Diarios: Defensa de la verdad             

 

Prensa escrita: Defensa de la verdad:
[Rescatar el valor de la verdad]
Ser depositaria de las críticas, exigencias y anhelos de los lectores es un gran privilegio, pues me permite conocer qué esperan de nosotros aquellos que son nuestra razón de ser. En los dos años que llevo en esta función he podido constatar lo exigentes que son los lectores de EL PAÍS, pero también los fuertes lazos que les unen al diario. Resulta conmovedor ver que lo primero que hacen constar muchos de los que me escriben es el tiempo que hace que son lectores de EL PAÍS. Mucho tiempo en la mayoría de los casos. La fidelidad de los lectores es, sin duda, el principal capital que el diario ha acumulado en estos 35 años. Cómo conservar esa fidelidad y generar nuevas complicidades en estos tiempos de mutaciones es el gran reto que tenemos por delante. Porque llevamos 35 años informando sobre crisis y cambios, y ahora somos nosotros los que estamos en medio del huracán porque la prensa escrita está siendo sacudida por tres crisis simultáneas, todas ellas de incierta salida. La crisis económica general, que ha llevado a la mayoría de los periódicos a aplicar duros planes de ajuste; una crisis de modelo industrial, porque las nuevas tecnologías socavan las fortalezas de la edición impresa sin que la digital sea aún una alternativa viable; y una crisis general de credibilidad, que hace que el periodismo sea percibido con creciente desconfianza. Los lectores son conscientes de ello y muchos expresan su temor a que estas crisis acaben afectando a la calidad de la información. Y lo que esperan de nosotros, interpreto, es que seamos capaces de mantener y adaptar a los nuevos escenarios aquellos valores y principios fundacionales que convirtieron a EL PAÍS en el diario de referencia en lengua española. Los nuevos escenarios son digitales. Y globales. En ese viaje estamos. Y así lo ha reflejado nuestra cabecera: del Diario independiente de la mañana al Periódico global en español. En esas dos frases se resume la magnitud del cambio que supone pasar de un modelo basado en la distribución por carretera, a otro basado en la distribución por la Red.

Internet:
Está transformando no solo el modo de acceder a la información, sino también la forma de ejercer el periodismo. Las nuevas tecnologías aportan, sin duda, grandes ventajas. Nos permiten distribuir información sin limitaciones de tiempo y espacio, y hacerlo además a un coste inferior, tanto en términos económicos como ecológicos. El trabajo de documentación es ahora mucho más fácil, y también el acceso a las fuentes. Y facilitan una mayor participación de los lectores. Cualquier ciudadano puede convertirse, a través de las redes sociales, en un emisor de información valiosa. Y el fenómeno Wikileaks ha demostrado que todo puede ser también mucho más transparente. Internet está cambiando al mismo tiempo los hábitos de nuestros lectores y la vida de las redacciones. Ciudadanos y periodistas vivimos ahora inmersos en un torrente continuo de información que se renueva constantemente, las 24 horas del día. Pero estas ventajas también comportan riesgos. Por ejemplo, la mayor facilidad para reunir datos facilita un periodismo de corta y pega, proclive a la superficialidad y condescendiente con el plagio. En esta cultura de la urgencia en la que vivimos y a la que tanto contribuimos, corremos el riesgo de sacrificar la seguridad a la rapidez, de no tomarnos el tiempo necesario para verificar y contrastar la información en aras a ser los primeros. De olvidar que los rumores, aunque nos quemen en las manos, no son noticia hasta que no se han confirmado. Y que lo importante no debe quedar eclipsado por lo impactante.

[Mantener audiencia como fin:]
La transición del diario impreso al diario digital no solo cambia el modelo industrial. Hay otras diferencias sustantivas. Por ejemplo, la que va de tener lectores a tener audiencia. Hemos pasado de tener unos cientos de miles de lectores fieles que nos buscan cada mañana en el quiosco, a tener millones de lectores, muchos de los cuales se acercan a nosotros para satisfacer deseos de curiosidad y entretenimiento. Que el deseo de agradar a estos lectores no nos lleve a defraudar a los que esperan de nosotros un periodismo riguroso y de calidad. Esta es, probablemente, la demanda más repetida que recibo. Los lectores nos vigilan y tienen razones para hacerlo. Existe el riesgo de que la lógica del "todo por la audiencia", cuyos desastrosos resultados podemos ver en la televisión, se traslade ahora a los medios digitales, dada su condición multimedia. Poder medir qué es "lo más visto" es una herramienta útil para conocer las preferencias de los lectores, pero sería un error que los parámetros de audiencia condicionaran la selección de los contenidos. Nos adentramos, por otra parte, en una nueva cultura basada en la promiscuidad informativa. Vamos a tener que compartir lectores con otros medios en el mismo soporte. No debemos temer. Si ahora competimos con éxito en el quiosco, también sabremos competir en la tableta. Pero hay algo que creo que debemos preservar a toda costa: la capacidad de mantener una relación fluida, personalizada y directa con nuestros lectores. Los quioscos digitales se vislumbran como las nuevas plataformas de acceso a la información. Si pasamos a formar parte de un paquete de contenidos, ¿cómo singularizar nuestra relación con el lector? ¿Cómo mantener su fidelidad? Seguramente con más calidad y con un periodismo también diferencial.

[Manipulación:]
A todos estos cambios hay que añadir la crisis de credibilidad. La creciente desconfianza en la prensa es consecuencia de nuestros propios errores, pero también de una crisis general de las intermediaciones que afecta tanto a la política como al periodismo. Y que en nuestro país viene, además, acompañada de un cambio cultural dramático, que ha ido barriendo los valores de la transición también en el ámbito periodístico. La veracidad, el rigor informativo, la búsqueda de la objetividad están seriamente amenazados por un ecosistema informativo dominado por la lucha partidista y las nuevas estrategias de propaganda, que incluyen artefactos de destrucción de la verdad como los llamados "argumentarios", esas consignas que los aparatos de partidos y organizaciones distribuyen cada mañana para que se conviertan en titulares. Estas estrategias parten del convencimiento de que, si una mentira mil veces dicha puede llegar a parecer verdad, una versión mil veces repetida también puede llegar a crear realidad. Y de hecho la crea. No es difícil observar la relación que existe entre la calidad de la información y la calidad de la democracia. Esta es una cuestión a la que nuestros lectores son, según he podido comprobar, muy sensibles. Temen ser engañados, que la verdad quede sepultada por el ruido de las versiones interesadas. Si el periodismo de investigación y de denuncia puede ser neutralizado, si denunciar una estafa o un abuso de poder no tiene efecto, ¿qué valor le quedará al periodismo? Ciudadanos y periodistas tenemos un problema común: cómo hacer que la verdad prevalezca, una cuestión sobre la que quiero volver en otro momento. Defender un periodismo comprometido con la verdad, rescatar el valor de lo factual, de los datos y de los hechos comprobables por encima de las versiones, es lo que los lectores nos reclaman. Para ellos ha de ser nuestra primera lealtad. Estoy convencida de que si les somos leales, ellos nos serán fieles. (Milagros Pérez Oliva, 03/07/2011)


