Moda             

 

Libros

Conflicto y vínculo social:
Imitación personal:
Mientras que los individuos buscan ante todo parecerse a sus contemporáneos y no a sus antepasados, las corrientes de imitación se separan de los grupos familiares y de los medios de origen. En lugar de los cerrados determinismos de cuerpo, de clase o de país, se despliegan influencias múltiples, transversales, recíprocas. El objetivo de la moda designa «el dominio libre y sin trabas de la imitación »,1 y el estado social en que los contagios miméticos se aceleran y se ejercen más allá de las barreras de clases y naciones. No es cierto que las clases, las naciones o los grupos de edad no determinen ya comportamientos específicos, pero las influencias de ese tipo son cada ve2 menos exclusivas y unilaterales. Con la coincidencia y apertura de las corrientes de imitación, la revolución democrática prosigue su obra, liquida la hermeticidad de clase y de países y erosiona el principio de las influencias aristocráticas y el monopolio de la influencia directriz de grupos particulares y superiores. El régimen de la imitación global y cerrada propio de los períodos de tradición ha sido sustituido por el de la imitación individual y parcial. Se imita esto y no aquello, de éste se copia esto, de otro aquello; nuestros préstamos carecen de un origen determinado, son tomados de innumerables fuentes. Lejos de ser equivalente a la uniformización de los comportamientos, usos y gustos, el imperio de la moda conlleva la personalización de los individuos. En las épocas de tradición, se imita a pocos hombres, pero se les imita en todo. En nuestras sociedades ocurre a la inversa. Debemos citar en su integridad este texto de Tarde, de insuperable acierto: «Lo que es realmente contrario a la afirmación personal es la imitación de un solo hombre, al que se emula en todo; pero cuando en lugar de ceñirnos a uno o algunos, recurrimos a cien, a mil o diez mil personas, consideradas cada una de ellas en un aspecto particular, elementos de idea o acción que combinamos de inmediato, entonces la naturaleza misma y la elección de estas copias elementales, así como su combinación, expresan y acentúan nuestra personalidad original.» ¿Cómo suscribir entonces por completo la idea de que «un estado social plenamente democrático es un estado social en el que no existen, por así decirlo, diferencias individuales»? A buen seguro, el análisis de Tocqueville es precisamente el que mejor refleja elpaulatino retroceso de las influencias fuertes y duraderas de familia y grupo. Pero ello no significa la erosión y desaparición de las influencias individuales. La sociedad democrática libera y multiplica las corrientes de imitación; las influencias individuales son menos profundas, pero permanentes y diversas. Es verdad que los grandes líderes intelectuales se extinguen, que se eclipsa la autoridad de los maestros y que las clases superiores han dejado de ser los modelos preponderantes, y que las mismas stars ya no son los polos magnéticos que fueron. Pero a la vez proliferan las influencias microscópicas y los ejemplos kit tomados de aquí y de allá. El estado social democrático regido por la moda supone, por un lado, la tendencia al eclipse de las grandes autoridades directrices y, del otro, la diseminación de las pequeñas influencias, sean determinantes o superficiales; es el tiempo de las precarias influencias a la carta. Fin de la tradición, inestabilidad de las normas de socialización y superindividualización de los seres, la moda plena, como último nivel del estado social democrático, no hace sino promover con mayor insistencia la cuestión del principio de cohesión de las sociedades contemporáneas.

