EL COMERCIO DE ESCLAVOS: GIBRALEÓN
Desde que Arcadio Larrea Palacín publicara su artículo Los negros de la provincia de Huelva, en 1952, Gibraleón ha venido aguantando estoica y resignadamente el sambenito de ser el pueblo de los negros, de los esclavos, de los "panturranos" o "panzurranos", de los "barrigas verdes". Vamos a tratar de mostrar, al mismo tiempo que una sucinta historia del comercio de esclavos en estas costas onubenses, que se trata de un tópico histórico donde los haya, aunque ya nos consta lo difícil que es luchar contra ellos, pues se enquistan en el conocimiento humano que tiende por defecto -nunca mejor dicho- a que le cuenten lo que presuntamente sabe. Sin ir más lejos, el propio título de este artículo: "El comercio de esclavos: Gibraleón", es una prueba de ello.

Naturalmente, detrás de cada tópico suele haber algo de verdad, de ahí su éxito, por eso se ha dicho también que una verdad a medias es la peor de las mentiras. ¿Hubo negros descendientes de esclavos en Gibraleón? Sí, rotundamente los hubo y los hay. Ahora bien, ¿acaso no los hubo y los hay también en otras poblaciones cercanas? Pues claro que sí. El propio Arcadio Larrea nos habla en el citado artículo de las poblaciones negras de Huelva, Palos, Moguer y Niebla. Entonces, ¿por qué razón ha quedado unido el nombre de Gibraleón a los residuos que el fenómeno esclavista y los siglos han arrojado a estas costas? Podríamos pensar que se debe a que, en 1952, ciertamente Gibraleón contaba con una de las poblaciones negras y mulatas más abundantes de la zona, pero es casi seguro que no, que sencillamente se deba a que Larrea ilustró su artículo con fotografías de presuntos descendientes de esclavos, ¿no adivinan de dónde? Acertaron. Efectivamente, eran de Gibraleón. Lo que nos lleva directamente a la admisión del poder de la imagen, o, lo que es lo mismo, a que hay mucha más gente de la que parece que no lee los artículos, sino que se limita a ver sus fotos.

Encontrada la posible causa del tópico, pasemos de fotos, y vamos a considerar los argumentos de don Arcadio. En efecto Larrea Palacín afirmaba en 1952 que era Gibraleón la población que contaba con una población negra más numerosa y diferenciada, concretamente "el número de los que la integran excede de los 200, y de ellos la mayoría son puros, si bien se da algún que otro caso de mestizaje". Consideramos que, precisamente la pureza racial a la que hace referencia, la cual denota dificultades de integración y, por consiguiente, de absorción por parte de la mayoría blanca, la que explica fundamentalmente la presencia de estos negros en Gibraleón, y no el hecho de que esta villa hubiera tenido un papel preponderante, durante los siglos pasados, en el comercio de esclavos. El propio autor se hace eco de este segregacionismo en el siglo XX:

"Son llamados "morenos" y "negros". Tiempo atrás no eran recibidos con agrado por los blancos en su compañía, ni siquiera en las labores del campo, donde suelen ocuparse los hombres; las mujeres venden escobas, espárragos, caracoles, picón, palmitos, uva palma e higos chumbos, no sólo en el pueblo, sino en los vecinos, particularmente en Huelva donde también con frecuencia se colocan como domésticas las muchachas, que son muy apreciadas por fieles, limpias y laboriosas. (…) Muchos de ellos habitan en chozas; de ellas es por entero el barrio de Villalatas. (…) En general, la situación económica es pobrísima, rayando en mísera".

Esta situación le permitió a Larrea concretar, mejor que en otros pueblos, a este colectivo por apellidos como Moreno, Gómez, Pata, Pérez, González, Rodríguez, Pineda, Flores, Conde, Velasco, Martín, Sierra y Tocino. Y también por los apodos de Marquillo, Pelao, Balona, Carato y Pepón. Tal vez sería exagerado hablar de "ghetto", pero ciertamente la comunidad vivía en una zona bien diferenciada, sumándose al prejuicio racial el económico, que si no siempre lo antecede, con frecuencia lo complementa. En definitiva, lo que en pleno siglo XX mostraba Gibraleón era un ejemplo de segregacionismo que otras villas de las zonas, por diversas causas, habían superado y que, en un nuevo alarde de la tradicional autoexculpación racista de los blancos, Larrea atribuye a los propios marginados:

"Gibraleón nos muestra una situación muy aproximada, en lo que cabe, a la que debió ser tradicional en el resto de las poblaciones". (…) "La situación actual es de plena igualdad jurídica, que ya viene de antiguo, y social; ésta más moderna, exceptuando un sólo caso: Gibraleón. Y aun aquí la excepción está muy atenuada y proviene más de los morenos que de los blancos".

Así pues, llegamos a la conclusión de que la excepcionalidad de Gibraleón no era tanto su relativamente numerosa población negra, como la perdurabilidad del antiguo segregacionismo, y explicarlo como automarginación es una salida fácil pero nada convincente. ¿Por qué entonces pudo pervivir esta discriminación racial con mayor intensidad que en otras villas cercanas?

Responder a esta pregunta con honestidad y argumentos sólidos rebasaría con creces el espacio de este artículo, porque, entre otras cosas, exigiría un análisis comparativo del fenómeno esclavista y su evolución entre diversas poblaciones de la comarca, no obstante podemos afirmar, sin ninguna posibilidad de error, que todas las respuestas posibles están contenidas en la propia historia de Gibraleón. Buscarlas nos alejaría del comercio de esclavos, por lo que abordaremos el pasado olontense para resaltar algunos vínculos con aquellos pueblos que encabezaron este tráfico humano, especialmente Palos.

En 1262, Alfonso X conquistó el reino almohade de Niebla, estableciendo en su territorio tres concejos: Niebla, Huelva y Gibraleón. A continuación, tras producirse en menos de media docena de años dos expulsiones consecutivas de musulmanes, el rey sabio concede varios privilegios a las personas que acudan a repoblar Gibraleón, entre ellos la exención del derecho de portazgo, por lo que los olontenses no pagarían este impuesto sobre los productos que exportasen, con tal de que no fuera a Sevilla, Toledo o Murcia, concediéndoles además casas y heredamientos, es decir tierras que cultivar, a condición de que no las abandonaran durante dos años.