Información falsa en las redes:
Un lunes por la mañana del pasado septiembre Gran Bretaña se despertó con una noticia depravada. El primer ministro, David Cameron, había cometido un “acto obsceno con la cabeza de un cerdo muerto”, según el Daily Mail. “Un distinguido condiscípulo de Oxford afirma que Cameron participó en una atroz ceremonia de iniciación con un cerdo muerto en un evento en Piers Gaveston”, decía el periódico. Piers Gaveston es el nombre de un licencioso club gastronómico de la Universidad de Oxford. Los autores de la noticia afirmaban que su fuente era un parlamentario que decía que había visto pruebas fotográficas: “Su extraordinaria insinuación es que el futuro primer ministro introdujo una parte íntima de su anatomía en el animal”. La noticia, tomada de una nueva biografía de Cameron, despertó un inmediato furor. Era vulgar, era una gran oportunidad para humillar a un primer ministro elitista, y muchos percibieron que sonaba verosímil para un exmiembro del célebre Bullingdon Club. Al cabo de unos minutos, #Piggate y #Hameron eran tendencia en Twitter e incluso relevantes políticos se sumaron a la fiesta: Nicola Sturgeon dijo que las acusaciones habían “entretenido al país entero”, mientras que Paddy Ashdown bromeó con que Cameron estaba “acaparando los titulares”1. Al principio, la BBC se negó a mencionar las acusaciones y 10 Downing Street, la residencia oficial del primer ministro, dijo que no “dignificaría” la noticia con una respuesta, pero no tardó en verse obligada a emitir una nota negando su veracidad. Y así fue como un hombre poderoso fue avergonzado sexualmente de una manera que no tenía nada que ver con sus políticas divisivas, de un modo al que no podía en realidad responder. Pero ¿qué más daba? Tendría que asumirlo. Después, tras un día entero de cachondeo en internet, sucedió algo sorprendente. Isabel Oakeshott, la periodista del Daily Mail que había coescrito la biografía con Lord Ashcroft, un millonario hombre de negocios, fue a la tele y admitió que no sabía si su noticia bomba era verdad. Cuando la presionaron para que mostrara pruebas de su sensacionalista afirmación, Oakeshott reconoció que no tenía ninguna. “No pudimos llegar al fondo de las afirmaciones de esa fuente”, dijo en Channel 4 News. “Así que informamos de lo que esa fuente nos dio […]. No decimos si creemos o no que sea verdad.” En otras palabras, no había pruebas de que el primer ministro británico hubiera “insertado una parte íntima de su anatomía” en la boca de un cerdo muerto, una noticia recogida en docenas de periódicos y repetida en millones de tuits y actualizaciones de Facebook, que mucha gente probablemente considera aún hoy verdaderos. El referéndum en Reino Unido sobre el Brexit fue una de las primeras grandes votaciones de la política postverdad Oakeshott fue más allá para deshacerse de toda responsabilidad periodística: “Depende de otra gente decidir si le dan credibilidad o no”, dijo. Por supuesto, no era la primera ocasión en que se publicaban afirmaciones estrafalarias con pruebas endebles, pero esa era una defensa singularmente desvergonzada. Parecía que los periodistas ya no tenían la obligación de creer que sus noticias eran ciertas ni, al parecer, tenían que aportar pruebas. Es cosa del lector —que ni siquiera conoce la identidad de la fuente— decidirse. Pero ¿basándose en qué? ¿El instinto, la intuición, el estado de ánimo? ¿Sigue importando la verdad? Nueve meses después de que Gran Bretaña se despertara riéndose de las hipotéticas intimidades porcinas de Cameron, el país amaneció la mañana del 24 de junio con la muy real visión del primer ministro en frente del 10 Downing Street a las 8 de la mañana presentando su dimisión. “El pueblo británico ha votado abandonar la Unión Europea y su voluntad debe ser respetada —declaró—. No ha sido una decisión tomada a la ligera, en primer lugar porque muchas organizaciones diferentes han dicho muchas cosas sobre el significado de esta decisión. De modo que no puede haber ninguna duda sobre el resultado.” Pero lo que pronto quedó claro fue que casi todo seguía en duda. Al final de la campaña que dominó las noticias durante meses, resultó evidente que el lado vencedor no tenía un plan sobre cómo o cuándo abandonaría Reino Unido la Unión Europea, mientras que las afirmaciones engañosas que llevaron esa campaña a la victoria repentinamente se vinieron abajo. A las 6:31 del viernes 24 de junio, justo una hora después de que se conociera el resultado del referéndum, el líder del UKIP, Nigel Farage, reconoció que la Gran Bretaña post-Brexit no dispondría de 350 millones de libras para gastar en el Servicio Nacional de Salud, una afirmación clave de los partidarios del Brexit que había adornado el autobús de campaña de “Vote Leave”. Pocas horas más tarde, el parlamentario Daniel Hannanna declaró que probablemente la inmigración no se reduciría, otra afirmación clave. No era la primera vez que los políticos no cumplían lo que habían prometido, por supuesto, pero puede que fuera la primera vez que admitían la mañana después de la victoria que las promesas habían sido falsas. Fueron las primeras grandes votaciones en la era de la política postverdad: la apática campaña de los partidarios de quedarse intentó enfrentarse a la fantasía con hechos, pero descubrió rápidamente que la moneda de los hechos se había devaluado de mala manera. Los preocupantes hechos y los preocupados expertos partidarios de quedarse fueron desdeñados como “proyecto miedo” y rápidamente neutralizados con hechos contrarios: si 99 expertos decían que la economía se estrellaría y uno estaba en desacuerdo, la BBC nos decía que cada bando tenía una idea distinta sobre la situación. (Esto es un error catastrófico que acaba oscureciendo la verdad y se parece a cómo algunos informan sobre el cambio climático.) Michael Gove (ministro de Cameron) declaró que “la gente en este país está harta de expertos” en Sky News. También comparó a los 10 economistas con premio Nobel que firmaron una carta contraria al Brexit con los científicos nazis leales a Hitler. Durante meses, la prensa euroescéptica proclamó cualquier afirmación dudosa y menospreció cualquier advertencia experta, llenando las portadas con tantos titulares confeccionados antiinmigrantes que eran imposibles de contar, muchos de los cuales eran luego corregidos en letra muy pequeña. Una semana antes del referéndum —el mismo día en que Nigel Farage mostró su incendiario póster con el lema “Breaking Point” (Punto de no retorno) y la parlamentaria laborista Jo Cox, que había hecho campaña infatigablemente a favor de los refugiados, fue asesinada— la portada del Daily Mail mostraba un retrato de inmigrantes en la parte posterior de una furgoneta entrando en Reino Unido con el titular “Venimos de Europa, ¡dejadnos entrar!”. El día siguiente, el Mail y el Sun, que también publicaron la historia, se vieron obligados a reconocer que los polizones eran en realidad de Irak y Kuwait. La descarada falta de respeto por los hechos no remitió después del referéndum: hace poco, la candidata a líder conservadora Andrea Leadsom (que lo fue por poco tiempo, después de tener un papel estelar en la campaña del Leave) demostró el decreciente poder de las pruebas. Después de decir al Times que ser una madre la haría mejor primera ministra que su rival Theresa May, gritó “¡periodismo de alcantarilla!” y acusó al periódico de manipular sus declaraciones, aunque había dicho exactamente eso, claramente y sin duda, y además estaba grabado. Leadsom es una política postverdad incluso por lo que respecta a sus propias verdades. Si un hecho se parece a lo que tú piensas que es verdad, se hace difícil diferenciar lo que es cierto y lo que no Cuando un hecho empieza a parecerse a lo que tú crees que es verdad, se vuelve muy difícil para cualquiera advertir la diferencia entre hechos que son ciertos y “hechos” que no lo son. La campaña partidaria del Leave era consciente de esto y se aprovechó de ello, con el conocimiento de que la Autoridad sobre los Estándares Publicitarios no tiene competencias sobre las afirmaciones de carácter político. Pocos días después del referéndum, Arron Banks, el mayor donante del UKIP y de la campaña Leave.Eu, le dijo al Guardian que su bando sabía desde el principio que los hechos no les darían la victoria. “Había que adoptar un acercamiento mediático al estilo americano —dijo Banks—. Lo que ellos dijeron al principio fue ‘los hechos no funcionan’, y es cierto. Los partidarios de quedarse mostraron hechos, hechos, hechos, hechos, hechos. Eso no funciona. Tienes que conectar con la gente emocionalmente. Ese es el éxito de Trump.” Veinticinco años después de que apareciera en línea la primera web, está claro que estamos viviendo un periodo de transformación vertiginosa. Durante los 500 años posteriores a Gutenberg, la forma dominante de información fue la página impresa: el conocimiento se transmitía básicamente en un formato fijo, que animaba a los lectores a creer en verdades estables y asentadas. Ahora estamos atrapados en una serie de confusas batallas entre fuerzas opuestas: entre la verdad y la falsedad, el hecho y el rumor, la amabilidad y la crueldad; entre los pocos y los muchos; entre los conectados y los alienados; entre la plataforma abierta de la web como sus arquitectos la concibieron y los jardines cerrados de Facebook y otras redes sociales; entre el público informado y la muchedumbre equivocada. Lo que estas luchas tienen en común —y lo que hace que sea urgente resolverlas— es que todas implican un decreciente estatus para la verdad. Esto no significa que no haya verdades. Significa solamente, como este año ha quedado muy claro, que no podemos ponernos de acuerdo sobre cuáles son esas verdades. Y cuando no hay consenso sobre la verdad ni manera posible de alcanzarlo, el caos no tarda en llegar. Cada vez más, lo que pasa por ser un hecho es solamente un punto de vista que alguien siente que es verdad, y la tecnología ha hecho muy fácil que esos “hechos” circulen con una velocidad y un alcance que era inimaginable en la era de Gutenberg (o hace apenas una década). Una historia dudosa sobre Cameron y un cerdo aparece en un tabloide una mañana y a mediodía ha inundado el mundo a través de las redes sociales y aparecido en las fuentes de información fiables de todas partes. Puede parecer poca cosa, pero sus consecuencias son enormes. Durante los 500 años después de Gutenberg, la página impresa animaba a creer en verdades estables “La verdad —como escribieron Peter Chippindale y Chris Horrie en Stick It Up Your Punter!, su historia del periódico Sun— es una afirmación sencilla que cada periódico publica por su cuenta y riesgo.” Normalmente, sobre cada tema hay varias verdades en conflicto, pero en la era de la imprenta las palabras en una página fijaban las cosas, fueran ciertas o no. La información parecía verdad, al menos hasta que el día siguiente trajera una actualización o una corrección, y todos compartíamos una serie común de hechos. Esta “verdad” establecida normalmente era administrada desde arriba: una verdad establecida, con frecuencia fijada en su lugar por un establishment. Este acuerdo no carecía de fallos: buena parte de la prensa con frecuencia mostraba sesgos hacia lo establecido y deferencia hacia la autoridad, y era extraordinariamente difícil para la gente común enfrentarse al poder de la prensa. Ahora la gente desconfía mucho de lo que se le presenta como un hecho —especialmente si los hechos son incómodos o discordantes con sus propias ideas—, y aunque parte de esa desconfianza es un error, otra parte no lo es. En la era digital es más fácil que nunca publicar información falsa que se comparte y es tomada por verdad rápidamente, como con frecuencia vemos en situaciones de emergencia, cuando las noticias se dan en tiempo real. Para escoger un ejemplo entre muchos, durante los ataques terroristas en París de noviembre de 2015 rápidamente se propagaron rumores en los medios sociales de que el Louvre y el Centro Pompidou habían sido atacados y que François Hollande había sufrido un infarto. Se necesitan medios de confianza que desacrediten estas historias.

Falsedades y hechos:
A veces los rumores como estos se difunden a causa del pánico, a veces por malicia y en otras por una manipulación deliberada, en la que una empresa o un régimen paga a gente para que transmita su mensaje. Sea cual sea el motivo, las falsedades y los hechos ahora se difunden de la misma manera, por medio de lo que los académicos llaman “cascada de información”. Como describe la profesora de Derecho y experta en el acoso online Daniell Citron, “la gente reenvía lo que los otros piensan, aunque la información sea falsa, incorrecta o incompleta, porque cree que ha aprendido algo valioso”. Este ciclo se repite, y antes de que te des cuenta la cascada tiene un impulso imparable. Compartiste el post de un amigo en Facebook, quizá para mostrar camaradería o que estás “en la pomada”, y por lo tanto aumentas la visibilidad de ese post. Los algoritmos, como el que alimenta el flujo de noticias de Facebook, están diseñados para darnos más de lo que ellos creen que queremos, lo que significa que la versión del mundo con la que nos encontramos cada día en nuestro flujo personal ha sido invisiblemente seleccionada para reforzar nuestras creencias preexistentes. Cuando Eli Pariser, cofundador de Upworthy, acuñó la expresión “burbuja de filtros” en 2011, se refería a cómo la web personalizada —y en particular la función de búsqueda personalizada de Google, que significa que si dos personas hacen la misma búsqueda el resultado nunca será igual— significa que es menos probable verse expuesto a información que pone en duda o amplía nuestra visión del mundo, y menos probable encontrar hechos que refuten información falsa que otros han compartido. La petición de Pariser en ese momento era que los que dirigían las plataformas de las redes sociales se aseguraran de que “sus algoritmos prioricen visiones compensatorias y noticias que son importantes, no solo las cosas más populares o las que más se validan a sí mismas”. Pero en menos de cinco años, gracias al increíble poder de unas pocas plataformas, la burbuja de filtros que Pariser describió se ha vuelto mucho más extrema. En la era digital es más fácil que nunca publicar información falsa que se comparte y es tomada por verdad El día después del referéndum, Tom Steinberg, el británico activista de internet y fundador de mySociety, publicó un post de Facebook que es una vívida ilustración del poder de la burbuja de filtros y de las serias consecuencias civiles para un mundo en el que la información fluye en buena medida por redes sociales: “Estoy buscando activamente en Facebook gente que celebre la victoria del Brexit, pero la burbuja de filtro es TAN fuerte y se extiende TANTO en cosas como la búsqueda personalizada que no puedo encontrar a nadie que esté contento a pesar de que medio país está claramente eufórico hoy y a pesar de que estoy intentando activamente oír lo que dicen. El problema de esta cámara de eco es ahora TAN grave y TAN crónico que solo puedo implorar a mis amigos que tengo trabajando en Facebook y en otras grandes redes sociales y en tecnología que urgentemente digan a sus jefes que no actuar ante este problemama equivale a apoyar y financiar activamente el desgarre del tejido de nuestras sociedades. Estamos creando países en los que una mitad no sabe absolutamente nada de la otra mitad”. Pero pedir a las empresas tecnológicas que “hagan algo” sobre la burbuja de filtros implica que es un problema que puede ser fácilmente arreglado, y no uno que está en el centro mismo de las redes sociales diseñadas para darte lo que tú y tus amigos queréis ver. Facebook, que apareció en 2004, tiene ahora 1.600 millones de usuarios en todo el mundo. Se ha convertido en la manera dominante de buscar noticias en internet para la gente, y de hecho es dominante de una manera que habría sido inimaginable en la era de los periódicos de papel. Como ha escrito Emily Bell, “los medios sociales no solo se han tragado el periodismo, se lo han tragado todo. Se han tragado las campañas políticas, los sistemas bancarios, las historias personales, la industria del ocio, el pequeño comercio, incluso el gobierno y la seguridad”. Bell, directora del Tow Centre for Digital Journalism en la Universidad de Columbia, ha resumido el sísmico impacto de las redes sociales en el periodismo. “Nuestro ecosistema de noticias ha cambiado de una manera más radical en los últimos cinco años —escribió en marzo— que quizá en cualquier otro momento de los últimos 500.” El futuro de la edición se está poniendo “en manos de unos pocos, que ahora controlan el destino de los muchos”. Las empresas de medios han perdido el control sobre la distribución de su periodismo, que para muchos lectores ahora “se filtra a través de logaritmos y plataformas que son opacos e impredecibles”. Esto significa que las compañías propietarias de los redes sociales se han vuelto abrumadoramente poderosas a la hora de determinar lo que leemos y se han vuelto enormemente rentables monetizando el trabajo de otra gente. Como dice Bell: “En este sentido, actualmente hay una concentración de poder mucho mayor que en cualquier momento del pasado.”

