progreso social. En pleno fervor por el advenimiento del tercer milenio se generalizó la forma tod@s como abreviatura para englobar a ambos géneros. Utilizar la arroba como símbolo para representar al mismo tiempo la O y A nos parecía el no va más de la modernidad. El futuro ya estaba aquí y se escribía con @. Pero el uso de la arroba fue entrando en decadencia junto con los cibercafés y el optimismo y hoy aquellas propuestas malogradas nos producen la misma ternura y nostalgia que cuando leemos a alguien que sigue utilizando el ya canoso salu2 como fórmula de despedida. La lengua, como todo acto social, tiene modas que causan furor en una época pero horrorizan a los hablantes de las generaciones siguientes. Cayó en desgracia la arroba pero no el desdoblamiento de género, que siguió usándose aunque pasó a ser representado gráficamente por algunos colectivos con la x, todxs. Quizá porque esta forma no llegó a extenderse fuera del activismo, quizá porque resultaba chocante y generaba dudas de pronunciación, lo cierto es que todxs no llegó a alcanzar el tirón que su antecedente tod@s había tenido. Pero fue entonces, cuando hasta las élites de los partidos políticos ya habían perdido el sonrojo y se habían subido al carro del desdoblamiento de género (algunos por convencimiento, otros por no parecer malquedas o carcas), cuando en los movimientos asamblearios y los colectivos quincemayistas empezó a generalizarse el uso del femenino para denominar a grupos mixtos. Si el masculino había tenido históricamente la capacidad de ejercer de neutro y englobar a todo el mundo, ¿por qué no subvertirlo y crear un femenino genérico bajo el que denominar a todas las personas? Las vecinas, las compañeras, las integrantes. Despatriarcalizar la vida política iba de la mano de la feminización gramatical del discurso. Nosotras frente a ellos. Y llegamos hasta hoy y la irrupción de todes en el plano lingüístico reivindicando que la disyuntiva masculino versus femenino es excluyente. Y es que que la lengua obligue constantemente a escoger palabras y terminaciones que conllevan un género social que no se corresponde con el género de la persona es, como poco, conflictivo. Todes, nosotres, elle, amigues, guape. La propuesta de construir un género neutro en -e soluciona muchos de los escollos que las anteriores propuestas dejaban sin resolver: fácil de pronunciar, morfológicamente claro, lingüísticamente económico, socialmente inclusivo. Aunque en redes sociales está muy presente y se usa espontáneamente, está por ver aún si la propuesta arraigará o si el temblor sísmico será demasiado intenso. Al fin y al cabo, no estamos hablando de introducir una nueva palabra (que es un hecho de poca trascendencia dentro de la lógica general de un idioma), sino de un fenómeno que afecta a la estructura de los pilares gramaticales profundos. Es, en cualquier caso, uno de los fenómenos lingüísticos más interesantes de los últimos tiempos y de rabiosa actualidad. Merece la pena no perderlo de vista. Para los legos, el género neutro en -e puede parecer una extravagancia gramatical sin futuro. Al fin y al cabo, nadie se lanzaría a proponer nuevos tiempos verbales de la nada o a reformar la contraposición entre singular/plural. Pero es que ni la conjugación verbal ni el número gramatical afectan a rasgos que determinan nuestra forma de habitar en sociedad y de ser reconocidos por nuestros congéneres. El género gramatical con el que alguien se refiere a sí mismo y con el que le tratan los demás sí tiene una inmensa trascendencia social e identitaria. Todes es ejemplo de que, en ocasiones, la realidad desborda la gramática. Y cuando la lengua no dispone (aún) de mecanismos para denominar con exactitud lo que necesita ser nombrado… vendrán los hablantes a crearlos. (Elena Alvarez Mellado, 29/06/2017)


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