HISTORIA
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Tráfico de esclavos en América



Tráfico de esclavos para la América española:
El tráfico de esclavos en Africa, que primero habían dominado los árabes para vender su mercancía en los mercados mediterráneos, comenzó a caer bajo el control de los europeos durante el s. XV.

Empleo de esclavos en América:
Como mano de obra más apta se utilizó en toda América al negro esclavo. España fue la que menos se dedicó al tráfico negrero, limitándose a conceder licencias de entrada, inicialmente a los genoveses, después a las compañías alemanas y a los portugueses, y por último a franceses e ingleses; éstos obtuvieron la exclusiva en 1713 por el "derecho de asiento", hasta que se concedió la libertad en 1789. Aunque la entrada de esclavos negros fue general para todos los reinos y provincias de la América española, su número fue mayor en el área del Caribe y golfo de México, tanto por razones climáticas como por el rápido descenso de la población indígena en estas zonas.

Sustitución de la población diezmada en las Antillas:
La Española fue la isla más rápidamente colonizada y explotada. En 1502 Ovando implantó el sistema de los repartimientos, de consecuencias fatales para la población indígena, que fue diezmada por el trabajo forzado y por las enfermedades. Las discordias entre los colonizadores y la rápida extinción de los indígenas, dirigieron a los españoles hacia Cuba, cuya ocupación metódica había emprendido el adelantado Diego Velázquez (1510). En la primera mitad del siglo XVI imperó en Cuba una economía basada en la minería intensiva del oro, a base del trabajo forzado. Cuando en 1540-1550, agotados los yacimientos, fue suprimido el régimen de repartimientos, la población de las Grandes Antillas estaba aniquilada y tuvo que ser sustituida por mano de obra esclava. Igual suerte corrieron los indios de Trinidad y las Bahamas, donde de momento no hubo establecimientos coloniales permanentes, pero que sufrieron las incursiones de los cazadores de esclavos.

Fue en las colonias francesas (Haití, Martinica, etc.) y en las inglesas (Jamaica, Virginia, Carolina, Georgia y en general en el Sur de las Trece Colonias) donde el empleo de esclavos alcanzó mayor densidad.

La concesión de los asientos en la América española:
Los asientos fueron muy frecuentes en la América española hasta bien entrado el s. XVIII. Se aplicaban a materias muy diversas: la venta de determinados artículos (bebidas, tabaco, etc.), el abastecimiento de una población, las exportaciones mineras, etc. El más conocido e importante fue el asiento de negros, esto es, el monopolio de introducción de esclavos africanos en la América española. Aunque la primera concesión de este asiento fue hecha a favor de una compañía genovesa (1516), puede decirse que hasta 1640 sus beneficiarios exclusivos fueron los portugueses, sustituidos a partir de entonces por los neerlandeses, que explotaron este monopolio hasta 1695. Apenas subido al trono, Felipe V lo concedió a la Compañía real de Guinea (1701), empresa comercial francesa en la que tenía intereses su abuelo, Luis XIV. Una de las concesiones más importantes obtenidas por Gran Bretaña en la Paz de Utrech (1713), que puso término a la guerra de la Sucesión española, fue precisamente la de asiento, que se arrendó a la South Sea Company (Compañía del Mar del Sur). Los ingleses se comprometían a enviar a América un total de 144.000 negros en 30 años, a razón de 4.800 por año. El tratado autorizaba a la compañía a introducir las mercancías necesarias para el sustento de los negros en los puertos de desembarco: amparados en esta cláusula, los ingleses desembarcaron y vendieron gran cantidad de mercancías de primera calidad, que no estaban destinadas al consumo de los esclavos negros. El acuerdo de la Compañía del Mar del Sur fue renovado en 1748, por el tratado de Aquisgrán; pero en 1750 el soberano británico abandonó el derecho que había obtenido, mediante una fuerte compensación económica.

Período de decadencia del corso:
El corso euroamericano y mediterráneo entró en plena decadencia paralelamente a la de las viejas políticas económicas. También cesó el apoyo, al constituirse sus propios imperios coloniales por parte de los estados que fueron excluidos de la repartición del Nuevo mundo efectuada por el papado en beneficio de españoles y portugueses. El gran corsario se hizo entonces negrero, mercader o marino, mientras el corsario de poca monta se hizo pirata o contrabandista; las bases terrestres de bucaneros y filibusteros en las Pequeñas Antillas aceleraron su transformación en colonias de explotación normales -inglesas, francesas y neerlandesas- sin dejar de ser trampolines para toda clase de tráfico ilegal con los puertos coloniales del Caribe.