Desde su conquista por los cristianos, Gibraleón tuvo un carácter eminentemente militar, de marca fronteriza organizada en función de la guerra, lo que debió influir en el repartimiento repoblador, otorgándose mejores lotes a quienes debían combatir a caballo, los caballeros "fijosdalgos", miembros de la baja nobleza castellano-leonesa, y sus escuderos, que a los peones, mayoritariamente campesinos y algunos modestos artesanos. Poniéndose con ello las bases discriminatorias, económicas y sociales, de la tradicional sociedad estamental y feudal, poco propicia, por cierto, a mezcolanzas y mestizajes.

En 1284 murió el rey Sabio y le sucedió su hijo Sancho IV, usurpando los derechos de la descendencia de su hermano mayor don Fernando de la Cerda. Esta cuestión sucesoria originó un conflicto grave en Castilla, que degeneró en verdadero desorden cuando, muerto el rey Sancho, doña María de Molina queda como reina regente en representación del hijo de ambos, el rey niño Fernando IV. Un conflicto que no se resolvería hasta 1304 con la paz de Torrellas, en la que el rey se comprometió a compensar a don Alfonso de la Cerda, a cambio de su definitiva renuncia al trono, con bienes y señoríos entre los que se encuentra la villa de Gibraleón.

De esta forma, la villa olontense, que previamente había sido donada de forma vitalicia por Alfonso X a su hija doña Beatriz, con todo el antiguo reino de Niebla, pero que no llegó a materializarse en señorío por impedirlo Sancho IV, pasó de ser realenga a señorial, bajo la jurisdicción de los de la Cerda y posteriormente de los Stúñigas, con etapas de vuelta al realengo en un conflictivo siglo XIV. Y es precisamente la vinculación con los Stúñigas, o Zúñigas, la que ahora nos interesa.

Vencido Pedro I en la llamada guerra trastamarista, que le enfrentó a sus hermanastros por el trono de Castilla, un victorioso Enrique II agradeció a los Pérez de Guzmán la ayuda prestada otorgándoles las villas de Huelva, Gibraleón, Beas y Trigueros. Pero, años más tarde, Isabel de la Cerda, casada con el conde de Medinaceli, reclamó los antiguos derechos de su linaje sobre estas tierras, aprovechando su buen entendimiento con el rey Juan I, quien, en 1379, despojó al joven Álvar Pérez de Guzmán, que apenas contaba con 14 años, de las villas de Huelva y Gibraleón, entregándole como compensación las de Palos y Villalba.

En 1401 el pleito entre ambos linajes llegó a un acuerdo de compromiso: Huelva seguiría siendo de los Medinaceli, pero se restituía Gibraleón a la hija de Álvar Pérez, Isabel de Guzmán, casada con Pedro de Stúñiga, hijo del Justicia Mayor de Castilla -excelente parentesco para ganar un pleito-, señor de Béjar, y, atención, de la mitad de la villa de Palos, por su matrimonio con la mencionada Isabel.

Son los años en que la villa de Gibraleón delimita su término, establece una serie de normas destinadas a mejorar su producción agropecuaria e inicia una serie de pleitos, especialmente con Huelva, por la utilización de la vía fluvial del Odiel, esencial para su comercio, ya que le permitía comunicarse más rápidamente con las localidades próximas, ahorrándose el pago de derechos de paso, y además permitía su acceso al mar, aunque la pesca no se desarrolló tanto en Gibraleón como en Palos o Huelva, y el comercio marítimo, pese a ser intenso con puertos gaditanos y otros de la Península Ibérica, discurrió por las rutas más conocidas y seguras, aventurándose sólo en raras ocasiones a las costas africanas. La libre circulación de esclavos entre Huelva y Gibraleón, a la que se hace referencia en la carta de hermandad de ambas villas fechada en 1445, todavía no podía ser de guineos.

De cualquier forma, como señala el profesor Ladero Quesada, estos pleitos suponen el interés creciente de los señores por los ingresos cada vez más cuantiosos que proporcionaba el mar, entre los cuales ya no eran nada desdeñables los derivados del tráfico de esclavos. Fueron sobre todo los Medina Sidonia los que intentaron monopolizar esta fuente de ingresos, consiguiendo la posesión de casi toda la costa, por compras y matrimonios, desde Ayamonte hasta Sanlúcar de Barrameda, incluida la villa de Huelva que llegaría pronto a ser el segundo puerto más importante de este ducado.

Sin embargo, no lograron hacerse más que con un doceavo de Palos, pese a que Don Enrique de Guzmán llegó a tomar la villa con hombres de a caballo, pero su afán monopolista fue truncado definitivamente cuando el 20 de Junio de 1492 los Reyes Católicos adquirieron la mitad de la villa de Palos por 16.400.000 maravedíes, una cifra que, además del propósito de la Corona de que Colón saliese de un puerto realengo, sólo podía justificarse económicamente porque la alota de Palos, la más importante de la zona hasta entonces, pese al Tratado de Alcáçovas (1479), sobrepasaba a la de Huelva en ingresos anuales procedentes de la pesca y el comercio marítimo.

Por su parte, Gibraleón se enfrentaba a estos intereses monopolistas litigando con Huelva por el Portil y Punta Umbría, además de por mantener los derechos de su puerto de Tarracona en el Odiel, verdadera puerta de todo su comercio. En cierta forma, Gibraleón y Palos compartieron a los Stúñigas como señores y también, como era lógico, sus intereses en el mar frente a Huelva y al Duque de Medina Sidonia. Gibraleón en el Odiel y Palos en el Tinto. Pero no todas las villas marineras de la comarca pudieron enviar sus naves a surcar las rutas más arriesgadas:

"… la navegación en África, más allá del Cabo Bojador, exigió un perfeccionamiento técnico que sólo parecen haber poseído en este tiempo los marineros de Palos y el Puerto de Santa María, conocedores del régimen de corrientes y vientos que en aquellos parajes imperaban..".