Cohesión social:
¿Cómo una sociedad, constituida por unidades libres e independientes, sin ningún nexo sustancial de sociabilidad, puede reconocerse como una? ¿Cómo una sociedad desligada de los vínculos comunitarios tradicionales, constituida por individuos autónomos, fluctuantes y cada vez más encerrados en sí mismos, puede escapar al proceso de desintegración y mantenerse unida? La cuestión tiene mayor repercusión cuanto que el universo democrático, lejos de basarse en la similitud de opiniones y en la unidad de creencias, no cesa de abrir nuevos focos de disensión y nuevos conflictos de ideas y valores. La unidad de referencias se ha desvanecido; nuestras sociedades son indisociables del antagonismo permanente de la razón. Está claro que las sociedades democráticas no se encuentran en el grado cero de los valores: especialmente la libertad y la igualdad constituyen una base de ideal común. Pero, siendo principios abstractos susceptibles de interpretaciones fundamentalmente adversas, los principales referentes de la edad democrática estimulan un ilimitado proceso de críticas, discordias y puesta en tela de juicio del orden vigente. Aun si fuera cierto que el tiempo de las grandes divisiones y excomuniones políticas contemporáneo de la era religiosa de las ideologías haya dado paso a un consenso universal acerca de las instituciones democráticas y sobre los imperativos de una gestión rigurosa de la economía, no nos hallamos en modo alguno en una fase de unanimidad sin fisuras de fondo: en el centro de los debates hay importantes diferencias y puntos de vista irreconciliables, así que no se nos puede aplicar la imagen de una sociedad en que «las opiniones no difieren más que por los matices ». Hemos enterrado el hacha de guerra a propósito de la dictadura del proletariado y la Revolución, pero han surgido nuevos antagonismos: pena de muerte, inmigración, prisiones, aborto, droga, eutanasia, energía nuclear, medios de procreación, protección social, selección y tantas otras cuestiones respecto de las cuales es inútil que esperemos poder hallar una mínima unanimidad; nuestras sociedades se han dedicado a desgarrar las perspectivas. La era de la moda plena supone todo salvo uniformización de las convicciones y comportamientos. Es verdad que, por un lado, ha homogeneizado los gustos y los modos de vida pulverizando los últimos residuos de costumbres locales, ha difundido los estándares universales del bienestar, del ocio, del sexo, de lo relacional, pero, por otro lado, ha desencadenado un proceso sin igual de fragmentación de los estilos de vida. Aunque el hedonismo y el psicologismo son valores dominantes, los modos de vida no cesan de estallar y diferenciarse entre muchas familias que los sociólogos de lo cotidiano tratan de inventariar. Cada vez hay menos unidad en las actitudes frente al consumo, la familia, las vacaciones, los media, el trabajo y las diversiones; la disparidad ha invadido el universo de los estilos de vida. Si nuestras sociedades ahondan el círculo de diferencias en las creencias y géneros de vida, ¿qué es lo que nos permite garantizar la estabilidad del cuerpo colectivo? M. Gauchet ha demostrado en profundos análisis cómo la sociedad democrática, destinada a la división de opiniones, hacía que los hombres se mantuvieran unidos en y por sus oposiciones, en y por sus divergencias. No hay pues necesidad, a la manera de un Tocqueville, de plantear la unidad de creencias en la base de la permanencia social; es el mismo conflicto que afecta a las significaciones sociales y a los intereses y que, lejos de romper el vínculo social, se dedica a producir una dimensión de comunidad de pertenencia. La división y el antagonismo social crean un vínculo social simbólico, fusionan a los hombres unos con otros y se afirman como miembros de una única y misma sociedad que debe ser transformada en función de un reto común. Medio de hacer participar a los individuos y de implicarlos en la definición de un mismo universo, el conflicto es factor de socialización, de inclusión y de cohesión social. Pero ¿mantiene el conflicto social un papel de integración tan marcado a raíz de que se generaliza la pérdida de credibilidad de los partidos políticos, se incrementa la desindicalización, los combates colectivos son más esporádicos y el culto a la vida privada se torna dominante? La división social desempeñó un papel asimilador incuestionable en el momento en que se desarrollaron las grandes luchas históricas fundadoras de las democracias modernas. Pero ¿y ahora? Los conflictos en torno a la res publica han dejado de tener carácter de guerra santa y no enfrentan ya visiones inconciliables del mundo, por lo general sólo movilizan intermitentemente las pasiones de masas, pues la fuerza integradora del enfrentamientc social se debilita y difícilmente podría explicar la cohesión de las sociedades contemporáneas.

