Internet: Tendencias             

 

Internet: Tendencias:
[La revolución de Internet en la empresa]
De manera callada, Internet penetra en nuestras vidas y negocios. Es una revolución silenciosa y sorda que en los últimos cinco años ha provocado más disrupción en la sociedad y el mundo empresarial que en los anteriores quince. Y los cambios que han llegado de su mano son ya realidades sin vuelta atrás: • Modelo publicitario alrededor del buscador. Si una marca no está en la primera página del buscador, no existe. Para lograrlo existen estrategias de SEO (Search Engine Optimization) para obtener el posicionamiento natural, o de SEM (Search Engine Marketing) para aparecer en los espacios publicitarios de pago. Con un modelo basado en la puja, en el pago por click, escalable y capilar, accesible a cualquier anunciante por pequeño que sea, Google es hoy el principal soporte publicitario del mundo. • Revolución sin paliativos de la industria musical. El CD se ha convertido en un vintage tan romántico como el disco de vinilo. La combinación de iPod y iTunes con descarga de canciones de pago y, posteriormente, el modelo de Spotify de consumo gratuito en streaming a cambio de publicidad, que llegó en 2008, han implantado las bases de un negocio musical completamente distinto y perfectamente legal. Nunca antes se había consumido tanta música. • Consolidación del comercio y consumo electrónico de servicios y productos fácilmente transformables en bits. Hay muchas actividades que ya no nos planteamos realizar fuera del entorno digital, como la compra de billetes de avión, reserva de hoteles, gestión de fotografías o, incluso, servicios de e-government como la declaración del IRPF.

Flujo de datos

• Acceso a los consumidores mediante las redes sociales. Las hay de todo tamaño o temática. Desde las más generalistas como Facebook, con casi 700 millones de usuarios (que va de camino en convertirse en un Internet dentro de Internet), las redes de profesionales como LinkedIn o los fenómenos de microblogging como Twitter. Están integradas con el móvil y son capaces de proporcionar información y contenidos de carácter local. No sólo son cotidianas en nuestras vidas, sino un canal de marketing con posibilidades aún por descubrir. • Vídeo en Internet como alternativa a la hegemonía de las cadenas de televisión. Tecnologías como Youtube (creada en 2005) han hecho posible un creciente consumo de vídeo en streaming a través de Internet. A esta ventana gratuita se une la impresionante tendencia de los usuarios a generar contenidos y alojarlos en la Red (se cuelgan 40 horas de vídeo cada minuto), con lo que en este lugar se encuentran oferta y demanda audiovisual en magnitudes jamás vistas. • Imparable convergencia digital de la telefonía móvil. En 2007, Apple lanzó el iPhone, el primer smartphone con una buena experiencia de usuario en Internet. Le siguió el sistema Android de Google (el que más crece). Hay ya en el mundo unos 3.000 millones de teléfonos móviles: los primeros mil millones se vendieron en 20 años; los segundos, en unos 4 años; y sólo en el último año se comercializaron otros mil millones. En 2011 habrá más dispositivos móviles (smartphones y tablets) conectados a Internet que ordenadores portátiles conectados a la Red. • Desarrollo y sofisticación del e-commerce de productos físicos. Compramos de forma diferente. Amazon e eBay abrieron el camino, pero en los últimos cinco años han despegado otros modelos como Zappos, basados en generar una buena experiencia de compra; como Alice, en compartir inteligencia de mercado y margen con los fabricantes; o los clubs de compra como BuyVip, Privalia o Vente-Privee. • Couponing y la compra en grupo. Groupon, Lets Bonus, Groupalia, Offerum y muchos otros han creado unas dinámicas de grupo para generar volumen de compra que permiten interesantes descuentos al usuario en una gran variedad de establecimientos. Y, ¡cuidado!, que los grandes ya están entrado en esta liza: se acaban de lanzar Facebook Deals y Google Offers. • Orientación a las tabletas. En 2010, Apple lanzó el iPad, la primera tableta. Podría parecer un móvil con pantalla grande o un PC portátil, pero realmente es una nueva categoría de producto con una rapidísima e intuitiva curva de aprendizaje con múltiples utilidades. Aparece toda una nueva industria de aplicaciones para adaptar el ecosistema digital alrededor de este dispositivo. • Nuevas profesiones digitales. Todo este ecosistema digital necesita de profesionales que sepan gestionarlo. Surgen nuevos oficios como programador de Internet, community manager, experto en mobile marketing, analista web, responsable de marketing digital, blogger o especialista en user experience. La revolución digital es, probablemente, la más potente que se ha vivido en el mundo empresarial en toda la historia. Sin embargo, a pesar de todas estas transformaciones del último lustro, no ha hecho más que empezar. (Nacho de Pinedo, 17/05/2011)