Sin duda alguna, la cercanía del Algarve y los frecuentes contactos con los marinos del Sur de Portugal, supondrían una preciosa fuente de información para los palermos sobre las rutas africanas y la localización de los bancos de pesca, lo que representaba una ventaja adicional sobre otros puertos de la costa andaluza. Guinea representaba para los portugueses un enclave demasiado valioso como para permitir la intromisión de pescadores y comerciantes de otras nacionalidades, pero los pescadores de Palos y el Puerto de Santa María frecuentaron aquellas aguas. Y siguiendo el ejemplo portugués, muy pronto los andaluces aprendieron que los beneficios obtenidos de la pesca podían superarse, o complementarse, con los habidos del comercio con seres humanos. Para los marinos de la comarca del Tinto - Odiel los esclavos eran otra mercancía a transportar -no consta que se dedicaran a capturarlos-, especialmente al mercado sevillano, quedándose en la zona algunos para el servicio doméstico de los que, aún hoy, se conservan huellas en la población:

"... las naves que conducían esta odiosa mercadería aportaban casi siempre a puertos inmediatos a Niebla, donde se negociaban los esclavos, y comúnmente quedaban muchos en el país, y cuando llegaba el caso de ahorrarlos, moraban en aquellos mismos pueblos, donde la raza se mantiene y perpetúa casi sin mezcla; pero al cabo de tantos años ha perdido su primitivo color y degenerado en trigueño, y sólo mostrando su origen en la forma de sus fisonomías y en algunos rasgos del ángulo facial de la raza etiópica".

Primero se obtuvieron negros que eran cautivos de los moros de Berbería, entregados por ellos para su propio rescate. Posteriormente se llegaría directamente a la tierra de negros, si bien, dado el dominio de los portugueses, fue menos frecuente que los andaluces llegaran a conseguir ellos mismos los esclavos, los cuales generalmente obtenían de sus asaltos a las naves portuguesas o por compra a los moros, que los ofrecían a bajos precios por la hambruna que sufrían en la época. Según Rumeu de Armas, fue a comienzos de la decimoquinta centuria cuando se inició un comercio entre la Baja Andalucía y el Norte de África. Tánger, Arcila, Azamor y Messa, al sur del Cabo de Aguer, fueron enclaves fundamentales de este comercio. No obstante, se potenciaron al máximo tras el descubrimiento y posterior explotación que los portugueses realizaron de las costas de Guinea. Las posibilidades que presentaba un comercio basado en mercancías de gran valor, como el oro, las especias y los esclavos, atrajeron muy pronto la atención de los marinos de la zona, que vieron en esta actividad un óptimo y rápido medio de lucro.

Las expediciones a Berbería, primero de los portugueses y luego de los andaluces, hay que considerarlas inicialmente como una continuación del mismo impulso que durante siglos llevó a los cristianos de la Península Ibérica a reconquistar los territorios que, según consideraban, les habían arrebatado los musulmanes a sus antepasados visigodos. También eran las "cabalgadas" con las que devolvían a los berberiscos sus incursiones de pillaje en tierras cristianas. Y, por último, la forma de capturar hombres que después serían canjeados por cristianos cautivos en tierras de moros, o "rescatados" por una buena cantidad de oro, o esclavos. Precisamente, el hecho de rescatarse algunos musulmanes por varios de sus esclavos negros puso en contacto a los cristianos con los que, por su color de piel, llegarían a ser sinónimo de esclavitud. La búsqueda de una ruta marítima hacia el oro y los esclavos negros, sin necesidad de que intervinieran los musulmanes como intermediarios, alentó a los cristianos en sus expediciones por la costa noroccidental africana. Ciertamente se produjo una extensión del islamismo en el África negra, pero también se utilizó una argucia, detectada más de una vez, consistente en identificar a los cautivos negros con musulmanes, justificando de ese modo que se les hacía una guerra justa como a enemigos de la fe, excusa muy extendida en la época que disculpaba actuaciones de notable dureza. Sirva de ejemplo la bula papal de Eugenio IV, verdadera arenga animando a los hermanos de la Orden de Cristo a la guerra justa contra los infieles y prometiéndoles, a cambio, el perdón de todos sus pecados.

La verdad es que estas cacerías de esclavos no tenían nada de justas, ni siquiera de guerras. Como depredadores, los cristianos actuaban de forma ventajista, con nocturnidad y alevosía, aprovechando el factor sorpresa y la confusión, rehuyendo el combate con auténticos guerreros, mientras se ocupaban en perseguir con mentalidad de mercaderes más que de militares a las presas fáciles de capturar, especialmente niños y mujeres. Los episodios que narran las capturas, -hay que pensar que son sólo los que se creían confesables-, rezuman suficiente dolor y espanto para no necesitar comentarios. Si acaso, recordar que eran realizados por "hermanos de la Orden de Cristo", que se apoderaban de estos seres "en buena guerra" y que lo hacían "por la salvación de sus almas". La indefensión en que se encontraban los moradores de estas aldeas costeras era bien conocida por los cristianos, que se congratulaban de la poca resistencia hallada y la facilidad con la que podían obtener sus cautivos.

En la costa onubense, igual que en Portugal, hubo hombres dispuestos a aprovechar esta debilidad para conseguir unos pingües beneficios. Y, del mismo modo, justificaron su negocio como una especie de cruzada contra los enemigos de la fe. Sin embargo, cuando el cronista dice "como sy fuesen moros", está admitiendo implícitamente que no los consideran exactamente iguales:

"... diz que los traxieron presos a las dichas villas de Moguer e Palos e los tienen cautivos en fierros como sy fuesen moros...".

Efectivamente, los azanegas, primer pueblo que encontraron, eran musulmanes, de color rojizo, vivían en la costa de la abundante pesca que capturaban con sus redes hechas de corteza de árbol y fueron los primeros esclavos que se desembarcaron en Palos. Debían recelar de los extranjeros, ya que a su llegada se refugiaban en el interior, dejando sólo sus huellas como constancia de su presencia, en una costa llamada Río de Oro, porque parece que los cristianos encontraron un poco de oro en la arena.