Hoy día, la unidad social se perpetúa menos en la oposición frontal entre los hombres que en la neutralización de los conflictos, menos en el antagonismo que mediante la pacificación individualista del debate colectivo. Los hábitos democráticos son los que nos mantienen unidos y el cemento de nuestra permanencia. Aunque las divisiones ideológicas y políticas sigan siendo numerosas, no sólo no llegan a desintegrar el cuerpo social, sino que sólo excepcionalmente dan lugar a enfrentamientos sangrientos. Podemos no estar de acuerdo entre nosotros, pero no por ello sacamos el fusil, no se busca hacer desaparecer al Otro. La cohesión del todo colectivo es indisociable de la extraordinaria civilización del conflicto, de la pacificación de las conductas individuales y colectivas ligada al desarrollo de los valores individualistas de vida y de respeto y de indiferencia hacia el Otro, a la privatización de las existencias impulsada por el reino terminal de la moda.1 Ni siquiera el desempleo masivo o los atentados terroristas logran perturbar los comportamientos individuales y colectivos, en su mayoría tolerantes y tranquilos. Podemos coexistir en la heterogeneidad de puntos de vista puesto que en los hábitos reina un relativismo pacificador, puesto que todo cuanto proviene de la violencia física está visceralmente desacreditado. Los estados mayores políticos pueden seguir pronunciando, esporádicamente, discursos de oposición irreductible, pero la sociedad civil se mantiene sorprendentemente tranquila y refractaria a la guerra de hostigamiento político e ideológico. Si bien el reino de la moda acelera la nuclearización de lo social, simultáneamente reconstituye un vínculo de sociabilidad inestimable favoreciendo la desactivación de los antagonismos, consumando el proceso secular de moderación de las costumbres constitutivo de los tiempos modernos y reforzando el gusto por la paz civil y el respeto por las normas democráticas. La división social ya no es explosiva, y funciona, lo mismo que la moda, en el marco de la desdramatización y la diferenciación marginal. Ni siquiera lo que es radicalmente antagónico engendra ya exclusiones redhibitorias, y las diferencias ideológicas de fondo no consiguen desgarrar los nexos sociales. Ya no vivimos en una sociedad de divisiones sangrientas. Más bien vivimos en una sociedad atemperada y homogeneizada; el modelo de la moda es el que rige nuestro espacio colectivo; los antagonismos persisten, pero sin espíritu de cruzada; vivimos la época de la cohabitación pacífica de los contrarios. El conflicto social está estructurado como la moda, las principales oposiciones coexisten con un gran civismo y todo transcurre como si no se tratara más que de divisiones superficiales: el reino final de la moda inscribe como diferencias marginales lo que en realidad es disyunción de principios. Hay que restituir a las costumbres el lugar que les corresponde en el mantenimiento de las sociedades democráticas; el todo colectivo no permanece unido sino mediante un proceso de socialización que desarrolla las tranquilas pasiones democráticas e individualistas, y mediante un estilo de vida mayoritariamente tolerante. Debe escucharse la lección de Tocqueville: «Si en el transcurso de esta obra no he logrado hacerle sentir al lector la importancia que le atribuía yo a la experiencia práctica de los americanos, a sus hábitos y opiniones, esto es, a sus costumbres, en el mantenimiento de sus leyes, he faltado al propósito principal que me propuse al escribirla.»