Maximizar el tiempo:
Las publicaciones supervisadas por editores han sido sustituidas en muchos casos por un torrente de información escogido por amigos, contactos y familia, procesado por algoritmos secretos. La vieja idea de una web abierta —en la que los hipervínculos de web a web creaban una red de información no jerárquica y descentralizada— ha sido en buena medida suplantada por plataformas diseñadas para maximizar el tiempo que pasas entre sus muros, algunas de las cuales (como Instagram y Snapchat) no permiten vínculos hacia fuera. Mucha gente, de hecho, especialmente los adolescentes, pasan ahora más y más tiempo en aplicaciones de chat cerradas, que permiten a los usuarios crear grupos para compartir mensajes en privado, quizá porque los jóvenes, que son los que más posibilidades tienen de haber sufrido acoso online, buscan espacios sociales protegidos con más cuidado. Pero el espacio cerrado de una aplicación de chat es un silo aún más restrictivo que el jardín amurallado de Facebook u otras redes sociales. Como escribió en el Guardian el iraní Hossein Derakhshan, bloguero pionero que estuvo encarcelado en Teherán durante seis años por su actividad online, la “diversidad que la world wide web había imaginado originalmente” ha sido sustituida por “la centralización de la información” en el interior de unas pocas redes sociales selectas. El resultado está “haciéndonos menos poderosos en relación con el gobierno y las empresas”. Muchos medios se han alejado del interés público para acercarse al equivalente en noticias a la comida basura Por supuesto, Facebook no decide lo que lees, al menos no en el sentido tradicional de tomar decisiones, y no dicta lo que los medios producen. Pero cuando una plataforma se vuelve la fuente dominante para acceder a la información, los medios con frecuencia ajustarán su trabajo a las demandas de ese nuevo medio. (La prueba más visible de la influencia de Facebook en el periodismo es el pánico que acompaña a cualquier cambio en el algoritmo del flujo de noticias que amenace con reducir las visitas que se mandan a los medios.) En los últimos años, muchos medios se han alejado del periodismo de interés público para acercarse al equivalente en noticias a la comida basura, persiguiendo el número de páginas vistas con la vana esperanza de atraer clics y anuncios (o inversión). Pero como sucede con la comida basura, cuando te has atiborrado, te odias a ti mismo. La manifestación más extrema de este fenómeno ha sido la creación de laboratorios de noticias falsas, que atraen tráfico con reportajes falsos, diseñados para parecer noticias de verdad que luego son ampliamente compartidas en las redes sociales. Pero el mismo principio se aplica a noticias que son engañosas o deshonestas por sensacionalistas, aunque no fueran pensadas para engañar: la nueva medida de valor para demasiados medios es la viralidad, en lugar de la verdad o la calidad. Por supuesto, los periodistas se han equivocado en el pasado, por error, por prejuicio, o a veces a propósito. (Freddie Starr probablemente no se comió un hámster.) Así que sería un error pensar que esto es un fenómeno nuevo propio de la era digital. Pero lo que es nuevo y significativo es que hoy los rumores y las mentiras tienen tantos lectores como los hechos irrefutables, y con frecuencia más, porque son más enloquecidos que la realidad y resulta más estimulante compartirlos. El cinismo de esta manera de ver las cosas la expresó nitidamente Neetzan Zimmerman, exempleado de Gawker como especialista en historias virales de elevado tráfico. “Hoy en día no es importante si una noticia es real —dijo en 2014—. Lo único que importa de verdad es si la gente clica.” Los hechos, sugirió, han terminado; son una reliquia de la era de la prensa de papel, cuando los lectores no tenían elección. Y dijo: “Si una persona no comparte una noticia, en esencia es que no es una noticia.” Una nueva forma de consumo La creciente prevalencia de esta manera de ver las cosas indica que estamos en mitad de un cambio fundamental en los valores del periodismo: un cambio en la forma de consumo. En lugar de fortalecer los vínculos sociales o crear una sociedad informada, o la idea de que las noticias son un bien cívico, una necesidad democrática, crea grupitos que difunden falsedades instantáneas que encajan con sus ideas, reforzando mutuamente las creencias, haciendo que cada uno se atrinchere aún más en esas opiniones compartidas, en lugar de en hechos comprobados. Pero el problema es que el modelo de negocio de la mayoría de medios digitales se basa en los clics. Medios de todo el mundo se han dejado llevar por una fiebre de frenéticos anuncios al por mayor para rascar los céntimos de la publicidad digital. (Y no hay mucha publicidad que conseguir: en el primer cuarto de 2016 el 85% de cada dólar gastado en publicidad online en Estados Unidos fue a Google y Facebook. Eso antes iba a los medios.) En el flujo de noticias del móvil todas las noticias parecen lo mismo, procedan de una fuente fiable o no. Y, cada vez más, fuentes que por lo demás son fiables también publican noticias falsas, engañosas o deliberadamente indignantes. “La búsqueda del clic manda, así que las redacciones publicarán acríticamente algunas de las peores cosas que corren por ahí, lo cual da legitimidad a la inmundicia —dijo Brooke Binkowski, editora de la desacreditada web Snopes, en una entrevista con el Guardian en abril—. No todas las redacciones son así, pero muchas lo son.” La nueva medida de valor para demasiados medios es la viralidad, en lugar de la verdad o la calidad Deberíamos tener cuidado de no desdeñar cualquier cosa con un atractivo titular digital como carnaza: los titulares atractivos son buenos si llevan al lector a un periodismo de calidad, sea serio o no. Creo que lo que distingue el buen periodismo del malo es el trabajo: el periodismo que la gente más valora es aquel que muestra que alguien le ha dedicado mucho tiempo, en el que se percibe que el esfuerzo se ha hecho para el lector, sea sobre asuntos grandes o pequeños, importantes o de entretenimiento. Es lo contrario del churnalism2, el reciclaje infinito de las historias de otros para conseguir clics.

Publicidad digital:
El modelo de publicidad digital no discrimina actualmente entre cierto o no cierto, solo entre grande y pequeño. Como afirmó el periodista político estadounidense Dave Weigel a propósito de una historia falsa que se volvió un éxito viral en 2013: “‘Demasiado bueno para comprobarlo’ era una advertencia a los redactores de los periódicos para que no saltaran sobre noticias inmundas. Ahora es un modelo de negocio.” Una industria periodística persiguiendo desesperadamente cada clic barato no parece una industria en posición de fortaleza, y de hecho los medios como negocio tienen problemas. El giro a la publicación digital ha sido un acontecimiento emocionante para el periodismo. Como dije en mi conferencia AN Smith de la Universidad de Melbourne en 2013, titulada “El auge del lector”, ha provocado “un rediseño fundamental de la relación de los periodistas con nuestra audiencia, cómo pensamos en nuestros lectores, la percepción de nuestro papel en la sociedad, nuestro estatus”. Ha significado que hemos encontrado nuestras formas de conseguir noticias —de nuestra audiencia, de los datos, de las redes sociales—. Nos ha dado nuevas maneras de contar historias: con tecnologías interactivas y ahora con la realidad virtual. Nos ha dado nuevas formas de distribuir nuestro periodismo, encontrar nuevos lectores en lugares sorprendentes, y nos ha dado nuevas maneras de conversar con nuestros lectores, abriéndonos a su crítica y el debate. Pero si las posibilidades del periodismo se han visto fortalecidas por las innovaciones tecnológicas de los últimos años, el modelo de negocio está gravemente amenazado, porque no importa cuántos clics obtengas: nunca serán suficientes. Y si cobras a los lectores para que accedan a tu periodismo tienes el gran reto de convencer al consumidor digital, que está acostumbrado a obtener información gratis, de que te pague a ti. En todas partes, los medios están viendo reducidos drásticamente sus ganancias y sus ingresos. Una elocuente ilustración de las nuevas realidades de los medios digitales son los resultados financieros del primer trimestre anunciados por el New York Times y Facebook con solo una semana de diferencia. El New York Times anunció que su beneficio operativo había caído un 13%, hasta los 51,5 millones de dólares; mejor que la mayoría de la industria periodística, pero una caída notable. Facebook, mientras tanto, reveló que sus ingresos netos se habían triplicado en el mismo periodo hasta unos asombrosos 1.510 millones. Durante la década pasada, muchos periodistas han perdido su trabajo. El número de periodistas en Gran Bretaña se redujo en un tercio entre 2001 y 2010; las redacciones se empequeñecieron en Estados Unidos una cantidad similar entre 2006 y 2013. En Australia hubo un recorte del 20% en periodistas solo entre 2012 y 2014. Este año, en el Guardian, anunciamos que teníamos que eliminar 100 puestos de trabajo de periodistas. En marzo, el Independent dejó de existir como periódico en papel. Desde 2005, según una investigación de la Press Gazette, el número de periódicos locales británicos se redujo en 181; de nuevo, no por un problema del periodismo, sino por los problemas para financiarlo. Pero que los periodistas pierdan su trabajo no es solo un problema para los periodistas: tiene un impacto dañino en toda la cultura. Como advirtió el filósofo alemán Jürgen Habermas en 2007: “Cuando la reorganización y el recorte de costes en esta zona básica ponen en peligro las normas periodísticas acostumbradas, golpea con fuerza en el corazón mismo de la esfera pública política. Porque, sin el flujo de información obtenido mediante una amplia investigación, y sin el estímulo de los argumentos basados en una pericia que no es barata, la comunicación pública pierde su vitalidad discursiva. Los medios dejarían entonces de resistirse a las tendencias populistas y podrían dejar de cumplir la función que deben cumplir en el contexto de un estado democrático constitucional.” Quizá entonces la industria periodística debe centrarse en la innovación comercial: cómo rescatar la financiación del periodismo, que es lo que está amenazado. El periodismo ha experimentado una drástica innovación en las dos últimas décadas digitales, pero los modelos de negocio, no. En palabras del colega Mary Hamilton, responsable ejecutiva de Audiencia del Guardian: “Hemos transformado todo lo que concierne al periodismo y no lo suficiente lo que concierne al negocio”. El impacto de la crisis del modelo de negocio en el periodismo consiste en que, al perseguir clics baratos a costa de la precisión y la veracidad, los medios están socavando la razón misma por la que existen: para descubrir cosas y contar la verdad a los lectores, para informar, informar, informar.

Patearse las calles:
Muchas redacciones están en peligro de perder lo que más importa en el periodismo: el duro, valioso, cívico oficio de patearse las calles, filtrar bases de datos, hacer preguntas incómodas para descubrir cosas que alguien no quiere que sepas. El periodismo serio, de interés público, es exigente. Y lo necesitamos más que nunca. Contribuye a hacer que los poderosos sean honestos, ayuda a la gente a comprender el mundo y su lugar en él. Los hechos y la información fiable son esenciales para el funcionamiento de la democracia, y la era digital ha hecho que eso sea aún más evidente. Pero no debemos permitir que el caos del presente proyecte hacia el pasado una luz demasiado favorecedora, como puede verse en la reciente resolución de una tragedia que se convirtió en uno de los momentos más oscuros de la historia del periodismo británico. A finales de abril, una investigación de dos años dictaminó que las 96 personas que murieron en el desastre de Hillsborough de 1989 no habían contribuido a la peligrosa situación que se produjo en el campo de fútbol. El veredicto era la culminación de una infatigable campaña de 27 años por parte de las familias de las víctimas, sobre cuyo caso informó durante dos décadas con gran detalle y sensibilidad el periodista del Guardian David Conn. Su periodismo contribuyó a descubrir la verdad real sobre lo que pasó en Hillsborough y el subsiguiente encubrimiento por parte de la Policía, una ejemplo clásico de un periodista obligando a los poderosos a rendir cuentas en nombre de los menos poderosos. “Hoy en día no es importante si una noticia es real. Lo único que importa es si la gente clica” Las familias habían estado haciendo campaña durante casi tres décadas contra una mentira puesta en circulación por el Sun. El agresivo y derechista director del tabloide, Kelvin MacKenzie, culpó del desastre a los seguidores y sugirió que habían forzado su acceso al campo sin entradas, afirmación que más tarde se reveló como falsa. Según la noticia de Horrie y Chippindale en el Sun, MacKenzie desautorizó a su periodista, puso las palabras “LA VERDAD” en la portada y sostuvo que los seguidores del Liverpool estaban borrachos, que robaron las carteras de las víctimas, que dieron puñetazos y patadas a los policías y orinaron sobre ellos, que gritaron que querían mantener relaciones sexuales con una mujer fallecida. Los seguidores, dijo un “policía de alto rango”, estaban “actuando como animales”. La noticia, escriben Chippindale y Horrie, es una “calumnia clásica”, carente de pruebas atribuibles y que encaja “precisamente con la fórmula de MacKenzie de publicar un prejuicio ignorante a medio cocer y vocearlo por todo el país”. Es difícil imaginar que la tragedia de Hillsborough pudiera suceder hoy: si 96 personas murieran aplastadas delante de 53.000 teléfonos móviles, con fotografías y relatos de testigos en las redes sociales, ¿se habría tardado tanto en saber la verdad? Hoy, la policía —o Kevin MacKenzie— no habría podido mentir tan descaradamente durante tanto tiempo. La verdad es una lucha. Requiere un duro oficio. Pero la lucha merece la pena: los valores periodísticos tradicionales son importantes e importan y merecen ser defendidos. La revolución digital ha significado que los periodistas —en mi opinión, esto es algo bueno— tienen que rendir más cuentas ante su audiencia. Como muestra la historia sobre Hillsborough, los viejos medios eran sin duda capaces de perpetrar aterradoras falsedades que luego costaba años esclarecer. Algunas de las viejas jerarquías han sido socavadas contundentemente, lo que ha llevado a un debate más abierto y a un cambio sustancial en las viejas élites, cuyos intereses con frecuencia dominaban a los medios. Pero la era de la información incansable y constante —y las verdades inciertas— puede ser abrumadora. Vamos en montaña rusa de un escándalo a otro, pero nos olvidamos muy rápidamente: cada tarde vivimos un apocalipsis. Al mismo tiempo, la demolición del paisaje informativo ha desatado nuevas cataratas de racismo y sexismo y nuevas maneras de avergonzar y acosar, dando pie a un mundo en el que prevalecen los argumentos más gritones y burdos. Es una atmósfera que ha demostrado ser particularmente hostil para las mujeres y la gente de color, que ha revelado que las desigualdades físicas se reproducen con demasiada facilidad en los espacios online. El Guardian no es inmune, razón por la cual una de mis primeras iniciativas como directora fue lanzar el proyecto “Web We Want” para combatir una cultura general del insulto online y para preguntar cómo nosotros, como institución, podemos alentar conversaciones mejores y más educadas en la web.