Las capturas se van convirtiendo progresivamente en una cacería de niños por tres razones: podían oponer menos resistencia, corrían menos en la huida y cabían mayor número de ellos en los barcos. Como se puede ver, razones impropias de guerreros defensores de la fe, y sí argumentos de una aplastante e impía lógica mercantil. Naturalmente, estos azanegas, o azenegues como los llamaban los portugueses, aprendieron pronto a desconfiar de estos extranjeros y debieron establecer sistemas de vigilancia para evitar desagradables sorpresas, así como refugios más alejados de las costas. Era por tanto necesario conocerlos mejor, encontrar entre ellos guías e intérpretes y proceder con más astucia. Realizados los primeros contactos, se hacen las primeras descripciones sobre la forma de vida de estos aborígenes, con un énfasis en la bestialidad de sus costumbres que, más allá de la lógica extrañeza, hace sospechar en un propósito consciente de descalificación cuyo objetivo final no puede ser otro sino la justificación de la esclavitud. Además de las exageraciones y descalificaciones, se añaden noticias más verosímiles, según las cuales, los azanegas eran pastores nómadas, con una economía basada fundamentalmente en la ganadería de vacas, carneros, cabras y camellos, y una gran movilidad de sus campamentos, lo que les hacía apreciar, sobre cualquier otra cosa, a los caballos, de los cuales poseían pocos, circunstancia que tendrá, como veremos, su influencia en el tráfico esclavista.

Su alimentación estaba lógicamente basada en su ganado, especialmente en la leche, que alternaban con algunos frutos que recolectaban y, en la zona costera, con pescado. Las referencias, un tanto despectivas, de los cristianos sobre sus bebidas, parecen indicar que no tomaban alcohol. Con ojos codiciosos observaban los cristianos cualquier atisbo de riquezas que puedieran convertir en botín. Llamaban su atención las buenas vestiduras de los notables y las joyas de sus mujeres. Al mismo tiempo, puesto que la calidez del clima hacía poco necesaria la ropa, critican las impúdicas desnudeces como signos de barbarie, sobre todo de las indígenas musulmanas que cubren su rostros y muestran sus cuerpos. La organización social y política de estos pastores nómadas no debía ser muy compleja, probablemente de carácter tribal sin mucha diferencia entre sus miembros ni normas o jerarquías. Además de al pastoreo, estos azanegas o alarves, a los que los cronistas consideraban menos peligrosos y fuertes que a los negros, también practicaban con los hombres de piel más oscura el tráfico de esclavos, a los que vendían por un "trozo de pan". La esclavitud, pues, no era desconocida para ninguno de los protagonistas de esta historia.

Los cristianos empezaron ya aquí a interesarse por estos negros, procedentes de un mítico reino, el de Melli, en el que se niegan a creer, como impropio de la barbarie que atribuyen a los hombres de tal color. Y, tal vez para convencer a sus señores de que las ganancias de estas empresas eran fáciles y no requerían de mucha inversión, insistieron una y otra vez en la indefensión de estos pueblos. Conceptos como los de guerra justa y defensa de la fe caen por tierra cuando se argumenta que estas personas no tienen capacidad de resistencia, ni pueden esperar auxilio de los reinos musulmanes vecinos, pues, aunque seguidores de Mahoma, los propios cristianos observan que no deben ser moros como los otros, cuando sus mismos correligionarios los esclavizan. El rescate de los moros, que naturalmente tenían de sí mismos mucho mejor concepto que de sus vecinos negros, resultó ser un buen negocio para los cristianos que, puestos a salvar almas, indiscutiblemente preferían salvar varias de negros que sólo la de un mahometano. Poco a poco se fue fijando en la mentalidad de la época una equiparación entre esclavos y negros. Y no faltaron sabios teóricos que se empeñaron en encontrar los argumentos necesarios para explicar que Dios, en su omnisciencia y para facilitar las cosas a los torpes humanos, había coloreado de negro a las criaturas que debían estar sometidas a servidumbre para expiar el abominable crimen de ser descendientes del fratricida Caín, pues astutamente equivocan a éste con Cam, el hijo de Noé, supuesto padre de la raza negra.

El descubrimiento de estas poblaciones negras en las zonas tórridas, que muchos creían antiguamente que debían estar deshabitadas por la inclemencia del clima, así como la posibilidad, legitimada por papas y reyes, de conquistarlos y esclavizarlos, obteniendo así cuantiosos beneficios, animó en gran medida la continuación de las exploraciones a tierras cada vez más lejanas, hacia donde retrocedían los mitos, empujados por la desmedida ambición de los hombres. Además de las posibilidades de conseguir esclavos, así como otras exóticas mercancías entre las que se nombran los colmillos de elefantes, recibieron noticias de que a estos lugares llegaban las caravanas de oro de los árabes, por lo que decidieron instalar allí, en Arguim, aprovechando la existencia de agua potable, una factoría y construir una fortaleza, lo que, como no podía ser de otra forma, provocó enfrentamientos y matanzas, preparando el posterior comercio con los musulmanes.

Sin embargo, la miserable suerte de estos inocentes no dejó de conmover a algunas personas influyentes de la época, los cuales, mientras los cristianos se sorprendían de no encontrar monstruos, si es que no los encontraban adecuando la realidad a imágenes preconcebidas y prejuicios, intentaron ofrecerles el pretendido consuelo de una religiosidad, naturalmente superficial e incomprensible para los indígenas, que aceptarían con la misma resignación que su esclavitud. Pero entre los indígenas se extendió la noticia de la violencia de los cristianos, por lo que, al vislumbrar sus naves huían a esconderse. Había que actuar con mayor tacto y astucia si se quería seguir obteniendo beneficios. De modo que se hicieron tratados con estos moros, se intentó evangelizarlos, se comerció con ellos y se les atrajo para que colaboraran en la explotación esclavista de las tierras del Sur. La suerte de los negros estaba echada.