Si bien la apoteosis de la moda intenta reforzar la paz civil, no excluye en absoluto el surgimiento de luchas sociales, a menudo parciales (huelgas sectoriales), pero en ocasiones de gran envergadura como hemos visto en Francia en los últimos años con los movimientos contra los proyectos de ley acerca de la enseñanza privada y la enseñanza superior. El individualismo actual no abóle las formas de participación en los combates colectivos, sino que modifica su carácter. Sería simplista reducir el individualismo contemporáneo al egocentrismo, a la bula narcisista y a la mera búsqueda de los placeres privados. El narcisismo es la tendencia dominante de las democracias, pero no su dirección exclusiva. Esporádicamente, surgen luchas sociales, pero lejos de ser antinómicas con la dinámica individualista, reproducen sus valores y sus características. Incluso cuando los individuos abandonan su universo estrictamente íntimo y se comprometen en acciones colectivas, sigue privando en todo momento la lógica individualista. Globalmente, los intereses particulares prevalecen sobre las consideraciones generales, la autonomía individual sobre la ortodoxia doctrinal, el deseo inmediato de mejora de las condiciones de vida sobre el sacrificio incondicional, la participación libre sobre el alistamiento, el «cada cual a su aire» sobre la militancia. La sociedad hiperindividualista no es equivalente a la desaparición de las luchas sociales y a la asfixia pura y simple de la res publica; supone el desarrollo de acciones colectivas en las que el individuo ya no está subordinado a un orden superior que le dicta el carácter de sus ideas y acciones. El individualismo pleno invierte la relación de sumisión de los individuos a las doctrinas y a los partidos de masas en beneficio de acciones sociales libres, muy imprevisibles y espontáneas, que se deben más bien a la iniciativa de la «base» o de la sociedad civil, que a los partidos y sindicatos. La exigencia de autonomía privada vuelve a encontrarse en acciones colectivas, ahora frecuentemente independientes en su origen de las direcciones de las grandes organizaciones políticas y sindicales. No grado cero de los movimientos colectivos, sino movilizaciones cada vez más despolitizadas, desideolqgizadas j desindicalizadas (con los sindicatos «taxi» convertidos en simples agentes de negociación), sustentadas en las reivindicaciones individualistas de mejora del poder adquisitivo y de las condiciones laborales, pero también en la exigencia de libertades individuales en la acción y en la sociedad civil. El reino del Ego no se erige sobre un desierto social, ha colonizado la esfera de las propias acciones colectivas, cada vez menos encasilladas por los aparatos clásicos que han «dirigido» las luchas sociales y cada vez más apoyadas en las preocupaciones directas de los individuos: defensa de los intereses particulares, vida libre, de forma inmediata, lejos de las grandes esperanzas utópicas e históricas de la época ideológica. La sociedad contemporánea supone, de una parte, siempre más aspiraciones privadas a ser libre y realizarse, y, de otra parte, explosiones sociales nacidas de motivaciones y reivindicaciones individualistas: poder adquisitivo, defensa del empleo y de las ventajas adquiridas, y defensa de las libertades individuales. Las acciones sociales reproducen las motivaciones individualistas de la vida privada; la inversión de tendencia que define la nueva época democrática está vigente en todas partes: la preminencia de la autonomía de las personas sobre la disciplina de las grandes organizaciones militantes y sobre la dirección ideológica de las conciencias. Las formas de movilización colectiva no se hallan a contracorriente del individualismo, sino que son su correlato y su expresión, su otra cara, puede que menos evidente y menos inteligible a simple vista, pero no por ello menos reveladora del ascenso irresistible del reino del individuo.

Movimientos sociales:
Los últimos grandes movimientos sociales en Francia son particularmente significativos en ese sentido. Al margen del rechazo de toda politización directa y del repudio de los particulares a sufrir cierto número de limitaciones percibidas como limitadoras de su propio poder de decisión, lo que en efecto ha caracterizado estos movimientos ha sido la exigencia de autonomía individual. Ya se trate de la movilización por la escuela privada o contra el proyecto de reforma de la Universidad, en todos los casos el motor principal de la reivindicación ha sido la afirmación de los derechos de los individuos a disponer de su vida, de sus orientaciones y de su cotidianeidad, y a poder escoger libremente lo que les conviene: escuchar sobre y contra todo, la emisora de radio que a uno le gusta, elegir el tipo de escuela para sus hijos o decidir uno mismo la continuación y la naturaleza de los estudios superiores. Movimientos individualistas por excelencia, dado que anteponen sobre todo la supremacía de los derechos individuales al todo colectivo, y dado que erigen la libertad individual en ideal irresistible, más allá de la consideración de los diversos límites de la realidad de la vida social. No se actúa en función del interés superior de la totalidad colectiva, se exige poder autodeterminarse y ser un centro libre, se rechaza la aceptación de ciertos límites a nuestra capacidad de iniciativa y a nuestro deseo de responsabilidad estrictamente individual. Estas distintas acciones han aparecido como un eco a la explosión del gusto por la independencia masivamente extendido en el consumo, en la vida en pareja, en la sexualidad, en los deportes y en el ocio. Que las acciones se hayan realizado colectivamente no quita nada al hecho de que sus resortes han sido de la misma naturaleza que los que animan los movimientos privados a la busca de una autonomía subjetiva y cuyo origen directo se encuentra en la generalización social de la forma moda.