El discurso político:
Por encima de todo, el reto para el periodismo de hoy no es simplemente la innovación tecnológica o la creación de nuevos modelos de negocio. Es establecer el papel que las instituciones periodísticas todavía juegan en el discurso público, que se ha fragmentado de una manera imposible de manejar y se ha desestabilizado radicalmente. Los asombrosos acontecimientos políticos del último año —incluido el voto por el Brexit y la irrupción de Donald Trump como candidato republicano a la Presidencia estadounidense— no son simplemente consecuencias de un resurgente populismo o la revuelta de los que se sienten abandonados por el capitalismo global. Los hechos y la información fiable son esenciales para el funcionamiento de la democracia Como sostuvo en un ensayo el académico Zeynep Tufekci, el auge de Trump es “en realidad un síntoma de la creciente debilidad de los medios de masas, especialmente a la hora de controlar los límites de lo que es aceptable decir”. (Podría decirse algo parecido del Brexit.) “Durante décadas, los periodistas en los grandes medios actuaban como guardianes que juzgaban qué ideas podían discutirse en público y qué era considerado demasiado radical.” La debilitación de estos guardianes es positiva y negativa; hay oportunidades y hay peligros. Como podemos ver en el pasado, los viejos guardianes eran también capaces de infligir grandes daños y eran con frecuencia arrogantes al negarse a dar espacio a argumentos que ellos consideraban fuera del consenso político mayoritario. Pero sin alguna forma de consenso es difícil que se asiente alguna verdad. La decadencia de los guardianes ha dado espacio a Trump para sacar a colación lo que eran temas tabú, como el coste de un régimen de libre comercio global que beneficia a las empresas en lugar de a los trabajadores, un tema que las élites y buena parte de los medios de Estados Unidos han ignorado durante mucho tiempo —con lo cual, obviamente, han permitido que sus indignantes mentiras florezcan—. Cuando el sentimiento predominante es contra las élites y contra la autoridad, la confianza en las grandes instituciones, incluidos los medios, se viene abajo. Creo que merece la pena luchar por una cultura periodística fuerte. También hacerlo por un modelo de negocio que sirva y recompense a los medios que pongan la búsqueda de la verdad en el centro de todo, y construya una sociedad informada y activa que escrute a los poderosos, no un grupito mal informado y reaccionario que ataque a los vulnerables. Los valores tradicionales del periodismo deben ser asumidos y celebrados: investigar, verificar, reunir declaraciones de testigos, hacer el intento serio de descubrir lo que ha sucedido de veras. Tenemos el privilegio de vivir en una era en la que podemos utilizar muchas tecnologías nuevas —y la ayuda de nuestra audiencia— para hacerlo. Pero también debemos combatir los asuntos que apuntalan la cultura digital y darnos cuenta de que el tránsito del papel a los medios digitales nunca ha sido solo una cuestión tecnológica. Debemos también enfrentarnos a las nuevas dinámicas de poder que estos cambios han creado. La tecnología y los medios no existen de manera aislada; contribuyen a dar forma a la sociedad al mismo tiempo que esta les da forma a ellos. Esto significa implicarse con gente en tanto que actores civiles, ciudadanos, iguales. Se trata de hacer que el poder rinda cuentas, luchar por un espacio público y asumir la responsabilidad de crear el mundo en el que queremos vivir. (KATHARINE VINER, 12/08/2016) ahorasemanal.es


Argumentarios:
El despegue de fuerzas políticas organizadas en movimientos asamblearios en España tiene su base en los efectos de la crisis económica, en la falta de expectativas e incluso en la desesperanza de muchos ciudadanos. Pero no es solo la crisis, sino la tremenda desconfianza hacia la política convencional y a sus estructuras de participación y funcionamiento. La política y los políticos se perciben como un problema, los ciudadanos/as no participan en los asuntos públicos, la corrupción parece algo consustancial en las instituciones y, en general, existe una profunda desconexión entre la sociedad y la política, con la pérdida de calidad democrática que ello supone. ¿Dónde hay que buscar la causa de tanta desafección? De entre los múltiples análisis posibles, aquí queremos centrarnos en la comunicación política: el papel de los asesores, las agencias y los equipos que diseñan las estrategias de comunicación que suponen el punto de partida de los mensajes políticos que luego son introducidos en el sistema de medios y sobre el que gira “la realidad informativa” y especulativa. El “argumentario” es el documento que unifica la posición de los partidos ante cualquier asunto estratégico. Su mecanismo de elaboración es muy sencillo: se parte de la realidad, se recorta lo que puede perjudicar, se elimina lo que pueda aprovechar el adversario, se potencia lo que justifica la posición propia y se busca un titular que lo resuma. En definitiva, se transforma una realidad compleja en un conjunto de enunciados sencillos partiendo de presupuestos persuasivos definidos por la organización y superpuestos a la realidad como una capa de interpretación de la misma que pretende sustituirla. Cada organización elabora estos mensajes con un doble fin: homogeneizar su posición (coherencia, credibilidad, evitar ruido) y diferenciarse del adversario (visibilidad, notoriedad, adhesión) y combinan un elemento racional objetivo con una arquitectura fuertemente emocional. Estos contenidos se distribuyen al sistema de portavoces y se proyectan en entrevistas, comparecencias, notas de prensa, tertulias….. Da igual que haya mil canales, porque el mensaje es único y será repetido mil veces. La espectacularización de la política tiene mucho que ver con la estandarización de los contenidos. Esta forma de trabajar tiene una función netamente persuasiva: ya no es sólo dominar la agenda sino que se intenta imponer un marco de interpretación (framing) con el que construir un relato verosímil (storytelling) de la posiciones de la organización. Sin embargo, a lo que nos conduce este modelo es al empobrecimiento de la relación entre la política y los ciudadanos. Cada propuesta es un eslogan y se trabaja para que funcione como una llamada a filas, es decir, simplificando la realidad hasta convertirla en un sistema binario ante el que solo caben la aceptación, el rechazo o la indiferencia. Es más: o se aceptan con entusiasmo o se rechazan con virulencia o provocan un profundo hastío. Y esta parece ser la opción mayoritaria en los últimos años. La gente “pasa”. Los ciudadanos no se identifican con las propuestas de los partidos políticos convencionales debido al extrañamiento de los discursos políticos de la propia realidad, adelgazándola hasta la desfiguración, hasta hacerla irreconocible y, aún peor, increíble. Si en la “dispersión refractiva” la luz blanca atraviesa un prisma y se descompone en toda su gama de colores, aquí la “concentración persuasiva” hace que una realidad llena de matices y colores, atraviese los medios de comunicación y se convierta en un pensamiento único. Un contenido además, que tiene muy pocas posibilidades de alcanzar el fin para el cual fue pensado, ya que sabemos que los ciudadanos se exponen sólo a aquellos mensajes que refuerzan su estilo y forma de vida y en los que pueden ver identificadas sus opiniones. Esta exposición selectiva hace que el efecto persuasivo de los medios (y, por tanto, de la comunicación política y, por tanto, de los medios de comunicación) se limite al refuerzo de los ya convencidos. Así que, paradójicamente, la comunicación de partidos genera esferas de opinión estancas y, entre ellas, un gran espacio de incomunicación y desafecto. Por ello es necesaria una reflexión colectiva que apunte a la complejidad. Debemos añadir capas de inteligencia a la gestión de la comunicación política porque en ella se genera valor para la calidad democrática de nuestra sociedad. Diferenciación de mensajes, enriquecimiento de los contenidos, fórmulas, formatos y espacios en medios que fomenten auténticos debates, asumiendo que la gente puede pensar por si misma y que para ello, un poco de complejidad es recomendable. (Francisco Muñoz, 28/08/2016)


Males del periodismo:
Últimamente leo muchos artículos de periodistas que intentan explicar lo mal que está el periodismo. Algunos, para teorizar sobre los culpables de este mal, mezclan la situación de crisis de algunos medios de comunicación y de sus empresas editoras con la mala praxis de los periodistas. Otros cargan sobre la falta de independencia frente los poderes fácticos que atenazan a la información, a saber: los anunciantes y el poder político. Pocos se atreven a decir, alguno lo hace, que es la gente la que no sabe valorar los contenidos informativos de calidad y estamos cayendo en una sociedad desinformada o informada parcialmente por canales sucedáneos de los medios de comunicación que se encuentran en las redes sociales. A lo mejor los medios y sus periodistas hace tiempo que ya no tienen el monopolio de la información, ni siquiera el de la mejor información. Eso sería un grave problema. Es como si los médicos ya no fuesen los mejores prescriptores de los tratamientos para una enfermedad y nos pusiéramos en manos de charlatanes y curanderos. Algún periodista como es el caso de Manuel Rico (director de Infolibre) se inmola y reparte la culpa entre todos los colectivos, incluidos los lectores, eso sí, de izquierdas: “¿Cómo hemos llegado hasta aquí? -se pregunta analizando el panorama mediático español- pues muy sencillo: somos responsables los editores, directivos de medios y lectores que afirmamos ser de izquierdas, que denunciamos la situación mediática, que nos llenamos la boca con la importancia de la libertad de prensa y que no hemos sabido o querido crear, defender o apoyar medios que reflejen esa visión del mundo (pudiendo hacerlo, claro).” Otros como Miguel Mora de CTXT , nos salvan a los lectores y arremeten contra el establishment de los acomodaticios y endeudados medios y de los nuevos periodistas que han sustituido a los que han sido purgados por incómodos: “Endeudados hasta las cejas y cada vez más alejados de la realidad, muchos de estos medios han otorgado el timón a los periodistas más mediocres y cobardes de sus plantillas, después de desembarazarse de los más incómodos aplicando una reforma laboral bananera. Y hoy aparentan mantener un poder que ya no tienen buscando pinchazos como sea, manipulando noticias y encuestas, emitiendo vídeos de gatitos y masacres, dictando titulares a los reporteros, intoxicando y asustando a las viejas con editoriales indignos de ese género, ocultando en sus portadas informaciones relevantes cuando son incómodas para sus dueños, excluyendo del debate a las firmas más críticas con el sistema, y/o dando voz a prosistas de sonajero y cascabel carentes de conciencia ética y social”. Un gran periodista, Gumersindo Lafuente, aseveraba en su Manifiesto estival sobre el periodismo acomodado que los males no estaban en los soportes sino en el compromiso con la información veraz y libre: “Y ojalá que el oficio periodístico—dice el impulsor de la Fundación PorCausa— se dé cuenta de que su salvación no está en los debates estériles sobre el soporte, las redes o la viralidad. Si no hay rigor, originalidad y compromiso, poco interesante queda por salvar de algo tan bello como el periodismo.” Lo fácil sería concluir que todos tienen razón en los males que asolan a nuestro periodismo y a lo mejor esa es la conclusión a la que llegan ustedes leyéndolos. Estaríamos entonces ante un fallo multiorgánico que los médicos describen como lo más grave a lo que se enfrentan cuando un paciente ingresa en la UCI hospitalaria. Posiblemente en la UCI informativa habría que suministrar un tratamiento de independencia al medio y al periodista para evitar que los poderes fácticos siguieran dañando el corazón del periodismo, también sería necesario oxigenar los pulmones para que entrara aire fresco y eliminara los residuos de contaminación informativa interesada. A lo mejor esto bastaría para salvarse, para sobrevivir, pero no para llevar una vida con normalidad. Para volver a lo que quizá un día fue el periodismo para la sociedad, para interesar a sus ciudadanos y recuperar la credibilidad en los medios y en los periodistas tiene que darse otra condición: el periodismo debe ser capaz de sacudir las conciencias de los ciudadanos. “Si las cosas siguen por este camino—según Monica Bauerlein / Clara Jeffery (Mother Jones)— desaparecerán las noticias que revelen algo sustancial acerca de la manera en que funciona el poder. Hace falta tiempo (mucho más del que se puede justificar económicamente) y estabilidad, hacen falta reporteros y editores seguros de que sus trabajos no desaparecerán si no hay grandes beneficios, o si los poderosos se ofenden. A este tipo de periodismo le mueve un deseo de sacudir las conciencias, no de ser rentable únicamente” . Este puede ser el antídoto definitivo contra los males del periodismo, pero no está al alcance de todos. (José Sanclemente, 07/09/2016)