Se llegaba, por fin, más allá de los rojizos azanegas o azanegues, a la verdadera Tierra de Negros y, siguiendo el nuevo plan, no capturaron sino que compraron los esclavos a otros negros, los cuales los tenían como botín de guerra de sus frecuentes reyertas. De Geloffa trajeron hermosas esclavas, pero la belicosidad de los jelofes dificultó su comercialización, y probablemente contribuyó a que los cristianos evitaran participar directamente en las capturas. "De hecho sólo había un tipo de negros que se consideraban incapaces de soportar la esclavitud, que fueron los jelofes, cuya importación quedó terminantemente prohibida en el siglo XVI". Los jelofes unían a su agresividad unas armas terribles, aunque primitivas, porque acostumbraban a poner veneno en sus flechas. Una ponzoña tan eficazmente mortal que llevó el pánico a las filas cristianas, donde empezaron a contarse las víctimas en número apreciable. La trata se va a ir endureciendo. Mercaderes y pequeños nobles van a ser acompañados, cuando no sustituidos por personajes mucho más duros y siniestros que actuarán, llegado el caso, sin piedad alguna. Ya no había lugar para el respeto a ningún sentimiento, a ninguna ley humana o divina, con tal de domar la fiereza con que estos seres humanos estaban dispuestos a luchar por su libertad amenazada. Los cristianos buscaban presas fáciles, por lo que esta resistencia hacía que se tambalease la voluntad de muchos de ellos, aventureros, mercaderes, ventajistas, que no tenían en absoluto ningún valor guerrero, que no sentían escrúpulos de la sangre derramada, pero les aterraba que fuera la suya.

El negocio de la esclavitud ya estaba en marcha, legalizado y justificado, por lo que, cuando una zona estaba esquilmada, la continuidad en el avance estaba asegurado. Probablemente no se haya valorado lo suficiente la importancia que el tráfico de esclavos ha tenido en los descubrimientos geográficos. Portugal puso toda la carne en el asador enviando a sus mejores navegantes como Nuño Tristao, que llega a la línea equinoccial, a la altura de Cabo Verde, donde se topan con unos hombres negrísimos, los Serreos, que poseían muchas balsas, cuyo rey "malo" Besegighi, dirigió un durísimo ataque con flechas envenenadas contra los cristianos, en el que murió el mismo Tristao. Los lusos iban progresivamente asentándose sobre el territorio. Su colonia del río Senegal funcionaba con regular frecuencia, "cada mes iban allá carabelas a comerciar con mercancías". En un viaje de Diogo Gomes, pasaron de Cabo Verde y llegaron a Río de Santo Domingo. Remontaban los ríos cuanto podían para internarse profundamente en el continente, a fin de contactar con el mítico reino etíope del Preste Juan y con un objetivo político y económico: se buscaba sobre todo el oro en las tierras mandingas de la ribera del Gambia. Y por fin se contactó con los poderosos mandingas, cuyos reyes, o "mansas", aunque no tenían buen vino, animales domésticos provechosos, ni muchos conocimientos arquitectónicos, sí tenían miles de millares de súbditos y acceso a las minas de oro, además de numerosos esclavos. La abundancia devaluó el valor de los seres humanos hasta el mínimo:

"…de parte del rey les di doce negros por un caballo y di después cada caballo por catorce y quince negros".

Mientras tanto, las islas Canarias, que se convirtieron en la base de operaciones de los andaluces, en África primero y luego en América, jugaban también su papel en el tráfico de esclavos. Un noble de Picardía (Francia) llamado micer Jean de Bettencourt, por ser leproso, buscaba un lugar desierto para vivir. Fue a Sevilla y desde allí a Fuerteventura y Lanzarote. Los descendientes de Bettencourt, por matrimonio con señores portugueses, entraron en la órbita de Portugal. No obstante, parece que realmente las islas quedaron muy pronto vinculadas al condado de Niebla y, por tanto, a las expediciones de los marinos de la comarca del Tinto – Odiel:

"Juan de Bethencourt dejó el gobierno de Lanzarote, Fuerteventura e Hierro a su sobrino -y no su hijo- Miciot o Maciot, quien le vendería las mencionadas islas al Conde de Niebla en 1418..".

Las islas, pese a que las excelencias de su clima eran desde antiguo conocidas, estaban expuestas a los asaltos de todos los desalmados que se encontraban con ellas, por lo que, a mediados del siglo XV, contaban con una población escasa: en la isla de Lanzarote moraban sesenta hombres, en la de Fuerteventura ochenta, y la de Hierro sólo contaba con doce hombres, 500 vivían en Palma, 6.000 en Tenerife y 5.000 en Gran Canaria. Los canarios, aunque valerosos y aguerridos, no contaban para su defensa más que con las piedras de su isla. La benignidad del clima hacía que estos pueblos se preocuparan muy poco por los vestidos, casi siempre ornamentales, cuando renunciaban a ir sencillamente desnudos. Pero la prueba más contundente de su barbarie, siempre según los cristianos, era que despreciaban el oro, y consideraban necios a los que ansiosamente buscaban algo tan inútil. Desde luego, siempre fue más asequible para los andaluces obtener los esclavos en Canarias que en Guinea, evitando el enfrentamiento con los portugueses. A este respecto, es bastante reveladora la condena del tráfico de esclavos por parte del Obispo de Rubicón fray Juan de Frías, quien con toda energía asumió la protección de los indígenas canarios bautizados.