Solidaridad:
En Mayo del 68, la pasión individualista escribía en las paredes «prohibido prohibir», y pretendía cambiar el mundo y la vida. Hoy día, ha sentado la cabeza y se ha «responsabilizado», limitándose a pedir «deja en paz mi facultad» o «esto, jamás», se ha desprendido de la ganga utópica y rechaza toda perspectiva política, toda afiliación a un partido y toda visión general del mundo. Las movilizaciones tienen objetivos concretos, identificables y posibles a corto plazo, y, se diga lo que se diga, se han puesto en movimiento menos por un ideal abstracto de igualdad que en razón de la reivindicación de autonomía individual y de la inquietud personal ante el futuro. La amplitud de la segunda oleada de protestas de los alumnos de institutos y facultades no puede ser plenamente explicada sino en relación con la ansiedad de la juventud de cara al mañana. ¿Dónde vamos a inscribirnos? ¿Podremos pagar nuestros estudios? ¿Podremos seguir estudiando después del primer ciclo? ¿Qué hacer después del bachillerato? Se ha idealizado y adulado mucho el movimiento hablando de «muchachos con corazón» y de una «generación de la solidaridad»: sea cual sea el componente de generosidad del movimiento, debemos ser más reservados, dada la complejidad de las motivaciones. «Generación moral»: el juicio no carece de equívocos que inducen a pensar que la defensa de los derechos y los principios democráticos se ha erigido milagrosamente en eje principal de las existencias y que desde ahora prevalece sobre las aspiraciones a la felicidad privada. El mito y la voluntad intelectual de absoluto no han tardado en regresar al galope: no por estar comprometida con los derechos del hombre, la juventud se ha convertido de la noche a la mañana a la ética generosa de la abnegación, del compartir y de la igualdad. La «moral» no es un descubrimiento de la generación de los ochenta: desde los años sesenta, los jóvenes se han movilizado en masa contra las formas de represión y la brutalidad policial; la solidaridad con las víctimas, con las mujeres, los obreros y los pueblos en lucha se ha manifestado en numerosas ocasiones. Incluso aunque hubiese un componente político, no por ello los principios de igualdad y respeto a las personas serían menos profundamente activos. No se ha pasado del cinismo político a la generosidad ética despolitizada; la vigilancia de los derechos del hombre, la indignación que causa la violencia, son constantes de las sociedades contemporáneas. ¿Anhelo de solidaridad? Sí, pero a condición de no exagerar su alcance; hasta ahora, no nos ha impresionado la diversidad y amplitud de sus manifestaciones, al fin y al cabo cqyunturaks y selectivas. En el último movimiento de alumnos de bachillerato no se ha desarrollado en ninguna parte un combate contra la sociedad competitivo-individualista y sus clamorosas desigualdades; muy al contrario, se trataba de un deseo individualista de integrarse en ella tal cual es, con sus jerarquías y sus injusticias, de no quedarse a sus puertas, de no cerrarse la posibilidad de obtener títulos reconocidos, de situarse mejor en la competición del mercado de empleo, de prosperar en la vida. La «generación de la solidaridad» puede casar muy bien con la indiferencia dominante hacia los desheredados y con la sociedad de los negocios, de las carreras y de la búsqueda de las satisfacciones privadas. Es cierto que en los últimos tiempos han surgido movimientos de carácter estrictamente solidario y moral: S.O.S. Racismo, Band Aid, Restaurantes du coeur, Sport Aid, movimientos anti-apartheid y tantas otras manifestaciones aparentemente ajenas al reino de la moda y a la búsqueda individualista del bienestar. No obstante, aun en esto, la contradicción no es tan radical como podría parecer a primera