Distopías:
El creciente descontento con el sistema político español, la percepción de su avanzado estado de deterioro, la comprobación de que falla el mecanismo de control y representación, ha conducido a cierto consenso de que algo huele a podrido… y no precisamente en Dinamarca. La pérdida de credibilidad de la clase política y de las instituciones se extiende también a los medios, generalmente incapaces de ofrecer información y opinión independientes. Pero existe desacuerdo en la causa. Mientras unos cargan la culpa sobre las élites y los grupos de presión por su poder desmesurado, sin límites razonables, por manipular la información, por resistirse a introducir controles y contrapesos, otros atribuyen la responsabilidad al ciudadano común por su pasividad, indolencia, desconocimiento o comodidad, una dejación que permite a los gobernantes actuar a placer y voluntad. ¿Hay que buscar la raíz de estos males arriba o abajo? ¿En la perversión de las instituciones, en la depravación del poder o, por el contrario, en la acentuada desidia de las masas? Quizá no exista respuesta sencilla porque ambos problemas se encuentren interconectados. En Amusing ourselves to death (1985) Neil Postman plantea ingeniosamente esta disyuntiva contraponiendo las dos distopías más geniales del siglo XX: 1984, de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. Ambas describen sistemas totalitarios con un desmedido control político y social, donde no queda rastro de democracia clásica. Pero cada novela señala un camino muy distinto hacia el despotismo. En la distopía orwelliana la opresión es explícita, agobiante y activa. Pero la tiranía huxleyana resulta sutil, imperceptible para mucha gente que se siente feliz, cómoda, encantada con ella. En una, el gobierno prohíbe los libros peligrosos; en la otra no necesita proscribirlos pues a nadie le interesan. En la primera, el poder tergiversa la verdad, controla la información y la ofrece a cuentagotas; en la otra, el torrente de información es tan abrumador que la verdad queda disimulada, disuelta en un océano de noticias irrelevantes. En la sociedad orwelliana la cultura está cautiva, en la huxleyana es simplemente insustancial, frívola y trivial. La tiranía de 1984 es aparentemente más opresiva… pero resulta mucho más fácil de identificar y combatir que la de Un mundo feliz. Siempre habrá personas dispuestas a resistirse a una dictadura represora pero no tantas a un tipo de despotismo paternalista, donde la gente se deleita con diversiones banales mientras se desentiende de los problemas reales. Suele rebelarse antes el oprimido que el narcotizado. Alexis de Tocqueville anticipó hace casi dos siglos este peligro: “Trato de imaginar nuevos rasgos con los que el despotismo puede aparecer en el mundo. Veo una multitud de hombres dando vueltas constantemente en busca de placeres mezquinos y banales con que saciar su alma. Cada uno de ellos, encerrado en sí mismo, es inconsciente del destino del resto. Sobre esta humanidad se cierne un inmenso poder, absoluto, responsable de asegurar el disfrute. Esta autoridad se parece en muchos rasgos a la paterna pero, en lugar de preparar para la madurez, trata de mantener al ciudadano en una infancia perpetua”. El devastador efecto de la televisión Postman afirmaba que el mundo occidental había evolucionado con las pautas de Huxley, no con las de Orwell. Pensaba que los cambios en la tecnología de la información, especialmente la televisión, habían generado una sociedad de banalidad y diversión, que rechaza el pensamiento y se infantiliza a pasos agigantados. La tele no requiere formación, capacidad comprensiva o lectora ni pensamiento crítico. Y ofrece noticias sin contexto, seriedad ni valor. No hay conceptos, sólo variedad, novedad, acción y movimiento; puro placer y entretenimiento. La pequeña pantalla anula los conceptos, las ideas, atrofia la capacidad de abstracción y anquilosa el entendimiento, sustituyendo el conocimiento profundo por una visión superficial. Por ello, los televidentes estarían muy entretenidos pero pésimamente informado, aunque crean justo lo contrario gracias a esa falsa sensación de conocimiento que ofrece la pantalla. Pocas cosas resultan más correosas, más difíciles de combatir que la ignorancia disfrazada de sabiduría, ese panem et circenses para unas masas embrutecidas que se creen Cicerón. La tele no prohíbe los libros; simplemente los desplaza por la ley del mínimo esfuerzo. Para Postman, no es que los dirigentes engañen ahora mejor que antes; es la sociedad la que ha perdido la capacidad de detectar la mentira. Centrándonos en la sociedad española, Postman acertaría, en parte, a juzgar por esa apoteosis de vulgaridad que se ha contagiado incluso a buena parte de la prensa seria. Algunos medios escritos imitan a ciertos programas televisivos promocionando el cotilleo más obsceno, el chascarrillo, el escándalo, el sensacionalismo, esas noticias que hacen las delicias del público con mentalidad adolescente. Se percibe una fuerte deriva hacia el puro entretenimiento, la mera diversión, en detrimento de la información y análisis rigurosos. Lo que vino a llamarse la preponderancia de ubres y glúteos sobre la opinión razonada. Pero existen otros elementos más en la línea de 1984, como el control que ejercen los partidos sobre los medios para manipular la información, sea de forma directa o a través de la publicidad de grandes empresas en connivencia con los gobernantes. O los malsanos vínculos que parte del periodismo mantiene con el poder político y económico, unas relaciones basadas en intercambio de favores, corrupción, utilización de la información como moneda de cambio para obtener ventajas, prebendas o subvenciones. También es orwelliana la asfixiante opresión de la corrección política, creadora de una absurda neolengua, que condena a los transgresores a la marginación, el vilipendio o el ninguneo. Aceptémoslo, nuestro sistema posee bastantes elementos huxleyanos y unos cuantos orwellianos. Pero también algunos espacios de libertad… para quien tenga los arrestos de ejercerla. (Juan Manuel Blanco, 14/09/2016)


Discriminar:
¿Están las nuevas tecnologías contribuyendo a una noción de realidad desvinculada de los hechos? La misma duda se repite últimamente en varios frentes intelectuales: los libros más recientes de Nicholas Carr, otro de Wendy Hui Kyong Chun, Updating to Remain the Same; un rotundo editorial de Katharine Viner, la nueva directora de The Guardian; un artículo notable de Peter Pomerantsev publicado en Granta, y citado hace poco por Arcadi Espada, quien lleva tiempo lidiando con estos asuntos y sus implicaciones para el periodismo… Del incremento en la escala de los cambios de sensibilidad, representado por la llamada “revolución digital”, hemos pasado al debilitamiento de esa “realidad” que circula en las redes sociales o incluso, un paso más allá, a nuestra indiferencia por la “verdad” de esos “hechos”, más o menos noticiosos. En esta era de alucinaciones masivas e incredulidad, el periodismo deambula como un fantasma. Veinticinco años han bastado para que la idea de Internet como plataforma abierta y antijerárquica, con información de primera mano, parezca derrotada por el impulso avasallador de los social media: corrales —más que redes— sociales, donde la muchedumbre pone a prueba algoritmos que reafirman sus previos puntos de vista; estancos dominados por grandes empresas mediadoras que expresan un nuevo nivel de concentración de poder e intrusismo al lucrar con una privacidad que cada vez interesa menos a la mayoría de los usuarios. No pocos análisis recientes revelan un retroceso del espíritu libertario que animó la fundación de una “red de redes”, arrinconado hoy en la marginalidad o convertido en inspiración de ficciones conspiratorias. (Novelas como Al límite de Thomas Pynchon, Satin Island de Tom McCarthy o El círculo de Dave Eggers serían buenos ejemplos de estas satíricas barricadas literarias contra el “rebaño digital” del que hablaba Jason Leinier). En su ensayo, Pomerantsev describe un complejo escenario de tecno-fantasías alimentadas por una atmósfera de incertidumbre económica y social que contribuye a que el público consuma por igual la información real y los pseudohechos disfrazados de noticia: “Si todos los hechos coinciden en decir que uno no tiene ningún futuro económico, entonces ¿para qué quiere nadie saber nada de los hechos? La falta de una idea de futuro, pero también una comprensión simplista del pasado en forma de vagas nostalgias y sueños de grandeza perdida, han contribuido a debilitar el estatuto del presente”. Otra causa de esta erosión del estatuto factual de la realidad noticiosa podría ser el cambio de nuestra idea del sujeto. Nuestra tradición delimitó la frontera de “lo interior” como territorio significativo: descifrar la verdad era indagar en lo “interno”. Conocer era analizar lo real y profundizar en nosotros mismos. En cambio, en la era del selfie ese “nosotros mismos” es cada vez menos “privado” y más abierto, inmediato y expuesto. Ha cambiado el carácter y la definición de lo humano, concebido menos como “interioridad” que como un “mundo público”, visible y realizado en autoficciones, prótesis y sucedáneos. La crisis paralela de un modelo de continuidad temporal y de un sujeto estructurado no es, sin embargo, resultado directo de la tecnología o del avance científico de esta última década, sino de una vocación ideológica anterior. Como bien recuerda Pomerantsev, esta equiparación entre la verdad y la falsedad “procede (y se beneficia) de un relativismo y de un tardío postmodernismo de lo más invasivo, que, en los últimos treinta años, ha saltado del mundo académico al de los medios de comunicación y a todos los demás ámbitos. Esta escuela de pensamiento ha hecho suya la máxima de Nietzsche según la cual no hay hechos sino sólo interpretaciones: cada versión de los hechos no sería más que un relato en el que las mentiras pueden quedar justificadas como ‘un punto de vista alternativo’ o ‘una opinión’ ya que ‘todo es relativo’ y ‘cada uno tiene su propia verdad’ (y en Internet realmente eso es así)”. Fue Thomas Pynchon quien, en su célebre novela El arco iris de gravedad, enunció de forma irónica este carácter indisoluble de la crisis del yo y de nuestra idea del tiempo bajo la forma de la Ley bautizada con el nombre de uno de sus personajes, un ingeniero llamado Kurt Mondaugen: “La densidad personal —dice la Ley de Mondaugen— es directamente proporcional al ancho de banda temporal”, entendiendo por ancho de banda temporal la amplitud de tu presente, tu ahora. Mientras más habites en el pasado y el futuro, y más amplio sea tu ancho de banda, más sólida será tu persona. Pero mientras más estrecho sea tu sentido del Ahora, más tenue serás”. No es posible reducir nuestro doble compromiso con el pasado y el futuro sin disminuirnos también a nosotros mismos, sin volvernos más tenues, como le sucede al personaje de Pynchon. Pero esta suerte de existencialismo pop, puede leerse también como una irónica moraleja para nuestra era de información constante e indiscriminada. El incremento del flujo informativo ayuda al desarrollo de la personalidad, pero sólo hasta cierto punto. Llegados a cierto nivel, este efecto se invierte. Estamos tan abrumados por la necesidad autogratificante de comunicar que ya no hay tiempo para la síntesis o la consolidación que implica el conocimiento verdadero. Se necesita tiempo para discriminar lo factual de las ficciones. En este punto, la densidad personal o consistencia interior se vuelve inversamente proporcional a la cantidad de información que podemos procesar. La única manera de hacer frente a la expansión del “ancho de banda” informativo es constreñir su espectro temporal, estrechar ese ahora que asegura nuestro umbral de conocimiento. Los periódicos trabajan con ese frágil ahora. Han acabado por ceder ante las redes sociales porque buscan sustituir su antiguo modelo de negocio por uno basado en clics y shares. Su antiguo privilegio factual ha sido comprometido por la supervivencia en un mundo donde la noticia es “aquello que se comparte de inmediato” y los hechos se sustituyen con opiniones prêt-à-porter. Convertido así en un fantasma que engulle todo lo que nos rodea, el periodismo es como la criatura Sin Cara que aparece en la maravillosa película de animación de Hayao Miyazaki, El viaje de Chihiro, y que recuerda al “fantasma hambriento” de las reencarnaciones budistas: al adoptar la forma cambiante de aquello que ingiere, no sólo sufre él mismo sino que debilita y altera la consistencia de toda la realidad. (Ernesto Hernández Busto, 14/10/2016)