Era usual que los marinos de la costa suratlántica, al llegar a Canarias, apresaran a los aborígenes de estas islas que, vendidos luego en Andalucía, les proporcionaban cuantiosos ingresos. Las quejas del Obispo llegaron a los Reyes Católicos, que prohibieron taxativamente la captura de canarios cristianos y ordenaron, además, el secuestro y devolución de los esclavos de estas características a la isla de la Gomera. En una carta ejecutoria de 1477, los Reyes, al prohibir estas actividades, citan expresamente a las villas de Palos, Moguer, Huelva, Gibraleón y Lepe, como principales proveedoras, ya que el obispo de Rubicón acusaba a Alonso Gutiérrez, Juan Martínez Nieto, Diego Gil, Alonso Yáñez, Juan de Triana y Juan Martínez del Monte, capitanes de carabelas, vecinos de Palos y de Moguer, de que «avian traydo a esta tierra çiertos canarios... de la dicha ysla de la Gomera, los quales eran cristianos e libres, pues estavan en amparo de la Santa Madre Iglesia». Estas capturas contaban, por lo general con la complicidad de Fernando Peraza, como aseguraba el propio Fray Juan de Frías en su denuncia, donde afirmaba textualmente:

«Ferrand de Peraza, hijo de Diego de Ferrara, cuya es la Gomera... mandó entrar cierta gente de Palos e Moguer con ciertas caravelas en la dicha ysla de la Gomera, e que estando ellos en salva fe, fizo prender ciertos vezinos de las dichas yslas e los dio por cautivos, los quales diz que los traxieron presos a las dichas villas de Moguer y Palos...».

Según Rumeu de Armas el número de esclavos gomeros se elevó a un centenar. Algunos vecinos de la comarca hallaron un medio de obtener aún mayores beneficios del lucrativo tráfico: asaltar las naves que regresaban de las costas africanas a la Península y apoderarse de sus valiosos cargamentos. Así, en 1481, Pedro Pérez, jurado del Puerto de Santa María, acusa ante los Reyes a ciertos vecinos de Palos, Huelva y Moguer, del robo de dos carabelas:

«...la una cargada con ciento e dos moros e la otra con mill e quinientos miticales de oro e doze moros e cierta cera... cruzando los mares del cabo Aguer... que podían valer fasta dos cuentos de maravedíes».

Debemos destacar en este documento, por una parte, el considerable volumen de esclavos transportados, y por otra, la argucia de llamar moros a dichos esclavos, eufemismo que se repetirá con frecuencia cuando la corona prohibe cautivar cristianos. Más datos sobre la ruta del tráfico esclavista encontramos en una ejecutoria real, dada en Alcalá de Henares en 1485, según la cual:

«...puede aver once años, poco más o menos, que él (Pero Bueno, justizia e vezino de Xerez de la Frontera) viniendo por la mar del cabo Aguer en una caravela que ay a nombre la Machorra, trayendo en ella mercadería e diez e ocho esclavos e esclavas... salieron contra dicha caravela... dos caravelas de Huelva e Palos, de que eran capitanes Diego Rodríguez Peguero y Fernando Martínez Nieto... que por las fuerzas de las armas y contra su voluntad de los que en dicha caravela venyan diz que le tomaron la dicha caravela... esclavos e esclavas... e les llevaron a la villa de Huelva e de allí a Niebla, donde les tuvieron más de quatro o cinco meses e non les soltaron de la dicha prisión fasta tanto que le llevaron veynte mill maravedíes…».

Es decir que, a veces, el botín logrado en un asalto no se revendía, sino que se «rescataba». No obstante, ello no significa que los palermos no contasen con la red de distribución necesaria para vender los esclavos por su cuenta. Todo lo contrario, en la documentación existente al respecto, Palos aparece como un núcleo de abastecimiento de esclavos en la zona. Sabemos que un vecino de Palos, Alonso de Cota, era un «facedor» en la comarca de Doña Beatriz de Bobadilla, viuda del gobernador de Canarias, Fernando Peraza, que a la muerte de su marido había continuado con tan próspero negocio. Este Alonso de Cota vendió, por encargo de Doña Beatriz, ciertos gomeros que, como cristianos, resultaron ser libres y horros, por lo cual los compradores reclamaban su dinero. Doña Beatriz de Bobadilla tuvo que depositar 500.000 maravedíes a fin de restituir lo cobrado por la venta de dichos canarios.

Son numerosos los casos en que los Reyes decretaron el secuestro de esclavos canarios bautizados, que habían sido vendidos en aquellos lugares por los «factores» de Fernando Peraza, Beatriz de Bobadilla o Pedro de Vera. Las quejas de sus propietarios reclamando la devolución de los cautivos, o bien, del dinero que por ellos pagaron, aportan valiosas informaciones sobre la identidad de vendedores y compradores, sobre las características de estos esclavos y sobre sus precios:  

Entre los esclavos incautados por la Corona a sus propietarios palermos, citaremos como ejemplo el caso de Francisco Martín, zapatero vecino de Palos que, en 1491, reclama la cantidad de 12.000 maravedíes que había pagado por «...un muchacho gomero de hedad de quatro años e una gomera del governador (Pedro Vera) que ha nombre Ynés, por prescio el uno de seis mill maravedíes e la otra de otros seys mill...», declarados libres y que le han sido tomados por el obispo de Canarias. Especialmente interesante nos parece la reclamación de Fernando Martínez Daza, vecino de Palos, quién, en 1491, declaraba «... que viniendo de las pesquerías de los cazones de Guinea, aportó a la ysla de la Gomera, donde diz que estaba Doña Beatriz de Bobadilla... que por un varco suyo que traya le dio dos muchachas canarias… ».

En definitiva, los ingresos por este mercadeo humano, a tenor de los elevados precios, debieron ser cuantiosos. Los esclavos que mejor se cotizaban eran los niños y las jóvenes. El mercado, que se extendía más allá de los límites comarcales, llegaba hasta Sevilla, núcleo de confluencia de todo el tráfico esclavista. Muy pronto, los embajadores de Alfonso V de Portugal ante la Santa Sede consiguieron ratificar en Roma su privilegiada posición en Guinea mediante dos bulas pontificias: la Romanus Pontifex, dada por Nicolás V el 1 de Enero de 1455, y la Inter Caetera, otorgada por Calixto III el 13 de Marzo del siguiente año. Por ello, las prácticas de apresamiento directo, o "filhamentos", fueron pronto abandonadas ante la facilidad de conseguir grandes contingentes de negros, prisioneros por sus frecuentes escaramuzas tribales, sólo con ofrecer al reyezuelo de turno algunas baratijas. De la constatación de esta realidad surgirían las factorías: Arguim (1448), Santiago de Cabo Verde(1458), San Jorge da Mina(1482), Sâo Tomé(1486)... En cambio España no tuvo en el África noratlántica mas que la factoría de Mar Pequeña, ubicada en algún lugar indeterminado de la costa de Berbería.