Internet y adaptación de nuevas formas políticas:
No ha llegado el momento de certificar la falta de capacidad transformadora de lo que se mueve en la Red. La democracia digital todavía no es mejor democracia, pero nos puede hacer mejores demócratas El pálpito social se mueve en el acelerado, discontinuo y disruptivo flujo digital La política debe abrazar la inteligencia de las multitudes como nutriente de soluciones El pasado 2 de marzo, Daniel Innerarity escribía el artículo Desenredar una ilusión, en el que cuestionaba “el mito de la democracia digital”. La tesis del filósofo es que los optimistas digitales, a los que denomina cyber-cons (aquellos que han previsto que Internet generaría una mayor participación ciudadana como consecuencia de la libre circulación de información), han fracasado porque “Internet no elimina las relaciones de poder sino que las transforma” en un ejercicio esnob y lampedusiano: que todo cambie para que nada cambie. La Red descentraliza el poder de las ideas, la economía y la sociedad… pero reproduce, finalmente, el poder ya existente, afirma Innerarity. Esta línea de pensamiento se fundamenta en reputadas voces y argumentos sólidos. Pierre Rosanvallon, por ejemplo, en su libro La contrademocracia advierte que la apelación a los ciudadanos, propia de la democracia directa, conduce a la tentación populista. Y que la política vigilada y fiscalizada puede derivar en antipolítica o impolítica, volviéndose irrelevante o materia incendiaria, no ya de los que quieren otra política sino de los que no quieren ninguna. Según el autor, la preocupación por inspeccionar la acción de los Gobiernos se convierte en estigmatización permanente de las autoridades legítimas hasta constituir una potencia negativa. Es la transformación de la original democracia del proyecto hacia una democracia del rechazo. Tzvetan Todorov, otro de los teóricos más destacados de estas corrientes de pensamiento, en su reciente texto Los enemigos íntimos de la democracia, amplía el análisis alertando sobre los enemigos “interiores” de las democracias y pone en el mismo saco el mesianismo democrático, el populismo y la xenofobia. Todos ellos apuntan los déficits y algunos problemas medulares. Tener buena parte de razón es quizás suficiente para emitir un juicio tan concluyente, pero también lo es para medir la fuerza de las palabras y optar por dar una oportunidad a lo imperfecto, porque es, sin duda, portador de un caudal de ilusión democrática (aunque los lados oscuros de la utopía digital nos obliguen a reflexiones y análisis menos fascinados y más realistas). No, todavía no ha llegado el momento de hacer un balance definitivo, de solemnizar y certificar la falta de capacidad transformadora de lo que se mueve en las redes sociales y en Internet. Todo lo contrario. Hay razones para la preocupación, sí. También para el juicio ponderado y crítico respecto a los peligros democráticos a los que nos enfrentamos si nos dejamos arrastrar por la fascinación de la multitud y su estética política. Sobrevalorar es tan equívoco como infravalorar. Y no se puede ignorar que la energía política y cívica, que se expresa en amplísimos sectores de nuestra sociedad a través de la cultura digital —aunque todavía de manera imperfecta, fragmentada y parcial—, representa una profunda corriente de capital político transformador. Esta cultura tecnológica, en su capacidad disruptiva y su penetración global, puede favorecer un ecosistema social en el que las personas pueden reconstruir su identidad individual y colectiva. Es la nueva conciencia del nosotros. Tres son los argumentos para transformar una ilusión no ilusa, aunque compleja. El Primero, los valores. La cultura digital está recreando una nueva escala de valores. Compartir, reconocer, participar son acciones que se convierten en valores de cultura política con nuevos registros y calidades. La democracia digital no es mejor democracia —todavía—, pero nos puede hacer —quizás— mejores demócratas. Más abiertos al diálogo, al debate, a la transversalidad. En Internet no se pregunta a las personas de dónde vienen, sino adónde van. Justo lo contrario que la vieja política analógica, prisionera de identidades excluyentes, de ideologías herméticas, de