Dimensiones del más grande de los comercios de esclavos:
Hacia 1818 casi la mitad de la población de Brasil, que se componía de 4.000.000 de habitantes, era de esclavos, en 1847 más de la mitad de los 9.000.000 cubanos eran esclavos. Los franceses también se comprometieron en este comercio y llevaron muchos negros esclavos a Haití, donde en 1950 sólo 2000 de los 3.500.000 habitantes de la isla eran blancos y el resto eran descendientes de esclavos. En 1560 John Hawkins introdujo en Inglaterra el negocio esclavista. Durante el s. XVII la English Adventure Trading Company utilizaba la mano de obra de esclavos negros en su industria de la caña de azúcar en las Indias Occidentales. En el período 1700-86 unos 610.000 negros fueron transportados a Jamaica y 2.130.000 a otros lugares de las Indias Occidentales Británicas. El estallido de la Guerra de Independencia norteamericana dio fin, por algún tiempo, al comercio británico de esclavos en Norteamérica, donde los esclavistas habían ya transportado 500.000 personas. Pero el tráfico prosiguió y en 1800 había alrededor de 1.000.000 de esclavos negros en Estados Unidos, que en 1860 se convertirían en 4.500.000 dentro de una población total de 30.000.000 de individuos. Los holandeses, que asolaban el Africa, vendían la mayor parte de los esclavos capturados a los españoles, y en el s. XVII, al conquistar Indonesia, esclavizaron a su población.

Movimiento abolicionista europeo:
En los últimos años del s. XVIII se fue creando en el mundo una corriente de opinión antiesclavista que enraizó firmemente en los postulados de la Revolución Francesa. Pero la nación que más decididamente abogó por la abolición de la esclavitud fue Inglaterra. La Cámara de los Comunes aprobó una moción encaminada a procurar la abolición gradual del comercio de esclavos (1792) y en 1807 quedó prohibido el comercio de esclavos en las colonias inglesas. En Francia la esclavitud había sido abolida por la Convención (1794); pero, restaurada por Bonaparte en 1810, perduraría hasta 1848. Portugal inició la emancipación de sus esclavos en 1856; los Países Bajos en 1863. España, que se había adherido decididamente a la abolición de la trata, declaró libres a todos los nacidos de esclava en 1868; en 1873 emancipó a los esclavos de Puerto Rico y en 1878 a los de Cuba. Para esta fecha, prácticamente ningún país europeo mantenía esclavos en sus colonias ni mucho menos en la metrópoli.

Abolición en los países americanos:
La pugna entre esclavistas y abolicionistas revistió sus caracteres más dramáticos en América del Norte, donde dio origen a la sangrienta Guerra de Secesión. Aunque Abraham Lincoln , aun después de iniciada la guerra, abogase más bien por la emancipación gradual, el Congreso Federal prohibió en 1862 la esclavitud y el 1 de enero de 1863 declaró libres a todos los esclavos. Con el triunfo de los nordistas, la esclavitud desapareció de los Estados Unidos. Mucho mejor fue la situación de los estados sudamericanos; el triunfo de los movimientos nacionalistas era el triundo de la libertad, y los países de habla hispana se apresuraron a concederla a los esclavos a poco de alcanzar la independencia: México emancipaba a sus esclavos en 1813, Venezuela y Colombia en 1821 y Centroamérica en 1823-24, con lo que se anticiparon incluso a Gran Bretaña. Poco después seguían el mismo camino Ecuador (1852-56), Argentina (1860), Paraguay (1869) y Brasil (1888).


Bartolomé de las Casas (Sevilla 1474-Madrid 1566) Palabras de Fray Bartolomé de Las Casas:
"No y mil veces no, ¡paz en todas partes y para todos los hombres, paz sin diferencia de raza! Sólo existe un Dios, único y verdadero para todos los pueblos, indios, paganos, griegos y bárbaros. Por todos sufrió muerte y suplicio. Podéis estar seguros de que la conquista de estos territorios de ultramar fue una injusticia. ¡Os comportáis como los tiranos! Habéis procedido con violencia, lo habéis cubierto todo de sangre y fuego y habéis hecho esclavos, habéis ganado grandes botines y habéis robado la vida y la tierra a unos hombres que vivían aquí pacíficamente... ¿Creéis que Dios tiene preferencias por unos pueblos sobre los demás? ¿Creéis que a vosotros os ha favorecido con algo más que aquello que la generosa naturaleza concede a todos? ¿Acaso sería justo que todas las gracias del cielo y todos los tesoros de la tierra sólo a vosotros estuvieran destinados?" [...]

"Yo creía que los negros eran más resistentes que los indios, que yo veía morir por las calles, y pretendía evitar con un sufrimiento menor otro más grande"... Su proyecto había sido "un error y una culpa imperdonable, que era contra toda ley y toda fe, que era en verdad cosa merecedora de gran condenación el cazar a los negros en las costas de Guinea como si fueran animales salvajes, meterlos en los barcos, transportarlos a las Indias Occidentales y tratarlos allí como se hacía todos los días y a cada momento".