Sin embargo, esta desigualdad, por la cual casi la totalidad de los esclavos que llegaban a Andalucía procedían directamente de estas factorías lusitanas en África, o llegaban a través de los mercados negreros de Lagos y Lisboa, será superada al inventar los andaluces otra forma, y desde luego no la menos importante, de procurarse esclavos: el robo. En efecto, al mismo tiempo que se producía un auge en las actividades marítimas de los palermos en el litoral atlántico africano, durante la segunda mitad del siglo XV, comenzaban a ser frecuentes los testimonios de esclavitud en la villa. La coyuntura propiciaba un aumento del tráfico marítimo en aquellas aguas, que se hacía posible gracias al desarrollo de las técnicas de navegación. Coincidiendo con los primeros contactos con los mercados de esclavos en tierras africanas, la población de Palos crecía y se hacía más rica, convirtiéndose en un importante núcleo de la trata negrera en sus inicios.

Los marinos de la costa occidental de Andalucía, y en el litoral onubense concretamente Palos, Huelva, Lepe, Moguer o Gibraleón, se veían a menudo involucrados en acciones piráticas contra las carabelas negreras lusas, a las que esperaban y asaltaban cuando pretendían llegar a Portugal desde Guinea. Una lucrativa actividad que se incrementaría a lo largo de la segunda mitad del siglo XV por tres razones fundamentales: primera, la desigual presencia de España y Portugal en África, a la que debe sumarse la superioridad de la bien organizada armada portuguesa; segunda, porque era mucho más barato, y por tanto rentable, apoderarse de estas cargas humanas cuando ya se encontraban próximas a las costas andaluzas, máxime cuando los mercaderes portugueses, por reducir los precios de las mercancías porteadas, disminuyeron el número de personas necesarias para defenderse de tales asaltos; y tercera, el progresivo apoyo de la Corona castellana a estas actividades, que pasaron con ello a ser corsarias, o sea con patente de corso real, porque los monarcas no estaban dispuestos a perder su correspondiente y substancioso quinto. Así se expresa en la carta firmada por la Católica Isabel en Sevilla el 13 de Septiembre de 1477:

"Sepades que yo he seydo informada como agora nuevamente algunas personas, vezinos de la villa de Palos, tomaron çiertas caravelas de portogueses, que venían de la Guinea, que trayen oro de la Mina e esclavos e otras mercaderías... Las quales dichas caravelas de portogueses e todo lo que en ellas trayan es mío e me pertenesçe..".

Fue por tanto el robo, asalto, piratería o corso sobre las naves portuguesas, realizados fundamentalmente por marinos de la costa onubense, el principal medio de entrada de esclavos negros en España. Una práctica que se inició casi desde el comienzo mismo de la trata por los lusos, pues ya en 1452, el Infante portugués Don Enrique el Navegante, reclamaba la devolución de 34 esclavos negros que algunas gentes de Sevilla y Palos habían robado de una carabela portuguesa procedente de Guinea.

Según el cronista Alonso de Palencia, en 1476 era considerable el tráfico negrero, porque "... algunos pescadores palermos, ya avezados a las expediciones guerreras y afortunados contra los portugueses, se reunieron con otros marineros del Puerto de Santa María, y en dos carabelas arribaron a las costas más próximas a Guinea. Llámase aquel territorio de los Azanegas, con cuyo nombre se distingue a los de color cetrino de otros de color más negro y de costumbres también más negras.. Los marineros de las dos carabelas se apoderaron de 120 azanegas y los trajeron a Andalucía, despreciando las órdenes del Rey Don Fernando, que prohibía terminantemente el tráfico fraudulento con los de Guinea".

La turbulencia de la época, según afirma el propio cronista, propiciaba este tipo de hazañas, y añade a continuación que los palermos, animados por las procaces palabras de Gonzalo de Stúñiga, alcaide de la fortaleza de Palos, armaron otras tres carabelas y arribaron a las costas de Guinea con intento de cargar esclavos. Esta vez los palermos en solitario, logran con argucias apresar al rey de aquella región y a sus hombres de confianza, a quienes trajeron a Andalucía. El conflicto con Portugal había sido inevitable, aunque sólo se hiciera oficial cuando la Beltraneja le disputó el trono castellano a Isabel la Católica.

La guerra entre Castilla y Portugal (1475-1479), llamada Guerra Peninsular o de Sucesión, ha sido también considerada por algunos historiadores como la primera guerra colonial europea. La armada que se preparó en Sevilla no contó con la participación de los palermos, ante la negativa de Gonzalo de Stúñiga a que éstos formasen parte de la empresa. Fue un fracaso. Y los Reyes comprendieron la necesidad de apoyar las acciones aisladas de los palermos, así que en 1476 ordenaron al Concejo de Sevilla que permitieran sacar trigo y cebada para el mantenimiento de la villa de Palos y el aprovisionamiento "de la armada que iban a hacer contra Portugal", por lo que los de Palos pasarían a convertirse de hecho en verdaderos y mimados corsarios reales.

Más tarde, ante estas nuevas circunstancias, Gonzalo de Stúñiga otorgaba su permiso y las naves palermas se unieron a la expedición castellana capitaneada por Charles de Valera. Según Alonso de Palencia, las tripulaciones conseguidas en principio, de andaluces y vascongados, carecían de práctica en viajes semejantes "porque sólo los de Palos conocían de antiguo el mar de Guinea". Cuando al fin zarpó, la armada puso rumbo a la isla de Antonio Nolli, que descubriera este marino de Génova mercenario portugués, y arribando a ella se apoderaron de Antonio y los demás habitantes, robaron cuanto tenían y, al saber que Hernán Gómez con su armada venía de vuelta a Portugal, los andaluces, para resarcirse de los gastos de la expedición y hastiados de la traidora actitud de los nobles, se dirigieron a las costas africanas y apresaron las dos carabelas que el Marqués de Cádiz enviara para avisar a los lusitanos. Con todo el botín y los 500 esclavos azanegas que les tomaron, los marinos, especialmente los de Palos, se negaron a seguir a Charles de Valera , y continuaron solos el viaje. De este modo, "la rapacidad de los grandes hizo perder al Rey y a los maestres de las carabelas todos los gastos de la expedición".