Discurso burdo:
Las elecciones se ganan o se pierden. Lo que importa es qué viene detrás de una victoria y quién la va a administrar. La posibilidad de que Donald Trump sea presidente de Estados Unidos dentro de una semana desafiaría la ley de la gravedad política si se tiene en cuenta que prácticamente todos los diarios, las televisiones, premios Nobel de Economía, académicos y también numerosos republicanos de referencia han rechazado categóricamente que este multimillonario arrogante y mentiroso se convierta en el próximo presidente. Las ideas simples, el populismo y la xenofobia son los ingredientes de una nueva ideología vacía de contenido que se abre paso entre multitudes en esta época de la posverdad. No es un fenómeno pasajero ni banal. La sociedad sin ley se considera, a partir de ciertas circunstancias, capaz de tratar de igual a igual a la sociedad construida sobre leyes democráticas que pueden ser imperfectas pero siempre se pueden cambiar en el ámbito de los debates que preceden a las elecciones y acaban en las urnas. Las corrientes de fondo que circulan por las sociedades occidentales no cambiarán por la victoria de unos o de otros. Seguirá recurriéndose al engaño y a la simulación. La racionalidad se ha aparcado y por las redes sociales circulan las emociones, las ilusiones, los odios y las intransigencias. La verdad o la verosimilitud están en segundo término y lo que importa es el impacto, el eslogan, el pensamiento precario y la mentira cuando sea preciso. Es paradójico que la época de más avances de todo tipo, de más progreso, de más creación de riqueza global, sea también la de más pobreza de pensamiento crítico, de aburguesamiento intelectual y de seguimiento adocenado de consignas y propaganda servidos en smartphones con la última de las novedades tecnológicas. La mediocridad de los debates responde a la simplicidad de los mensajes. Un insulto ingenioso, breve y rotundo puede divertir a quienes se pueden creer beneficiados. Pero no hace ninguna gracia y es una estupidez que deteriora seriamente la convivencia y los valores democráticos. No sé si es una actitud primaria, fruto de la ignorancia, o responde a una estrategia para levantar muros y fronteras, para desprestigiar al adversario y cerrar el paso al diferente que no piensa igual que nosotros y al que hay que mantener en un lazareto. Los discursos políticos que vienen cargados de ignorancia nos acercan a la barbarie de los tiempos oscuros. Unas elecciones no resuelven las divisiones irreconciliables que se dibujan en las sociedades democráticas. Lo hemos visto con el Brexit y lo comprobamos en la fase final de las elecciones norteamericanas. Los intereses individuales prevalecen en muchos países europeos sobre los proyectos colectivos que han traído el periodo más intenso de progreso en Europa. (Lluís Foix, 03/11/2016)


Trumpazo:
Cualquiera con una cuenta de Twitter activa habrá tenido ocasión de comprobar o sufrir una de las conductas más grotescas que se practican en esta red social: el acoso por parte de tuiteros furibundos que tildan de ágrafo e indocumentado a cualquiera que mantenga una opinión distinta de la suya. Si hay algo que simboliza el abismo generacional que acompaña a la globalización es esta letanía de que en el siglo XXI -el más alfabetizado y menos pobre de la historia de la humanidad- ya no se leen libros como en los viejos tiempos. Este fenómeno no solo sucede en España y en el resto de Europa, sino también en Estados Unidos, donde el eslogan electoral de Donald Trump 'Make America Great Again' (Logremos que América recupere su grandeza) se ha pretendido refutar con el sarcástico contra-eslogan 'Make America Read Again' (Logremos que América vuelva a leer como antes). En la llamada 'Era de la Información' las generaciones audiovisuales -numerosas, pues incluyen a los nacidos a partir la década de 1970- parecen haber dado la espalda a la prosa, decantándose por la imagen o el microtexto (el tuit, el eslogan publicitario, la cita breve) como elemento central de las plataformas que usan para informarse. Esta preferencia por los formatos culturales/informativos breves no es solo propia de Occidente, sino que la comparten las nuevas generaciones del mundo entero. Un síntoma de la tardía aceptación de los nuevos formatos culturales por parte del establishment europeo ha sido el Premio Nobel de Literatura al cantautor estadounidense Bob Dylan. Como algunos veníamos escribiendo desde hace años, el pop no solo es un colosal contenedor cultural, sino que la música pop es el lugar donde se halla buena parte de la mejor poesía del siglo XX. La globalización entendida como un proceso de democratización mundial implica que hoy son las masas ciudadanas con sus Smartphones y sus ordenadores personales, -no las élites intelectuales con su altivo ¡Vete a leer!-, quienes deciden qué cultura prefieren, ergo cuál es la cultura que se va a consumir mayoritariamente durante las siguientes décadas. Como ha sucedido con Dylan, la divulgación masiva de su música coexiste con la calidad poética indudable de sus letras. Dos grandes víctimas de la revolución informática son la industria editorial y el periodismo clásico. Mientras la industria del libro renquea, el Slow Journalism propugna un regreso a los orígenes con textos más largos y más especializados. (¿Luchar contra la preponderancia de la imagen con una doble ración de palabras no es una batalla perdida de antemano?) Pero existe un tercer sector que ha quedado muy tocado: el académico. Mientras los politólogos estadounidenses se lamen las heridas y comienzan a analizar sus errores, algunos periodistas como el británico Michael Deacon han detectado que el Brexit y el Trumpazo no albergan un resentimiento contra las clases altas -como pudiera parecer por el sesgo antisistema de ambas campañas-, sino un marcado resentimiento contra las élites intelectuales. 'Creo que este país está muy harto de expertos', decía el euroescéptico británico Michael Gove este verano. Al democratizar el acceso a la información, la revolución tecnológica ha desenmascarado la pedantería como burda artimaña del intelectual de antaño, cuyo lenguaje impenetrable servía para amedrentar al lector y, con frecuencia, para enmascarar la ignorancia propia. Orwell atinó -también en esto- al exigir una prosa transparente como el cristal de una ventana. Hoy día, cuando todo el conocimiento humano se puede encontrar prácticamente gratis en Internet, un lenguaje claro es el primer filtro que sirve al lector para discriminar en su elección. Donald Trump no produce envidia por su riqueza -el arribismo le galvaniza contra la pertenencia a una saga económica- y en cambio se le admira por no formar parte de una élite cada vez más aborrecida: la intelligentsia. Trump ha intuido que la nueva política no implica una renovación de los partidos tradicionales, sino una personalización en la que el candidato es el mensaje, en una moderna vuelta de tuerca de Marshall McLuhan. El lenguaje trumpés -llano, reiterativo, identificable y cuajado de giros coloquiales- es una de las armas más poderosas del recién elegido presidente estadounidense. Y le separa tajantemente de la antaño poderosa élite intelectual, que la globalización va convirtiendo en una especie en peligro de extinción. (Gabriela Bustelo, 26/11/2016)


Webs de noticias macedonias:
Veles, Macedonia, seguramente no figura en ningún mapa de centros de opinión internacionales. Su página de Wikipedia en inglés parece sacada de una parodia de guía de viaje por Europa del este; es la pura definición de ninguna parte. Esta ciudad pequeñita en un rincón olvidado de los Balcanes, sin embargo, tiene la distinción de albergar un auténtico imperio mediático en internet, siendo como es la sede de más de 100 medios de comunicación en inglés. La historia, explicada con detalle en este artículo en Buzzfeed, tiene su miga. A principios de año, durante la interminable campaña de primarias republicana, un grupo de adolescentes de Veles se percató de que las bases conservadoras americanas tienen un apetito insaciable de noticias políticas. Estados Unidos tiene un ecosistema vibrante de medios de comunicación de derechas que van desde revistas medio serias, como National Review, a pozos de teorías de conspiración delirantes como Infowars. Por cada página más o menos en contacto con la realidad como Daily Caller, hay un albergue de parafascistas como Breitbart, y todas parecen tener su público. Los emprendedores macedonios, aparte de ver un mercado con amplia demanda, también se dieron cuenta que muchos de los medios conservadores no se caracterizan por ser especialmente precisos con la realidad. Es un ecosistema que ha sido capaz de tirarse años autoconvenciéndose de que los Clinton ocultan algún secreto horrible, a pesar de nunca haber encontrado nada. Al fin y al cabo, a la audiencia no parece importarle demasiado. La gran innovación de los chicos de Veles fue entrar en este mercado con una ventaja competitiva importante: en vez de tener periodistas en plantilla, los tipos directamente se inventan las noticias y listos, buscando titulares escandalosos para conseguir tanta difusión como sea posible. Esta constelación de webs de política-ficción macedonias como BVANews.com, ConservativeState.com o TheRightist.com basan todo su modelo de negocio en conseguir que sus “noticias” sean compartidas en las redes sociales. Cuando entras en Facebook, lo que ves en el muro es fruto de una serie de algoritmos complejos que intentan mostrarte actualizaciones, fotos, enlaces y contenidos que van a parecerte interesantes. Cada persona ve contenidos completamente distintos; Facebook tiene un montón de información sobre qué miras y qué dejas pasar de largo cuando visitas su página, así que la selección que ofrece es muy efectiva. Las bases del partido republicano, como hemos comentado, son extraordinariamente propensas a leer muchísima información política en internet, y visitan y comparten enlaces con entusiasmo. Eso las hace un objetivo perfecto para bombardearlas con toda clase de noticias fantasiosas sobre Hillary Clinton y la campaña electoral (el Papa apoya a Trump, Hillary vende armas a ISIS y derivados), y ganar 3.000 o 4.000 dólares en publicidad cuando un artículo se hace viral. Este verano, antes de leer sobre Veles, me preguntaba cómo de habitual era que esto sucediera. Había empezado a ocultar Facebook a mis familiares y conocidos republicanos, un poco harto de ver enlaces a teorías conspirativas sobre los Clinton. Sabía del amplio ecosistema mediático conservador americano, ya que lo leo con entusiasmo, pero tantos medios con tantas noticias absurdas me parecían casi demasiado. Lo que no sabía es si todos esos artículos sobre un agente del FBI que investigaba a Clinton había sido asesinado tenían audiencia o no. Buzzfeed, de nuevo, ha mirado los números, y los resultados son bastante descorazonadores. Entre el mes de agosto y el día de las elecciones, las 20 noticias que más reacciones han generado en Facebook producidas por medios tradicionales (me gusta, compartir, visitas) sumaban 7,3 millones de reacciones. La historia más compartida es del Washington Post, repasando casos de corrupción de Trump. En el mismo periodo de tiempo, el total de reacciones generadas por páginas de noticias falsas sumaban 8,7 millones, siendo un post de Endingthefed.com sobre el Papa apoyando a Trump la noticia más popular. Claramente, el cártel macedonio de noticias tiene público y audiencia. Esto es un problema por varios motivos. Primero, la propensión a consumir noticias ficticias parece estar, al menos en Estados Unidos, desproporcionadamente concentrada entre votantes de derechas. Hemos tenido una campaña presidencial muy extraña, con el candidato republicano mintiendo constantemente. Si un porcentaje considerable de sus votantes están informándose sólo a través de Facebook y páginas webs de fantasía, esto no es una gran noticia para el debate democrático. Segundo, Facebook se está convirtiendo en el mayor agregador de noticias políticas en internet para muchísimos votantes. Hace unos meses Emily Belldescribía cómo Facebook se estaba tragando el periodismo. Los lectores llegan a las noticias cada vez más a menudo tras navegar un muro lleno de fotos de gatitos, contenido pagado, artículos de medios contrastados e historias ficticias que un algoritmo sin demasiado criterio ha decidido hacer viral. Es una caja de resonancia de noticias sólo seleccionadas para gustarte, no un portal de información. Tercero, y más importante, como consumidores parecemos ser crónicamente incapaces de discernir qué contenidos son ciertos y cuáles no. Sam Wineburg, de Stanford, acaba de completar un estudio con más de 7.800 adolescentes para ver si eran capaces de distinguir si una noticia era falsa. Un desalentador 80% de la muestra no sabía cómo determinarlo. Sabemos, y hay una amplia literatura al respecto, que los votantes tienden a interpretar noticias, artículos y eventos según un prisma ideológico; instintivamente creemos que las noticias que nos dan la razón son ciertas y las que nos contradicen son falsas. Si ahora vivimos en un mundo donde las noticias que recibimos en una caja de resonancia de nuestras propias convicciones como son las redes sociales, sin filtro alguno sobre qué es realidad y qué es ficción, lo de tener votantes informados va a ser una quimera. De momento, es todavía temprano para saber si esta clase de dinámicas en los medios y redes sociales ha sido un elemento marginal en campañas electorales recientes o si estamos ante un cambio real en el debate político que contribuye a la polarización. Facebook parece ser de la opinión que hay algo que no funciona en cómo difunden noticias y está estudiando cómo resolverlo. Aun así, este es un tema al que habría que prestarle atención, y más viendo lo que hemos visto este año a ambos lados del Atlántico. La gran ironía, por cierto, es que hace unos meses los medios conservadores americanos acusaban a Facebook de intentar esconder las noticias que ellos publicaban. Quizás no eran del todo conscientes sobre quién les estaba quitando tráfico. (Roger Senserrich, 26/11/2016)