vista. Ha sido la generalización del proceso de la moda la que ha hecho posibles tales acciones: al hacer periclitar las grandes utopías histórico-sociales en favor de los valores individuales, la época frivola ha permitido, de paso, reforzar la exigencia de los derechos del hombre y sensibilizarnos frente al drama humano, concreto e inmediato, del hambre. Cuanto más socializados están los hombres en la autonomía privada, más se impone el imperativo de los derechos del hombre; cuanto más avanza la sociedad hacia el individualismo hedonista, más aparece la individualidad humana como valor último; cuanto más se hunden los megadiscursos históricos, más se erigen en absolutos la vida y el respeto hacia las personas; cuanto más retrocede la violencia en los hábitos, más se sacraliza al Individuo. No nos movilizamos por causa de los sistemas, nos conmovemos ante la ignonimia del racismo y ante el infierno de los seres condenados al hambre y a la degradación física. Hay que poner de relieve la paradoja: la «nueva» caridad es arrastrada por las aguas eufóricas e individualistas de la Moda. El individualismo contemporáneo es inconcebible al margen de los referentes democráticos, y sólo es imaginable en el marco de una sociedad de libertad e igualdad, donde el valor primordial sea precisamente el Individuo. A medida que el reino de la moda hace volar en pedazos las superedificaciones del sentido histórico, los ideales primeros de la democracia van apareciendo en primer plano y se convierten en la fuerza motriz esencial de las acciones de masa. La solidaridad contemporánea no sólo es hija del reino terminal de la moda, sino que además reproduce algunos de sus rasgos esenciales. En particular, el hedonismo: ningún movimiento de acción ignora ya el espectáculo, el show-biz, la satisfacción de los participantes. Nos hemos vuelto alérgicos tanto al discurso fosilizado como al «bla, bla, bla»; hacen falta la «fiesta», el rock, los conciertos y las exposiciones bonachonas plagadas de eslóganes de tono humorístico-publicitario. Ahora, los actores sociales abrazan el universo de la imagen, del espectáculo, de los media, del estrellato, de la moda, de la publicidad; dos millones de insignias «No te metas con mi amigo» han sido vendidas en Francia en pocos meses: ahora, el furor ha decaído. El compromiso «moral» es al mismo tiempo emocional, «engancha», es divertido, festivo, deportivo, musical. Es imposible no apreciar el carácter globalmente ligero y efímero de estas formas de participación: salvo un número reducido de militantes, ¿qué se hace aparte de comprar una insignia o un adhesivo, participar en un concierto o una carrera de jogging o comprar un disco? El compromiso en cuerpo y alma ha sido sustituido por una participación pasajera, a la carta, a la que uno consagra el tiempo y el dinero que quiere y por la que se moviliza cuando quiere, como quiere y conforme a sus deseos primordiales de autonomía individual. Es la hora del compromiso minimal, eco de la ideología minimal, de los derechos del hombre y de la sensibilización frente a los estragos de la pobreza. El espíritu de la moda ha conseguido penetrar en el corazón del hombre democrático y se ha inmiscuido en la esfera de la solidaridad y la ética. La era de la moda no desemboca en el egoísmo pleno, sino en el compromiso intermitente, ligero, sin doctrina ni exigencia de sacrificio. No hay que desesperar del reino de la moda, el cual profundiza el cauce de los derechos del hombre y nos abre los ojos frente a las desgracias de la humanidad. Tenemos menos rigor doctrinario pero más preocupaciones humanitarias, menos abnegación ética pero más respeto a la vida, menos fidelidad pero más espontaneidad de masa. Ello no conduce ni al mejor ni al peor de los mundos.