En 1477, los de Palos asaltaron con 26 carabelas la costa portuguesa y retaron a combatir a ciertas naves francesas aliadas de los lusitanos, a las que vencieron, apresando además dos carabelas portuguesas. Después saquearon el arrabal de Tavira ocasionando graves daños. Portugal perdió la guerra, pero se quedó con todas las colonias menos Canarias. Por eso, contrariando el Tratado de Paz de Alcáçovas, los palermos siguieron pescando y comerciando en las aguas prohibidas, pasando de ser considerados como corsarios contra los portugueses a meros delincuentes. Alcáçovas supuso el sacrificio de los palermos, y de sus actividades marítimas, en aras de la nueva coyuntura política respecto a Portugal. En Palos produjo un sentimiento de estupor y decepción, origen de las tensas relaciones con la Corona, que se agudizaron más aún cuando los Reyes adquirieron la mitad de la villa en 1492. En cierta forma, las tierras americanas se buscaron porque se habían perdido las africanas.

Y, naturalmente, se llevaron esclavos a América porque había que sacarles frutos a unas tierras inmensas en unas condiciones tan difíciles que los propios aborígenes sucumbían cuando se les obligaba a realizar trabajos tan duros, o había que eliminarlos cuando se sublevaban para no realizarlos. La poca rentabilidad de los indios se verá siempre reflejada en sus precios. Decir que el esclavo negro se llevó a América para proteger al indio es una contradicción que ya algunos han observado con ironía. Muy pronto América se convirtió en un gran mercado de esclavos, con unos precios muy elevados, por lo que primero se llevaría a los mejores esclavos de la Península y, posteriormente, se iniciaría un tráfico directo desde África hasta América. Fueron los inicios de lo que sería el "comercio triangular", apreciable ya en casos concretos como el de Fernando Medel, miembro de una numerosa familia y con conocidos y frecuentes contactos con otras procedentes de la costa onubense, quien aparecía en 1527 como vecino de Ciudad de México, vendedor de esclavos, que al siguiente año debía de tener tan bien asentado su negocio, y su casa, que mandó a un marino amigo suyo que le trajera a su esposa desde Palos. Prueba de cómo los intermediarios o especialistas de la trata de esclavos también emigraron a tierras americanas, atraídos por un mercado más rico, forjado por ellos mismos, y por unas posibilidades de expansión inexistentes en la Península.

Es cierto que la Corona española, en las Instrucciones de 1501, intentó evitar que pasaran a Indias los esclavos, judíos y moros conversos, pero pronto tuvo que cambiar esa política ante la necesidad de mano de obra. Así que no le quedó otro remedio que permitir y reglamentar la importación de esclavos negros. Este cambio de actitud se justificó, por un lado, argumentando que era necesario importar negros para aliviar el trabajo de los indios. Por otro lado, se utilizó ya entonces una razón de productividad incuestionable: un negro trabajaba como cuatro y hasta como ocho indios.

Inicialmente, los negros fueron vendidos por mercaderes portugueses en Sevilla, desde donde eran embarcados para América. Pero luego se consideró mucho más rentable exportarlos directamente desde África. El Emperador Carlos V otorgó, en 1518, la primera licencia para introducir esclavos en América, con carácter de monopolio, al francés Laurent de Gouvenot. Y diez años después, cuando aquella caducó, concedió otra similar a una casa holandesa. Pero estos monopolios encarecían artificialmente el precio de los esclavos, ya que se producía una reventa de licencias hasta llegar a los "rendeiros" portugueses que dominaban el tráfico en las costas africanas. Ésta fue la causa de que, en 1532, se intentara que el negocio negrero fuese controlado totalmente por la Casa de Contratación y el Consulado de Sevilla, que otorgaron numerosas licencias a españoles.

No obstante, y pese a este régimen que duró hasta 1582, en la práctica las licencias seguían yendo a parar, en última instancia, a los mercaderes lusitanos que eran los verdaderos traficantes. Así pues, teniendo en cuenta que Portugal se integraba con Felipe II a los inmensos dominios de este monarca hispano, se decidió otorgar directamente las licencias a los portugueses, obligándolos a desembarcar los esclavos en los puertos de ingreso a Indias autorizados, a fin de que fueran debidamente controlados. Pero los portugueses se las ingeniaron, con una variada gama de artimañas, para desarrollar un importante contrabando.

Definitivamente, Portugal había ganado la partida a la costa onubense en el comercio de esclavos. Pero esto no quiere decir que los marinos de Palos, Huelva y Moguer se quedaran al margen de este negocio que habían contribuido a crear, por lo que se enrolaron en naves portuguesas, en las que eran bien acogidos por su experiencia náutica, su conocimiento de los mares americanos y porque, con su presencia, facilitaban el contrabando. En la mayoría de los casos el camino de América supuso para los negros una selección, no precisamente natural, donde, después de un hipócrita bautizo masivo, los menos fuertes y robustos iban a perecer con toda certeza. No en balde, los portugueses llamaban a los barcos donde llevaban a los esclavos "tumbeiros", es decir, ataúdes.

Así pues, el hecho de que a mediados del siglo XX Gibraleón contara con la más abundante población negra de la comarca no significa que su participación en el tráfico esclavista, especialmente desarrollado en la segunda mitad de la decimoquinta centuria, fuera más importante que el de otras villas de la comarca. Palos, Huelva y Ayamonte, como puerta de Portugal, fueron los principales suministradores de esta mano de obra servil hasta que los portugueses pudieron asentarse directamente en Sevilla. Tampoco, pese a que a estos onubenses descendientes de esclavos les enorgullezca llamarse la "raza de Colón", o "los del barco", están relacionados con estos episodios de la "gesta" americana, tan grata en la comarca, sino a otros, anteriores, mucho más siniestros y, probablemente por eso, menos estudiados.
Autor:Julio Izquierdo Labrado
Palos de la Frontera, 1999.


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