Posverdad:
Cuando Eric Alterman y David Roberts aplicaron el término posverdad (R. Keyes 2004) al discurso político, se referían a los actos de manipulación por parte de los representantes políticos, quienes, sin ningún escrúpulo, mentían para conseguir sus objetivos. La invención de la existencia de armas químicas en Iraq o la negación del cambio climático eran claros ejemplos de posverdades. En su origen, por tanto, el término apareció como eufemismo. Concebida de este modo, como disfraz de la mentira, la posverdad aludía a una realidad discursiva tan antigua como la Retórica clásica. Efectivamente, desde que aparece la Retórica en el siglo V a.C., la verdad fue desplazada por la verosimilitud, auténtico objetivo del discurso político, pues la finalidad de la retórica política es el poder, para cuya conquista pueden ser más eficaces las falacias que los silogismos (Gallardo-Paúls y Enguix Oliver) Como es sabido, la política es una realidad mediática (que conocemos a través de los medios) y mediatizada (condicionada por ellos), hecho que condiciona su inmersión en una lógica comercial (P. Charaudeau): como trata de dirigirse a un blanco constituido por la mayor cantidad posible de receptores, debe formular lo que se denomina una “hipótesis baja” sobre el grado de saber de este; como consecuencia, buscará conmover emocionalmente al destinatario con un discurso muy simple que, a ser posible, active primitivas estructuras mentales (G. Lakoff) que refuerzan la identificación, el sentido de pertenencia. De ahí que, con mucha frecuencia, el discurso político abandone el plano argumentativo, las pruebas racionales y la descripción objetiva de los hechos para vestirse de relato. Entonces ya no se rige por las reglas de la lógica, presentación de datos-pruebas, y verificación mediante el contraste con la realidad, sino que se conforma según las pautas del relato de ficción, donde la exigencia de verdad ha sido sustituida por cierta coherencia interna que hace creíbles, una vez situados en el plano de lo ficticio, la acción y la propia creación de los personajes. En esta labor de narrativización juegan un papel muy importante todo tipo de recursos retóricos, como la metáfora, la metonimia o la hipérbole. De hecho, el discurso político es, en sí mismo, una gran operación metonímica en la medida en que los medios seleccionan (Teoría de la agenda-setting) aquellas zonas de la realidad que desean iluminar y ocultan el resto. Hipérboles, metáforas, metonimias contribuyen a la configuración de ese mundo intermedio o pseudorrealidad mediática donde vivimos. Aceptada la mentira como herramienta discursiva con una finalidad persuasiva (G. Lakoff), puede ocurrir que el divorcio entre el discurso de los políticos y lo que ocurre en la vida real de los ciudadanos sea tan radical que conduzca a su “desarticulación” o “dislocación” (E. Laclau y Ch. Mouffe), a una desconcertante “espiral del cinismo” (J. N. Capella y K. Jamieson), que despierta la desconfianza y el distanciamiento. Todos somos testigos recientes de cómo la verdad es sustituida por secuencias narrativas (verdaderas “retahílas” que venden humo, intrigas dosificadas en serie, con los correspondientes recuerdos de capítulos anteriores) donde casi todo vale, incluida la mentira en todas sus manifestaciones: la contradicción entre las palabras y los hechos, o entre enunciados presentes y otros anteriores; la falta de verdadera intencionalidad en los compromisos; la oscuridad o el silencio (cfr. “La espiral del cinismo”, Público 20 / 03 / 2016) Hace ya, pues, muchos siglos que la mentira, en todas sus formas, es parte constitutiva del discurso político. Entonces… ¿qué hueco expresivo viene a cubrir la palabra posverdad? Si el eufemismo puede explicar el nacimiento del término, cabe preguntarse por las causas recientes de su recuperación después de 12 años de vida silenciosa. La conmoción social producida por la victoria de Trump o el Brexit han encontrado en el término, elegido como palabra del año por el Diccionario de Oxford, una expresión capaz de dar cuenta de las “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Parece interesante analizar si en el uso actual de la expresión se ha producido algún desplazamiento semántico con respecto a su valor original. En principio, la mayoría de los artículos de prensa sobre el tema justifican la necesidad de recuperar el neologismo por la gran diferencia cuantitativa que se observa en nuestra época con respecto a otras anteriores en el uso de la mentira. De hecho, se ha convertido en lugar común hablar de época de la posverdad. No parece creíble, sin embargo, que los políticos de hoy mientan más que sus antecesores. La clave no parece estar en una sorprendente mutación de la naturaleza humana, sino más bien en los medios tecnológicos que tenemos a nuestro alcance. En este sentido, hoy el término aparece invariablemente asociado al uso de las redes sociales, que tienen la potencialidad de amplificar y expandir al infinito una noticia cualquiera gracias a la utilización de un criterio algorítmico en la selección, y como consecuencia de un ritmo tan vertiginoso en la producción que hace imposible su verificación. Viendo las cosas con más detalle, se observa que los cambios en la designación no son solo cuantitativos. Para empezar, a diferencia de la definición original, que ponía el foco en el carácter del discurso (verdadero / falso) y en los sujetos que lo producían (la Administración Bush, los políticos que negaban el cambio climático), la de Oxford centra la atención en los receptores, esa opinión pública movida más por las emociones y creencias que por las razones. Ahora no se destaca el acto de la mentira en sí misma, sino la actitud de la población, para quien la verdad habría dejado de ser algo relevante, comportándose al modo del “electorado fascinado” de U. Eco, que no solo admite el engaño como parte natural de la política, sino que además parece aceptarlo gustosamente. En nuestra opinión, esta teoría del “receptor cínico” proyecta el cinismo de los representantes a los representados, pues la falta de interés por los aspectos racionales y objetivos del discurso puede explicarse por otros factores, entre ellos, la citada espiral del cinismo, que ha generado desconfianza, indiferencia y apatía en la población. Desprovisto el discurso político de todo apoyo argumentativo y desarraigado de lo real, no es nada extraño que la intención de voto se vea determinada por motivaciones irracionales: “Las creencias no necesitan ser coherentes para ser creíbles” (Bauman) Por otra parte, la gran cantidad de publicaciones sobre el tema, que se han sucedido justo tras la victoria de Trump, revelan un cambio en la naturaleza del sujeto “posverdadero”, esto es, en el agente de la mentira. En principio, el término se refería al discurso elaborado por los medios de comunicación del sistema, que difundían las consignas del poder (E. Alterman). “La diferencia ahora consiste en que el Diccionario Oxford no sitúa la posverdad como un arma a disposición de la clase política dominante, sino como un poderosísimo y descontrolado recurso de los súbditos” (R. Amón, El País, 17 / 11 / 2016) A estas alturas, se diría que el tema en cuestión no tiene que ver con la reivindicación de la verdad, sino más bien con el monopolio de la mentira. Efectivamente, si leemos con detalle las publicaciones, observamos que la alarma social que lleva al reconocimiento del neologismo nada tiene que ver con el hecho mismo de mentir o con el aumento escandaloso de las mentiras, sino con la naturaleza del actual sujeto de la posverdad, las redes sociales: “… en el pasado las grandes mentiras eran una construcción nacional que sólo podían ser creadas por los aparatos de propaganda estatales. Mientras que la actual fragmentación de las fuentes de información, especialmente las promovidas por las redes sociales, permite mentir en gran escala a provocadores, agitadores, mercenarios y activistas…” (J. Fontevecchia, Perfil, 25 / 09 / 2016). Es sabido que las redes sociales suponen un enorme apoyo, pero también una gran amenaza para los medios tradicionales, los cuales han perdido la exclusividad como fuentes primarias de información. Internet supone la transformación de las relaciones de poder (Gallardo-Paúls y Enguix Oliver), la instauración de una nueva lógica política (Innerarity). Las redes establecen marcos de debate, y, en esta medida, intervienen también en el establecimiento de la agenda, y, frente a los medios tradicionales, ofrecen inmediatez, rapidez y acceso directo a los datos, desintermediación. Todo esto supone la alteración del sistema comunicativo, y, en definitiva, del control discursivo que permite el acceso al poder. Ciertamente, puede afirmarse que los medios han perdido gran parte del poder de distribuir sus noticias. Doce años después de su creación, Facebook, con 1.800 millones de usuarios y unas ventas publicitarias de 27.000 millones de dólares al año, puede considerarse como el medio de información por excelencia del planeta, y, en principio, no dispone de límites o regulaciones externas. La posverdad renace justo en el momento en que las redes se van consolidando cada vez más como actores políticos que producen información, generan debate social y logran movilizar a la población de forma imprevisible. Ante tal subversión en el mundo de la comunicación, los medios tradicionales han actuado culpando a Facebook del triunfo de Trump, lo cual supone una sobrevaloración del poder de las redes y una minusvaloración de la libertad y capacidad de reflexión del electorado. ¿De verdad puede afirmarse que el triunfo de Trump se debe simplemente a la difusión de mentiras por Facebook? Causas más profundas, como la gran crisis económica y social que afecta al país, la tasa creciente de paro por la destrucción del tejido industrial o la precarización de la vida en todos los niveles han podido condicionar un voto “antisistema”, una reacción negativa contra lo establecido. No obstante, ante la presión del grupo dominante que ostenta el poder, Zuckerberg ha anunciado un plan de siete puntos contra las noticias falsas en Facebook (R. Jiménez Cano, El País, 21 / 11 / 2016) en el que se contempla la actuación de grupos humanos externos (especialmente procedentes de los medios de comunicación tradicionales) que intervendrían en la selección y verificación de las noticias. Nada se dice, sin embargo, acerca de los criterios que se utilizarán para determinar el carácter verdadero o falso de un texto. Hay quien ha propuesto incorporar a sus algoritmos “excepciones para medios que invierten en información, son sometidos a controles de calidad y rinden cuentas” (D. Alandete, El País, 27 / 11 / 2016). En el fondo, “se trata de corregir el rumbo de la promoción de noticias” (R. Jiménez Cano, El País, 16 / 11 / 2016), esto es, de seguir monopolizando la selección de temas y su enfoque discursivo. Lógicamente, quienes defienden la existencia de una época de la posverdad presuponen una anterior en la que lo objetivo, lo racional y la verdad eran criterios dominantes. El término, claramente valorativo, opone una hipotética Edad de la luz, ya agotada, frente a la actual Edad Oscura. En este sentido, la necesidad de recuperar el concepto no tiene que ver tanto con el deseo de reivindicar la verdad como con la frustración de ciertas expectativas: “el Brexit o la victoria de Donald Trump constituyen dos posverdades en la medida en que “una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional…” (R. Amón, El País, 17 / 11 / 2016) A la vista de todo esto, se diría que la actual cruzada por “la verdad” de los medios tradicionales esconde el intento desesperado de mantener el control de la información y la continuidad en el poder. Tampoco esto es nada nuevo. En la base de toda esta teorización late la imagen de un electorado primitivo, nada reflexivo, apático y fácilmente manipulable que se mueve ligero por las redes sociales sin la necesidad de depender de la intermediación del periodismo profesional para comunicarse con la sociedad. La palabra posverdad da forma al temor por la falta de intermediación, que puede dejar las decisiones políticas relevantes al “errático e histérico humor de las masas que hasta hoy creen controlar” (J. Fontevecchia, Perfil, 25 / 09 / 2016). No hablamos de la verdad, sino del monopolio en la distribución de la información, de límites a la libertad de expresión y comunicación. Del mismo modo, la permanente descalificación de lo emocional, que sirve de base al ataque contra el populismo y a las iniciativas plebiscitarias, no deja de ser una coartada para la censura. Los espectaculares avances de la neuropsicología no nos permiten ya hoy mantener la dicotomía razón / emoción, ideas / sentimientos. Ya lo decía Gabriel Miró, “Nadie burle de estas realidades de nuestras sensaciones donde reside casi toda la verdad de nuestra vida”. (María Márquez Guerrero, 12/12/2016)