trincheras partidarias. Segundo, los medios. La politización de muchísimos jóvenes —y no tan jóvenes— empieza a veces por un “me gusta”, un clic o un retuit. ¿Por qué esto va ser menos relevante que cuando pegábamos carteles, o asistíamos a asambleas de palmeros? Que sea fácil activar una acción no significa que sea de peor calidad democrática. Lo relevante es que una nueva generación de ciudadanos globales está tomando conciencia política entre los fracasos del oportunismo digital del modelo Kony 2012 y los éxitos de tantas y tantas luchas que se dan y se ganan con un teclado entre manos. No es una ciudadanía ilusa, y aunque las dificultades y los retos sean abrumadores, no se decanta por el cinismo sino por el compromiso activo. Tercero, los temas. La Red no es tecnología. Es cultura. Es sociedad. Internet se ha convertido en un poderoso sensor social de temas y preocupaciones. Si la política quiere saber por qué se ha alejado, pareciendo irrelevante, de los problemas de la ciudadanía, debe reencontrar el camino conectándose. El pálpito social, con todas sus limitaciones, se mueve en el acelerado, discontinuo y disruptivo flujo digital. La velocidad, la brevedad y lo efímero son un signo de los tiempos, que debe ser complementado —y no negado— con otras prácticas que no impidan razonar, elaborar y organizar con nuevos mimbres y formatos. En vez de enjuiciar con severidad la irrupción de lo emergente, quizás se debería seguir denunciando la incapacidad de la política formal para adecuarse a la sociedad red. Y reconocer, como portadora de esperanza, a una generación política decepcionada pero que, en vez de “pasar de la política”, pasa “de la mayoría de los políticos”, que no es lo mismo. ¿No se merecen, además de reconocimiento, ánimo y confianza? ¿No es la ilusión por otro mundo mejor, otra política y otra cultura del trabajo y de la economía, motivo de esperanza democrática? Y sin ilusión… ¿qué política se ofrece? ¿La que tenemos? ¿La que ha provocado la desafección y la frustración más importante en nuestra corta democracia? La reconfiguración del conocimiento, la capacidad del empoderamiento de las multitudes y la superación del miedo y del individualismo, gracias a la colectividad, dotan a los movimientos sociales de una fuerza especial y mágica. Como afirma Manuel Castells, el sentido utópico de una democracia directa en red no es una tontería, tiene tal capacidad transformadora que hay que valorarla con seriedad. Todos los grandes movimientos sociales empiezan por una utopía. La fuerza del movimiento está ahí. Escuché una vez decir a Innerarity que “los filósofos debemos molestar, quizás es para lo único que servimos”. Pero ¿no deberían molestar, sobre todo, a los que se lo miran y no a los que actúan? Las dificultades de la cultura de la democracia directa para ofrecer una alternativa no son pocas ni pequeñas. Aunque lo profundamente imperfecto no es la alternativa, sino la oferta actual. No nos equivoquemos. Morozov afirma que “la Red genera ilusiones de grandes victorias políticas que son simples arañazos”. Pero hay zarpazos que son la esperanza de la política y de la democracia. El tono paternalista y categórico de algunos análisis no ayudan y rompen los pocos puentes que quedan entre lo establecido y lo utópico. Si la política formal desprecia e ignora la actual denuncia por su incapacidad propositiva en términos convencionales, perderá una oportunidad irrepetible para revitalizarse con el injerto de lo nuevo. La política debe abrazar la inteligencia de las multitudes, el crowdsourcing social, como nutriente de análisis y soluciones diferentes. Y su instrumento, los partidos, debe evolucionar a espacios de coworking político con otros y alternativos protagonistas. Tucídides decía: “Cualquier poder tiende a ir hasta el límite de su poder. ¡Ha llegado la hora de la vigilancia!”. Hagamos de la política vigilada una oportunidad para una democracia vigilante de derechos y deberes, de ciudadanos responsables, de poderes sometidos a la ley y a los valores democráticos, no por encima de ellos. Transformar la ilusión en acción y esta en alternativa. Este es el reto. (Antoni Gutiérrez-Rubí, 22/04/2012)


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