Malestar en la comunicación:
Asociacionismo segmentario:
La moda plena no engendra tanto el egocentrismo impenitente de las personas como la disgregación total de los vínculos sociales. La sociedad atomizada en unidades independientes ve multiplicarse diversas formas de vida social, especialmente bajo los caracteres del movimiento asociativo. Aunque en Francia la tendencia a la vida asociativa esté en regresión respecto a los años setenta, no obstante, en 1984 el 42 % de las personas (contra el 27 % en 1967) se adherían a una asociación; el 18 % de las personas consultadas en una encuesta de 1984 formaban parte de una asociación deportiva, el 12% a una asociación de cultura-ocio, el 8 % de una asociación sindical, el 7 % de una asociación de padres de alumnos y el 2 % estaban inscritos en un partido político. En lugar de las organizaciones comunitarias tradicionales, la sociedad contemporánea favorece las formas de encuentro interhumano segmentarias, flexibles y adaptadas al gusto por la autonomía subjetiva remodelada por la moda. Si bien los sindicatos han perdido su protagonismo y los grandes movimientos sociales siguen siendo discontinuos e imprevisibles, por contra, en los países democráticos asistimos a una proliferación de reagrupamientos sobre las bases más inmediatas de las preocupaciones de los individuos, de sus centros de interés comunes, de su voluntad de reivindicaciones concretas, de sus deseos de ayuda mutua e identidad personal. En EE.UU., nación tradicionalmente rica en asociaciones, las People's Yellow Pages revelan la abundancia y la fragmentación de las agrupaciones asociativas locales, las «redes situacionales» de que habla Roszak, basadas en los particularismos en aumento de los seres. En Francia, el número de asociaciones se cifra entre 300.000 y 600.000; en 1983, oficialmente, se crearon 46.857 asociaciones contra 12.633 en 1960. Reconstitución de un tejido social en forma de mosaico de agrupaciones donde se hace manifiesta la tendencia lúdico-hedonista: el sector deportivo y el del ocio constituían por sí solos el 30 % de las asociaciones creadas en Francia en 1982, y desde 1978 únicamente ha aumentado el número de socios en las asociaciones deportivas. Los lazos de sociabilidad que se establecen a partir de las voluntades y de los gustos diversos se adaptan desde ahora a la forma moda: se estima que en Francia aproximadamente una de cada dos asociaciones tiene un período de vida que varía entre unos meses y dos años; el proceso efímero ha invadido la esfera de la vida asociativa. Hay que evitar presentar el estadio terminal de la moda como un estado social hecho de mónadas sin ningún nexo entre ellas y sin deseo de comunicación. Para ilustrar el empobrecimiento de la sociabilidad, se evocan a menudo las fiebres de walkman, de los deportes individuales (jogging, windsurf), de los bailes modernos y de los videojuegos, que aislan a los individuos unos de otros. Sin embargo, por individualistas que sean esos fenómenos no expresan tanto la pérdida del sentido de la relación como el fantástico reforzamiento de la aspiración a la autonomía privada. Si no se invita ya a bailar, es porque las mujeres rechazan someterse a un código de comportamiento que les asigna el papel de sujetos pasivos.

Comunicación a través de aparatos:
Y si todos se electrizan separadamente con los decibelios, si ya no se habla en las discotecas, ello no quiere decir que los seres no tengan nada que decirse, encerrados como están en su reducto íntimo. Ello significa más bien su deseo de desquitarse, de sentir su cuerpo, de liberarse de los códigos constrictivos del galanteo y del intercambio personal. En adelante, ya no se quiere la comunicación «por encargo», en marcos rituales e impuestos, se quiere hablar cuando se quiere, como se quiere y en el momento en que se experimenta ese deseo. Lo mismo ocurre con el desarrollo de los deportes y de las tecnologías y juegos «priváticos»: no ruina de la sociabilidad, sino espacio interhumano anexado por los deseos de independencia y liberado de la obligación de emitir permanentemente signos de comunicación. Las relaciones no hacen más que reconstituirse sobre nuevas bases conformes con las aspiraciones individualistas. Incluso esas modas como los contactos por minitel no manifiestan ni la vacuidad del intercambio, ni el retroceso del cara a cara, sino el ascenso de un deseo de comunicación lúdica mediatizada