Ejemplo de Orwell:
Leo la enésima admonición dirigida a los periodistas, en esta ocasión con metáfora incluida y expuesta por Reyhan Harmanci, directora de First Look Media: "Además de observar los incendios y de informar sobre ellos, los periodistas deberán ayudar a apagarlos... No basta con ser testigos". No sé si llamarlo un viejo debate o una sobada martingala. La profesión vive desde hace una década una masacre laboral feroz y las condiciones salariales han empeorado sustancialmente, pero, muchacho, no te limites a informar sobre el incendio, apágalo con secos golpes de ese bocadillo de chóped que constituye tu almuerzo. Te quedarás sin bocata, es decir, sin almuerzo pero, como decía Kipling, serás un hombre -o una mujer- hijo mío. Desde que existe periodismo se ha querido convertir a los periodistas en otra cosa, y en la teorización de ese intento no han faltado periodistas tampoco. Ya saben, entintados héroes que luchan contra el poder, novios de la muerte de élites y oligarquías, solapados lectores que citan a George Orwell -quizás el mejor de toda nuestra impresentable tribu- para decir que periodismo es publicar lo que alguien no quieres que publiques. Es lo malo de leer los libros y los artículos como leyendas impresas en bolsitas de azúcar para el café: que no los has leído. Porque ese alguien no es necesariamente un banquero, un ministro o un presidente. Ese alguien -recórranse, y no solo, sus artículos en The Observer en los años cuarenta- podía y solía ser la oposición parlamentaria, los sindicatos de izquierda o los dirigentes y estrategas soviéticos en Inglaterra, en la España incendiada por la Guerra Civil o en el resto de Europa. Que yo sepa Orwell nunca fue procesado judicialmente por ninguno de los análisis políticos que vertía en la BBC o en la prensa escrita. No le hizo falta para transformarse en una referencia de calidad profesional y probidad ética que sigue iluminando el oficio en este siglo de grandes esperanzas colapsadas y ominosos terrores crepusculares. El periodismo es contar lo que ocurre con la máxima precisión y respeto a los hechos. Periodismo es la búsqueda de la objetividad militante -no de la imparcialidad insostenible- a partir de la magnífica definición de Arcadi Espada: la objetividad es narrar los hechos con independencia de las convicciones. Es un trabajo interesante, aunque a veces fatigoso, y en el que un día descubre que ningún texto, absolutamente ninguno, deviene la verdad. Ocurre esa tarde empapada en café y rincones oscuros en la que descubres, finalmente, que el periodismo es un fracaso cotidiano en el que se trata -como siempre- de fracasar un poco mejor cada vez. Y respecto a la responsabilidad, este oficio es una intersección curiosa y atrabiliaria entre lo profesional y lo ciudadano. Como mejor contribuye un periodista a apagar un incendio es contando que se ha producido un incendio, con laconismo y precisión, inequívoca y velozmente. Al periodista hay que exigirle que se queme las pestañas, no que se carbonice en el monte. La noticia es al mismo tiempo información y compromiso, pero no con la libertad del periodista, sino con la de libertad de todos. (Alfonso González Jerez, 04/01/2017)


Voto elecciones EE.UU.:
Cerca de una semana antes de las elecciones presidenciales en Estados Unidos en noviembre pasado, alguien publicó en Twitter que Hillary Clinton era parte central de un círculo pedófilo. El rumor se propagó por las redes sociales y un presentador de derechas llamado Alex Jones señaló varias veces que Clinton estaba implicada en abusos sexuales a niños y que su jefe de campaña, John Podesta, participaba en ritos satánicos. En un vídeo de YouTube (que ya se ha eliminado), Jones hablaba de “todos los niños que Hillary Clinton ha asesinado, descuartizado y violado”. Se publicó cuatro días antes de las elecciones y fue visto 400.000 veces. Por los correos electrónicos difundidos por WikiLeaks se supo que Podesta cenaba a veces en una pizzería de Washington llamada Comet Ping Pong. Parece ser que por eso las acusaciones sobre el círculo pedófilo se centraron en ese lugar, dando origen al hashtag #pizzagate. Muchos de los retuits de las acusaciones se originan en “bots” o programas diseñados para difundir ciertos tipos de mensajes, ayudando así a dar la impresión de que mucha gente se estaba tomando el “pizzagate” en serio. Increíblemente, la historia también fue retuiteada por el General Michael Flynn, que pronto será asesor de seguridad nacional del presidente electo Donald Trump. Incluso después de la elección de Trump (y a pesar de que el New York Times y el Washington Post la desacreditaran), la historia siguió difundiéndose. El Comet Ping Pong recibió llamadas telefónicas constantes, abusivas y a veces amenazantes. Cuando el gerente se comunicó con la policía de la ciudad, le dijeron que los rumores eran parte de la libertad de expresión protegida por la constitución. Edgar Welch, uno de los oyentes de Jones, es un cristiano con versos de la Biblia tatuados en su espalda que el 4 de diciembre condujo unas 350 millas desde su hogar en Carolina del Norte hasta Comet Ping Pong, armado con un rifle de asalto, un revolver y un cuchillo. Esperó a que los clientes y el personal se marcharan para ponerse a buscar por los túneles niños supuestamente esclavizados. Disparó al menos una vez con su rifle para abrir una puerta cerrada. Tras no encontrarlos, se entregó a la policía. Las noticias falsas (“desinformación activa” que se presenta como si procediese de un sitio noticioso serio) es una amenaza a las instituciones democráticas. Ha habido ejemplos menos absurdos, como un falso informe de una amenaza nuclear por parte del ministro de defensa israelí que llevó a su contraparte pakistaní a retuitearlo y advertir a Israel que Pakistán también es una potencia nuclear. El Presidente Barack Obama reconoció el peligro a las libertades democráticas al hablar con la prensa en Alemania poco antes de las elecciones estadounidenses. Le hayan costado o no la presidencia a Hillary Clinton, está claro que podrían hacer que un candidato pierda las elecciones y afectaran las relaciones internacionales. También son contrarias a uno de los pilares fundamentales de la democracia: el que los votantes pueden tomar decisiones informadas entre los candidatos en competencia. La Primera Enmienda a la Constitución de EE.UU señala que “el Congreso no promulgará leyes… que limiten la libertad de expresión o de prensa…” Para 1919, la interpretación de la Corte Suprema de estas palabras llevó a la doctrina de que el Congreso solo podía prohibir la expresión si suponía un “peligro claro y actual” de daños graves. Una postura que se precisó más aún en la que es quizás la mayor defensa de la libertad de expresión por parte de un juez estadounidense: la opinión coincidente de Louis Brandeis en el caso de 1927 de Whitney V. California. Brandeis describió la libertad de expresión y reunión como “funciones esenciales para una democracia eficaz”, apelando a los “hombres valientes y seguros de sí mismos que, con confianza en el poder de un razonamiento libre y sin temor aplicado mediante los procesos de gobierno popular”. Sobre esa base, para que la expresión signifique un peligro claro y actual que pueda justificar el prohibirla, el daño que pudiera causar tendría que ser tan inminente que impidiera toda oportunidad de debatir plenamente lo que se ha expresado. Brandeis insistió que si “hubiera tiempo para exponer a través del debate la falsedad y las falacias, para evitar que los procesos de educación generen daño, el remedio que se ha de aplicar es un mayor nivel de expresión y no un silencio obligado”. Hoy cuesta tener tanta confianza en el poder de un “razonamiento libre y sin temor”, especialmente si se ha de “aplicar mediante los procesos de gobierno popular”, lo que se supone requiere que influya sobre elecciones. De manera similar, su creencia de que “más expresión y no un silencio obligado” es el remedio para “la falsedad y las falacias” parece ingenua, especialmente si se aplica en una campaña electoral. Entonces, ¿cuál es la alternativa? No hay duda de que lo que Jones dijo de Clinton constituye difamación y que ella podría demandarlo ante los tribunales; pero sería costoso y demoroso, y llevaría años hacerlo avanzar por el sistema judicial. En cualquier caso, las demandas por difamación civil solo son eficaces contra quienes poseen los recursos para pagar los daños que se sentencien. ¿Qué podemos decir sobre el delito de calumnia? En el Reino Unido, la “difamación escrita” fue por varios siglos un delito penal, pero cayó en desuso y se abolió en 2010. En Estados Unidos, el delito de calumnia no es delito federal. Sigue siendo un crimen en algunos estados, pero pocos casos se presentan a la justicia. Un informe de 2015 preparado por A. Jay Wagner y Anthony L. Fargo para el Instituto Internacional de la Prensa describe muchos de los casos recientes como “mezquinos” y considera las leyes de difamación civil como un mejor recurso para las “rencillas personales”. El informe concluye que el delito de calumnia se ha vuelto “redundante e innecesario”. Los últimos ejemplos de falsas noticias sugieren que la conclusión de Wagner y Fargo es prematura. Acusar durante una campaña electoral a uno de los candidatos a la presidencia de asesinar niños no es mezquino, y las leyes sobre difamación civil no ofrecen un remedio adecuado. En la era de Internet, ¿es tiempo de que al péndulo legal vuelva inclinarse hacia el delito de calumnia? (Peter Singer, 15/01/2017)


Hechos alternativos:
La expresión alternative facts (hechos alternativos) ya tiene una entrada en Wikipedia y no con un simple apunte sino con abundante información. Hace falta un desarrollo mínimo, incluso en un sitio de consulta urgente, para poder explicar un sistema de destrucción masiva de la realidad. En noviembre pasado el Diccionario Oxford hizo pública su palabra del año y esta vez, al contrario que en anteriores ocasiones, la elección generó una desmedida atención mediática. Post-truth (posverdad en español) llegó entronizada por el triunfo electoral de Donald Trump y la salida del Reino Unido de Europa vía Brexit. Pocas veces un solo vocablo ayuda desde su soledad a la construcción del sentido de un tiempo. Es verdad que Donald Trump ganó las elecciones pero es una posverdad que el camino que le llevó a la victoria se empedró con golpes emocionales y falsedades. ¿Esto ilegitima el resultado electoral? De ninguna manera. La grieta en el sistema aparece cuando la posverdad se institucionaliza y desde la misma Casa Blanca se comienza a responder a los medios con «hechos alternativos» a todas aquellos datos que aporta la realidad o que son necesarios, según el equipo de Trump, para sustentar sus medidas. El viernes, la autora de esta expresión y asesora del presidente, Kellyanne Conway, dio una vuelta de tuerca a una información falsa que había proporcionado previamente en su intento audaz de epatar a los lectores de Orwell. Conway justificó hace unos días la prohibición temporal del ingreso a EEUU de personas procedentes de varios países de mayoría musulmana con el argumento de que dos iraquíes, acogidos dentro del programa de refugiados suspendido, habían sido autores intelectuales de la masacre de Bowling Green. Ocurre que, en tanto «hecho alternativo» este suceso nunca ocurrió. Ante esta contrariedad, Conway, declaró que la desinformación del suceso es consecuencia de no haber sido cubierta por la prensa. Esto sí es verdad: la prensa no informó de los hechos porque estos no tuvieron lugar. Los tiempos de la posverdad y de los hechos alternativos, evidentemente, son distintos. Aquellos pertenecían a la campaña, estos a la gestión gubernamental. No es lo mismo. El reality show o telerrealidad surgió, como casi todos los formatos, desde la periferia hasta ocupar el mainstream. Pero lo que distingue a la telerrealidad es que su vocación es sustituir a la realidad: ser, justamente, un hecho alternativo. Como afirma Giovanni Sartori, «lo que se ve parece real, lo que implica que parece verdadero». La telerrealidad se afianza cuando el culebrón pierde credibilidad como ficción porque es incapaz, desde su formato de narrar esta realidad, y las nuevas series –de audiencia minoritaria– lo hacen a su manera, con distopías como Black Mirror o hipérboles como The Young Pope. Lo curioso es que la telerrealidad avanza y se instala en hogares de famosos para «narrar» su vida cotidiana y abre los platós a los políticos para que entretengan a la audiencia: la discusión domestica de un personaje de la farándula despierta el mismo morbo que la denuncia de un acto de corrupción, en directo, contra un dirigente político. ¿No es acaso, la telerrealidad, el género por antonomasia de los tiempos del capitalismo financiero? La telerrealidad se basa, es sabido, en la carencia de guión y la búsqueda radical de audiencia para evitar el final. El postcapitalismo también carece de guión, se construye día a día, sobre la marcha, en la búsqueda ciega de beneficios tratando de eludir un crack terminal. Ahora el formato ha llegado al Despacho Oval en el que Trump ha instalado el plató, convirtiéndose en un gran sofista que proyecta su sombra en las paredes de una nación, incluso un planeta, al que percibe como una suerte de caverna de Platón. Ahí estamos y no es que hayamos regresado a la edad antigua; llegamos, como propone Sartori, a la edad del postpensamiento, la cual, sin duda, ha dado lugar a la posverdad. (Miguel Roig, 05/02/2017)


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