Bartolomé de las Casas (Sevilla 1474-Madrid 1566):
Sacerdote dominico. Autor del segundo ensayo de colonización pacífica en las costas de Cumaná en 1521, intento que fracasó en 1522 tanto por las animadversión de los indígenas como por las entradas de esclavistas cubagüenses en busca de mano de obra para la pesquería de perlas. Defensor de los indígenas, debatió en España en los años 1550 y 1551 con Juan Ginés de Sepúlveda, partidario del trato con vara de hierro a los pobladores autóctonos. Dejó conmovedores testimonios de la vida de los indios buceadores de perlas en Cubagua:

Es, pues, la vida de los indios que se traen para pescar perlas, no vida, sino muerte infernal, y es ésta: llevándolos en canoas, que son sus barquillos, y va con ellos un verdugo español que los manda; llegados en la mar alta, tres y cuatro estados de hondo, mandan que se echen al agua; zambúllense y van hasta el suelo y allí cogen las ostias que tienen las perlas, y hinchen dellas unas redecillas que llevan al pescuezo o asidas a un cordel que llevan ceñido, y con ellas o sin ellas deben salir arriba a resollar, [...] y si se tarda en mucho resollar, dales prisa el verdugo que se tornen a zambullir, e a las veces les dan de varazos que se zambullan, [...] están en esto todo el día, desde que sale hasta que se pone el sol, y así todo el año si llegan allá; [...] Algunas veces se zambullen y no tornan jamás a salir, o porque se ahogan de cansados y sin fuerzas y por no poder resollar, o porque algunas bestias marinas los matan o tragan [...] [los indios] mueren comúnmente de echar sangre por la boca y de cámaras de sangre por el apretamiento del pecho, por causa de estar casi la mitad de la vida sin resuello.
Citado por Enrique Otte, en Las perlas del Caribe, p. 25.


Las Nuevas Leyes suprimen las encomiendas (1542):
La discusión que se centró sobre la legalidad, esencialmente desde un punto de vista cristiano, de la encomienda fue una de las causas de que la corona española promulgara las Leyes Nuevas de 1542, por las que aquélla, si bien no se suprimía, debía quedar extinguida a la muerte del posesor y no podían tener lugar nuevas concesiones; no podía obligarse a los indios a trabajos determinados ni podían ser reducidos a esclavitud. Mucho se ha discutido y escrito sobre si las Leyes Nuevas se practicaron o no. Los autores que se inclinan por creer que jamás fueron obedecidas citan con frecuencia la fórmula pregonada al comunicarlas a Benalcázar: "Obedézcase, pero no se cumpla". Aun en los textos de los historiadores actuales podemos encontrar esta dualidad.

Las encomiendas fueron también restringidas y sometidas a creciente vigilancia, aunque fracasaron las leyes que en 1542 intentaban suprimirlas; los encomenderos también fracasaron en su intento de que fuesen perpetuas; la encomienda de servicios personales fue desapareciendo para ser sustituida por la encomienda de tributos; el importe de éstos, inicialmente casi al arbitrio de los beneficiarios, fue moderándose hasta términos justos, procurándose que el importe del tributo se pagase en moneda y no en especie, para evitar fáciles abusos, y que no excediera de la cantidad que los indios pagaban en tiempos prehispánicos... Hacia 1570 se calcula que, de unas 23.000 familias españolas en Indias, sólo 4.000 viven ya de las encomiendas. A fines del siglo XVI, son en general una simple renta en metálico, mermada por algunas cargas fiscales; su número ha disminuido muchísimo y ya casi nunca implican autoridad directa sobre los indios. La edad de oro de las encomiendas ha concluido. (Céspedes del Castillo)

Persistieron las encomiendas, Y la verdad es que, si tenemos en cuenta la calidad de la mayor parte de los colonizadores, entre los que no había quien quisiese dedicarse a los trabajos agrícolas, difícilmente podía existir otra solución de orden económico. Por otra parte, el régimen de encomiendas no había de ser forzosamente un régimen de crueldad. Se comparó el encomendero al señor feudal, en el sentido que debía protección al encomendado, no en el de que ejerciera poder jurisdiccional sobre los indios. No podía tampoco enajenarlos ni expulsarlos de la encomienda. En teoría, la encomienda, pues, no involucra dominio. En la práctica distó mucho de ello (F.Soldevilla)

Aunque la conciencia del emperador y la de sus ministros se vio conmovida por los incesantes esfuerzos de Las Casas, es muy poco probable que se hubiesen llevado a cabo tantas realizaciones si la Corona española no hubiese estado ya predispuesta a favor de las ideas de Las Casas por motivos particulares menos altruistas. Para una Corona deseosa de consolidar y asegurar su propio control sobre los territorios recientemente adquiridos, el auge de la esclavitud y el sistema de encomienda constituía un serio peligro. Desde el principio, Fernando e Isabel se habían mostrado decididos a evitar el desarrollo, en el Nuevo Mundo, de las tendencias feudales que durante tanto tiempo habían minado, en Castilla, el poder de la Corona. (Elliot)


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