por los artilugios de autorradio y telemáticos. Lo que seduce es el hecho de trabar relación sin dejar de ser libre y anónimo, relacionarse rápidamente y sin ceremonias con desconocidos, multiplicar y renovar frecuentemente los contactos y comunicarse por tecnología interpuesta. La comunicación contemporánea requiere repetidores y sofisticación tecnológica; ha entrado en el ciclo moda de las redes «interconectadas». No queramos tranquilizarnos demasiado deprisa, el malestar de la comunicación en nuestras sociedades no es menos real, y la soledad se ha convertido en un fenómeno de masas. Los signos no faltan: entre 1962 y 1982, el número de personas que vivían solas aumentó en Francia a un 69 %; hoy son casi cinco millones; uno de cada cuatro «hogares» no cuenta más que con una persona; en París la mitad de los hogares son «solitarios». Las personas de edad conocen un estado de aislamiento cada vez más manifiesto; las asociaciones en favor de las personas solas se multiplican al mismo ritmo que los «anuncios personales» de contacto y las llamadas de socorro dirigidas a S.O.S. Amitié. El número de suicicios y de tentativas de suicicio es alarmante: en 1985, la mortalidad por suicidio en Francia sobrepasó por primera vez la ocasionada por accidentes de tráfico; mientras que cerca de 12.000 personas se dan muerte voluntariamente cada año, los suicidios «fallidos» son seguidos en un 30 % o 40 % de los casos por una rápida reincidencia. La época de la moda plena es indisociable de la fractura cada vez más amplia de la comunidad y del déficit de la comunicación intersubjetiva: un poco en todas partes, las gentes se quejan de no ser comprendidas o escuchadas y de no poder expresarse. De dar crédito a una encuesta americana, la falta de conversación estaría en el segundo lugar de las recriminaciones de las mujeres respecto a sus maridos: las parejas casadas consagrarían una media de menos de media hora por semana a «comunicarse». Leucemización de las relaciones sociales, dificultad para comprenderse, sensación de que las personas no hablan más que de sí mismas y no se escuchan, y tantos otros rasgos característicos de la época final de la moda y del formidable empuje de las existencias y aspiraciones individualistas. La disolución de las identidades sociales, la diversificación de los gustos y la exigencia soberana de ser uno mismo, dan pie a un impase de las relaciones y una crisis de la comunicación sin igual. El intercambio «formal» estereotipado, convencional es cada vez menos satisfactorio; se quiere una comunicación libre, sincera, personal, y se quiere al mismo tiempo una renovación en nuestras relaciones. Xo padecemos únicamente por el ritmo y la organización de la vida moderna, padecemos a causa de nuestro apetito insaciable de realización privada, de comunicación y de la exigencia sin fin que tenemos frente al otro. Cuanto más nos empeñamos en un intercambio verdadero, auténtico y rico, más nos abocamos a la sensación de una comunicación superficial; cuanto más se entregan las personas íntimamente y se abren a los demás, más crece el sentimiento de futilidad de la comunicación intersubjetiva; y cuanto más afirmamos nuestros deseos de independencia y de realización privada, tanto más está condenada la intersubjetividad a la turbulencia y a la incomunicación. Al invadir la esfera del ser-para-el-otro, la moda revela la dimensión oculta de su imperio: el drama de la intimidad en el corazón mismo del éxtasis por las novedades. La moda no es ni ángel ni demonio; existe también una tragedia de la levedad erigida en sistema social, una tragedia ineludible en la escala de las unidades subjetivas. El reino pleno de la moda pacifica el conflicto social, pero agudiza el conflicto subjetivo e intersubjetivo; permite más libertad individual, pero engendra una vida más infeliz. La lección es severa; el progreso de las Luces y el de la felicidad no van al mismo paso y la euforia de la moda tiene como contrapartida el desamparo, la depresión y la confusión existencial. Hay más estímulos de todo género pero mayor inquietud de vida; hay más autonomía privada pero más crisis íntimas. Esta es la grandeza de la moda, que le permite al individuo remitirse más a sí mismo, y ésta es la miseria de la moda, que nos hace cada vez más problemáticos, para nosotros y para los demás. (Gilles Lipovetsky)

 



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